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domingo, 24 de abril de 2016

EL GOBIERNO DE LOS PEORES, ESA TERRIBLE MALDICIÓN DE ESPAÑA

Mauricio era un profesional cualificado y de éxito que perdió su estatus tras el cataclismo de 2008. Sin embargo, es afortunado porque, a pesar de superar los 40, ha podido retornar al mundo laboral, aunque sea contratado por una empresa en régimen de autónomo, algo bastante habitual hoy día. Ahora, debe abonar el IVA, descontarse el IRPF y gestionar directamente su cotización a la Seguridad Social. Podría realizar estos trámites por sí mismo, pero la normativa es tan confusa y retorcida que prefiere curarse en salud y pagar a un gestor profesional. De una factura nominal de 1.800 euros mensuales, le quedan netos 1.230, algo que en un país con un 21% de desempleo, donde ser mileurista no está al alcance de cualquiera, le convierte en un privilegiado.

Con todo, lo más grave es que hay muchos españoles que, siendo autónomos ficticios, asalariados o desempleados, han perdido algo más valioso que su estatus: su capacidad de maniobra, su determinación. Son presa fácil para esos políticos que pescan en la apatía, comprando votos con supuestas ayudas. Pero, por más que lo pregonen, la mejora del nivel de vida no vendrá de la subvención, los beneficios sociales o los planes de emergencia; los costes de estas regalías serán repercutidos en los ciudadanos incrementando cotizaciones, impuestos, incluso multas de tráfico y otras sanciones. Los gobernantes siempre encuentran una argucia para quitarnos 20 con la excusa de que van a darnos 10.

A pesar del abrumador consenso oficial, muchos preferirían no vivir de esa particular “caridad” de los políticos. Desearían una Administración que les facilitara sus actividades, no esta burocracia que pone innumerables zancadillas. No quieren discursos grandilocuentes, sino reformas eficaces. Desgraciadamente, los líderes políticos no hablan su lenguaje. Muy al contrario, emplean una jerigonza a ratos leguleya; a ratos, populachera; y a ratos, grandilocuente, una niebla discursiva con la que dar gato por liebre. Desde su torre de marfil, completamente alejados de las vicisitudes de Mauricio y de muchos otros como él, no mueven un dedo para allanarles el camino. Al contrario, establecen todo tipo de obstáculos y trabas administrativas a la actividad económica y a la creación de empleo para después exclamar con hipocresía: “tranquilos, nosotros rescataremos a las personas”. Ignoran que los ciudadanos se rescatarían a sí mismos... si ellos no se lo impidieran.

Los políticos y Mr. Hyde
Sufrimos una clase política de pésima calidad, no sólo capaz de utilizar los resortes del Estado en pos del medro personal; también de proferir las mayores necedades. Pueden subirse al púlpito y prometer el paraíso en la tierra, para después, llevados por su afán de notoriedad, quedar como tarugos equivocando el título de un conocido libro de Kant. O, incluso, recomendar leer a tan ilustre filósofo y, a reglón seguido, admitir que ellos nunca lo han leído… o que no lo recuerdan. No importa que afirmen que Antonio Machado nació en Soria, en vez de en Sevilla, o que no tengan ni la menor idea de nuestra historia reciente y desconozcan que no fue su partido, sino el adversario, el que legalizó el divorcio. Nuestros políticos pueden levitar sobre los escombros de la inteligencia y afirmar que “a veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión, tal cual. La pregunta es: ¿nacieron así o, por el contrario, el poder los transformó, sacando ese Mr. Hyde que todos llevamos dentro?

Lord Acton señaló que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Seguramente tuviera razón... pero sólo en parte. Investigaciones recientes explican que el poder envilece a unas personas, pero no a otras. Concretamente, pervierte a los que carecen de ética y muestran predisposición a la depravación. Pero no a quienes poseen principios, conocimiento y espíritu crítico. Para los primeros, la política es una fuente de privilegios; para los segundos, una grave responsabilidad.

En su artículo, The destructive nature of power without status, los psicólogos norteamericanos J. Fast, N. Halevy y A. Galinsky, concluyen que el poder posee una naturaleza destructiva cuando es ejercido por sujetos sin categoría personal suficiente. A estos individuos, el cargo se les sube a la cabeza, tienden a abusar de sus inferiores, a aferrarse a una doble moral, a ser extremadamente estrictos con sus subordinados pero muy laxos con su propia conducta. Por su parte, Katherine De Celles y sus colaboradores señalan en su artículo, Does power corrupt or enable?, que el poder hace todavía más malvados, egoístas e interesados a aquellos que ya carecían de reglas morales, sentido de la justicia o generosidad. Pero puede potenciar las cualidades de los que poseen estos valores.

El drama de la España actual estriba en que se han apropiado del poder sujetos que carecen de cualidades y valores y, por tanto, de auctoritas

El problema era ya conocido en la Roma clásica, donde descubrieron que la jerarquía tiene dos componentes distintos, uno formal, la potestas y otro informal, la auctoritas. La potestas, el poder institucionalizado, es la capacidad de controlar, de asignar recompensas y castigos, de dictar normas y hacerlas cumplir. La auctoritas, por el contrario, proviene de la capacidad moral e intelectual, del carisma y el prestigio, de todas aquellas cualidades que generan respeto y admiración en los demás, un vínculo afectivo entre el individuo destacado y su comunidad. La gente obedece la potestas por temor al castigo, pero acata la auctoritas por convicción. Ésta última proporciona el verdadero liderazgo.

Si el sano ejercicio del poder requiere una equilibrada combinación de potestas y auctoritas, cabe deducir que el drama de la España actual estriba en que se han apropiado del poder sujetos que carecen de cualidades y valores y, por tanto, de auctoritas, del respeto y la admiración de la ciudadanía. Esta anomalía, junto con la ausencia de adecuados controles sobre el poder, se traduce en decisiones políticas nefastas, muy alejadas del interés general.

La selección perversa 
Pero ¿por qué sólo llegan los peores a la política, esos que son corrompidos rápidamente por el poder? La clave, uno de nuestros graves problemas, se encuentra en el proceso de selección de los gobernantes. Los partidos se caracterizan por la falta de transparencia, la ausencia de democracia interna y el desprecio a las normas. Sus criterios de selección y promoción no son la excelencia, el mérito o la cualificación profesional. Mucho menos la honradez o los principios. Son, más bien, las afinidades personales, la carencia de espíritu crítico, la conducta oportunista y conspiradora, la disposición a guardar silencio ante el abuso y, sobre todo, la inclinación al peloteo. Las personas honradas, idealistas, preparadas, con altura de miras, suelen rehuir esos ambientes dominados por la corruptela, la pobreza intelectual y la indignidad.

La gestión de lo público ha atraído mayoritariamente a sujetos que no viven para la política sino de la política, individuos que tienen en los cargos públicos su mejor opción profesional, cuando no la única. Difícilmente compartirán intereses, valores y visión con los electores a los que, teóricamente, representan. Su inclinación por promover políticas absurdas o contraproducentes se debe en parte a ignorancia y desconocimiento, sí, pero sobre todo a su egoísmo, a una fuerte inclinación a adoptar cualquier medida que, por irresponsable que sea, asegure su permanencia en el poder.

Si el voto permitiera a los ciudadanos elegir a los candidatos más capaces y honrados, se compensaría en buena medida la perversa selección que realizan los partidos. Pero las listas impiden discriminar entre candidatos individuales. Es necesario, pues, reformar el sistema electoral, establecer distritos uninominales, circunscripciones pequeñas con diputado único, que obliguen a cada candidato a someterse individualmente al control de los votantes. Expuesto personalmente al escrutinio público, los actos del candidato, sus valores, su trayectoria vital, su valía personal y su competencia profesional, en una palabra, su auctoritas, serían la clave para la elección.

El drama de la España actual, también las dificultades para formar un gobierno, tiene su origen en la falta de auténtico liderazgo. Escasea la generosidad, la sabiduría, la visión elevada, la voluntad de servir, los principios, el fair play. A pesar de que unos y otros se acusen de actuar con criterios únicamente demoscópicos, lo cierto es que todos, sean veteranos o recién llegados, tienen como único objetivo acceder al sillón o mantenerlo. Los políticos españoles no lideran; se orientan, cual veleta, a favor del viento. Por eso, lejos de reformar lo que no funciona, abundan con singular contumacia en el error.

sábado, 6 de febrero de 2016

PODER SOBRE LA GENTE, PODER PARA EL ESTADO


No ha habido en estos últimos 40 años, no ya un partido, sino una mínima vanguardia capaz de combatir esta inclinación hacia una mentalidad colectivista, de súbdito, esclavo y dependiente. Muy al contrario, cualquiera con ciertas aspiraciones, siempre ha intentado colocarse lo mejor posible en el sistema, nunca cambiarlo.

Mientras las izquierdas llevan años en ebullición, fabricando frenéticamente partidos y partiditos extraordinariamente activos, con una sorprendente capacidad para superar el corte de los mass media, pidiendo "poder para el pueblo", que en realidad significa "poder sobre la gente, poder para el Estado”, al otro lado sólo ha estado un Rajoy indolente, perezoso y gris, ni liberal ni conservador sino todo lo contrario, con su reducido grupo de edecanes, a los mandos de un partido al que el ejercicio de un poder casi absoluto ha corrompido absolutamente.

El populismo ha aprovechado el crac financiero y la crisis para tirarse a la yugular del capitalismo y asediar las vituperadas libertades individuales, al asalto, cómo no, del control del presupuesto, y al otro lado no ha habido nadie que contrarrestara el engañoso discursos del “empoderamiento del pueblo con algo más que apelaciones a la sensatez y al conformismo, con algo más, en definitiva, que la vacuidad y la desvergüenza. Eso es lo que ha dejado a la intemperie y acongojadas a millones de personas que saben bien que si la única oportunidad que esta España del siglo XXI puede ofrecerles es ser iguales, y encima tomando como modelo a esa esa nulidad de políticos, entonces no habrá oportunidad ninguna.

Se ha echado muchísimo de menos un nuevo Ortega que volviera a clamar a voz en grito "no es esto, no es esto".

Se ha echado muchísimo de menos un nuevo Ortega que volviera a clamar a voz en grito "no es esto, no es esto", cuando los padres de la patria intentaban vender el Régimen del 78 como una democracia homologada, o el castizo capitalismo de amigotes, tanto nacional como autonómico, como quintaesencia de la economía de mercado, cuando no era más que el extremo opuesto. La izquierda vocinglera, crítica, intenta morder a un capitalismo y un mercado que en la realidad no existen, que no son más que un espejismo a imagen y semejanza de esta política sin políticos.

Dentro de esta mascarada, la preponderancia de las ideas-fuerza de la izquierda se ha vuelto tan abrumadora que Ciudadanos, un partido llamado a equilibrar el cada vez más descompensado mapa político, un supuesto catalizador para impulsar la reforma del sistema, lejos de postularse como alternativa inequívoca al colectivismo del pilla pilla presupuestario, tan apreciado a derecha e izquierda, ha terminado travistiéndose también de burócrata repartidor en lugar de impulsar la responsabilidad individual, dando por cierto que la sociedad española prefiere prebendas, dependencia, vivir de esas migajas que caen desde el mantel del poder, sabedores de que aquí lo que nos pone son las “paguitas”, eso que nos han inculcado desde la más tierna infancia. El “todo lo mío es mío, y lo tuyo de los dos” del que posiblemente provienen otros disparates, como el separatismo provinciano.

No ha habido en estos últimos 40 años, no ya un partido, sino una mínima vanguardia capaz de combatir esta inclinación hacia una mentalidad colectivista, de súbdito, esclavo y dependiente. Muy al contrario, cualquiera con ciertas aspiraciones, siempre ha intentado colocarse lo mejor posible en el sistema, nunca cambiarlo. Este es el nudo y el argumento de la fragmentación del Parlamento: organizar como sea un nuevo reparto de la tarta. Un prorrateo que el variopinto ejército progresista promete extender horizontalmente, como si el maná fuera infinito, inagotable, tal y como ya están haciendo en algunos ayuntamientos.

Para comprender hasta qué punto lo que amenaza con venir está muy lejos de lo que necesita el esforzado ciudadano, ese que vive a ras de suelo, basta con ver la tropa de aspirantes que hay más allá de la momia de Mariano.

Pablo Iglesias, un tipo que a los 14 años ya había ingresado en la Unión de Juventudes Comunistas de España; Mònica Oltra, que se unió al Partido Comunista del País Valenciano a los 15 años; Ada Colau, cuyo único mérito es ser activista desde los 17 años, también comunista, por supuesto; Pedro Sánchez, que a los 26 ya estaba colocado, en el buen sentido, como asesor en el Parlamento Europeo con la socialista Bárbara Dührkop… Gente, en definitiva, que ha vivido desde la más tierna infancia instalada en la utopía, en la idea que, si ellos pueden vivir del cuento ¿por qué no va a poder hacerlo quienes les den su voto? Hijos e hijas de familias acomodadas, que nunca conocieron la necesidad, la amargura de no poder pagar la factura de la luz, cuya experiencia vital es un hatillo de teorías políticas  biensonantes -pues son la base del más puro clientelismo- y que se ven a sí mismos dirigiendo los destinos de millones de personas, porque cualquier otra alternativa desmerecería su inteligencia.

Puestos a elegir entre lo malo o lo pésimo, ahí está postulándose como Presidente del Gobierno el tal Sánchez, cuyo programa regenerador se reduce según sus propias palabras en entrevista reciente en Tele 5, pásmense, a democratizar internamente los partidos políticos y despolitizar la radio televisión pública. De separación de poderes, controles y contrapesos, ni media palabra, de la Justicia independiente nada de nada, de una ley electoral que otorgue el control de la representación a los votantes, menos si cabe. Y un sistema económico sin barreras, que no privilegie a los empresarios amigotes del poder, los que pagan buenas comisiones, mientras impone innumerables trabas a quienes pretenden ganarse la vida dignamente, es como mentar la soga en casa del ahorcado. Porque con las mordidas no se juega.

Esto es lo que nos ofrece hoy el Parlamento: Sánchez "el guapo", la momia de Mariano Tutankamón o el régimen elevado la enésima potencia, que es lo que proponen Iglesias y sus díscolos virreyes valencianos, gallegos y catalanes. Este es el legado de 40 años de inmovilismo, al que Rajoy ha puesto rúbrica gloriosa. El Parlamento no está fragmentado, está roto, descompuesto. Y no caben milagros. De convertir este despropósito en una democracia presentable ya hablaremos, si acaso, dentro de unas décadas, cuando todos estos personajes disfruten, junto a Juan Carlos, de sus pingües beneficios en las Islas Caimán... si es que para entonces queda algo.

Javier Benegas y Juan M. Blanco en Vozpopuli.com

viernes, 11 de enero de 2013

NUESTROS POLÍTICOS, ESA GENTUZA


Hoy recuerda Arturo Pérez Reverte en su twitter una columna que escribió hace tiempo, poniéndola en relación con la actitud del incumplidor aragonés Durán i Lleida. No sé si tengo su permiso, pero la voy a reproducir aquí porque describe perfectamente tanto a este aragonés renegado y vividor de la política y del erario público, como a muchos de los otros 349 compañeros del Congreso y los 266 del Senado.

Paso a menudo por la carrera de San Jerónimo, caminando por la acera opuesta a las Cortes, y a veces coincido con la salida de los diputados del Congreso. Hay coches oficiales con sus conductores y escoltas, periodistas dando los últimos canutazos junto a la verja, y un tropel de individuos de ambos sexos, encorbatados ellos y peripuestas ellas, saliendo del recinto con los aires que pueden ustedes imaginar. No identifico a casi ninguno, y apenas veo los telediarios; pero al pájaro se le conoce por la cagada. Van pavoneándose graves, importantes, seguros de su papel en los destinos de España, camino del coche o del restaurante donde seguirán trazando líneas maestras de la política nacional y periférica. No pocos salen arrogantes y sobrados como estrellas de la tele, con trajes a medida, zapatos caros y maneras afectadas de nuevos ricos. Oportunistas advenedizos que cada mañana se miran al espejo para comprobar que están despiertos y celebrar su buena suerte. Diputados, nada menos. Sin tener, algunos, el bachillerato. Ni haber trabajado en su vida. Desconociendo lo que es madrugar para fichar a las nueve de la mañana, o buscar curro fuera de la protección del partido político al que se afiliaron sabiamente desde jovencitos. Sin miedo a la cola del paro. Sin escrúpulos y sin vergüenza. Y en cada ocasión, cuando me cruzo con ese desfile insultante, con ese espectáculo de prepotencia absurda, experimento un intenso desagrado; un malestar íntimo, hecho de indignación y desprecio. No es un acto reflexivo, como digo. Sólo visceral. Desprovisto de razón. Un estallido de cólera interior. Las ganas de acercarme a cualquiera de ellos y ciscarme en su puta madre. 

Sé que esto es excesivo. Que siempre hay justos en Sodoma. Gente honrada. Políticos decentes cuya existencia es necesaria. No digo que no. Pero hablo hoy de sentimientos, no de razones. De impulsos. Yo no elijo cómo me siento. Cómo me salta el automático. Algo debe de ocurrir, sin embargo, cuando a un ciudadano de 57 años y en uso correcto de sus facultades mentales, con la vida resuelta, cultura adecuada, inteligencia media y conocimiento amplio y razonable del mundo, se le sube la pólvora al campanario mientras asiste al desfile de los diputados españoles saliendo de las Cortes. Cuando la náusea y la cólera son tan intensas. Eso me preocupa, por supuesto. Sigo caminando carrera de San Jerónimo abajo, y me pregunto qué está pasando. Hasta qué punto los años, la vida que llevé en otro tiempo, los libros que he leído, el panorama actual, me hacen ver las cosas de modo tan siniestro. Tan agresivo y pesimista. Por qué creo ver sólo gentuza cuando los miro, pese a saber que entre ellos hay gente perfectamente honorable. Por qué, de admirar y respetar a quienes ocuparon esos mismos escaños hace veinte o treinta años, he pasado a despreciar de este modo a sus mediocres reyezuelos sucesores. Por qué unas cuantas docenas de analfabetos irresponsables y pagados de sí mismos, sin distinción de partido ni ideología, pueden amargarme en un instante, de este modo, la tarde, el día, el país y la vida. 

Quizá porque los conozco, concluyo. No uno por uno, claro, sino a la tropa. La casta general. Los he visto durante años, aquí y afuera. Estuve en los bosques de cruces de madera, en los callejones sin salida a donde llevan sus irresponsabilidades, sus corruptelas, sus ambiciones. Su incultura atroz y su falta de escrúpulos. Conozco las consecuencias. Y sé cómo lo hacen ahora, adaptándose a su tiempo y su momento. Lo sabe cualquiera que se fije. Que lea y mire. Algún día, si tengo la cabeza lo bastante fría, les detallaré a ustedes cómo se lo montan. Cómo y dónde comen y a costa de quién. Cómo se reparten las dietas, los privilegios y los coches oficiales. Cómo organizan entre ellos, en comisiones y visitas institucionales que a nadie importan una mierda, descarados e inútiles viajes turísticos que pagan los contribuyentes. Cómo se han trajinado -ahí no hay discrepancias ideológicas- el privilegio de cobrar la máxima pensión pública de jubilación tras sólo 7 años en el escaño, frente a los 35 de trabajo honrado que necesita un ciudadano común. Cómo quienes llegan a ministros tendrán, al jubilarse, sólidas pensiones compatibles con cualquier trabajo público o privado, pensiones vitalicias cuando lleguen a la edad de jubilación forzosa, e indemnizaciones mensuales del 100% de su salario al cesar en el cargo, cobradas completas y sin hacer cola en ventanillas, desde el primer día. 

De cualquier modo, por hoy es suficiente. Y se acaba la página. Tenía ganas de echar la pota, eso es todo. De desahogarme dándole a la tecla, y es lo que he hecho. Otro día seré más coherente. Más razonable y objetivo. Quizás. Ahora, por lo menos, mientras camino por la carrera de San Jerónimo, algunos sabrán lo que tengo en la cabeza cuando me cruzo con ellos.

Esa gentuza
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 05/7/2009


miércoles, 20 de junio de 2012

LOS ESPAÑOLES, CLASIFICACIÓN DE PÍO BAROJA


Pío Baroja (13/5/1904)

Corría el año 1904 y aquella tertulia, que había abierto el gallego Ramón María del Valle-Inclán en el Nuevo Café de Levante, hervía por las noches con la flor y nata de los intelectuales de la Generación del 98 y los artistas más significados, entre ellos Ignacio Zuloaga, Gutiérrez Solana, Santiago Rusiñol, Mateo Inurria, Chicharro, Beltrán Masses o Rafael Penagos.

Y aquella tarde noche del 13 de mayo de 1904 el que sorprendió a todos los presentes fue Pío Baroja. Porque cuando se estaba hablando de los españoles y de las distintas clases de españoles, el novelista vasco sorprendió a todos y dijo:

La verdad es que en España hay siete clases de españoles, sí, como los siete pecados capitales. A saber:

1)     los que no saben;

2)     los que no quieren saber;

3)     los que odian el saber;

4)     los que sufren por no saber;

5)     los que aparentan que saben;

6)     los que triunfan sin saber, y

7)     los que viven gracias a que los demás no saben.

Unamuno y Benito Pérez Galdós aplaudieron a Baroja. Sobre todo por el último punto, el que dice “los que viven gracias a que los demás no saben”.

Estos últimos se llaman a sí mismos “políticos” y a veces hasta “intelectuales”.

Hoy día, más de cien años después de la tertulia de Baroja, los intelectuales españoles pretenden saber más que el común de los mortales, son del grupo 5, y en general son una pandilla de indocumentados adoctrinados, y los políticos son una mezcla del grupo 6 y el 7, ya no se molestan en ser intelectuales, les vale con ser los perros falderos de los partidos, donde ingresan cuando son adolescentes y medran y ascienden sin haber trabajado nunca, sin haber tenido que ganarse un salario duramente como el resto de los ciudadanos.