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martes, 8 de agosto de 2017

EL DESQUICIAMIENTO CONTRACULTURAL

La tecnocracia ha encontrado en la contracultura un aliado de un valor excepcional, con ella la industria política puede crear nuevos mercados, generar nuevas necesidades aun a costa de interferir en los aspectos más sagrados de nuestra privacidad.

Si había una característica específica de la civilización occidental era la capacidad de revaluarse constantemente, de hacer crítica y rectificar cuando era imperativo. Y aunque la memoria colectiva fuera frágil y estuviera al albur de los cambios generacionales, el reconocimiento de nuestra Historia nos servía para en última instancia evitar descarrilar.

Este espíritu crítico es lo que nos ha permitido avanzar mediante la prueba y el error, convirtiendo nuestra civilización en la más racional. Evidentemente, no hay civilización perfecta. Pero esta capacidad de reevaluación nos ha permitido rectificar y progresar, evitando quedar atrapados en un bucle temporal sin solución como ha sucedido con otras civilizaciones o, mejor dicho, culturas.

Entre los 60 y los 70, la capacidad de reevaluación occidental se transformó en la negación de lo que somos

En efecto, la característica de la sociedad occidental es la crítica y la renovación continua, una virtud tan antigua como la Controversia de Valladolid, de 1550. Sin embargo, esta crítica se desquició, derivando en una ruptura total en los años 60 (desconexión con la tradición). Entre los 60 y los 70, la capacidad de reevaluación occidental se transformó en la negación de lo que somos; dejó de servirnos para avanzar, para descartar lo que no funcionaba, y empezó a desconectarnos de nuestro pasado. Y se estableció el complejo de culpa colectivo, un nuevo creacionismo según el cual todos los occidentales llegaban al mundo con un pecado original, cuando la culpa sólo puede relacionarse con los actos de cada individuo, no con las acciones de terceros; mucho menos con hechos que ocurrieron cuando uno no había ni nacido.


En la actualidad, las instituciones -formales e informales- están siendo demolidas, de tal suerte que nuestro marco de entendimiento común ha quedado gravemente dañado. Y las democracias cada vez son menos racionales y más peligrosamente emocionales, imponiéndose la subjetividad del deseo a la razón. Ya nada es real y, a la vez, cualquier cosa puede serlo si el individuo lo necesita para sentirse bien. Es el triunfo de la “cultura del victimismo” frente a la “cultura de la dignidad.

La contracultura 

Si hay un entorno donde la contracultura manda y mucho, más que en la universidad, es en el periodismo. Ocurre que, en la era de las redes sociales, los grupos organizados han ganado un enorme poder en la difusión de contenidos. Y el “clickbait” que estos grupos proporcionan queda a tiro de piedra si se defiende sus dogmas, pero no si se dice la verdad. Por eso abundan los medios y profesionales cuyos contenidos refuerzan valores contraculturales, como la creencia de que el género es una construcción social, mientras que la realidad científica es hurtada al gran público.

Si hay un entorno donde la contracultura manda y mucho, más que en la universidad, es en el periodismo

La prueba del algodón es que muy rara vez un periodista se hará eco de estudios como Brain Connectivity Study Reveals Striking Differences Between Men and Women, de Ragini Verma; Addressing Sex as a Biological Variable, de Eric M Prager; Sex/Gender Influences on the Nervous System: Basic Steps Toward Clinical Progress, de Claudette Elise Brooks y Janine Austin Clayton; Understanding the Broad Influence of Sex Hormones and Sex Differences in the Brain, de Bruce S. McEwen y Teresa A. Milner; Why Sex Hormones Matter for Neuroscience: A Very Short Review on Sex, Sex Hormones, and Functional Brain Asymmetries, de Markus Hausmann; Sex, Hormones, and Genotype Interact To Influence Psychiatric Disease, Treatment, and Behavioral Research, de Aarthi R. Gobinath, Elena Cholerisy Liisa A.M. Galea; Effects of Chromosomal Sex and Hormonal Influences on Shaping Sex Differences in Brain and Behavior: Lessons From Cases of Disorders of Sex Development, de Matthew S. Bramble, Allen Lipson, Neerja Vashist y Eric Vilain; Gender Differences in Neural Correlates of Stress-Induced Anxiety, de Dongju Seo, Aneesha Ahluwalia, Marc N. Potenza y Rajita Sinha…

En la neurociencia el consenso es atronador: el género está a mil jodidas millas de ser una mera construcción social

Podría seguir añadiendo referencias hasta llenar folios enteros, porque, asómbrense, en la neurociencia el consenso es atronador:el género está a mil jodidas millas de ser una mera construcción social. Una sociedad sana debería aceptarlo, y de forma positiva, porque la diferencia no es un problema sino una ventaja. Hombres y mujeres no son mejores ni peores sino complementarios, y la inteligencia o la estupidez se encuentran equitativamente repartidas entre ambos sexos. Esta es la realidad

Pero no sucede así. La contracultura prevalece. Las diferencias son producto de los estereotipos. Y amén. Quien argumente lo contrario será acusado de estar en “fase de negación”.

Así, explicar por qué la expresión "niños transexuales", tan habitualmente utilizada en los medios, es incorrecta, puede acarrearnos un disgusto. Sin embargo, lo cierto es que un niño no puede ser transexual por la sencilla razón de que es condición imprescindible y previa la maduración sexual. Todo transexual es adulto, nunca niño.

Crear falsas expectativas a sabiendas no es bondad sino crueldad

Cuestión distinta es la disforia de género. Pero aquí la American Academy of Pediatrics revela que, aunque del 2% al 5% de los varones y del 15% al 16% de las niñas llegan al convencimiento de que pertenecen al sexo opuesto, la prevalencia final es sólo del 0,01% (1 entre 10.000 a 30.000). ¿Decir esto es odiar a los transexuales? No, es evitar la confusión. Por el contrario, crear falsas expectativas a sabiendas no es bondad sino crueldad.

La industria de la política

Pero no sólo es el género. La contracultura avanza en todos los frentes, condicionando los hábitos alimenticios, alterando la jerarquía entre animales y personas, distorsionando el ordenamiento territorial (secesionismo), expropiando las ciudades, invirtiendo los principios del Derecho, manipulando la educación, liquidando la autoridad de los padres y la Autoridad en general y, ahora, también se dispone a demonizar el turismo. En definitiva, la contracultura primero generó una neolengua, pero después se tradujo en reglas informales hasta que, finalmente, ha interferido la acción legislativa y se ha inmiscuido en los más recónditos rincones de la vida privada de las personas.

La contracultura es un mecanismo de control descontrolado del que viven periodistas, políticos, expertos, empresarios y activistas de todo tipo y condición

Hay quien prefiere llamar a todo esto marxismo cultural, pero a mi juicio esta denominación es un error. La contracultura es un fenómeno que se reproduce en todo el espectro político. Y asociarlo en exclusiva al marxismo puede inducir al error de que nos enfrentamos a un puñado de fanáticos. Y que, por lo tanto, la alarma es exagerada o está sesgada.

El verdadero peligro es que la tecnocracia ha encontrado en la contracultura un aliado de un valor excepcional, con ella la industria política puede crear nuevos mercados, generar nuevas necesidades aun a costa de interferir en los aspectos más sagrados de nuestra privacidad. Además, la endiablada capacidad de mutación de la contracultura la ha llevado a escapar al control de sus presuntos ideólogos. Hoy es un mecanismo de control descontrolado del que viven periodistas, políticos, expertos, empresarios y activistas de todo tipo y condición. Infinidad de gente cuyo denominador común es alcanzar notoriedad y bienestar material liquidando el marco de entendimiento común y empujando a la sociedad occidental al desquiciamiento. Así, cada vez que escuchen aquello de "hemos avanzado bastante, pero aún queda mucho por hacer", prepárense para lo peor.

Javier Benegas vozpopuli 08.08.2017 

miércoles, 12 de julio de 2017

VENEZUELA, UN ASUNTO MÁS DE LA POLÍTICA ESPAÑOLA


Hace tiempo que el asunto entró de lleno en la política nacional. Y ahí sigue, abriendo telediarios y buscando reacciones de los partidos.

Ocasión de retratarse ante quienes han empobrecido Venezuela y la han puesto al borde de la guerra civil. Desde sus admiradores de Podemos, donde Monedero sostiene que allí funciona el Estado de derecho, hasta Ciudadanos, donde Albert Rivera califica a Podemos de sucursal chavista.

Lo último es la puesta en libertad vigilada de Leopoldo López, condenado a 13 años de cárcel por incitación a la violencia en las protestas callejeras de 2014 (43 muertos). El líder de Voluntad Popular y cabeza visible de la oposición al chavismo ha calificado de “amiguete” al ex presidente Zapatero, cuyo papel de facilitador nunca fue del agrado del también ex presidente Felipe González. Por cierto, ambos militantes, pero no simpatizantes, del PSOE liderado por Pedro Sánchez.

En cuanto a los respectivos gobiernos, viven en crisis diplomática permanente desde que Maduro calificó a Rajoy, entre otras lindezas, de “bandido” y “protector de delincuentes y asesinos”. Solo por haber reclamado lo que ahora el propio Maduro aplaude como un acierto del Tribunal Supremo de Venezuela: la libertad de Leopoldo López (arresto domiciliario, en realidad, bajo custodia policial), el mundialmente famoso preso político del chavismo.

Se produjo este fin de semana y se celebró en la plaza de España de Madrid como un paso atrás de Maduro ante el empuje callejero de un pueblo con hambre atrasada de pan y de libertades. Sin embargo, aún quedan en las cárceles 433 presos políticos (datos de la ONG Foro Penal). El número se ha disparado en estas últimas semanas por el activismo callejero.

De ellos se ha acordado Pedro Sánchez, líder del PSOE, en una primera reacción a través de las redes sociales: “Hay que felicitarse por que Leopoldo López esté ya en casa con su familia, pero quedan muchos presos políticos en Venezuela”.

Expresa una preocupación habitual en las declaraciones del propio López. Y ahora los seguidores de este se preguntan si, habiendo rechazado siempre la libertad mientras hubiera otros presos políticos (“Yo tengo que salir el último”), de pronto ha cambiado de idea o es que le han obligado a aceptar la excarcelación.

Eso es lo que se preguntan los miembros de la Asociación Civil Venezolanos en España, que este sábado mostraban su alegría por la noticia y, al tiempo, su escepticismo por si López hubiera bajado su nivel de exigencia respecto a los presos políticos que no han corrido la misma suerte.

Véase cómo las ataduras históricas, idiomáticas, culturales, que están ahí desde hace cinco siglos, han hecho de la crisis venezolana un asunto más de nuestra política doméstica. Razón añadida es la aparición de Podemos, un partido emergente de bien retribuida afinidad al régimen chavista.

Agua de mayo para pregoneros del antichavismo, que nos visitan en busca de arropamiento y solidaridad con referencias analógicas al partido de Iglesias. O sea, que nos puede pasar lo mismo si alimentamos a los amigos españoles de Maduro. Y por el mismo precio, los políticos españoles que recelan de Podemos potencian el seguimiento de la política venezolana con la intención de frenar el avance de la izquierda mochilera.


El resultado está a la vista. Lo que ocurre o deja de ocurrir en aquel país entra de lleno en la agenda política española, donde también se instala la preocupación por las inversiones de nuestras grandes multinacionales (Repsol, Mapfre, Telefónica, Iberia, BBVA…) y donde se recitan de memoria los males del régimen chavista: pobreza, represión, inseguridad, desabastecimiento, corrupción y comportamiento tiránico del presidente, Nicolás Maduro, siempre a la caza de atajos legales para hacer de su capa un sayo.

Antonio Casado en El Confidencial 10 Julio, 2017 

PODEMOS ANTE EL ESPEJO ROTO

La repulsa a Maduro significaría para ellos abdicar de su superioridad ideológica y moral, dar por fracasado su modelo

Quizá algún día, en el improbable caso de que lleguen a consumar su asalto al poder e impongan su anhelo distópico de una sociedad nueva, los dirigentes de Podemos se atrevan a explicar la verdadera razón de su contumaz complicidad con el régimen de Venezuela. No ya con el chavismo, que hasta sus últimos valedores consideran traicionado, sino con la desfigurada y trágica parodia revolucionaria en que Maduro ha convertido su resistencia. Es una realidad objetiva que al partido morado le convendría electoralmente distanciarse de esa degeneración siniestra, por mucha afinidad sentimental y mucho padrinazgo fundacional que le deba; sin embargo, ni el evidente patetismo de la agonía venezolana, que avergüenza a cualquier sociedad democrática, logra arrancar de Pablo Iglesias ni de su entorno una condena tajante y expresa. No ya una repulsa política sino una simple expresión de distancia ética.

Este silencio, en el mejor de los casos equidistante o ambiguo, no puede obedecer sólo al original patrocinio financiero, por más que los maduristas puedan saber demasiados detalles antipáticos sobre ese mecenazgo primigenio. 

Más bien parece que se trata de un fenómeno de cerrazón ideológica, de terquedad en la defensa de un modelo. Los podemistas son conscientes de la sombría degradación del poder post-chavista pero se niegan en redondo a renunciar a sus fundamentos. A romper el espejo de sus convicciones, a aceptar la derrota moral que para ellos supondría reconocer que el proyecto piloto de un nuevo orden libertador expira en medio de estertores sangrientos. Y buscan, como hizo la vieja izquierda ante el corrupto declive del castrismo, atenuantes casuísticos y conspiraciones culpables para esquivar la para ellos desasosegante certeza de que el proyecto comunista acaba siempre en el hambre del pueblo.

Pero al menos los antiguos marxistas acabaron por admitir que los regímenes de Cuba o de la URSS habían malversado sus ideales, que las nomenclaturas políticas -la casta- se habían convertido en usurpadoras ilegítimas de una fe igualitaria que seguía intacta en sus principios y conceptos. Éste es el paso que aún no ha dado Podemos, cuya dirigencia exhibe tal grado de soberbia narcisista que es incapaz de reprobar el envilecimiento de su paradigma para que nadie piense que se equivocaron de ejemplo. Iluminados y persuadidos de su mitológica misión redentora, se resisten a reconocer el fracaso de su arquetipo original aunque no estén tan ciegos para no asumirlo en su fuero interno.

Porque eso equivaldría a confesar la posibilidad de no tener razón, a abdicar siquiera en teoría de su superioridad, a abrir un resquicio de duda en su autoconvencimiento. Y hasta ahí podíamos llegar: el artículo primero del manual del caudillaje dice que los jefes nunca se equivocan, y el segundo que en el remoto caso de que se equivoquen… se aplicará el artículo primero.

domingo, 15 de mayo de 2016

UNA GUÍA PARA ESPAÑOLES ESPERANZADOS

Lo que con motivo de la epidemia reinante se ha descubierto en los barrios extremos de Madrid no es para contado”, relataba el 12 de enero de 1890 Luis Pérez Nieva (“Crónicas madrileñas”), en el nº 480 de La Ilustración. “Después de visitar Chamberí, los Cuatro Caminos, Lavapiés, las Peñuelas, la Fuentecilla, las afueras de la Puerta de Toledo, después de recorrer lo que pudieran denominarse los arrabales de la capital, se cree firmemente que estas grandes convulsiones las envía Dios para que la sociedad se revuelva (…) La influenza, con su cortejo de pulmonías y sus aterradores ataques, pierde su importancia ante el mal horrible y eterno que aqueja a la clase baja de Madrid: la miseria. Hombres y mujeres casi desnudos, sin ropas; niños igualmente privados de vestidos; habitaciones sin cristales, sin muebles, sin camas, sin fuego: tabucos incapaces para dos personas, ocupados por seis u ocho; seres hambrientos cadavéricos, muriendo lentamente, hacinados; enfermos sin asistencia; algún muerto insepulto durante días y días por deficiencias de nuestra organización administrativa; un cuadro horrendo en el que se mezclaba el llanto de las pobres criaturas pidiendo pan, con los gemidos de las madres incapacitadas para dárselo, las quejas de los postrados en el lecho con las lamentaciones de los que les asistían, las maldiciones y juramentos de los impacientes con las frases resignadas de los sufridos; he aquí lo que hallaron los periodistas encargados de repartir los socorros…

El año 1890 se había estrenado con una epidemia de dengue, por entonces también llamado “trancazo”, que el año anterior ya había causado estragos y que el 1 de enero se llevó por delante al mismísimo  Julián Gayarre, para muchos el mejor tenor del mundo entonces. La violencia de la epidemia puso una vez más de manifiesto el grado insoportable de miseria en que vivía una gran parte de la población madrileña y, por extensión, española. Miseria que nada tenía que ver con esa pobreza, que es el arte, porque de arte se trata, de vivir con lo justo en medio de continuas privaciones. Miseria es estar por debajo del mínimo vital. Es miseria material, cultural, moral, social y también política. En 1900, la población española era de 18,6 millones de habitantes, de los cuales 11,9 (el 63,8%) eran analfabetos. En 1920, la población había subido hasta los 21,3 millones, mientras los analfabetos habían bajado a 11,2 (el 52,2%). Hace menos de cien años, pues, más de la mitad de la población española no sabía leer ni escribir. Los españoles que nacimos en la Castilla rural en la postguerra fuimos testigos de aquella forma de labrar la tierra que consistía en un par de mulas tirando del arado romano. Recuerdo los ojos extasiados con que mis amigos menos afortunados miraban, una gélida tarde de marzo a la salida de la escuela (niños y niñas de todas las edades juntos y revueltos en una única aula y con la misma maestra), una naranja que me acababa de dar mi madre. Una naranja convertida en un lujo exótico.

En los últimos 50 años, España ha conocido el mayor progreso de su historia tanto en términos materiales como de calidad democrática

Luego asistimos a la mecanización del campo, la llegada de los primeros vehículos a motor, la emigración al País Vasco y Cataluña… A partir de la Navidad, en el campo se pasaba mucha hambre hasta que llegaba el nuevo verano. Menos que en las ciudades, pero hambre. El Plan de Estabilización de 1959 supuso un punto de no retorno que fue capaz de romper con esa línea de miseria que había acompañado a millones de españoles desde la primera mitad del siglo XVII, cuando empieza la decadencia de España con el conde-duque de Olivares a los mandos del reino como valido de Felipe IV. Casi tres siglos y medio de pobreza económica, oscurantismo religioso y absolutismo borbónico. Y, por fin, un rayo de luz: en los últimos 50 años, España ha conocido el mayor progreso de su historia tanto en términos materiales como de calidad democrática. Una conquista impresionante que se nos olvida con frecuencia y que conviene poner en valor en estos tiempos en que, agobiados por una corrupción sin límites y angustiados por la falta de salidas a la crisis política que acompaña el final de la Transición, damos la espalda a ese elemental “de dónde venimos”, dispuestos como estamos a tirar por la calle de en medio a la hora de proponer soluciones para los problemas que nos afectan.  

Lo cuenta divinamente Jesús Banegas en un libro que ha presentado esta semana en Madrid (“España, más allá de lo conseguido”, que ha prologado Antonio Garrigues Walker). Banegas, columnista de Vozpopuli, ha escrito un ensayo cargado de optimismo para tiempos de confusión como los que vivimos. Optimismo cauto, reflexivo, argumentado. Asegura Banegas en el arranque de su trabajo que los últimos 30 años [los que van de 1978 al 2008] han sido, muy posiblemente, los mejores de la Historia de España, porque nunca los españoles dispusieron de un marco político, un Estado Democrático de Derecho, capaz de aunar libertad política, progreso económico y bienestar social, de donde se infiere que la libertad -“uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos”, que Cervantes pone en boca de Don Quijote- sienta muy bien a los españoles. El autor enumera los logros de esta etapa histórica, el más importante de los cuales tiene que ver con la entrada de España en el club de los 20 países más ricos del mundo, ocupando el puesto 14 por PIB y el 22 por renta per cápita (el 19 antes de la última gran crisis).

Las fortalezas del gran país que es España

Si España abandonó su condición de país atrasado y periférico para integrarse en ese selecto grupo se debió a que fue capaz de poner en marcha los cambios institucionales capaces de impulsar la economía en la buena dirección, la del crecimiento sostenido, con dos hitos en esa carrera hacia la convergencia concretados en el citado Plan de Estabilización y en la integración en la Unión Europea

España es hoy un país que cuenta con una de las mejores infraestructuras físicas del mundo, con la red de telecomunicaciones más avanzada de Europa, que es líder en energías renovables, con un mercado interior considerable y sofisticado, en la vanguardia en lo que a salud pública se refiere (la esperanza de vida, 83,2 años, es la más elevada del mundo junto con Japón), con un nivel educativo alto, con algunas de las business school más reputadas del planeta, con una economía abierta al exterior, que es líder mundial en turismo vacacional (con la sofisticada logística que implica atender adecuadamente a más de 68 millones de personas al año), que es una potencia deportiva, y que dispone de un arma de futuro tan poderosa como una lengua que hablan cerca de 500 millones de personas y en constante crecimiento. Entre otras cosas.

Tantos y tan sonados logros tienen su contraparte en la aguda crisis económica que siguió al estallido del boom del ladrillo, que colocó a España al borde de la quiebra como país y ha provocado un notable retroceso en lo que a renta per cápita y, sobre todo, empleo, se refiere. Aún han sido mayores los efectos de la crisis en el plano del descrédito de las instituciones por culpa de una corrupción que parece haberse instalado sólidamente en las entretelas del sistema, a lo que se ha unido la constatación de una estructura territorial tan ineficiente como costosa que, además, ha generado desmanes tan notorios como el del nacionalismo catalán. Son algunas de las “debilidades” españolas que cita Banegas, lista a la que añade, por citar solo las que encabezan el ranking, el endeudamiento público y privado, la ineficiente organización del Estado, la proliferación normativa, la fragmentación del mercado interior, el envejecimiento de la población, etc., etc.

Es sabido que para invertir y prosperar el ciudadano libre necesita estar seguro de que si trabaja duro y tiene éxito, podrá ganar dinero y conservarlo

Pero el autor no se limita a detallar fortalezas y debilidades, sino que se implica a fondo en las soluciones -a las que dedica la mayor parte del libro- que tantos españoles están hoy reclamando para sacar al país del atolladero. “Acostumbrados como estamos a hablar peor que nadie de nosotros mismos, a la hora de aportar soluciones a nuestros problemas adoptamos casi siempre soluciones holísticas muy ambiciosas que, como es natural, no acaban teniendo éxito, por lo que nunca abandonamos la melancolía de pensar que no tenemos remedio”. Banegas piensa que España tiene remedio, para lo cual es importante aprender de los errores cometidos y obrar en consecuencia. El capítulo dedicado a “Qué hemos podido aprender por el camino” me parece, por eso, uno de los más interesantes del trabajo. En efecto, en el camino de esa súbita riqueza devenida de golpe en crisis brutal que, un tanto exageradamente, tendemos a creer terminal, deberíamos haber aprendido que la ética favorece el progreso económico y social sin necesidad de remontarnos a los escolásticos españoles de principios del XVI, a Max Weber después, y a tantos otros. Una frase en este punto que vale un libro: “Después de lo visto en los últimos años es imperativo garantizar, mediante la transparencia y el castigo, la integridad moral de la clase política, porque sólo la transparencia legitima el ejercicio del poder político”, por no mencionar, como hace el autor, que la heterodoxia económica se paga muy cara y que la calidad institucional importa.

La calidad de las instituciones

En realidad importa tanto que nubla todo lo demás. Es sabido que para invertir y prosperar el ciudadano libre necesita estar seguro de que si trabaja duro y tiene éxito, podrá ganar dinero y conservarlo, asegurando así su calidad de vida y la de su familia. Es ahí donde entran en juego unas instituciones políticas sanas en las que poder confiar, a las que Daron Acemogluy y James A. Robinson aluden en su “Por qué fracasan los países”. Porque no son los recursos naturales, la geografía o la cultura, sino las instituciones de un país lo que marca la frontera entre la pobreza y la riqueza. Los países ricos son desarrollados porque sus instituciones son inclusivas, es decir, están suficientemente centralizadas a la vez son pluralistas, mientras que los países pobres son atrasados porque las suyas son extractivas, con el poder concentrado en manos de una élite que acaba utilizando la riqueza que ilegalmente acumula en lo económico para consolidar su poder político. Un bucle de muy difícil ruptura. En la búsqueda de esa mejora del marco institucional, Banegas juzga básico meterle mano a la financiación y funcionamiento de los partidos políticos, mejorar el sistema electoral, adelgazar el tamaño del Estado y redistribuir competencias entre las Administraciones, así como elevar la calidad de la Justicia. En suma, mejorar la calidad de nuestra democracia mediante esa regeneración tantas veces reclamada.

El autor hace suya la tesis central del ensayo “La cuarta revolución”, de Micklethwait y Wooldridge: “Los pesados Estados occidentales, convertidos en niñeras omnipresentes y gobernados por políticos trocados en avestruces, tienen que cambiar para llegar a ser más pequeños, menos intervencionistas y más eficientes”, para concluir, con un punto de optimismo, que “hacer las cosas bien es posible”. Habría que preguntar qué piensa al respecto esta clase política nuestra que se apresta a acudir de nuevo a las urnas con el mismo discurso vacío y gastado, lejos, muy lejos, de ese debate sobre el futuro de España, trasunto final de este libro, que debería estar hoy en el frontispicio del debate político de cara al 26J. No perdamos la esperanza, porque de eso va también el ensayo de este ingeniero, economista, empresario, escritor y viajero que es Jesús Banegas. “No tenemos el más mínimo derecho a autodestruirnos ni a desconsolarnos”, escribe Garrigues Walker en su prólogo. “Merece la pena pensar que es perfectamente posible proteger nuestras instituciones y desarrollar nuestras fortalezas para así eliminar todo riesgo de volver, como advirtió Ortega, a una España invertebrada, a una España débil, a una España sin ánimo”. El riesgo de volver a Pérez Nieva y sus “Crónicas madrileñas”. Una guía para españoles esperanzados.

domingo, 24 de abril de 2016

EL GOBIERNO DE LOS PEORES, ESA TERRIBLE MALDICIÓN DE ESPAÑA

Mauricio era un profesional cualificado y de éxito que perdió su estatus tras el cataclismo de 2008. Sin embargo, es afortunado porque, a pesar de superar los 40, ha podido retornar al mundo laboral, aunque sea contratado por una empresa en régimen de autónomo, algo bastante habitual hoy día. Ahora, debe abonar el IVA, descontarse el IRPF y gestionar directamente su cotización a la Seguridad Social. Podría realizar estos trámites por sí mismo, pero la normativa es tan confusa y retorcida que prefiere curarse en salud y pagar a un gestor profesional. De una factura nominal de 1.800 euros mensuales, le quedan netos 1.230, algo que en un país con un 21% de desempleo, donde ser mileurista no está al alcance de cualquiera, le convierte en un privilegiado.

Con todo, lo más grave es que hay muchos españoles que, siendo autónomos ficticios, asalariados o desempleados, han perdido algo más valioso que su estatus: su capacidad de maniobra, su determinación. Son presa fácil para esos políticos que pescan en la apatía, comprando votos con supuestas ayudas. Pero, por más que lo pregonen, la mejora del nivel de vida no vendrá de la subvención, los beneficios sociales o los planes de emergencia; los costes de estas regalías serán repercutidos en los ciudadanos incrementando cotizaciones, impuestos, incluso multas de tráfico y otras sanciones. Los gobernantes siempre encuentran una argucia para quitarnos 20 con la excusa de que van a darnos 10.

A pesar del abrumador consenso oficial, muchos preferirían no vivir de esa particular “caridad” de los políticos. Desearían una Administración que les facilitara sus actividades, no esta burocracia que pone innumerables zancadillas. No quieren discursos grandilocuentes, sino reformas eficaces. Desgraciadamente, los líderes políticos no hablan su lenguaje. Muy al contrario, emplean una jerigonza a ratos leguleya; a ratos, populachera; y a ratos, grandilocuente, una niebla discursiva con la que dar gato por liebre. Desde su torre de marfil, completamente alejados de las vicisitudes de Mauricio y de muchos otros como él, no mueven un dedo para allanarles el camino. Al contrario, establecen todo tipo de obstáculos y trabas administrativas a la actividad económica y a la creación de empleo para después exclamar con hipocresía: “tranquilos, nosotros rescataremos a las personas”. Ignoran que los ciudadanos se rescatarían a sí mismos... si ellos no se lo impidieran.

Los políticos y Mr. Hyde
Sufrimos una clase política de pésima calidad, no sólo capaz de utilizar los resortes del Estado en pos del medro personal; también de proferir las mayores necedades. Pueden subirse al púlpito y prometer el paraíso en la tierra, para después, llevados por su afán de notoriedad, quedar como tarugos equivocando el título de un conocido libro de Kant. O, incluso, recomendar leer a tan ilustre filósofo y, a reglón seguido, admitir que ellos nunca lo han leído… o que no lo recuerdan. No importa que afirmen que Antonio Machado nació en Soria, en vez de en Sevilla, o que no tengan ni la menor idea de nuestra historia reciente y desconozcan que no fue su partido, sino el adversario, el que legalizó el divorcio. Nuestros políticos pueden levitar sobre los escombros de la inteligencia y afirmar que “a veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión, tal cual. La pregunta es: ¿nacieron así o, por el contrario, el poder los transformó, sacando ese Mr. Hyde que todos llevamos dentro?

Lord Acton señaló que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Seguramente tuviera razón... pero sólo en parte. Investigaciones recientes explican que el poder envilece a unas personas, pero no a otras. Concretamente, pervierte a los que carecen de ética y muestran predisposición a la depravación. Pero no a quienes poseen principios, conocimiento y espíritu crítico. Para los primeros, la política es una fuente de privilegios; para los segundos, una grave responsabilidad.

En su artículo, The destructive nature of power without status, los psicólogos norteamericanos J. Fast, N. Halevy y A. Galinsky, concluyen que el poder posee una naturaleza destructiva cuando es ejercido por sujetos sin categoría personal suficiente. A estos individuos, el cargo se les sube a la cabeza, tienden a abusar de sus inferiores, a aferrarse a una doble moral, a ser extremadamente estrictos con sus subordinados pero muy laxos con su propia conducta. Por su parte, Katherine De Celles y sus colaboradores señalan en su artículo, Does power corrupt or enable?, que el poder hace todavía más malvados, egoístas e interesados a aquellos que ya carecían de reglas morales, sentido de la justicia o generosidad. Pero puede potenciar las cualidades de los que poseen estos valores.

El drama de la España actual estriba en que se han apropiado del poder sujetos que carecen de cualidades y valores y, por tanto, de auctoritas

El problema era ya conocido en la Roma clásica, donde descubrieron que la jerarquía tiene dos componentes distintos, uno formal, la potestas y otro informal, la auctoritas. La potestas, el poder institucionalizado, es la capacidad de controlar, de asignar recompensas y castigos, de dictar normas y hacerlas cumplir. La auctoritas, por el contrario, proviene de la capacidad moral e intelectual, del carisma y el prestigio, de todas aquellas cualidades que generan respeto y admiración en los demás, un vínculo afectivo entre el individuo destacado y su comunidad. La gente obedece la potestas por temor al castigo, pero acata la auctoritas por convicción. Ésta última proporciona el verdadero liderazgo.

Si el sano ejercicio del poder requiere una equilibrada combinación de potestas y auctoritas, cabe deducir que el drama de la España actual estriba en que se han apropiado del poder sujetos que carecen de cualidades y valores y, por tanto, de auctoritas, del respeto y la admiración de la ciudadanía. Esta anomalía, junto con la ausencia de adecuados controles sobre el poder, se traduce en decisiones políticas nefastas, muy alejadas del interés general.

La selección perversa 
Pero ¿por qué sólo llegan los peores a la política, esos que son corrompidos rápidamente por el poder? La clave, uno de nuestros graves problemas, se encuentra en el proceso de selección de los gobernantes. Los partidos se caracterizan por la falta de transparencia, la ausencia de democracia interna y el desprecio a las normas. Sus criterios de selección y promoción no son la excelencia, el mérito o la cualificación profesional. Mucho menos la honradez o los principios. Son, más bien, las afinidades personales, la carencia de espíritu crítico, la conducta oportunista y conspiradora, la disposición a guardar silencio ante el abuso y, sobre todo, la inclinación al peloteo. Las personas honradas, idealistas, preparadas, con altura de miras, suelen rehuir esos ambientes dominados por la corruptela, la pobreza intelectual y la indignidad.

La gestión de lo público ha atraído mayoritariamente a sujetos que no viven para la política sino de la política, individuos que tienen en los cargos públicos su mejor opción profesional, cuando no la única. Difícilmente compartirán intereses, valores y visión con los electores a los que, teóricamente, representan. Su inclinación por promover políticas absurdas o contraproducentes se debe en parte a ignorancia y desconocimiento, sí, pero sobre todo a su egoísmo, a una fuerte inclinación a adoptar cualquier medida que, por irresponsable que sea, asegure su permanencia en el poder.

Si el voto permitiera a los ciudadanos elegir a los candidatos más capaces y honrados, se compensaría en buena medida la perversa selección que realizan los partidos. Pero las listas impiden discriminar entre candidatos individuales. Es necesario, pues, reformar el sistema electoral, establecer distritos uninominales, circunscripciones pequeñas con diputado único, que obliguen a cada candidato a someterse individualmente al control de los votantes. Expuesto personalmente al escrutinio público, los actos del candidato, sus valores, su trayectoria vital, su valía personal y su competencia profesional, en una palabra, su auctoritas, serían la clave para la elección.

El drama de la España actual, también las dificultades para formar un gobierno, tiene su origen en la falta de auténtico liderazgo. Escasea la generosidad, la sabiduría, la visión elevada, la voluntad de servir, los principios, el fair play. A pesar de que unos y otros se acusen de actuar con criterios únicamente demoscópicos, lo cierto es que todos, sean veteranos o recién llegados, tienen como único objetivo acceder al sillón o mantenerlo. Los políticos españoles no lideran; se orientan, cual veleta, a favor del viento. Por eso, lejos de reformar lo que no funciona, abundan con singular contumacia en el error.

domingo, 28 de febrero de 2016

POBREZA, DESIGUALDAD, IMPUESTOS Y MENTIRAS POLÍTICAS

LOS HÉROES OLVIDADOS

En La rebelión de Atlas, Ayn Rand cuenta una fábula política. En América con una economía con un alto grado de intervención estatal y con una presión fiscal expoliadora, los individuos más productivos del país deciden abandonar sus empleos y sus empresas y dejar de realizar trabajos forzados para los demás. El resultado es el desplome económico norteamericano y la necesidad de reconstruir el país sobre los cimientos que hicieron posible su prosperidad: Un Estado con poderes limitados garante de las libertades individuales, de los derechos de propiedad, del cumplimiento de los contratos y del mantenimiento de una red mínima de seguridad para quienes no son capaces de satisfacer un conjunto de necesidades básicas en el mercado. El recordatorio a la novela de Rand, el libro más leído en EEUU junto a la Biblia viene a cuento de la "orgía compasiva y de autoflagelación" que parece haberse apoderado de la escena política española

El centrar el foco de atención en quienes lo pasan mal, en las personas más desfavorecidas de la sociedad es un ejercicio de solidaridad natural, de simpatía hacia quienes tienen dificultades, pero tiende a convertir un problema minoritario con el estado general del país. Esta desfiguración de la realidad, distorsionada por razones ideológicas o partidistas, tiende a ignorar a quienes trabajan duro, ganan su dinero a base de talento y de esfuerzo tratándoles como activos explotables en beneficio de otros

Esta enfermedad moral, de hipnosis colectiva se ha transformado en el eje del debate nacional, en el corazón de los programas de casi todos los partidos y en el principio inspirador de las políticas públicas que se proponen. ¿Cuál es la realidad? De entrada se confunde con frecuencia desigualdad con pobreza. Eurostat define la tasa de riesgo de incurrir en ese estado como el porcentaje de personas cuyos ingresos después de transferencias sociales e impuestos se sitúa por debajo del 60% de la mediana nacional. 

Éste es un indicador relativo que refleja el número de gente que vive peor que el total de la población, pero ello no implica que sean necesariamente pobres, esto es, que carezcan de los bienes esenciales para disponer de un mínimo de bienestar irrenunciable. Si se introduce esta precisión, el porcentaje de los ciudadanos españoles que sufre una privación material severa es el 7,1% de la población, inferior a la media de la UE que se situó en 2014 en el 8,9%. Sobre esta cuestión merece la pena leer el magnífico informe de Miguel Marín y de Elisa Rodríguez, Desigualdad, pobreza y oportunidades, publicado por FAES el pasado 16 de febrero. En este contexto, la meta de cualquier iniciativa destinada a combatir la pobreza debería centrarse en mejorar las condiciones de vida de ese colectivo.

Por desgracia, el diseño de los programas sociales y de los impuestos en España no está orientado a esa finalidad, sino a practicar una redistribución arbitraria de la renta en función de criterios ideológicos que empobrecen de manera directa a las clases medias, medias altas y altas sin conseguir ayudar a los verdaderamente necesitados. Esta estrategia se sostiene sobre una falacia, a saber, los "ricos" no pagan lo suficiente y, por tanto, hay que hacer efectiva la progresividad fiscal. Esta verdad popular, mutada en sabiduría convencional de manera acrítica es una leyenda y no se compadece con los hechos de acuerdo con los datos publicados por el Ministerio de Hacienda, los últimos disponibles, en su Memoria de la Administración Tributaria publicada el 31 de diciembre de 2014.

En España, los contribuyentes con bases imponibles superiores a 60.000 euros representan el 4,4% de los declarantes del IRPF y aportan el 30,8% de la recaudación total del impuesto. La franja comprendida entre 36.000 y 60.000 euros supone el 11,4% de los declarantes y pagan el 17,8% del total recaudado por ese tributo. En suma, el 15,8% de los declarantes aporta el 48,6% de lo que se recauda a través del impuesto de la renta

Por añadidura, los ingresos de los españoles incluidos en ese grupo proceden en un 83,9% de los rendimientos del trabajo; esto es y permítase la licencia castiza, de los currantes. Con estas cifras hablar de que el IRPF no tiene la suficiente progresividad es una broma de mal gusto. Si en un ejercicio teórico, se arrebatase a quienes ganan más de 60.000 euros año la totalidad de sus ingresos y se repartiesen los fondos resultantes hacia quienes ganan menos, esto supondría un aumento de la renta anual de aquellos de 2.800 euros al año. Pero ahí no acaba la historia.

En esta España insolidaria, 16.699.302 españoles viven del Presupuesto mientras obtienen sus remuneración en la actividad productiva, en el mercado 15.245.196. Alguien puede señalar con razón que esas magnitudes incluyen a los parados a quienes no se les puede dejar en la estacada y tienen razón pero, si se excluye a los desempleados, por cada dependiente de las arcas públicas hay 1,44 ciudadanos que cotizan para financiarlo. Un 60% de la población paga al 40% restante. Si se suma a quienes están en el desempleo, un 47,75% de quienes trabajan en el sector privado financia a un 52,5% que vive del Presupuesto. Esta situación es injusta e insostenible. La España productiva está asfixiada y hay quien pretende ahogarla más

En la España de 2016, nadie parece ocuparse de defender los intereses de la burguesía patria. Este término en apariencia anacrónico y demodé tiene una especial trascendencia porque agrupa esos millones de españoles que encarnan los valores y virtudes que han hecho posible la creación de una sociedad abierta, libre y próspera en España y que muestran una clara predilección por una agenda reformista, orientada a adelgazar el Estado y a aumentar la libertad individual; esos héroes anónimos que desde el sector privado soportan sobre sus espaldas, cada día, el peso de un Estado manifiestamente mejorable que son las grandes olvidados de esta hora.

LORENZO B. DE QUIRÓS El Mundo 28/02/2016

sábado, 6 de febrero de 2016

PODER SOBRE LA GENTE, PODER PARA EL ESTADO


No ha habido en estos últimos 40 años, no ya un partido, sino una mínima vanguardia capaz de combatir esta inclinación hacia una mentalidad colectivista, de súbdito, esclavo y dependiente. Muy al contrario, cualquiera con ciertas aspiraciones, siempre ha intentado colocarse lo mejor posible en el sistema, nunca cambiarlo.

Mientras las izquierdas llevan años en ebullición, fabricando frenéticamente partidos y partiditos extraordinariamente activos, con una sorprendente capacidad para superar el corte de los mass media, pidiendo "poder para el pueblo", que en realidad significa "poder sobre la gente, poder para el Estado”, al otro lado sólo ha estado un Rajoy indolente, perezoso y gris, ni liberal ni conservador sino todo lo contrario, con su reducido grupo de edecanes, a los mandos de un partido al que el ejercicio de un poder casi absoluto ha corrompido absolutamente.

El populismo ha aprovechado el crac financiero y la crisis para tirarse a la yugular del capitalismo y asediar las vituperadas libertades individuales, al asalto, cómo no, del control del presupuesto, y al otro lado no ha habido nadie que contrarrestara el engañoso discursos del “empoderamiento del pueblo con algo más que apelaciones a la sensatez y al conformismo, con algo más, en definitiva, que la vacuidad y la desvergüenza. Eso es lo que ha dejado a la intemperie y acongojadas a millones de personas que saben bien que si la única oportunidad que esta España del siglo XXI puede ofrecerles es ser iguales, y encima tomando como modelo a esa esa nulidad de políticos, entonces no habrá oportunidad ninguna.

Se ha echado muchísimo de menos un nuevo Ortega que volviera a clamar a voz en grito "no es esto, no es esto".

Se ha echado muchísimo de menos un nuevo Ortega que volviera a clamar a voz en grito "no es esto, no es esto", cuando los padres de la patria intentaban vender el Régimen del 78 como una democracia homologada, o el castizo capitalismo de amigotes, tanto nacional como autonómico, como quintaesencia de la economía de mercado, cuando no era más que el extremo opuesto. La izquierda vocinglera, crítica, intenta morder a un capitalismo y un mercado que en la realidad no existen, que no son más que un espejismo a imagen y semejanza de esta política sin políticos.

Dentro de esta mascarada, la preponderancia de las ideas-fuerza de la izquierda se ha vuelto tan abrumadora que Ciudadanos, un partido llamado a equilibrar el cada vez más descompensado mapa político, un supuesto catalizador para impulsar la reforma del sistema, lejos de postularse como alternativa inequívoca al colectivismo del pilla pilla presupuestario, tan apreciado a derecha e izquierda, ha terminado travistiéndose también de burócrata repartidor en lugar de impulsar la responsabilidad individual, dando por cierto que la sociedad española prefiere prebendas, dependencia, vivir de esas migajas que caen desde el mantel del poder, sabedores de que aquí lo que nos pone son las “paguitas”, eso que nos han inculcado desde la más tierna infancia. El “todo lo mío es mío, y lo tuyo de los dos” del que posiblemente provienen otros disparates, como el separatismo provinciano.

No ha habido en estos últimos 40 años, no ya un partido, sino una mínima vanguardia capaz de combatir esta inclinación hacia una mentalidad colectivista, de súbdito, esclavo y dependiente. Muy al contrario, cualquiera con ciertas aspiraciones, siempre ha intentado colocarse lo mejor posible en el sistema, nunca cambiarlo. Este es el nudo y el argumento de la fragmentación del Parlamento: organizar como sea un nuevo reparto de la tarta. Un prorrateo que el variopinto ejército progresista promete extender horizontalmente, como si el maná fuera infinito, inagotable, tal y como ya están haciendo en algunos ayuntamientos.

Para comprender hasta qué punto lo que amenaza con venir está muy lejos de lo que necesita el esforzado ciudadano, ese que vive a ras de suelo, basta con ver la tropa de aspirantes que hay más allá de la momia de Mariano.

Pablo Iglesias, un tipo que a los 14 años ya había ingresado en la Unión de Juventudes Comunistas de España; Mònica Oltra, que se unió al Partido Comunista del País Valenciano a los 15 años; Ada Colau, cuyo único mérito es ser activista desde los 17 años, también comunista, por supuesto; Pedro Sánchez, que a los 26 ya estaba colocado, en el buen sentido, como asesor en el Parlamento Europeo con la socialista Bárbara Dührkop… Gente, en definitiva, que ha vivido desde la más tierna infancia instalada en la utopía, en la idea que, si ellos pueden vivir del cuento ¿por qué no va a poder hacerlo quienes les den su voto? Hijos e hijas de familias acomodadas, que nunca conocieron la necesidad, la amargura de no poder pagar la factura de la luz, cuya experiencia vital es un hatillo de teorías políticas  biensonantes -pues son la base del más puro clientelismo- y que se ven a sí mismos dirigiendo los destinos de millones de personas, porque cualquier otra alternativa desmerecería su inteligencia.

Puestos a elegir entre lo malo o lo pésimo, ahí está postulándose como Presidente del Gobierno el tal Sánchez, cuyo programa regenerador se reduce según sus propias palabras en entrevista reciente en Tele 5, pásmense, a democratizar internamente los partidos políticos y despolitizar la radio televisión pública. De separación de poderes, controles y contrapesos, ni media palabra, de la Justicia independiente nada de nada, de una ley electoral que otorgue el control de la representación a los votantes, menos si cabe. Y un sistema económico sin barreras, que no privilegie a los empresarios amigotes del poder, los que pagan buenas comisiones, mientras impone innumerables trabas a quienes pretenden ganarse la vida dignamente, es como mentar la soga en casa del ahorcado. Porque con las mordidas no se juega.

Esto es lo que nos ofrece hoy el Parlamento: Sánchez "el guapo", la momia de Mariano Tutankamón o el régimen elevado la enésima potencia, que es lo que proponen Iglesias y sus díscolos virreyes valencianos, gallegos y catalanes. Este es el legado de 40 años de inmovilismo, al que Rajoy ha puesto rúbrica gloriosa. El Parlamento no está fragmentado, está roto, descompuesto. Y no caben milagros. De convertir este despropósito en una democracia presentable ya hablaremos, si acaso, dentro de unas décadas, cuando todos estos personajes disfruten, junto a Juan Carlos, de sus pingües beneficios en las Islas Caimán... si es que para entonces queda algo.

Javier Benegas y Juan M. Blanco en Vozpopuli.com

jueves, 31 de diciembre de 2015

CINCO RAZONES PARA NO TEMER UN GOBIERNO SOCIALPODEMITA

La alianza de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias para formar Gobierno es una de las posibilidades que pueden surgir en el proceso de investidura. España no está preparada para semejante catástrofe –de hecho ningún país lo está–, pero si hemos de beber ese cáliz, mejor apurarlo cuanto antes y pasar página.

De lo que no cabe duda es de que los votantes más atolondrados saldrían de la experiencia vacunados contra el marxismo populista para varias décadas. He aquí los cinco beneficios que un acuerdo socialpodemita nos reportaría a los españoles… en caso de que sobrevivamos a la experiencia:

1. Los bolivarianos serían vistos como unos traidores por sus votantes. Gobernar un país implica dejar a un lado las ocurrencias asamblearias de adolescentes jugando a la política. Nuestra pertenencia a la Unión Europea y la propia dinámica institucional son incompatibles con llevar a cabo los disparates que Pablemos incorpora en su programa electoral. Iglesias se hará un Tsipras y los senderistas que quieren ver la ejecución televisada de Rodrigo Rato y disponer de una paguica mensual sin salir de casa montarán en cólera. Igual que su colega griego, el líder podemita se daría de bruces con la realidad, y eso duele. Especialmente cuando has convencido a cinco millones de votantes de que los unicornios no sólo existen, sino que además son de color morado podemita.

2. El desastre económico vacunaría a los españoles para un par de décadas. No cabe ninguna duda de que un gobierno de socialistas y podemitas sería la garantía del desplome de los principales indicadores económicos del país. La desconfianza de los actores de la economía, las pretensiones del nuevo gobierno de acabar con todas las medidas que han demostrado su eficacia para comenzar a salir de la crisis y su apuesta decidida por un aumento salvaje del gasto público pondrían de manifiesto el carácter destructivo de la izquierda en materia económica. El batacazo sería recordado durante lustros por todos los votantes.

3. Las carmenadas serían un dechado de rigor al lado de las charlotadas de los ministros podemitas. La capacidad de los miembros de Podemos para el disparate no tiene un límite conocido. Las ocurrencias antisistema de los ministros podemitas y sus meteduras de pata, junto a la cuota de pajines que el bando socialista incorpora siempre en sus gobiernos, convertirían la lectura diaria de la prensa en una de las actividades más divertidas de este comienzo de 2016.

4. El PSOE amortizaría a Sánchez e iniciaría el largo camino a la socialdemocracia. Los barones harían una carnicería de consumarse ese pacto de Sánchez con Iglesias. No porque mantengan diferencias programáticas con los podemitas (García Page, uno de los más críticos con una alianza con Podemos, gobierna gracias al apoyo de este partido), ni porque crean que es perjudicial para España, sino porque una decisión de este calado dañaría al PSOE y las consecuencias las pagarían también sus líderes territoriales. Sánchez saldría a patadas del PSOE y habría alguna posibilidad de que el partido señero de la izquierda española algún día se convirtiera en una formación homologable a la socialdemocracia europea.

5. Los conflictos entre socialistas y podemitas obligarían a convocar elecciones anticipadas. Las dos formaciones llegarían a esos comicios completamente desprestigiadas ante sus respectivos votantes. Los podemitas por no haber sido suficientemente radicales y los socialistas por haberse aliado con unos comunistas descerebrados. Sería la oportunidad para que triunfaran las ideas conservadoras y liberales, las más decentes en este perro mundo y las únicas que aseguran la propiedad privada, la libertad individual y el camino a la prosperidad.


LIBERTAD DIGITAL  30/12/15 PABLO MOLINA

viernes, 25 de diciembre de 2015

¿Vuelven las dos Españas?

INTRODUCCIÓN DE JAVIER ELORRIETA


Supongo que muchos jóvenes, y no tan jóvenes, se sorprenderían que entre el autor de éste magnífico análisis, quien os lo remite, y algún otro miembro del Patronato de la Fundación, acumulen más saldo de represión en la época del Franquismo que todos los dirigentes de Podemos; de Izquierda Unida y de los partidos secesionistas juntos. Saldo ajustado a años de cárcel y exilio, a Sumarios del TOP, a sumarios y sumarísimos militares,a penas de muerte…… No me parece inoportuno este apunte ante tanto totalitario disfrazado de antifranquista sobrevenido, tanta demagogia barata, tanta astracanada política, que quiere convencernos que la política de “progreso” se hace colocando iletrados familiares en Ayuntamientos e Instituciones, cambiando nombre de calles y desmembrando la Nación para alegría de una especie de Confederación de Chirigoteros sin fuste político que, casi siempre y casi todos, han vivido de los presupuestos públicos, desgraciadamente amparados y animados por periodistas y políticos profesionalmente frívolos y políticamente irresponsables. Cordiales saludos.
JAVIER ELORRIETA

¿Vuelven las dos Españas?

EDUARDO ‘TEO’ URIARTE

Es muy posible que las dos Españas quedaran superadas con la llegada al Gobierno de Felipe González y la consiguiente solución del problema militar. A ello se sumaba un partido comunista fiel a la reconciliación nacional y una derecha que había puesto en marcha la desarticulación del franquismo con sincera búsqueda de la democracia. Ahí quedó sellada, tras la Constitución, la convivencia que permitiría la democracia en España.

Sólo un pequeño rescoldo revanchista cada vez más apagado quedó dormido en las filas de la izquierda. Sin embargo, una espiral de terrorismo se elevaba desde el nacionalismo vasco en una especie de repetición de la agresión que todo progreso liberal había padecido por el carlismo en el pasado. Significativo el hecho de que Pablo Iglesias recientemente haya puesto en valor que el mundo de ETA no se dejara seducir por esta falsa democracia. Él parece provenir de aquel pequeño rescoldo izquierdista de revanchismo al franquismo, aunque sólo lo conozca de oídas, y en la apariencia de enfrentarse a él, como lo hacía ETA, lo que en realidad hace es enfrentarse a la democracia. Por consiguiente, en tiempos de Felipe eran muy pequeños los focos que desde la izquierda mantuvieron el rechazo de la democracia puesta en marcha desde la Transición, prueba de ello fue que casi todos los partidos de izquierdas, desde maoístas a trosquistas, y alguno nacionalista, acabaran en la casa común del partido socialista de González.

Sin embargo, desde los tiempos de la secretaría general en el PSOE de Rodríguez Zapatero, esos rescoldos fueron irresponsablemente avivados. Ley de Memoria Histórica, publicitario derribo de los monumentos franquistas que sobrevivían en el olvido, inconstitucional Estatuto de Cataluña, desmesurada negociación con ETA, demanda de un cordón sanitario con la derecha en un continuado ataque a ésta como si no formara parte importante del sistema surgido en la Transición, volvió a levantar una ideología cainita que fue aprovechada en cuanto la crisis estalló, en toda su coherencia y consecuencias, por Podemos. Ideología de enfrentamiento y desunión que muchos creyeron formaba parte del patrimonio de la izquierda, cuando en realidad sólo unos pocos nostálgicos y nacionalistas la habían mantenido. Fue el irresponsable giro asumido por el PSOE lo que cambió profundamente la actitud e ideología de la izquierda ante el compromiso constitucional. El primero que puso en entredicho la Transición -desenterrando el franquismo-, la Nación -“concepto discutido y discutible”-, y hasta la Constitución, tanto en el Estatuto catalán como en la negociación con ETA, fue un PSOE sumiso al giro que aplicara Zapatero. Ahora su electorado se le escapa hacia Podemos.

En esta formación, Podemos, sí se encuentra claro y sin ambages el posicionamiento político para desmantelar territorial y socialmente todo el sistema. Todos los aspectos instituidos del Estado democrático están en entredicho por este movimiento, pues no se trata de una fuerza marxista tradicional que respetaría alguno de ellos, como la unidad territorial, sino que muy influido por las ideologías antisistema desmantela todos los aspectos del actual Estado. Si alguien jugó, o quiso manipular los peores instintos políticos de las masas, ahora se ve sobrepasado por ellos, porque lo que en primer lugar califica al votante de Podemos es el odio por lo existente, incluido a un PSOE que no deja de formar parte de lo existente.

Desde que el socialismo español iniciara el rumbo antisistema éste se ha visto cada vez más pronunciado. Podemos le presiona ahora a muy pocos votos de distancia de él. Tras estos años de continuada fobia hacia la derecha, casi único elemento amalgamador de un PSOE en profunda decadencia, hoy, ante la inexistencia de mayoría parlamentaria, se abre todo tipo de incógnitas respecto a su comportamiento. Hace años no lo hubiéramos pensado demasiado, el partido de Felipe hubiera sido responsable y dejaría gobernar a la lista más votada, pero tras más de una década de irresponsable política de tierra quemada, puede seguir el curso y llevar su rechazo a la gobernabilidad, hasta el punto de provocar nuevas elecciones. Todavía el PSOE no ha comprendido que el principal perjudicado en la estrategia de ruptura es él mismo, pues la acerada condena a la derecha que ha desarrollado no la capitaliza sino Podemos, y él mismo queda incluido en ella con riesgo a desaparecer.

Ciudadanos, que ha realizado una campaña electoral mala, demasiado cansina y, lo que es peor, contradictoria con su talante de facilitar la gobernabilidad y la estabilidad, en una errónea respuesta a los ataques del PP, haciendo declaraciones de rechazo a pacto con la derecha en un estilo más propio del comportamiento montaraz y sectario de la actual izquierda, hundió su resultado. Sin embargo, no ha dudado la misma noche del recuento en declarar su apoyo a una fórmula de gobernabilidad, lo que ocurre que su apoyo no es suficiente, hace falta el PSOE. La contribución racionalista y regeneradora dentro del sistema que Ciudadanos supone se ha quedado corta en su presencia parlamentaria para garantizar un futuro político sin convulsiones.

No hay mal que por bien no venga.


El PSOE haría mal en esperar el apoyo de Podemos, no lo va tener. No sólo debido a las rápidas declaraciones de Iglesias poniendo unas condiciones difíciles de atender, sino porque Iglesias no desea compromiso alguno que le acerque a la política, pues le podría suponer la ruptura de su multicolor movimiento. Iglesias quiere evitar cualquier acercamiento a la política, todo lo que no sea el discurso demagógico y metas imposibles lo evitará, porque su actual objetivo es que su horda no se deshaga. Ir de la mano del PSOE sería ese primer compromiso arriesgado, es como ir de la mano del PP porque le causaría similares problemas, por lo que está descartado. Lo que ha hecho es encastillarse en su feudo con ese aparente programa de condiciones expuesto esperando, como de costumbre, que el PSOE en su descerebrada pugna con la derecha, le traiga en bandeja el poder.  Su labor  es la prédica áulica, la acción se la hace otro.


Así pues, no se trata de que Podemos, en su marcha hacia la Moncloa, esté ansioso de superar esos 340.000 votos que le separan del PSOE y quiera mediante el activismo sobrepasarle, ni que el soberanismo periférico esté ansioso de apoyarlo (incluidos los presos de ETA), Podemos ni tiene prisa ni la necesita. Puede esperar desde su cuartel de invierno a que el PSOE en su incapacidad de aceptar la política moderada prosiga con su estrategia de tierra quemada (sus reticencias a la sucesión del monarca o sus nauseas a facilitarle la gobernabilidad al PP lo delatan) le haga gran parte de su futura campaña electoral: “ved esa democracia ajena a los intereses de los españoles y sólo preocupada por el interés egoísta de cada uno de los viejos partidos”. Podemos, ante la actual estrategia socialista sólo tiene que ir a recoger las nueces del suelo. Por lo tanto, además, no tiene que meterse en el lío de acompañar al PSOE, lo que alborotaría su propio gallinero. Lo óptimo es esperar a que los viejos partidos fracasen.

Sin embargo, para el PSOE, aceptar un pacto de gobernabilidad con el PP sería entrar de una puñetera vez, dejando a un lado el guerracivilismo, en Europa, en la civilidad política de Europa. Sería la ocasión de transformar una encrucijada trágica para la ciudadanía, pues ante la inestabilidad política cada día que pasa la crisis económica se revuelve y nos hace más pobres, en la ocasión para alcanzar un consenso que no sólo ofrezca la inmediata gobernabilidad del país sino que inicie las reformas de naturaleza constitucional que se observan necesarias, que permita abrir los que algunos denominan ya un proceso reconstituyente.

Sin embargo, el hito urgente e importante sería, abandonando el maniqueísmo de Zapatero, llegar a un acuerdo de gobernabilidad, lo que nos alejaría de una vez del fantasma de las dos Españas y nos introduciría en las dinámica de convivencia política de nuestros vecinos, como en Francia, Alemania, Italia, etc. Sería iniciar positivamente una nueva etapa desde una actitud constructiva, una manera, por demás, de detener los profundos retos que los avances antisistema y secesionistas están amenazando nuestro futuro. Sencillamente, hay que convertir la trágica encrucijada pluripartidista en el punto de inflexión hacia un nuevo marco para el acuerdo de convivencia. Todo ello, sin aventurar, además, que unas elecciones anticipadas por el fracaso del acuerdo, además de engolfarnos aún más en el enfrentamiento, llevaría tanto al PSOE como a Ciudadanos al fracaso electoral, reforzando los dos polos de la contradicción cada vez más profunda, Podemos y el PP.

Llegar a unas nuevas elecciones supondría definitivamente el suspenso de los partidos del bipartidismo y la confirmación auspiciada por Podemos de la crisis del sistema de la Transición. Confirmaría, también, la deriva “chavista” del PSOE. Sería el punto final de aquel sistema para el encuentro inaugurado en la Transición y la declaración descarada del sálvese quien pueda, sin importar las consecuencias de todo tipo que supondría para la sociedad. No sólo el riesgo de secesiones consumadas se acrecienta, también el del enfrentamiento civil, similar al de los Balcanes, a  más de treinta años de  que se superara ese riesgo a la salida del franquismo, por una generación poco preparada para la política pero que sí sabía de primera mano lo que supone un enfrentamiento civil y la posterior pérdida de la libertad.

Estamos en un punto crítico, o avanzamos en el acuerdo o todo el poder para Podemos.

FUNDACIÓN PARA LA LIBERTAD 26/12/15