sábado, 18 de febrero de 2017

LA HEROICA CARGA DEL REGIMIENTO ALCÁNTARA

A las cinco de la madrugada de un abrasador amanecer de julio del año 1921, todos supieron que iban a la muerte. El capitan Iriarte seria el portavoz de tan amargo trago. Cuando se iniciaron las acciones de apoyo al sitiado General Silvestre, todos sabían a lo que iban e intuían perfectamente que no volverían.

La noche anterior todos se acostaron inusualmente temprano en medio de un silencio demoledor, las noticias que llegaban del frente eran escalofriantes. La barbarie más execrable se había cebado con los soldados españoles en el Rif. Las cabilas al mando de Abd el Krim habían masacrado a un entero ejército europeo en una trágica retirada, un ejército con una planificación logística desastrosa, donde el más mínimo atisbo de estrategia brillaba por su ausencia; sin mandos dignos de tal nombre – la cúpula militar en Melilla no reaccionaba ante las atrocidades en curso–, y con contados oficiales dando testimonio de un heroísmo más allá de lo razonable.

Soldados con alpargatas mal dirigidos por lustrosos generales con botas brillantes. Ranchos de miseria frente a viandas delicatessen servidas por camareros de punta en blanco. Ingesta de orines en los blocaos frente a un agua mineral de Vichy impensable en el frente. Y todo así: el abandono de la tropa a su suerte frente a la gomina del generalato. Una vergüenza para la nación el desdén con que se manejaba la situación y mientras, el rey jugando al Monopoly con sus inversiones en el protectorado.

A las cinco de la madrugada de un abrasador amanecer de julio del año 1921, todos supieron que iban a la muerte. El capitan Iriarte seria el portavoz de tan amargo trago. Todos se cuadraron ante la orden.


Eran los más brillantes en medio de tanta mediocridad, eran 700 uniformes llenos de honor y dignidad, eran el Regimiento de caballería de Alcántara.

La mística de la unión entre pares
Si había algo que caracterizaba a esta unidad llena de héroes de otras unidades del ejército, era que entre mando y tropa había un tratamiento de iguales, más allá de una instrucción excelente. Los galones se dejaban para las ocasiones formales; el respeto de los oficiales hacia la tropa y viceversa, rozaba la comunión. No existía ese temor reverencial al superior si no la mística de unión entre pares.

Cuando se iniciaron las acciones de apoyo al sitiado General Silvestre, todos sabían a lo que iban e intuían perfectamente que no volverían. De los setecientos hombres que componían la unidad, solo regresarían setenta hombres vivos de la severa realidad de aquellos terribles días. El monarca de la muerte había desatado el horror mas inmisericorde sobre aquella tropa condenada por sus mandos.



Sobre el Desastre de Annual hay ingente bibliografía llena de detalles exhaustivos sobre aquella trágica carnicería, pero lo que aquí se trata es de poner en valor los últimos momentos de un grupo de hombres que con su elevado comportamiento suplieron las carencias de un mando instalado en la desidia.

Cuando se fraguó la tristemente célebre retirada de Annual, cerca de 20.000 rifeños perfectos conocedores del terreno, se enfrentarían a una atomizada tropa de soldados repartidos en diferentes blocaos y fortificaciones desperdigados por el Rif. Aquel despropósito requería una audacia logística de la que carecía el ejército español del momento y por ello, se pagó un altísimo precio.

Los rifeños, desde las alturas, dominaban a placer la iniciativa mientras masacraban sin contemplaciones a los pobres desgraciados.

Cuando la retirada se había convertido ya en un hecho de proporciones espantosas y por poner algunos datos sobre la mesa, en el río Igan, durante el vadeo del mismo y en solo cuatro horas de tiro al blanco, ya habían caído más de 2.500 hijos de España -a los que, por cierto, no se les conoce ningún monumento y no sera por falta de canteras en este país-. Durante la huida, y sin que nadie cubriera la retaguardia, se produjo una desbandada antológica. Los rifeños, desde las alturas, dominaban a placer la iniciativa mientras masacraban sin contemplaciones a pobres desgraciados que no tenían recursos para pagarse la exención del servicio militar.


El general Navarro, a la sazón segundo jefe de la Comandancia de Melilla, conseguiría dar algo de aliento a aquella tropa de desheredados en Dar Drius, una solida posición bien fortificada y con abundante agua disponible. Esta posición se vería rodeada por miles de turbantes mientras que el regimiento de caballería Alcántara se multiplicaba heroicamente a la par que sus efectivos disminuían vertiginosamente. Eran una nota de honor en medio de tanta desgracia.

Sin compasión
Las sucesivas cargas de este regimiento de caballería obtendrían el resultado de proteger la huida de la desperdigada infantería, pero a un coste humano inenarrable; monturas y jinetes sembraban con sus restos insepultos calcinados aquellos secarrales, trochas y veredas mientras un sol de justicia caía sobre aquellas desoladas llanuras y la esperanza de ayuda desde Melilla se disipaba amargamente y la resignación se instalaba en su cruel realidad. Según el informe Picasso hay constancia de que el casino de oficiales permanecía abierto y sus indiferentes usuarios jugaban a las cartas como quien no quiere la cosa.

A unas decenas de kilómetros, sin agua, acosados de manera inmisericorde, sin un instante para descansar, sin munición; más de diez mil soldados abandonados a su suerte perecieron en aquel ominoso episodio de la historia militar de nuestro país, una de las catástrofes evitables que más marcaron a toda una generación de jóvenes oficiales.

El éxodo o retirada tumultuaria, el desorden y el atropello con que se escapaba de los fuertes, aguadas y blocaos rozaba lo apocalíptico. A todo esto había que añadir que las harkas cabileñas de Abd el Krim eran literalmente indetectables ya no por su adaptación al terreno, sino porque los sayos que usaban eran de color terrero y por lo tanto adaptados al terreno circundante. No había compasión alguna para con aquella tropa abandonada a su suerte.

Pero había un inconveniente, el camino que conducia a Batel estaba plagado de hombres de Abd el Krim sedientos de sangre. Navarro ordenaría al Teniente Coronel Primo de Rivera (nada que ver con el golpista, era un militar honrado), despejar las alturas en las que estaban instalados los tiradores adversarios y ahí, en esa acción, perecería la flor y nata de la caballería española y probablemente del ejército.

Se sabe que todos ellos murieron en formación cerrada con los caballos cuerpo a tierra, y asimismo, que aquellos dignísimos soldados entraron con la horda en un cuerpo a cuerpo tremendo y desigual. Sable en mano y con la munición agotada, es fácil de imaginar como fueron aquellos últimos momentos.

Cinco meses más tarde se localizarían los restos de jinetes y caballos en intima comunión calcinados por el sol y con mutilaciones que es preferible no precisar.

La columna de Navarro y la tropa con los ojos extraviados tras transitar por aquel pasaje de la locura, llegaría a la posición de Batel gracias a aquel desgarrador sacrificio, aunque más tarde en Monte Arruit se rendirían exhaustos.


Cerca de noventa años han hecho falta para que al Regimiento Alcántara se le concediera la más alta distinción del ejército español, la laureada colectiva de San Fernando.

ÁLVARO VAN DEN BRULE

lunes, 30 de enero de 2017

OJO CON LOS ABUELOS DE LA GUERRA CIVIL

No había leído completas las memorias de Arthur Koestler. Sólo la primera parte, Flecha en el azul, así como el librito Un testamento español y sus novelas El cero y el infinito y Espartaco. Novelista y ensayista, como saben, Koestler fue miembro del partido comunista y espía de Moscú en la guerra de España. Y como en estos tiempos, gracias a mi amigo Lorenzo Falcó, ando zambullido en aquella época tan bárbara e interesante, decidí zanjar cuentas pendientes con Koestler rematando el relato de su vida. En ésas andaba hace días cuando, ya casi al final, encontré un párrafo que, relacionado con otro libro leído del mismo autor, motiva hoy esta reflexión. Algo que da en qué pensar, y mucho. O, por lo menos, a mí me da.

En Un testamento español, que leí hace años -ahora acaba de reeditarse bajo el título Diálogo con la muerte-, Koestler narra sus penalidades durante la Guerra Civil tras ser apresado por los nacionales. Estuvo a punto de ser fusilado, y esos días de espera lo convirtieron en testigo privilegiado de la vida carcelaria y las implacables ejecuciones de presos, sus compañeros, sacados de sus celdas para llevarlos al paredón. Es un relato de horror, en el que Koestler manifiesta la natural simpatía por sus compañeros de infortunio. Entre esas simpatías incluye la que siente por dos presos a los que llama Byron y El Tísico, éste último «político republicano muy conocido, Byron había sido su secretario. Desde hace tres meses esperan a ser fusilados», e incluso califica a uno de ellos como «hidalgo español». Luego añade: «Me era más difícil dejar a Byron y al tísico que a todos mis amigos y familiares». Y de esa forma logra transmitirnos la sensación de afecto y solidaridad con ellos, la injusticia de su situación y el horror de la suerte que les aguarda.

Pero oigan. Cosas de la vida. Ahora, al leer la última parte de las Memorias de Koestler, pues allí menciona nombres reales, he sabido al fin quiénes eran los infelices republicanos, el político y su secretario, sus amigos de cárcel condenados a muerte por los franquistas. Él mismo revela el nombre del Tísico: «Fue ejecutado tres días después de que me soltaran. Se llamaba García Atadell y había sido líder de un grupo de vigilantes de Madrid». El nombre, debo confesarlo, me saltó a la cara como un disparo. Para ser exacto, como los disparos en la nuca, torturas, robos y violaciones, que el Tísico amigo de Koestler, o sea, Agapito García Atadell, tristemente célebre en los anales de la Guerra Civil, y su secretario Byron -de nombre real Luis Ortuño-, ejecutados tres días después de la puesta en libertad del escritor, habían estado practicando con entusiasmo durante la época en la que García Atadell ejerció como -eufemismo delicioso- «líder de vigilantes en Madrid». Todo eso, claro, no lo cuenta Koestler porque lo ignoraba, pero está en los libros de Historia, que detallan cómo García Atadell creó una organización de terror al frente de la Brigada de Investigación Criminal, también llamada Brigada del Amanecer, que con beneplácito del Gobierno instaló una checa en el Paseo de la Castellana donde se torturó, violó y mató sin control ninguno, tanto a derechistas como a republicanos que no eran de su cuerda. Hizo una fortuna con lo robado a sus víctimas, y cuando con su ayudante Ortuño, en plena guerra pero con el bolsillo lleno, quiso huir al extranjero, fue capturado casi de casualidad por los franquistas. Que, ojo por ojo en este caso, le dieron las suyas y las del pulpo. Garrote vil.

El asunto contiene, a mi juicio, un aspecto educativo. Como escribí alguna vez, en la guerra y postguerra civil cayó gente buena de ambos bandos: españoles honrados que luchaban por sus ideas o se vieron atrapados, a su pesar, en aquel disparate sangriento

Pero cuidado. Allí no todos fueron héroes, ni gente digna. Los 200.000 hombres y mujeres asesinados en ambas retaguardias, no murieron solos. Alguien tuvo que asesinarlos. Y muchos nietos que hoy recuerdan con orgullo o dolor a sus abuelos como luchadores de una u otra causa, ignoran que no todos fueron héroes de trinchera o víctimas inocentes. También hubo carniceros emboscados, ladrones, gentuza miserable como García Atadell y sus infames secuaces. Y políticos que los dejaban actuar

Las leyendas son bonitas, y el afecto filial es comprensible. Pero la realidad tiene su propia lectura. Los españoles tuvimos abuelos admirables en ambos bandos, y también sucios oportunistas y abyectos criminales. Aunque el tiempo, la ignorancia y la simpleza de las redes sociales adornen hoy las cosas de otra manera, hay que tener cuidado con la siempre compleja memoria histórica. Así que ya saben. Mucho ojo con los abuelos.

Arturo Pérez-Reverte
PATENTE DE CORSO - XL SEMANAL

domingo, 29 de enero de 2017

El “prusés”, entre el esperpento y el delito

Max Estrella, uno de los personajes de 'Luces de Bohemia', intuye el esperpento “como si los héroes antiguos se hubiesen deformado en los espejos cóncavos de la calle, con un transporte grotesco pero rigurosamente geométrico. Y estos seres deformados son los héroes llamados a representar una fábula clásica no deformada. Son enanos y patizambos que juegan una tragedia”. Enanos patizambos encargados de transportar Cataluña a la Ítaca fabulosa de la independencia, retratados esta semana como personajes esperpénticos y al tiempo delictivos por la grosera locuacidad del exjuez Santiago Vidal. El esperpento de esa España gastada que asoma en las pinturas de Goya, en la pluma acerada de Quevedo y en la estética deformada de Valle Inclán. Los dioses del prusés transformados en personajes absurdos, tipos de sainete, en una manera muy catalana, muy española, muy del demiurgo que se cree hecho de distinto barro que sus muñecos, de deformar la realidad. En la historia interminable de un nacionalismo dispuesto a rendir al contrario por aburrimiento, lo de Vidal ha sido un bombazo. “Un torpedo en la línea de flotación del nacionalismo” se podía leer ayer en La Vanguardia. Una bomba que cogió a los dirigentes indepes en pelota picada. Y no es que no se supiera, no, que los excesos verbales practicados por este berzas con ínfulas en sus “conferencias” corrían por Barcelona desde hace tiempo, aunque fue El País quien, en la tarde del jueves, les dio carta de naturaleza.

El relato de las deposiciones verbales del sujeto podría resumirse en el amenazador “Estáis todos fichados y lo sabéis”, exceso al que podría añadirse, en escorzo lingüístico adecuado al caso, que “sí, claro que es ilegal, porque el tratamiento de los datos personales, las libertades públicas y los derechos fundamentales de los españoles está garantizado por la Constitución y, más concretamente, por Ley de Protección de Datos (LOPD), pero, qué le vamos a hacer, no tenemos más remedio que saltarnos la legalidad, en eso somos especialistas, porque no hay otra forma de hacer realidad el sueño de la independencia”. Algunas de las 'perlas' que ha soltado el hasta ahora senador por ERC, antiguo magistrado de la Sección Décima (Penal) de la Audiencia de Barcelona (¿qué sentencias no habrá firmado el sujeto?), venían desde hace tiempo circulando por Barcelona como monedas de curso legal, caso de los datos fiscales de un buen número de contribuyentes (la Agencia Tributaria catalana, dependiente del conseller de Economía, guarda una lista secreta en la que se incluyen nombres y cargos de las personalidades más relevantes de la región); caso de los servicios secretos israelíes, el temible Mossad, que estarían instruyendo a los Mossos para formar el núcleo de un CNI propio; caso de un cierto número de jueces que, sensibles a los postulados de la independencia, podrían incorporarse a la administración de Justicia de la futura República, porque a eso se ha dedicado este elemento desde su despacho oficial en el Centro de Estudios Jurídicos de la Generalitat.


Y, ¿quién es este pájaro? No un cualquiera, no, que fue el encargado de redactar el borrador de la futura Constitución y planificar las “estructuras de Estado” de la República Independiente de Cataluñistán por el Moisés Mas, lo que da idea de su predicamento dentro del Movimiento Nacionalista, un tipo exhibido como trofeo por el independentismo en razón a su currículum en la judicatura española, la joya de la corona que se disputaban unos y otros, “tengo ofertas de todos los partidos”, hasta el punto de que cuando Convergencia se hartó, el tipo no dudó en inscribirse en la legión francesa de ERC, como un Rufián más, que lo acogió con los brazos abiertos. Todos se han apresurado ahora a decir que es un loco indigno de crédito. Les ha pillado tan a contrapié, que no queda más remedio que desacreditar a quien media hora antes pasaba por ser un héroe de la causa. Cualquier cosa antes de terminar dando la razón a la Rahola y su vaticinio: “Podemos hacer de todo menos el ridículo”. Pero ¿es verdad o es mentira lo que cuenta este oportunista con aspecto de cazador de fortunas, este aventurero de despacho con vistas a la plaza Sant Jaume? Es el trabajo que compete a la Fiscalía Superior de Cataluña, en respuesta a la orden del fiscal general del Estado, José Manuel Maza, para que investigue qué hay de verdad en las afirmaciones de un personaje a quien nadie en el Movimiento Nacionalista había desmentido hasta ahora.

Evidencia de golpe de Estado

Un escándalo que deja en situación comprometida a Puigdemont, desde luego a Romeva, Minister of Foreign Affairs (según su propia cuenta de twitter) de Cataluñistán, y naturalmente a Junqueras, el jefe de las finanzas de la Generalitat con ventanas al despacho de Cristóbal Montoro. Un suceso que pone al descubierto el doble lenguaje en que se mueven los mentores del prusés. Y el engaño. Porque si es verdad solo una parte de lo que el vivo Vidal ha ido predicando por ahí, entonces el Gobierno de la nación no tendría más remedio que intervenir de una vez, como prueba evidente de ese golpe de Estado soterrado que el independentismo puso en marcha el 12 de septiembre de 2012, que ya ha llovido; y si es mentira, entonces el nacionalismo mostraría su peor cara, el rostro de una realidad deformada por los espejos valleinclanescos con la que trata de engañar a sus propios ciudadanos vendiéndoles la moto de una independencia en la que nadie cree. Un nacionalismo cleptómano que tergiversa, manipula y miente.

Leído ayer en la cuenta de twitter de un respetado analista político: “Hay tontos, hay tontos del culo, hay tontos con balcones a la calle y después viene Santi Vidal”. ¿Significa esto que a partir de ahora los responsables de un prusés que pretende romper España, acabando con la etapa más larga de paz y prosperidad de que ha gozado este atormentado país a lo largo de su historia, van a dejar de contar con el respeto y consideración del que inexplicablemente han gozado en los últimos tiempos? Es elemento central del problema que nos afecta. La pusilanimidad, la resignación, la mansedumbre cotidiana con la que todos –políticos, jueces, medios- hemos aceptado los desplantes, los desprecios, los insultos diarios a España y los españoles, algunos lanzados desde la propia tribuna del Parlamento, de algunos de estos personajes con aspecto de matones de barrio, y ello por miedo a ser tachados de políticamente incorrectos. En los espejos cóncavo y convexo del callejón del Gato independentista entra un atildado señor de Barcelona y sale convertido en un Puigdemont, un Romeva, un Junqueras, un Tardá, un Homs, un Rufián, el charnego andaluz que se cisca en sus raíces para ser aceptado por los WASP del nacionalismo pata negra, tipos a menudo con dificultades para expresarse correctamente y a quienes hemos otorgado pasaporte de normalidad cuando seguramente no permitiríamos sentarse a nuestra mesa.

La rajada de Vidal, cierto, tiene un implícito efecto perverso en tanto en cuanto viene a confirmar la tesis del gran Mariano, según la cual no hace falta sembrar vientos en Cataluña, y mucho menos mandar a la pareja de la Guardia Civil, porque el independentismo se encargará de perecer en la tempestad desatada por su propia locura. La Señora que ha montado despacho, es un decir, en Barcelona, parece encallada, metida en el barro de sus aspiraciones sin lograr avanzar un milímetro. Eso está llamado al fracaso si, prudentes, nos negamos a decir que ha fracaso rotundamente ya. No hay nada que hacer, nada que negociar con unos señores que se niegan a apearse del burro. No hay nadie en Convergencia con autoridad bastante para decir alto, un momento, esto no puede seguir así, hay que parar esta locura, de modo que la tropa antes citada parece condenada a seguir deslizándose por un tobogán que camina sin pausa rumbo al precipicio.

La bomba nuclear se llama Jordi Pujol
Hay quien dice, cierto, que el único que podría parar ese tren es Jordi Pujol, cerrando el círculo de ignominia que él mismo abrió el día en que, ante las cámaras, reconoció haberse convertido en un evasor fiscal, en el más ilustre representante de la República Catalana del 3 por cierto, la Cataluña de la corrupción galopante, contraparte de la España de la corrupción galopante. La bomba nuclear del llamado “problema catalán” se llama Jordi Pujol i Soley, un hombre que logró construir una especie de Estado dentro del Estado, un Estadito ordeñado con regularidad y esmero por sus hijos y por los afectos al mismo, gente que hoy dispone de fortunas extravagantes, de casoplones de infarto en Premiá de Dalt, Cerdanya, y por ahí. Una tribu que llegó a cobrar minuta por cada empresa que se instalaba en la comunidad y también por las que salían o querían salir (razón, Sony y otros), con “recaudadores” conocidos por todos, algunos incluso entre los que apalabraron la Constitución del 78. Casoplones y empresas y empresarios (razón, Sumarroca & Cia) que se han hecho de oro arrimando el ascua al Estadito de don Pujolone. Y alpiste para incautos en forma de “Espanya ens roba” pregonado a todas horas desde unos medios de estricta obediencia (razón, TV3 y La Vanguardia).

La cosa apestaba ya antes incluso de que Pasqual Maragall pronunciara su histórica frase de “vostès tenen un problema, que es diu 3 per cent”, pero nadie a levantado la voz porque el clan y sus servidores sigue teniendo mucho poder, tienen sus Estevills bien posicionados en el estamento judicial, muchos millones, y unos cuantos dosieres con los que amenazar a quien pretenda ponerlos firmes. Un cisne negro. Y una broma de Parlament. “El clan puede desestabilizar el Estado español porque dispone de información para liquidar a la mitad de la clase política de la Transición. Por eso se mueven con tanto desparpajo”. Determinada élite viene sosteniendo en privado desde hace tiempo que el prusés es un montaje ideado por ellos para romper el cerco de una Justicia que en cualquier democracia occidental hubiera metido a casi todos en la cárcel. En España, los Pujol no entran en prisión. ¿Cómo acabará todo? Sospecho que podría hacerlo en una especie de “Abrazo de la Vergüenza”: en una opaca impunidad para los Pujol y su servidumbre política (Mas y demás incluidos), a cambio de un prusés atemperado y, pasado el tiempo, finiquitado. Una especie de intercambio de prisioneros. Y don Jordi, el evasor fiscal, volviendo a la televisión para anunciar que se acabó la broma.

JESUS CACHO 29.01.2017

viernes, 27 de enero de 2017

LA REVOLUCIÓN RUSA: MILLONES DE MUERTOS QUE LOS COMUNISTAS ESPAÑOLES IGNORAN

Las matanzas a obreros y el terror comunista: lo que Ahora Madrid parece ignorar sobre la Revolución Rusa

Las luchas de Febrero de 1917 alcanzaron oficialmente los 1.382 fallecidos (869 eran soldados) a causa de tiroteos con la policía, fuego cruzado y accidentes con armas y explosivos. Pero aquello solo fue la antesala del auténtico horror y de la posterior guerra civil, con millones de muertos, entre el «terror rojo» y el «terror blanco»

Todas las revoluciones acostumbran a ser violentas por definición. Porque una revolución significa levantarse contra alguien que no quiere moverse por las buenas. Y porque una revolución es el fracaso de las soluciones pactadas, siendo el momento de que los extremos muevan sus piezas. De ahí que sea tan fantasioso pensar –como dijo en una comisión municipal el concejal de Economía de Manuela Carmena– que la Revolución rusa se resolvió con solo «cinco personas muertas, cinco». Sobre todo en un país tan excesivo como Rusia, a medio camino entre occidente y oriente; y a medio camino entre la modernidad y la brutalidad.

Ya en 1905 se habían producido unos sucesos revolucionarios, con más de 500 personas asesinadas por las tropas del Zar ante el Palacio de Invierno de San Petersburgo.

Las postreras purgas que se sucederían con Joseph Stalin, uno de los dictadores más sangrientos de la historia, convirtieron en un juego de niños la brutalidad de la Revolución rusa y la represión desencadenada con el ascenso bolchevique y la posterior Guerra Civil. Pero no lo fue ni mucho menos, porque en Rusia todo se hace a la tremenda. Las sucesivas derrotas rusas en la Primera Guerra Mundial, el atraso de sus infraestructuras, la sangría de muertos (1.700.000 muertos), la hambruna y la caída en picado de la economía rusa abonaron el terreno para la revolución contra el Zar Nicolás II. De hecho, ya en 1905 se habían producido unos sucesos revolucionarios, con más de 500 personas asesinadas por las tropas del Zar ante el Palacio de Invierno de San Petersburgo, que iba a ser el preámbulo de la Revolución de 1917.

De aquellos polvos estos lodos. El invierno entre 1916 y 1917 fue el más duro de la guerra. Como explica Catherine Merridale en su libro «El tren de Lenin» (Crítica), al amanecer del primer día de 1917, la policía de Petrogrado halló en un río helado el cuerpo mutilado de Rasputín, consejero privado del Zar y de la zarina Alejandra, odiada por el pueblo a causa de su afinidades germánicas. «Se besaban unos a otros en las calles, y muchos fueron encender cirios a Nuestra Señora de Kazán», narró entonces el noble y diplomático Paléologue sobre la reacción a la muerte de Rasputín. El asesinato demostraba que la Familia Real y su entorno estaban más aislados y desprotegidos de lo que a primera vista parecía.

Los obreros se echaron a la calle en esos días. 1916 se saldó con 234 huelgas políticas en las ciudades rusas, mientras que en los dos primeros meses del siguiente año se registraron un millar. El mes de febrero, una manifestación de mujeres trabajadoras a la que le siguió una huelga espontánea de los trabajadores de las fábricas de la capital, Petrogrado, derivó en enfrentamientos con la policía. Se produjeron decenas de muertos, muchos de ellos entre la propia policía. El peor enfrentamiento tuvo lugar en la plaza Znamenskaya, donde al menos 40 personas fueron abatidas y se produjo un número similar de heridos.

La Revolución de Febrero fuerza la abdicación
El 27 de febrero las manifestaciones desembocaron en una insurreción cuando estalló una rebelión en el seno del Ejército, harto de que se les obligara a abrir fuego contra civiles desarmados. Así, el primero en sublevarse fue el regimiento Volhynsky, al que le siguieron la mayoría de las unidades acantonadas en la ciudad. En su huida, muchos soldados debieron enfrentarse a sus superiores e incluso abrir fuego contra ellos. Unos 25.000 se unieron ese día al bando revolucionario, mientras eran asaltados varios arsenales del Estado. Los manifestantes también se estaban armando.

El levantamiento dirigió sus objetivos contra la prisión de Kresty, los tribunales de justicia y los arsenales de artillería. «La multitud ofrecía un aspecto curioso, casi grotesco. Soldados, obreros, estudiantes, vándalos y delincuentes liberales deambulaban sin rumbo fijo formando grupos independientes, todos armados, pero con una insólita variedad de armas», diría Stinton Jones, un observador británico, sobre lo que se convirtió en una ciudad en llamas. No llevar una bandera roja, aunque fuera un trozo de cinta en el sombrero, equivalía a ser policía o espía, y a ser el objeto de las balas sin que cupieran las preguntas

La insurrección desembocó en la disolución del gobierno imperial y en la creación del famoso Sóviet de Petrogrado, cuya sede en el palacio de Potemkin (ocupado en el otro ala por el Comité de la Duma) sirvió de prisión para miles de soldados y funcionarios, muchos de ellos temblorosos ancianos, todavía afines al Zar. Al gobierno provisional le preocupaba en ese momento cómo iban a recibir estos sucesos revolucionarios los soldados que seguían combatiendo en la Primera Guerra Mundial y cómo iban a acontrolar a la masa de soldados sublevados que seguían sembrando el caos por la ciudad. En tanto, los últimos fieles al Zar Nicolás II preparaban un contraataque a cargo del general Ivanov, cuyas órdenes eran las de aplastar la rebelión a cualquier precio.

Frente a los movimientos dubitativos de la Duma (controlado por un Gobierno provisional), el Sóviet de Petrogrado fue adquiriendo mayor poder cuando la abdicación del Zar dio paso a la república. En un intento desesperado por salvar a su familia, Nicolás II abdicó a favor de su hermano menor, el Gran Duque Miguel, quien a su vez rechazó el trono y dio el golpe de gracia a los Romanov.

Si bien la inesperada salida de Nicolás II había evitado un baño de sangre mayor, la cifra de muertos alcanzó oficialmente los 1.382 fallecidos (869 eran soldados) a causa de tiroteos con la policía, fuego cruzado y accidentes con armas y explosivos. La cifra no sería baja en ningún país, salvo en la Rusia revolucionaria.

En abril de 1917, el líder exiliado de los bolcheviques, Vladímir Ilich Uliánov, Lenin, viajó de regreso a Rusia en un tren, siendo parte de un arriesgado plan prusiano para que Rusia, al fin, se retirara de la Primera Guerra Mundial. Solo un elemento tan extremista como Lenin –pensaban los servicios exteriores alemanes– podía hacer cambiar de opinión al gobierno provisional y al Sóviet de Petrogrado, partidarios de continuar la guerra. «Pedir al Gobierno Provisional que concluya una paz democrática es como predicar la virtud a la encargada de regentar un prostíbulo», afirmaría el líder bolchevique.

Hasta su llegada los bolcheviques se habían mostrado incapaces de llevar la revolución a otro nivel y compartían, resignados, el protagonismo obrero con otros grupos socialistas igualmente respaldados a nivel social; si bien años después las crónicas comunistas exagerarían el papel bolchevique en estas primeras jornadas revolucionarias.

La llegada de Lenin no tardó en radicalizar el movimiento bolchevique. El líder exiliado criticó que su propio grupo hubiera permitido que los sucesos de febrero condujeran a una revolución liberal y a un gobierno provisional de carácter burgués. «No quiero una república parlamentaria.., sino una república de sóviets de diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo arriba. Supresión de la policía, del Ejército y de la burocracia», anunciaría. Una segunda revolución todavía más sangrienta estaba en curso.

El fracaso militar de la Ofensiva Kérenski, última campaña rusa en la Primera Guerra Mundial, sembró el terreno para que Lenin y el ala radical de los bolcheviques dieran un paso al frente. El Ejército entró en descomposición, las deserciones se multiplicaron, las protestas en la retaguardia se acrecentaron y en julio de 1917 los soldados situados en Petrogrado, se negaron a regresar al frente. Reunidos con los obreros, se manifestaron para exigir que los dirigentes del Sóviet de Petrogrado tomaran el poder.

La gente se echó a las calles con banderas rojas, banderas negras, fusiles y cuchillos, narra Catherine Merridale en su libro «El tren de Lenin» (Crítica). Durante los tres días de luchas callejeras de los revolucionarios y la policía, apoyada por matones de extrema derecha, perdieron la vida más de 700 manifestantes. Los bolcheviques no pretendían derrocar en ese momento al Gobierno (de hecho, la cúpula seguía desvinculándose de las posturas leninistas), pero sus líderes fueron acusados de alta traición y de moverse siguiendo instrucciones alemanas.

Las Checas, el camino hacia la Guerra Civil
Los planes del general Lavr Kornílov de instaurar una dictadura militar de corte conservador dieron lugar a una nueva revuelta abiertamente bolchevique en Petrogrado, en el verano de 1917. Los obreros cavaron trincheras y los ferroviarios enviaron los trenes a vías muertas, provocando el fracaso de un golpe de Estado contrarrevolucionario. No obstante, la debilidad del Gobierno provisional mostró el camino a Lenin y a sus radicales. Durante el verano de 1917, los agricultores adoptaron medidas, tomando las tierras de los señores, sin esperar a la prometida reforma agraria del Gobierno.

En noviembre, se produjo definitivamente un levantamiento bolchevique contra el Gobierno, con graves y sangriento enfrentamientos en algunas zonas, como Moscú. Así y todo, la lucha en la capital fue breve y se saldó con pocos muertos (probablemente el concejal Carlos Sánchez Mato se refiera a esta jornada cuando dice que solo hubo «5 muertos»), dado que el Gobierno provisional careció de apoyo en el Ejército allí acuartelado. No hay que olvidar que las fuerzas militares se encontraban en proceso de descomposición.

Tras el exitoso golpe de Estado bolchevique, Lenin prometió «la construcción de un orden socialista» para Rusia y dio los primeros pasos para que el país se retirara del conflicto internacional. También los dio para crear uno de los órganos de represión política más famosos de la historia. El nuevo régimen encabezado por Lenin y Trotsky fundó a finales de 1917 la «Comisión extraordinaria de lucha contra el sabotaje y la contrarrevolución», comúnmente conocida como Checa. Inspirados por el ejemplo jacobino de la Revolución francesa, los bolcheviques anunciaron el «terror rojo» para oponerse al «terror blanco». El primer anuncio oficial de esta campaña represiva, publicado con el título de «Llamamiento a la clase obrera», el 3 de septiembre de 1918, pedía a los trabajadores:

(...) Aplastad la hidra de la contrarrevolución con el terror masivo. Cualquiera que se atreva a difundir el rumor más leve contra el régimen soviético será detenido de inmediato y enviado a un campo de concentración.

La represión contra los enemigos del régimen se desplegó en su máxima expresión a partir del verano de 1918, tras la insurrección de los social revolucionarios de izquierda de Moscú y una serie de atentados contra los dirigentes bolcheviques, entre los que se encontraban Moiséi Uritski, asesinado el 30 de agosto, y el propio Lenin, gravemente herido por Fanya Kaplan, ejecutada sumariamente poco después.

En los seis primeros meses de 1918, hubo veintidós ejecuciones realizadas por la Checa. Mientras que en los seis siguientes, la cifra aumentó hasta 6.000

En la medianoche del 17 de julio de 1918 el Zar junto a los integrantes de la familia fueron llevados al sótano de la Casa Ipátiev para ser fusilados, junto a algunos sirvientes cercanos, e incluso un médico leal. Las Checas se atrevían con nobles, reyes y cualquier sospechoso de no apoyar a los bolcheviques, los cuales antes de la Revolución de Febrero solo habían sido uno de los muchos grupos surgidos en la izquierda rusa. Pero aquel detalle ya daba igual: todo era contrarevolucionario a ojos de Lenin.

Millares de presos y de sospechosos fueron masacrados a lo largo de toda Rusia, siendo el primer acto de una Guerra Civil entre los bolcheviques y el resto de fuerzas que se cobró alrededor de nueve millones de vidas, entre muertes directas y las provocadas por la ruina y la hambruna generalizada.


CÉSAR CERVERA - ABC - 27/01/2017

jueves, 26 de enero de 2017

CAVALCANTI DERROTÓ EN TAXDIRT, MARRUECOS, A 1,500 RIFEÑOS CON SOLO 65 JINETES

El 20 de septiembre de 1909, el teniente coronel arriesgó su vida, y la de sus hombres, para salvar la de los soldados de los batallones de Tarifa y de Cataluña en Marruecos.

Con la mente en su amada España y el empuje en sus sables de toda la Península. De esta guisa cargaron, el 20 de septiembre de 1909, los 65 jinetes del Regimiento de Cazadores de Caballería Alfonso XII. Estos hombres atacaron aquella triste jornada una formación de más de 1.500 marroquíes en las afueras de Taxdirt (cerca de Melilla) con el objetivo de evitar que sus compañeros fueran masacrados por los rifeños. Y lo hicieron a las órdenes de José de Cavalcanti y Alburquerque, quien sabía que bajo las herraduras de sus jamelgos estaba la salvación de varios batallones que habían quedado aislados en el campo de batalla de aquellas tierras melillenses. El resultado de la llamada «carga de Taxdirt» fue una ingente cantidad de bajas, pero también la gloria y la inmortalidad.


El protectorado de la muerte

El origen de esta batalla hay que buscarlo en la formación del protectorado español en Marruecos. El protectorado, el que fuera un regalo envenenado a nuestro país, fue un caramelo que la comunidad internacional ofreció a España como premio de consolación ante la creciente expansión colonial de otras potencias por el norte de África . España consiguió la cesión de este territorio, una «franja del Marruecos septentrional que iba desde la frontera con Argelia al Océano Atlántico», gracias a las diferencias que por entonces existían entre Inglaterra y Francia. 

«La rivalidad colonial entre estas potencias europeas a lo largo del SXIX terminaría cuando ambas comprendieron que en vez de pelearse sería más provechoso un reparto de zonas de influencia, particularmente en África. Así, en virtud del acuerdo franco-británico de abril de 1904, Francia dejaba a Inglaterra las manos libres en Egipto, a cambio de que ésta se las dejara libres en Marruecos». El problema radicaba en que a los británicos no les gustaba que los galos se establecieran al otro lado del Estrecho de Gibraltar, pues lo consideraban una ventaja que, llegado el momento, les sería insalvable.

Por ello, decidieron que meterían por medio a España. Así pues, hicieron prevalecer los derechos históricos del país en el norte de Marruecos para que les cedieran el territorio. Y los nuestros, que poco más podían hacer que sonreír ante el mísero y peligroso presente (pues en aquella región había más revoluciones que en la Francia de 1789) se limitaron a aceptar de buen grado lo que se les ofrecía.

Hostilidades

Años después se materializó que aquel territorio no iba a dar precisamente alegrías a los españoles. Esta suposición quedó clara el 9 de julio de 1909 cuando los operarios que construían una línea de ferrocarril entre la cabila de Beni Bu Ifrur y Melilla fueron atacados por un grupo de rifeños. El contingente, según se dijo después, estaba en contra de que los extranjeros unieran estas dos regiones, pues suponían que la finalidad de ello era extraer las materias primas que había en la región y trasladarlas hasta la Península. Lo cierto es que no andaban desencaminados. El asalto se sucedió a las siete de la mañana, mientras 13 obreros cimentaban un puente a seis kilómetros de Melilla.

El resultado fue catastrófico (4 muertos y tres heridos) y fue recogido en el periódico ABC el día 10: «Las noticias de Melilla que llegaron anoche a Madrid produjeron, y producirán hoy en España, honda impresión». No le faltaba razón al diario, que narró así lo sucedido: «Bruscamente sonó una descarga cerrada y tres obreros españoles cayeron al suelo. Los demás suspendieron el trabajo, alzaron la cabeza, y como a 100 metros de distancia vieron un grupo de 400 moros y 30 jinetes. […] Los moros hicieron fuego sobre ellos. Uno de ellos, español también, cayó muerto de un balazo en la espalda».



Poco más necesitó España para responder. Instantáneamente se envió una fuerza de castigo contra los enemigos y se declaró el inicio de las hostilidades contra las cabilas. Estos hechos se consideran a día de hoy el comienzo de la «Campaña de Melilla de 1909» y provocó que se empezara a movilizar un considerable continente desde la Península. Acababa de comenzar una guerra que provocaría que miles de soldados hispanos regresasen en una caja a su hogar.

Y así quedó demostrado tras las cruentas matanzas de españoles perpetradas por los marroquíes. Algunas como los sucesos acaecidos en el Barranco del Lobo (donde más de un centenar de combatientes se dejaron el alma y seis veces más hombres quedaron severamente heridos).

El Barranco del Lobo

Hacia el desastre
Entre el odio hacia los marroquíes, y el ansia de conquista, fueron llegando miles y miles de militares hispanos a Marruecos. Así fue como, allá por septiembre de ese mismo año (apenas tres meses después) el ejército logró reunir en Melilla nada menos que 44.000 hombres.

Para entonces, y a pesar de las grandes derrotas acaecidas, desde el gobierno se seguía creyendo que sería mera cuestión de tiempo que la victoria se consiguiese. De hecho, Antonio Maura (presidente del Consejo de Ministros por aquel entonces) solicitó a los militares que no fueran demasiado bárbaros cuando, irremediablemente, tomaran las diferentes cabilas.

Fuera como fuese, en septiembre el ejército se decidió a llevar a cabo un plan que llevaba pergeñándose desde hacía tiempo: la construcción de un faro que guiara a los barcos en el cabo de Tres Forcas (al norte de Melilla).

El general José Marina (mandamás de las fuerzas de la región) no se anduvo con chiquitas. Si iban a atacar, lo mejor era hacerlo a lo grande y tomar por las armas toda la región. Y es que, según consideró, así podría tener a la población controlada y evitar molestas revueltas. «Eso permitiría por un lado pacificar la comarca y, además, aislar el Gurugú por la cabila de Beni Sicar», explica Antonio Antienza Peñarrocha en su tesis «Africanistas y junteros: el ejército español en África y el oficial José Enrique Varela Iglesias».

El plan de acción
El plan de acción que se estableció fue sencillo. Se formarían dos columnas que deberían tomar el territorio (ubicado al norte de Melilla). La primera de ellas recorrería la región de sur a norte a través de una zona ocupada por tribus pacíficas. La segunda, por su parte, atravesaría la zona de este a oeste. Lo haría con el objetivo de llegar hacia Taxdirt (al oeste de Melilla). Esta última sería la misión más sangrienta, pues había que cruzar zonas tomadas por enemigos. Se avecinaban tiempos difíciles.

1-Primera columna (4.020 soldados; ochenta caballos y ocho cañones). Estaba al mando del general Alfau. Sus tropas eran las siguientes:
  • Batallón de Barbastro.
  • Batallón de Figueras.
  • Batallón de Amposta.
  • Batallón de Las Navas.
  • Escuadrón del Lusitania (caballería).
  • Dos baterías de Montaña (artillería).
  • Compañía de Zapadores.
  • Compañía de Telégrafos.
  • Ambulancia.
  • Tren de combate e impedimenta.

En palabras de Peñarrocha, «los dos escuadrones de caballería de la División, del Alfonso XII y del Lusitania, iban al mando del ayudante del general Tovar, el teniente coronel José de Cavalcanti y Alburquerque». Este decidió integrarse en la Segunda columna, por ser esta en la que se encontraba Tovar.

2-Segunda columna (3.479 soldados, 80 caballos y 8 cañones). Ésta contaba como mandos principales al general Morales y al también general Tovar. Sus tropas eran las siguientes:

A-Vanguardia.
-Sección de jinetes del Regimiento de Cazadores de Caballería Alfonso XII.
-Batallón de Cataluña.
-Primera Batería de Montaña (artillería).
-Compañía de Zapadores.

B-Cuerpo central.
-Batallón de Tarifa.
-Batallón de Chiclana.
-Segunda Batería de Montaña (artillería).
-Compañía de Telégrafos.
-Ambulancia.
-Tren de combate e impedimenta.

C-Retaguardia.
-Batallón de Talavera.
-Sección de jinetes del Regimiento de Cazadores de Caballería Alfonso XII.

3-Segunda División Expedicionaria (a las órdenes del general Sotomayor). Un apoyo a las dos columnas. Su objetivo era ubicarse al sur del río Oro y permanecer en alerta por si se les necesitaba.

4-Primera División Expedicionaria Un apoyo a las dos columnas. Formada por la Tercera Brigada de Cazadores y los Húsares de la Princesa. Sus órdenes eran ubicarse en un zoco cercano (el de Arbaa) y dirigirse hacia Zeluán (en dirección contraria a la zona en la que se sucedería la misión principal). De esta forma, se pretendía que los rifeños les siguieran (y, de esta forma, reducir el número de defensores de la zona principal).

Comienza el combate
La Segunda columna, en la que iba Cavalcanti, partió del fuerte Reina Regente hacia el sur el 20 de septiembre y, tras dos horas de marcha, llegó a Dar el Hach (a 5 kilómetros de Melilla), Una vez allí, dirigió sus pasos hacia Taxdirt, su objetivo final. Para desgracia de los militares que la formaban, los rifeños decidieron no dividirse y se movilizaron también hacia Taxdirt, olvidándose de la Primer columna.

A las ocho de la mañana comenzaron los disparos cuando la sección de jinetes que se ubicaba en vanguardia recibió fuego por parte de un grupo de rifeños situados en las inmediaciones de Taxdirt. Los españoles contestaron avanzando hacia las defensas en las que, según creían, estaría el enemigo... pero al llegar no encontraron a nadie. La razón era sencilla: los marroquíes se habían retirado a la carrera hasta un pequeño monte cercano (el de Tamsuyt), más fácil de defender.

Desde allí, desataron el infierno haciendo un nutrido fuego sobre los españoles. Como respuesta, la columna se puso en alerta y se dispuso a presentar batalla al enemigo, formado por unos 1.500 combatientes. La Primera Batería bombardeó la zona para apoyar a los jinetes enfrascados en el ataque y, cuando el último proyectil cayó, uno de los batallones del contingente (el de Cataluña, junto con la compañía de zapadores) cargó a bayoneta contra los enemigos. Ellos serían la vanguardia de la ofensiva.

La batalla fue cruenta, pero los españoles lograron conquistar la posición a sangre y fuego. A continuación, se dio órdenes a la Primera Batería de que avanzara para consolidar la zona conquistada. Como apoyo a esta (y mientras el Cataluña seguía avanzando) se mandó también al batallón de Tarifa.

Éste se dividió en tres grupos o compañías. La primera se ubicó a la derecha de la artillería y comenzó a devolver el fuego al enemigo con la rodilla en tierra para garantizar la precisión de sus disparos. La segunda se posicionó en el flanco izquierdo de los cañones y, para terminar, la tercera avanzó para desalojar a la bayoneta a un molesto grupo de marroquíes que soltaba plomo desde el flanco izquierdo.

A ellos les fue bien. Todo lo contrario que al Cataluña y a los zapadores, ubicados en primerísima línea. «Mientras, el batallón de Cataluña estaba sufriendo el fuego y la presión de los harqueños, empeñados en retomar las alturas», añade el experto en su dossier. El tiroteo al que se vieron sometidas estas dos unidades era más que intenso. Ambas no pararon de disparar ni un minuto para defenderse de los, aproximadamente, 1.500 enemigos que les cercaban. Las siguientes cuatro horas se desarrollaron entre sangre y una gran cantidad de bajas.

El fatídico relevo
La gran cantidad de bajas provocó que, poco después del medio día, se ordenara a las dos unidades presentes en el montículo (el batallón de Cataluña y la compañía de zapadores) retirarse y ser relevadas por el batallón Tarifa, que estaba ubicado a sus espaldas y defendía todavía a la Primera Batería. «Tres compañías del Talavera, hasta ahora en reserva, serían las encargadas de ocupar las posiciones anteriormente tomadas por el Tarifa», completa el autor.

La teoría era impecable, pero fue pobremente llevada a la práctica. Y es que, cuando los rifeños observaron que se estaba produciendo el relevo, se lanzaron contra los españoles aprovechando el desconcierto. Más concretamente, se arrojaron como si la vida les dependiera de ello al hueco existente entre el Tarifa y el Cataluña para cortar el avance del primero, y la retirada del segundo.

El movimiento les salió a pedir de boca. En primer lugar, porque impidieron que el batallón Tarifa avanzase y completase el revelo. Este, quedó además expuesto a los disparos marroquíes. «El fuego rifeño se concentró sobre el Tarifa, estorbando su maniobra», señala el experto. Y, en segundo término, porque la suerte quiso que su ataque cortase también la retirada de la última compañía del Cataluña. Una unidad que ya carecía de municiones y estaba más que extenuada. Pintaban bastos.

En esta situación, el general ordenó a Cavalcanti y a sus hombres que apoyaran, en una carga desesperada, al Tarifa. El objetivo no era otro que lograr que los soldados completaran el relevo antes de que, tanto ellos como los hombres del Cataluña, fuesen destruidos. Había que ganar tiempo, y el encargado de ello serían los jinetes del Alfonso XII.

A la carga
La respuesta de Cavalcanti a la llamada de su general fue hacer aquello para lo que sus jinetes habían sido entrenados: combatir cuerpo a cuerpo. Así pues, tanto él como sus 65 valientes del Regimiento de Cazadores de Caballería Alfonso XII se lanzaron en una heroica carga contra el enemigo. En sus mentes, España y sus compañeros. En sus manos, los sables hambrientos de sangre. Aquel ataque debió llevar consigo todo el empuje de la Península, pues hizo cundir el pánico entre los harqueños, que empezaron a retroceder.

A pesar de ello, la batalla estaba lejos de haberse ganado. Tras el primer choque, Cavalcanti ordenó en dos ocasiones a sus jinetes retirarse hasta un cañaveral cercano con el objetivo de reagruparse y volver a atacar. La segunda carga la hizo con apenas 40 caballeros. La tercera, con una veintena. Después de esta heroicidad, los escasos hombres que todavía tenía a su cargo se retiraron de nuevo hasta el cañaveral, dejaron sus monturas a un lado, clavaron rodilla en tierra, y comenzaron una épica defensa contra el enemigo, ahora ávido de venganza.

«Al ver la apurada situación de los del Alfonso XII, el teniente coronel Moreira ordenó a sus hombres del Tarifa que apoyaran a los jinetes. El propio teniente coronel quedó gravemente herido, pero los harqueños se terminaron replegando», añade el experto. La batalla había llegado a su fin, pues se había conquistado el territorio. Y todos, gracias a la valerosa actuación de unos pocos jinetes españoles.

A las tres de la tarde, arribaron a la zona dos batallones más para asegurar la posición. Aunque eso no valió para mantener la loma. Al final, y ante la inminente caída de la noche, el ejército se retiró a Taxdirt y tuvo que ver como los rifeños tomaban de nuevo Tamsuyt. Una derrota en lo que se refiere a la pérdida del terreno, pero una victoria al fin y al cabo, pues se logró salvar a los últimos hombres del Cataluña y al Tarifa.

Al final de la contienda el teniente coronel contó 25 bajas. Una sangría para una unidad de menos de 70. Pero todos ellos fueron héroes, pues no solo lograron que sus compañeros pudiesen salvarse, sino que hicieron huir a aquel gigantesco contingente y sirvieron la victoria en bandeja a la infantería. Aquella actuación le valió a Cavalcanti (que acabó herido de gravedad) la preciada Cruz Laureada de San Fernando, además de un ascenso.


José de Cavalcanti

José de Cavalcanti y Alburquerque nació en 1871 en Cuba. Deseoso de servir a su país, ingresó en la Academia General Militar cuando contaba 17 años. La vida la destinó a la caballería, y allí fue donde logró ascender hasta teniente coronel. Su valía hizo que fuera enviado a África donde, en septiembre de 1909, dirigió dos escuadrones de jinetes encuadrados dentro de una brigada (la segunda) con órdenes de tomar varias posiciones rifeñas en Taxdirt (cerca de Melilla). El día 20, este militar y sus compañeros fueron atacados por un gigantesco contingente de rifeños en un día imposible de olvidar...

MANUEL P. VILLATORO - ABC_Historia
26/01/2017

sábado, 7 de enero de 2017

"DEJAR DE CAVAR" - ¿POR QUÉ EL PSC HA ABANDONADO A SUS SEGUIDORES?

En 2010 el PSC pasó de 37 a 28 diputados, y desde entonces no ha dejado de caer electoralmente hasta el papel irrelevante que hoy tiene en el Parlamento catalán y también en las Cortes Generales. Y así surgen algunas elementales preguntas: ¿quién ha matado a la izquierda catalana, tradicionalmente anti nacionalista?; ¿cómo es posible que la izquierda internacionalista haya caído en esa trampa para osos que la ha llevado a la irrelevancia?

Todos los nacionalismos, también los nuestros (vasco, catalán o gallego), han tenido –y tienen– una raíz étnica, pero dado el desprestigio del término «raza» (los científicos han demostrado que entre los hombres solo hay una raza, la raza humana), se han quedado con una sola agarradera, la lengua. En efecto, los nacionalismos periféricos en España son lingüísticos. Todos coinciden en sostener un silogismo: «Para ser una nación y fundar así nuestro derecho a convertirnos en Estado, es preciso recuperar (o propagar o inventar) nuestra lengua».

Como ha escrito Aurelio Arteta, tanto las premisas como la conclusión carecen de fundamento, pero el silogismo resulta harto efectivo. Teniendo en cuenta que en la provincia de Barcelona Ferrer es el más frecuente apellido catalán y ocupa el lugar 32, muy por detrás de los García, Gutiérrez, Pérez, uno se pregunta: ¿cómo el nacionalismo catalán ha podido colonizar una parte numéricamente nada despreciable de charnegos?

No es precisamente la lengua lo que les ha «convertido», sino el autohalago, las mentiras y la propaganda nacionalista. En otras palabras: «Somos los más altos, los más guapos, los más listos, y no volamos como las águilas porque no nos deja España, que además nos roba», junto con una prensa que sirve más a la propaganda nacionalista que a la información. En tales condiciones, ¿quién no quiere sentirse más catalán que «la moreneta»? Además, y pensando en la descendencia, es más fácil prosperar en la vida si eres «catalán» y no español. Ahí tenemos al Sr. Rufián para demostrarlo.

Hay una foto más significativa que todo lo dicho hasta aquí (mayo de 2014). En ella aparecen los líderes de UGT y CC.OO. en Cataluña junto a Muriel Casal, la presidenta de Omnium Cultural. Al pie se leía: El mon del treball pel dret a decidir. El escritor Javier Pérez Andújar lo describió muy bien:

«Lo que se ve en esa foto, en realidad, es a dos dirigentes sindicales que han elegido una institución fundada por la oligarquía y el tipo de país que esta propone. De algún modo, esta pareja de sindicalistas se ha dado cuenta de que ser español es cosa de pobres».

Esa amalgama de identidad y de mentiras es siempre una mezcla explosiva –y ahí está la historia del nazismo para demostrarlo–, pero en el caso catalán no se trata ya de los mitos fundacionales como el del cuento del héroe que nunca existió (Rafael Casanova) ni de la «opresión secular que ha soportado Cataluña a manos de los españoles», es que hasta hoy mismo se sigue mintiendo con absoluta impunidad. Véanse, por ejemplo, algunas perlas que circulan por esos mentideros actuales llamados redes sociales:

–«¿Quién puede defender que los estudiantes catalanes reciban sólo el 5% de todas las becas del estado y los estudiantes de Madrid reciban el 58%?». 

–«¿Quién no querría ver aumentada la renta per cápita anual de los catalanes en unos 2.400 euros al año si tuviésemos seguridad social propia?».

–«¿Quién puede defender que 1 de cada 3 años el Ministerio de Fomento no invierta nada de nada en Catalunya?».

–«¿Quién quiere, pese a ser catalán y sentirse español, que cada año nos roben 20.000 millones de euros, siendo así la región del mundo que sufre más déficit por parte de su gobierno? ¿Realmente sentirse español en Catalunya compensa eso?».

–«Como residente en Catalunya, ¿quién puede tolerar que por cada 12,7 millones de euros que se invierten en medio-ambiente en el aeropuerto del Prat, se inviertan 300 millones en el de Barajas?». 

Una sarta de mentiras cuyo efecto queda muy claro en los sucesivos barómetros del Centre d’Estudis d’Opinió. La preferencia por un Estado independiente era 12,9% en noviembre de 2005 y pasó al 47% en junio de 2013. Ahora vuelve a caer, porque esto del nacionalismo es la leche: primero se calienta, luego hierve y se desborda y al fin se enfría y sale nata.

Pero lo peor de esta triste historia es la deriva que ha tomado el socialismo desde el día en que decidió unirse a ERC, en un gobierno que nunca existió como tal, para poner en marcha un nuevo estatuto que ha resultado simplemente suicida. Una vez más quedó claro que ERC ha sido desde su fundación hasta hoy, pasando por el golpe de Estado de 1934, un partido tóxico.

En 2010 el PSC, con una abstención menor que la de 2006, perdió 220.300 votos y pasó de 37 a 28 diputados, y desde entonces no ha dejado de caer electoralmente hasta el papel irrelevante que hoy tiene en el Parlamento catalán y también en las Cortes Generales.

Y así surgen algunas elementales preguntas: ¿quién ha matado a la izquierda catalana, tradicionalmente antinacionalista?; ¿cómo es posible que la izquierda internacionalista haya caído en esa trampa para osos que la ha llevado a la irrelevancia?

Lo peor es que esa caída electoral no ha servido para que el socialismo catalán reflexionara y después cambiara de rumbo. Los líderes del PSC no quieren entender que para salir de un hoyo lo primero es dejar de cavar. Incapaces de ver una realidad que les es cada vez más adversa, siguen cavando mientras intentan inventar la pólvora del «federalismo asimétrico» (una contradicción en los términos). Además, con sus ininteligibles cuitas están llevando al PSOE a la ruina. Un PSOE que se muestra incapaz de tratar ese cáncer como se debe: primero extirpar y luego quimioterapia.

Una quimioterapia reformista en el ámbito socioeconómico que se ocupe más de la fiscalidad (es un escándalo que el 90% de la recaudación del IRPF salga de los salarios, que solo representan el 45% del PIB) y de las ofensivas desigualdades que de los inexistentes problemas territoriales.

JOAQUÍN LEGUINA FUE PRESIDENTE DE LA COMUNIDAD DE MADRID – ABC – 07/01/17

NI JUDÍOS NI GITANOS, PARA CATALUÑA LOS PEORES SON LOS MURCIANOS

Los murcianos emigrados a Cataluña en los años 30 fueron los principales destinatarios del odio de los catalanistas de aquella generación.


En estos días han circulado por las cloacas ciberespaciales unas declaraciones, al parecer apócrifas, de la nacionalista valenciana Mónica Oltra sobre el derecho de los pancatalanistas a apropiarse de Murcia. La noticia, aparecida tanto en Twitter como en algún periódico digital, ha sido desmentida por la mencionada Oltra, una muestra más del ruido y la furia que han convertido las llamadas redes sociales en un campo de batalla ajeno al intercambio honrado de ideas.

Pero, verdadera o falsa, válganos para reflexionar sobre una de las paradojas más interesantes del catalanismo desde su nacimiento en torno al Desastre del 98. Pues tras el inicial desprecio hacia los demás españoles, especialmente los meridionales, con el que arrancó un catalanismo que se reivindicaba modernamente germánico frente al semítico atraso español, en tiempos posteriores llegaría el proyecto de nacionalistizar a los recién llegados para así aumentar el peso social y electoral del separatismo.

Una de las obsesiones de los catalanistas de hace un siglo fue la constatación de que la natalidad de los catalanes de pura cepa era insuficiente para garantizar el relevo generacional. Ello se debía, según Hermenegild Puig i Sais, a la excesiva afición de los catalanes a hacerse pajas. Por eso Companys promovió la publicación en 1934 del manifiesto Per la preservació de la raça catalana, avalado por firmas como la del antionanista Puig i Sais y el nacional-lingüista Pompeu Fabra. En él declaraban el interés por no estar desprevenidos ante las posibles consecuencias de la inmigración forastera. Y para “colaborar en esta tarea humanitaria y patriótica” los firmantes proponían la creación de una Societat Catalana d’Eugènica, cuyo secretario general fue el principal redactor de dicho manifiesto, Josep Antoni Vandellós.

Un año más tarde Vandellós publicaría Catalunya, poble decadent, uno de los textos esenciales del catalanismo demográfico. En él sostuvo que el único modo de evitar la extinción de la raza catalana era, lamentablemente, su cruce con los emigrantes llegados de otras zonas de España para trabajar en la industria local, aun a pesar de la posibilidad de la constitución de
un tipo de hombre de cualidades raciales inferiores a causa de la asimilación de los elementos de la inmigración.
Pero hasta para la coyunda hay clases, pues aunque consideraba a los aragoneses un poco brutos,
lo que se pueda perder en agilidad mental se gana en tenacidad. El verdadero problema lo constituyen los sur-levantinos.
Efectivamente, los murcianos emigrados a Cataluña en los años 30 fueron los principales destinatarios del odio de los catalanistas de aquella generación. El joven periodista Carles Sentís, posteriormente llamado a altos destinos en el régimen franquista, publicó en 1932, en el periódico Mirador del diputado esquerrista Amadeu Hurtado, una serie de artículos titulada Múrcia, exportadora d’homes. En ellos relató el viaje en los autobuses transmiserianos, desde las localidades más pobres de aquella provincia hasta la próspera Barcelona, de riadas de murcianos portadores de miseria, enfermedades (en concreto, tracoma), comunismo y terrorismo.




Otros periódicos catalanistas se hicieron eco de los artículos de Sentís, como El Be Negre, que encabezó su número del 17 de enero de 1933 con un recuadro que rezaba: “ESPAÑA, PARA LOS ESPAÑOLES. CATALUÑA, PARA LOS MURCIANOS”. Y junto a una viñeta mostrando turbas de murcianos deformes descendiendo de los autobuses transmiserianos, se comentaba que murcianos y andaluces, procedentes de “la zona de África”, llegaban a Cataluña para implantar en ella el comunismo libertario y hacerla desaparecer:
La que se nos prepara. Por confidencias que nos cuidaremos mucho de traicionar, han llegado a nuestras manos todos los detalles de la próxima revolución que se prepara, la buena, la de verdad. Se trata, pura y simplemente, de quitar el nombre de Cataluña del mapa y enganchar a nuestro país, mediante una especie de corredor moral, con la próspera región murciana, cuyo nombre llevará de aquí en adelante. Los primeros actos de la revolución triunfante serán proclamar el comunismo libertario y exigir el tracoma obligatorio a todos los ciudadanos del país liberado.
Pero, según iban pasando los años y las décadas, las circunstancias políticas españolas e internacionales obligaron a los catalanistas a ir adecuando su discurso a la marcha de los tiempos. Así pues, se tragaron la repugnancia que les provocaban los sur-levantinos y se apercibieron de la oportunidad política que les abría lo que hasta entonces habían tenido por amenaza. Pues ya Vandellós había advertido:
Si Cataluña hubiera sido mayor, si en vez de ser poco más que la décima parte de España representase la tercera parte o la mitad de la misma, le hubiera sido mucho más fácil lograr la libertad.
Siguiendo este enfoque, Josep Maria Batista i Roca, presidente del Consell Nacional Català en el exilio, celebraría en 1973 que
en las Tierras Catalanas aumentamos de población ganando no-catalanes. En las Tierras Castellanas disminuyen de población perdiendo castellanos. Lo esencial es el balance demográfico final entre unos y otros, y su repercusión en la infraestructura demográfica del sistema de fuerzas centrífugas y centrípetas periféricas y centrales.
Ésta es la clave de la Cataluña de hoy, pues, efectivamente, los separatistas han conseguido con creces el objetivo no sólo de catalanizar a los llegados de fuera, sino de nacionalistizarlos, que no es lo mismo. Pues la nacionalistización implica, no aprender una lengua, sino apuntarse al programa de odio a y separación de España. Y para ello han contado con la inestimable ayuda de una izquierda que, convencida de que la rebelión contra España forma parte de la revolución social, persuadió a su vez a la mayoría de sus seguidores charnegos de que mientras que ellos eran víctimas socioeconómicas del franquismo, los catalanes eran víctimas culturales y lingüísticas. Por ello había que hacer causa común contra el franquismo, es decir, contra España, a los que se proclamó sinónimos con inconmensurable imbecilidad. Y así se consiguió la fusión del internacionalismo marxista con el separatismo burguesito, absurdo político que sigue siendo hoy el principal problema político de nuestra pueblerina España.

Y lo más divertido de todo es que algunos de los dirigentes de los partidos que desean la secesión de la oprimida e invadida Cataluña son esos andaluces, extremeños, murcianos y demás gentes de mal vivir que tanto asco han dado siempre a los señoritos catalanistas.