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domingo, 10 de septiembre de 2017

LA CULPABILIDAD DE LOS POLÍTICOS EN LA AUTODESTRUCCIÓN DE ESPAÑA

España: la semilla del mal está en el desastre de la Educación autonómica

Por cobardía, por resignación o por pereza, el Estado ha permitido la desintegración de la pedagogía de la convivencia

EL proceso de desafección y ruptura que está viviendo la sociedad catalana es imposible de entender en su correcta dimensión sin el fenómeno subyacente de la desintegración de la educación nacional española. Desde hace años, el Estado ha permitido por comodidad, por cobardía, por resignación o por pereza, la atomización de la pedagogía de la convivencia, y en su lugar las autonomías han levantado una construcción ideológica disgregadora que ha descompuesto la identidad colectiva con la eficacia de una gangrena. El discurso particularista en la escuela se ha extendido por todo el territorio al amparo de la dispersión de competencias, pero han sido las comunidades hegemonizadas por el nacionalismo las que más a fondo y con mayor perseverancia han trabajado para ampliar esa grieta.

En la semana en que se producía el arreón secesionista, la asociación de editores de libros de texto ha publicado un informe demoledor sobre el diferencialismo en la enseñanza. Existen en nuestro país 25 manuales distintos de Ciencias Sociales -la asignatura clave en el sesgo de la interpretación histórica- y hasta 19 de matemáticas, una materia en la que poco debería influir, en apariencia, la cuestión identitaria. No se trata, pues, sólo de la cooficialidad de distintas lenguas propias, sino de un concepto de singularidad paroxística que ha fragmentado a conciencia los conocimientos educativos a partir de una idea fracturada de España.

Sin duda los nacionalistas han destacado en este impulso deconstructivo que han utilizado como base de su pensamiento mitológico, pero sería injusto atribuirles en exclusiva la responsabilidad de la asimetría docente. Todas las autonomías se han deslizado en mayor o menor medida por la pendiente de un confuso orgullo regional que pulverizaba la cohesión con una alegría negligente. La fascinación por la diversidad ha sido transversal a todos los partidos e ideologías y ha permeabilizado las sucesivas leyes; hasta un presidente balear del PP anunció con máxima solemnidad la edición de textos escolares en todas las modalidades lingüísticas de las islas... incluido el formenterense.

En ese revoltijo que los diferentes gobiernos, lejos de reconducir, han ido embrollando, los separatistas han encontrado la herramienta intelectual idónea para asentar su proyecto. Durante décadas y sin que nadie los frenase han sembrado con enorme efectividad la doctrina de la Cataluña soberana ungida por un destino histórico manifiesto. A despecho de todas las sentencias judiciales, han marginado el castellano de las aulas y desdeñado la tradición española identificándola con un marchamo extranjero. Nadie puede extrañarse ahora de que su concienzuda labor pedagógica de permeabilización social haya tenido éxito: son los únicos que, mientras España se abstenía de su supervisión obligatoria, se han tomado la educación como un asunto realmente serio.

IGNACIO CAMACHO / ABC, 10 de septiembre de 2017



España es culpable

No sé qué ocurrirá en Cataluña en octubre. Estaré de viaje, con la dosis de vergüenza añadida de quien está en el extranjero y comprueba que lo miran a uno con lástima, como súbdito de un país de fantoches, surrealista hasta el disparate. Por eso, el mal rato que ese día voy a pasar quiero agradecérselo a tres grupos de compatriotas, catalanes y no catalanes: los oportunistas, los cobardes y los sinvergüenzas. Hay un cuarto grupo que incluye desde ingenuos manipulables a analfabetos de buena voluntad, pero voy a dejarlos fuera porque esta página tiene capacidad de aforo limitada. Así que me centraré en los otros. Los que harán posible que a mi edad, y con la mili que llevo, un editor norteamericano, un amigo escritor francés, un periodista cultural alemán, me acompañen en el sentimiento.

Cuando miro atrás sobre cómo hemos llegado a esto, a que una democracia de cuarenta años en uno de los países con más larga historia en Europa se vea en la que nos vemos, me llevan los diablos con la podredumbre moral de una clase política capaz de prevaricar de todo, de demolerlo todo con tal de mantenerse en el poder aunque sea con respiración asistida. De esa panda de charlatanes, fanáticos, catetos y a veces ladrones –con corbata o sin ella–, dueña de una España estupefacta, clientelar o cómplice. De una feria de pícaros y cortabolsas que las nuevas formaciones políticas no regeneran, sino alientan.

El disparate catalán tiene como autor principal a esa clase dirigente catalana de toda la vida, alta burguesía cuya arrogante ansia de lucro e impunidad abrieron, de tanto forzarla, la caja de los truenos. Pero no están solos. Por la tapa se coló el interés de los empresarios calladitos y cómplices, así como esa demagogia estólida, facilona, oportunista, encarnada por los Rufiancitos de turno, aliada para la ocasión con el fanatismo más analfabeto, intransigente, agresivo e incontrolable. Y en esa pinza siniestra, en ese ambiente de chantaje social facilitado por la dejación que el Estado español ha hecho de sus obligaciones –cualquier acto de legítima autoridad democrática se considera ya un acto fascista–, crece y se educa desde hace años la sociedad joven de Cataluña, con efectos dramáticos en la actualidad y devastadores, irreversibles, a corto y medio plazo. En esa fábrica de desprecio, cuando no de odio visceral, a todo cuanto se relaciona con la palabra España.

Pero ojo. Si esas responsabilidades corresponden a la sociedad catalana, el resto de España es tan culpable como ella. Lo fueron quienes, aun conscientes de dónde estaban los más peligrosos cánceres históricos españoles, trocearon en diecisiete porciones competencias fundamentales como educación y fuerzas de seguridad. Lo es esa izquierda que permitió que la bandera y la palabra España pareciesen propiedad exclusiva de la derecha, y lo es la derecha que no vaciló en arropar con tales símbolos sus turbios negocios. Lo son los presidentes desde González a Rajoy, sin excepción, que durante tres décadas permitieron que el nacionalismo despreciara, primero, e insultara, luego, los símbolos del Estado, convirtiendo en apestados a quienes con toda legitimidad los defendían por creer en ellos. Son culpables los ministros de Educación y los políticos que permitieron la contumaz falsedad en los libros de texto que forman generaciones para el futuro. Es responsable la Real Academia Española, que para no meterse en problemas negó siempre su amparo a los profesores, empresarios y padres de familia que acudían a ella denunciando chantajes lingüísticos. Es responsable un país que permite a una horda miserable silbar su himno nacional y a su rey. Son responsables los periodistas y tertulianos que ahora despiertan indignados tras guardar prudente cautela durante décadas, mientras a sus compañeros que pronosticaban lo que iba a ocurrir –no era preciso ser futurólogo– los llamaban exagerados y alarmistas.

Porque no les quepa duda: culpables somos ustedes y yo, que ahora exigimos sentido común a una sociedad civil catalana a la que dejamos indefensa en manos de manipuladores, sinvergüenzas y delincuentes. Una sociedad que, en buena parte, no ha tenido otra que agachar la cabeza y permitir que sus hijos se mimeticen con el paisaje para sobrevivir. Unos españoles desvalidos a quienes ahora exigimos, desde lejos, la heroicidad de que se mantengan firmes, cuando hemos permitido que los aplasten y silencien. Por eso, pase lo que pase en octubre, el daño es irreparable y el mal es colectivo, pues todos somos culpables. Por estúpidos. Por indiferentes y por cobardes.

Arturo Pérez-Reverte
PATENTE DE CORSO

UNA SOCIEDAD ENFERMA: LA ESTUPIDEZ DE LA BURGUESÍA CATALANA QUE CULPA A ESPAÑA DE SUS FRACASOS

La indiscreta estupidez de la burguesía catalana

Entre los deportes de riesgo extremo, puenting, escalada, surf, etc. habría que catalogar uno nuevo, quizás el más peligroso de todos: “un catalán votando”. Nadie que conozca Cataluña puede comprender que tan buena gente tenga tan pésimos representantes.

Es el síndrome del pihippy, del burgués antisistema, del millonario de izquierdas que ha hecho su fortuna con prebendas públicas obtenidas precisamente por ese izquierdismo. No hace falta dar nombres, todos sabemos, por ejemplo, quiénes, con ese perfil, controlan los medios de comunicación de Cataluña y algunas cadenas de televisión nacionales.

Es muy cool pasear por el Círculo Ecuestre o por el Real (?) Club de Polo, quejándose de Madrit, soñando con una Cataluña libre, Arcadia feliz, por fin liberada de la rémora de España, su sanguijuela eterna, la tenia que impide su desarrollo.

Así una burguesía que debe su riqueza a la existencia de un arancel que ha protegido siempre sus productos a costa de encarecerlos en el mercado nacional en perjuicio de otras regiones, por ejemplo Valencia, que hubieran prosperado muchísimo más en un marco de libre cambio con el exterior, ha presumido constantemente de que han sido sólo su esfuerzo y su gran habilidad empresarial los creadores del tejido industrial catalán. Son sólo Cataluña y los catalanes los responsables de que exista esa riqueza en esa región.

Todos sabemos que SEAT, por ejemplo, es una empresa creada por catalanes exclusivamente que, con su laboriosidad e ingenio, inventaron el automóvil, que la Barcelona Traction and Power fue la inventora de la electricidad y el modelo de todas las compañías eléctricas del mundo, sobre todo por su seriedad financiera, porque las finanzas catalanas siempre han sido ejemplares, el ejemplo a seguir por todos los sistemas financieros desarrollados, que ven con admiración los ejemplos de Banca Catalana, de Caixa Catalunya y de la existencia de la propia Bolsa de Barcelona, otro caso de envidia de Madrit, culpable de la desaparición del ejemplar Mercado Libre de Valores de Barcelona cuyas estafas y quiebra final debieron ser seguramente obra de no catalanes infiltrados. Y da igual que autores tan poco sospechosos de anticatalanismo como Vicens Vives o Jordi Nadal, de quien tuve el honor de ser alumno, sostengan lo contrario, eso no es cool, mejor olvidarlo.

Porque si hace falta mentir y cambiar la historia pues se hace: el reino de Aragón no existió, Casanovas fue un patriota catalán ejecutado por Blas de Lezo, lo que supuso que Cataluña perdiera su independencia en 1714, Franco conquistó Cataluña a sangre y fuego y los patriotas catalanes la defendieron bravamente hasta el último momento y luego se mostraron como antifranquistas irredentos durante cuarenta años, etc.

El problema es que en la realidad esa burguesía dominante nunca ha sido tan brava, los bravos en Cataluña, desde el Noi del Sucre hasta Durruti, han sido los anarquistas, desde el XIX una fuerza muy importante en esa región, primero de forma revolucionaria, hasta que un imperialista español, jerezano, acabó con ellos entre aplausos, hoy también negados, de esa burguesía; posteriormente consiguiendo batir en toda la línea a las fuerzas regulares del ejercito español en julio de 1936, mérito que les fue reconocido con su exterminio posterior por los comunistas, porque Stalin les tenía el mismo cariño que a los burgueses, quienes a su vez, visto lo visto, empezaron a pensar que igual se habían equivocado de bando en la guerra, lo que permitió por ejemplo que Yagüe entrase en Barcelona desfilando por la Diagonal, sin un tiro ni de paqueo.

Pero ya sabemos que todo eso es mentira, propaganda españolista, una vez más esa burguesía reincide en su absurda querencia y se apoya en los actuales antisistema, les sigue el juego, es cómplice con ellos de todas las ilegalidades habidas y por haber y vuelve a ser su cautiva, en una especie de síndrome de Estocolmo inexplicable porque, ¿de verdad alguien con un mínimo sentido común cree en la viabilidad de una nación independiente catalana regida por los políticos que están ciscándose en todos los principios democráticos y ensuciando con su presencia todas sus instituciones? ¿De verdad se sienten representados por ellos?

Y volverá a pasar lo de siempre: la ilegalidad será derrotada en el juego democrático, pero los anarquistas se lanzarán a la conquista de la calle, viviremos jornadas de fuego y sangre, que nadie lo dude, una horda que deja arrasadas las Ramblas cuando celebra un título de liga del Barcelona incendiará algo más que contenedores de basura, para, finalmente, tras algunos centenares de muertos, asistir a otro desfile triunfal por la Diagonal entre ovaciones. Y vuelta a empezar en ese trágico bucle que es la verdadera historia catalana, la que ni se cuenta ni se explica y por eso estamos condenados a repetirla.




Guruceta 

La excitación que el referendo causa en personas por lo demás sensatas se explica por lo que tiene de revancha

Éste es el referendo de las mil batallas perdidas. El Barça y el catalanismo, que tantas veces se han expresado en un solo clamor, son el mismo río que lleva las frustraciones de tantos y tantos catalanes. Un entremezclado sentimiento de agravio, desde Guruceta hasta 1714, ha servido para cancelar cualquier autocrítica, justificar toda clase de mediocridades y convertir cada derrota en un atraco y vivirla desde una endogámica superioridad moral que ha traído más derrotas y más amargas, como siempre que buscamos culpables ajenos en lugar de entender nuestros errores y aprender de ellos.

La excitación que el prometido referendo causa en personas por lo demás sensatas se explica por lo que tiene de revancha. Con él pretenden ganar en el descuento todo lo que en su vida perdieron. La Guerra Civil, el sesentayocho, no haber llegado nunca a ser más inteligentes que sus padres pese a las infinitas lecciones que les dieron, el penalti de Guruceta, que Franco se les durmiera, el odio a la Iglesia, el desprecio de Dios y ese relativismo de listillo universitario que de muy jóvenes les llenó de orgullo y les vació de dignidad y que ha sido la madre de todos sus naufragios. Hay muchos, muchísimos catalanes entre 40 y 70 años que sangran por estas derrotas vividas o heredadas y que pese a ser de clase alta, o media alta, y a la discrepancia formal con la CUP, embisten con su misma desesperación, con su misma rabia.

Tal vez sea su última oportunidad para resarcirse de su derrota permanente y por eso buscan con la independencia de Cataluña -que hace cinco años que les importa, nunca antes- dar un destino a sus vidas que al final las salve de esa vulgaridad, amorfa y sin esperanza, a la que siempre conduce la arrogancia. Esta pulsión, tan emocional, cocida al fuego humillante de tantísimos fracasos, explica la transversalidad del independentismo y por qué en determinados ambientes de bienestar y orden se llega a coquetear con lo revolucionario. El catalanismo, como el barcelonismo, se basa en un sentimiento de agravio, en una supuesta deuda eterna, en una rabia alimentada de generación en degeneración que en todo te da la razón y que de cualquier culpa te libera. 

La idea de que España nos odia, nos perjudica, nos hace trampas y nos roba ha promovido no sólo un catalanismo sino una sociedad catalana ajena a la autoexigencia, narcisista, autocomplaciente, que está tan persuadida de tener razón que la menor discrepancia la ve como un insulto o como una traición, como el sonido del silbato de Guruceta o los cañones del duque Berwick justo antes de que capitulara Barcelona.

domingo, 29 de enero de 2017

El “prusés”, entre el esperpento y el delito

Max Estrella, uno de los personajes de 'Luces de Bohemia', intuye el esperpento “como si los héroes antiguos se hubiesen deformado en los espejos cóncavos de la calle, con un transporte grotesco pero rigurosamente geométrico. Y estos seres deformados son los héroes llamados a representar una fábula clásica no deformada. Son enanos y patizambos que juegan una tragedia”. Enanos patizambos encargados de transportar Cataluña a la Ítaca fabulosa de la independencia, retratados esta semana como personajes esperpénticos y al tiempo delictivos por la grosera locuacidad del exjuez Santiago Vidal. El esperpento de esa España gastada que asoma en las pinturas de Goya, en la pluma acerada de Quevedo y en la estética deformada de Valle Inclán. Los dioses del prusés transformados en personajes absurdos, tipos de sainete, en una manera muy catalana, muy española, muy del demiurgo que se cree hecho de distinto barro que sus muñecos, de deformar la realidad. En la historia interminable de un nacionalismo dispuesto a rendir al contrario por aburrimiento, lo de Vidal ha sido un bombazo. “Un torpedo en la línea de flotación del nacionalismo” se podía leer ayer en La Vanguardia. Una bomba que cogió a los dirigentes indepes en pelota picada. Y no es que no se supiera, no, que los excesos verbales practicados por este berzas con ínfulas en sus “conferencias” corrían por Barcelona desde hace tiempo, aunque fue El País quien, en la tarde del jueves, les dio carta de naturaleza.

El relato de las deposiciones verbales del sujeto podría resumirse en el amenazador “Estáis todos fichados y lo sabéis”, exceso al que podría añadirse, en escorzo lingüístico adecuado al caso, que “sí, claro que es ilegal, porque el tratamiento de los datos personales, las libertades públicas y los derechos fundamentales de los españoles está garantizado por la Constitución y, más concretamente, por Ley de Protección de Datos (LOPD), pero, qué le vamos a hacer, no tenemos más remedio que saltarnos la legalidad, en eso somos especialistas, porque no hay otra forma de hacer realidad el sueño de la independencia”. Algunas de las 'perlas' que ha soltado el hasta ahora senador por ERC, antiguo magistrado de la Sección Décima (Penal) de la Audiencia de Barcelona (¿qué sentencias no habrá firmado el sujeto?), venían desde hace tiempo circulando por Barcelona como monedas de curso legal, caso de los datos fiscales de un buen número de contribuyentes (la Agencia Tributaria catalana, dependiente del conseller de Economía, guarda una lista secreta en la que se incluyen nombres y cargos de las personalidades más relevantes de la región); caso de los servicios secretos israelíes, el temible Mossad, que estarían instruyendo a los Mossos para formar el núcleo de un CNI propio; caso de un cierto número de jueces que, sensibles a los postulados de la independencia, podrían incorporarse a la administración de Justicia de la futura República, porque a eso se ha dedicado este elemento desde su despacho oficial en el Centro de Estudios Jurídicos de la Generalitat.


Y, ¿quién es este pájaro? No un cualquiera, no, que fue el encargado de redactar el borrador de la futura Constitución y planificar las “estructuras de Estado” de la República Independiente de Cataluñistán por el Moisés Mas, lo que da idea de su predicamento dentro del Movimiento Nacionalista, un tipo exhibido como trofeo por el independentismo en razón a su currículum en la judicatura española, la joya de la corona que se disputaban unos y otros, “tengo ofertas de todos los partidos”, hasta el punto de que cuando Convergencia se hartó, el tipo no dudó en inscribirse en la legión francesa de ERC, como un Rufián más, que lo acogió con los brazos abiertos. Todos se han apresurado ahora a decir que es un loco indigno de crédito. Les ha pillado tan a contrapié, que no queda más remedio que desacreditar a quien media hora antes pasaba por ser un héroe de la causa. Cualquier cosa antes de terminar dando la razón a la Rahola y su vaticinio: “Podemos hacer de todo menos el ridículo”. Pero ¿es verdad o es mentira lo que cuenta este oportunista con aspecto de cazador de fortunas, este aventurero de despacho con vistas a la plaza Sant Jaume? Es el trabajo que compete a la Fiscalía Superior de Cataluña, en respuesta a la orden del fiscal general del Estado, José Manuel Maza, para que investigue qué hay de verdad en las afirmaciones de un personaje a quien nadie en el Movimiento Nacionalista había desmentido hasta ahora.

Evidencia de golpe de Estado

Un escándalo que deja en situación comprometida a Puigdemont, desde luego a Romeva, Minister of Foreign Affairs (según su propia cuenta de twitter) de Cataluñistán, y naturalmente a Junqueras, el jefe de las finanzas de la Generalitat con ventanas al despacho de Cristóbal Montoro. Un suceso que pone al descubierto el doble lenguaje en que se mueven los mentores del prusés. Y el engaño. Porque si es verdad solo una parte de lo que el vivo Vidal ha ido predicando por ahí, entonces el Gobierno de la nación no tendría más remedio que intervenir de una vez, como prueba evidente de ese golpe de Estado soterrado que el independentismo puso en marcha el 12 de septiembre de 2012, que ya ha llovido; y si es mentira, entonces el nacionalismo mostraría su peor cara, el rostro de una realidad deformada por los espejos valleinclanescos con la que trata de engañar a sus propios ciudadanos vendiéndoles la moto de una independencia en la que nadie cree. Un nacionalismo cleptómano que tergiversa, manipula y miente.

Leído ayer en la cuenta de twitter de un respetado analista político: “Hay tontos, hay tontos del culo, hay tontos con balcones a la calle y después viene Santi Vidal”. ¿Significa esto que a partir de ahora los responsables de un prusés que pretende romper España, acabando con la etapa más larga de paz y prosperidad de que ha gozado este atormentado país a lo largo de su historia, van a dejar de contar con el respeto y consideración del que inexplicablemente han gozado en los últimos tiempos? Es elemento central del problema que nos afecta. La pusilanimidad, la resignación, la mansedumbre cotidiana con la que todos –políticos, jueces, medios- hemos aceptado los desplantes, los desprecios, los insultos diarios a España y los españoles, algunos lanzados desde la propia tribuna del Parlamento, de algunos de estos personajes con aspecto de matones de barrio, y ello por miedo a ser tachados de políticamente incorrectos. En los espejos cóncavo y convexo del callejón del Gato independentista entra un atildado señor de Barcelona y sale convertido en un Puigdemont, un Romeva, un Junqueras, un Tardá, un Homs, un Rufián, el charnego andaluz que se cisca en sus raíces para ser aceptado por los WASP del nacionalismo pata negra, tipos a menudo con dificultades para expresarse correctamente y a quienes hemos otorgado pasaporte de normalidad cuando seguramente no permitiríamos sentarse a nuestra mesa.

La rajada de Vidal, cierto, tiene un implícito efecto perverso en tanto en cuanto viene a confirmar la tesis del gran Mariano, según la cual no hace falta sembrar vientos en Cataluña, y mucho menos mandar a la pareja de la Guardia Civil, porque el independentismo se encargará de perecer en la tempestad desatada por su propia locura. La Señora que ha montado despacho, es un decir, en Barcelona, parece encallada, metida en el barro de sus aspiraciones sin lograr avanzar un milímetro. Eso está llamado al fracaso si, prudentes, nos negamos a decir que ha fracaso rotundamente ya. No hay nada que hacer, nada que negociar con unos señores que se niegan a apearse del burro. No hay nadie en Convergencia con autoridad bastante para decir alto, un momento, esto no puede seguir así, hay que parar esta locura, de modo que la tropa antes citada parece condenada a seguir deslizándose por un tobogán que camina sin pausa rumbo al precipicio.

La bomba nuclear se llama Jordi Pujol
Hay quien dice, cierto, que el único que podría parar ese tren es Jordi Pujol, cerrando el círculo de ignominia que él mismo abrió el día en que, ante las cámaras, reconoció haberse convertido en un evasor fiscal, en el más ilustre representante de la República Catalana del 3 por cierto, la Cataluña de la corrupción galopante, contraparte de la España de la corrupción galopante. La bomba nuclear del llamado “problema catalán” se llama Jordi Pujol i Soley, un hombre que logró construir una especie de Estado dentro del Estado, un Estadito ordeñado con regularidad y esmero por sus hijos y por los afectos al mismo, gente que hoy dispone de fortunas extravagantes, de casoplones de infarto en Premiá de Dalt, Cerdanya, y por ahí. Una tribu que llegó a cobrar minuta por cada empresa que se instalaba en la comunidad y también por las que salían o querían salir (razón, Sony y otros), con “recaudadores” conocidos por todos, algunos incluso entre los que apalabraron la Constitución del 78. Casoplones y empresas y empresarios (razón, Sumarroca & Cia) que se han hecho de oro arrimando el ascua al Estadito de don Pujolone. Y alpiste para incautos en forma de “Espanya ens roba” pregonado a todas horas desde unos medios de estricta obediencia (razón, TV3 y La Vanguardia).

La cosa apestaba ya antes incluso de que Pasqual Maragall pronunciara su histórica frase de “vostès tenen un problema, que es diu 3 per cent”, pero nadie a levantado la voz porque el clan y sus servidores sigue teniendo mucho poder, tienen sus Estevills bien posicionados en el estamento judicial, muchos millones, y unos cuantos dosieres con los que amenazar a quien pretenda ponerlos firmes. Un cisne negro. Y una broma de Parlament. “El clan puede desestabilizar el Estado español porque dispone de información para liquidar a la mitad de la clase política de la Transición. Por eso se mueven con tanto desparpajo”. Determinada élite viene sosteniendo en privado desde hace tiempo que el prusés es un montaje ideado por ellos para romper el cerco de una Justicia que en cualquier democracia occidental hubiera metido a casi todos en la cárcel. En España, los Pujol no entran en prisión. ¿Cómo acabará todo? Sospecho que podría hacerlo en una especie de “Abrazo de la Vergüenza”: en una opaca impunidad para los Pujol y su servidumbre política (Mas y demás incluidos), a cambio de un prusés atemperado y, pasado el tiempo, finiquitado. Una especie de intercambio de prisioneros. Y don Jordi, el evasor fiscal, volviendo a la televisión para anunciar que se acabó la broma.

JESUS CACHO 29.01.2017

martes, 3 de mayo de 2016

EL MITO DE LOS PAÍSES CATALANES, INVENTADO POR UN VALENCIANO

El mito de los «países catalanes»: el invento de un valenciano en 1962. Joan Fuster acuñó el término en su ensayo «Nosotros los valencianos» y el nacionalismo lo asumió en su ideario


«Reivindicamos el sujeto político de Países Catalanes». Lo dijo la portavoz de los antisistema de las CUP, Anna Gabriel, en la manifestación que recorrió el 23 de abril el centro de Valencia, convocada por los independentistas catalanes. El lema de las CUP y de Endavant (otra organización independentista) fue «Ni pactos ni renuncias. País Valenciano, Países Catalanes».

La expresión, en boga entre los independentistas catalanes en las últimas décadas, hace referencia desde un punto de vista geopolítico a una realidad ficticia según la cual Cataluña, la Comunidad Valenciana, las Islas Baleares, la franja este de Aragón, Andorra, el Rosellón francés, el Alguer italiano (en Cerdeña) y El Carche (en la esquina noreste de Murcia) deberían formar un país diferenciado e independiente. La excusa para armar esta entelequia es que, desde el punto de vista catalanista, en todos estos territorios se emplea el catalán como lengua vernácula.

La idea de los «países catalanes», sin embargo, no se alumbró en Cataluña, sino (paradójicamente) en la Comunidad Valenciana. Fue el escritor y ensayista valenciano Joan Fuster el primero en usar el término con una intencionalidad política, en su ensayo «Nosotros los valencianos», de 1962. Fue en ese volumen en el que Fuster acuñó la famosa sentencia de «llamarnos valencianos es nuestra forma de llamarnos catalanes», que está grabada a fuego en el ideario de aquellos que desde la Comunidad Valenciana defienden las tesis de los «países catalanes», como sucede en el caso de los consejeros de Compromís Vicent Marzà (Educación) o Manuel Alcaraz (Transparencia).

De la lengua a la política
Fuster, hijo del primer alcalde franquista de Sueca (Valencia), se convirtió así en el padre intelectual de los «países catalanes» como sujeto político, en palabras de Anna Gabriel. No obstante, la expresión ya se había empleado anteriormente desde un punto de vista meramente cultural. Y curiosamente, fue también un valenciano quien lo acuñó: el jurista Bienvenido Oliver, en su obra «Historia del Derecho en Cataluña, Mallorca y Valencia», editado en 1876.

Con los años, el nacionalismo catalán ha asumido la idea primigenia de los «países catalanes», articulada en torno a criterios lingüísticos que siguen siendo objeto de controversia (la unidad del valenciano y el catalán), hasta amoldarla a la existencia de una nación que coincidiría, aproximadamente, con las fronteras de la Corona de Aragón medieval. Una idea que en los años ochenta defendieron con las armas la extinta organización terrorista Terra Lliure, y con pancartas la organización juvenil Maulets, entre otras. Actualmente, la sostienen en sus idearios políticos partidos como las CUP y Esquerra Republicana, y se le da cobertura desde Valencia con la asociación Acció Cultural del País Valencià, fuertemente financiada por el Gobierno catalán.

En realidad, los «países catalanes» no han existido nunca fuera de la obra de Joan Fuster, cuya herencia intelectual ha recogido Acció Cultural, pese a que la estrategia de revisionismo histórico desplegada por el nacionalismo catalán (en ocasiones, incluso, desde las instancias oficiales) ha llegado a asegurar que «El rey Jaime I fundó los Países Catalanes», como sucede en el vídeo explicativo que sobre el personaje histórico contiene la web de la Consejería de Cultura catalana.


@ABC - 02/05/2016 

sábado, 9 de abril de 2016

EL NEOFASCISMO LINGÜÍSTICO EN CATALUÑA

Cataluña está viviendo uno de los momentos más alucinantes de su historia. No hay experto que pueda calibrar el deterioro que se ha ido produciendo en las cosas más sencillas de la vida como son la conversación y la escritura, esa magnífica invención que nos permite no sólo comunicar nuestros sentimientos, sino compartir ideas o contrastarlas sin necesidad de obligar al otro a pagar peajes.

Lo digo sinceramente y sin ninguna acritud. Yo no escribo en catalán sino en castellano, exactamente como se hizo este periódico durante periodos democráticos como la República o la reciente democracia. Confieso que nunca he escrito “Catalunya”, porque para mí es una expresión tan ajena como escribir “Astúries”, cuando siempre escribí siguiendo la norma literaria correcta de Cataluña y Asturias. ¿Ustedes creen que merece la pena? O se trata de una convención social instaurada por quienes hablaron catalán en su casa, ni siquiera en la intimidad, como dijo con arrogancia José María Aznar.

La sociedad catalana vive una crisis total de objetivos, no de identidades, como asegura la facción talibán que ha crecido como los hongos, siempre que los hongos fueran plantados por dirigentes bien remunerados. Si algo ha caracterizado a esta sociedad, antaño, fue su radicalidad. Una gran masa pequeñoburguesa entre islas anarquistas o aventureras. Todavía no se había instalado la cobardía ética como virtud social. Cuando hace unos meses encontré casualmente por la calle a Raimon, el bardo esencial de este país, y nos tomamos unos cafés después de años de no vernos, me reprochó levemente, al estilo levantino, que algunos artículos míos eran muy duros con los hábitos de este país. ¿Qué pensará ahora cuando una simple frase –“yo no soy independentista”– le generó los insultos más viles, a una persona que entregó su vida y su obra a hacer gozar a la que creía que era su gente? No hay países buenos ni malos, sólo existe gente decente y gente indecente.

Hay que reconstruir la sociedad civil catalana y esa es una tarea tras el virreinato pujoliano, el derrumbe de la dignidad social que fue Millet y el caso Palau; el mejor abogado del mundo mundial, Piqué Vidal, maestro de generaciones de abogados de tronío, convertido en extorsionador, y el mejor juez, Pascual Estevill, implacable mantenedor de la justicia y devenido en un miserable comisionista. Es verdad que eso pasa y pasó en muchas partes, pero ellos no eran la sal de la tierra. Un país que un día podía ser Suecia y otro Holanda, como decía el gran falsificador, que no sólo había quebrado un banco en beneficio propio sino que consiguió que se le considerara la vara de medir honestidades (hecha excepción de su señora, demasiado inclinada a la floricultura de alto rango y a unos hijos que preferían la delincuencia de élite).

Desde que quebraron las leyendas, y las economías del país, y las subvenciones dignas de emperadores romanos, entramos en una crisis de la que muchos, no la mayoría, pero sí los suficientes, han decidido crear un conflicto civil. Hay que romper la sociedad catalana, porque no les sirve a sus intereses ni a sus proyectos. En el fondo intereses de capilla, de perder la asesoría, la tertulia, la cátedra ganada a pulso de trampa y cartón –a la manera española, diríamos, si no les pareciera una comparación ofensiva–.

Primero disolvieron la izquierda, la mítica izquierda de Cataluña, el faro de la primera transición, y lo hicieron a un precio de saldo. Como se trata de un país pequeño, seleccionadas las patums de hojalata, las fueron colocando en una compra nada sutil pero tampoco escandalosa. Desde Eugenio d’Ors, si no antes, este país descubrió lo barato que es un intelectual; se alimentan de vanidad y pocos recursos. Nunca tenerlo parado; no se le ocurra pensar y romper la baraja y pasarse al enemigo, que hay muchos casos.

Pero la cosa empieza a ponerse un poco fea. Nadie sabe quién manda. Cataluña tiene un president salido de la nada en una jugada tan extraña y chumacera que uno no sabe muy bien si se trata de un candidato de repuesto, un milagro virginal o sencillamente un pacto entre la casta más corrupta e incompetente desde los tiempos de Cambó. Baste decir que al president Puigdemont, un segundón funcionarial del mundo trepador de provincias, se le conoce entre los suyos como el Mocho ,y no porque limpie nada sino por su personal tratamiento capilar.

Y entonces aparece “el documento de los 280 académicos, repito el título de la prensa. Ya me llamó la atención cuando, en la Feria literaria de Frankfurt, la cantidad de supuestos escritores que aparecieron por allá superó a cualquier país del orbe, eran más de cien. Ahora resulta que existen 280 académicos, de los cuales conozco a un puñado que son tan académicos como yo fontanero, incluida quien dio lectura al texto en marco tan incomparable como el paraninfo de la Universitat de Barcelona. Se llama Txe Arana, y confieso mi ignorancia, jamás había oído hablar de ella, y eso que vivo de la información.

De todos los elementos del texto, que intelectualmente es de una penuria digna de Òmnium Cultural o de la Assemblea Nacional Catalana, instituciones que para irritación de algunos no me canso de considerar reaccionarias y racistas, hay dos en las que merece la pena detenerse.

El primero, la declaración del catalán como lengua oficial única, lo que nos obligaría a más de la mitad de la población catalana a apelar a estos letrados académicos para cualquier requerimiento. En otras palabras, que les daríamos trabajo. A mí me impresionó mucho saber que la Universitat de Girona tiene más profesores de catalán que alumnos de lingüística catalana. Lo entiendo, nadie quiere perder su trabajo y la sociedad está muy chunga para ir por ahí y ponerse a la lista del paro: “licenciado en lingüística catalana”. Resumiendo, que en el documento hay un tufillo inconfundible de 280 académicos, en su inmensa mayoría dependientes de la Generalitat, como funcionarios, asesores o subvencionados, y que tal como han ido las cosas del famoso procés se pueden quedar en la calle.

El otro, en mi opinión de mayor fuste, porque se refiere al mundo de la ideología y sus creencias, es la denuncia de la emigración obrera de los años cincuenta y sesenta como “instrumentos del franquismo para la colonización lingüística. Por más que se diga, como señoritos equilibrados, que fue “involuntario”, constituye la ofensa y la calumnia más desaforada de unos académicos paniaguados del poder. ¿Hay alguno que dijera algo de la mafia pujoliana, no digamos del desfalco del Palau?

O sea que la clase obrera que contribuyó de manera decisiva a la riqueza de Cataluña, explotada, mal pagada, en condiciones infrahumanas durante más de una década, resulta ahora el agente definitivo del franquismo contra Cataluña y su lengua. ¿No hay nadie que lo haya vivido y que desenmascare esta tropelía de reaccionarios?

Había pues dos lenguas, que aún sobreviven, una blanca y otra negra. Los negros que no se adaptaron a la “lengua blanca” son culpables de colonizar Cataluña para estos académicos que viven del erario, no del sudor de su trabajo, como muchos de sus antecesores “colonizadores de fábricas y talleres. Porque lo patético es que buena parte de los firmantes son hijos o herederos de esa esclavitud de la huida del hambre, sin televisión que los retratara. ¿O no fue una esclavitud?

¡Que gentes, presuntamente de izquierdas, lleguen a sostener que en este país flagelado por el paro, los desahucios, los recortes, las estafas, “quizá el principal problema sea la cuestión lingüística”, es que se nos han roto todos los cristales y de pura vergüenza no nos atrevemos a mirarnos a ningún espejo que nos retrate de cuerpo entero! Son ustedes, señores firmantes, unos neofascistas sin conciencia de serlo. Por cierto, nunca conocí a ningún neofascista que reconociera ese tránsito entre la radicalidad de otrora y la miseria de defender sus privilegios ahora.

Gregorio Morán en La Vanguardia

sábado, 27 de febrero de 2016

GRANDES MENTIRAS DEL NACIONALISMO CATALÁN

Quince descabellados mitos del nacionalismo catalán


Es cierto que España, Inglaterra, Francia y compañía tienen en su pasado una infinidad de mitos y de personajes casi mitológicos, como puede ser en el caso español El Cid Campeador, pero el peligro está en el uso político que se da a esos mitos y a si están abiertos o no al análisis histórico. Los catalanes no lo están. El nacionalismo catalán es un fenómeno contemporáneo, surgido del descontento de ciertos sectores dirigentes a finales del siglo XIX con el proyecto de estado-nación español, que se vio obligado a crear una larga lista de mitos cimentados en tres hitos –el periplo medieval de los Condados Catalanes, la unión dinástica entre Castilla y Aragón y la Guerra de Sucesión– para apoyar sus reivindicaciones políticas. Hoy, muchas de esas leyendas siguen vigentes y, pese a la fragilidad de sus argumentos, resultan inaccesibles a los historiadores, que, cuando logran desmontarlas, son acusados de servir a los intereses de España. Ese desdén hacia los investigadores –retratado en la broma de Jordi Pujol: «Yo soy historiador»– hace que los mitos catalanes sean muy infantiles y fáciles de desclasificar.

La rendición no se produjo el 11 de septiembre.

El Parlamento de Cataluña declaró la Diada como fiesta autonómica catalana en 1980 para conmemorar la caída de Barcelona en la Guerra de Sucesión. Sin embargo, Jordi Pujol y su partido cometieron un fallo histórico puesto que la rendición de la ciudad no tuvo lugar el 11 de septiembre, sino poco después del mediodía del día 12. Y, según el historiador Salvador Sanpere y Miquel, «la muerte de la libertades», tal y como la interpretan los independentistas, aconteció dos días después de la entrada de las tropas con la rendición de las banderas a la Armada Real.

La mitificación de Rafael Casanova.

Los actos de la Diada comienzan con una ofrenda floral a Rafael Casanova, conseller en cap durante el asedio de 1714. Un personaje mitificado por los nacionalistas al que algunos historiadores responsabilizan de llevar el asedio a una resistencia «suicida» que causó miles de muertes innecesarias. Su actuación en la batalla tampoco fue muy heroica. Cuando comenzó el asalto final, Casanova estaba durmiendo y, tras acudir a las murallas, fue herido de poca gravedad en el muslo. 

A la caída de la ciudad, el político catalán quemó sus archivos, se hizo pasar por un muerto y delegó la rendición en otro consejero. Tras conseguir la amnistía en 1719, Casanova volvió a España a ejercer como abogado hasta su muerte. Sus familiares reivindican hoy su figura como simplemente un español que apoyó al Rey equivocado.


Pérdida de las libertades catalanas.

Felipe V retiró los fueros cuando tomó la ciudad de Barcelona, que había defendido la causa del archiduque Carlos de Austria en la Guerra de Sucesión. La propaganda nacionalista señala esta decisión como «la muerte de las libertades de Cataluña». No en vano, el hispanista Henry Kamen explica que el concepto moderno de libertad nada tiene que ver con los privilegios administrativos, en el sentido medieval, de los que gozaba esta región de España. Además, el historiador Joaquim Coll recuerda que «no hay prueba de que los Austrias garantizaran un modelo pluriestatal».

Países Catalanes, la tierra prometida.

«A pesar de la tendencia de los historiadores nacionalistas catalanes a retorcer la naturaleza “catalana-aragonesa” de la Corona de Aragón, nunca ha existido nada, en la historia medieval, y mucho menos en los tiempos modernos, que pudiera considerarse ni de lejos un embrión del Estado catalán, excepto en las imaginaciones más románticas y soñadoras», explica en uno de sus trabajos el historiador Enric Ucelay-Da Cal. Frente a la incapacidad para encontrar un germen de nación en la historia de este región española, la mitología romántica acuñó a finales del siglo XIX el término Países Catalanes (o Gran Cataluña). No en vano, lo que comenzó como una simple denominación de carácter lingüístico se convirtió en boca de los nacionalistas en una especie de tierra prometida. Un ente que sirve para justificar, con supuestas raíces en la Edad Media, las actuales reivindicaciones políticas.

El catalán nunca fue la única lengua de Cataluña.

La lengua catalana tuvo su origen en el noroeste peninsular a partir del latín vulgar que introdujeron los romanos. Sugieren algunos filólogos que el sermo rusticus catalán, la primera gran ruptura con el latín, se remonta a entre los siglos VII y VIII. No obstante, pese a su largo recorrido histórico, lo cierto es que el catalán nunca ha sido la única lengua en un territorio, quizás a causa de su lugar geográfico, entregado al bilingüismo. La pluralidad ha sido la regla incluso en los siglos medievales. Entre el  XVI y XVIII, el catalán compartió espacio con el castellano, el latín y el italiano. La unión de las coronas de Castilla y Aragón supuso la adopción del castellano por parte de la mayoría de la aristocracia catalana, sobre todo en las zonas urbanas, aunque entre la población siguió siendo mayoritario el uso del catalán.

La quimera de la nación catalana.

En una entrevista con ABC.es, el historiador Jordi Canal, autor de «Historia Mínima de Cataluña» (Turner, 2015), responde directamente a esta cuestión: ¿Fue Cataluña alguna vez una nación? «Nunca, dado que las naciones son algo muy contemporáneo. Esa es una de las grandes confusiones de la historia de Cataluña: hablar de nación con tanta facilidad. Hay un abuso permanente a la hora de usar conceptos contemporáneos aplicados al pasado. Cuando en las épocas medieval y moderna encontramos el término nación, éste no significa lo que hoy entendemos. Por ejemplo, cuando el cronista Ramón Muntaner se refiere en la Edad Media a nación catalana, debe entenderse como un grupo de personas que hablan la misma lengua. En Cataluña realmente solo podemos hablar de una nación en construcción, o en curso, cuando aparecen los grupos nacionalistas en la última década del siglo XIX. A partir de los años ochenta del siglo XX, se han acometido procesos de renacionalización a los que hoy se aferran las reclamaciones secesionistas».

Wilfredo «El Velloso», el fundador mítico de Cataluña.

La historia del noble Wifredo «El Velloso» ha sido desdibujada por los nacionalistas catalanes para otorgarle un papel protagonista en la mitológica fundación de «la nación catalana». Sin embargo, el último conde de Barcelona designado por un Rey franco simplemente se aprovechó de la crisis del imperio para concentrar el máximo número de títulos, pero desde luego no albergaba ningún sentimiento nacionalista y ni siquiera buscó desvincularse del Imperio carolingio. 

De hecho, el título de conde de Barcelona cayó en sus manos precisamente por tomar partido a favor de Carlos «El Calvo» en contra de la nobleza local. Lo cual no significa que se pueda hablar desde ese momento de una entidad propia y unitaria en la región catalana. En 897, a la muerte de «El Velloso», Wifredo II Borrell se hizo cargo, conjuntamente con sus hermanos Sunifredo y Miró de los condados paternos, reservándose para él el gobierno de los condados principales, Barcelona, Gerona y Osona. No en vano, llegado el momento, Wifredo Borrell viajó a Francia para rendir tributo al nuevo rey, Carlos «El Simple», donde fue investido oficialmente como conde en 899.

La fantasía del Reino de Cataluña o la Corona catalano-aragonesa.

Es demasiado frecuente encontrar en la historiografía catalana el uso, abuso más bien, de términos modernos para definir entidades políticas del pasado que hubieran resultado completamente desconocidos para las personas de la época. En la Edad Media no existen referencias a lo que hoy se llama confederación catalano-aragonesa, ni a reyes de Cataluña-Aragón, ni por supuesto al Reino de Cataluña. Simple y llanamente se usaba Corona de Aragón para definir lo que nació como la unión dinástica entre los titulares de los Condados catalanes y los soberanos del Reino de Aragón.

El controvertido y mitológico origen de la señera.

Como Jordi Canal narra en el mencionado  libro «Historia mínima de Cataluña» (Turner, 2015), en el origen de la señera, posiblemente en el siglo XII, «lo histórico y lo legendario se han fundido con harta frecuencia a la hora de explicar cómo y en qué momento preciso hizo su aparición este emblema». Según la versión más extendida, el Emperador Carlos «El Calvo» (en otras versiones sustituido por Luis «El Piadoso») concedió a su vasallo Wifredo «El Velloso» –titular de los Condados catalanes– un escudo con cuatro barras rojas por su servicio en la guerra contra los normandos. El Emperador mojó los dedos en la herida de guerra de Wilfredo y dibujó cuatro palos en el que hasta entonces había sido su blasón raso dorado. No obstante, ya el primer problema de la leyenda es que tiene lugar a finales del siglo IX, cuando en realidad los emblemas heráldicos sobre escudo aparecen en Europa a partir del siglo XII. 


El medievalista Martín de Riquer Morera apunta así a que es posible que el sacerdote valenciano que escribió esta historia en el siglo XVI, Pedro Antón Beuter, se inspirara en el uso de la sangre para crear escudos de armas en las aventuras de Galaad (caballero de la Mesa Redonda del Rey Arturo) y a que, en todo caso, algunas frases las copió literalmente de un fragmento de «Nobiliario vero» (1492), una obra que detalla el origen de las armas heráldicas del linaje de la familia de los Córdoba. Un copia y pega que sigue sin explicar el verdadero origen de la bandera.

10º Reyes Católicos, el origen de los males de Cataluña.

El reinado de los Reyes Católicos, con la consiguiente unión de las coronas de Aragón y Castilla, es señalado por el nacionalismo catalán como el origen de todos los males de Cataluña. Lo cual sumado a la actuación de la Inquisición, cuya versión moderna recuperaron los Reyes Católicos, sirve de hilo argumental para sostener una versión distorsionada del relato histórico. La propaganda nacionalista argumenta que la castellanización de Cataluña destrozó la economía de la región y atacó su cultura. Es, en suma, el origen y causa del declive de Cataluña según el discurso nacionalista. 

Pero la realidad es que antes de la unión dinástica se dio un periodo de claro declive económico en la ciudad de Barcelona –enclave comercial de la Corona de Aragón y sus territorios en el Mediterráneo–. Entre 1462 y 1472, la ciudad de Valencia alcanzó un mayor desarrollo y superó comercialmente a Barcelona, pero eso no fue responsabilidad de los Reyes Católicos, sino motivada por razones demográficas y por epidemias. Al contrario, Cataluña fue recuperando su pujanza a partir de la segunda mitad del siglo XVI.

11º Los comerciantes catalanes tenían prohibido el acceso a América.

Hasta 1520, muchos puertos españoles tenían libertad de comercio con el Caribe, incluidos los aragoneses, pero posteriormente se creó un monopolio estatal controlado desde Sevilla. El monopolio no fue un privilegio de Castilla frente a la Corona de Aragón, sino de un puerto de la península, Sevilla, elegido por sus condiciones geográficas y sustituido más adelante por el de Cádiz por los mismos motivos. Cientos de catalanes se desplazaron hacia estas ciudades, donde pudieron comerciar libremente desde 1524. 

Cabe mencionar que el monopolio nunca fue excesivamente restrictivo ni siquiera para los comerciantes ingleses, holandeses y franceses. Los comerciantes catalanes, no en vano, estaban poco interesados en América a principios del siglo XVI –lo que explica su escasa presencia–, ya que estaban ocupados tratando de recuperar su posición en los mercados tradicionales, es decir en el Mediterráneo y en Europa del norte. Las cesiones en los mercados africanos, cuya conquista y defensa corría a cargo de las arcas castellanas, contribuyeron a que Barcelona recuperase poco a poco el pulso económico tras la crisis sufrida en el siglo XV.

12º Los catalanes no participaron en ninguna de las gestas militares del Imperio.

En lo que respecta a batallas fuera de sus fronteras durante los siglos XVI y XVII, la participación militar de los catalanes fue muy reducida. Esto es así porque los fueros catalanes prohibían oficialmente servir en el ejército fuera del Principado. Algo que no impidió que hubiera soldados catalanes, como del resto de España, presentes en ciertas campañas como en la de Granada de 1492 y en la guerra de Flandes. Por su parte, en la batalla de Lepanto, aunque no hubo una proporción muy alta de soldados catalanes embarcados en las galeras, sí tuvieron gran relevancia en la contienda dos almirantes procedentes de esta región española. Por un lado, Luis de Requesens –amigo de la infancia de Felipe II y nacido en Barcelona– fue el brazo derecho de don Juan de Austria y el responsable de muchos de los movimientos tácticos de la batalla. A su vez, el noble catalán Juan de Cardona dirigió la flota de vanguardia que inició el coche con los turcos.

13º Castilla como enemiga histórica de Cataluña.

En el origen de la historia común entre Castilla y Cataluña, los habitantes de ambas regiones aparcaron las intermitentes disputas que azotaron los reinos hispánicos durante la Edad Media e inauguraron un tiempo de cooperación mutua en el siglo XVI. Como recuerda el hispanista Henry Kamen, en 1479 la ciudad de Barcelona comunicó a Sevilla, poco después de la unión de coronas: «Ahora somos todos hermanos». Y si bien es cierto que Castilla adquirió un papel preeminente en esta asociación, los datos refrendaban su posición: la población castellana suponía el 80% de España y ocupaba tres cuartas partes del territorio peninsular en el momento de la unión dinástica. Las relaciones de cooperación, como los posibles incidentes, han sido siempre las habituales entre unos territorios  centrales y unos periféricos.

14º La sublevación de Cataluña en 1640.

Los acontecimientos de 1640 son retorcidos por el nacionalismo para presentarlos como una lucha entre Castilla y Cataluña. Nada más lejos de la realidad. A causa de la exigencia de mayor compromiso económico hacia la Monarquía Hispánica y, sobre todo, de su enemistad personal con el virrey, parte de la burguesía y la nobleza catalana auspició en 1640 una revuelta popular contra el ejército real que había acudido a esta región española a combatir a Francia. 

«Los nobles y verdaderos catalanes, a quien tocaba por derecho de fidelidad y de sangre la defensa de la justicia, de la patria y de la honra del Rey, estaban cubiertos de miedo en sus casas sin atreverse a salir», escribió un catalán de la época sobre una revuelta que adquirió un carácter antiseñorial. Asustados por la brutalidad de la revuelta, la oligarquía recurrió a una calamitosa alianza con la Francia del Cardenal Richelieu, que causó graves perjuicios económicos a los campesinos. Luis XIII inundó la administración de franceses y los mercados de productos de su país durante doce años. El final de la Guerra de los Treinta años permitió a Felipe IV recuperar Cataluña, cuya población aplaudió el regreso a España. La experiencia secesionista fue terrible.

15º El segadors, la invención de la tradición.

Los Segadores (en catalán «Els Segadors») es el himno oficial de la comunidad autónoma de Cataluña, cuya letra se basa en un romance popular del siglo XVII sobre la sublevación de 1640, pero que en realidad fue rescata del olvido, como la propia señera, a finales de siglo XIX por el filólogo Manuel Milà i Fontanals en su «Romancerillo catalán» (1882). No en vano, la actual letra fue cambiada en 1899 por Emili Guanyavents, y la música, de Francesc Alió, pudo entonces haberse inspirado en un famoso himno hebreo. En la senda de la invención de tradiciones modernas –tema ampliamente estudiado por Eric Hobsbawm–, un caso curioso en Cataluña también es el baile de la sardana. Mientras que a finales del siglo XIX era desconocido para la mayoría de catalanes, a excepción de en Gerona, con el inicio del siglo XX el emergente nacionalismo se encargó de proclamar que se trataba de un baile histórico con profundas raíces en toda la región


El controvertido y mitológico origen de la señera que reivindican los nacionalistas


El origen de lo que hoy es la bandera oficial de la Comunidad Autónoma de Cataluña –también presente en Valencia, Aragón y Mallorca–, la señera, sigue siendo motivo de una decimonónico controversia, donde algunos nacionalistas han elevado una acreditada leyenda a la categoría de real. Según el mito, el Emperador franco Carlos «El Calvo» dibujó con la sangre de Wifredo «El Velloso» –gran protagonista del relato de la Cataluña ficticia–, herido en combate, cuatro barras rojas en el escudo dorado, pronunciando las célebres palabras: «Estas serán vuestras armas, conde». El relato, sin embargo, está copiada literalmente de un pasaje de la toma de Córdoba por Fernando III, donde se dice que el Rey castellano quiso premiar la valentía de uno de los caballeros empapando los dedos en la sangre del herido y dibujando en su escudo tres franjas rojas.

Como Jordi Canal narra en su nuevo libro «Historia mínima de Cataluña» (Turner, 2015), en el origen de la señera, posiblemente en el siglo XII, «lo histórico y lo legendario se han fundido con harta frecuencia a la hora de explicar cómo y en qué momento preciso hizo su aparición este emblema». Según la versión más extendida, el Emperador Carlos «El Calvo» (en otras versiones sustituido por Luis «El Piadoso») concedió a su vasallo Wifredo «El Velloso» –titular de los Condados catalanes– un escudo con cuatro barras rojas por su servicio en la guerra contra los normandos. El Emperador mojó los dedos en la herida de guerra de Wilfredo y dibujó cuatro palos en el que hasta entonces había sido su blasón raso dorado. No obstante, ya el primer problema de la leyenda es que tiene lugar a finales del siglo IX, cuando en realidad los emblemas heráldicos sobre escudo aparecen en Europa a partir del siglo XII.

Wifredo «El Velloso», el epicentro del relato
La falsa idea de que Wifredo «El Velloso» fue el artífice no ya de la independencia de los condados catalanes –los cuales simplemente pasaron a manos de un mismo linaje bajo su administración– sino del nacimiento de Cataluña fue popularizada durante «la Renaixença», en el siglo XIX, por el dramaturgo Serafí Pitarra, a través de su frase «Fills de Guifré el Pilós, això vol dir catalans» («Hijos de Wifredo el Velloso, esto quiere decir catalanes»). Una lectura con más literatura que historia, como suele ocurrir con los relatos nacidos al abrigo del romanticismo, que también desempolvó la vinculación de Wifredo con el origen de la bandera de las cuatro barras rojas sobre fondo amarillo, citada por primera vez en el siglo XVI. Fue así el sacerdote y teólogo valenciano Pedro Antón Beuter el primero que dio probablemente forma a la leyenda en la «Crónica general de España, y especialmente de Aragón, Cataluña y Valencia», escrita en 1551.

El medievalista Martín de Riquer Morera apunta a que es posible que el sacerdote valenciano se inspirara en el uso de la sangre para crear escudos de armas en las aventuras de Galaad (caballero de la Mesa Redonda del Rey Arturo y uno de los tres que alcanzaron el Grial en las leyendas artúricas) y a que, en todo caso, algunas frases están copiadas literalmente de un fragmento de «Nobiliario vero» (1492), una obra que detalla el origen de las armas heráldicas del linaje de la familia de los Córdoba.



Pocos historiadores han dado así por bueno este relato. La mayoría prefiere remitirse a la primera evidencia documental del emblema, fechada en el año 1150 (siglo XII), tras la unión de los condados catalanes con el reino vecino de Aragón. Esta primera representación muestra a Ramón Berenguer IV montado en caballo con un escudo que contiene varias rayas heráldicas, aunque existen pinturas románicas con el símbolo que podrían remontarse a un tiempo anterior.

Pero más allá de cuál fue la primera prueba documental, la disputa se enfoca en saber si las cuatro barras fueron aportadas por los Condados catalanes o por el Reino de Aragón, cuyas barras de gules en campo de oro podrían proceder de la temprana vinculación del Reino de Aragón con la Santa Sede (el Rojo y el Amarillo eran los colores pontificios en la Edad Media). Así, cabe mencionar que cuando Ramón Berenguer IV se casó con Petronila de Aragón, dando forma a la unión entre catalanes y aragoneses, no pudo titularse rey sino príncipe, puesto que esta dignidad quedaba reservada a su suegro. El hijo del matrimonio, Alfonso II, sí se tituló Rey y heredó la dignidad familiar del Reino de Aragón y sus símbolos, lo cual supondría en principio que el escudo de las cuatro barras procedía de la vía materna, la aragonesa. Con todo, muchas de las teorías que defienden que fue una aportación catalana son igual de ricas en argumentos, haciendo imposible encontrar hoy un punto de coincidencia.

Con el paso de los siglos, la señera cayó en cierto olvido, siendo rescatada como emblema catalanista en torno a 1880 y adquiriendo un tono reivindicativo entonces. En este ejercicio de arqueología de los símbolos, las cuatro barras se impusieron a otras enseñas con tanta o incluso más importancia en la historia de Cataluña. Una de estas era la bandera de San Jorge, una cruz griega roja sobre fondo blanco, que fue adoptada como propia en el pasado por las instituciones barcelonesas e incluso por la Diputación del General. En la rendición de Barcelona de 1714, Francesc de Castellví describe, en «Narraciones históricas desde el año 1700 al 1725», la entrega de las banderas al ejército de Felipe V: «Empezando por las de la Coronela y la antiquísima bandera de Santa Eulalia y acabando por la de San Jorge, que es la que representaba el Principado».

La «estelada» catalana, empleada hoy por los simpatizantes del independentismo, data de inicios del siglo XX y nació de la fusión de las cuatro barras tradicionales con un triángulo estrellado a la izquierda. Un elemento considerado inspirado en las banderas de Cuba y Puerto Rico y diseñado por Albert Ballester. Tras su estancia en Cuba y en Puerto Rico, Vicenç Albert Ballester –activista del partido Unión Catalanista y de otros movimientos e iniciativas de carácter independentista– tomó la idea de añadir un estrella a la bandera llamada a ser el icono del nacionalismo. En ese momento, con las recientes independencias de Cuba y Puerto Rico, la estrella de sus banderas era un referente de la lucha contra el Imperio español. De hecho, el documento más antiguo en el que aparece una «estelada» se titula «What says Catalonia» («Que dice Cataluña»), con fecha del 11 de septiembre de 1918, y es una carta elogiosa hacia EE.UU, considerado «el libertador de Cuba y Puerto Rico» por éstos. El texto, firmado por el Comité Pro Cataluña, fundado dos meses antes del comunicado, pide a «la victoriosa Entente, por el Derecho y la Libertad de los Pueblos, la revisión del Tratado de Utrecht. ¡Viva la Entente! ¡Gloria a Wilson! ¡Justicia!».

Dos décadas después de su creación, la «estelada» fue declarada bandera oficial de la «República Catalana Independiente» en la «Constitución de la Habana», que se escribió y firmó en la capital de Cuba entre 15 de agosto y el 2 de octubre de 1928. Francesc Macià, por aquel entonces fundador del partido «Estat Català» y posteriormente proclamado presidente de la Generalitat, fue uno de los impulsores de esta constitución que reconocía la «estelada» de forma oficial y quien instigó para que se colgara en el balcón del Palacio de la Generalitat cuando el 14 de abril de 1931 se proclamó la República Catalana. No en vano, el estatuto de autonomía de 1979 recogió tras el franquismo que la bandera oficial de la Comunidad de Cataluña es la señera, abandonando el uso de la «estelada» a los grupos políticos secesionistas. Su popularidad, de hecho, se ha extendido solo a partir del siglo XXI.


Wifredo «El Velloso», el fundador mítico de Cataluña para los nacionalistas


Carlos «El Calvo» nombró en el año 878 conde de Barcelona a «El Velloso», siendo el último que fue designado por un Emperador franco. Pero los condados catalanes no adquirieron una entidad independiente ni unitaria tras su muerte, puesto que los hijos del conde se repartieron los títulos y siguieron rindiendo tributo a los francos

Escena legendario en que Carlos «El Calvo» crea con la sangre de Wifredo las 4 barras del condado de Barcelona
La historia del noble Wifredo «El Velloso» ha sido retorcida por los nacionalistas catalanes para otorgarle un papel protagonista en la mitológica fundación de la nación catalana. Sin embargo, Wifredo «El Velloso», el último Conde de Barcelona designado por un Rey franco, simplemente se aprovechó de la crisis del imperio para concentrar el máximo número de títulos, pero desde luego no albergaba ningún sentimiento nacionalista ni siquiera buscó desvincularse del Imperio carolingio. De hecho, el título de conde de Barcelona cayó en sus manos precisamente por tomar partido a favor de Carlos «El Calvo» en contra de la nobleza local. Tampoco es cierto el relato de que la bandera de las cuatro barras rojas sobre fondo amarillo –hoy bandera vinculada a las regiones herederas de la Corona de Aragón– fuera creada por «El Velloso».

Tras el colapso de la Hispania Visigoda –que se extendía por prácticamente toda la Península Ibérica– y la invasión musulmana en el año 718, el Imperio carolingio estableció una marca defensiva como frontera meridional con Al-Ándalus. Esto supuso la ocupación por los francos durante el último cuarto del siglo VIII de las actuales comarcas pirenaicas, de Gerona y, en el 801, de Barcelona. Este antiguo territorio visigodo se organizó políticamente en diferentes condados dependientes directamente del rey franco.

Wifredo «El Velloso», un aliado de Carlos «El Calvo»
Conforme el poder central del Imperio se debilitaba en el siglo X, los condados catalanes, que estaban vertebrados por Barcelona, Gerona y Osona, fueron progresivamente desvinculándose del poder de los francos. En el año 987, el conde Borrell II fue el primero en no prestar juramento al monarca de la dinastía de los Capetos, pero se sometió en vasallaje al poderoso Califato de Córdoba. En este punto, las leyendas nacionalistas sitúan erróneamente al noble Wifredo «El Velloso» –el último conde de Barcelona designado por la monarquía franca– como el artífice, no ya de la independencia de los condados catalanes sino también del nacimiento de Cataluña y sus símbolos.

Como hicieron los cronistas castellanos con «El Cid Campeador», los nacionalistas catalanes recurrieron a un personaje real, que debió gozar de gran importancia en su tiempo pero del que se conocen pocos datos históricos, para moldear su biografía y cubrir los grandes huecos con datos legendarios. Wilfredo pertenecía a un linaje hispanogodo de la región de Carcasona (la mitología catalana fija su nacimiento en la inmediaciones de Prades, en el condado de Conflent, actualmente en el Rosellón francés). En el año 873 heredó el Condado de Urgel tradicionalmente en manos de su familia. Aprovechando la fallida rebelión del Conde de Barcelona Bernardo de Gothia contra Carlos «El Calvo», la fidelidad de Wilfredo hacia el monarca le hizo ganarse como premio el resto de condados. El noble fue el primero en aglutinar a la vez todos los títulos de los condados catalanes, siendo el fundador de la dinastía de la Casa de Barcelona.

Sin embargo, Wifredo «El Velloso», que había recibido los títulos por mediación de los francos, no buscó nunca la independencia de los condados y, por supuesto, no configuró ninguna nación catalana ni nada parecido. Fue con la Capitular de Quierz –promulgada el 14 de junio de 877 por Carlos «El Calvo»– cuando se sembró el auténtico germen de la separación de los condados catalanes del Imperio carolingio. Esta orden real estableció la heredabilidad de los honores otorgados por la corona. Es decir, que a la muerte de Wifredo «el Velloso» sus títulos pasaron a sus hijos sin que fuera necesario que el Emperador del declinante Imperio carolingio eligiera al sucesor.

Lo cual no significa que se pueda hablar desde ese momento de una entidad propia y unitaria en la región catalana. En 897, a la muerte de su padre, Wifredo II Borrell se hizo cargo conjuntamente con sus hermanos Sunifredo y Miró, de los condados paternos, reservándose para él el gobierno de los condados principales, Barcelona, Gerona y Osona. No en vano, llegado el momento Wifredo Borrell viajó a Francia para rendir tributo al nuevo rey, Carlos «El Simple», donde fue investido oficialmente como conde en 899. Hubo que esperar más de un siglo más para ver la completa desvinculación de los condes de Barcelona, que terminaron aglutinando todos los títulos nobiliarios catalanes bajo una misma persona, con respecto la Corona franca.

La falsa leyenda del origen de la bandera
La falsa idea de que Wifredo «El Velloso» fue el artífice no ya de la independencia de los condados catalanes sino del nacimiento de Cataluña fue popularizada durante «la Renaixença», en el siglo XIX, por el dramaturgo Serafí Pitarra, a través de su frase «Fills de Guifré el Pilós, això vol dir catalans» («Hijos de Wifredo el Velloso, esto quiere decir catalanes»). Una lectura con más literatura que historia, como suele ocurrir con los relatos nacidos al abrigo del romanticismo.

Otro mito vinculado a Wifredo es el origen de la bandera de las cuatro barras rojas sobre fondo amarillo, que, en realidad, no fue usada por los Condados hasta la unión con Aragón. Según una leyenda recogida por una crónica castellana de 1492, Wifredo «El Velloso» acudió a ayudar al emperador, posiblemente a Carlos «El Calvo», durante una batalla contra los normandos. El Emperador dibujó con la sangre del noble catalán, herido en combate, cuatro barras rojas en el escudo dorado, pronunciando las célebres palabras: «Estas serán vuestras armas, conde». La historia, sin embargo, está copiada de un pasaje de la toma de Córdoba por Fernando III, donde se dice que el Rey castellano quiso premiar la valentía de uno de los caballeros empapando los dedos en la sangre del herido y dibujando en su escudo tres fajas rojas.
En realidad, el escudo de las cuatro barras probablemente lo empezó a utilizar el conde Ramón Berenguer IV, después de la unión dinástica del condado de Barcelona con el reino de Aragón, siendo el símbolo oficial del linaje a partir de su hijo, el Rey Alfonso II de Aragón.


La Generalitat asegura que la Corona de Aragón nació en Cataluña 


La Corona de Aragón tuvo su origen en un linaje catalán. Así lo indica en su página web oficial la Generalitat, lo que ha sido denunciado por diversas entidades aragonesas, que lo consideran una nueva muestra de «manipulación histórica» por parte del nacionalismo catalán.

La Generalitat adjudica al conde Wifredo (o Guifredo) el Velloso (Guifré el Pilós en catalán) haber sido el germen de la Corona de Aragón, gracias al cual -se indica en la web- se resolvió el problema hereditario en el reino de Aragón y éste pasó de ser un Reino a una Corona.

El linaje de Wifredo el Velloso, publicita la Generalitat, «fue el embrión de la Corona de Aragón, al unir su destino al reino aragonés en virtud de los problemas dinásticos que sufría esta monarquía». Se refiere a los episodios sucesorios ocurridos a la muerte del rey de Aragón Alfonso el Batallador, que murió sin descendencia directa y legó su reino a las órdenes militares. Su testamento no se hizo efectivo y le sucedió como rey su hermano Ramiro II el Monje, quien casó a su hija la reina Petronila con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV.

Este hecho le sirve a la Generalitat para concluir que el «embrión de la Corona de Aragón» estuvo en Cataluña, en un linaje catalan, el de la casa condal de Barcelona, pese a que los territorios catalanes no tuvieron la consideración de Reino sino de condados que pasaron a incorporarse por vía del matrimonio a la monarquía aragonesa.

Miguel Servet, «catalán universal»
Por otra parte, el «Institut Nova Historia», una fundación privada de la órbita del independentismo catalán, en su página web presenta al científico Miguel Servet (uno de los intelectuales aragoneses de más renombre) como un «catalán universal». Servet nació en Villanueva de Sijena (Huesca), algo que el propio «Institut Nova Historia» reconoce, pero para avalar su tesis del catalanismo del científico asegura que Villanueva de Sijena «es una población catalana de administración aragonesa».

Diversas organizaciones sociales, culturales y políticas de Aragón ya han criticado también estas aseveraciones y piden que se rectifiquen.