domingo, 10 de septiembre de 2017

LA CULPABILIDAD DE LOS POLÍTICOS EN LA AUTODESTRUCCIÓN DE ESPAÑA

España: la semilla del mal está en el desastre de la Educación autonómica

Por cobardía, por resignación o por pereza, el Estado ha permitido la desintegración de la pedagogía de la convivencia

EL proceso de desafección y ruptura que está viviendo la sociedad catalana es imposible de entender en su correcta dimensión sin el fenómeno subyacente de la desintegración de la educación nacional española. Desde hace años, el Estado ha permitido por comodidad, por cobardía, por resignación o por pereza, la atomización de la pedagogía de la convivencia, y en su lugar las autonomías han levantado una construcción ideológica disgregadora que ha descompuesto la identidad colectiva con la eficacia de una gangrena. El discurso particularista en la escuela se ha extendido por todo el territorio al amparo de la dispersión de competencias, pero han sido las comunidades hegemonizadas por el nacionalismo las que más a fondo y con mayor perseverancia han trabajado para ampliar esa grieta.

En la semana en que se producía el arreón secesionista, la asociación de editores de libros de texto ha publicado un informe demoledor sobre el diferencialismo en la enseñanza. Existen en nuestro país 25 manuales distintos de Ciencias Sociales -la asignatura clave en el sesgo de la interpretación histórica- y hasta 19 de matemáticas, una materia en la que poco debería influir, en apariencia, la cuestión identitaria. No se trata, pues, sólo de la cooficialidad de distintas lenguas propias, sino de un concepto de singularidad paroxística que ha fragmentado a conciencia los conocimientos educativos a partir de una idea fracturada de España.

Sin duda los nacionalistas han destacado en este impulso deconstructivo que han utilizado como base de su pensamiento mitológico, pero sería injusto atribuirles en exclusiva la responsabilidad de la asimetría docente. Todas las autonomías se han deslizado en mayor o menor medida por la pendiente de un confuso orgullo regional que pulverizaba la cohesión con una alegría negligente. La fascinación por la diversidad ha sido transversal a todos los partidos e ideologías y ha permeabilizado las sucesivas leyes; hasta un presidente balear del PP anunció con máxima solemnidad la edición de textos escolares en todas las modalidades lingüísticas de las islas... incluido el formenterense.

En ese revoltijo que los diferentes gobiernos, lejos de reconducir, han ido embrollando, los separatistas han encontrado la herramienta intelectual idónea para asentar su proyecto. Durante décadas y sin que nadie los frenase han sembrado con enorme efectividad la doctrina de la Cataluña soberana ungida por un destino histórico manifiesto. A despecho de todas las sentencias judiciales, han marginado el castellano de las aulas y desdeñado la tradición española identificándola con un marchamo extranjero. Nadie puede extrañarse ahora de que su concienzuda labor pedagógica de permeabilización social haya tenido éxito: son los únicos que, mientras España se abstenía de su supervisión obligatoria, se han tomado la educación como un asunto realmente serio.

IGNACIO CAMACHO / ABC, 10 de septiembre de 2017



España es culpable

No sé qué ocurrirá en Cataluña en octubre. Estaré de viaje, con la dosis de vergüenza añadida de quien está en el extranjero y comprueba que lo miran a uno con lástima, como súbdito de un país de fantoches, surrealista hasta el disparate. Por eso, el mal rato que ese día voy a pasar quiero agradecérselo a tres grupos de compatriotas, catalanes y no catalanes: los oportunistas, los cobardes y los sinvergüenzas. Hay un cuarto grupo que incluye desde ingenuos manipulables a analfabetos de buena voluntad, pero voy a dejarlos fuera porque esta página tiene capacidad de aforo limitada. Así que me centraré en los otros. Los que harán posible que a mi edad, y con la mili que llevo, un editor norteamericano, un amigo escritor francés, un periodista cultural alemán, me acompañen en el sentimiento.

Cuando miro atrás sobre cómo hemos llegado a esto, a que una democracia de cuarenta años en uno de los países con más larga historia en Europa se vea en la que nos vemos, me llevan los diablos con la podredumbre moral de una clase política capaz de prevaricar de todo, de demolerlo todo con tal de mantenerse en el poder aunque sea con respiración asistida. De esa panda de charlatanes, fanáticos, catetos y a veces ladrones –con corbata o sin ella–, dueña de una España estupefacta, clientelar o cómplice. De una feria de pícaros y cortabolsas que las nuevas formaciones políticas no regeneran, sino alientan.

El disparate catalán tiene como autor principal a esa clase dirigente catalana de toda la vida, alta burguesía cuya arrogante ansia de lucro e impunidad abrieron, de tanto forzarla, la caja de los truenos. Pero no están solos. Por la tapa se coló el interés de los empresarios calladitos y cómplices, así como esa demagogia estólida, facilona, oportunista, encarnada por los Rufiancitos de turno, aliada para la ocasión con el fanatismo más analfabeto, intransigente, agresivo e incontrolable. Y en esa pinza siniestra, en ese ambiente de chantaje social facilitado por la dejación que el Estado español ha hecho de sus obligaciones –cualquier acto de legítima autoridad democrática se considera ya un acto fascista–, crece y se educa desde hace años la sociedad joven de Cataluña, con efectos dramáticos en la actualidad y devastadores, irreversibles, a corto y medio plazo. En esa fábrica de desprecio, cuando no de odio visceral, a todo cuanto se relaciona con la palabra España.

Pero ojo. Si esas responsabilidades corresponden a la sociedad catalana, el resto de España es tan culpable como ella. Lo fueron quienes, aun conscientes de dónde estaban los más peligrosos cánceres históricos españoles, trocearon en diecisiete porciones competencias fundamentales como educación y fuerzas de seguridad. Lo es esa izquierda que permitió que la bandera y la palabra España pareciesen propiedad exclusiva de la derecha, y lo es la derecha que no vaciló en arropar con tales símbolos sus turbios negocios. Lo son los presidentes desde González a Rajoy, sin excepción, que durante tres décadas permitieron que el nacionalismo despreciara, primero, e insultara, luego, los símbolos del Estado, convirtiendo en apestados a quienes con toda legitimidad los defendían por creer en ellos. Son culpables los ministros de Educación y los políticos que permitieron la contumaz falsedad en los libros de texto que forman generaciones para el futuro. Es responsable la Real Academia Española, que para no meterse en problemas negó siempre su amparo a los profesores, empresarios y padres de familia que acudían a ella denunciando chantajes lingüísticos. Es responsable un país que permite a una horda miserable silbar su himno nacional y a su rey. Son responsables los periodistas y tertulianos que ahora despiertan indignados tras guardar prudente cautela durante décadas, mientras a sus compañeros que pronosticaban lo que iba a ocurrir –no era preciso ser futurólogo– los llamaban exagerados y alarmistas.

Porque no les quepa duda: culpables somos ustedes y yo, que ahora exigimos sentido común a una sociedad civil catalana a la que dejamos indefensa en manos de manipuladores, sinvergüenzas y delincuentes. Una sociedad que, en buena parte, no ha tenido otra que agachar la cabeza y permitir que sus hijos se mimeticen con el paisaje para sobrevivir. Unos españoles desvalidos a quienes ahora exigimos, desde lejos, la heroicidad de que se mantengan firmes, cuando hemos permitido que los aplasten y silencien. Por eso, pase lo que pase en octubre, el daño es irreparable y el mal es colectivo, pues todos somos culpables. Por estúpidos. Por indiferentes y por cobardes.

Arturo Pérez-Reverte
PATENTE DE CORSO

UNA SOCIEDAD ENFERMA: LA ESTUPIDEZ DE LA BURGUESÍA CATALANA QUE CULPA A ESPAÑA DE SUS FRACASOS

La indiscreta estupidez de la burguesía catalana

Entre los deportes de riesgo extremo, puenting, escalada, surf, etc. habría que catalogar uno nuevo, quizás el más peligroso de todos: “un catalán votando”. Nadie que conozca Cataluña puede comprender que tan buena gente tenga tan pésimos representantes.

Es el síndrome del pihippy, del burgués antisistema, del millonario de izquierdas que ha hecho su fortuna con prebendas públicas obtenidas precisamente por ese izquierdismo. No hace falta dar nombres, todos sabemos, por ejemplo, quiénes, con ese perfil, controlan los medios de comunicación de Cataluña y algunas cadenas de televisión nacionales.

Es muy cool pasear por el Círculo Ecuestre o por el Real (?) Club de Polo, quejándose de Madrit, soñando con una Cataluña libre, Arcadia feliz, por fin liberada de la rémora de España, su sanguijuela eterna, la tenia que impide su desarrollo.

Así una burguesía que debe su riqueza a la existencia de un arancel que ha protegido siempre sus productos a costa de encarecerlos en el mercado nacional en perjuicio de otras regiones, por ejemplo Valencia, que hubieran prosperado muchísimo más en un marco de libre cambio con el exterior, ha presumido constantemente de que han sido sólo su esfuerzo y su gran habilidad empresarial los creadores del tejido industrial catalán. Son sólo Cataluña y los catalanes los responsables de que exista esa riqueza en esa región.

Todos sabemos que SEAT, por ejemplo, es una empresa creada por catalanes exclusivamente que, con su laboriosidad e ingenio, inventaron el automóvil, que la Barcelona Traction and Power fue la inventora de la electricidad y el modelo de todas las compañías eléctricas del mundo, sobre todo por su seriedad financiera, porque las finanzas catalanas siempre han sido ejemplares, el ejemplo a seguir por todos los sistemas financieros desarrollados, que ven con admiración los ejemplos de Banca Catalana, de Caixa Catalunya y de la existencia de la propia Bolsa de Barcelona, otro caso de envidia de Madrit, culpable de la desaparición del ejemplar Mercado Libre de Valores de Barcelona cuyas estafas y quiebra final debieron ser seguramente obra de no catalanes infiltrados. Y da igual que autores tan poco sospechosos de anticatalanismo como Vicens Vives o Jordi Nadal, de quien tuve el honor de ser alumno, sostengan lo contrario, eso no es cool, mejor olvidarlo.

Porque si hace falta mentir y cambiar la historia pues se hace: el reino de Aragón no existió, Casanovas fue un patriota catalán ejecutado por Blas de Lezo, lo que supuso que Cataluña perdiera su independencia en 1714, Franco conquistó Cataluña a sangre y fuego y los patriotas catalanes la defendieron bravamente hasta el último momento y luego se mostraron como antifranquistas irredentos durante cuarenta años, etc.

El problema es que en la realidad esa burguesía dominante nunca ha sido tan brava, los bravos en Cataluña, desde el Noi del Sucre hasta Durruti, han sido los anarquistas, desde el XIX una fuerza muy importante en esa región, primero de forma revolucionaria, hasta que un imperialista español, jerezano, acabó con ellos entre aplausos, hoy también negados, de esa burguesía; posteriormente consiguiendo batir en toda la línea a las fuerzas regulares del ejercito español en julio de 1936, mérito que les fue reconocido con su exterminio posterior por los comunistas, porque Stalin les tenía el mismo cariño que a los burgueses, quienes a su vez, visto lo visto, empezaron a pensar que igual se habían equivocado de bando en la guerra, lo que permitió por ejemplo que Yagüe entrase en Barcelona desfilando por la Diagonal, sin un tiro ni de paqueo.

Pero ya sabemos que todo eso es mentira, propaganda españolista, una vez más esa burguesía reincide en su absurda querencia y se apoya en los actuales antisistema, les sigue el juego, es cómplice con ellos de todas las ilegalidades habidas y por haber y vuelve a ser su cautiva, en una especie de síndrome de Estocolmo inexplicable porque, ¿de verdad alguien con un mínimo sentido común cree en la viabilidad de una nación independiente catalana regida por los políticos que están ciscándose en todos los principios democráticos y ensuciando con su presencia todas sus instituciones? ¿De verdad se sienten representados por ellos?

Y volverá a pasar lo de siempre: la ilegalidad será derrotada en el juego democrático, pero los anarquistas se lanzarán a la conquista de la calle, viviremos jornadas de fuego y sangre, que nadie lo dude, una horda que deja arrasadas las Ramblas cuando celebra un título de liga del Barcelona incendiará algo más que contenedores de basura, para, finalmente, tras algunos centenares de muertos, asistir a otro desfile triunfal por la Diagonal entre ovaciones. Y vuelta a empezar en ese trágico bucle que es la verdadera historia catalana, la que ni se cuenta ni se explica y por eso estamos condenados a repetirla.




Guruceta 

La excitación que el referendo causa en personas por lo demás sensatas se explica por lo que tiene de revancha

Éste es el referendo de las mil batallas perdidas. El Barça y el catalanismo, que tantas veces se han expresado en un solo clamor, son el mismo río que lleva las frustraciones de tantos y tantos catalanes. Un entremezclado sentimiento de agravio, desde Guruceta hasta 1714, ha servido para cancelar cualquier autocrítica, justificar toda clase de mediocridades y convertir cada derrota en un atraco y vivirla desde una endogámica superioridad moral que ha traído más derrotas y más amargas, como siempre que buscamos culpables ajenos en lugar de entender nuestros errores y aprender de ellos.

La excitación que el prometido referendo causa en personas por lo demás sensatas se explica por lo que tiene de revancha. Con él pretenden ganar en el descuento todo lo que en su vida perdieron. La Guerra Civil, el sesentayocho, no haber llegado nunca a ser más inteligentes que sus padres pese a las infinitas lecciones que les dieron, el penalti de Guruceta, que Franco se les durmiera, el odio a la Iglesia, el desprecio de Dios y ese relativismo de listillo universitario que de muy jóvenes les llenó de orgullo y les vació de dignidad y que ha sido la madre de todos sus naufragios. Hay muchos, muchísimos catalanes entre 40 y 70 años que sangran por estas derrotas vividas o heredadas y que pese a ser de clase alta, o media alta, y a la discrepancia formal con la CUP, embisten con su misma desesperación, con su misma rabia.

Tal vez sea su última oportunidad para resarcirse de su derrota permanente y por eso buscan con la independencia de Cataluña -que hace cinco años que les importa, nunca antes- dar un destino a sus vidas que al final las salve de esa vulgaridad, amorfa y sin esperanza, a la que siempre conduce la arrogancia. Esta pulsión, tan emocional, cocida al fuego humillante de tantísimos fracasos, explica la transversalidad del independentismo y por qué en determinados ambientes de bienestar y orden se llega a coquetear con lo revolucionario. El catalanismo, como el barcelonismo, se basa en un sentimiento de agravio, en una supuesta deuda eterna, en una rabia alimentada de generación en degeneración que en todo te da la razón y que de cualquier culpa te libera. 

La idea de que España nos odia, nos perjudica, nos hace trampas y nos roba ha promovido no sólo un catalanismo sino una sociedad catalana ajena a la autoexigencia, narcisista, autocomplaciente, que está tan persuadida de tener razón que la menor discrepancia la ve como un insulto o como una traición, como el sonido del silbato de Guruceta o los cañones del duque Berwick justo antes de que capitulara Barcelona.

martes, 8 de agosto de 2017

EL DESQUICIAMIENTO CONTRACULTURAL

La tecnocracia ha encontrado en la contracultura un aliado de un valor excepcional, con ella la industria política puede crear nuevos mercados, generar nuevas necesidades aun a costa de interferir en los aspectos más sagrados de nuestra privacidad.

Si había una característica específica de la civilización occidental era la capacidad de revaluarse constantemente, de hacer crítica y rectificar cuando era imperativo. Y aunque la memoria colectiva fuera frágil y estuviera al albur de los cambios generacionales, el reconocimiento de nuestra Historia nos servía para en última instancia evitar descarrilar.

Este espíritu crítico es lo que nos ha permitido avanzar mediante la prueba y el error, convirtiendo nuestra civilización en la más racional. Evidentemente, no hay civilización perfecta. Pero esta capacidad de reevaluación nos ha permitido rectificar y progresar, evitando quedar atrapados en un bucle temporal sin solución como ha sucedido con otras civilizaciones o, mejor dicho, culturas.

Entre los 60 y los 70, la capacidad de reevaluación occidental se transformó en la negación de lo que somos

En efecto, la característica de la sociedad occidental es la crítica y la renovación continua, una virtud tan antigua como la Controversia de Valladolid, de 1550. Sin embargo, esta crítica se desquició, derivando en una ruptura total en los años 60 (desconexión con la tradición). Entre los 60 y los 70, la capacidad de reevaluación occidental se transformó en la negación de lo que somos; dejó de servirnos para avanzar, para descartar lo que no funcionaba, y empezó a desconectarnos de nuestro pasado. Y se estableció el complejo de culpa colectivo, un nuevo creacionismo según el cual todos los occidentales llegaban al mundo con un pecado original, cuando la culpa sólo puede relacionarse con los actos de cada individuo, no con las acciones de terceros; mucho menos con hechos que ocurrieron cuando uno no había ni nacido.


En la actualidad, las instituciones -formales e informales- están siendo demolidas, de tal suerte que nuestro marco de entendimiento común ha quedado gravemente dañado. Y las democracias cada vez son menos racionales y más peligrosamente emocionales, imponiéndose la subjetividad del deseo a la razón. Ya nada es real y, a la vez, cualquier cosa puede serlo si el individuo lo necesita para sentirse bien. Es el triunfo de la “cultura del victimismo” frente a la “cultura de la dignidad.

La contracultura 

Si hay un entorno donde la contracultura manda y mucho, más que en la universidad, es en el periodismo. Ocurre que, en la era de las redes sociales, los grupos organizados han ganado un enorme poder en la difusión de contenidos. Y el “clickbait” que estos grupos proporcionan queda a tiro de piedra si se defiende sus dogmas, pero no si se dice la verdad. Por eso abundan los medios y profesionales cuyos contenidos refuerzan valores contraculturales, como la creencia de que el género es una construcción social, mientras que la realidad científica es hurtada al gran público.

Si hay un entorno donde la contracultura manda y mucho, más que en la universidad, es en el periodismo

La prueba del algodón es que muy rara vez un periodista se hará eco de estudios como Brain Connectivity Study Reveals Striking Differences Between Men and Women, de Ragini Verma; Addressing Sex as a Biological Variable, de Eric M Prager; Sex/Gender Influences on the Nervous System: Basic Steps Toward Clinical Progress, de Claudette Elise Brooks y Janine Austin Clayton; Understanding the Broad Influence of Sex Hormones and Sex Differences in the Brain, de Bruce S. McEwen y Teresa A. Milner; Why Sex Hormones Matter for Neuroscience: A Very Short Review on Sex, Sex Hormones, and Functional Brain Asymmetries, de Markus Hausmann; Sex, Hormones, and Genotype Interact To Influence Psychiatric Disease, Treatment, and Behavioral Research, de Aarthi R. Gobinath, Elena Cholerisy Liisa A.M. Galea; Effects of Chromosomal Sex and Hormonal Influences on Shaping Sex Differences in Brain and Behavior: Lessons From Cases of Disorders of Sex Development, de Matthew S. Bramble, Allen Lipson, Neerja Vashist y Eric Vilain; Gender Differences in Neural Correlates of Stress-Induced Anxiety, de Dongju Seo, Aneesha Ahluwalia, Marc N. Potenza y Rajita Sinha…

En la neurociencia el consenso es atronador: el género está a mil jodidas millas de ser una mera construcción social

Podría seguir añadiendo referencias hasta llenar folios enteros, porque, asómbrense, en la neurociencia el consenso es atronador:el género está a mil jodidas millas de ser una mera construcción social. Una sociedad sana debería aceptarlo, y de forma positiva, porque la diferencia no es un problema sino una ventaja. Hombres y mujeres no son mejores ni peores sino complementarios, y la inteligencia o la estupidez se encuentran equitativamente repartidas entre ambos sexos. Esta es la realidad

Pero no sucede así. La contracultura prevalece. Las diferencias son producto de los estereotipos. Y amén. Quien argumente lo contrario será acusado de estar en “fase de negación”.

Así, explicar por qué la expresión "niños transexuales", tan habitualmente utilizada en los medios, es incorrecta, puede acarrearnos un disgusto. Sin embargo, lo cierto es que un niño no puede ser transexual por la sencilla razón de que es condición imprescindible y previa la maduración sexual. Todo transexual es adulto, nunca niño.

Crear falsas expectativas a sabiendas no es bondad sino crueldad

Cuestión distinta es la disforia de género. Pero aquí la American Academy of Pediatrics revela que, aunque del 2% al 5% de los varones y del 15% al 16% de las niñas llegan al convencimiento de que pertenecen al sexo opuesto, la prevalencia final es sólo del 0,01% (1 entre 10.000 a 30.000). ¿Decir esto es odiar a los transexuales? No, es evitar la confusión. Por el contrario, crear falsas expectativas a sabiendas no es bondad sino crueldad.

La industria de la política

Pero no sólo es el género. La contracultura avanza en todos los frentes, condicionando los hábitos alimenticios, alterando la jerarquía entre animales y personas, distorsionando el ordenamiento territorial (secesionismo), expropiando las ciudades, invirtiendo los principios del Derecho, manipulando la educación, liquidando la autoridad de los padres y la Autoridad en general y, ahora, también se dispone a demonizar el turismo. En definitiva, la contracultura primero generó una neolengua, pero después se tradujo en reglas informales hasta que, finalmente, ha interferido la acción legislativa y se ha inmiscuido en los más recónditos rincones de la vida privada de las personas.

La contracultura es un mecanismo de control descontrolado del que viven periodistas, políticos, expertos, empresarios y activistas de todo tipo y condición

Hay quien prefiere llamar a todo esto marxismo cultural, pero a mi juicio esta denominación es un error. La contracultura es un fenómeno que se reproduce en todo el espectro político. Y asociarlo en exclusiva al marxismo puede inducir al error de que nos enfrentamos a un puñado de fanáticos. Y que, por lo tanto, la alarma es exagerada o está sesgada.

El verdadero peligro es que la tecnocracia ha encontrado en la contracultura un aliado de un valor excepcional, con ella la industria política puede crear nuevos mercados, generar nuevas necesidades aun a costa de interferir en los aspectos más sagrados de nuestra privacidad. Además, la endiablada capacidad de mutación de la contracultura la ha llevado a escapar al control de sus presuntos ideólogos. Hoy es un mecanismo de control descontrolado del que viven periodistas, políticos, expertos, empresarios y activistas de todo tipo y condición. Infinidad de gente cuyo denominador común es alcanzar notoriedad y bienestar material liquidando el marco de entendimiento común y empujando a la sociedad occidental al desquiciamiento. Así, cada vez que escuchen aquello de "hemos avanzado bastante, pero aún queda mucho por hacer", prepárense para lo peor.

Javier Benegas vozpopuli 08.08.2017 

martes, 1 de agosto de 2017

El oscuro secreto del secesionismo

"Hay que cambiar no ya cuarenta años, sino quinientos años de la Historia de España". 

La frase, pronunciada por Jordi Pujol en 1979, desvela el oscuro secreto de un nacionalismo que, al contrario que el viejo catalanismo, no tenía como fin preservar los particularismos culturales, sino destruir la identidad española.

El pasado jueves 27 de julio, en la tercera del diario ABC firmaba Antonio Garrigues Walker la pieza titulada "Una solución digna y civilizada". Con un equívoco tono moderado, el autor apelaba al entendimiento y el diálogo entre los catalanes y el resto de españoles. En realidad, el ruego iba dirigido al gobierno del Estado español y, a lo que parece, en nombre de la Generalitat.

La pieza generó gran indignación, ya que no sólo abundaba en la supremacía catalana, sino que, en base a este argumento, exigía al Estado español una compensación. Así, la pieza nos regalaba párrafos de la siguiente factura

Cataluña tiene que sentir la profunda admiración del resto de España por todo lo que ha hecho –más sin duda que ninguna otra comunidad– en el proceso de desarrollo, modernización y enriquecimiento de nuestra vida democrática, económica y cultural. Sin Cataluña hubiera sido absolutamente imposible alcanzar el grado de progreso actual. Cataluña tiene que sentir además que respetamos sin reservas –e incluso con cierta envidia– la pasión por su identidad, por su lengua, por su cultura, por su historia y también sus deseos de alcanzar las máximas cotas posibles de autogobierno.”

Los nacionalistas catalanes deberían respetar la pasión que los españoles tienen por su identidad, por su lengua, por su cultura y por su historia

Podríamos, como muchos articulistas han hecho, indignarnos o recurrir a invertir los términos y afirmar, con mucho más fundamento, que el concepto de España debería ser respetado y valorado por todos. Que Cataluña jamás habría sido la región próspera y pujante que en su día llegó a ser si no hubiera sido por la nación española. Y que los nacionalistas catalanes deberían respetar la pasión que los españoles tienen por su identidad, por su lengua, por su cultura y por su historia. Pero esto sería abundar en un debate trillado. Es hora de ir más allá y desvelar el oscuro secreto del nacionalismo.

España como tabú
Lo primero que conviene aclararle a Garrigues Walker, y a otros muchos que se prestan a ejercer de dragomán, es que, durante la Transición, la idea de España como nación se convirtió en tabú, incluso la mera denominación quedó proscrita. De hecho, para evitar pronunciar la palabra prohibida, empezaron a utilizarse diferentes acepciones, como “este país”, “el Estado español” o “el gobierno de Madrid”. España fue degradada a la categoría de mera Administración que, claro está, se troceó convenientemente, estableciéndose de manera formal una jerarquía administrativa que, sin embargo, podía ser renegociada informalmente una y otra vez. Por eso, cuando Pedro Sánchez afirma que España es una nación de naciones lo que nos dice en realidad es que es España es, a lo sumo, una administración de administraciones.

Esta conversión de la nación en un concepto puramente administrativo y enajenado de la comunidad fue utilizada por la oligarquía catalana para, de manera progresiva, convertir su demarcación territorial en administración independiente. Y aquí es oportuno citar la última frase del párrafo de Garrigues Walker, donde propone como solución “alcanzar las máximas cotas posibles de autogobierno”. Porque ¿qué otra cosa puede significar “las máximas cotas de autogobierno” sino la independencia?

El nacionalismo es contracultura
"Hay que cambiar no ya cuarenta años, sino quinientos años de la Historia de España". Esta frase, pronunciada por Jordi Pujol el 10 de junio de 1979, desvela el oscuro secreto de un nacionalismo que, al contrario que el viejo catalanismo, no tenía como fin preservar los particularismos culturales, sino destruir una identidad española que en esencia era también la catalana.

El nacionalismo es un movimiento intrínsecamente contracultural. Tan contracultural como lo fue la “New Left”

O como hoy lo siguen siendo unas mutaciones de las que el propio Theodor Adorno abjuró en la década de los 60.

En efecto, el nacionalismo catalán ha progresado bajo las reglas de la Corrección Política que dividen a los individuos en víctimas y verdugos, grupos fuertes y grupos débiles, y con las que numerosos grupos de interés someten a la sociedad. El recurrente y falso victimismo de los nacionalistas lo certifica.

¿Es Jordi Pujol un marxista? Sí, pero de Groucho Marx
La corrección política es considerada como una suerte de marxismo cultural. Se vincula su origen a la Escuela de Fráncfort y su Teoría Crítica. Sin embargo, hablar de marxismo cultural es un reduccionismo que no se corresponde con la realidad. Cierto es que cuando el desarrollo tecnológico y la evolución social dejaron inservible la teoría de la confrontación entre proletarios y capitalistas, la izquierda tuvo que idear nuevos grupos de explotadores y explotados, opresores y oprimidos, verdugos y víctimas. Sin embargo, la Corrección Política ha terminado propagándose por todo el espectro político.

Tanta discriminación por resolver, tanta víctima por resarcir justifica la intervención arbitraria de los políticos

Tiene su lógica. Tanta discriminación por resolver, tanta víctima por resarcir justifica la intervención arbitraria de los políticos y, también, abre la puerta a un ejército de expertos, académicos y burócratas que, por sí sólo, impulsa una industria siempre ávida de recursos que, de otra forma, no se podría justificar. Una máquina de ingeniería social que se sirve a sí misma y que crea infinitas oportunidades de negocio a costa de una sociedad cada vez más polarizada, alienada e infantil.

En este nuevo contexto, la opresión, la división entre víctimas y verdugos ha adoptado formas cada vez más nebulosas, difíciles de apreciar de manera inequívoca, incluso de demostrar, que la clásica explotación del trabajador. Esta confusión es lo que ha permitido la entrada de nuevos jugadores. Primero, en efecto, fueron las mutaciones de la vieja izquierda. Pero más tarde otros grupos, como los nacionalistas, que vieron en la dinámica de la Corrección Política la forma de alcanzar sus objetivos. De ahí la proliferación de retorcidas y destructivas teorías sociológicas que la gente acaba asumiendo tras abrumadoras campañas de propaganda. Incluso disparates como la “plurinacionalidad” que demuestran cómo, en esta industria emergente, no existen límites a la imaginación.

Se ha liquidado el principio de la igualdad ante la ley, cualquier marco de entendimiento común y, en consecuencia, la comunidad que da lugar a la nación

Así, el nuevo feminismo no busca como antaño la igualdad, sino la identificación de la mujer como grupo víctima al que hay que proporcionar un orden legal diferenciado y, en consecuencia, una dotación presupuestaria siempre creciente. O la defensa de un multiculturalismo que no pretende la integración del forastero, sino su derecho a la segregación cultural al albur de políticas sociales con una sed insaciable de recursos. Todo esto, además de convertir el feminismo, el multiculturalismo y el nacionalismo en negocios políticos, ha liquidado el principio de la igualdad ante la ley, cualquier marco de entendimiento común y, en consecuencia, la comunidad que da lugar a la nación.  

Hoy es más acertado hablar de contracultura que de marxismo cultural, puesto que de la Corrección Política se sirven grupos de interés que no es que carezcan de raíces marxistas, es que son incompatibles entre sí. Su único denominador común es, precisamente, la Corrección Política. El nacionalismo catalán es uno de estos grupos. De hecho, cuando Jordi Pujol pronunció aquella frase en 1979, el movimiento nacionalista catalán era bastante menos que marginal, y la sociedad catalana, aun con sus particularismos, era profundamente española. Lo lógico es que, con el tiempo, el nacionalismo hubiera desaparecido por completo. Hoy, sin embargo, el secesionismo se ha convertido en una amenaza tan disparatada como real.

Era cuestión de tiempo que la apuesta de la oligarquía catalana por depurar su identidad española la dejara a merced de una izquierda loca

Pero los viejos nacionalistas en el pecado llevan ya la penitencia. Al fin y al cabo, además de aflorar su corrupción, era cuestión de tiempo que la apuesta de la oligarquía catalana por depurar su identidad española la dejara a merced de una izquierda loca que, además de ser pura y dura contracultura, ha probado las mieles del presupuesto.

Lamentablemente, mientras la integridad territorial de España se ve seriamente amenazada, todos los partidos políticos han considerado prioritario dedicar sus esfuerzos a suscribir un Pacto de Estado contra la Violencia de Género… en uno de los países del mundo donde este tipo de lacra es más residual

Es decir, mientras los turcos asaltan la ciudad, el emperador Constantino discute con los teólogos sobre el sexo de los ángeles.

miércoles, 12 de julio de 2017

VENEZUELA, UN ASUNTO MÁS DE LA POLÍTICA ESPAÑOLA


Hace tiempo que el asunto entró de lleno en la política nacional. Y ahí sigue, abriendo telediarios y buscando reacciones de los partidos.

Ocasión de retratarse ante quienes han empobrecido Venezuela y la han puesto al borde de la guerra civil. Desde sus admiradores de Podemos, donde Monedero sostiene que allí funciona el Estado de derecho, hasta Ciudadanos, donde Albert Rivera califica a Podemos de sucursal chavista.

Lo último es la puesta en libertad vigilada de Leopoldo López, condenado a 13 años de cárcel por incitación a la violencia en las protestas callejeras de 2014 (43 muertos). El líder de Voluntad Popular y cabeza visible de la oposición al chavismo ha calificado de “amiguete” al ex presidente Zapatero, cuyo papel de facilitador nunca fue del agrado del también ex presidente Felipe González. Por cierto, ambos militantes, pero no simpatizantes, del PSOE liderado por Pedro Sánchez.

En cuanto a los respectivos gobiernos, viven en crisis diplomática permanente desde que Maduro calificó a Rajoy, entre otras lindezas, de “bandido” y “protector de delincuentes y asesinos”. Solo por haber reclamado lo que ahora el propio Maduro aplaude como un acierto del Tribunal Supremo de Venezuela: la libertad de Leopoldo López (arresto domiciliario, en realidad, bajo custodia policial), el mundialmente famoso preso político del chavismo.

Se produjo este fin de semana y se celebró en la plaza de España de Madrid como un paso atrás de Maduro ante el empuje callejero de un pueblo con hambre atrasada de pan y de libertades. Sin embargo, aún quedan en las cárceles 433 presos políticos (datos de la ONG Foro Penal). El número se ha disparado en estas últimas semanas por el activismo callejero.

De ellos se ha acordado Pedro Sánchez, líder del PSOE, en una primera reacción a través de las redes sociales: “Hay que felicitarse por que Leopoldo López esté ya en casa con su familia, pero quedan muchos presos políticos en Venezuela”.

Expresa una preocupación habitual en las declaraciones del propio López. Y ahora los seguidores de este se preguntan si, habiendo rechazado siempre la libertad mientras hubiera otros presos políticos (“Yo tengo que salir el último”), de pronto ha cambiado de idea o es que le han obligado a aceptar la excarcelación.

Eso es lo que se preguntan los miembros de la Asociación Civil Venezolanos en España, que este sábado mostraban su alegría por la noticia y, al tiempo, su escepticismo por si López hubiera bajado su nivel de exigencia respecto a los presos políticos que no han corrido la misma suerte.

Véase cómo las ataduras históricas, idiomáticas, culturales, que están ahí desde hace cinco siglos, han hecho de la crisis venezolana un asunto más de nuestra política doméstica. Razón añadida es la aparición de Podemos, un partido emergente de bien retribuida afinidad al régimen chavista.

Agua de mayo para pregoneros del antichavismo, que nos visitan en busca de arropamiento y solidaridad con referencias analógicas al partido de Iglesias. O sea, que nos puede pasar lo mismo si alimentamos a los amigos españoles de Maduro. Y por el mismo precio, los políticos españoles que recelan de Podemos potencian el seguimiento de la política venezolana con la intención de frenar el avance de la izquierda mochilera.


El resultado está a la vista. Lo que ocurre o deja de ocurrir en aquel país entra de lleno en la agenda política española, donde también se instala la preocupación por las inversiones de nuestras grandes multinacionales (Repsol, Mapfre, Telefónica, Iberia, BBVA…) y donde se recitan de memoria los males del régimen chavista: pobreza, represión, inseguridad, desabastecimiento, corrupción y comportamiento tiránico del presidente, Nicolás Maduro, siempre a la caza de atajos legales para hacer de su capa un sayo.

Antonio Casado en El Confidencial 10 Julio, 2017 

PODEMOS ANTE EL ESPEJO ROTO

La repulsa a Maduro significaría para ellos abdicar de su superioridad ideológica y moral, dar por fracasado su modelo

Quizá algún día, en el improbable caso de que lleguen a consumar su asalto al poder e impongan su anhelo distópico de una sociedad nueva, los dirigentes de Podemos se atrevan a explicar la verdadera razón de su contumaz complicidad con el régimen de Venezuela. No ya con el chavismo, que hasta sus últimos valedores consideran traicionado, sino con la desfigurada y trágica parodia revolucionaria en que Maduro ha convertido su resistencia. Es una realidad objetiva que al partido morado le convendría electoralmente distanciarse de esa degeneración siniestra, por mucha afinidad sentimental y mucho padrinazgo fundacional que le deba; sin embargo, ni el evidente patetismo de la agonía venezolana, que avergüenza a cualquier sociedad democrática, logra arrancar de Pablo Iglesias ni de su entorno una condena tajante y expresa. No ya una repulsa política sino una simple expresión de distancia ética.

Este silencio, en el mejor de los casos equidistante o ambiguo, no puede obedecer sólo al original patrocinio financiero, por más que los maduristas puedan saber demasiados detalles antipáticos sobre ese mecenazgo primigenio. 

Más bien parece que se trata de un fenómeno de cerrazón ideológica, de terquedad en la defensa de un modelo. Los podemistas son conscientes de la sombría degradación del poder post-chavista pero se niegan en redondo a renunciar a sus fundamentos. A romper el espejo de sus convicciones, a aceptar la derrota moral que para ellos supondría reconocer que el proyecto piloto de un nuevo orden libertador expira en medio de estertores sangrientos. Y buscan, como hizo la vieja izquierda ante el corrupto declive del castrismo, atenuantes casuísticos y conspiraciones culpables para esquivar la para ellos desasosegante certeza de que el proyecto comunista acaba siempre en el hambre del pueblo.

Pero al menos los antiguos marxistas acabaron por admitir que los regímenes de Cuba o de la URSS habían malversado sus ideales, que las nomenclaturas políticas -la casta- se habían convertido en usurpadoras ilegítimas de una fe igualitaria que seguía intacta en sus principios y conceptos. Éste es el paso que aún no ha dado Podemos, cuya dirigencia exhibe tal grado de soberbia narcisista que es incapaz de reprobar el envilecimiento de su paradigma para que nadie piense que se equivocaron de ejemplo. Iluminados y persuadidos de su mitológica misión redentora, se resisten a reconocer el fracaso de su arquetipo original aunque no estén tan ciegos para no asumirlo en su fuero interno.

Porque eso equivaldría a confesar la posibilidad de no tener razón, a abdicar siquiera en teoría de su superioridad, a abrir un resquicio de duda en su autoconvencimiento. Y hasta ahí podíamos llegar: el artículo primero del manual del caudillaje dice que los jefes nunca se equivocan, y el segundo que en el remoto caso de que se equivoquen… se aplicará el artículo primero.

jueves, 15 de junio de 2017

EL TESORO MALDITO DE MOCTEZUMA

El tesoro maldito de Moctezuma: las toneladas de oro que perdió Hernán Cortés en su noche más triste

Alonso Yáñez, calificado como «carpintero de lo blanco», se encontró con una puerta tapiada cuando estaba construyendo un altar cristiano en un palacio azteca. Al otro lado se hallaba uno de los tesoros más grandes conocidos

El 8 de noviembre de 1519 tuvo lugar al fin en la capital azteca el deseado encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma II. Al mando de 518 infantes, 16 jinetes y 13 arcabuceros, el extremeño se había internado hacia el corazón del Imperio azteca sumando para su causa, derrotando en muchos casos, a las tribus vasallas de Moctezuma y había logrado ser recibido por el dirigente azteca como un emisario de otro emperador, Carlos V de Alemania y I de España. Aquello iba a suponer la perdición del soberano azteca. Lejos de la visión grotesca dada por la leyenda negra, lo cierto es que la personalidad de Cortés era embriagadora y se le tenía por un seductor de serpientes. No le resultó complicado ganarse el favor de Moctezuma y obtener permiso para instalarse en el palacio de Axayácatl, perteneciente al padre de Moctezuma.

El soberano azteca quedó seducido por la la personalidad de Cortés, que entre veladas amenazas y palabras sedosas iba ganando más terreno y poder en Tenochtitlan. Montezuma solo se negó abiertamente a construir un altar cristiano en el Templo Mayor de la ciudad para acabar con la idolatría pagana, pero accedió a que se levantara en el palacio donde residían los conquistadores. Uno de los soldados, Alonso Yáñez, calificado como «carpintero de lo blanco», se encontró con una puerta tapiada cuando estaba construyendo el altar, tras lo cual avisó a sus compañeros y al propio Cortés, quienes no dudaron en romper la pared. No habían recorrido medio mundo para ahora frenarse por una puerta... El conquistador y cronista Bernal Díaz del Castillo relata el suceso:

«…secretamente se abrió la puerta: y cuando fue abierta, Cortés con ciertos capitanes entraron primero dentro, y vieron tanto número de joyas de oro Y planchas, y tejuelos muchos, y piedras de chalchihuites y otras grandes riquezas, y luego lo supimos entre todos los demás capitanes y soldados, y lo entramos a ver…»

Los frutos de un imperio rico y gigante

El Imperio azteca era la formación política más poderosa en la historia del continente que, según las estimaciones, estaba poblada por 15 millones de almas y controlado desde la ciudad-estado de Tenochtitlan, que floreció en el siglo XIV. Usando la superioridad militar de sus guerreros, los aztecas y sus aliados establecieron un sistema de dominio a través del pago de tributos sobre numerosos pueblos, especialmente en el centro de México, la región de Guerrero y la costa del golfo de México, así como algunas zonas de Oaxaca. Hernán Cortés no tardó en darse cuenta de que el odio de los pueblos dominados podía ser usado en beneficio español. En su camino hacia Tenochtitlán, los conquistadores lograron el apoyo de los nativos totonacas de la ciudad de Cempoala, que de este modo se liberaban de la opresión azteca. Y tras imponerse militarmente a otro pueblo nativo, los tlaxcaltecas, los españoles lograron incorporar a sus tropas a miles de guerreros de esta etnia.

Moctezuma II estaba considerado un gran monarca debido a su reforma de la administración central y del sistema tributario. Los frutos de su reinado fueron ricos y las arcas estaban repletas cuando llegó Cortés, si bien lo que los españoles hallaron detrás de la puerta tapiada fue el tesoro del anterior monarca, su padre. De hecho parece que se trataba de una especie de recámara o sala del tesoro.

Así y todo, las fuentes indígenas presentan otra versión de los hechos, donde los conquistadores aparecen como unos saqueadores y unos abusadores de la confianza azteca:

«Y cuando hubieron llegado a la casa del tesoro, llamada Teucalco, luego se sacan fuera todos los artefactos tejidos de pluma, tales como, travesaños de pluma de quetzal, escudos finos, discos de oro, los collares de los ídolos, las lunetas de la nariz; hechos de oro, las grebas de oro, las ajorcas de oro, las diademas de oro […] y anduvieron por todas partes, anduvieron hurgando, rebuscando la casa del tesoro, los almacenes, y se adueñaron de todo lo que vieron.»

De una forma u otra, los españoles se apropiaron de todos estos tesoros y los juntaron con los conseguidos durante su campaña hacia Tenochtitlan. Y a pesar del malestar creciente por las acciones de los conquistadores, Moctezuma dirigió en esos días un discurso conciliador frente a su pueblo donde se reconoció como vasallo de Carlos I y pidió rendir obediencia a los extranjeros. El soberano era a esas alturas ya prisionero de los españoles y no estaba en condiciones de negarles nada.

Sin embargo, cuando los ánimos parecían calmarse y los invasores planeaban su salida de la ciudad con los tesoros llegó la noticia de que el gobernador Diego Velázquez había confiscado en la isla de Cuba los bienes de Hernán Cortés por conducir la empresa sin su permiso y había organizado un ejército que constaba de 19 embarcaciones, 1.400 hombres, 80 caballos, y veinte piezas de artillería con la misión de capturar al extremeño.

El caudillo español se vio obligado a salir de la ciudad, junto a 80 hombres, para enfrentarse al grupo enviado por Velázquez. Cortés se impuso, valiéndose de un ataque sorpresa, a sus compatriotas, que también le superaban en número, y pudo regresar meses después con algunos refuerzos a Tenochtitlán. No obstante, allí su ausencia resultó fatal para los intereses españoles. Al mando de Pedro de Alvarado, la guarnición española se atrincheró en torno al tesoro amontonado, mientras la ciudad entraba en ebullición por el secuestro de su monarca y los excesos hispánicos. La muerte de algunos notables aztecas por orden de Alvarado porque planeaban supuestamente dirigir una rebelión contra los españoles desbordó la paciencia de la población indígena, que deseaban ver a los españoles en la piedra de los sacrificios más pronto que tarde.

Durante unos días, los europeos intentaron utilizar de nuevo a Moctezuma para calmar los ánimos, pero fue en vano. Díaz del Castillo relata que Moctezuma subió a uno de los muros del palacio para hablar con su gente y tranquilizarlos; hasta que la multitud enardecida comenzó a arrojar piedras, una de las cuales hirió al líder azteca de gravedad durante su discurso. El emperador falleció tres días después a causa de la herida e, invocando la amistad que había entablado con Cortés, le pidió que favoreciese a su hijo de nombre Chimalpopoca tras su muerte.

En la llamada Noche Triste, el 30 de junio de 1520, Cortés y sus hombres se vieron obligados a huir desordenadamente de la ciudad, acosados por los aztecas. Cortés tomó esta decisión de salir secretamente en la noche presionado por sus capitanes. Y lo hizo sabiendo que aquello suponía abandonar uno de los mayores tesoros de la historia, entre joyas, objetos varios y oro fundido en barras, valorado en 700.000 ducados, de los que había que descontar una quinta parte para la Corona castellana.

Hernán Cortés expresó que «los soldados que quisieren sacar dello, desde aquí se lo doy, como se ha de quedar aquí perdido entre estos perros». Y esa fue precisamente la razón de la lente marcha de la expedición española en su salida de la ciudad. Muchos de los conquistadores iban cargados de metales brillantes entre sus pertrechos. Asimismo, el capitán extremeño dispuso que siete caballos heridos y una yegua transportaran fuera de la ciudad al menos el oro perteneciente al Rey, en tanto el capitán Juan Velázquez de León y varios criados nombrados por Cortés debían defender el carro.

El factor secreto se perdió en pocos minutos. Una mujer que estaba sacando agua de su hogar descubrió a los españoles en su retirada de la ciudad y dio la voz de alarma. Miles de guerreros aztecas cayeron sobre los hombres de Cortés y sus aliados tlaxcaltecas (unos 2.000), con un balance de más de 600 europeos muertos. Varios testigos afirmaron que el capitán Juan Velázquez de León murió defendiendo el oro del Rey, que había quedado perdido en la retaguardia.

El sueño del oro perdido
¿Qué fue de aquel tesoro?, ¿y del que se abandonó en el palacio azteca? Al día siguiente los soldados indígenas recogieron todo lo abandonado por los españoles, incluido el oro que se había hundido en el lago sobre el que se asentaba la ciudad, y los cadáveres fueron registrados de forma concienzuda. La venganza, no en vano, estaba cerca de llegar. Poco tiempo después de la Noche Triste se libró la batalla de Otumba, donde los españoles se vengaron y dieron cuenta de la superioridad militar de las técnicas y tácticas europeas.

Una vez caído el Imperio azteca tras un asedio a la ciudad y capturado el último emperador en 1521, los españoles mantuvieron la esperanza, convertida en una obsesión, de que los aztecas hubieran escondido el tesoro de nuevo en uno de los palacios de Tenochtitlán o incluso lo hubieran arrojado a la laguna. Es por ello que saquearon todo a su paso y el tesorero Julián de Alderete insistió en torturar al emperador Cuauhtémoc y al señor de Tlacopan con la quema de sus pies con aceite hirviente para que revelaran la ubicación del tesoro.

El resultado del interrogatorio confirmó que «cuatro días antes que le prendiesen echaron a la laguna todo el oro, tiros, escopetas, ballestas». Pero a pesar de que los españoles se zambulleron en la zona señalada, no se encontró «ni rastro del tesoro de Moctezuma, que tenía gran fama», afirma el cronista Francisco López de Gómara. Solo se halló allí un poco del oro.

Posteriores torturas dieron con nuevas zonas de rastreo en la laguna, pero el tesoro no pudo volver a ser reunido. El sueño de recuperar algún día estas riquezas escondidas se instaló en el imaginario de estos conquistadores, al estilo de la leyenda de El dorado. Sin ir más lejos, el hijo de Cortés, Martín, segundo marqués del Valle de Oaxaca, auspició varias expediciones para dar con el tesoro. Y ya en el año de 1637, se presentó ante el virrey de Nueva España, Marqués de Cadereyta, el indígena Francisco de Tapia, que decía ser descendiente de aztecas, diciendo saber dónde estaba el fabuloso tesoro de Moctezuma. Este se encontraba según su testimonio en «la laguna grande de San Lázaro, entre el peñol de los Baños y el del Marqués, en un pozo en que acostumbraban bañarse antiguamente…». En ambos casos las búsquedas no lograron su fin.

La parte del tesoro que cayó en manos piratas

Una parte del botín obtenido tras la conquista de la capital azteca fue embarcado en tres carabelas, que partieron en 1522 de San Juan de Ulúa con el objetivo de dirigirse directamente a España y convencer a Carlos I de la lealtad de Hernán Cortés. No obstante, el corsario francés Fleury reunió una flota de seis barcos, tres de ellos con más de 100 toneladas, y atacó a los españoles en las proximidades del cabo de San Vicente. Solo le pudo salvar uno de los barcos, el dirigido por el capitán Martín Cantón, que evitó el combate y logró ocultarse en la isla de Santa María a la espera de que desde Sevilla enviaran ayuda. Una vez en Francia, un porcentaje del tesoro pasó directamente a las arcas reales, mientras que una parte se expuso al público en 1527 en una fiesta organizada en la mansión del armador Ango.

SOBRE EL ODIO AL IMPERIO ESPAÑOL

El odio al imperio español no es algo original, es un odio similar al que los griegos sintieron por el romano, o el que los franceses e ingleses sintieron en los siglos XVIII y XIX por el ruso

La Inquisición ejecutó a unas 30 personas al año entre Europa y América de los siglos XVI al XIX.

Hace muchos años, leí cómo la Inquisición española, que operó durante más de 300 años en España y las Indias, generó un número de condenados a muerte inferior a las 3.000 personas, según el hispanista británico Kamen, cifra que aumentaría según otros estudiosos hasta 10.000. El número de condenados sobre el total de procesados se acerca al 4%, muy por debajo de lo que comúnmente se piensa. A su vez, muy pocos fueron quemados vivos, en contra de lo que se cree, ya que este castigo se reservaba a los 'relapsos' o gente que habiendo confesado luego se desdecía. En este punto, resultan sangrantes las confesiones por tortura, pero según la documentación de la Inquisición valenciana, tan solo un 2% de los procesados eran sometidos a tortura.

También es importante precisar que entre los condenados de la Inquisición no solo figuran 'delitos' religiosos, sino también procesos por delitos más comunes como la pederastia o la falsificación de monedas. Además, en las Indias el mandato de la Inquisición solo se dirigía a colonos, no a indígenas, indígenas que por otro lado siempre figuraron en los censos de población realizados por los funcionarios reales, junto a la población europea o mestiza, algo que nunca ocurrió con los censos ingleses o franceses. En conjunto, la Inquisición ejecutó a unas 30 personas al año entre Europa y América entre los siglos XVI y XIX.

Muy posiblemente, la Inquisición española fue nociva para el país y su progreso, inmoral en sus métodos e inaceptable en sus planteamientos, pero su extensa documentación permite a los historiadores cifrar realidades y combatir con estas los mitos que generan las leyendas, a veces amplificadas por el cine y la cultura popular. La 'leyenda negra' de la Inquisición se popularizó desde mediados del siglo XVI, exagerando en muchos casos sus perniciosas acciones.

En la matanza de San Bartolomé, los franceses mataron en una noche entre tres y cuatro veces la gente que mató la Inquisición en 300 años

Pues bien, la matanza sobre los hugonotes protestantes instigada por Catalina de Médici y perpetrada por católicos franceses en la noche de San Bartolomé, el 23 de agosto de 1572, alcanzó el rango de 10.000 a 20.000 asesinatos. En otras palabras, los franceses mataron en una noche entre tres y cuatro veces la gente que mató la Inquisición en 300 años.

Sin embargo, ¿qué leyenda negra ha perdurado?

Si la Inquisición española es uno de los grandes pilares de la leyenda negra, el otro gran vector en el que se basó la leyenda negra fue el 'genocidio' en América. Si las afirmaciones del fraile español Bartolomé de las Casas sobre la intensidad de las masacres cometidas por los españoles sobre los indios fueran ciertas, cada español hubiera tenido que matar 16 indios al día desde la llegada de Colón a América hasta la independencia de las colonias en el primer tercio del siglo XIX. 

Así de contundente se muestra la profesora de Historia María Elvira Roca, que ha sido docente en Harvard e investigadora en el CSIC. En su excepcional y extremadamente documentado libro recientemente publicado, 'Imperiofobia' (Siruela, 2017), analiza el surgimiento de la leyenda negra contra el imperio español, leyenda que se contrapone con la 'Legenda aurea', libro medieval muy popular que narraba la vida de santos heroicos. 'Imperiofobia' no es una defensa subjetiva del imperio español. Como buena historiadora, la autora se basa en analizar documentación y datos objetivos, para sobre los mismos plantear una realidad histórica y confrontar esta con supuestas verdades repetidas durante siglos.

Es interesante recordar cómo muchos pueblos indígenas ayudaron a los españoles levantándose contra sus violentos amos, proceso especialmente relevante en la conquista de México, cuando muchas tribus se aliaron con los escasos 200 hombres de Cortés para librarse de la férula de Moctezuma. El motivo es sencillo: el imperio azteca era mucho más horrendo que el español. Así, cuando se inauguró en 1487 el gran templo a Huitzilopochtli en Tenochtitlán (donde hoy se erige la catedral de México DF), el emperador azteca Ahuitzotl lo 'celebró' sacrificando a 80.400 prisioneros, muchos de ellos niños, en cuatro días; 14 víctimas por minuto, un ritmo de genocidio que superó incluso las cámaras de Auschwitz, según el historiador Victor Davis Hanson ('Matanza y cultura').

No está mal para no conocer los aztecas ni siquiera la rueda; lo suplieron con cuatro toboganes donde iban arrojando a los acuchillados simultáneamente.

En realidad, el odio al imperio español no es algo original, ya que, como demuestra 'Imperiofobia', es un odio similar al que los griegos sintieron por el imperio romano, el que los franceses e ingleses sintieron en los siglos XVIII y XIX por el imperio ruso, o el que una buena parte de los intelectuales europeos sintieron y sienten por el imperio norteamericano.

Los españoles, al igual que los romanos, fueron difamados como racialmente impuros (el antisemitismo figura siempre en las críticas a los imperios), degradados, incultos… en gran parte por los intelectuales italianos, que no entendían por qué su refinada patria estaba ocupada por bárbaros españoles. Los intelectuales griegos proferían el mismo tipo de odio hacia los romanos. La realidad es que esos intelectuales jamás serían capaces de levantar un imperio, algo que sí hicieron los soldados romanos y españoles. Ambos imperios, a su vez, admiraron profundamente a Grecia y a Italia. Roma hizo frente a sus críticas con una premonición: “Ochocientos años de prosperidad y disciplina han consolidado esta enorme máquina del Imperio romano, el cual no puede ser destruido sin derribar también a aquellos que lo destruyan”.

Los siglos oscuros de muchas zonas de Europa tras la caída de Roma avalan dicha profecía. 

Como afirma la profesora Roca, el odio contra los imperios surge siempre del complejo de inferioridad “que resulta de ocupar una posición secundaria” y de la frustración. En sus palabras, “el negocio de la irresponsabilidad es fundamental para entender el éxito siempre arrollador de las propagandas antiimperiales. Vender irresponsabilidad ha sido siempre muy lucrativo. Que la culpa sea de otro es descansado. Alivia el alma y nos evita muchos quebraderos de cabeza y mucho esfuerzo”.

Dado que el imperio español fue el cuarto más grande del mundo, con 20 millones de kilómetros cuadrados (lo superaron el inglés, el ruso y el mongol), las reacciones de odio son entendibles en un contexto histórico. Lo interesante es por qué perviven: se generan fuera y luego acampan dentro. Como dice la autora, lo único que queda del imperio español es el odio que ciertas corrientes de opinión aún siguen sintiendo por España.

La lectura del libro genera una conclusión evidente: el odio se mantiene porque sus elementos subyacentes, a saber, el complejo de inferioridad, la irresponsabilidad y la frustración, siguen vigentes.

EL TUE AVALA EL IMPUESTO DE REINO UNIDO A LOS OPERADORES DE JUEGOS DE AZAR DE GIBRALTAR

Reino Unido y Gibraltar son un solo país ante la libre prestación de servicios.
   
El Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TUE) ha concluido este martes que Reino Unido y Gibraltar deben tratarse como un único Estado miembro a efectos de la libre prestación de servicios, por lo que ha avalado el nuevo sistema fiscal de Reino Unido que impone una tasa a los operadores de juegos de azar establecidos en Gibraltar que ofrecen servicios a distancia a ciudadanos británicos.

La sentencia resuelve la cuestión elevada por el Tribunal Superior de Justicia de Reino Unido con respecto al recurso presentado por The Gibraltar Betting and Gaming Assotiation (GBGA) sobre el régimen fiscal sobre juegos de azar aprobado por Londres en 2014.

Este régimen obliga a los proveedores de servicios de estos juegos a abonar un impuesto por los juegos de azar a distancia que ofrecen a los consumidores de Reino Unido. Las normas anteriores únicamente establecían un impuesto para los proveedores de servicios radicados en Reino Unido.

Impugnación
La GBGA impugnó el nuevo régimen fiscal argumentando que es contrario al principio de libre prestación de servicios consagrado en la legislación comunitaria. El Tribunal Supremo de Reino Unido preguntó a la Justicia europea si a efectos de la prestación de servicios debe considerarse que Gibraltar y Reino Unido forman parte de un solo Estado miembro o si Gibraltar tiene el estatuto jurídico de territorio separado, de modo que la prestación de servicios deba tratarse como comercio intracomunitario.

En la sentencia publicada este martes, el Tribunal de Justicia de la UE concluye que la prestación de servicios por parte de operadores establecidos en Gibraltar a personas establecidas en el Reino Unido "constituye una situación en la que todos los elementos se circunscriben al interior de un único Estado miembro".

Por tanto, el TUE determina que "las disposiciones del Tratado (de la UE) en materia de libre prestación de servicios no son aplicables a una situación en la que todos los elementos se circunscriben al interior de un único Estado miembro".

La Justicia europea confirmar que Gibraltar no forma parte de Reino Unido pero señala que "esta circunstancia no es decisiva para determinar si dos territorios deben asimilarse a un único Estado miembro" con respecto a la aplicación de las disposiciones sobre libertades fundamentales.

Así, el Tribunal con sede en Luxemburgo apunta que "no existen otros elementos que permitan considerar que (...) las relaciones entre Gibraltar y Reino Unido son similares a las que existen entre dos Estados miembros" y indica que "afirmar lo contrario equivaldría a negar el vínculo que se reconoce en el Derecho de la Unión entre ese territorio y el Estado miembro".

Por último, el TUE afirma que su conclusión "no vulnera el objetivo de garantizar el funcionamiento del mercado interior ni el estatuto de Gibraltar" y subraya que su conclusión "no debe entenderse en el sentido de que vulnera el estatuto distinto y separado de Gibraltar".