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martes, 8 de agosto de 2017

EL DESQUICIAMIENTO CONTRACULTURAL

La tecnocracia ha encontrado en la contracultura un aliado de un valor excepcional, con ella la industria política puede crear nuevos mercados, generar nuevas necesidades aun a costa de interferir en los aspectos más sagrados de nuestra privacidad.

Si había una característica específica de la civilización occidental era la capacidad de revaluarse constantemente, de hacer crítica y rectificar cuando era imperativo. Y aunque la memoria colectiva fuera frágil y estuviera al albur de los cambios generacionales, el reconocimiento de nuestra Historia nos servía para en última instancia evitar descarrilar.

Este espíritu crítico es lo que nos ha permitido avanzar mediante la prueba y el error, convirtiendo nuestra civilización en la más racional. Evidentemente, no hay civilización perfecta. Pero esta capacidad de reevaluación nos ha permitido rectificar y progresar, evitando quedar atrapados en un bucle temporal sin solución como ha sucedido con otras civilizaciones o, mejor dicho, culturas.

Entre los 60 y los 70, la capacidad de reevaluación occidental se transformó en la negación de lo que somos

En efecto, la característica de la sociedad occidental es la crítica y la renovación continua, una virtud tan antigua como la Controversia de Valladolid, de 1550. Sin embargo, esta crítica se desquició, derivando en una ruptura total en los años 60 (desconexión con la tradición). Entre los 60 y los 70, la capacidad de reevaluación occidental se transformó en la negación de lo que somos; dejó de servirnos para avanzar, para descartar lo que no funcionaba, y empezó a desconectarnos de nuestro pasado. Y se estableció el complejo de culpa colectivo, un nuevo creacionismo según el cual todos los occidentales llegaban al mundo con un pecado original, cuando la culpa sólo puede relacionarse con los actos de cada individuo, no con las acciones de terceros; mucho menos con hechos que ocurrieron cuando uno no había ni nacido.


En la actualidad, las instituciones -formales e informales- están siendo demolidas, de tal suerte que nuestro marco de entendimiento común ha quedado gravemente dañado. Y las democracias cada vez son menos racionales y más peligrosamente emocionales, imponiéndose la subjetividad del deseo a la razón. Ya nada es real y, a la vez, cualquier cosa puede serlo si el individuo lo necesita para sentirse bien. Es el triunfo de la “cultura del victimismo” frente a la “cultura de la dignidad.

La contracultura 

Si hay un entorno donde la contracultura manda y mucho, más que en la universidad, es en el periodismo. Ocurre que, en la era de las redes sociales, los grupos organizados han ganado un enorme poder en la difusión de contenidos. Y el “clickbait” que estos grupos proporcionan queda a tiro de piedra si se defiende sus dogmas, pero no si se dice la verdad. Por eso abundan los medios y profesionales cuyos contenidos refuerzan valores contraculturales, como la creencia de que el género es una construcción social, mientras que la realidad científica es hurtada al gran público.

Si hay un entorno donde la contracultura manda y mucho, más que en la universidad, es en el periodismo

La prueba del algodón es que muy rara vez un periodista se hará eco de estudios como Brain Connectivity Study Reveals Striking Differences Between Men and Women, de Ragini Verma; Addressing Sex as a Biological Variable, de Eric M Prager; Sex/Gender Influences on the Nervous System: Basic Steps Toward Clinical Progress, de Claudette Elise Brooks y Janine Austin Clayton; Understanding the Broad Influence of Sex Hormones and Sex Differences in the Brain, de Bruce S. McEwen y Teresa A. Milner; Why Sex Hormones Matter for Neuroscience: A Very Short Review on Sex, Sex Hormones, and Functional Brain Asymmetries, de Markus Hausmann; Sex, Hormones, and Genotype Interact To Influence Psychiatric Disease, Treatment, and Behavioral Research, de Aarthi R. Gobinath, Elena Cholerisy Liisa A.M. Galea; Effects of Chromosomal Sex and Hormonal Influences on Shaping Sex Differences in Brain and Behavior: Lessons From Cases of Disorders of Sex Development, de Matthew S. Bramble, Allen Lipson, Neerja Vashist y Eric Vilain; Gender Differences in Neural Correlates of Stress-Induced Anxiety, de Dongju Seo, Aneesha Ahluwalia, Marc N. Potenza y Rajita Sinha…

En la neurociencia el consenso es atronador: el género está a mil jodidas millas de ser una mera construcción social

Podría seguir añadiendo referencias hasta llenar folios enteros, porque, asómbrense, en la neurociencia el consenso es atronador:el género está a mil jodidas millas de ser una mera construcción social. Una sociedad sana debería aceptarlo, y de forma positiva, porque la diferencia no es un problema sino una ventaja. Hombres y mujeres no son mejores ni peores sino complementarios, y la inteligencia o la estupidez se encuentran equitativamente repartidas entre ambos sexos. Esta es la realidad

Pero no sucede así. La contracultura prevalece. Las diferencias son producto de los estereotipos. Y amén. Quien argumente lo contrario será acusado de estar en “fase de negación”.

Así, explicar por qué la expresión "niños transexuales", tan habitualmente utilizada en los medios, es incorrecta, puede acarrearnos un disgusto. Sin embargo, lo cierto es que un niño no puede ser transexual por la sencilla razón de que es condición imprescindible y previa la maduración sexual. Todo transexual es adulto, nunca niño.

Crear falsas expectativas a sabiendas no es bondad sino crueldad

Cuestión distinta es la disforia de género. Pero aquí la American Academy of Pediatrics revela que, aunque del 2% al 5% de los varones y del 15% al 16% de las niñas llegan al convencimiento de que pertenecen al sexo opuesto, la prevalencia final es sólo del 0,01% (1 entre 10.000 a 30.000). ¿Decir esto es odiar a los transexuales? No, es evitar la confusión. Por el contrario, crear falsas expectativas a sabiendas no es bondad sino crueldad.

La industria de la política

Pero no sólo es el género. La contracultura avanza en todos los frentes, condicionando los hábitos alimenticios, alterando la jerarquía entre animales y personas, distorsionando el ordenamiento territorial (secesionismo), expropiando las ciudades, invirtiendo los principios del Derecho, manipulando la educación, liquidando la autoridad de los padres y la Autoridad en general y, ahora, también se dispone a demonizar el turismo. En definitiva, la contracultura primero generó una neolengua, pero después se tradujo en reglas informales hasta que, finalmente, ha interferido la acción legislativa y se ha inmiscuido en los más recónditos rincones de la vida privada de las personas.

La contracultura es un mecanismo de control descontrolado del que viven periodistas, políticos, expertos, empresarios y activistas de todo tipo y condición

Hay quien prefiere llamar a todo esto marxismo cultural, pero a mi juicio esta denominación es un error. La contracultura es un fenómeno que se reproduce en todo el espectro político. Y asociarlo en exclusiva al marxismo puede inducir al error de que nos enfrentamos a un puñado de fanáticos. Y que, por lo tanto, la alarma es exagerada o está sesgada.

El verdadero peligro es que la tecnocracia ha encontrado en la contracultura un aliado de un valor excepcional, con ella la industria política puede crear nuevos mercados, generar nuevas necesidades aun a costa de interferir en los aspectos más sagrados de nuestra privacidad. Además, la endiablada capacidad de mutación de la contracultura la ha llevado a escapar al control de sus presuntos ideólogos. Hoy es un mecanismo de control descontrolado del que viven periodistas, políticos, expertos, empresarios y activistas de todo tipo y condición. Infinidad de gente cuyo denominador común es alcanzar notoriedad y bienestar material liquidando el marco de entendimiento común y empujando a la sociedad occidental al desquiciamiento. Así, cada vez que escuchen aquello de "hemos avanzado bastante, pero aún queda mucho por hacer", prepárense para lo peor.

Javier Benegas vozpopuli 08.08.2017 

domingo, 15 de mayo de 2016

UNA GUÍA PARA ESPAÑOLES ESPERANZADOS

Lo que con motivo de la epidemia reinante se ha descubierto en los barrios extremos de Madrid no es para contado”, relataba el 12 de enero de 1890 Luis Pérez Nieva (“Crónicas madrileñas”), en el nº 480 de La Ilustración. “Después de visitar Chamberí, los Cuatro Caminos, Lavapiés, las Peñuelas, la Fuentecilla, las afueras de la Puerta de Toledo, después de recorrer lo que pudieran denominarse los arrabales de la capital, se cree firmemente que estas grandes convulsiones las envía Dios para que la sociedad se revuelva (…) La influenza, con su cortejo de pulmonías y sus aterradores ataques, pierde su importancia ante el mal horrible y eterno que aqueja a la clase baja de Madrid: la miseria. Hombres y mujeres casi desnudos, sin ropas; niños igualmente privados de vestidos; habitaciones sin cristales, sin muebles, sin camas, sin fuego: tabucos incapaces para dos personas, ocupados por seis u ocho; seres hambrientos cadavéricos, muriendo lentamente, hacinados; enfermos sin asistencia; algún muerto insepulto durante días y días por deficiencias de nuestra organización administrativa; un cuadro horrendo en el que se mezclaba el llanto de las pobres criaturas pidiendo pan, con los gemidos de las madres incapacitadas para dárselo, las quejas de los postrados en el lecho con las lamentaciones de los que les asistían, las maldiciones y juramentos de los impacientes con las frases resignadas de los sufridos; he aquí lo que hallaron los periodistas encargados de repartir los socorros…

El año 1890 se había estrenado con una epidemia de dengue, por entonces también llamado “trancazo”, que el año anterior ya había causado estragos y que el 1 de enero se llevó por delante al mismísimo  Julián Gayarre, para muchos el mejor tenor del mundo entonces. La violencia de la epidemia puso una vez más de manifiesto el grado insoportable de miseria en que vivía una gran parte de la población madrileña y, por extensión, española. Miseria que nada tenía que ver con esa pobreza, que es el arte, porque de arte se trata, de vivir con lo justo en medio de continuas privaciones. Miseria es estar por debajo del mínimo vital. Es miseria material, cultural, moral, social y también política. En 1900, la población española era de 18,6 millones de habitantes, de los cuales 11,9 (el 63,8%) eran analfabetos. En 1920, la población había subido hasta los 21,3 millones, mientras los analfabetos habían bajado a 11,2 (el 52,2%). Hace menos de cien años, pues, más de la mitad de la población española no sabía leer ni escribir. Los españoles que nacimos en la Castilla rural en la postguerra fuimos testigos de aquella forma de labrar la tierra que consistía en un par de mulas tirando del arado romano. Recuerdo los ojos extasiados con que mis amigos menos afortunados miraban, una gélida tarde de marzo a la salida de la escuela (niños y niñas de todas las edades juntos y revueltos en una única aula y con la misma maestra), una naranja que me acababa de dar mi madre. Una naranja convertida en un lujo exótico.

En los últimos 50 años, España ha conocido el mayor progreso de su historia tanto en términos materiales como de calidad democrática

Luego asistimos a la mecanización del campo, la llegada de los primeros vehículos a motor, la emigración al País Vasco y Cataluña… A partir de la Navidad, en el campo se pasaba mucha hambre hasta que llegaba el nuevo verano. Menos que en las ciudades, pero hambre. El Plan de Estabilización de 1959 supuso un punto de no retorno que fue capaz de romper con esa línea de miseria que había acompañado a millones de españoles desde la primera mitad del siglo XVII, cuando empieza la decadencia de España con el conde-duque de Olivares a los mandos del reino como valido de Felipe IV. Casi tres siglos y medio de pobreza económica, oscurantismo religioso y absolutismo borbónico. Y, por fin, un rayo de luz: en los últimos 50 años, España ha conocido el mayor progreso de su historia tanto en términos materiales como de calidad democrática. Una conquista impresionante que se nos olvida con frecuencia y que conviene poner en valor en estos tiempos en que, agobiados por una corrupción sin límites y angustiados por la falta de salidas a la crisis política que acompaña el final de la Transición, damos la espalda a ese elemental “de dónde venimos”, dispuestos como estamos a tirar por la calle de en medio a la hora de proponer soluciones para los problemas que nos afectan.  

Lo cuenta divinamente Jesús Banegas en un libro que ha presentado esta semana en Madrid (“España, más allá de lo conseguido”, que ha prologado Antonio Garrigues Walker). Banegas, columnista de Vozpopuli, ha escrito un ensayo cargado de optimismo para tiempos de confusión como los que vivimos. Optimismo cauto, reflexivo, argumentado. Asegura Banegas en el arranque de su trabajo que los últimos 30 años [los que van de 1978 al 2008] han sido, muy posiblemente, los mejores de la Historia de España, porque nunca los españoles dispusieron de un marco político, un Estado Democrático de Derecho, capaz de aunar libertad política, progreso económico y bienestar social, de donde se infiere que la libertad -“uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos”, que Cervantes pone en boca de Don Quijote- sienta muy bien a los españoles. El autor enumera los logros de esta etapa histórica, el más importante de los cuales tiene que ver con la entrada de España en el club de los 20 países más ricos del mundo, ocupando el puesto 14 por PIB y el 22 por renta per cápita (el 19 antes de la última gran crisis).

Las fortalezas del gran país que es España

Si España abandonó su condición de país atrasado y periférico para integrarse en ese selecto grupo se debió a que fue capaz de poner en marcha los cambios institucionales capaces de impulsar la economía en la buena dirección, la del crecimiento sostenido, con dos hitos en esa carrera hacia la convergencia concretados en el citado Plan de Estabilización y en la integración en la Unión Europea

España es hoy un país que cuenta con una de las mejores infraestructuras físicas del mundo, con la red de telecomunicaciones más avanzada de Europa, que es líder en energías renovables, con un mercado interior considerable y sofisticado, en la vanguardia en lo que a salud pública se refiere (la esperanza de vida, 83,2 años, es la más elevada del mundo junto con Japón), con un nivel educativo alto, con algunas de las business school más reputadas del planeta, con una economía abierta al exterior, que es líder mundial en turismo vacacional (con la sofisticada logística que implica atender adecuadamente a más de 68 millones de personas al año), que es una potencia deportiva, y que dispone de un arma de futuro tan poderosa como una lengua que hablan cerca de 500 millones de personas y en constante crecimiento. Entre otras cosas.

Tantos y tan sonados logros tienen su contraparte en la aguda crisis económica que siguió al estallido del boom del ladrillo, que colocó a España al borde de la quiebra como país y ha provocado un notable retroceso en lo que a renta per cápita y, sobre todo, empleo, se refiere. Aún han sido mayores los efectos de la crisis en el plano del descrédito de las instituciones por culpa de una corrupción que parece haberse instalado sólidamente en las entretelas del sistema, a lo que se ha unido la constatación de una estructura territorial tan ineficiente como costosa que, además, ha generado desmanes tan notorios como el del nacionalismo catalán. Son algunas de las “debilidades” españolas que cita Banegas, lista a la que añade, por citar solo las que encabezan el ranking, el endeudamiento público y privado, la ineficiente organización del Estado, la proliferación normativa, la fragmentación del mercado interior, el envejecimiento de la población, etc., etc.

Es sabido que para invertir y prosperar el ciudadano libre necesita estar seguro de que si trabaja duro y tiene éxito, podrá ganar dinero y conservarlo

Pero el autor no se limita a detallar fortalezas y debilidades, sino que se implica a fondo en las soluciones -a las que dedica la mayor parte del libro- que tantos españoles están hoy reclamando para sacar al país del atolladero. “Acostumbrados como estamos a hablar peor que nadie de nosotros mismos, a la hora de aportar soluciones a nuestros problemas adoptamos casi siempre soluciones holísticas muy ambiciosas que, como es natural, no acaban teniendo éxito, por lo que nunca abandonamos la melancolía de pensar que no tenemos remedio”. Banegas piensa que España tiene remedio, para lo cual es importante aprender de los errores cometidos y obrar en consecuencia. El capítulo dedicado a “Qué hemos podido aprender por el camino” me parece, por eso, uno de los más interesantes del trabajo. En efecto, en el camino de esa súbita riqueza devenida de golpe en crisis brutal que, un tanto exageradamente, tendemos a creer terminal, deberíamos haber aprendido que la ética favorece el progreso económico y social sin necesidad de remontarnos a los escolásticos españoles de principios del XVI, a Max Weber después, y a tantos otros. Una frase en este punto que vale un libro: “Después de lo visto en los últimos años es imperativo garantizar, mediante la transparencia y el castigo, la integridad moral de la clase política, porque sólo la transparencia legitima el ejercicio del poder político”, por no mencionar, como hace el autor, que la heterodoxia económica se paga muy cara y que la calidad institucional importa.

La calidad de las instituciones

En realidad importa tanto que nubla todo lo demás. Es sabido que para invertir y prosperar el ciudadano libre necesita estar seguro de que si trabaja duro y tiene éxito, podrá ganar dinero y conservarlo, asegurando así su calidad de vida y la de su familia. Es ahí donde entran en juego unas instituciones políticas sanas en las que poder confiar, a las que Daron Acemogluy y James A. Robinson aluden en su “Por qué fracasan los países”. Porque no son los recursos naturales, la geografía o la cultura, sino las instituciones de un país lo que marca la frontera entre la pobreza y la riqueza. Los países ricos son desarrollados porque sus instituciones son inclusivas, es decir, están suficientemente centralizadas a la vez son pluralistas, mientras que los países pobres son atrasados porque las suyas son extractivas, con el poder concentrado en manos de una élite que acaba utilizando la riqueza que ilegalmente acumula en lo económico para consolidar su poder político. Un bucle de muy difícil ruptura. En la búsqueda de esa mejora del marco institucional, Banegas juzga básico meterle mano a la financiación y funcionamiento de los partidos políticos, mejorar el sistema electoral, adelgazar el tamaño del Estado y redistribuir competencias entre las Administraciones, así como elevar la calidad de la Justicia. En suma, mejorar la calidad de nuestra democracia mediante esa regeneración tantas veces reclamada.

El autor hace suya la tesis central del ensayo “La cuarta revolución”, de Micklethwait y Wooldridge: “Los pesados Estados occidentales, convertidos en niñeras omnipresentes y gobernados por políticos trocados en avestruces, tienen que cambiar para llegar a ser más pequeños, menos intervencionistas y más eficientes”, para concluir, con un punto de optimismo, que “hacer las cosas bien es posible”. Habría que preguntar qué piensa al respecto esta clase política nuestra que se apresta a acudir de nuevo a las urnas con el mismo discurso vacío y gastado, lejos, muy lejos, de ese debate sobre el futuro de España, trasunto final de este libro, que debería estar hoy en el frontispicio del debate político de cara al 26J. No perdamos la esperanza, porque de eso va también el ensayo de este ingeniero, economista, empresario, escritor y viajero que es Jesús Banegas. “No tenemos el más mínimo derecho a autodestruirnos ni a desconsolarnos”, escribe Garrigues Walker en su prólogo. “Merece la pena pensar que es perfectamente posible proteger nuestras instituciones y desarrollar nuestras fortalezas para así eliminar todo riesgo de volver, como advirtió Ortega, a una España invertebrada, a una España débil, a una España sin ánimo”. El riesgo de volver a Pérez Nieva y sus “Crónicas madrileñas”. Una guía para españoles esperanzados.

domingo, 24 de abril de 2016

EL GOBIERNO DE LOS PEORES, ESA TERRIBLE MALDICIÓN DE ESPAÑA

Mauricio era un profesional cualificado y de éxito que perdió su estatus tras el cataclismo de 2008. Sin embargo, es afortunado porque, a pesar de superar los 40, ha podido retornar al mundo laboral, aunque sea contratado por una empresa en régimen de autónomo, algo bastante habitual hoy día. Ahora, debe abonar el IVA, descontarse el IRPF y gestionar directamente su cotización a la Seguridad Social. Podría realizar estos trámites por sí mismo, pero la normativa es tan confusa y retorcida que prefiere curarse en salud y pagar a un gestor profesional. De una factura nominal de 1.800 euros mensuales, le quedan netos 1.230, algo que en un país con un 21% de desempleo, donde ser mileurista no está al alcance de cualquiera, le convierte en un privilegiado.

Con todo, lo más grave es que hay muchos españoles que, siendo autónomos ficticios, asalariados o desempleados, han perdido algo más valioso que su estatus: su capacidad de maniobra, su determinación. Son presa fácil para esos políticos que pescan en la apatía, comprando votos con supuestas ayudas. Pero, por más que lo pregonen, la mejora del nivel de vida no vendrá de la subvención, los beneficios sociales o los planes de emergencia; los costes de estas regalías serán repercutidos en los ciudadanos incrementando cotizaciones, impuestos, incluso multas de tráfico y otras sanciones. Los gobernantes siempre encuentran una argucia para quitarnos 20 con la excusa de que van a darnos 10.

A pesar del abrumador consenso oficial, muchos preferirían no vivir de esa particular “caridad” de los políticos. Desearían una Administración que les facilitara sus actividades, no esta burocracia que pone innumerables zancadillas. No quieren discursos grandilocuentes, sino reformas eficaces. Desgraciadamente, los líderes políticos no hablan su lenguaje. Muy al contrario, emplean una jerigonza a ratos leguleya; a ratos, populachera; y a ratos, grandilocuente, una niebla discursiva con la que dar gato por liebre. Desde su torre de marfil, completamente alejados de las vicisitudes de Mauricio y de muchos otros como él, no mueven un dedo para allanarles el camino. Al contrario, establecen todo tipo de obstáculos y trabas administrativas a la actividad económica y a la creación de empleo para después exclamar con hipocresía: “tranquilos, nosotros rescataremos a las personas”. Ignoran que los ciudadanos se rescatarían a sí mismos... si ellos no se lo impidieran.

Los políticos y Mr. Hyde
Sufrimos una clase política de pésima calidad, no sólo capaz de utilizar los resortes del Estado en pos del medro personal; también de proferir las mayores necedades. Pueden subirse al púlpito y prometer el paraíso en la tierra, para después, llevados por su afán de notoriedad, quedar como tarugos equivocando el título de un conocido libro de Kant. O, incluso, recomendar leer a tan ilustre filósofo y, a reglón seguido, admitir que ellos nunca lo han leído… o que no lo recuerdan. No importa que afirmen que Antonio Machado nació en Soria, en vez de en Sevilla, o que no tengan ni la menor idea de nuestra historia reciente y desconozcan que no fue su partido, sino el adversario, el que legalizó el divorcio. Nuestros políticos pueden levitar sobre los escombros de la inteligencia y afirmar que “a veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión, tal cual. La pregunta es: ¿nacieron así o, por el contrario, el poder los transformó, sacando ese Mr. Hyde que todos llevamos dentro?

Lord Acton señaló que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Seguramente tuviera razón... pero sólo en parte. Investigaciones recientes explican que el poder envilece a unas personas, pero no a otras. Concretamente, pervierte a los que carecen de ética y muestran predisposición a la depravación. Pero no a quienes poseen principios, conocimiento y espíritu crítico. Para los primeros, la política es una fuente de privilegios; para los segundos, una grave responsabilidad.

En su artículo, The destructive nature of power without status, los psicólogos norteamericanos J. Fast, N. Halevy y A. Galinsky, concluyen que el poder posee una naturaleza destructiva cuando es ejercido por sujetos sin categoría personal suficiente. A estos individuos, el cargo se les sube a la cabeza, tienden a abusar de sus inferiores, a aferrarse a una doble moral, a ser extremadamente estrictos con sus subordinados pero muy laxos con su propia conducta. Por su parte, Katherine De Celles y sus colaboradores señalan en su artículo, Does power corrupt or enable?, que el poder hace todavía más malvados, egoístas e interesados a aquellos que ya carecían de reglas morales, sentido de la justicia o generosidad. Pero puede potenciar las cualidades de los que poseen estos valores.

El drama de la España actual estriba en que se han apropiado del poder sujetos que carecen de cualidades y valores y, por tanto, de auctoritas

El problema era ya conocido en la Roma clásica, donde descubrieron que la jerarquía tiene dos componentes distintos, uno formal, la potestas y otro informal, la auctoritas. La potestas, el poder institucionalizado, es la capacidad de controlar, de asignar recompensas y castigos, de dictar normas y hacerlas cumplir. La auctoritas, por el contrario, proviene de la capacidad moral e intelectual, del carisma y el prestigio, de todas aquellas cualidades que generan respeto y admiración en los demás, un vínculo afectivo entre el individuo destacado y su comunidad. La gente obedece la potestas por temor al castigo, pero acata la auctoritas por convicción. Ésta última proporciona el verdadero liderazgo.

Si el sano ejercicio del poder requiere una equilibrada combinación de potestas y auctoritas, cabe deducir que el drama de la España actual estriba en que se han apropiado del poder sujetos que carecen de cualidades y valores y, por tanto, de auctoritas, del respeto y la admiración de la ciudadanía. Esta anomalía, junto con la ausencia de adecuados controles sobre el poder, se traduce en decisiones políticas nefastas, muy alejadas del interés general.

La selección perversa 
Pero ¿por qué sólo llegan los peores a la política, esos que son corrompidos rápidamente por el poder? La clave, uno de nuestros graves problemas, se encuentra en el proceso de selección de los gobernantes. Los partidos se caracterizan por la falta de transparencia, la ausencia de democracia interna y el desprecio a las normas. Sus criterios de selección y promoción no son la excelencia, el mérito o la cualificación profesional. Mucho menos la honradez o los principios. Son, más bien, las afinidades personales, la carencia de espíritu crítico, la conducta oportunista y conspiradora, la disposición a guardar silencio ante el abuso y, sobre todo, la inclinación al peloteo. Las personas honradas, idealistas, preparadas, con altura de miras, suelen rehuir esos ambientes dominados por la corruptela, la pobreza intelectual y la indignidad.

La gestión de lo público ha atraído mayoritariamente a sujetos que no viven para la política sino de la política, individuos que tienen en los cargos públicos su mejor opción profesional, cuando no la única. Difícilmente compartirán intereses, valores y visión con los electores a los que, teóricamente, representan. Su inclinación por promover políticas absurdas o contraproducentes se debe en parte a ignorancia y desconocimiento, sí, pero sobre todo a su egoísmo, a una fuerte inclinación a adoptar cualquier medida que, por irresponsable que sea, asegure su permanencia en el poder.

Si el voto permitiera a los ciudadanos elegir a los candidatos más capaces y honrados, se compensaría en buena medida la perversa selección que realizan los partidos. Pero las listas impiden discriminar entre candidatos individuales. Es necesario, pues, reformar el sistema electoral, establecer distritos uninominales, circunscripciones pequeñas con diputado único, que obliguen a cada candidato a someterse individualmente al control de los votantes. Expuesto personalmente al escrutinio público, los actos del candidato, sus valores, su trayectoria vital, su valía personal y su competencia profesional, en una palabra, su auctoritas, serían la clave para la elección.

El drama de la España actual, también las dificultades para formar un gobierno, tiene su origen en la falta de auténtico liderazgo. Escasea la generosidad, la sabiduría, la visión elevada, la voluntad de servir, los principios, el fair play. A pesar de que unos y otros se acusen de actuar con criterios únicamente demoscópicos, lo cierto es que todos, sean veteranos o recién llegados, tienen como único objetivo acceder al sillón o mantenerlo. Los políticos españoles no lideran; se orientan, cual veleta, a favor del viento. Por eso, lejos de reformar lo que no funciona, abundan con singular contumacia en el error.

LA LIBERTAD, SANCHO

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Miguel de Cervantes)

El oficio de periodista nunca fue fácil; en esto no te metes para hacer amigos. Y menos entre políticos, cuyo grado de tolerancia a la crítica es inversamente proporcional a su narcisismo. Decía Jean Daniel, confidente de Mitterrand, que no se puede ser amigo de un hombre de poder si tienes que escribir de él a menudo: amicus Plato, sed plus amica veritas. La verdad, en periodismo y en la vida, parece un concepto demasiado ambicioso; conformémonos con el de veracidad, y en todo caso con los de honestidad e independencia. Sin demasiada alharaca ni la solemnidad heroica que tendemos a dar a este trabajo que sólo consiste, según el maestro Raúl del Pozo, en limpiar los cristales de la libertad. Poniéndote perdido de mierda, las más de las veces.

Pero hay tiempos y tiempos, y estos no son los mejores. La crisis económica ha coincidido en la prensa con otra de modelo: las nuevas tecnologías, el rollo de la gratuidad en internet y todo eso. Llevamos años de ajustes masivos en los medios. De ingresos, de audiencias, de publicidad y, ay, de empleo. Para sobrevivir a este aprieto es preciso defender un intangible: el prestigio, que tiene que ver con el ejercicio de la conciencia. Por eso el menor de nuestros problemas es que los políticos presionen como siempre han hecho. Como ahora Pablo Iglesias, que a la menor ocasión deja ver su egolatría mesiánica, su jaez totalitario. Esa cosa suya de los señalamientos y los ciberescraches es algo incómodo pero llevadero; de toda la vida, los caciques nos han azuzado a sus jaurías, que ahora aúllan en las redes sociales. Más peligrosa era la ETA –esa ETA que, por cierto, solía elogiar Iglesias como clarividente debeladora del régimen del 78– y no logró intimidar aunque nos pusiese a mirar los bajos del coche. La historia de esta profesión es la historia de una resistencia. No he de callar por más que con el dedo, etcétera.

El auténtico problema consiste en que la sociedad democrática olvide la importancia de su sistema civil de contrapesos y sustituya la libre circulación de noticias e ideas por un falso debate de consignas teledirigidas y bulos aventados en la red. Que la Justicia se haga un lío –¿verdad, Pablo, verdad, Cruz?– con el derecho de la información y lo vuelva del revés. Que el propio periodismo confunda sus prioridades y se convierta en un espectáculo. Y que una opinión pública aturdida por la cháchara demagógica llegue a creer que la libertad de prensa es una extravagancia prescindible.

Lo demás, las amenazas, el matonismo y tal, son gajes del oficio. Lo sabemos. La independencia de un periodista –¿verdad, Álvaro, verdad, Javier?– y de paso la de sus editores depende, como sentenció Montanelli, de una sola cosa. De sus coglioni.

ABC 23/04/16
IGNACIO CAMACHO

jueves, 14 de abril de 2016

QUÉ ES UN SOCIALISTA?

La mejor definición que he encontrado de socialista es: “Persona que cree que puede decidir mejor qué es bueno para los demás.

Ser socialista se deriva de la arrogancia de pensar que los demás no pueden valerse por sí mismos. Asume que la libertad de decisión es peligrosa para las personas, pues si las dejamos decidir terminarán peor que antes. Entonces el socialista parte de un “complejo de superioridad”: por una razón que no explica, él sabe más de mí que yo mismo.

Sabe mejor qué debo comprar y qué no. Sabe mejor bajo qué condiciones me conviene trabajar y a qué me debo dedicar. Sabe mejor que los consumidores lo que deben consumir y mejor que las empresas cómo deben producir. Y si el socialista da el pasito que lo separa del comunista, sabe mejor quién debe gobernar, qué puede o no puede expresar alguien públicamente y en qué país debo vivir.

El socialismo debe limitar nuestra libertad, porque en esencia la libertad es la facultad de decidir sobre nuestro destino. El socialista se apropia de ese destino.

Pero no solo nos priva de nuestra libertad. Nos priva de la otra cara de la moneda. No hay libertad sin responsabilidad. Si otro decide por mí, me liberan de la responsabilidad sobre las consecuencias de mis decisiones: si elijo mal no asumo los costos de mis decisiones. Equivocarse ya no es mi problema, es problema de los demás, a los que les traslado dicho costo.

Por eso es que los socialistas no hablan de responsabilidad a secas sino de responsabilidad social: el resto de la sociedad está obligada a asumir las consecuencias de mis decisiones, sean buenas o malas.

Pero la responsabilidad social es un sinsentido. Hayek decía que la palabra ‘social’ es una palabra envenenada (una palabra “comadreja”), pues añadida a cualquier otra la convierte en su antónimo: “democracia social” es precisamente la negación del sistema democrático, “derecho social” es justamente un derecho vaciado de la individualidad que le da sentido, “propiedad social” es la ausencia de propiedad. Responsabilidad social es irresponsabilidad pura.

La libertad y la responsabilidad son en esencia individuales. Cuando dejan de serlo se convierten en su antónimo, como ocurre en la Cuba de los hermanos Castro o la Venezuela de Nicolás Maduro.

Así, el socialismo genera un problema moral y un problema práctico.

El problema moral es la expropiación de la dignidad humana al negar la libertad y la responsabilidad. Nos convierte en esclavos del gobernante (socialista) de turno. En eso no se diferencia de otras expresiones de signo ideológico distinto, como el fascismo. La diferencia está solo en los énfasis. No soy digno si no soy libre y no respeto la dignidad de los demás si no soy responsable.

El problema práctico es que destruye todo el sistema de incentivos que genera el progreso. ¿Por qué esforzarme si el resultado del ejercicio libre de una actividad será expropiado por los demás mediante impuestos, prohibiciones, regulaciones? ¿Y por qué ser cuidadoso en decidir si el sistema político o legal me convertirá en irresponsable ante las consecuencias protegiéndome de mis propios errores? ¿Por qué esforzarme en mejorar mi vida si será el Estado el que se encargará de mejorarla?

El socialismo lastra el crecimiento, genera pobreza, retraso, pero, sobre todo, pérdida de dignidad. Curiosamente, en nombre de la libertad, nos priva de ella, pues la confunde con la capacidad de hacer lo que uno quiere sin la responsabilidad de asumir sus consecuencias. Es, por tanto, inherentemente irresponsable. Como decía Frédéric Bastiat, el socialismo no se conforma con que la ley sea justa. Quiere que la ley sea filantrópica. Pero, en realidad, niega la filantropía como acto de desprendimiento y la convierte en una solidaridad forzada por la ley, lo que es una contradicción en términos.

Por eso todos los políticos, sin excepción, son un poco socialistas. A todos les gusta dejarse seducir por el poder de hacer regalos con el patrimonio ajeno. A todos les gusta jugar a ser Robin Hood. El problema es que gobernar no es un juego.

Como decía Churchill, “El socialismo es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia, la prédica a la envidia. Su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria”.

*Esta columna fue publicada con anterioridad en el centro de estudios ElCato.org.

Alfredo Bullard es un reconocido arbitrador latinoamericano y autor de "Derecho y economía: El análisis económico de las instituciones legales". Es socio del estudio Bullard Falla y Ezcurra Abogados.

lunes, 4 de abril de 2016

LAS TESIS DE ABRIL, EL FRACASO SOCIALISTA

Hoy se cumplen 99 años de las Tesis de abril, una serie de puntos expuestos por Vladimir Ilich Ulianov, alias Lenin, en un discurso pronunciado en el Palacio Táuride, sede del gobierno provisional ruso, el 4 de abril de 1917. En ellas Lenin propone su plan de gobierno.

Las tesis trataron diferentes áreas, pero lo más importante fue que se estableció cómo Rusia debería ser gobernada en su futuro. Lenin tuvo éxito al persuadir a todos con los argumentos presentados en las tesis y puso los fundamentos ideológicos de la actuación de los bolcheviques, tras su ascenso al poder durante la revolución de octubre.

De modo que hoy se cumplen 99 años de la primera promulgación de lo que luego sería el plan de gobierno de la primera aplicación del socialismo real, en la historia de la humanidad. El lector dirá que hablar del fracaso del socialismo real, en este contexto, no tiene sentido, porque es evidente que el socialismo fracasó. El asunto es que todavía existe quien dice que el problema no es el socialismo teórico, sino su implementación, y que es mera casualidad que todas las puestas en práctica han fracasado. Es decir, por muy increíble que le parezca al lector, el socialismo todavía tiene defensores.

La imposibilidad del socialismo teórico y práctico se documentó en una fecha tan temprana como 1920, es decir tan solo tres años luego del triunfo de la revolución de octubre, de modo que si hubieran prestado atención a Ludwig von Mises, la humanidad se hubiera ahorrado los más de 100 millones de muertos que el comunismo causó durante el siglo XX.

El debate sobre la imposibilidad del socialismo nació con el artículo de Von Mises El cálculo económico en la comunidad socialista, escrito en 1920. El asunto central de la imposibilidad del socialismo consiste en que la propiedad privada y el comercio permiten crear oportunidades de ganancia en el mercado porque existe una necesidad: hay algo que los consumidores desean y no obtienen. El empresario ofrecerá ese producto, gracias a que tiene libertad y medios para lograrlo, y le pondrá un precio que le permita obtener ganancias. Esos precios actúan como señales: otros empresarios se darán cuenta de esas ganancias y competirán por obtenerlas, bajando los precios y beneficiando a todos, cuando en realidad solo querían beneficiarse a sí mismos, debido al conocido mecanismo de la mano invisible.

Esto tiene otra consecuencia: los medios de producción también son propiedad privada. Los recursos, la maquinaria, los trabajadores y, en definitiva, lo necesario para la producción, se trasladará hacia aquellos negocios más lucrativos y, por tanto, más necesarios, puesto que pagarán más por ellos. El uso racional de los recursos y el capital es lo que se denomina cálculo económico: la propiedad privada ha generado la información necesaria, a través del sistema de precios, que permite transmitir las preferencias de los consumidores a los productores.

Mediante la abolición de la propiedad privada y el comercio libre llevada a cabo cuando se implementa el socialismo, desaparece todo incentivo para producir y vender. Sin esos productos a la venta, no existe oferta ni, por tanto, intercambio en el mercado. Sin ese intercambio, no se crean precios en el mercado libre. Sin esos precios, no existe la información que permite conocer los intereses de los consumidores y la forma más eficiente de producir los bienes que consumimos. El socialismo, entendido como propiedad pública de los medios de producción, elimina la posibilidad de generar el conocimiento necesario para que la economía funcione. De hecho, en la antigua URSS los precios oficiales consistían en la aplicación de múltiples fórmulas que tomaban como base los precios de mercado de los “malvados” países capitalistas. Incluso su incapacidad hubiera sido mayor si el capitalismo no le hubiera prestado una de sus mayores creaciones: el conocimiento que produce el mercado. El resultado es la pobreza y la hambruna, mayores cuanto más lejos se lleva el paradigma socialista, como sucedió en la Rusia de Lenin.

De modo que hoy más que nunca debemos recordar, no que el socialismo ha fracasado, sino que siempre fracasará porque es imposible de implementar en la práctica

José Ramón Acosta  |  04 abr 2016

domingo, 3 de abril de 2016

MENTES CAUTIVAS - LO QUE NOS DICE LA EXPERIENCIA COMUNISTA

«Los totalitarismos no se imponen de golpe. Avanzan poco a poco, tienen que convencer, seducir por fases, implantar minuciosamente el germen del odio: “El Partido – dirá Milosz– al observar la vida emocional de las masas, la enorme tensión que existe en su odio, nota que en este campo, el menos analizado por el marxismo, se esconden sorpresas”. Aunque se hayan dominado las mentes, ahí, en el control del odio, existe una enorme y primaria “energía” supletoria»

En el célebre ensayo aparecido por primera vez en 1953 La mente cautiva, su autor, el escritor y Premio Nobel de Literatura Czeslaw Milosz (Lituania 1911 –Cracovia 2004) rememoraba los primeros congresos organizados en su país, Polonia, por los comunistas tras la Segunda Guerra Mundial. Se trataba de captar lo más rápido posible adeptos para la nueva fe totalitaria que se quería implantar. Las reuniones estaban destinadas a convencer a los artistas e intelectuales de aquellos días a que se «convirtieran» a las bondades del realismo socialismo.

Ninguno de los asistentes, afirma Milosz, estaba preparado para enfrentarse a la manipuladora, experta e «irrebatible» dialéctica marxista de los ponentes. Aunque casi ninguno de los oyentes creyera en aquella doctrina, muchos callaban. Los pocos que osaban expresar su desacuerdo eran rápidamente avasallados por los oradores con una cascada violenta y despectiva de argumentaciones, metódicamente preparadas. Y si no, dejaban caer sutiles amenazas a «aquellos a los que tenían que moldear», relativas a su sobrevivencia como artistas en un futuro cercano.

«Nadie de los presentes –añade Milosz– estaba preparado para una discusión de ese tipo». Existía una notable «desproporción entre el armamento teórico» esgrimido por unos puros fanáticos y unas mentes «desarmadas», atrapadas de improviso, que habían crecido hasta entonces en medio de una relativa libertad interior, a pesar de las crueldades y salvajismos de la guerra. Entonces, Milosz pronunciará una frase que es clave para entender la sumisión y «encantamiento» de grandes masas de la población, en cada momento histórico, a través de burdas mentiras («cultivadas siempre con una semilla de verdad») y más o menos perspicaces manipulaciones, esgrimidas por los regímenes totalitarios. «Tenía la sensación –dice Milosz– de que formaba parte de un espectáculo colectivo de hipnosis».

Publicado en París, cuando Stalin aún vivía, y cuando él ya había cortado todos los lazos que lo unían al régimen comunista, La mente cautiva de Czeslaw Milosz, antiguo agregado cultural en diversas embajadas polacas al finalizar la guerra mundial, se convertiría en uno de los primeros análisis en profundidad escritos sobre la «hipnótica» alienación cultural y mental ejercida por los comunistas –«las democracias populares» como eran llamadas eufemísticamente– de los países del antiguo Telón de Acero.

Traducido a multitud de lenguas, leído como un auténtico clásico a través de las épocas, como una especie de biblia pormenorizada y precisa de la sumisión y colaboración activa y entusiasta por parte de numerosos intelectuales (escritores, artistas, periodistas) a la ideología –o Nueva Fe, como la llamaba Milosz– implantada, el libro de Milosz alcanzaría rápidamente la fama internacional, sobre todo en la época de la Guerra Fría. Un ensayo que durante años oscurecería su inmensa labor como poeta, recompensada con toda justicia en 1980 con el Premio Nobel de Literatura. Su largo exilio, primero en París y luego en la Universidad de Berkeley en EE.UU., duraría hasta la caída del Muro. Cuando le otorgaron el Nobel, prohibidos sus libros en su país desde hacía tiempo, muchos eran los polacos que ignoraban totalmente su existencia.

Un libro, por otro lado, ausente del instinto de venganza o de odio, propio de antiguos acólitos arrepentidos. El suyo era sobre todo un análisis quirúrgico, desapasionado, sereno, que evitaba las demoliciones sangrientas, los sarcasmos revanchistas, los ajustes de cuentas personalizados y en general la superioridad moral del humanizado frente al bárbaro. «Quizá –escribe Milosz– sea mejor que no haya sido uno de los fieles (…) Esto no significa que tenga que esforzarme en entender la Nueva Fe que siguen personas desesperadas, amargadas y que no encuentran esperanza en ningún otro lugar. Pero entender no significa perdonarlo todo».

Porque Milosz sabía de los que hablaba: aquella Nueva Fe ideada por el comunismo, que reemplazaba fanáticamente a la religión, a las religiones y tradiciones que habían educado hasta el siglo XIX a inmensas capas de la población, prometía «serenidad y felicidad» libres de las «preocupaciones materiales» a quienes la abrazaban y la adoptaban. Con el tiempo, él, por el contrario, se convertiría cada vez más en un ferviente católico, traductor de textos sagrados, y practicante de un elevado misticismo en su poesía. Su famoso ensayo (ahora reeditado por Galaxia Gutenberg en nuestro país) narraba la «conversión» a la Nueva Fe por etapas. También, con letras tan sólo (Alfa, Beta, Gamma, Delta) ejemplificaba las distintas fases en la degradación personal más o menos cínica, más o menos interesada o más o menos idólatra, de varios escritores de aquellos días, no citados por el nombre, pero plenamente reconocibles por todos en Polonia.

Los totalitarismos no se imponen de golpe. Avanzan poco a poco, tienen que convencer, seducir por fases, inocular sus venenos, implantar minuciosamente el germen del odio: «El Partido –dirá Milosz– al observar la vida emocional de las masas, la enorme tensión que existe en su odio, nota que en este campo, el menos analizado por el marxismo, se esconden sorpresas». Aunque se hayan dominado las mentes, ahí, en el control del odio, existe una enorme y primaria «energía» supletoria.

Por increíbles que parezcan hoy aquellos métodos descritos por Milosz en su libro de forma visionaria, esos círculos crecientes de adeptos que avanzan como una secta, no dejan de ofrecernos pavorosos ejemplos cotidianos hoy día. Receptáculos ardorosos de «estados de hipnosis colectiva». Círculos de adeptos que se niegan a tener en consideración siquiera pruebas fehacientes y más que reveladoras, que se niegan a contemplar videos espeluznantes, que los comunistas fanáticos de aquellos días hubieran tenido mucho cuidado de expresar de forma tan tosca y elocuente.

Círculos estancados o crecientes, caóticos u organizados, que se niegan a recibir a los padres de presos políticos demócratas encerrados en siniestras cárceles venezolanas. O que, de forma mucho más terrorífica e inquietante, se niegan a condenar a terroristas internacionales. También entonces Milosz vio claramente que no sólo se dirigía al interior, al corazón mismo de aquellas cárceles totalitarias del Este de Europa. Su libro, como él mismo declaró, iba sobre todo dirigido a Occidente. A ese Occidente que daba la espalda, como si se tratara de un desgraciado «fatalismo histórico», al puñado de disidentes que, como él, habían decidido dedicar su vida a divulgar la realidad trágica, de cada día, de aquellos regímenes dictatoriales.

MERCEDES MONMANY ES ESCRITORA – ABC – 03/04/16

domingo, 13 de marzo de 2016

EL TALENTO DE LAS NACIONES

Talento es el buen uso de la inteligencia. Una persona o una sociedad puede ser muy inteligente, manejar muchos conocimientos, tener gran capacidad tecnológica, instituciones sabias, y hacer muy mal uso de todas esas competencias. Siempre me ha interesado el fenómeno de la estupidez, tanto de los individuos como de las colectividades. El sistema democrático es una institución muy inteligente. Eso no quiere decir que se use siempre con talento. Es un buen momento para hablar de este tema en España. 

No tenemos una larga tradición de talento político. Hemos sido hábiles en cronificar los problemas, y en plantear más conflictos de los que sabíamos resolver. Talento es la capacidad de elegir bien las metas y de manejar la información adecuada, gestionar las emociones y poner en práctica las virtudes de la acción necesarias para alcanzarlas. La democracia, en su versión parlamentaria o asamblearia, se basa en la idea de que la inteligencia colectiva es más poderosa que la individual. Esto sólo es verdad cuando los colectivos piensan de una manera determinada: escuchando, sometiéndose a autocrítica y estando dispuestos a rendirse al argumento más poderoso. Entonces la inteligencia puede convertirse en talento

José Antonio Marina, Crónica, El Mundo, 13.03.2016

jueves, 10 de marzo de 2016

LA IZQUIERDA REGRESIVA

Existe una tendencia dentro de la izquierda que defiende valores como la laicidad, el feminismo, los derechos del colectivo LGBT… pero solo para occidentales, puesto que evita criticar a aquellos que los rechazan en nombre de una especificidad cultural determinada, en particular la religión. Se caracteriza, además, por llevar la crítica de los países que propugnan dichos valores al absurdo y apoyar a regímenes represivos que los rechazan. Es la que ya se empieza a conocer como “izquierda regresiva”.

La izquierda regresiva tiene una visión binaria de la geopolítica: todos los males del mundo están causados por EE UU y sus aliados y, por tanto, cualquiera que se enfrenta a ellos es digno de apoyo. Aunque violen los derechos humanos u opriman a las mujeres y a las minorías religiosas, étnicas o sexuales. Su antioccidentalismo les da carta blanca. 

Practica la indignación selectiva: la intervención occidental contra Daesh es “imperialista”; la rusa, en apoyo de Bachar el Asad, “necesaria”. El bombardeo estadounidense de un hospital en Afganistán se condena hasta la saciedad; los repetidos bombardeos rusos de hospitales en Siria no figuran en su radar. Las ejecuciones públicas en Arabia Saudí son una atrocidad; las que lleva a cabo Irán ni siquiera merecen una mención.

La izquierda regresiva desconfía de los medios de comunicación “burgueses” y sigue con fruición la cadena rusa en español RT o la iraní HispanTV. No le importa que el primero sea el órgano de propaganda de un Estado caracterizado por el capitalismo salvaje, la corrupción y el autoritarismo, y el segundo, de un régimen que realiza más ejecuciones per capita que ningún otro y donde los “crímenes” que pueden llevar al patíbulo incluyen el adulterio, la homosexualidad, la blasfemia y la apostasía.

La izquierda regresiva es aficionada a las teorías conspirativas. Cuando grupos antioccidentales como Al-Qaeda o Daesh cometen atrocidades, elabora explicaciones enrevesadas según las cuales dichos grupos son, en realidad, criaturas de EE UU concebidas con fines maquiavélicos. Cita los mismos ejemplos del pasado una y otra vez, sin importarle el contexto, y elige ignorar la crucial diferencia entre financiar a x porque los intereses coinciden, o haber contribuido a las condiciones que propician la aparición de x, con crear a x directamente.

La izquierda regresiva ignora a quienes se enfrentan a regímenes antioccidentales sobre el terreno, a menudo a un gran coste personal: activistas, feministas, artistas, minorías, ateos… En su lugar, toma partido por dictaduras como el régimen sirio, supuestamente “socialista y laico”; o por fundamentalistas a los que alaba como demócratas porque buscan llegar al poder a través de las urnas, aunque rechacen valores democráticos como la igualdad, la tolerancia o el compromiso. Es condescendiente y, en el fondo, algo racista. Considera que los no occidentales son siempre víctimas o títeres de las potencias occidentales. Que son incapaces de concebir ideologías movilizadoras como el islamismo y discursos sofisticados para el consumo occidental (¡como que el velo simboliza el rechazo a la cosificación de la mujer!). Que no son responsables de sus actos, puesto que sus atrocidades son una mera reacción a la agresión occidental, nunca una despiadada estrategia que obedece a una agenda propia.

La izquierda regresiva favorece a la extrema derecha, porque rehúsa denunciar lo más controvertido de ciertas culturas, como la opresión de la mujer o la persecución de las minorías, y condena como xenófobo al que lo hace. Acepta implícitamente los presupuestos de los sectores más conservadores de esas culturas, para los que el respeto a las tradiciones está por encima de los derechos individuales. Así, impide un debate franco sobre esos aspectos dentro de la izquierda y deja la cuestión en manos de los xenófobos.

Finalmente, la izquierda regresiva socava a la verdadera izquierda, la que defiende la libertad, la igualdad, la justicia y los derechos y libertades para todos. Porque convierte la legítima y necesaria crítica de ciertas políticas occidentales en una caricatura, mermando la credibilidad de la izquierda en general. Porque sistemáticamente tacha de “pro-yanquis” a quienes disputan sus postulados para evitar responder a sus argumentos. Porque menosprecia a la izquierda no occidental que combate la opresión que se ejerce en nombre del antioccidentalismo o las tradiciones.

Ha llegado el momento de denunciar a la izquierda regresiva como lo que es: una traición a los valores de la izquierda.

Ana Soage es analista especializada en Oriente Próximo y el islam político. El País

sábado, 5 de marzo de 2016

CONTRA EL CONSENSO IV - EL FRAUDE POLÍTICO DEL PSOE

Viendo la flexibilidad circense del PSOE para pactar con cualquiera menos con el PP, he recordado aquello que escribió Ayn Rand en 1965: el “nuevo fascismo” es el “gobierno por consenso”. No le faltaba razón.

El consenso, como lo veía Rand, se convertía en un mecanismo para establecer la verdad oficial, lo aceptable y bueno, y excluir lo execrable, negativo y falso. Toda política era posible si se basaba en el consenso, con independencia de si se había expuesto antes o no al cuerpo electoral. Lo importante era el consenso entre grupos; es decir, conseguir el sello que legitimaba el ejercicio del poder aun habiendo perdido las elecciones. La política funcionaba con el acuerdo tácito de que un programa electoral no servía para nada, sino que lo útil era la capacidad para acordar cargos y presupuestos con otros y así detentar el poder.

La geometría variable que inauguró Zapatero en 2008 para gobernar con todos y excluir al PP, la ha elevado a norma Pedro Sánchez

En ese consenso descrito por Rand no había ideología, sino negociación entre oligarquías políticas para amarrar el gobierno. En esa situación, las elecciones no tenían más finalidad que distribuir el peso de cada formación en una especie de “partido único” que acordaría un programa de gobierno. Daba igual a quien se votara porque llegarían a un acuerdo para gobernar, lo que se presentaría como “la verdad” que demandaba la gente, y que situaba al margen de la sociedad política a los no firmantes.

El espectáculo político que nos están ofreciendo las distintas opciones de izquierdas para formar gobierno es un ejemplo claro de ese consenso. La geometría variable que inauguró Zapatero en 2008 para gobernar con todos y excluir al PP, la ha elevado a norma Pedro Sánchez. Las cinco propuestas que, de forma torpe, sorprendente e inoportuna, hizo llegar a IU, Podemos y sus variopintas confluencias, contradicen las formas y la letra del compromiso político con Ciudadanos.

El PSOE de Pedro Sánchez se ha convertido en el eje del “gobierno del cambio” –expresión tan manida como hueca-, siendo capaz  de pactar con cualquiera. Los días impares, el equipo socialista se ha reunido con los negociadores de Ciudadanos para hacerse la foto, hablar de reformas, echar cuentas de diputados, y disolverse. Los días pares, los hombres de Sánchez acordaban los términos de un “gobierno de la gente” –los demás no somos “gente”, ojo- con el conglomerado de Podemos y adyacentes. Oían las exigencias imposibles de los podemitas, se miraban a los ojos, posaban para la prensa, echaban cuentas de diputados, y se disolvían.

La democracia es una forma de gobierno basada en el principio de consentimiento. El problema está en los límites de ese consentimiento. Pedro Sánchez se ha aferrado a la única fórmula que le asegura seguir en su puesto de secretario general del PSOE: llegar a un acuerdo con quien sea, menos el PP, para formar un gobierno. El mecanismo que se sigue, una vez roto aquel bipartidismo denostado por unos y añorado por otros, es el acuerdo ciego fundado en el consentimiento. Los políticos españoles pueden pactar cualquier cosa aunque no lo dijeran en la campaña electoral, o sea contradictoria con sus promesas. Porque esta democracia sin separación efectiva de poderes, y donde la relación entre el elector y el elegido -la representación- es más que mejorable, está fundada en la delegación completa, absoluta y ciega de la soberanía en los diputados

Esa expropiación de los derechos políticos es un fraude consentido. Es cierto que la democracia directa y el asambleísmo son fórmulas donde el radicalismo y la demagogia se hacen los amos, y que no hay nada perfecto, pero sí existen mecanismos para evitar esa enajenación. Tampoco se trata de eliminar el margen de maniobra de negociación de un político, pero si contar con la opinión del soberano: los ciudadanos. La coartada de que la estabilidad dependa de llegar a un acuerdo, cualquiera, sin conocimiento ni refrendo de la ciudadanía, deja definitiva y totalmente la soberanía en manos de políticos que solo piensan en alcanzar el Poder y no soltarlo.

La democracia también supone responsabilidad, no dejar ciegamente el gobierno en manos de unos políticos sin más principio que aferrarse al Poder de cualquier manera. Ese consenso político no es siempre el “nuevo fascismo”, pero sí da miedo.

OPERACION MANDELA - ENCUMBRAR A OTEGUI, DESLEGITIMANDO TODO UN PAÍS

El populismo asociado a los batasunos para blanquear el relato posterrorista. Estrategia de deslegitimación del sistema.

Como el ruido de la investidura había opacado la salida de prisión de Arnaldo Otegi, alguna lumbrera pensó llevarlo al debate en la tribuna de invitados. Al final prevaleció un mínimo de cordura y la provocación filoetarra tendrá que esperar ocasión más propicia. Pero pronto asistiremos a la consagración de la penúltima impostura del conglomerado batasuno y sus flamantes amigos de la izquierda radical española: la operación Mandela. La presentación como un héroe y un mártir de quien no ha sido más –así lo recoge la sentencia– que el jefe del brazo civil de la ETA. Un terrorista en comisión de servicios.

Ese movimiento en ciernes para convertirlo en candidato a lendakari, a expensas de que se aclare el alcance de su inhabilitación para ejercer cargos públicos, constituye un desafío moral y político a la democracia porque pretende blanquear el relato del fin de la violencia. La novedad del caso es que colaboran en el tradicional empeño del radicalismo vasco nuevos aliados que buscan la rescritura del posterrorismo: los independentistas catalanes, los anarcosecesionistas de las CUP y, cómo no, los líderes de la franquicia chavista en lógica empatía con quien se ha declarado simpatizante bolivariano.

Esos líderes que consideraban a ETA pionera en el descubrimiento de que la Transición fue una farsa celebran ahora la excarcelación de Otegi como un preso de conciencia. Nada raro si se tiene en cuenta que Zapatero lo declaró «hombre de paz» y que el propio juez que lo procesó por reconstruir Batasuna pedía hace seis meses su salida del talego. A eso se le llama una crisis de arrepentimiento.

Esta coalición propagandística entraña más peligro que la tradicional matraca batasuna porque se enmarca en el discurso creciente de la deslegitimación del sistema. El soberanismo tiende a presentar al Estado como una especie de dictadura camuflada que oprime los derechos de los pueblos, y el populismo leninista se asocia a esa reivindicación articulando una narrativa histórica ficticia del proceso democrático y de su resistencia a la coacción sangrienta. Lo que está en juego es, pues, el sentido mismo de la lucha antiterrorista que venció a la banda armada; no sólo la dignidad y la memoria de las víctimas ni la propia dimensión de la justicia sino el largo sacrificio de un país sometido a una estrategia de sufrimiento autoritario.

Y esa batalla no se puede perder, y menos por desatención o desidia. Nadie frena a los líderes de Podemos cuando retuercen el pasado para reclamar la legitimidad republicana, ni cuando publicitan un relato siniestro y denigrante de la etapa constitucional, ni cuando bosquejan el cuadro nihilista de la España contemporánea. Pero la guerra contra el terrorismo es casi un hecho fundacional del sistema de libertades. Renunciar a la custodia moral de ese legado equivale a permitir la malversación de un holocausto.

IGNACIO CAMACHO – ABC – 05/03/16

EL ABANDONO DE LOS PRINCIPIOS Y LAS IDEAS POLÍTICAS

Los socialistas pueden someterse a Iglesias o pueden enfrentarse a él en unas nuevas elecciones, para intentar confinarlo en ese arrabal de marginalidad en el que hasta ahora siempre han conseguido confinar a otros líderes comunistas. Pero a Pablo Iglesias le tienen miedo porque cree en unos principios que aplica a rajatabla.

Y el problema no es que los principios de Pablo Iglesias sean erróneos, nefastos o destructivos; el problema es que enfrente no tiene más que gente pusilánime, o bien aprovechateguis aspaventeros, que han aparcado sus principios (si es que alguna vez los tuvieron) y se guían sólo por intereses. Este posibilismo complaciente y acomodaticio, que ha guiado durante décadas el llamado «consenso», es más pernicioso que el presunto odio de Iglesias, que a fin de cuentas es el moho nacido de la podredumbre del posibilismo. Tal vez Iglesias odie, como pretenden sus detractores; pero la tragedia verdadera es que enfrente no tiene, ni a derecha ni a izquierda, a nadie que ame.

JUAN MANUEL DE PRADA – ABC – 05/03/16

Sobre las consecuencias del consenso ver 1, 2, 3