miércoles, 3 de noviembre de 2010

EL TEA PARTY AVANZA

El Tea Party, ese movimiento que cada analista define de una manera según su adscripción política propia, ha obtenido unos resultados importantes en las elecciones del 2 de noviembre en Estados Unidos, así que a España, como país, y a nuestro gobiernos, se les plantea una nueva situación.

El gobierno español y los socialistas, con sus medios de comunicación de la mano, pueden seguir descalificándoles como si fueran un grupo de salvajes extremistas, ignorando las opiniones de cualquier analista independiente, o pueden empezar a sentarse a leer y a aprender un poco sobre ellos, evitando las declaraciones insultantes o falsos (racistas, xenófobos, ultraconservadores, confesionales...), para estudiar la manera de mantener unas buenas relaciones con el nuevo "poder" estadounidense. España no puede permitirse un enfrentamiento con la Administración estadounidense, con ninguna de sus ramas, cada vez que nuestros progresistas de salón y caviar quieren demostrar su superioridad moral sobre los "paletos" norteamericanos.

Para empezar podrían leer este artículo de El Economista, escrito por Lorenzo Bernaldo de Quirós, donde intenta aclarar la imagen distorsionada que se ofrece de los objetivos de este movimiento, que lógicamente son rechazadas por un gobierno socialista por lo que significan de menos poder, menos Estado, menos impuestos, más libertad y más sociedad civil.
..... Sin duda, dentro del Tea Party hay radicales y extremistas, como los hay en casi todos los grandes movimientos de izquierda o de derecha, pero eso no constituye la esencia, cuyo discurso fundamental es una revuelta contra el gran Gobierno, contra la masiva intervención de la economía lanzada por Obama y una reivindicación de los valores fundacionales de la República norteamericana.

Lo que no es

...... la acusación de fascismo al Tea Party es ridícula, ya que ese ideario es anticapitalista, estatista, imperialista y, no lo olvidemos, su programa es el de un socialismo nacional

...... el Tea Party no sólo no guarda conexión alguna con ese ideario, sino que es radicalmente contrario a él. En este línea, conviene recordar que los liberales, en el sentido americano del término -esto es, la izquierda- profesaron en los años 30 del siglo pasado una profunda admiración hacia la economía dirigida de la Italia fascista y de la Alemania nazi frente al desorden del capitalismo.

Tampoco guarda relación alguna el Tea Party con el programa tradicional del populismo norteamericano. Ésta fue siempre una corriente de opinión, nacida a raíz de las crisis económicas del siglo XIX y de la Gran Depresión, contraria al capitalismo, proteccionista, opuesta a la modernización de la economía norteamericana y con una base sociológica concentrada en las zonas agrarias.

Sus conexiones con el socialismo primero y con el liberalismo después (socialdemocracia, en términos europeos) fueron siempre muy intensas, y donde los populistas encontraron mayor apoyo no fue en el Partido Republicano, sino en el Demócrata, hasta el extremo de que su principal líder en la última recta del siglo XIX, William Bryan Jennigs, concurrió tres veces a la presidencia norteamericana por los demócratas.

Lo que sí es


Desde el punto de vista de la filosofía política, el Tea Party es conservador en el sentido de representar la tradición que fundó EEUU, esto es, un estado pequeño, con gasto público e impuestos bajos, con pocas regulaciones y con una moneda fuerte.

En suma, es un movimiento que defiende la libertad económica en el marco de un aparato estatal, cuyas funciones han de limitarse a proteger los derechos individuales, garantizar el cumplimiento de la ley, asegurar el cumplimiento de los contratos, suministrar bienes y servicios públicos y establecer una red mínima de seguridad para aquellas personas que, víctimas del infortunio, sean incapaces de valerse por sí mismas o de adquirir en el mercados determinados bienes y servicios.

Fuera de ese contexto institucional, los individuos han de tener la libertad de perseguir los fines que deseen sin restricciones de los poderes públicos. Esta es, en definitiva, la base del sueño americano y ésa es la filosofía central del Tea Party. Los referentes políticos del movimiento no se encuentran en el Ku Kux Klan, tolérese la caricaturesca analogía, sino en lo que representaron en el Partido Republicano personalidades como Barry Goldwater y, sobre todo Ronald Reagan, esto es, la tradición de un conservadurismo, en términos norteamericanos, que equivale a lo que en Europa se entiende por liberalismo clásico.

La revuelta del Tea Party contra la política de Obama se resume en un hecho: su convicción de que la gestión obamita se aparta de lo que fue y es el fundamento de la libertad y de la prosperidad norteamericanas. En esta revuelta coinciden en el movimiento de los revolucionarios del té desde conservadores como los intelectuales a la americana del American Entreprise Institute hasta libertarios como las gentes del Cato Institute. Todos aspiran a una reducción del tamaño del gobierno federal en línea con el espíritu de los Padres Fundadores.

Aunque hay de todo, la filosofía del Tea Party no tiene nada que ver con la de la búsqueda de una especie de teocracia impuesta por la derecha religiosa. Una cosa es creer en algo y otra imponérselo a los demás por la fuerza. Nada de eso demanda el movimiento. Al contrario, reivindica en coherencia con la tradición americana la libertad religiosa, no podía ser de otro modo, como una expresión de la libertad individual.

En este sentido, no quieren que se obligue a nadie a, por ejemplo rezar en los colegios, sino que se garantice la libertad de las familias para elegir el tipo de educación que quieren dar a sus hijos. Esto significa reducir el papel del Estado en el ámbito educativo, bien privatizando la enseñanza bien introduciendo mecanismos como el cheque escolar para garantizar la libertad de elección. En este marco habrá escuelas agnósticas, islámicas, paganas, ateas, católicas, etc. y se respetará el pluralismo de las creencias.

En conclusión, que nadie vea en el Tea Party lo que no es. Busca la resurrección y la traslación al gobierno de los ideales que hicieron grande América y esos ideales son diametralmente opuestos a los profesados por el fascismo o por la extrema derecha. Obviamente, este proyecto no gusta a la izquierda, pero ya está bien de identificar todo lo que se opone a sus ideas como fascista.
Se han publicado estos días decenas de artículos ridiculizantes sobre determinados personajes que militan en ese movimiento y que ocupan puestos destacados en la política estadounidense, o aspiran a obtenerlos, tomando la parte por el todo. Pero va siendo hora de que el gobierno y sus terminales mediáticas empiecen a pensar que ya no se trata de un grupito de descerebrados, sino de un grupo con poder en el Congreso de Washintgon, que las desavenencias con el Congreso estadounidense puede abrir la puerta a consecuencias inesperadas en otros puntos de interés para la política españoles, como la relación con Marruecos, por ejemplo.

Por otra parte, según las encuestas de opinión realizadas en España, los ciudadanos están hartos de los políticos profesionales, de su incompetencia y avaricia, de pagar unos impuestos altísimos, de recibir millones de emigrantes que saturan los servicios públicos pagados con esos altísimos impuestos, de que la educación este degradada y manipulada políticamente (Educación para la Ciudadanía), y así hasta el hartazgo.

Nuestros políticos patrios están consiguiendo que la situación del país cada vez sea más propicia a la creación de movimientos populares del estilo del parodiado Tea Party, donde un personaje público avispado, con mayor o menor preparación pero una alta capacidad demagógica, sea capaz de movilizar los sentimientos de frustración de los ciudadanos. En Cataluña tienen ya varios ejemplares de este tipo, Carretero, Laporta y ERC, y en el resto del país no es difícil que surjan dentro de poco.



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