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domingo, 29 de enero de 2017

El “prusés”, entre el esperpento y el delito

Max Estrella, uno de los personajes de 'Luces de Bohemia', intuye el esperpento “como si los héroes antiguos se hubiesen deformado en los espejos cóncavos de la calle, con un transporte grotesco pero rigurosamente geométrico. Y estos seres deformados son los héroes llamados a representar una fábula clásica no deformada. Son enanos y patizambos que juegan una tragedia”. Enanos patizambos encargados de transportar Cataluña a la Ítaca fabulosa de la independencia, retratados esta semana como personajes esperpénticos y al tiempo delictivos por la grosera locuacidad del exjuez Santiago Vidal. El esperpento de esa España gastada que asoma en las pinturas de Goya, en la pluma acerada de Quevedo y en la estética deformada de Valle Inclán. Los dioses del prusés transformados en personajes absurdos, tipos de sainete, en una manera muy catalana, muy española, muy del demiurgo que se cree hecho de distinto barro que sus muñecos, de deformar la realidad. En la historia interminable de un nacionalismo dispuesto a rendir al contrario por aburrimiento, lo de Vidal ha sido un bombazo. “Un torpedo en la línea de flotación del nacionalismo” se podía leer ayer en La Vanguardia. Una bomba que cogió a los dirigentes indepes en pelota picada. Y no es que no se supiera, no, que los excesos verbales practicados por este berzas con ínfulas en sus “conferencias” corrían por Barcelona desde hace tiempo, aunque fue El País quien, en la tarde del jueves, les dio carta de naturaleza.

El relato de las deposiciones verbales del sujeto podría resumirse en el amenazador “Estáis todos fichados y lo sabéis”, exceso al que podría añadirse, en escorzo lingüístico adecuado al caso, que “sí, claro que es ilegal, porque el tratamiento de los datos personales, las libertades públicas y los derechos fundamentales de los españoles está garantizado por la Constitución y, más concretamente, por Ley de Protección de Datos (LOPD), pero, qué le vamos a hacer, no tenemos más remedio que saltarnos la legalidad, en eso somos especialistas, porque no hay otra forma de hacer realidad el sueño de la independencia”. Algunas de las 'perlas' que ha soltado el hasta ahora senador por ERC, antiguo magistrado de la Sección Décima (Penal) de la Audiencia de Barcelona (¿qué sentencias no habrá firmado el sujeto?), venían desde hace tiempo circulando por Barcelona como monedas de curso legal, caso de los datos fiscales de un buen número de contribuyentes (la Agencia Tributaria catalana, dependiente del conseller de Economía, guarda una lista secreta en la que se incluyen nombres y cargos de las personalidades más relevantes de la región); caso de los servicios secretos israelíes, el temible Mossad, que estarían instruyendo a los Mossos para formar el núcleo de un CNI propio; caso de un cierto número de jueces que, sensibles a los postulados de la independencia, podrían incorporarse a la administración de Justicia de la futura República, porque a eso se ha dedicado este elemento desde su despacho oficial en el Centro de Estudios Jurídicos de la Generalitat.


Y, ¿quién es este pájaro? No un cualquiera, no, que fue el encargado de redactar el borrador de la futura Constitución y planificar las “estructuras de Estado” de la República Independiente de Cataluñistán por el Moisés Mas, lo que da idea de su predicamento dentro del Movimiento Nacionalista, un tipo exhibido como trofeo por el independentismo en razón a su currículum en la judicatura española, la joya de la corona que se disputaban unos y otros, “tengo ofertas de todos los partidos”, hasta el punto de que cuando Convergencia se hartó, el tipo no dudó en inscribirse en la legión francesa de ERC, como un Rufián más, que lo acogió con los brazos abiertos. Todos se han apresurado ahora a decir que es un loco indigno de crédito. Les ha pillado tan a contrapié, que no queda más remedio que desacreditar a quien media hora antes pasaba por ser un héroe de la causa. Cualquier cosa antes de terminar dando la razón a la Rahola y su vaticinio: “Podemos hacer de todo menos el ridículo”. Pero ¿es verdad o es mentira lo que cuenta este oportunista con aspecto de cazador de fortunas, este aventurero de despacho con vistas a la plaza Sant Jaume? Es el trabajo que compete a la Fiscalía Superior de Cataluña, en respuesta a la orden del fiscal general del Estado, José Manuel Maza, para que investigue qué hay de verdad en las afirmaciones de un personaje a quien nadie en el Movimiento Nacionalista había desmentido hasta ahora.

Evidencia de golpe de Estado

Un escándalo que deja en situación comprometida a Puigdemont, desde luego a Romeva, Minister of Foreign Affairs (según su propia cuenta de twitter) de Cataluñistán, y naturalmente a Junqueras, el jefe de las finanzas de la Generalitat con ventanas al despacho de Cristóbal Montoro. Un suceso que pone al descubierto el doble lenguaje en que se mueven los mentores del prusés. Y el engaño. Porque si es verdad solo una parte de lo que el vivo Vidal ha ido predicando por ahí, entonces el Gobierno de la nación no tendría más remedio que intervenir de una vez, como prueba evidente de ese golpe de Estado soterrado que el independentismo puso en marcha el 12 de septiembre de 2012, que ya ha llovido; y si es mentira, entonces el nacionalismo mostraría su peor cara, el rostro de una realidad deformada por los espejos valleinclanescos con la que trata de engañar a sus propios ciudadanos vendiéndoles la moto de una independencia en la que nadie cree. Un nacionalismo cleptómano que tergiversa, manipula y miente.

Leído ayer en la cuenta de twitter de un respetado analista político: “Hay tontos, hay tontos del culo, hay tontos con balcones a la calle y después viene Santi Vidal”. ¿Significa esto que a partir de ahora los responsables de un prusés que pretende romper España, acabando con la etapa más larga de paz y prosperidad de que ha gozado este atormentado país a lo largo de su historia, van a dejar de contar con el respeto y consideración del que inexplicablemente han gozado en los últimos tiempos? Es elemento central del problema que nos afecta. La pusilanimidad, la resignación, la mansedumbre cotidiana con la que todos –políticos, jueces, medios- hemos aceptado los desplantes, los desprecios, los insultos diarios a España y los españoles, algunos lanzados desde la propia tribuna del Parlamento, de algunos de estos personajes con aspecto de matones de barrio, y ello por miedo a ser tachados de políticamente incorrectos. En los espejos cóncavo y convexo del callejón del Gato independentista entra un atildado señor de Barcelona y sale convertido en un Puigdemont, un Romeva, un Junqueras, un Tardá, un Homs, un Rufián, el charnego andaluz que se cisca en sus raíces para ser aceptado por los WASP del nacionalismo pata negra, tipos a menudo con dificultades para expresarse correctamente y a quienes hemos otorgado pasaporte de normalidad cuando seguramente no permitiríamos sentarse a nuestra mesa.

La rajada de Vidal, cierto, tiene un implícito efecto perverso en tanto en cuanto viene a confirmar la tesis del gran Mariano, según la cual no hace falta sembrar vientos en Cataluña, y mucho menos mandar a la pareja de la Guardia Civil, porque el independentismo se encargará de perecer en la tempestad desatada por su propia locura. La Señora que ha montado despacho, es un decir, en Barcelona, parece encallada, metida en el barro de sus aspiraciones sin lograr avanzar un milímetro. Eso está llamado al fracaso si, prudentes, nos negamos a decir que ha fracaso rotundamente ya. No hay nada que hacer, nada que negociar con unos señores que se niegan a apearse del burro. No hay nadie en Convergencia con autoridad bastante para decir alto, un momento, esto no puede seguir así, hay que parar esta locura, de modo que la tropa antes citada parece condenada a seguir deslizándose por un tobogán que camina sin pausa rumbo al precipicio.

La bomba nuclear se llama Jordi Pujol
Hay quien dice, cierto, que el único que podría parar ese tren es Jordi Pujol, cerrando el círculo de ignominia que él mismo abrió el día en que, ante las cámaras, reconoció haberse convertido en un evasor fiscal, en el más ilustre representante de la República Catalana del 3 por cierto, la Cataluña de la corrupción galopante, contraparte de la España de la corrupción galopante. La bomba nuclear del llamado “problema catalán” se llama Jordi Pujol i Soley, un hombre que logró construir una especie de Estado dentro del Estado, un Estadito ordeñado con regularidad y esmero por sus hijos y por los afectos al mismo, gente que hoy dispone de fortunas extravagantes, de casoplones de infarto en Premiá de Dalt, Cerdanya, y por ahí. Una tribu que llegó a cobrar minuta por cada empresa que se instalaba en la comunidad y también por las que salían o querían salir (razón, Sony y otros), con “recaudadores” conocidos por todos, algunos incluso entre los que apalabraron la Constitución del 78. Casoplones y empresas y empresarios (razón, Sumarroca & Cia) que se han hecho de oro arrimando el ascua al Estadito de don Pujolone. Y alpiste para incautos en forma de “Espanya ens roba” pregonado a todas horas desde unos medios de estricta obediencia (razón, TV3 y La Vanguardia).

La cosa apestaba ya antes incluso de que Pasqual Maragall pronunciara su histórica frase de “vostès tenen un problema, que es diu 3 per cent”, pero nadie a levantado la voz porque el clan y sus servidores sigue teniendo mucho poder, tienen sus Estevills bien posicionados en el estamento judicial, muchos millones, y unos cuantos dosieres con los que amenazar a quien pretenda ponerlos firmes. Un cisne negro. Y una broma de Parlament. “El clan puede desestabilizar el Estado español porque dispone de información para liquidar a la mitad de la clase política de la Transición. Por eso se mueven con tanto desparpajo”. Determinada élite viene sosteniendo en privado desde hace tiempo que el prusés es un montaje ideado por ellos para romper el cerco de una Justicia que en cualquier democracia occidental hubiera metido a casi todos en la cárcel. En España, los Pujol no entran en prisión. ¿Cómo acabará todo? Sospecho que podría hacerlo en una especie de “Abrazo de la Vergüenza”: en una opaca impunidad para los Pujol y su servidumbre política (Mas y demás incluidos), a cambio de un prusés atemperado y, pasado el tiempo, finiquitado. Una especie de intercambio de prisioneros. Y don Jordi, el evasor fiscal, volviendo a la televisión para anunciar que se acabó la broma.

JESUS CACHO 29.01.2017

jueves, 7 de enero de 2016

NI PODEMOS NI DEBEMOS - Los nacionalistas quieren convertir la diversidad cultural en fundamento de separación política.


No hay inconveniente en admitir que España es un país plurinacional siempre que tales naciones se entiendan como realidades culturales. Los nacionalistas quieren convertir la diversidad cultural en fundamento de separación política.

Como están de actualidad las listas, comenzaré con la de quienes pueden saltarse este artículo con tranquilidad, porque la cosa no va con ellos... o como si no fuera. En primer término, los que forman el partido mayoritario del país según las últimas elecciones, dos millones de votos por delante del siguiente. Me refiero, claro está, a quienes no votan, sea porque están en la inopia (“¡y yo qué sé!”) o porque creen pertenecer a la élite (“a mí no me engañan, yo no entro en el juego”). En los comicios con mayor oferta política de nuestra historia reciente no han encontrado motivo para salir de casa (excluyo, por supuesto, a los miles que quisieron votar desde el extranjero y no pudieron hacerlo por una infecta burocracia). La verdad es que no merecen vivir en un país democrático, sino en un establo con televisión y ADSL. Ahí seguirán, hasta que el voto obligatorio les recuerde que son ciudadanos mal que les pese.

Tampoco aspiro a dirigirme a la secta de los cambistas, los adictos en cuerpo y alma al cambio. No a mejorar, a perfeccionar o a corregir, sino a cambiar. Sea adelante, atrás, a derecha o izquierda, eso va en gustos. Odo Marquard, genial pensador minimalista lleno de humor, no un chistoso barato como Zizek, que murió a mediados de pasado año ignorado por nuestros medios, dice: “El prejuicio más fácil de cultivar, el más impermeable, el más apabullante, el prejuicio de uso múltiple, la suma de todos los prejuicios, es el que afirma que todo cambio lleva, con certeza, a la Salvación, y mientras más cambio haya, mejor”. Como voy a intentar exponer razones para evitar el cambio en un punto importante de nuestro ordenamiento político, cuyos adversarios invocan precisamente la necesidad de cambio para liquidarlo, sólo encontraré oídos impermeables a la argumentación en los fascinados por la palabreja de marras.

Y por supuesto nada tengo que decir a los enclaustrados en lo que llaman “pragmatismo”, o sea, los que más allá del Ibex, la prima de riesgo, la tasa de crecimiento o de afiliados a la seguridad social —todo ello muy respetable, desde luego— se contentan con las más obvias letanías: la ley está para cumplirla, la unidad de España no está en venta, queremos muchísimo a los catalanes, y a los vascos es que los adoramos, ay, ¡la gula del Norte! El lema de esta buena gente, porque suele serlo, es: “No nos metamos en honduras”. Nada de explicar con demasiadas teorías la ley, o la unidad, o lo que sea. Lo importante es que no haya jaleo y que los irredentos sepan que todas sus diferencias son bienvenidas y que la Constitución está para dar gusto a todos y que estén cómodos en ella. Si no, se cambia a tal efecto. A fin de cuentas, los nombres de las cosas son lo de menos, lo que cuenta es el business as usual. O, como canta la jota, “que me llamen como quieran, mientras sea de Zaragoza”.

Para el resto, si es que queda todavía alguien por ahí, van las explicaciones prometidas. Porque creo que es imposible combatir racional y democráticamente contra ideologías dañinas, pero muy asentadas, si se renuncia a dejar claro el fundamento de lo que se defiende frente a ellas. O aún peor, si se maneja el mismo lenguaje que el de los antagonistas, pero con invocaciones a que toda exageración es mala o que dentro de la ley todo es posible. Se asegura que es imprescindible para la paz social del país reconocer que España es una entidad plurinacional. No hay inconveniente en asumir algo tan obvio. De hecho, todos los Estados modernos son plurinacionales, siempre —claro está— que esas naciones sean entendidas como realidades culturales.

Los ciudadanos se reconocen en una de ellas o se adscriben a la que prefieren según sus avatares biográficos, aunque lo más corriente es que bajo su opción preferente incluyan elementos significativos de las otras que forman el puzle del país. Esas “naciones” se modifican constantemente, en buena medida por la irrigación de gente de otras latitudes que se instalan a vivir en su ámbito tradicional, pese a los esfuerzos de los guardianes de las esencias por redefinir una y otra vez “lo de aquí” frente a “lo de fuera”. Los nacionalistas locales quieren convertir la diversidad cultural en fundamento de separación política. Es decir, convierten las culturas —optativas, cambiantes, mestizas— en estereotipos estatalizables de nuevo cuño, que definen ciudadanías distintas a la del Estado de derecho común. Aquí comienza lo inadmisible.

Porque precisamente esa fragmentación no aumenta, sino que restringe la libertad de cada cual. Al repartir la ciudadanía por módulos culturales transformados en políticos, se priva a los individuos de su disponibilidad de administrar sus identidades personales como deseen dentro de un marco común que las trasciende y a la vez las acoge democráticamente. La ley estatal compartida, constitucional o similar, permite una igualdad que también Odo Marquard definió inmejorablemente: “Igualdad significa que todos pueden ser diferentes sin temor”. Y sin que esa capacidad libre de autodefinición cultural coarte la capacidad de otros conciudadanos de decidir políticamente sobre lo que atañe a todos.

Tal es la concepción democrática contemporánea, cada vez más alejada de las determinaciones del terruño propias de siervos de la gleba, abierta a la inclusión de los inmigrantes en busca de derechos que puedan llegar de cualquier parte. Y por eso las consultas políticas parciales determinadas por territorios —como si los ciudadanos nativos de una localidad o empadronados en ella se transmutasen en miembros de un estado virtual oprimido por la realidad democrática vigente— son, cualquiera que fuese su resultado, mutiladoras de la integridad del resto de la ciudadanía. En España no hay ningún problema territorial, aunque cualquier división administrativa del Estado admite mejoras o reformas, sino un atentado separatista contra el derecho a decidir de todos y cada uno de los ciudadanos miembros del país.

Piden diálogo. No parece fácil. Oí en Espejo público a García Page contestar bien a un nacionalista que le preguntó por qué no referéndum en Cataluña: sería conceder de antemano lo que se pretende preguntar, porque la autodeterminación no consiste en irse, sino en poder elegir entre irse o quedarse sin contar con los demás. Su interlocutor comentó: “Bueno, seguiremos intentándolo”. Como quien oye llover. En su ensayo L’art de conférer, uno de los mejores, Montaigne hace una encendida defensa del diálogo y la controversia, proclama que prefiere el coloquio con quien piensa distinto que él porque así aprende más, etcétera... Pero también advierte: “Me es imposible tratar de buena fe con un tonto, porque bajo su influjo no sólo se corrompe mi juicio, sino también mi conciencia”. Yo, siempre con Montaigne.

Fernando Savater es escritor. 07.01.2016 El País

jueves, 23 de julio de 2015

EL DESAFÍO DE UNA CATALUÑA CUTRE

CATALUÑA SAGRADA
GABRIEL ALBIAC. ABC
El tiempo que no pasa, el tiempo siempre anclado de las mitologías, es el heraldo oscuro de un mundo putrefacto. Va siempre revestido de ornamentos solemnes: de patria, lengua, sangre... Pero es una piltrafa que no habita el espíritu. El tiempo congelado de las mitologías condena a Cataluña a un naufragio anacrónico en el alucinado mar de las creencias. Nacionalismo es sólo religión sucedánea. La salvación mundana, que promete el caudillo, es una vieja historia en la Europa del tiempo de entreguerras: sólo inventar el odio a un perverso enemigo de leyenda infantil puede fundir al pueblo en torno al sacro líder, que alumbrará el destino luminoso del país. Que el líder sea un ladrón ya desenmascarado, o bien sea el heredero de todas sus hazañas, da lo mismo: la patria los premiará, en las cumbres en donde alienta el mito, fuera del tiempo, impávido, con una vida de héroe.

Es todo tan ridículo, que da un poco de vergüenza volver a formularlo: no, no hay la menor renovación en la religión laica de cuya exaltación vive el nacionalismo. Ni un solo gesto de Pujol o de su aprendiz Mas, ni una tilde o una coma de quienes cantan su epopeya, se diferencian un átomo de los gestos y palabras que escenificara Riefenstahl o teorizara Rosenberg. Con la específica peculiaridad de que, allá donde el arrebato nacionalista centroeuropeo colocó el asesinato como rito de paso, los de Pujol pusieron el robo. Es una diferencia. Y no hay que menospreciarla. Pero tampoco deberíamos menospreciar al Hitler que cuenta, en 1933, a Hermann Rauschning lo políticamente rentable de su llamamiento a los suyos para que roben en masa: el robo compartido une aún más que la sangre.

El nacionalismo actual nace en Cataluña con Jordi Pujol. De quien el primer –y tan señorial– presidente autónomo, Josep Tarradellas, vaticinaba hasta qué punto haría añorar a Franco. Hoy, tras decenios de poder monolítico y tras haber impuesto como heredero a su hombre de confianza, el jubilado Pujol aparece como el patriarca de un impune clan de estafadores. Modélica familia. Numerosa y unánime. Próspera en los negocios. Y virtuosa en la sutil ingeniería que hace invisible el dinero multiplicado, de paraíso fiscal en alcantarilla financiera.

Todo el mundo sabía eso. Desde siempre. No desde estos doce meses en los que la Justicia ha ido cerrando sus redes en torno a todos los Pujol y Ferrusolas. ¿Por qué, sabiéndolo, nadie en uso del automatismo del Estado quiso cortar aquello? A lo largo de cuatro décadas, el poderío de esa gente fue bastante para imponer terror a los fiscales, jueces, a los mismos gobernantes españoles. ¿Qué poseían para dar tanto miedo? El mito. Aquel que, cuando fue tocado por el escándalo de Banca Catalana, permitió a los Pujol identificar a su Patriarca con la Patria misma. Y hacerlo cosa sagrada. Y dar como evidencia que cualquier exigir cuentas al presidente era escupir al rostro de Cataluña.

Es algo tan idiota que resulta difícil entender que funcionara. Funcionó. Ninguno de nosotros es inocente de ello. Nos dio miedo ser tachados de «españolistas»: insulto supremo. Nos lo sigue dando. No hay un solo país en la Unión Europea en el cual alguien que hubiera violado principios constitucionales como los que Mas viene saltándose no estuviera en la cárcel. Pero nadie en la UE se avergüenza, como nos avergonzamos en España, de ser nosotros mismos. Es nuestra maldición. Y, en este otoño, que cristalizará el tiempo que no pasa, podrá ser nuestra tragedia. Vulgarísima.


EL TOLERANTE
LUIS VENTOSO, ABC
Buscando votos bajo las piedras, Sánchez decidió un día mercadear con su intimidad familiar. Metió en su piso al extravertido alpinista Calleja y sus cámaras, compartiendo velada y cena con su mujer y sus dos hijas. Como parte del «reality», incluso invitó al montañero a dormir en el sofá, reto menor para un aventurero que alardea de más ventiscas en el Himalaya que el Yeti y Juanito Oiarzabal juntos.

Toda vez que Sánchez ha decidido que su intimidad doméstica es de interés público, podría resultarnos politológicamente útil para intentar entender sus esfuerzos por construir el círculo cuadrado. Y es que este prodigio de la estrategia quiere obligar a los sediciosos catalanes a cumplir la ley, pero desde el diálogo, sin decirles que no, a diferencia del inmovilista Mariano, un ultra carpetovetónico, empecinado en la excentricidad de que las normas democráticas nos obligan a todos por igual.

Veamos. Los Sánchez-Fernández, Pedro y Begoña, tienen dos hijas pequeñas. Por lo que se atisbó en la incursión de Calleja, aquel es un hogar típico de una familia española educada y de clase media. Deducimos que imperan unas normas de conducta regladas que obligan a las niñas; lo habitual: a la cama en hora prudente, tele dosificada, comidas saludables, modales mínimos y un tiempo para los deberes. 

Pero hete aquí que un día una de las pequeñas Sánchez Fernández proclama airada que ella es libre, así que abre la despensa y comienza a ponerse tibia de chocolate. Cuando va ya por una tableta, anuncia además que esta noche se va a quedar viendo MasterChef hasta las mil, que se acabó lavarse los piños y que demanda un iPad extraplano para darle al Facebook y un móvil Samsung tamaño zapatilla para guasapear con su pandi. Su hermana suscribe la revuelta y comienza a jugar al tenis en la sala, con riesgo de derribar una placa que acredita el más alto cargo que ha tenido hasta ahora Sánchez: concejal. Las nenas están desbocadas. ¿Qué hace nuestro Sánchez? Suponemos que fiel a su filosofía les advierte que «no voy a permitir ningún desafío a las normas». Pero añade que entiende su protesta y que asume que como han montado un pollo algo debe darles, porque, aunque en casa imperan unas normas, toca revisarlas para satisfacer los deseos súbitos de las insumisas de acostarse a la una, no hacer los deberes, pegarse atracones de comida guarra y vivir enchufadas al móvil. Y es entonces –ay– cuando Begoña se levanta, pone cara de palo, propina a las nenas media suave colleja, les ordena irse a la cama y se acaba el astracán.

Querido Sánchez, por caridad, aterrice:

—- No se puede dialogar sobre nada con quien solo se conforma con la destrucción de tu país.

—- No se puede cambiar la ley democrática española al dictado de los sediciosos.

—Su estéril propuesta federalista es una mueca vacía y desleal, que solo busca diferenciarse electoralmente del PP, pero que hace mucho daño a España en un momento en que se requiere unidad sin matices ante un pulso mayor.

Más lealtad, patriotismo democrático y sentido común. Menos felonía oportunista y menos postureo. Gracias.


PERDIÉNDONOS LA FIESTA
SANTIAGO RONCAGLIOLO, EL PAÍS

Hace un par de meses, me desplacé de Barcelona a Madrid para la presentación del poeta peruano Carlos Germán Belli. Lo hice por admiración pero también por solidaridad, porque pensé que un poeta extranjero y difícil no iba a ser precisamente un éxito de público. Cada asistente era importante. Por suerte, me equivoqué.

Al acto, celebrado en la Casa de América, asistieron cerca de 150 personas. Sobre Belli flota el rumor del premio Cervantes, de modo que había representantes de las instituciones culturales como la Real Academia o el propio Instituto Cervantes. Pero también asistieron otros escritores peruanos y latinoamericanos, que encontraron un punto de encuentro. Y público en general con interés por el Perú o la poesía. Mario Vargas Llosa recitó un texto de Belli. José Manuel Caballero Bonald trazó un mapa de las relaciones entre su poesía y la del homenajeado. Apenas lo conocía personalmente, pero se sentía unido a él por una lengua y una tradición literaria común.

Para mí, fue emocionante. Y a la vez, triste. Porque comprendí que, en Cataluña, una fiesta así sería imposible.

Sí. Este año se organizó en Barcelona un bello homenaje a Gabriel García Márquez. Pero cualquier escritor que no tenga un Nobel, esté muerto, y sobre todo, haya residido en Cataluña, tiene pocas posibilidades. La lengua española no recibe apoyo del Estado, y el mundo cultural tiene la cabeza en su propia historia. Hay una Casa de América catalana que hace lo que puede, pero sus recursos son mínimos. Es muy gráfico que esta Casa ni siquiera tenga un local individual: está en un entresuelo. Y durante años, ni siquiera pudo tener un cartel visible desde la calle (tampoco es muy visible el que tienen ahora, la verdad).

Pero en el acto del poeta Belli descubrí algo mucho más alarmante: los latinoamericanos de mi medio —escritores, editores, periodistas— están abandonando Barcelona. He pasado tiempo creyendo que se marchaban de España por la crisis. Pero ahí me encontré con que muchos de ellos se han trasladado a la capital. En cambio, ya ninguno hace la ruta contraria, la que yo mismo hice, la que antes era normal.

Ninguno de estos amigos y conocidos se ha marchado por ser anticatalán o antinacionalista. Ninguno diría que la política ha tenido algo que ver con su decisión, Simplemente, han encontrado trabajo allá. Pero precisamente eso es la consecuencia de lo que está pasando en la política catalana: hoy, si escribes en español, tu vida está en otra parte.

Cuando comento estas cosas en Cataluña, los más nacionalistas me responden que eso ocurre porque Madrid es la capital: hay más dinero, más movimiento, más todo. Pero ese argumento ignora su propia historia. Para los escritores en lengua española, Barcelona siempre fue mucho más importante que cualquier capital. Como recuerda Xavi Ayén en su monumental Aquellos años del boom, el gran momento de la literatura latinoamericana se forjó en Cataluña. Lejos de Franco y cerca de Francia, esta ciudad se convirtió en la puerta del español hacia Europa. Y cuando yo llegué aquí hace diez años, aún lo era. Los intelectuales que hoy abandonan Barcelona prueban precisamente que antes estaban aquí. Madrid nunca había podido llevárselos. Hoy Barcelona se los regala, renunciando con convicción a su propio lugar de privilegio.

El crítico y editor Andreu Jaume advirtió en estas mismas páginas el 19 de junio que la capitalidad editorial de Barcelona “peligra ahora por una desidia política que ya está empezando a propiciar una diáspora cultural”. Yo añadiría a la desidia, ceguera. Porque esta ruptura responde al conflicto de algunos políticos catalanes con España, pero el español no es la lengua de España: es la lengua de quinientos millones de personas y la segunda más hablada en el mundo. La española ni siquiera es la mayor comunidad de hablantes de ella, tampoco la más importante. Si los hispanos de Estados Unidos fuesen un país, formarían parte del G20. En este gigantesco universo, lleno de energía creativa, Barcelona siempre fue la Nueva York. Hoy está empeñada en convertirse en la Letonia.

Me temo que no se trata de un error, o de un daño colateral, sino de un acto voluntario y deliberado. Como todo nacionalismo, el catalán se basa en el convencimiento de su propia superioridad respecto de quienes lo rodean. El nacionalista catalán cree que los suyos son más eficientes, modernos y cultos que un andaluz o un gallego, y resume todas esas cualidades en el concepto “más europeo”. En general, muchos europeos están convencidos de ser mejores que los demás y ya no reparan en el tufillo xenófobo de considerar su origen como una cualidad. A eso me he acostumbrado. Pero ante gente que se considera más europea que otros europeos ¿Qué podemos esperar los americanos? Todo lo que un nacionalista catalán desprecia de España es lo que nosotros representamos.

Ahora bien, independientemente de cuestiones de sensibilidad: ¿De verdad es viable desdeñar a toda esta gente? ¿A todos esos países? El español es la segunda lengua de Estados Unidos. Es una puerta a Japón y China a través de las relaciones entre los países del Pacífico. El impacto cultural de este fenómeno no se limita a los libros, sino a todos los ámbitos de la comunicación. Un país hispano, México, alberga la segunda feria editorial más grande del mundo en Guadalajara. El español es la segunda lengua en Twitter. La ficción latinoamericana se emite en pantallas de televisión de Croacia, Rusia o Australia ¿Es posible menospreciar a todo el planeta?

La respuesta es no. Lo que sí es posible es que quedarse solo. En la medida en que Cataluña defiende su identidad como diferente de la de todos los demás, pierde referentes para hacerse oír en el mundo. Hay una fiesta allá afuera. Y los que vivimos aquí nos la estamos perdiendo.

Cataluña nunca fue esa provincia encerrada en sí misma que los nacionalistas quieren construir. Si algo ha admirado de ella el mundo hispano es su espíritu cosmopolita y su apertura. Durante décadas, su bilingüismo perfecto ha sido la señal de una sociedad culta, orgullosa de sí misma y dialogante a la vez. La protección del catalán en la educación fue un ejemplo para las lenguas autóctonas americanas, antes de convertirse en todo lo contrario: un esfuerzo por borrar al otro.

La paradoja es desoladora: basados en un elevado concepto de su propio cosmopolitismo, los nacionalistas están construyendo una sociedad más provinciana. Por enormes que sean sus banderas en plazas y estadios. Por fuerte que griten en catalán e inglés. Por muchas embajadas que quieran abrir. Su único proyecto cultural es precipitar a Cataluña orgullosamente hacia la irrelevancia.

Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) es escritor.

miércoles, 22 de julio de 2015

RESPUESTA DEL GOBIERNO ANTE EL INDEPENDENTISMO

La ola de desobediencia a las leyes está llegando en Cataluña a peligrosos límites. La Constitución, sin embargo, tiene previstas respuestas que permiten garantizar los derechos y libertades de los españoles ante una amenaza de secesión

Hace ya varios años que el desprecio al derecho —a la Constitución, leyes y sentencias— se ha instalado cómodamente en la Cataluña oficial. El presidente de la Generalitat, consellers, diputados y dirigentes de partidos nacionalistas, declaran con frecuencia que están dispuestos a saltarse la ley o incumplir una sentencia y aquí no pasa nada. Los editoriales de los periódicos, los columnistas de referencia, las tertulias de radio y televisión, salvo muy contadas excepciones, no prestan especial atención a las constantes vulneraciones del Estado de derecho. Por lo visto, lo consideran como algo normal, habitual, un detalle nimio sin importancia.

Cuando a finales de 2009 un editorial conjunto de los diarios catalanes, encabezados por La Vanguardia y El Periódico, pidieron al Tribunal Constitucional, en nombre de Cataluña, que declarara el nuevo Estatuto conforme a la Constitución por motivos políticos, ya podía preverse que aquellos que dirigen y conforman la opinión pública catalana tenían, o bien escasos conocimientos políticos, o bien un gran menosprecio por la democracia y el derecho. Lo que ha sucedido después no puede sorprender a nadie: al huevo de la serpiente, incubado desde hacía 30 años, comenzaba a rompérsele el cascarón.

Por tanto, que las autoridades catalanas vulneren el derecho ante la complacencia general, ya forma parte de la normalidad catalana, no es noticia. Además, los sectores influyentes de la sociedad —sindicatos, patronal, asociaciones conocidas, empresarios relevantes, mandarines culturales o presidentes del Barça—, o están de acuerdo con quienes incumplen la ley o se mantienen cómodamente callados para no meterse en líos: se quejan en privado pero enmudecen en público, como durante el franquismo, tampoco nada nuevo. Ante el poder, cobardía: ¿es siempre así la condición humana?

Pero esta ola de desobediencia al derecho está llegando a peligrosos límites. La deslealtad se exhibe con desenfado. Oriol Junqueras dijo hace unos días en una entrevista radiofónica que estaban procurando “colarle goles al Estado” y añadió, en referencia al llamado proceso independentista, que la intención era ir esquivando las decisiones del Ejecutivo: “No daré pistas al Gobierno español de lo que decimos en las conversaciones para esquivarlo”. Así es como se trata a los enemigos.

Para remachar el clavo, Francesc Homs, conseller de Presidencia de la Generalitat, abogó por ignorar la legalidad española si choca con el “mandato democrático del pueblo de Cataluña” que se expresará en las próximas elecciones. Tras contraponer la legalidad catalana (sic) a la española, dijo que esta última era la legalidad de “los otros (…), de una arbitrariedad absoluta y de poco respeto a la voluntad democrática”. Supeditarse a ella, concluyó, significaría que Cataluña no sería “nunca libre”. Los nuestros y los otros, los catalanes y los españoles: un lenguaje de ruptura y confrontación, el lenguaje que a diario, constantemente, se ve y escucha en las radios y televisiones catalanas. Así se envenena la atmósfera en Cataluña.

Con este malsano ambiente cívico estamos entrando en campaña electoral. Convergència, Esquerra y las asociaciones que manejan, se ha unido en una extraña lista electoral que, por el momento, en caso de tener mayoría, propone aprobar rápidamente una ley, llamada de transitoriedad, que se aplicaría de forma preferente a lo que denominan legalidad española, quedando ésta como derecho subsidiario, es decir, sólo aplicable en defecto de que no sea contradictorio con la citada ley de transitoriedad que, además, incluiría los instrumentos necesarios para saltarse las “trabas” que pudiera poner el Estado. Con esta delirante fórmula, una especie de golpe posmoderno de Estado, en caso de obtener una mayoría favorable, Cataluña se separaría de España y se declararía independiente.


¿Qué puede y debe hacer el Estado ante tal situación? La respuesta constitucional es clara. Una de las posibilidades es que el Gobierno declare el estado de sitio, previsto en el artículo 116 CE, conforme a su ley reguladora, aprobada en 1981 tras el 23-F, dado que uno de los supuestos es que peligre “la integridad territorial del Estado. Sin embargo, esta posibilidad hay que desecharla, por el momento, ya que la misma ley prevé que sólo debe declararse el estado de sitio cuando la situación “no pueda resolverse por otros medios

Y, en este caso, la solución a estos otros medios los ofrece el artículo 155 CE que en un redactado muy parecido a la Constitución alemana establece el mecanismo de la llamada “coerción federal”Este mecanismo es menos grave para la autonomía que el previsto en Constituciones de otros Estados federales en que el Ejecutivo central, en supuestos semejantes, puede disolver los Parlamentos de los länder (Austria), aprobar unas indeterminadas medidas necesarias (Suiza) o destituir a los Gobiernos de las regiones (Italia). En el caso español se trata, simplemente, de que si una comunidad autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución o la ley le imponga, o actuare de forma que atente gravemente contra el interés general de España, el Gobierno, tras cumplir ciertos requisitos formales, pueda adoptar las medidas necesarias para el cumplimiento de dichas obligaciones o la protección del mencionado interés general. Para ello, según la Constitución, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de la comunidad.

Queda claro, por tanto, que no se trata de una suspensión de la autonomía, ni de la disolución de alguno de sus órganos, sino de la modificación de la relación jerárquica de las autoridades autonómicas —legislativas, gubernativas y administrativas— por el hecho de incumplir reiteradamente sus obligaciones. Como ya hemos dicho, ello sólo puede darse en supuestos extraordinarios, cuando los recursos judiciales ordinarios no puedan ser eficaces y, por tanto, las medidas adoptadas deben ser prudentes, aplicadas de acuerdo con los principios de necesidad, proporcionalidad e intervención mínima. Sólo en el caso de que, mediante actos de insurrección o violencia, se opusiera resistencia a estas medidas, podría declararse el estado de sitio.

Ni Junqueras, ni Mas, ni cualquier otra autoridad autonómica, pueden colar goles al Estado, que está bien pertrechado jurídicamente para defenderse, es decir, para garantizar los derechos y libertades de los españoles, que es su único objetivo. Y si determinados partidos quieren separarse de España —y, por consiguiente, de Europa— también hay procedimientos para ello. Sin embargo, como todo en la vida, para alcanzar unos objetivos siempre hay que cumplir ciertos requisitos y, también en la vida sucede lo mismo, éstos nunca pueden estar basados en el engaño, la ocultación, la mentira y la deslealtad.

EL PAÍS 20/07/15 FRANCESC DE CARRERAS

LA IZQUIERDA DEBE MOJARSE, PERO SIEMPRE LO HACE A FAVOR DE POPULISTAS E INDEPENDENTISTAS

Esta semana tuve la agradable ocasión de conversar en Londres con la soprano Ainhoa Arteta Ibarrolaburu, que como proclaman sus apellidos es más vasca que el Cabo Machichaco. Hablando con un aplomo tranquilo, con la mirada ancha de una ciudadana que recorre el mundo, aquella cantante triunfadora, una mujer risueña, todavía hermosa en la primera gran curva de la edad, me dijo lo siguiente: «España es un país que hemos hecho entre todos. Tenemos tantísimas cosas en común… Yo tengo no ocho, sino 32 apellidos vascos, pero creo que deberíamos mezclarnos todavía más». Y luego añadió algo: «Es imposible que España se rompa, porque nos necesitamos más de lo que creemos». Después hablamos de música y también, sin necesidad de citarlo, me puso pingando a Montoro y su malhadado IVA cultural. Es decir, expresó libremente sus legítimos puntos de vista políticos, que en su caso no concordaban con los del Gobierno.

Entre buena parte de nuestra intelectualidad no existe ese ejercicio tan natural que hizo Ainhoa de separar lo que es su país de los avatares de la refriega partidaria. En España se ha llegado a la aberrante situación de que el «buen intelectual» de izquierda, el zejista al uso, considera que hablar bien de su nación, defenderla, poner en valor de manera ecuánime sus cosas buenas, lo tizna de derechismo sospechoso. No escucharán jamás a don Pedro Almodóvar, que es la patria chica de Don Quijote, levantando su voz siempre peleona para hacer el más mínimo reproche a un separatismo que pregona abiertamente que quiere destruir su nación. Otro tanto vale para docenas de novelistas, actores, directores, deportistas o músicos madrileños, silentes ante el ataque frontal a su país, como si fuesen de Oklahoma y nada se jugasen en el envite. El problema se extrema si nos trasladamos al País Vasco, Galicia o Cataluña: solo se atreven a levantar la voz contra la regresión nacionalista quienes se han exiliado en Madrid tras ser machacados por el separatismo, tipo Albert Boadella.

La ley del silencio también impera en nuestro empresariado, incluidos muchos legendarios clásicos del Ibex 35, conferenciantes perennes, a los que asombrosamente no les merece opinión que el comunismo gobierne en Madrid y Barcelona, o que sus empresas puedan verse frenadas de manera traumática si llega al poder la coalición Sánchez-Podemos, que es la alternativa a Rajoy. Sobre el PSOE no me extiendo. Ha elegido la alocada vía de dar aire al separatismo con concesiones antiespañolas, en lugar de ir de la mano con el PP en defensa de la legalidad democrática y de la idea de España, que es la solidaria y avanzada (salvo que ahora resulte que lo «progresista» es fomentar el odio al vecino y el privilegio medieval de unos ciudadanos sobre otros).

Toda esta triste situación es de patente exclusivamente española, debido tal vez a que todavía impera un delirante paradigma que lleva a pensar que España la inventó Franco. Nada así ocurre en Francia, o en el Reino Unido, donde sus empresarios, banqueros, intelectuales y medios se pringaron hasta las cejas para salvar la Unión en el referéndum de Escocia. Y ganaron, claro ¿Mojándose? Por supuesto.

ABC 17/07/15 LUIS VENTOSO

jueves, 26 de febrero de 2015

LAS MENTIRAS DEL NACIONALISMO, LOS PAÍSES CATALANES SON UN INVENTO MODERNO

El término data del siglo XIX y hace referencia a los territorios de la Corona de Aragón, que, en realidad, fue un conjunto de reinos sometidos al Rey de Aragón entre los siglos XII y XV

Origen falso y mitolológico del escudo del condado de Barcelona por Wilfredo «el Velloso»
«A pesar de la tendencia de los historiadores nacionalistas catalanes de retorcer la naturaleza "catalana-aragonesa" de la Corona de Aragón, nunca ha existido nada, en la historia medieval, y mucho menos en los tiempos modernos, que pudiera considerarse ni de lejos un embrión del Estado catalán, excepto en las imaginaciones más románticas y soñadoras», explica en uno de sus trabajos el historiador Enric Ucelay-Da Cal.

Frente a la incapacidad para encontrar un germen de nación en la historia de este región española, la mitología romántica acuñó a finales del siglo XIX el término Países Catalanes (o Gran Cataluña). El primero en usarlo fue el valenciano Bienvenido Oliver, sin intenciones políticas, para englobar los territorios de habla catalana y sus variantes. Así, el mapa de los Países Catalanes se extiende por Cataluña –excepto el Valle de Arán–, las Islas Baleares, Andorra, la Comunidad Valenciana, la región histórica francesa del Rosellón, la zona de Aragón limítrofe con Cataluña denominada actualmente Franja de Aragón y una pequeña comarca murciana, entre otras regiones.

No en vano, lo que era una simple denominación de carácter lingüístico se convirtió en boca de los nacionalistas en una especie de tierra prometida. Un ente que sirve para justificar, con supuestas raíces en la Edad Media, las actuales reivindicaciones políticas. Sin ir más lejos, la Generalitat de Cataluña da la información meteorológica de la Comunidad Valenciana en la TV3 a través de lo que designa como «Países Catalanes». El servicio de Meteorología del Gobierno catalán, dependiente de la Conselleria de Territorio y Sostenibilidad, suele incluir a la Comunidad Valenciana junto a Cataluña y Baleares en sus mapas, con claras intenciones políticas.

La Corona de Aragón y el Reino de Aragón

Para alcanzar este mito de los Países Catalanes, los grupos independentistas tuvieron que retorcer y distorsionar la naturaleza «catalana-aragonesa» de la Corona de Aragón. La zona que hoy corresponde a la comunidad autonómica de Cataluña estuvo desde el siglo XII unida al Reino de Aragón y solo durante un breve periodo fue un ente propio, incluso entonces dependiente de otros reinos. Así, tras el colapso de la Hispania Visigoda –que se extendía por prácticamente toda la Península Ibérica– y la invasión musulmana en el 718 d.C, el Imperio carolingio estableció una marca defensiva como frontera meridional con Al-Ándalus. Esto supuso la ocupación por los francos durante el último cuarto del siglo VIII de las actuales comarcas pirenaicas, de Gerona y, en el 801, de Barcelona. Este antiguo territorio visigodo se organizó políticamente en diferentes condados dependientes del rey franco.

Conforme el poder central del Imperio se debilitaba en el siglo X, los condados catalanes, que estaban vertebrados por Barcelona, Gerona y Osona, fueron progresivamente desvinculándose de los francos. En el año 987, el conde Borrell II fue el primero en no prestar juramento al monarca de la dinastía de los Capetos, pero se sometió en vasallaje al poderoso Califato de Córdoba. En este punto, las leyendas nacionalistas sitúan erróneamente al noble Wifredo «el Velloso» –el último conde de Barcelona designado por la monarquía franca– como el artífice, no ya de la independencia de los condados catalanes, sino del nacimiento de Cataluña y sus símbolos. Así ocurre con la bandera de las cuatro barras rojas sobre fondo amarillo, que, en realidad, no fue usada por los Condados hasta la unión con Aragón. Por el contrario, el emblema tradicional de los condes de Barcelona fue la cruz de San Jorge (una cruz de gules sobre campo de plata).

La Corona de Aragón fue el resultado de una unión dinástica

En el siglo XII, el conde Ramón Berenguer IV se casó con Petronila de Aragón conforme al derecho aragonés, es decir, en un tipo de matrimonio donde el marido se integraba a la casa principal como un miembro de pleno derecho. El acuerdo supuso la unión del condado de Barcelona y del Reino de Aragón en la forma de lo que luego fue conocido como Corona de Aragón. En un contexto de alianzas medievales, la asociación de ambos territorios no fue, pues, el fruto de una fusión ni de una conquista, sino el resultado de una unión dinástica pactada entre la Casa de Aragón y la poseedora del Condado de Barcelona. De hecho, originalmente los territorios que formaron la Corona mantuvieron por separado sus leyes, costumbres e instituciones. A lo largo del segundo cuarto del siglo XIII, se incorporaron a esta Corona las Islas Baleares y Valencia. Este último territorio, el Reino de Valencia, pasó a convertirse en un reino con sus propias Cortes y fueros.

Es por ello que los Países Catalanes –una delimitación solo basada en la similitud lingüística– nunca existió como sujeto político ni hay menciones a ella en las fuentes del periodo. A grandes rasgos, los independentistas suelen confundirla con la Corona de Aragón, pero ésta fue otra cosa: el conjunto de reinos que estuvieron sometidos al Rey de Aragón, entre los siglos XII y XV, donde se encontraban no solo el territorios de lengua catalana, sino también otras reinos como por ejemplo la propia Aragón, Valencia parcialmente, Sicilia, Córcega, Cerdeña, Nápoles y los ducados de Atenas y Neopatria. Es decir, no fue la lengua el eje vertebrador de la Corona de Aragón sino la sumisión a la jurisdicción de un Rey y de una dinastía, la Casa de Aragón.

La nacionalidad no es solo una lengua

La muerte sin descendencia del Rey de la Corona de Aragón Martín I «el Humano» en 1410 abrió una grave crisis sucesoria. Los intereses comerciales terminaron favoreciendo al candidato de la dinastía castellana de los Trastámara, Fernando de Antequera –hermano del Rey de Castilla Enrique III–, quien, tras el llamado Compromiso de Caspe de 1412, fue nombrado Monarca de la Corona de Aragón. Posteriormente, el matrimonio de Fernando II de Trastámara con Isabel de Trastámara, Reina de Castilla, celebrado en Valladolid en 1469, condujo a la Corona de Aragón a una unión dinástica con Castilla, efectiva a la muerte del primero, en 1516, pero ambos reinos conservaron sus instituciones políticas y sus privilegios administrativos (lo que el independentismo catalán designa como «libertades»).

Con el surgimiento de las corrientes nacionalistas de finales de siglo XIX, las teorías lingüísticas hicieron las veces de elemento aglutinante –a falta de una base histórica– identificando a la nación con la lengua. Bajo esta falsa premisa, los nacionalistas consideran que todos los que hablan catalán o sus variantes son igualmente catalanes y conformaron la ficción histórica de los «Països Catalans». El error de base está en estimar que la lengua es el único elemento definidor de una nacionalidad (con desprecio de la religión, la idiosincrasia, la geografía, la historia, etc).

César Cervera, ABC, 26.02.2015

sábado, 29 de marzo de 2014

LA AUSENCIA DE UN PROYECTO PARA ESPAÑA, UNO DE NUESTROS GRAVES MALES

Han coincidido dos columnas de opinión en la prensa, ABC y El Confidencial, en las que señalan de forma clara uno de los males actuales de este país, la falta de un proyecto nacional, que conlleva como consecuencia la falta de cohesión y el deseo independentista creciente, que el gobierno español es incapaz de combatir.

Dice Zarzalejos en El Confidencial ¿Cuáles son las razones de la situación española? España carece –a diferencia de cuando en la transición Suárez condujo al país a un sistema democrático– de un “proyecto histórico” y presenta un “fallo multiorgánico”, expresiones ambas de Andrés Ortega en su reciente ensayo "Recomponer la democracia". Es verdad, como sostiene Ortega, que hemos entrado en una peligrosa fase que él dibuja así: “La democracia en España no sólo ha dejado de avanzar, sino que ha iniciado un deterioro que es preciso detener y rectificar. El peligro no reside en caer en una dictadura –aunque nada está excluido–, sino en avanzar  hacia una no-democracia, o en el mejor de los casos, hacia una democracia de baja calidad institucional en medio de la indiferencia ciudadana”. A esa situación se denomina (Colin Crouch en 2005) “posdemocracia”. Con clases medias desvencijadas y las obreras depauperadas, nuestro país necesita una ilusión (un proyecto) y una regeneración.

Afirmar nuestras carencias, sin embargo, no vale de nada. Pero explica que la fuerza segregacionista de Cataluña se entienda en clave de debilidad española y que debido a ella –y a la impasibilidad en el ejercicio de la política de las clases dirigentes que, como escribe Andrés Ortega en su ensayo, son sólo “clases dominantes”– ser español y participar de esa identidad haya dejado de ser atractivo. El enrolamiento de gentes con emotividades independentistas sobrevenidas al proceso secesionista en Cataluña, y no a partidos, sino a artefactos populistas y excluyentes como la ANC, tiene que ver también con la incapacidad de contrarrestar el discurso de la ilusión –aunque sea con contenidos ilusorios– con otro sólido y convincente de carácter español, común, plural y unitario.

La renuncia al discurso político –en lo que este Gobierno insiste con una persistencia arriesgadísima– sustituyéndolo por otro economicista y tecnocrático está creando las condiciones idóneas para que en Cataluña –y no de la mano de Mas y los partidos– la Asamblea Nacional Catalana se convierta en el mascarón de proa de un populismo segregacionista, mientras España se debilita en la posdemocracia. En este contexto, recordar la transición, a Adolfo Suárez y apelar a la audacia que requiere solventar situaciones como la actual, parece, además de oportuno, imprescindible.


Por su parte, en ABC, Fernando García de Cortázar afronta este mismo problema.

Para comprender lo que está ocurriendo en España habrá que empezar por asumir que algo grave le está pasando a este país. Que nada tiene de normal ese empeño de una gran nación como la nuestra en despojarse de su sentido histórico, de su voluntad de permanencia y de los valores sobre los que se ha ido constituyendo. No hablamos de simple indiferencia ni de mero error de diagnóstico, sino de una actitud de reprobable despreocupación ante lo fundamental. Un talante que se compensa con alarmadas y alarmantes invocaciones a aquellos problemas contables que son señalados como los únicos que nos conciernen. No porque puedan resolverse sin salir de la política entendida como mera administración, sino porque se cree que esa modestia de oficina, de renuncia a la ambición de un gobierno nacional, es la única forma de abordar los asuntos que definen nuestra existencia social.

Incluso cuando se alude a alguna de las cuestiones diarias de nuestra agenda ciudadana, como la procaz exhibición del secesionismo catalán, nuestros dirigentes se acogen a un temario de urgencia institucional de manifiesta escasez. El desafío separatista es mucho más un síntoma que el origen de nuestros problemas. Los sediciosos actúan al amparo de una realidad que explica tanto la aparición reciente de un masivo separatismo como la capacidad de fascinación y la impunidad de su discurso. No es el exceso de Estado que siempre denuncian los desvaríos secesionistas, sino la ausencia de España, como idea y como proyecto nacional, la que nunca ha dejado de aprovechar el separatismo.

Como ya he tenido y tendré, desgraciadamente, ocasión de referirme a un independentismo que radicaliza su estrategia, sin más respuesta que unas amonestaciones de maestro enfurruñado que se quieren hacer pasar por pedagogía constitucional, solo expongo ahora, a modo de ejemplo, lo que es un indicio elocuente de nuestra pérdida de orientación. Una muestra de la carencia de aquel análisis con el que intelectuales y políticos atinaron a medir la estatura de los problemas de España en otros momentos conflictivos. Y no es que añore ni el pesimismo esteticista con que la Generación del 98 tomó el pulso a los males de la patria ni la ingenuidad con que ciertos regeneracionistas de fines del XIX analizaron las enfermizas carencias de nuestro pueblo.

De lo que se trata es de recobrar la tensión de un proyecto político y el fervor por la recuperación moral de España que, en los momentos mejores de nuestra esperanza colectiva, supieron imprimir a nuestros desafíos el alto vuelo de una resuelta voluntad nacional. Ahí quedaron las palabras de Ortega, al señalar en su discurso de Bilbao de 1910 que «el patriotismo es pura acción sin descanso, duro y penoso afán por realizar la idea de mejora que nos propongan los maestros de la conciencia nacional. La patria es una tarea a cumplir, un problema a resolver, un deber». Y las de Manuel Azaña, cuando advertía que los españoles que se levantaron contra José Bonaparte «sabían de sobra que la libertad de la nación era más valiosa que su bienestar».

Si el filósofo exigía que la patria fuera rigurosa empresa y no pasiva contemplación, el político nos recordaba que no hay mejora económica posible, ni derechos sociales ni servicio público sin la afirmación previa de una conciencia nacional. Esas palabras tenían la serena solemnidad que demandan los tiempos decisivos, la calidez de tono con que se afronta el frío de las encrucijadas. Y se reiteraron medio siglo más tarde, cuando salíamos de un largo desencuentro para afirmar de nuevo la realidad histórica de una España capaz de integrarnos a todos. La Transición fue una prueba que exigió de nosotros un patriotismo tenaz, una lealtad sin dobleces, una generosa disposición a sentirnos miembros de una comunidad segura de sí misma. En 1976, un hombre bueno, enseguida primer presidente del Gobierno de la democracia conquistada, se dirigió a quienes habían de superar las dos Españas con las palabras de otro hombre bueno, el poeta que las había denunciado: «Hombres de España: ni el pasado ha muerto/ni está el mañana –ni el ayer– escrito».

¿Escuchamos ahora voces de este calibre, cuya emoción nunca se perdió en la retórica del populismo o en la gesticulación limosnera de la demagogia? ¿Oímos aquel sobrio redoble de conciencia nacional, capaz de convocarnos en horas de riesgo, de esperanza y de acción? No; nada hay de ese lenguaje en los discursos de la crisis. Hemos rodado por una pendiente de desidia intelectual, de complaciente ignorancia, de feroz relativismo, de altanera deslealtad a nuestros principios. Se ha preferido el entretenimiento a la cultura, el placer al esfuerzo, la intensidad de momentos fugitivos a la tenacidad de una obra duradera. Y hemos acabado borrando el perfil de los valores en los que una nación necesita reconocerse ante el espejo de la civilización.

La derecha española habrá de construir su proyecto político mostrando su mejor solvencia para afrontar la crisis económica. Pero habrá de rescatar su identidad dando forma a una idea de España que recupere el aliento perdido porque los principios que han inspirado nuestra cultura se han dilapidado en tiempos de opulencia y nos han dejado indefensos en los de pobreza. Las ideas que se ha considerado inútil defender, los baluartes morales entregados sin lucha, deben volver a identificar a quienes, frente a sus impugnadores, se plantean no solo la salida de la crisis económica, sino también el principio de la regeneración nacional.

La libertad, el patriotismo, la defensa de la familia, la educación al servicio de la igualdad de oportunidades, la propiedad y el trabajo como responsabilidades sociales destinadas al bien común, el auxilio a los humildes y la lucha contra la marginación, la tolerancia frente a quien discrepa, la exigencia del respeto a la dignidad de cada persona, el valor irrenunciable del cristianismo en la formación de nuestra cultura. He aquí el espíritu de una civilización, los elementos sobre los que se levanta una personalidad colectiva. Antes que ejercicio de una voluntad, la soberanía nacional es una toma de conciencia, la fidelidad a unos principios.

En 1914, al presentar su nueva política contra la desmoralización y el cinismo, Ortega salió al paso de una nación que «no ejerce más función vital que la de soñar que vive». España no resolverá ni siquiera sus problemas financieros sin aceptar que los empellones de la devaluación moral y la desnacionalización han acompañado su entrada en el nuevo siglo. Dado que la izquierda suspendió clamorosamente este examen, y no parece dispuesta a adecentar su preparación, solo a la derecha corresponde devolver a España aquellos valores que permitan impulsar un gran acuerdo entre partidos nacionales, dotados de ideologías distintas pero unidos en una misma convicción patriótica. A esa derecha corresponde la tremenda exigencia de que la palabra España vuelva a pronunciarse con su sentido pleno. Porque hasta hace unos años, hasta el momento en que esta nación empezó a írsenos de las manos, huyó del ánimo y abandonó nuestra esperanza, nos faltó esa palabra. En el principio fue la nada. En el principio fue el silencio.



martes, 11 de febrero de 2014

DE COMO GALICIA SE CONVIRTIÓ EN POBRE MIENTRAS CATALUÑA SE HIZO RICA

Por descubrir algunas verdades ocultas de forma intencionada, este artículo de Luis Ventoso en ABC merecería ser distribuido como lectura obligatoria en las escuelas de esta país, porque esto es historia real, no inventada, estos son los privilegios de Cataluña frente al resto de los españoles, esta es parte de la historia sobre cómo Cataluña creció a costa del resto de España.


La memoria es corta. Tendemos a interpretar el pasado filtrándolo por el tamiz de lo que vemos en el tiempo presente. Si en una charla de cafetería preguntásemos cuál de estas dos regiones, Cataluña o Galicia, contaba con más población en el siglo XVIII, indudablemente la mayoría de los parroquianos nos dirían que Cataluña, pues hoy la comunidad mediterránea aventaja a la atlántica en 4,8 millones de habitantes. Sin embargo, lo cierto es que en 1787 Galicia tenía más población que Cataluña: 1,3 millones de gallegos frente a 802.000 catalanes. Los saludables datos demográficos del confín finisterrano eran además un síntoma de pujanza. En el siglo XVIII algunos pensadores ilustrados presentaban a Galicia ante otros pueblos de España como un ejemplo de sociedad bien articulada económicamente.

Bendecida por un clima templado y con generosos dones naturales, ya bien conocidos desde los romanos, buenos amigos de su oro y su godello, entre 1591 y 1752 se estima que Galicia duplicó su población. Su éxito se basaba en una agricultura autosuficiente, que recibió un empujón formidable con la perfecta y temprana aclimatación del maíz a los valles atlánticos. Pero había más. Una primaria industria popular, cuyo mejor ejemplo era el lino. Y también, claro, los recursos de las salazones de pescado, donde tanto ayudaron empresarios catalanes; la minería, las exportaciones ganaderas, el comercio de sus puertos… Todo ese edificio gallego, tan perfectamente ensamblado durante siglos y triunfal en el XVIII, entrará en crisis súbitamente en el XIX y se vendrá abajo. Fue un colapso de naturaleza maltusiana (Galicia se torna incapaz de atender las necesidades que genera su bum demográfico) y da lugar a un éxodo de magnitudes trágicas: desde finales del siglo XVIII hasta los años 70 del siglo pasado se calcula que un millón y medio de personas huyeron de la miseria de Galicia. Buenos Aires fue durante largo tiempo la segunda ciudad con más gallegos y ese gentilicio todavía es allí sinónimo de español.

¿Por qué se hunde Galicia en el siglo XIX? Porque decisiones políticas externas voltean su modo de vida tradicional. La apuesta por la industria del algodón mediterránea, que será protegida con reiterados aranceles por parte del Gobierno de España, arruina la mayor empresa de Galicia, la del lino. Los nuevos impuestos del Estado liberal, que sustituyen a los eclesiásticos, obligan al campesinado a pagar en líquido, en vez de en especie, y lo acogotan. Aislado del milagro del ferrocarril, el Noroeste languidece, lejano, ajeno a los nuevos focos fabriles, establecidos en Cataluña, con su monopolio de la industria del algodón, y en el País Vasco, cuya siderurgia pasa a ser también protegida como empresa de interés nacional.

Stendhal ante el proteccionismo

El declive de Galicia en el XIX coincide con el espectacular ascenso de Cataluña, debido al ingenio y laboriosidad de su empresariado y a su condición de puerta con Francia. Pero hubo algo más. En su Diario de un Turista, de 1839, Stendhal, el maestro de la novela realista, recoge con la perspicacia propia de su talento sus impresiones tras un viaje de Perpiñán a Barcelona: «Los catalanes quieren leyes justas –anota–, a excepción de la ley de aduana, que debe ser hecha a su medida. Quieren que cada español que necesite algodón pague cuatro francos la vara, por el hecho de que Cataluña está en el mundo. El español de Granada, de Málaga o de La Coruña no puede comprar paños de algodón ingleses, que son excelentes, y que cuestan un franco la vara». 

Stendhal, que amén de escritor era también un ducho conocedor de la administración napoleónica, para la que había trabajado, capta al instante la anomalía: el arancel proteccionista, implantado por los gobiernos de España en atención a la perpetua queja –y excelente diplomacia– catalana, ha convertido al resto de España en un mercado cautivo del textil catalán, cuando es notorio que es más caro y peor que el inglés. Un premio colosal, pues no había entonces industria más importante que la del algodón, que será pronto matriz de otras, como la química. Esa descompensación primigenia, el arancel, reescribe toda la historia económica de España. A partir de esa discriminación positiva inicial, que le permite arrancar con ventaja frente a las otras comunidades, pues España era un páramo industrial, Cataluña va acumulando más y más espaldarazos por parte del Estado. Aunque también hay que ensalzar el ímpetu y la capacidad de la burguesía catalana.

Cataluña, siempre lo primero

La primera línea férrea de España es la Barcelona-Mataró, en 1848. Galicia contará con su primer tren en 1885, ¡37 años después! 

La primera empresa de producción y distribución de fluido eléctrico a los consumidores se creó en Barcelona, en 1881, se llamaba, y es significativo, Sociedad Española de Electricidad. 

La primera ciudad española con alumbrado eléctrico fue Gerona, en 1886. La teoría del agravio a Cataluña no se sostiene. 

De hecho, el resto de España todavía aportará algo más: mano de obra masiva y barata para atender a la única industria que existía, la catalana (salvo el oasis de Vizcaya).

En el siglo XX llegaran más ventajas competitivas para Cataluña. En 1943, Franco establece por decreto que solo Barcelona y Valencia podrán realizar ferias de muestras internacionales. Ese monopolio durará 36 años. Fue abolido en 1979 y solo entonces podrá crear Madrid su feria, la hoy triunfal Ifema. 

Catalanas son las primeras autopistas que se construyen en España (Galicia completó su conexión con la Meseta en el 2001 y la unión con Asturias se culminó hace dos semanas). 

La fábrica de Seat, la única marca de coches española, se lleva a Barcelona

Otro hito son los Juegos Olímpicos del 92, un plató de eco universal, conseguido, concebido y sufragado como proyecto de Estado (o acaso cree alguien que aquello se logró y se costeó solo por obra y gracia del Ayuntamiento de Barcelona y el gracejo de Maragall). 

En los años noventa se completará la entrega a empresas catalanas del sector estratégico de la energía, un opíparo negocio inscrito en un marco regulado: 
  1. En 1994, el Gobierno de Felipe González vendió Enagás, monopolio de facto de la red de transporte de gas en España, a la gasera catalana, por un precio inferior en un 58% a su valor en libros
  2. Repsol, nuestra única petrolera, también pasará a manos catalanas
Los modelos de financiación autonómica se harán siempre a petición y atención de Cataluña

También es privilegiada en las inversiones de Fomento y se le permite aprobar un estatuto anticonstitucional que establece algo tan insólito como que la instancia inferior, Cataluña, fije obligaciones de gasto a la superior, España. 

Todas las capitales catalanas están conectadas por AVE en la primera década del siglo XXI, mientras que la línea a Galicia todavía no tiene fecha cierta y los próceres de CiU presionan que no se construya.

Retroceso con la libertad

Cuando llegan las libertades económicas y se evaporan los aranceles y los monopolios, España logra crear, contra todo pronóstico, la mayor multinacional textil del planeta, Inditex. Resulta harto revelador que la compañía nazca en La Coruña, en el confín atlántico, y no en la comunidad que durante un siglo largo disfrutó del monopolio del algodón y el textil. Lo mismo sucede con las ferias de muestras de Barcelona y Madrid.

En realidad la libertad económica, unida al ensimismamiento nacionalista, sienta mal a Cataluña, acostumbrada a competir apoyada en la muleta del Estado intervencionista. Según la serie histórica de desarrollo regional de Julio Alcaide para BBVA, en 1930 la primera comunidad en PIB por habitante era el País Vasco y la segunda, Cataluña; Galicia se perdía en el puesto quince. En el año 2000 Baleares era la primera; Madrid, la segunda; Navarra, la tercera, Cataluña caía al cuarto lugar; y el País Vasco, al sexto; por su parte Galicia recortaba varios puestos.

Las sorpresas del siglo XXI

El corolario de esta historia es que hoy Galicia coloca sus bonos y presenta unas cuentas saneadas, mientras que Cataluña vuelve a estar sostenida por el Estado, pues su deuda padece la calificación de bono basura y se ha quedado fuera de mercado.

Galicia ha vadeado el sarampión nacionalista (Fraga fue un disperso presidente regional, pues su gobernanza era un atolondrado ir de aquí para allá sin proyectos claros, pero tuvo una idea genialoide: ocupó el espacio del nacionalismo, creando un galleguismo sentimental e intrusivo, pero imbricado en España).

Los gallegos saben que si un café vale 1,20 euros en Tui y 90 céntimos al otro lado del río, en Valença do Minho (Portugal) es porque formar parte de España reporta un mayor nivel de vida, y asumen que ese plus es lo que hace viable a Galicia.

Por el contrario Cataluña, desconcertada al verse obligada a competir en el mercado abierto, desangradas sus arcas por la entelequia identitaria, se deja embaucar por los cantos de sirena de la independencia, inculcada sin descanso por el aparato de poder nacionalista, con técnicas de propaganda de trazas goebbelianas.

España es una buena idea. La libertad, también. Y a veces, como ahora, libertad y España son sinónimos.