domingo, 4 de febrero de 2018

LA PESTE Y LA IGNORANCIA. COMO EXTENDEMOS LA LEYENDA NEGRA.

«La peste es la ignorancia. Eso es lo que verdaderamente acabará con el hombre». Sólo por esta frase merece la pena ver la serie. Cuesta trabajo encontrar ejemplo más acabado de profecía autocumplida.

Hay que comenzar haciendo caso omiso a detalles de atrezzo que se clavan como aguijones, verbigracia, esas velas rojas. Nada menos que rojas, con lo caro que era teñir la cera. Se ve que había rebajas en el Todo a un euro (antiguo Todo a cien; conviene aclararlo para los que tengan poco sentido de la Historia) de la esquina. Hay luces encendidas por todas partes y a todas horas, incluso de día. En el cap. 4, en casa de una muchacha tan pobre que decide prostituirse, hay más de seis al mismo tiempo, con el sol entrando a raudales por la ventana. Y lo mismo en el hospital. Que lo único que les faltaba a los pobres religiosos que sustentaban los hospitales con limosnas era gastarse el dinero en velas para tenerlas encendidas de día. Esto ya no es mayor o menor conocimiento de la Historia. Es puro sentido común. 

Cuando afronta el cap. 2 el espectador avisado ha comprendido ya que estamos todos: el irremediable cura que maneja en las sombras toda la trama (¿saben los creadores de la serie de dónde viene este personaje y que lo han heredado?), el oro como única obsesión de los españoles en el Nuevo Mundo, la incapacidad nacional para la industria y los negocios... 

Esto, claro está, viene aderezado a la posmoderna con su sexo, su gay, su poquito de género y su canesú. En la fábrica de añil escuchamos lo que requiere la puesta en escena de esta Sevilla roñosa y repugnante: «Se exporta a Flandes. Debe ser de las pocas fábricas sevillanas que exporta algo». Pero resulta que se exportaban muchas manufacturas locales desde ese puerto: loza, paños, libros, vino, sal... y hasta sofisticados productos farmacéuticos trasatlánticos como la quinina, que era el no va más de la medicina de la época. 

Cualquier profesor de historia de instituto de Sevilla hubiera podido informar a los autores, que probablemente no sabían que necesitaban ser informados. Porque como muy bien señalan: «La peste es la ignorancia. Eso es lo que verdaderamente acabará con el hombre».

Los vericuetos teológicos del cap. 3 son para asustar. Naturalmente el protagonista vive perseguido porque es el impresor que alumbró la famosa Biblia del Oso y estuvo relacionado con un grupo protestante local: «casi todos tuvieron tiempo para escapar a Ginebra, yo no». Pues no le arriendo la ganancia, porque si hubiera podido, como pudo Servet, ir a buscar refugio en los faldones del calvinismo, le hubiera ido bastante mal. Primeramente le hubiera sido imposible ir a emborracharse en los mesones, cosa a la que es muy aficionado. Estaba el alcohol muy prohibido en Ginebra. Tanto que tuvieron que cerrar todas las tabernas. Pero en el caso de que lo hubiera conseguido y proclamado alegremente a gritos, como hace el protagonista, que «Dios está en todas partes... en las frutas, en los pechos de las mujeres (...), en las música y los órganos (...). Todo es Dios», los diáconos de Calvino lo hubieran quemado varias veces. La primera por borracho. La segunda porque la música (y hasta el toque de campanas) estaba prohibida en Ginebra, y la tercera por panteísta. Confundir a Dios con sus criaturas es creencia intolerable en la Cristiandad oriental y occidental, entre católicos y protestantes, entre musulmanes y judíos. Cabe preguntarse si quien escribió el monólogo del mesón cree que lo dicho es cosa remotamente protestante. Posiblemente no le surgió la duda y no sintió la necesidad de preguntar. Hay en España muy buenos protestantes que, como el profesor de instituto, le hubieran sacado gustosamente del error. 

En el mar de tinieblas católicas en que le ha tocado vivir, el médico (confusamente tocado con un gorrito que recuerda la kipá judía) se queja con amargura: «Son piñas. Una fruta de Indias. Los indios la utilizan para cicatrizar heridas... Si la Iglesia supiera todo esto lo quemaban todo conmigo dentro. Por brujo. Con la mitad de todo lo que aquí hay se podrían curar más de cien enfermedades y, sin embargo, tengo que esconderlo». 

Qué lamentable error de localización. Si lo que apetece es quemar brujas no es a Sevilla donde hay que ir a rodar, sino a Ginebra o a cualquier territorio germánico o protestante en general. Por miles. Y ya no hace falta ni tirar de bibliografía para informarse. Basta con la socorrida y democrática Wikipedia. Búsquese «caza de brujas» y luego el apartado «Distribución geográfica».

En fin, tengo más de 10 páginas de disparates que no hay espacio para comentar. Pero hay dos que no se pueden dejar pasar: la traca final quemando herejes en un Auto Sacramental y la frase del último capítulo a modo de colofón de todo lo anterior. España produjo exactamente 12 mártires para el protestantismo, los cuales han dado lugar a tantos libros, comentarios y menciones que parecen doce mil. Los mártires católicos que produjo el protestantismo pueden competir con la guía de teléfonos de una ciudad mediana

Y con esto llegamos a la frase genial: «Se embarcan los deshechos, los que aquí no tenían futuro, esperando volver a empezar». Hay pocas migraciones en la Historia de Occidente más supervisadas, cuidadas y mimadas que la que fue al Nuevo Mundo desde España. A Cervantes no le fue permitido viajar. ¿Por qué? Pues porque no tenía oficio ni beneficio. Había sido soldado pero ya no podía serlo tras quedarse manco. Y había que evitar que las Indias se llenaran de aventureros sin cualificar.

Así vamos educando a las nuevas generaciones en la misma idea, venerablemente antigua y muy, pero que muy carca, a saber, que la historia de España, hasta en su momento de esplendor, no ha sido otra cosa más que roña, ignorancia, corrupción, intolerancia y tinieblas

Es muy posible que el producto además se exporte y que por lo tanto se vea fuera de España. Es fácil suponer que tendrá un éxito notable en las tierras del protestantismo, porque contribuirá a reforzar la idea, tan arraigada entre ellos, de su superioridad moral intrínseca, cuasi genética. Para más inri con un producto español, que es ya como un rizar el rizo del virtuosismo en la autoafirmación. Tendrían que hacer milagros la Marca España y el Instituto Cervantes, que llevan décadas trabajando para mejorar la imagen de España en el exterior, esfuerzo pagado con el dinero de todos los españoles, para contrarrestar el efecto nocivo que La Peste va a provocar

El perjuicio es enorme y somos muchos los perjudicados, pero no parece que tengamos derecho a la querella. Movistar ganará dinero, como lo ha ganado Oro, a costa de la reputación de España que, como no es de nadie, puede ser dañada sin que se exija reparación. Para que se vea el asunto un poquito más claro conviene que el lector caiga en la cuenta de que son muchas las series y películas sobre el periodo Tudor, y en ninguna se menciona las horribles persecuciones religiosas que tuvieron lugar en aquel reinado del terror. Nadie ha visto nunca reflejada en las series de ficción cómo eran las atroces ejecuciones de católicos y también de cuáqueros, anabaptistas y otros: hanged, drawn and quartered, según rezaba la fórmula. De todos los que no eran anglicanos. 

En 1998 ganó un Oscar la hagiografía Elizabeth de Cate Blanchett. Vemos en ella a la Gran Armada de Felipe II ardiendo por los cuatro costados derrotada por los barcos ingleses y escuchamos hermosuras como esta: «Me llaman la reina virgen, sin hijos... Soy la madre de mi pueblo. Esa armada que navega hacia nosotros lleva la Inquisición en sus entrañas. Dios no quiera su triunfo o no habrá libertad en Inglaterra ni de conciencia ni de pensamiento». 

Llevamos siglos repitiendo lo que escribieron y fabricaron los enemigos de la hegemonía española. Siempre copiando lo que dicen pero nunca copiando lo que hacen. La serie está teniendo un gran éxito. Así nos va. Efectivamente, la peste es la ignorancia.

MEMORIA DEL COMUNISMO, CIEN AÑOS Y CIEN MILLONES DE VÍCTIMAS

Brutal, militante, indiscutible, genocida, fue la experiencia de poder del comunismo. El periodista Federico Jiménez Losantos repasa su historia en un libro que es también una advertencia sobre la impronta de esta «utopía» sangrienta

La idea sobre el mundo definida por el «Manifiesto comunista» de Marx sigue vigente, cien años y cien millones de muertos después

La nación más poblada de la Tierra, China, se gobierna bajo sus premisas. La tradición autocrática y nacionalista de Rusia, reforzada por una experiencia dictatorial comunista de siete décadas, conoce una nueva reencarnación imperial, mientras la popularidad de Stalin resiste tan incólume como el mármol de sus estatuas. El rostro del dictador en imanes, camisetas, tazas... está por doquier. La doctrina «oficial» impuso el respeto a su memoria, «a pesar de que cometió algunos excesos», mientras las iniciativas privadas para reestablecer la historia de sus víctimas hallan solo dificultades. 

En Iberoamérica, el viejo sueño castrista de poner pie en el continente se ha hecho realidad con la colonización cubana de Venezuela, «Cubazuela». Sus vecinos colombianos se enfrentan todavía a un narcoterrorismo investido de retórica comunista. En Europa, los trotskistas, que reemprendieron tras el fiasco de Mayo del 68 el asalto a los cielos de la socialdemocracia, han conseguido abducir los aparatos de partidos socialistas, temerosos de que se discutiera su genealogía progresista.

En España, el fenómeno del populismo se ha amalgamado en una síntesis gritona revestida de superioridad moral, elementos folclóricos y dramáticos que conforman una ideología izquierdista de aldea, un carlismo del siglo XXI. Tras la crisis final de la Unión Soviética en 1989, no se produjo una situación de vasos comunicantes. Sus «enemigos» cantaron victoria demasiado pronto. La caída del Muro de Berlín no implicó el fin de la Historia, anunciado con prisa por el liberal Fukuyama bajo la forma imperativa de la democracia representativa y la economía de mercado. El prestigio de las ideas comunistas se repite hasta hoy en Estados clientelares. Una explicación habitual y moralista radica en que la aplicación del comunismo fue torpe o traicionera, pero las ideas «eran buenas».

Singular y retador
Afortunadamente, existe una historiografía renovadora y revisionista de la experiencia histórica global del comunismo en sus distintos escenarios, muy utilizada en este libro singular, retador y comprometido, que deshace el argumento. El comunismo fue y es una experiencia histórica determinada, no atemporal, y si lo distinguió algo fue lo que tuvo de experiencia de poder. Brutal, militante, indiscutible y genocida. Si hay un punto en el cual los historiadores serios, con independencia de su ideología, se ponen de acuerdo es este. Como forma histórica de Estado, el comunista logró un nivel de control de la población como no se había conseguido jamás.

Otra explicación de lo acontecido en el mundo post-1989, culturalista y vital, es la que apunta en una línea conmovedora Federico Jiménez Losantos, a propósito de la traición de su amante Olga Ivinskaya a Boris Pasternak, autor de «Doctor Zhivago»: «Tuvimos la experiencia, perdimos el significado». No había conciencia de lo que ocurría y se sabía, quizás, demasiado poco, o no se quería saber. Aquí se encuentra el sentido verdadero de la obra, memoria generacional de los últimos cincuenta años de la vida de España, archivo asombroso de fuentes insospechadas y también intento de ordenación de vivencias personales que configuran para el autor, hay que decirlo, una trayectoria feliz.

Muy bien escrito y narrado con precisión, es fundamental no perder el punto de vista, pues con agilidad Jiménez Losantos cambia constantemente de tono y perspectiva, recala en el búnker intacto de Stalin y al poco en las checas de La Habana. Constituye también una honesta confesión de parte de quien por los años sesenta y setenta vivió, como tantos, fascinado por la ideología comunista y su corolario, el antifranquismo. Aquí se encuentra lo mejor de la obra, por personal y vivido.

Leer a Galdós
Tras un repaso historiográfico a lo que sabemos ahora sobre Lenin y Stalin, se aborda la Guerra Civil y la Transición. La parte dedicada al camino del PCE hacia la democracia, recupera el mérito del partido de entonces y «la importancia política, simbólica y sentimental» de su legalización, así como el cambio de registro que supuso el final de una travesía del desierto crucial en la reconciliación de los españoles. Secciones diversas, sobre el supuesto heroísmo del Che Guevara, o «Podemos o el comunismo después del comunismo», dan cauce al dilema de los leninismos improvisados, típicos de la era global postcomunista. «Si alguna vez la izquierda en España tiene remedio, será leyendo a Galdós», anota al final Jiménez Losantos, antes de conducir al lector a una conclusión largamente deseada: «Tal vez lo que a finales de 2017 pasó en España fue que resurgió el sentimiento nacional español». Esa es la crónica de mañana mismo.

«Lenin funda la mayor dinastía de asesinos en serie»
En «Memoria del comunismo. De Lenin a Podemos» (La Esfera de los Libros), el periodista y escritor analiza la historia, el ayer y el hoy, de una ideología manchada de sangre

-¿Su libro es un homenaje a los millones de víctimas del comunismo?

-A ellas está dedicado: más de cien millones de personas asesinadas por una ideología criminal que todavía tiene sometida a la cuarta parte de la Humanidad  y que en la Universidad y los medios sigue teniendo un asombroso prestigio. Los casos de Podemos en España y Melenchon en Francia prueban su vigencia. Pero, sobre todo, es un intento serio de explicar la naturaleza del comunismo, su historia y sus bases teóricas. También cuándo empieza a funcionar la Mentira sobre el Terror Rojo.

-Recoge también su experiencia personal...

-Sí: trato de explicar por qué un chico nacido en un remoto lugar de los montes de Teruel en los años cincuenta cambia la moral católica por el comunismo. Y en qué momento, tras leer a Soljenitsin y ante una chica china de su edad, en un campo de concentración en Pekín, en 1976, se convierte en anticomunista militante.

-¿Cuándo comenzó a escribirlo?

-Dos capítulos, «Cien millones de muertos» y «Che Guevara, el buitre Fénix», los escribí en 1997 y 1999, a los ochenta años del golpe de Lenin y a los diez de la caída del Muro. Estaban inéditos y creía que perdidos hasta que hace año y medio, una gotera en la biblioteca me obligó a abrir los armarios y los encontré. Faltaba año y pico para los cien años de comunismo así que lo entendía como una señal y me puse a trabajar. Tardé año y medio, en su redacción final, que era bastante más larga que la que ha salido.

-¿Cómo ha sido su proceso de escritura?

-Tuve que releer a los clásicos y repasar el papel de Bakunin, tan importante como el de Marx y los terroristas rusos de los años sesenta del siglo XIX, en la ideología leninista. Luego, cómo Lenin crea ya en su primer año el modelo de todos los regímenes comunistas hasta hoy. Y quizá lo más importante: cómo empezó la censura sobre sus crímenes, por los socialistas franceses, pese a la denuncia de sus víctimas y casi a la vez que los iba cometiendo. Luego, el papel del Terror Rojo en la Guerra Civil española, los bulos internacionales que aún circulan –Orwell mediante- y lo que más se oculta hoy: el rol de Companys, la CNT-FAI y el POUM en el terror en Cataluña, que fue todavía peor que el de Madrid. Por último, el comunismo después del comunismo: China, Cuba y, naturalmente, Podemos.

-¿Uno de sus objetivos es alertar de que el comunismo no ha muerto?

-Efectivamente. Porque lo esencial del comunismo, que es una ideología contra la propiedad, y que para acabar con ella justifica hasta el genocidio, sigue gozando de un enorme prestigio académico, político y mediático. Cinco millones de votos obtuvo nuestro «Pablenín»

-¿Cuál sería la característica más dañina de esta ideología?

-La inquina contra la propiedad que supone la supresión de la libertad. Robarles todo a todos es difícil: muchos no se dejan y hay que aterrorizarlos o matarlos

-¿Lenin y Stalin fueron asesinos en serie?

-Lenin funda la mayor dinastía de asesinos en serie de la Historia, Stalin y Mao solo siguen su estela. Pero todo está en Lenin. Eso creo que lo explico bien

-¿Qué rasgos esenciales de esos dirigentes ha tomado Pablo Iglesias?

-El odio al prójimo. Creerse con derecho a quitar todo a todos. Aquí o en Caracas. Es decir, ser un leninista consecuente

-¿A qué cree que se debe que hoy el comunismo tenga seguidores?

-A que hay muchos estudiantes y profesores de clase media, sin experiencia laboral ni responsabilidad personal, que juegan a ser los dioses de otros. Y a la frivolidad de los medios para tratar los crímenes comunistas. El comunismo crea un enemigo grotesco y se pone en contra, como los de Hollywood, sea el capitalismo, el franquismo o lo que sea. El caso es presumir de superioridad moral, ser los buenos de la película. Y eventualmente, comisarios y asesinos.

-Uno de los aspectos más impresionantes que usted aborda son las torturas de los comunistas durante la Guerra Civil. Esto quiere «olvidarse» en la Memoria histórica...

-Esa ley infame, que acaba con la Transición, es el mayor intento en cualquier país de justificar los crímenes del comunismo. Una vergüenza y un intento de volver a la Guerra Civil fabricando primero al enemigo, luego, vendrá la guerra. Puigdemont dice que Rajoy es el franquismo: eso es la desmemoria histórica. Y lo primero que se oculta es el Terror Rojo y nacionalista en Cataluña.

-En su ensayo «Lo que queda de España», usted advirtió de los peligros del nacionalismo catalán. Su diagnóstico se ha cumplido con creces…

-Es que el diseño de la dictadura lingüística y mediática lo hicieron los comunistas del PSUC, a los que conocía. También los que conocían a Lenin sabían que iba a hacer lo que hizo, pero la gente prefirió mirar a otro lado.

-¿Lo que sucede en Cataluña es un callejón sin salida?

-Hay dos salidas: o ganan ellos y se cargan España o gana España. Para eso hacen falta diez años, demoler su dictadura, como en la «desnazificación» de Alemania, en Cataluña, Baleares, Valencia, País Vasco, Navarra y Galicia. La dictadura empieza en las aulas y los medios y ahí debería ser desactivada.

-¿Cree que en el «procés» ha tenido un papel fundamental el adoctrinamiento en las aulas?

-Maestros y periodistas son la clave del lavado de cerebro. Prohibir la lengua y perseguir todo lo español es el arma. Pero el Gobierno lo sigue financiando.

-¿Habría que devolver al Gobierno central las competencias sobre educación?

-Hay que devolverle al Gobierno, sea el que sea, la competencia sobre España. Seguridad, Educación, Sanidad, Pensiones, Política Exterior y Defensa son indelegables. Y una política de medios radicalmente distinta. Hoy es una finca de separatistas y comunistas millonarios. Cuando en el Tiempo de TVE dicen que llueve en «Chirona», y no se refieren a pupilos de la cárcel, sino a la urbe de «Tractoria», los enemigos de España, que son los del español, están ganando


Jiménez Losantos: «No se quiere investigar la masacre comunista»

A finales de octubre de 1997, el geólogo Valery Murachov reconoció su incapacidad para penetrar en el gigantesco búnker de Stalin situado a 250 kilómetros de Moscú. Una obra faraónica, construida por prisioneros políticos, cuyas paredes siguen siendo inmunes a los explosivos. En esas mismas fechas, en vísperas del 80 aniversario de la revolución leninista se publicó por primera vez en un periódico ruso un estudio total de los asesinados por regímenes comunistas a lo largo del mundo desde 1917 hasta 1987, con un balance aterrador de 110 millones. Al igual que con «la ciudad secreta de Stalin», ni siquiera hoy se ha dado con artificieros capaces de derribar la gruesa memoria de la ideología más mortífera del siglo XX.

«El mundo no ha querido investigar lo que ha sido la mayor masacre de la humanidad. La derecha no ha sabido defender la importancia de conocer todos estos horrores, mientras que la izquierda ni siquiera ha asumido su responsabilidad. No ha reconocido que el socialismo real son los millones de muertos del comunismo», recuerda el periodista y escritor Federico Jiménez Losantos, en una entrevista con ABC. El locutor turolense acaba de publicar el libro «Memoria del comunismo: de Lenin a Podemos» (La Esfera de los libros), un estudio de más de setecientas páginas sobre el origen, historia y desarrollo de esta ideología desde «la única forma intelectualmente respetable» de acercarse a ella, esto es, a través de sus víctimas.

En las páginas de «Memoria del comunismo: de Lenin a Podemos», Jiménez Losantos se propone responder a por qué las sociedades democráticas -antítesis de todo lo que representa el comunismo- han aceptado sistemáticamente el derecho a robar y matar de los seguidores de Lenin y consideran que, de alguna manera, «los muertos comunistas tienen más justificación que los de Hitler».

«Lenin nunca ocultó que solo mediante el terror se podía vencer y que iba a ser necesario matar. Todo lo malo de Lenin se lo achacan a Stalin, pero todo estaba ya en el origen. Era un sociópata al que le daba igual la vida humana y que, como Pablo Iglesias, odiaba su país y considera que los rusos eran tontos», apunta el periodista.

El Goebbels comunista
Los crímenes eran públicos, pero el testimonio de las víctimas del terror leninista fue ahogado cuando trataron de alzar la voz en el resto de Europa. Y aquí se centra el apartado más novedoso del estudio de Jiménez Losantos: en cómo el socialismo francés lanzó una cortina de humo. «Los socialistas fueron los creadores del mito, los grandes encubridores de sus crímenes», señala el locutor.

Para blanquear sus crímenes, la izquierda se valió de la llamada «agenda del Bien». Una forma de adjudicarse siempre la superioridad moral y proclamarse defensores del bien absoluto. «El verdadero comunista nunca dice que lo es; no dice que quiere imponer una dictadura… sino que le duele el sufrimiento de la gente. Se presenta como el bueno», afirma Jiménez Losantos.

El artífice de aquel ardid tan resistente es un personaje que rara vez aparece en los libros de historia, Willi Münzenberg, el hombre del que Goebbels aprendió toda su propaganda. «Como bien sabemos en España, el comunismo mata y encima estigmatiza luego a los muertos y a los vivos. Su aparato de legitimación es estremecedor».

Del PCE a combatir las mentiras soviéticas
La búsqueda de una respuesta a la vigencia del comunismo, a pesar de su violencia, ha llevado al popular locutor a mirar en su propia biografía. En sus años universitarios, Jiménez Losantos vivió una conversión al marxismo tan fulminante como su decepción. «¿Por qué un chico bien, educado en el catolicismo pudo entrar en la locura del PCE, cuando lo único que buscaba era libertad?», se pregunta hoy en día. «Lo que me jorobaba del franquismo es que no me dejaran hablar de lo que yo quisiera», reconoce con la perpectiva de los años. Leyendo «Archipiélago Gulag» perdió la fe, pero fue durante una visita a la China de Mao cuando se prometió combatir las mentiras de la mayor «máquina de matar que ha conocido el mundo». «En un campo de concentración me enamoré de una chica que estaba internada porque, simplemente, su padre había estado en España. A ella no pude salvarla, pero me prometí salvar a otros de ese terror».

Frente a quien defiende que el problema ha sido la puesta en práctica de una ideología que se anuncia como «bienintencionada», el periodista reclama que después de tantos fracasos es hora de «asumir que el problema es del propio comunismo, basado en el resentimiento». «Los españoles obviamente no quieren una ideología que les arruine, pero aún así hay cinco millones de personas que votan a Podemos», advierte sobre las contradicciones de España

Federico Jiménez Losantos: "Dejé de ser marxista por ser español"

Leer 'Memoria del comunismo. De Lenin a Podemos' (La Esfera de los Libros) librará a muchos incautos de perder el tiempo y la moral por culpa del vigente influjo de la ideología más criminal de la historia. Losantos la profesó, salió con vida y aquí explica cómo lo hizo.

Presentas el comunismo como una «teología de la sustitución». Aron y Steiner afirman que más que una ideología, es una religión política. ¿Sin catolicismo no hay comunismo?

En mi generación sin duda. El catolicismo popular español tiene unos ingredientes -igualitarismo, ayudar al débil, obras de misericordia...- que entre nosotros estaban profundamente arraigadas. El protestante se salva por la fe; el católico, por la fe y por las obras. El católico, cuando deja de creer en Dios, tiene que seguir creyendo en hacer el bien. Russell decía que el comunismo se parece más al islam porque es una religión despótica, que te organiza la vida, mientras que el catolicismo, al creer en el libre albedrío, te deja libertad para hacer el bien o no. Si la salvación no llega en el más allá de la religión, tiene que venir en el más acá de la política, que en el comunismo se vive como una forma de redención: propia y de los demás.

Eres de los pocos que se ha leído entero 'El capital'. Dedicaste años a la formación teórica: Engels, Althusser, Derrida, Foucault... ¿Cómo recuperas el castellano limpio en el que hoy escribes tras semejante exposición a la jerga marxiana?

Mi tesis doctoral sobre las acotaciones en los esperpentos de Valle-Inclán la hice a base de Kristeva, Barthes y los formalistas rusos, porque entonces la filología seguía la senda de la semiología, que era una mezcla de marxismo y psicoanálisis. En esa época escribía muy mal, por eso no he publicado nunca mi tesis. Esa jerga universitaria debería ser delictiva. Uno necesita aprender a escribir claro, no para presumir de que escribes sino para que alguien te lea, y eso es lo más difícil. Tienes que ir a los clásicos españoles, que es donde se aprende realmente a escribir.

Podías haber caído en una mezcla (muy común en el antifranquismo) de nacionalismo y marxismo, o bien haber defendido un cómodo internacionalismo. Pero eras una cosa muy rara: un marxista español.

Claro. Y dejé de ser marxista por ser español. Yo nunca me avergoncé de mis orígenes, que era lo primero a lo que te obligaban. Porque yo no tengo nada contra mi padre ni contra mi madre ni contra mi pueblo ni contra mi lengua. Todo lo contrario: gracias a la lengua española un chico pobre de un pueblo remoto de Teruel puede estudiar. ¿Y me dicen que tengo que renunciar a eso? Un día en un congreso clandestino se levantó uno de Comisiones y pidió perdón por ser español. ¡Pero so mamarracho! Otra vez la Fundación Miró, que ayudé a fundar, me mandó una carta a nombre de «Frederic Jiménez». ¿Cómo que «Frederic»? Le pregunté a uno del Partido y me contestó que era una deferencia hacia mí. ¿Deferencia? ¿Vosotros quejándoos de que Franco no os deja usar el catalán y a mí no me dejáis usar el español, que por cierto vale 20 veces más? Además, el mundo bohemio de Las Ramblas en el que me movía era absolutamente español, despreciaba a los progres catalanes porque era más libre y culto que ellos, que eran unos acomplejados. Las locas bajaban de los barrios altos de Barcelona a entender los sábados, pero no los domingos, no fueran a decir.

Una de las tesis centrales del libro es que el problema del comunismo es el comunismo mismo, no su aplicación. ¿Por qué aún reviste cierto prestigio intelectual? Según Aron porque el capitalismo se enjuicia por sus efectos y el comunismo por sus intenciones.

Fundamentalmente el comunismo te presta una superioridad moral y te pone del lado del Bien. Por el hecho de ser comunista automáticamente tú ya eres sabio: sabes más de la clase obrera que cualquier obrero, aunque no hayas trabajado jamás.

Háblame de Münzenberg, del que aprendió Goebbels la esencia de la propaganda, que no consiste en afirmar lo propio sino en negar lo ajeno. O sea, no hay que defender el comunismo sino atacar el fascismo, o el franquismo, o la globalización.

Lenin ha muerto, Münzenberg no. Su técnica es genial: nunca digas que eres comunista, di que estás con los pobres. Lo que dice Pablo Iglesias: «Yo lo único que quiero es que los niños no tengan que buscar la comida en los contenedores de los hoteles de cinco estrellas». Puro comunismo. Münzenberg se entiende muy bien con Lenin, cuya mente proyecta en los demás lo que les quiere hacer. Lenin acusa a la Iglesia de querer cargarse el comunismo... cuando es el comunismo el que quiere cargarse a la Iglesia; Lenin dice que los socialistas quieren acabar con los bolcheviques... cuando son los bolcheviques los que quieren acabar con los socialistas. Ese mecanismo de proyección consiste en poner al otro a la defensiva y forzarle a elegir entre darte la razón, en cuyo caso queda desactivado, o bien llevarte la contraria, en cuyo caso tiene que asumir que es una basura fascista y capitalista, mientras tú quedas como único depositario del bien.

Ese mecanismo se ve a diario en las redes...

Todos los días. Es una superioridad autoproclamada: el izquierdista es bueno porque lo ha dicho él. Y los demás son los malos.

¿Por qué los primeros que dejan de vivir como comunistas son siempre los jerarcas comunistas?

Porque son los que saben la verdad. Es como eso que se decía de los cardenales, que pierden la fe porque ellos están en el secreto. Desde ahí arriba conoces el mecanismo de la propaganda. Sabes en qué consiste la mentira, cómo se ha urdido; si estás abajo sólo conoces el terror, y el terror solo funciona con la mentira: voluntariamente ningún país ha querido ser comunista.

En tu caída del caballo fueron decisivos el libro de Solzhenitsin y la visión de aquella chica presa en una granja de reeducación en las afueras de Pekín...

El franquismo nos daba cierto nivel de vida a los pobres, y becas para una excelente educación pública. Pero yo quería libertad. Y cuando leo a Solzhenitsyn descubro que el problema no es Moscú o Mao, lo que arrebata la libertad es el comunismo mismo. Y cuando viajo a Pekín encuentro a aquella pobre chica, mi musa del escarmiento, una belleza a la que solo vi apenas unos minutos, hija de un brigadista. Y al despedirnos nos miramos y me juré que sería anticomunista toda mi vida. Me dije: «No hay derecho a que una chica cuyo único delito es ser hija de alguien tenga que quedarse en este campo de concentración gélido y pueda ser fusilada mañana».

El comunismo sabe que solo puede resucitar borrando el recuerdo de sus víctimas. ¿Pero es eso posible con 100 millones de muertos?

Bueno, se ha borrado desde el momento en que cinco millones de personas votan a Podemos, que es el comunismo más rancio desde Bullejos. El comunismo que yo conocí era el de la reconciliación nacional, el que pedía superar la Guerra Civil porque fue una tragedia entre hermanos. El PCE condenó la invasión de Praga; Pablo Iglesias felicita a Maduro por las masacres en Caracas. Y sin embargo lo han votado cinco millones, cuando el comunismo en España nunca ha pasado de los dos millones. Claro, no saben que es comunismo porque Iglesias es un embaucador televisivo. Lenin es el primero que entiende que el periódico es el verdadero partido: la propaganda. Iglesias es un muy buen vendedor de humo; ahora está en baja forma, pero al principio iba por las teles diciendo con aparente buena intención cosas muy gordas que a la gente le gustaba oír. Era como un videojuego. El problema es que el comunismo arruina y mata de verdad.

¿De dónde nace la superioridad moral de la izquierda, esa conciencia de bondad, esa justificación por la fe que recuerda un poco al protestantismo?

Y también un poco al judaísmo, que está en Marx, esa conciencia del pueblo elegido y el destino manifiesto. No necesitas ni siquiera decir la verdad: la mentira es una herramienta revolucionaria, dice Lenin. Así que tienes la conciencia blindada.

El éxito del comunismo quizá lo explique el concepto de «servidumbre voluntaria» de Étienne de La Boétie. ¿No será que a la gente en el fondo no le gusta tanto la libertad como creen los liberales?

Ni siquiera a todos los liberales les gusta. Al liberal académico lo que le gusta es el beneficio. Algunos han perdido de vista que la libertad es un hecho moral, no económico. La libertad no es una condición del desarrollo, por más que sólo hay desarrollo económico en libertad; hay una condición moral previa, que es la dignidad de la persona, desarrollada magníficamente por nuestros clásicos de la Escuela de Salamanca. De ellos sale -en un castellano espléndido- la teoría del favorecimiento de la libertad unida a la propiedad: el rechazo de la inflación, la limitación del poder, la ley por encima del poderoso, etcétera. Pero muchos liberales no aman la libertad: no entienden que la libertad es el fin. De ahí el equívoco de China. Dicen: «Es que en China ya comen todos». Y qué, si no pueden hablar. Eso no es liberalismo, es una tiranía gansteril.

Vázquez Montalbán. Fue una contradicción viviente: un pujolista-leninista, un burgués-comunista. Hoy lo reivindica mucho Podemos.

Encaja en la definición que Bergamín daba de Dámaso Alonso: un cerdito con nostalgia de jabalí. Tenía el genio de la propaganda. El discurso separatista catalán lo crea él. Explota el gran negocio intelectual del progre: vivir a todo plan sin dejar de sentirse ideológicamente superior. El catalanismo no lo crea Pujol: lo crea el PSUC de Montalbán, con esa idea de que hay que arrepentirse de ser español y de que el español es una lengua maldita.

Incluyes un anexo con el mapa -calle y número- de las 200 checas del Madrid rojo. ¿Para cuándo un itinerario de esta memoria histórica?

Es que la derecha tampoco se ha preocupado de eso. Ni Cs. Se podría hacer un callejero del terror rojo, muchas checas se conservan porque la gente no se ha atrevido a destruirlas, por respeto.

El Che, hoy mero producto de consumo y postureo, confesaba fascinación por las armas. ¿Fue antes el pistolero o el comunista?

Se hizo comunista porque eso le permitía usar armas y encima quedar bien. Era un niño de mamá, fascinado por la guerra de España, donde habría querido estar. Era un imbécil integral. El comunismo fabrica clones: Mao tiene la misma infancia que Lenin, igual que Castro, muy parecida a la de Pablo Iglesias: son niños-dioses, gente que no ha trabajado nunca, rodeados de mujeres que les hacen la vida fácil.

Iglesias. ¿Qué habría pasado si hubiera adoptado una estrategia más nacional y menos nacionalista?

Si hace dos años, en lugar de unirse al separatismo, saca la bandera de España, hoy está en el poder. Y no nos lo quitamos ya de encima. Si la izquierda española no vuelve a ser española, nunca mandará. En los últimos meses hemos visto que España es mucha España. Iglesias no es tonto, pero tampoco lo suficientemente listo como para poner la inteligencia por encima de sus sentimientos. Él se da cuenta de que le convendría defender España, pero le repugna. Tiene esa tara. Y un tío que odia España lo mejor es que se vaya a Cuba. O con Echeminga a Rosario. Acabará dirigiendo tesis sobre sí mismo y sus distintos momentos: mi vida con Tania, mi etapa con Irene...

Mises fue el primero que se dio cuenta de que el peligro del comunismo lo representaban los profesores y no los tanques. Esa adicción al opio de clases que no cesa. ¿Por qué la propiedad tiene tan mala prensa?

La deslegitimación de la propiedad es obra de profesores y periodistas, oficios de comunistas; los socialistas sí vienen del proletariado. Hoy se da por hecho que quien es propietario ha hecho algo malo. ¡Lo malo es robar lo que no es tuyo! Es imposible que haya libertad individual si no se respeta la propiedad.

Llevas contigo la herida de la violencia ideológica. No es metáfora: te pegaron un tiro. ¿Aquello ha marcado el fondo y la forma de tus análisis políticos?

No: mi atentado es en el 81 y para entonces yo ya había escrito Lo que queda de España.

Más que nada te dio la razón entonces...

Tuve que dejar pasar un tiempo para reafirmarme. El síndrome del estrés postraumático es real. Yo además cometí un error, que es no ir al psicólogo. Después de un episodio así en que te secuestran, te disparan, sobrevives de milagro... tienes que ir al psicólogo. Yo había estudiado psicoanálisis y me negué, como si no lo necesitara. Se lo recomendé a Aznar cuando el bombazo y no me hizo caso: malos resultados. Pero en fin, consejos vendo, para mí no tengo.

A los criados en democracias prósperas obsesionadas con Instagram nos cuesta demasiado creer que pueda volver a correr la sangre... ¿Es verosímil?

Por supuesto. Todos los países que han padecido un régimen comunista, en la misma víspera de su llegada decían: «Esto aquí no puede pasar».

Pero el ser humano, al menos según Pinker, se vuelve cada vez menos violento...

Menos cipotudo, dirías tú. Aprecio a Pinker, pero hay una cosa que no entiende: que el hombre es malo. Desde niño empieza a abusar. La civilización es un ejercicio de represión. Y esta sociedad instantánea tiene algo infantil. Antes los ciclos políticos exigían un poso y por tanto permitían cierta capacidad de reacción. Iglesias estuvo a punto de llegar al poder en 10 meses a través de la tele y las redes sociales. En el 1936 se vivía mucho mejor que en 1736 y fuimos a la guerra. En Cataluña una mitad odia a la otra. Recuerdo lo que le contaba un etarra no sé si a Juaristi o a Yanke: «¡Es que, si no matamos, esto en 10 meses es Burgos!». Y es verdad: sólo te tomas en serio a la raza elegida si te puede matar. ¿Por qué Lenin necesitó la violencia? Coño, porque no le votaban lo suficiente.

martes, 5 de diciembre de 2017

AMBROSIO DE SPÍNOLA, UN GENIO MILITAR DE LOS TERCIOS DE ESPAÑA

Ambrosio Spínola fue el genio militar de los Tercios que destrozó las inexpugnables defensas holandesas de Breda. Para muchos el último gran general español del siglo XVII, terminó su vida acorralado y humillado por el valido del rey: el Conde-Duque de Olivares

«Honor y reputación, honor y reputación». Las palabras que balbuceó incesantemente el general Ambrosio de Spínola en su lecho de muerte demuestran las dos premisas que rigieron su existencia. Tan solo habría que añadir un término más a esta pequeña lista para terminar de definirle: España. 

Y es que, el que fuera uno de los últimos grandes generales de los Tercios se dejó la fortuna de su familia, y hasta la vida, para acabar con los enemigos del Imperio allá por Flandes.

 De hecho, su capacidad estratégica le permitió tomar en 1625 Breda, la plaza mejor fortificada de su tiempo y uno de los centros neurálgicos de los rebeldes en plena Guerra de los Treinta Años. Fue, en definitiva, un héroe al que su origen genovés no le impidió abrazar nuestra amada España.

De Ostende a Frisia, sus batallas se contaron casi siempre por victorias gracias a su carácter pragmático (no solía embarcarse en empresas que no viese factibles) y a su maestría a la hora de dirigir a los combatientes. 

Por ello, el popular escritor y periodista Fernando Martínez Laínez (un clásico en lo que a escribir de Tercios se refiere) ha elaborado su nueva novela en torno a su figura. «La senda de los Tercios. Las lanzas» (Ediciones B, 2017), recorre la vida de este general. Un hombre que, a pesar de ser genovés, amó a España como a su patria y a sus líderes como hermanos.

Y todo ello, a pesar de que al final de su vida fue menospreciado y atacado por el Conde-Duque de Olivares, valido de Felipe IV. Un pésimo gobernante que, según explica el autor a ABC, llevó a nuestro país a la ruina: «Era un fantasmón. Hablaba de grandes proyectos que, posteriormente, se demostraban irrealizables». 

El autor afirma, a su vez, que este político fue el representante más claro de una «selección natural a la inversa» acaecida en España desde la muerte de Felipe II. Es decir, la tendencia a que hayan sido «los peores los que hayan actuado políticamente en los momentos de crisis de este país».

Si Spínola viviera le diría que no le falta razón, pues por culpa de las envidias y odios del valido, el que fuera uno de los generales más laureados de los míticos Tercios españoles acabó su vida apartado de la política y marginado por la misma monarquía por la que había combatido durante décadas y a la que había otorgado unas victorias militares incomparables.


A través del mismo Spínola, y junto a Alonso de Montenegro (un soldado ficticio con el que Laínez busca reunir el espíritu de los combatientes españoles de la época) «La senda de los Tercios. Las lanzas» busca recorrer el inicio del ocaso de las «legiones romanas españolas». Unos hombres curtidos que llegaron a dominar Europa a base de pica y arcabuz.

El popular autor también recrea el viaje acaecido en 1629 en el que el militar, ya sesentón, se topó con Diego Velázquez. Un encuentro en el que, según determina el escritor español, el oficial ofreció datos clave al artista para que elaborar el cuadro de «Las lanzas». 

Por si fuera poco, también guarda algunas de las muchas páginas de la obra para narrar las vicisitudes de Federico de Spínola, un héroe olvidado a pesar de ser hermano de Ambrosio y de que tuvo la osadía de querer conquistar Inglaterra. Todo ello, antes de morir «partido en dos» por una bala de cañón.

Los Tercios eran una fuerza de choque al servicio de una política. En ese momento, una Corona que representaba al Estado. El problema es que esa política quebró en el siglo XVII.

Los Tercios cumplieron su cometido hasta que, debido a la política desastrosa que se fue gestando, se quedaron solos y empobrecidos. Poco a poco, empezaron a faltar el dinero y los recursos humanos (hombres que combatieran). Esto sucedió incluso en Castilla, la cantera principal de los Tercios. Esa conjunción, la falta de hombres y de fondos, es lo que finalmente aniquiló a España.

Ambrosio de Spínola fue un personaje muy querido por sus hombres. No pedía nada que no pudiese hacer él mismo. Casi siempre pagaba puntualmente, algo muy difícil en una época donde los retrasos en los sueldos podían ser de años. 

Tampoco se embarcaba en empresas vanas. Así, cuando acometía una tarea, sus soldados sabían que tenían muchas posibilidades de éxito. Todo eso daba mucha moral a la tropa y le granjeó muchas simpatías.

Antes de ser un gran general tenía envidia de su hermano Federico, el aventurero, el héroe. Lo único que le gustaba era la espada, dedicarse a las empresas bélicas. De hecho, planteó de nuevo la conquista de Inglaterra por mar. Era un verdadero militar. Fue uno de los que se dio cuenta de que a Holanda había que vencerla por mar y no por tierra. Toda su obsesión fue conseguir galeras para combatir a los rebeldes. Atacarles donde más le dolía y hacerlo mediante el corso. Por desgracia, murió como le correspondía: una bala de cañón le partió prácticamente en dos.

El caso de Ambrosio de Spínola es muy distinto. Era un patricio genovés destinado a las finanzas y a ganar dinero. Tuvo que seguir otro camino para adquirir esa capacidad militar con la que Federico nació. Él la consiguió a base del estudio, por ejemplo, de la táctica (en la que fue un maestro). Federico no estudió nada.

Está claro que tenían dos personalidades diferentes que se complementaban. Un ejemplo es que, cuando Federico murió, Ambrosio se dio cuenta de que era una locura intentar invadir Inglaterra y se negó a continuar esa empresa. Reconoció que no había medios para ello y que no era posible construir una flota que se midiera a la británica en el Canal de la Mancha.

La falta de dinero de España llevó a Spínola a sufragar su propio ejército con la fortuna de su familia. Spínola era un personaje excepcional en ese sentido. ¿Quién tendría hoy en día arrestos para perder una gran fortuna como la que tenía en la guerra? Y eso, siendo un extranjero, aunque siempre consideró que tenía dos patrias.

Estuvo colmado de honores. Fue Grande de España y le nombraron prácticamente todo lo que podían nombrar desde el punto de vista honorífico. Pero la realidad era que había muchos que le consideraban extranjero.

Además, los genoveses tenían mala fama por entonces. Se les consideraba mercaderes que explotaban y vampirizaban el oro y la plata que llegaba desde América.

Sus victorias militares fueron más que destacables. Sin embargo, la de Breda fue la más determinante.

Breda era una ciudad fortificada rodeada de una serie de posiciones defensivas muy poderosas. Además había zonas pantanosas casi inaccesibles. A parte de ello, había que evitar que se abasteciera mediante barcos.

Además estaba bien defendida. Los enemigos se dividieron en dos fuerzas. Una que se encontraba dentro de la ciudad, dirigida por Justino de Nassau, y otra que atacaba desde el exterior, a las órdenes de Mauricio de Sajonia. El objetivo de ambos era coger entre dos fuegos a Spínola. Por eso era tan difícil mantener el cerco en torno a Breda.

Entre los sitiados había holandeses, pero también ingleses y franceses. Era una tropa curtida, había voluntarios, mercenarios contratados... Una fuerza de varias nacionalidades.

Desde el punto de vista logístico fue una gran hazaña porque hubo que hacer frente a factores como la climatología -fue un invierno durísimo-, a las enfermedades o a la desviación de ríos -Spínola ideó un sistema para canalizar las corrientes a base de barreras para que su ejército se pudiese mantener en la zona-. Como asedio de una gran ciudad fue un modelo casi irrepetible.

Posteriormente creó trincheras a su alrededor para evitar la comunicación de Breda con el exterior. Spínola era un gran admirador de Julio César, que era un líder de espada, pero también de pico y pala. Lo primero que hacían los romanos cuando llegaban a un sitio era cavar trincheras y levantar empalizadas. El genovés siguió esa tradición heredada en principio de las legiones, pero también de los tiempos del Gran Capitán.

Al final, tras 11 meses de asedio, se logró tomar la ciudad. Realmente nadie tenía confianza en que se fuera a tomar Breda. Incluso los oficiales eran escépticos y afirmaban que era una locura. Decían que lo único que iba a generar era un gran gasto de dinero. Casi contra la opinión de la gran mayoría de los oficiales, Spínola se empeñó y lo consiguió.

El problema es que Breda capituló 13 años después de mala manera. Se perdió por la falta de dinero y de recursos y se volvió al punto cero.

Desde el punto de vista militar, y visto con perspectiva, Breda fue una hazaña tremenda que cambió el mundo. Pero fue una gran batalla de una guerra perdida, un episodio brillante de heroísmo de perdedores.

¿Por qué entró en conflicto con el Conde-Duque de Olivares a pesar de todas sus victorias?

Era un personaje muy pragmático. Eso le llevó a chocar con el Conde-Duque de Olivares. Cuando el político empezaba a elaborar planes fantásticos que no tenían posibilidad real de llevarse a cabo, Spínola le cantaba las cuarenta. Le decía que eran entelequias, que los Tercios no podían combatir a ese ritmo porque no había soldados ni armas.

Mientras Olivares elucubraba sin ninguna base real, Spínola buscaba conseguir una paz con Holanda al precio que fuese. Lo hacía porque sabía que aquella guerra se estaba llevando por delante a España.

Hubo un momento en el que Spínola casi se rebeló. Fue cuando, tras volver a España, el Conde-Duque y el Rey le ordenaron regresar a Flandes para seguir combatiendo. Él se negó. Les dijo que no tenía ningún sentido volver si carecía de recursos y les explicó que la situación era desastrosa. Eso se interpretó como una grave falta. En esa disputa estuvo en Madrid muchos meses. Mientras tanto, sus enemigos le fueron minando el terreno. Llegó un momento en el que se hartó de todo. Eso contribuyó a su ruina personal.

Fue entonces cuando conoció a Diego Velázquez. Le conoció porque el rey encargó al pintor que fuera a Italia a adquirir obras de arte para la Corona española. En ese viaje que hizo desde Barcelona coincidió con Spínola, que iba al norte de Italia tras ser designado capitán general en el Milanesado. Por entonces Velázquez se consideraba un funcionario, para él pintar era casi un hobby. Su obsesión era tratar de ascender socialmente en la corte.

Finalmente Spínola murió en 1630 hastiado. Es muy triste como le fueron acorralando hasta casi quitarle el mando en Italia. Murió casi de pena, del propio estrés, de la decepción y el desengaño. Todo ello le llevó a la tumba.

Era casi medieval en algunos aspectos. Un sujeto del renacimiento tardío imbuido todavía de los ideales de la caballería que aparecen en el Quijote. Fue un personaje crepuscular condenado a desaparecer con la historia de su propio país.

Su historia demuestra como grandes figuras españolas han acabado en el basurero, además de vilipendiadas y marginadas. Spínola no fue una excepción, es algo que ha sucedido a una serie interminable de grandes personajes de este país que han terminado de mala manera.

La decadencia de España por culpa de los políticos se inició en el siglo XVII. Empezó una vez muerto Felipe II con los validos y los favoritismos. En ese momento se perdió la conciencia de Estado. Hasta entonces, tanto este monarca como Carlos V se habían rodeado de muy buenos secretarios. Consejeros muy competentes. 

Esa administración era bastante buena, pero se rompió en la época de Felipe III con el Duque de Lerma, un golfo y un corrupto hasta la médula que se quedó con el dinero de media España.

A partir de ese punto se inició la cuesta abajo. Se empezó a elegir a los más corruptos y a los que menos talento tenían.

Desde los tiempos de Felipe III la clase política española ha funcionado como una especie de selección natural a la inversa. Han sido los peores los que, en los momentos críticos de este país, han actuado políticamente. El desastre nacional que hemos vivido en los grandes períodos se explica en base a ello.

En tiempos de Felipe IV esta tendencia se acentuó con el Conde-Duque de Olivares. Un fantasmón que siempre hablaba de grandes proyectos que, posteriormente, se demostraban irrealizables. Además estaba imbuido de una gloria personal que le llevó a la ceguera, a no ver el drama que se estaba desarrollando: el de una España empobrecida, rodeada de enemigo que estaba siendo atacada por muchos frentes y que se iba derrumbando poco a poco.

Esta tendencia a los malos gobiernos es una de las claves que explica la parte tan negativa de nuestra historia. Hemos tenido históricamente muy mala suerte. Ha habido una especie de maldición. Una gran falta de cabezas rectoras, de personas con talento político y con una envergadura suficiente para sacar al país del atolladero.

Esta tendencia se atenuó con los Borbones, pero luego volvió a crecer en la Guerra de la Independencia. En aquellos años estuvimos rodeados de personajes esperpénticos y nefastos. La misma Guerra Civil muestra la incapacidad política de este país.

Fernando Martínez Laínez, autor de «La senda de los Tercios. Las lanzas», explica a ABC cómo fue el auge y la caída de este personaje

MANUEL P. VILLATORO - ABC - 03/10/2017 

LA BATALLA DE ALJUBARROTA EN LA QUE PORTUGAL DERROTÓ A CASTILLA

Cuando en el siglo XVI, antes de que Felipe II anexionara Portugal, un franciscano visitó la corte portuguesa se encontró en medio de la algazara por el aniversario de la batalla de Aljubarrota. El Rey portugués preguntó al español si en Castilla se celebraban también fiestas tales por semejantes vencimientos. «No se hacen, porque son tantas las victorias nuestras, que cada día sería fiesta, y morirían los oficiales [artesanos] de hambre», contestó el franciscano.

Una respuesta conforme a la bravuconería española, pero que escondía el terrible recuerdo que aún pesaba en la memoria castellana por aquella batalla celebrada el 14 de agosto de 1385, con el infausto Juan I como Rey.

Batalla de Aljubarrota, 13 de agosto de 1385 entre las coronas de Portugal y Castilla

A la muerte de Enrique «El Fratricida», el primero de los reyes de la dinastía de los Trastámara, le sucedió en el trono castellano su hijo Juan I de Castilla, que también tuvo que luchar para defender sus derechos al trono frente a los descendientes de Pedro «El Cruel», de la dinastía depuesta. 

Juan fue un continuista del anterior reinado y el artífice de un periodo de maduración institucional para la Corona de Castilla, precisamente, porque los enemigos exteriores acosaban sus fronteras y se hacían fuertes en el país vecino.

Como prueba de ello, en julio de 1380 se firmó en Estremoz un acuerdo secreto que preveía una acción anglo-portuguesa sobre Castilla para sustituir al trastámara por Juan de Lancaster, casado con la hija de Pedro «El Cruel». Afortunadamente para la estabilidad de Castilla, la operación fue un fracaso y, de la enemistad con Portugal, se transitó de golpe a la amistad a través de la boda de Juan y la hija del Rey luso.

Castilla se apropia de la Corona de Castilla
Con la intención de evitar un nuevo desembarco inglés en Portugal, Juan de Castilla reclamó a la muerte del Rey de Portugal los derechos dinásticos de su esposa para establecer un protectorado sobre el reino portugués a partir de 1383. El matrimonio fue reconocido como Rey y Reina de Portugal por la nobleza, con la oposición del pueblo en algunos puntos del país, lo cual encendió una revuelta en Lisboa encabezada por el maestre de Avís. El levantamiento en torno al hermano bastardo del anterior Rey se extendió pronto a Oporto.

En un momento dado la Reina Leonor se distanció de su marido para apaciguar a los revoltosos, lo que dio lugar a una situación confusa en la que convivieron tres poderes en el país vecino: el de Leonor, el de Juan y el del maestre de Avís, proclamado por elementos populares con el título de Defensor del Reino.

Como se explica en el libro «Historia de España de la Edad Media» (Ariel), coordinado por Vicente Ángel Álvarez Palenzuela, Juan exigió en enero de 1384 desde Santarem la entrega de poderes a su esposa, que cuando se negó fue recluida en Tordesillas, como un siglo después lo sería la célebre Juana «La Loca». Así las cosas, Santarem se convirtió en la sede del poder castellano en Portugal, donde acudieron numerosos nobles a jurarle lealtad a Juan, alarmados por las consecuencias de la revuelta popular.

El Monarca decidió marchar, por tierra y por mar, sobre Lisboa para acabar con la revuelta de Avís definitivamente.

La desesperada resistencia de Lisboa y Oporto y la aparición de la peste negra colocaron al ejército castellano al borde del desastre. El 3 de septiembre de 1384, Juan I de Castilla dejó guarniciones en las plazas de sus partidarios, regresó a Castilla y pidió ayuda al Rey de Francia. 

El poder militar de Castilla y el gran número de fortalezas bajo su control siguió manteniendo vivas las esperanzas de victoria. Sin embargo, su ausencia en Portugal fue aprovechada por el Maestre de Avís para que las Corte reunidas en Coimbra le proclamaran como Rey Joao I de Portugal, el 6 de abril de 1385.

Mientras Juan obtenía el apoyo de Francia y Aragón, Joao I ofreció a Inglaterra una alianza militar y el respaldo al candidato Lancaster al trono castellano. De manera que cuando Juan inició una nueva invasión con la intención de reforzar su posición en las distintas guarniciones leales, las tropas de Joao habían crecido ostensiblemente. En mayo de 1385, las tropas castellanas experimentaron un primer tropiezo en Trancoso, pero la flota y el ejército continuaron con sus planes.

Tras una serie de combates infructuosos y una larga travesía en medio del calor de agosto, las tropas castellanas se toparon con el enemigo en una colina cerca de Aljubarrota. En total, los fatigados castellanos sumaban 31.000 hombres, entre ellos 2.000 caballeros franceses, frente a solo 6.000 portugueses, asesorados por mandos ingleses.

La trampa portuguesa
Los portugueses les estaban esperando, aun cuando estaban en inferioridad numérica, porque confiaban en que la altura les daba ventaja. 

Siguiendo el mismo plan con el que los ingleses habían sorprendido a los franceses en las recientes contiendas de la Guerra de los Cien años, la caballería desmontada y la infantería se colocaron en el centro de la línea rodeadas por los flancos de arqueros ingleses, protegidos por varios riachuelos. En la retaguardia, se situó el propio Joao para realizar una posible salida cuando –esperaban los portugueses– los castellanos se estrellaran con su muro defensiva.

El Rey de Castilla también advirtió la dificultad de un ataque frontal contra los portugueses, más cuando sus tropas estaban exhaustas. Sin embargo, sus exploradores encontraron que en la vertiente sur de la colina había un desnivel más suave para realizar un asalto a las líneas lusas. 

Sin pestañear, el ejército portugués invirtió su disposición y se dirigió a la vertiente sur. Los portugueses tuvieron tiempo de construir trincheras y cuevas frente a la línea de infantería.

El combate se trabó con las últimas luces de la tarde del 14 de agosto de 1385. Como habían previsto los lusos, los castellanos atacaron de forma desordenada colina arriba en la clásica carga de la caballería francesa. En lo alto, los atrincherados arqueros ingleses del ejército de Joao, cerca de un centenar, causaron graves estragos a la caballería. La infantería portuguesa se encargó de aniquilar a los restos de la caballería franco castellana.

Todavía en superioridad numérica aplastante, Juan de Castilla hizo avanzar a su infantería. Los arqueros ingleses dieron un paso atrás para que los infantes portugueses organizaran un movimiento envolvente. Sobre las desorientadas huestes castellanas, cayó Nun Alvares Pereira, condestable del reino, para consumar la catástrofe. 

A la puesta del sol, con el día perdido, Juan I de Castilla ordenó una retirada que terminó en desbandada. La cifra de muertos fue dantesca, cerca de 10.000, entre ellos dos hermanos de Nun Alvares Pereira que luchaba con los castellanos y numerosos miembros de la nobleza patria.

Uno de estos caídos fue Pero González de Mendoza, capitán general del ejército castellano, que entregó su caballo al Rey Juan I cuando una flecha portuguesa mató a su montura. El Rey le ordenó que subiera a la grupa para escapar ambos, a lo que González de Mendoza contestó: «Non quiera Dios que las mujeres de Guadalaxara digan que aquí quedan sus fijos e maridos muertos e yo torno allá vivo».

La mayoría de bajas se produjo en esta huida, cuando la retirada castellana derivó en una gran matanza a manos de los soldados y de los lugareños. 

La leyenda de la panadera Brites de Almeida ilustra el odio que se desató entre los locales. Esta mujer, cuya panadería se encontraba a once kilómetros del escenario bélico, halló a siete soldados castellanos (el número varía según la versión) escondidos en el horno del pan y, usando la pala con la que sacaba la comida, los fue matando a golpes según iban saliendo de su improvisado refugio.

Enfermo y agotado, Juan I cabalgó hasta Santarem para reunir a los supervivientes y, tras descender por el Tajo, se reunió con su imponente flota en el estuario del río. En Sevilla evaluó la situación catastrófica. 

Sin recursos económicos ni humanos para continuar la campaña, el Rey dejó caer las fortalezas que mantenía en Portugal e inició una estrategia defensiva para prevenirse de un contraataque inglés. De la pujanza hacia el exterior, se retrocedió otra vez en Castilla al tiempo de las luchas internas.