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domingo, 19 de febrero de 2012

EL LIBRO NEGRO SOBRE LAS BARBARIES COMUNISTA Y NAZI

Cuando la venenosa sierpe nazi ideó la Solución Final y decidió ponerla en práctica no tuvo que ir demasiado lejos para aprender cómo borrar de la faz de la Tierra al pueblo judío. Al este, en la Unión Soviética, ya iban casi para dos décadas los devastadores aniquilamientos del Gulag, las hambrunas, la reeducación y los progromos contra los enemigos de Stalin. Ni la vieja guardia bolchevique se libró de aquella demencia asesina.
Los nazis tenían un devastador equipo de arquitectos del terror, Goebbels, Himmler y Heydrich, que habían aprendido de los mejores. Y los mejores estaban en la Lubianka, donde el NKVD (Comisariado del Pueblo) daba lecciones teóricas y prácticas de aniquilación todos los días.
El 22 de julio de 1942 comienza la Gran Operación de Realojamiento, cruel eufemismo para nombrar lo innombrable: el traslado de los judíos a los campos de exterminio. Pronto, media Europa apesta a carne quemada. Y las chimeneas de Auschwitz no descansan. Pero el ángel exterminador de la cruz gamada había empezado su trabajo antes, cuando el 22 de junio de 1941 Alemania invade la URSS. La carnicería comienza: asesinatos en masa, deportaciones, ejecuciones sumarias, toda clase de martirios, fusilamientos, violaciones, ahorcamientos, el manual al completo de la historia universal de la infamia es aplicado por los nibelungos hitlerianos. La principal víctima será la población judía, aunque los efectos más o menos colaterales también se ceben en quienes los defienden e intentan ampararlos y en quienes resisten. Ucrania, Bielorrusia, Lituania, Letonia, Estonia y por supuesto Rusia sufren en carne propia y achicharrada la ira de la maquinaria nazi.

Oídos (y narices) sordos

En 1943, el pestazo a Zyclon B inundaba las cancillerías aliadas, aunque muchos hicieron oídos (o narices) sordos. A pesar de testimonios como este de febrero de 1943, Treblinka: «Tras formar a los niños, el nazi se cogió el martillo que siempre llevaba sujeto al cinto y tras escupirle en la cabeza como habría hecho un carpintero que se dispusiera a golpear un clavo, procedió a asesinar a los niños pegándoles martillazos en el tabique nasal». Pero el científico Albert Einstein sí se conmovió y se dirigió al Comité Judío Antifascista para que estos hechos fueran conocidos. Sin embargo, el testigo de la idea lo recogieron dos prohombres comunistas, los escritores Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg. Grossman había sido corresponsal para el periódico «Estrella Roja» durante la Guerra Patriótica. Y había estado en la liberación de Treblinka, aunque acabaría alejándose del estalinismo y su gran obra, «Vida y destino», no podría verla publicada en vida. Ehrenburg era un bolchevique de primera hora, pero pasó varios años en París porque no le gustaba lo que veía. Sin embargo, sería uno de los hombres de la nefasta presencia del comunismo soviético en nuestra Guerra Civil como corresponsal del «Izvestia» De paso, escribó su homenaje a la República: «No pasarán». Acabaría como uno de los intelectuales más vinculados al régimen.
Vasili e Ilyá recogieron miles de estremecedores testimonios (leer el libro es una experiencia que va más allá de las lágrimas) que debían ser recopilados en el «Libro negro». Lo completaron y llegaron hasta las puertas de la imprenta. Pero allí estaba Stalin. Quien había ideado la primera solución final para los habitantes del archipiélago Gulag no podía permitir que se conocieran las semejanzas entre la escabechina stalinista y la de sus aventajadísimos alumnos nazis.
El libro no se publicó hasta que la hija de Ilyá lo encontró y lo remitió a Jerusalén, donde se editó en 1980. Ahora, toda esta desolación aparece en castellano en edición de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Terror en estado puro, del que Grossman y Ehrenburg dan cuenta, con más toneladas de sangre que de tinta, como espeluznados taquígrafos.

COMUNISTAS Y NAZIS, DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA

A principios del siglo XXI, en la Europa de las libertades, el nazismo como ideología está prohibido en muchos países mientra el comunismo goza todavía de cierto respeto político y está presente enparlamentos nacionales e incluso en el Parlamento Europeo. En España se han prohibido varias organizacion neonazis y sus miembros han sido condenados a penas de prisión.

¿Tan diferentes son estas ideología? No, nada en absoluto, y cada vez aparecen más historiadores y sociólogos que huyendo del pensamiento dominante se atreven a realizar las analogías necesarias entre dos regímenes asesinos y enemigos de la democracia Si se prohibió el nazismo, no menos prohibido debería estar el comunismo.

A las orillas de la Historia llegan nuevas olas de espanto. Casi ocho décadas han tardado en aparecer los 14 millones de personas que, en tan sólo 12 años, entre 1933 y 1945, Hitler y Stalin asesinaron en una estrecha franja de tierra olvidada por la Historia. Todas ellas fueron víctimas de políticas criminales, no bajas de la II Guerra Mundial. La mayoría eran mujeres, niños y ancianos. Sin armas. Eran ciudadanos de Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Bielorrusia, Ucrania y de la franja occidental de la Rusia soviética. Países asfixiados entre el nacionalsocialismo y el estalinismo, entre Berlín y Moscú, donde vivía la mayoría de los judíos de Europa, donde los planes imperiales de Hitler y Stalin se solaparon, donde la Wehrmacht y el Ejército Rojo se enfrentaron y donde la NKVD soviética y las SS alemanas concentraron sus fuerzas.

Los crímenes de Stalin se asocian con Rusia y los de Hitler con Alemania, pero la zona más mortífera de la Unión Soviética fue su periferia no rusa, mientras que los nazis mataban generalmente fuera de Alemania. "Se suele identificar el horror del siglo XX con los campos de concentración, pero no fue en ellos donde murió la mayor parte de las víctimas de los dos regímenes", explica el historiador Timothy Snyder (EEUU, 1969) enTierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin, ensayo publicado por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. "Ese malentendido en cuanto a los lugares y a los métodos de los asesinatos en masa nos impide percibir todo el horror del siglo XX", asegura.

Las cifras de la infamia

Esta historia de asesinato político en masa recalca que en los campos de concentración alemanes murieron "en torno a un millón de personas sentenciadas a trabajos forzados". Snyder reconoce que no puede hacerse una distinción exacta entre los campos de concentración y los centros de exterminio, porque también en los campos se ejecutaba o se mataba de hambre a las personas. Pero aún así distingue: en las cámaras de gas, en las zonas de hambre y en los campos de exterminio alemanes "murieron diez millones de personas".

En cuanto al gulag: un millón de vidas truncadas por agotamiento y enfermedades, entre los años señalados. Pero en los campos de exterminio y las zonas de hambre soviéticas murieron seis millones de personas, de las cuales unos cuatro millones perecieron en estas tierras de sangre. "El 90% de los que entraron en el gulag salió con vida. La mayoría de los que entraron en los campos de concentración alemanes también sobrevivió", defiende atrevido Snyder en el libro, para quien hay una diferencia entre "ser sentenciado a un campo y ser sentenciado a muerte, entre el trabajo y el gas,entre la esclavitud y las balas".

¿Por qué aquella barbarie? Hitler no sólo deseaba destruir al pueblo judío por completo, sino devastar Polonia y la Unión Soviética, "exterminar sus clases dominantes y matar a decenas de millones de eslavos". Stalin, en nombre de la defensa y la modernización de la URSS, supervisó la muerte por inanición de millones de personas. "Stalin mataba a sus conciudadanos con tanta eficacia como Hitler eliminaba a ciudadanos de otros países", sentencia el historiador norteamericano.

El hambre fue el método más frecuente de asesinato en masa en los años treinta y cuarenta, "antes que las balas y el gas". La cuarta parte de las 14 millones de víctimas fue asesinada, según Snyder, antes de que empezara la II Guerra Mundial. La inanición, verdadera arma de destrucción masiva. "El hambre es una manifestación terrible del control político. Se requiere una gran cantidad de poder para conducir a un pueblo a la inanición", reconoce el profesor en la Universidad de Yale a Público.

"La Alemania nazi y la Unión Soviética tuvieron ambiciosos proyectos ideológicos que definieron el territorio. Lo que es crucial es que estas dos visiones se superponen en un mismo territorio", reconoce al enfatizar su descubrimiento. Doctorado en Oxford e investido en las universidades de París, Viena, Varsovia y Harvard,Tierras de sangre es la primera traducción al castellano de un estudio de este especialista en la Historia de Europa central y del Este, así como del Holocausto.

El mapa de la muerte

El estudio se detiene en aspectos militares, políticos, económicos, sociales, culturales e intelectuales. Y, por supuesto, geográficos. No una geografía política, sino una geografía de las víctimas. Porque el corazón de la investigación de Snyder es demostrar cómo estas tierras no fueron un territorio político, sino los lugares donde los regímenes más crueles de Europa realizaron su obra más mortífera. Cuando comienza la II Guerra Mundial, los soviéticos ocupan los países bálticos y Polonia oriental; a continuación, los alemanes invaden la URSS, en 1941, es decir, ocupados por segunda vez; y triple ocupación, cuando el poder soviético vuelve en 1944. Una experiencia peligrosa y mortal.

Según sus cálculos, el régimen estalinista asesinó a unos seis millones de personas deliberadamente y el régimen nazi a 11 millones. "Si añadimos a todas estas personas aquellas que perecieron por enfermedad o hambre en los campos de concentración, el número aumenta a alrededor de nueve millones de personas más para los soviéticos y unos 12 millones para los alemanes", aclara el historiador. Naturalmente, a esos números estremecedores hay que sumar la muerte de los militares. "Estas son una responsabilidad alemana", señala Snyder para destacar la liquidación nazi. Curiosamente, esta fue también la parte del mundo más mortífera para los soldados: alrededor de la mitad de las bajas militares de la contienda cayeron allí.

La hambruna de Ucrania encabeza la clasificación de atrocidades del siglo XX. El plan quinquenal 1928-32 había terminado con un saldo de decenas de miles de fusilados y centenares de miles de muertos por agotamiento. Eran trabajadores extenuados, incapaces de cumplir los objetivos marcados por el Gobierno y sus caciques locales, que los exprimían al máximo para hacer méritos ante el comité central del PCUS. En 1933, Stalin dio otra vuelta de tuerca con unas exigencias de entrega de cereales tan grandes que no había explotación que pudiera cumplirlas. Comenzaron entonces las requisas, con los comisarios políticos de cada región apuntando a todo aquel a quien consideraran enemigo del régimen. Muchos campesinos se vieron obligados a entregar las semillas para la siembra de la siguiente campaña, aún a sabiendas de que se estaban condenando.
 
Así fue. Cuenta Snyder que Stalin dictó unas instrucciones rigurosas: el campesino que moría lentamente de hambre era, pese a las apariencias, un saboteador que trabajaba para el capitalismo con el objeto de desprestigiar a la URSS. Una retorcida forma de entender la realidad, pero no tan extraña en Stalin: durante la guerra, dispuso que se tratara como traidores a los soldados soviéticos apresados por los alemanes y que se represaliara a sus familias. No se le puede acusar de incoherencia: cuando su propio hijo cayó prisionero, su nuera fue encarcelada.
 
En las grandes ciudades, Kiev y Járkov sobre todo, los ucranianos morían por miles cada día y los cadáveres se apilaban en la calle, a menudo junto a los lugares donde se formaban las colas para conseguir un mendrugo de pan. En el año maldito de 1933, el mismo en que Hitler llegaba al poder, la esperanza de vida al nacer en Ucrania era de siete años. Snyder ha recogido numerosos testimonios de canibalismo, que se dieron también durante el asedio alemán a Leningrado. Un comunista de la región de Járkov elevó un informe en el que decía que solo se podría cubrir el cupo de carne si utilizaba seres humanos. Al parecer, también existía un mercado negro. Ese año, los tribunales locales condenaron a 2.500 personas por canibalismo.
 
Las hambrunas se extendieron en años siguientes a Kazajastán y Rusia. El censo de población de 1937 contabilizó ocho millones de personas menos de las previstas en esas regiones: era el efecto inevitable de los fallecimientos en masa y de los niños que no habían nacido. Stalin resolvió el problema por la vía más directa: mandó fusilar a los demógrafos que habían hecho el estudio.
 
Al finalizar la década, las matanzas mayores se dieron en otras zonas. En apenas dos años, unos 250.000 soviéticos fueron ejecutados por razones étnicas. La persecución era tan evidente, cuenta Snyder, que un polaco que viviera en Leningrado tenía 34 veces más posibilidades de ser arrestado que un ruso. Otro medio millón de soviéticos fueron pasados por las armas por razones diversas.
 
Escenario del horror también fue Polonia. Durante una sola noche, en febrero de 1940, casi 140.000 polacos fueron sacados de sus casas y conducidos a trenes de mercancías para ser trasladados a Kazajastán o Siberia. En el exterior, la temperatura rozaba los 40 grados bajo cero. El Gobierno soviético quería deshacerse de grupos de ciudadanos que amenazaban el nuevo orden. Y lo consiguió: al llegar a su destino, muchos vagones eran verdaderos almacenes de cadáveres. Antes de desplomarse para siempre, algunos habían logrado escribir unas líneas en trozos de papel que arrojaron por las rendijas de los vagones. Querían que quedara testimonio de su final.
 
Beria, el jefe del Servicio Secreto de la URSS, puso en marcha una operación contra los militares polacos en marzo de ese mismo año. Se hicieron miles de detenciones y había un cupo de ejecuciones: el 97% de los capturados pasó por el pelotón de fusilamiento.

Belzec, Sobibor, Chelmno, Treblinka, Auschwitz y Majdanek, territorios del mal. Lugares en los que se aceleró el exterminio judío a partir de 1941, cuando la guerra no iba como Hitler había imaginado. Y todavía podía haber sido más horrible: la versión original de la "solución final" de Hitler debía tener efecto después de la guerra. Con la victoria, preveía la aniquilación de "30 millones de civiles, que habrían muerto de hambre durante el primer invierno". "El riesgo de asociar esto al mal es que lo deshumanizamos y dejamos de entender lo que los humanos son capaces de hacer", advierte.

No hay que olvidar que la comunista Unión Soviética, a inicios de 1945, llevó la limpieza étnica hasta el propio corazón de Alemania, desplazando a centenares de miles de alemanes capturados a los campos de exterminio comunistas donde murieron más de 600.000 prisioneros alemanes, desplazando también a 6 millones de personas de sus zonas de residencia, a lo que se une la barbarie soviética en la conquista de Alemania con decenas de miles de muertes innecesarias y violaciones de decenas de miles mujeres inocentes por pura venganza, sin que los oficiales comunistas hicieran nada por detener aquella orgía de sangre.

Por si todo esto fuera poco, por si se pensaba que las fotografías y filmaciones de los campos de concentración alemanes eran la cúspide del espanto, Timothy Snyder las califica de "atisbo" del pánico. Porque nadie pudo dar testimonio de las "tierras de sangre". "Las fuerzas británicas y estadounidenses liberaron campos de concentración alemanes como Belsen y Dachau, pero nunca llegaron a ninguno de los centros de exterminio importantes", añade, para señalar que la verdadera dimensión de las matanzas ha tardado en llegar y otras se han perdido. Los crímenes del estalinismo quedaron sin documentar y las fuerzas aliadas "nunca vieron ninguno de los lugares donde los alemanes perpetraron sus masacres". Y, aún así, nadie puede olvidarlos.


LOS NAZIS DE IZQUIERDA, por HERMANN TERSTCH en ABC



¿QUIÉN es más nazi, un nazi o un comunista? Quien plantee así la pregunta no es desde luego un nazi, pero mucho menos un comunista. A ningún seguidor de estas ideologías redentoras y totalitarias le gusta ser comparado con los de la otra. Dicen que son los dos extremos. Tan cercanos. En las sociedades democráticas actuales se ve a diario que la vocación violenta e intimidatoria es la misma entre neonazis que entre los autodenominados «antifascistas». En la historia se ha visto que, salvo en la retórica y los respectivos catecismos, cuando han ejercido el poder han actuado de forma muy similar y con consecuencias letales siempre para los gobernados. El origen socialista del fascismo italiano y el carácter socialista y anticapitalista y antiburgués del partido nazi hitleriano, en su primera fase al menos, alimentan esta polémica. Ahora ha estallado una vez más en Alemania por un twitter de Erika Steinbach, de la CDU y presidenta del Bund der Vertriebenen, (BdV) la federación de organizaciones de alemanes expulsados en 1945. El BdV fue una organización muy poderosa que representaba a millones de alemanes víctimas de la limpieza étnica que se impuso al final de la guerra en los países del Este, que había sido los Estados más castigados por la barbarie del nazismo. Steinbach decía en su twitter del miércoles: «los nazis eran un partido de izquierdas. Partido NacionalSOCIALISTA alemán de los trabajadores alemán». Le ha caído encima el «establishment» de historiadores por lo que ella misma dijo era una provocación. Pero mientras todos coincidían en que los nazis eran por supuesto la extremísima derecha, muchos tenían serias dificultades para explicar esa «clarísima» diferencia. Y vuelve aquí la doble vara de medir del intelectual occidental. Según alguno la diferencia está en el internacionalismo del socialismo comunista mientras el nazismo es nacionalista. ¿Sólo eso? El movimiento comunista está repleto de ejemplos de nacionalismo. Y los nazis fueron muyinternacionalistas en su cooperación con nazis extranjeros, desde Francia hasta el Báltico y Ucrania.
Lo cierto es que en el este de Europa, donde se sufrió el comunismo en toda su brutalidad y crimen sistemático, hay una creciente corriente de opinión que pide a Europa una condena general del comunismo. Que no entiende que en Europa occidental, donde no se ha sufrido el comunismo, se trivialicen los crímenes de esta ideología. Que no sea tratada como el nazismo. Equiparar las dos ideologías ya lo pidieron en su día en una cumbre en el Palacio del Hradshin en Praga decenas de intelectuales convocados por Vaclav Havel allá en 2008. En Europa occidental, la condescendencia —y en gran parte la complicidad— de los intelectuales con los crímenes del comunismo fue un escándalo moral que comenzó en el estalinismo y se prolonga hasta hoy. Un nazi que justifica los crímenes de Hitler o el Holocausto recibe el desprecio, la marginación y, en muchos países y con razón, una persecución penal. El comunista sin embargo puede pregonar las supuestas gestas de Stalin, negar el Gulag y aplaudir el exterminio de pueblos enteros. No parece razonable que así sea. Hoy que izquierda y derecha han perdido significado para casi todo, sigue vigente esa superioridad moral que es una aberración intelectual, la ridícula doble vara de medir de los intelectuales occidentales. Comunismo y nazismo merecen la condena de toda sociedad democrática. Sólo existe una diferencia. Eso sí, es importante. El nazismo perpetró un salto cualitativo en el crimen con su industrialización. El Holocausto es un hecho único, históricamente, filosóficamente. Pero la repulsa al crimen debe ser tan incondicional con una ideología como la otra. Las decenas de millones de muertos de ambas lo exigen.

lunes, 31 de octubre de 2011

COMBATE MORAL

La Segunda Guerra Mundial fue la suma de multitud de decisiones tomadas por líderes políticos y mandos militares, pero también por ciudadanos y soldados anónimos. Estas fueron en muchos casos decisiones a vida o muerte, resueltas en tiempo real, sin las ventajas de la reflexión filosófica, y proporcionaron un contenido moral al enfrentamiento que fue tan crucial como cualquiera de sus grandes batallas.

Combate moral presenta una perspectiva totalmente novedosa del enfrentamiento. Mientras que anteriores estudios del conflicto han tendido a centrarse en las grandes estrategias y las principales batallas, Michael Burleigh consigue adentrarse en los universos morales de sociedades enteras y de sus líderes para descubrir cómo estos se vieron modificados bajo el impacto de la guerra total. Desde el papel de los «depredadores» —Mussolini, Hitler, el príncipe Hirohito de Japón— hasta las complejas cuestiones de la justicia y la venganza, el autor recorre la invasión de Polonia, la polémica política del apaciguamiento, la ocupación, el papel de Churchill, los bombardeos selectivos o el Holocausto.

Burleigh se niega a extraer lecciones del pasado, centrándose firmemente en los dilemas éticos de personas reales que tuvieron que actuar bajo circunstancias difíciles de imaginar en un conflicto que definió el siglo XX y cuyas consecuencias nos acompañan hasta hoy.

El libro es un denso trabajo sobre los horrores y, sobre todo, las delicadas cuestiones morales que se plantearon en esa guerra. No ya la inmoralidad del nazismo, bien conocida, con su violación de las leyes de guerra y su proyecto de exterminio de toda una comunidad. Sino los espinosos dilemas morales que tuvieron que afrontar las democracias: desde la alianza con un sistema tan repulsivo y criminal como el de Stalin al lanzamiento de la bomba atómica, pasando por cuestiones como el apaciguamiento o la colaboración, el modo en que se ejerció la resistencia, el bombardeo de ciudades, las operaciones irregulares, el trabajo en los campos de concentración, hasta los propios juicios de Nuremberg a los jerarcas nazis.

De todo eso trata el libro más reciente de Michael Burleigh. Todas esas cuestiones fueron otros tantos escollos que tuvieron que salvar los aliados para derrotar a un enemigo que, dice el historiador, constituía una amenaza existencial para el espíritu humano en general. "Los nazis trataron fundamentalmente de alterar el entendimiento moral de la humanidad". Y "la evocación de los crímenes nazis remueve una herida colectiva en las sociedades occidentales".

Burleigh analiza uno por uno todos esos asuntos y, sin ahorrar algunas críticas, concluye que los eventuales males menores fueron necesarios para vencer a lo que se parecía mucho al mal absoluto. Se pudo entender la política de apaciguamiento hacia Hitler antes de la guerra por el recuerdo de los horrores de la Primera Guerra Mundial, pero es evidente que se trató de una política errónea. Los bombardeos sobre ciudades alemanas fueron terribles, pero eran la única manera que tenía Gran Bretaña de devolver el golpe a Alemania. Las operaciones irregulares muestran puntos oscuros, pero no pueden ser calificadas de terrorismo.

Lo cierto es que la propia dinámica de la guerra, con su sucesión de horrores, hizo que el listón de la tolerancia se fuera elevando progresivamente. No sólo entre los soldados. Churchill, que tomó la decisión de bombardear barcos franceses anclados en Orán (con el resultado de 1.300 marineros franceses muertos) para evitar que cayeran en manos alemanas, expresó con claridad la situación: "No sería justo ni racional que la potencia agresora obtuviese ventajas pisoteando todas las leyes y ocultándose tras el respeto innato por la ley de sus adversarios. Debemos guiarnos por la humanidad antes que por la legalidad". Churchill, ya se sabe, se hubiera aliado con el diablo para derrotar a Hitler; y Stalin, le parece a Burleigh, tenía algo diabólico incluso físicamente, con sus ojos amarillos y su falsa e inquietante sonrisa.

Otro gran dilema moral fue el de los judíos que se vieron obligados a trabajar para los nazis en contra de su propia gente, los que formaron los llamados Consejos de Ancianos, impuestos por los alemanes. Burleigh señala que no se les puede considerar voluntarios; obedecieron y ayudaron a unos nazis que tenían poder absoluto sobre ellos. Otros fueron más allá: se negaron y fueron fusilados por los nazis, o se suicidaron, o se quitaron los brazaletes y se unieron en silencio a los deportados. Hubo horror, pero también esas muestras de grandeza humana.
Hubo, incluso, alemanes que protestaron por los asesinatos; o que ayudaron a los judíos, llegando a pagar con su vida; además del famoso Schindler ("ese enigma humano", dice Burleigh), hubo otros rescatadores, "gente que, en un breve instante, tomaba determinadas decisiones que la humanidad admira con razón". Pero "los rescates fueron estadísticamente insignificantes en el marco de un relato sombrío y catastrófico del que no se desprende ningún mensaje redentor... la bondad humana no triunfó al final", concluye Burleigh.

LOS MITOS DEL PENSAMIENTO DOMINANTE

Hay muchas clases de amor y maneras de amar. El amor a España adquiere en ocasiones formas peligrosas para la tolerancia y la convivencia, pero las expresiones constructivas son, por fortuna, mayoritarias. La del vigués José Manuel Otero Novas reviste un interés singular en al menos cinco de los libros que ha escrito y editado desde 1987.
El último, Mitos del pensamiento dominante, Paz, Democracia y Razón, fue publicado recientemente. El primero, "Nuestra democracia puede morir", analizaba el riesgo de que una constitución democrática llegue a encubrir una realidad autoritaria ("o, peor aún, totalitaria"). Su voluminosa "Defensa de la Nación española" (1998, 650 paginas) se preguntaba qué va a ser de este país dentro de veinte años, con el subtítulo Frente a la exacerbación de los nacionalismos y ante la duda europea. En otras palabras, estudiaba como realidad y necesidad lo que algunos catalanes, vascos y gallegos llaman peyorativamente "nacionalismo español". Poco falta para que expire el plazo.

Aunque extienda la mirada al resto del mundo, como es el caso de su más reciente obra y otras como "Fundamentalismos enmascarados" (2001) o "El retorno de los césares" (2007), siempre centra en España el núcleo reflexivo. A quien no los conozca, estos títulos pueden parecerle propios de un autor de derechas. Si los lee advertirá que las designativas "derecha" e "izquierda" pierden en su pensamiento los perfiles contingentes -es decir, políticos- al igual que en el famoso ensayo de Norberto Bobbio y en el Bueno reciente. La diferencia subsistente puede ser la percepción de la igualdad, territorio en el que Otero queda fuera de toda sospecha. Abogado del Estado, inspector de Hacienda y ex-ministro de la Presidencia y Educación en los gobiernos de Adolfo Suárez, ha puesto su conocimiento de la historia y profunda experiencia del ser social al servicio del presente y el futuro de los españoles.

La rigurosa exégesis histórica, la indagación de las fuentes, la lucidez del análisis, la frecuentación de filósofos y tratadistas políticos, la controlada pasión y la independencia de criterio hacen de la suya una "doctrina de la realidad" a la altura de las más dignas de confianza. Ignoro el eco que sus libros tienen o han tenido en la clase dirigente, pero merecen tenerlo, y muy hondo, en quienes recelan de las ideas amañadas y de su funcionalidad en la conquista o la práctica del poder. La ideología de Otero Novas es la del amor a España -por muy simplista que suene- como lo fue la de Joaquín Costa, Unamuno, Américo Castro o Claudio Sánchez Albornoz, cuya tipificación en izquierdas o derechas no es más que un exabrupto intelectual.

Cuando vemos cuestionada la estructura constitucional de España y los políticos de unas comunidades ofenden a otras mientras se tambalea la casi utópica unidad europea, releer a Otero, que ha sabido anticipar tantas cosas, es, entre otros, un ejercicio de prevención ante lo que aún nos espera.
"La guerra es un mal, el mayor que el hombre puede encontrar, y peor aún verse arrastrado a una y perderla, pero tiene virtudes. A veces libera a los pueblos y hombres de la opresión y, nos guste o no, es uno de los principales factores que propician el progreso del hombre". Esta es una de las afirmaciones que hace Otero Novas. 

Otero refuta el mito según el cual las sociedades occidentales han alcanzado un estado permanente de paz, democracia y razón. Según el ex ministro ninguna de las tres está asegurada y aún añade: "Existen realidades que no sólo las amenazan, sino que efectivamente ya las están debilitando o desvirtuando". Y empezó por la paz. 
"La guerra es algo recurrente y las gentes se transforman muy poco antes de que estallen de modo increíble –dijo– y solo hay que leer entre otros muchos a Portela Valladares, asentado en Cataluña aunque tanto tuvo que ver con Vigo, cuando en sus memorias escribe que el 18 de julio del 36 el "seny" tradicional de la sociedad catalana fue sustituido en días por el odio y las ansias de matar".

Otero Novas, que observa tendencias belicistas en Europa, cita la frase de Hegel "La guerra es la que evita la putrefacción de las sociedades". Afirma que muchas personas del máximo nivel creyeron que la paz estaba para siempre asegurada y al poco estallaron guerras terribles, concretamente las del último siglo XX precedidas siempre de grandes declaraciones pacifistas.

Habla de tensiones latentes que pueden dar origen a conflictos de diferente magnitud. Conflictos por interés económico, en primer lugar pero también, en el plano internacional, habló de "resortes psicológicos comprimidos" que tienen que ver con la hegemonía de la naciones. como el "espíritu francés", que "vive desde hace más de medio siglo comprimido por la fuerza americana". Otero analiza también cómo las crisis económicas puede ser el germen de tensiones que desemboquen en un conflicto de gran dimensión, estableciendo un paralelismo con la crisis del 29, que generó "grandes masas marginales y desesperadas". La historia demostró después, según él, que "Wall Street inició su recuperación efectiva tras el inicio de la Segunda Guerra Mundial" . Y observa en los políticos las mismas "reacciones alocadas" que se vieron en el ´crash´ del 29. "Las autoridades no quieren decir que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades". Y es que, para él, las cosas no podrán volver a ser como antes de la crisis y considera que los que intentan que así sea no están más que "dando una patada hacia delante".
Entre las causas internas de las guerras, considera una de ellas "el grave proceso de desintegración de España" pero señala otra muy peculiar: el aburrimiento, especialmente el de los jóvenes. "Yo observo –afirma– que en la España actual hay fenómenos concretos de explosión juvenil que pueden desbordarse hacia lo bélico cuando concurran otros factores".
En su opinión del movimiento de los "indignados hay que esperar algunas cosas: "Muchas de su reivindicaciones son lógicas y todo depende que los grandes partidos sepan absorberlas pero aviso de que hubo revoluciones que comenzaron con movimientos parecidos".

viernes, 25 de marzo de 2011

LA JUSTA GUERRA DE LIBIA SE ESTÁ VOLVIENDO ILEGAL

El Presidente Zapatero, mientras oculta la palabra guerra, repite a diario que las tropas españolas se encuentran encuadradas en la fuerza multinacional, que asedia a Gadafi, porque existe un mandato de Naciones Unidas para proteger vidas civiles inocentes, marcando las diferencias con la guerra de Irak, donde se empeña en ocultar que las tropas españolas acudieron una vez acabado el conflicto y bajo mandato también de Naciones Unidas.

Pero vamos a ver cómo está la situación y qué marcan las resoluciones actuales:

La primera, la Resolución 1970, adoptada el 26 de febrero, invocó "la responsabilidad de las autoridades libias de proteger a su población", condenó su violencia contra los civiles, exigió el fin de la violencia e intentó modificar la actitud de Gadafi mediante la aplicación de sanciones, un embargo de armas y la amenaza de enjuiciamiento por crímenes de lesa humanidad.
La Resolución de seguimiento 1973, adoptada el 17 de marzo, lamentó la falta de cumplimiento de la Resolución 1970, reafirmó la determinación de garantizar la protección de los civiles y pidió un alto al fuego inmediato y un final completo a los ataques violentos y abusos contra la población civil.

Entonces, por primera vez en su historia, el Consejo de Seguridad autorizó expresamente la intervención militar de los estados miembros para alcanzar estos objetivos, algo que no se produjo en los Balcanes, donde los aviones españoles bombardearon posiciones servias con el mandato de la OTAN, pero nunca de la ONU.  Se permitió así que la acción militar coercitiva tomara dos formas: "todas las medidas necesarias" para hacer cumplir una zona de exclusión aérea y "... todas las medidas necesarias ... para proteger a los civiles y zonas habitadas por civiles que se encuentren bajo la amenaza de ataques". Se excluyó explícitamente la presencia de tropas ("una fuerza de ocupación extranjera") en territorio libio.

El lenguaje de estas resoluciones no podría ser más claro en la especificación del alcance y los límites de lo que debe hacerse. En el caso del establecimiento de la zona de exclusión aérea, la Resolución 1973 permite la destrucción, mediante aviones o misiles, de todo avión o helicóptero del régimen que despegue, las baterías antiaéreas o los sitios de lanzamiento de misiles de las fuerzas pro-Gadafi, y la inhabilitación de toda pista de aterrizaje. Y, en cuanto al mandato más amplio de proteger a los civiles, la resolución permite los ataques aéreos para destruir tanques o columnas de tropas que avancen hacia Bengasi y otras ciudades controladas por los rebeldes, y -en caso de que existan- concentraciones de fuerzas dentro de áreas que representen una amenaza directa e inmediata a los opositores de Gadafi.

En ambos casos , surgen algunas preguntas:
  1. ¿Corresponde al ámbito de la zona de exclusión aérea el destruir centros de mando y control que puedan dirigir las aeronaves? 
  2. ¿Puede llegar a ser legítimo matar a fuerzas del régimen que en realidad huyan de una zona protegida, o que de alguna otra manera no supongan una amenaza evidente o inminente para la población civil? 
  3. ¿Se debería trazar una línea que evite cualquier otra acción, de otra manera legítima, contra las fuerzas de Gadafi que pueda poner en peligro a civiles inocentes ?
Más allá de estas preguntas, no hay nada que debatir. La acción militar expresamente diseñada para matar a Gadafi u obligarlo a exiliarse, asegurar una victoria de los rebeldes en una guerra civil, o lograr un sis tema más abierto y responsable de gobierno en Libia no están permitidas por los términos explícitos de la Resolución 1973. Tampoco son admisibles en virtud de los principios morales básicos de la doctrina de la "responsabilidad de proteger", aprobada unánimemente por la Asamblea General de la ONU en 2005 en un esfuerzo por poner fin a los genocidios de una vez por todas.  Es cierto que uno o más de estos resultados pueda llegar a ser efecto de una acción militar permisible, pero no puede ser su objetivo.

Además, de estos principios legales y morales se deduce que, una vez que haya motivos razonables para confiar en que la amenaza a la población civil ha sido eliminada o neutralizada (como ahora parece ser en gran medida el caso, al menos en el este), la acción militar debe cesar. Por supuesto, se debe mantener una estrecha vigilancia, por lo que puede ocurrir que las acciones que garanticen el cumplimiento de la Resolución 1973 se deban reiniciar muy rápidamente.

Pero llegamos a otro punto; en un conflicto interno con dos partes armadas, como es este caso, que combaten por conquistar un terreno y derrotar al contrario, que están desarrollando una serie de enfrentamientos bélicos donde inevitablemente se producen bajas
  1. ¿es legítimo apoyar una parte contra la otra? 
  2. ¿podemos asegurar que la parte vencedora no va a tomar represalias contra los vencidos?
  3. ¿dónde están las fosas y las fotografías de esas matanzas de inocentes que se han denunciado?
  4. ¿son los partidarios de Gadafi una minoría opresora o no lo son tanto?
  5. ¿son los rebeldes realmente la expresión de un pueblo oprimido, que hasta ahora  junto a una carencia total de derechos políticos disfrutaba de los mayores niveles de bienestar del norte de África?
No sé, pero hay demasiadas cosas que hacen sospechar que esta guerra no es tampoco trigo limpio por mucho que Zapatero se empeñe. Por ejemplo:

  1. ¿Por qué Francia, que tenía pingües intereses comerciales con Irak, se negó a esa guerra pero pretende liderar ésta?
  2. ¿Por qué ésta guerra es legítima si cuenta con la oposición, aunque sea en forma de abstención, de la gran mayoría de la población mundial? Rusia, China, India, Brasil, .....
Demasiados porqués que no van a tener contestación.

Y quiénes van a ser los triunfadores de esta contienda. Según Foreign Policy los que van a sacar más beneficios de esta situación son:

5. The People of Libya
There's no way this war is going to end with Qaddafi still in power. That's the good news and why the people of Libya make this list. The bad news is that we don't know who is going to come out on top once a new government is in place and that some of the people actively supporting the opposition are not very nice. Don't take my word for it. According to a CNN report, Abu Yahya al-Libi, a Libyan-born al Qaeda leader recently said, "ousting these regimes is not the end in making a change." In the same article, al Qaeda in the Islamic Maghreb is quoted as offering a statement saying, "We will be side by side with you, Allah willing."
 
4. The Blissfully Ignored
The cynic-realist in me thinks the Arab League backed the intervention in Libya because it was in the interest of so many in the Arab world to focus attention elsewhere. How happy are the Saudis, that they can stomp their boot on rebellion in Bahrain with cameras trained elsewhere? The Syrians? The UAE that they can support the Saudis in Bahrain but also appear to support the west in Libya? Mahmoud Ahmadinejad that the world is distracted from his little science experiments in his basement (see below)? Not to mention everyone from the North Koreans to the finance ministers of places like Portugal and Spain who are happy to let Muammar & Co. take the heat for a while.
 
3. Greater Persia
Tehran, of course, is not just happy because the world is distracted ... they're happy because so far the uprisings have benefitted them in countless ways. Enemies in Egypt and Libya have been deposed or soon will be, Shiites are rising up in Bahrain, the moderate Jordanians and the Saudis are nervous and the Israelis are perhaps most nervous of all as to what is happening. Further, America is going to come out of the Libya adventure even less inclined to devote time and resources to Iraq and Afghanistan thus creating voids the Iranians are already filling.  We may call it the Arab Spring, but it doesn't translate that way in Farsi.
 
2. Skittish Authoritarians
Speaking of the Saudis ... but also thinking of the Yemenis and the Syrians and the Bahrainis not to mention the Chinese, the two-pronged message of this intervention is unmistakable. The first is that if you are going to crush the opposition, move quickly because the international community doesn't. And secondly, even if you take your time as you go about eliminating your enemies the one certain outcome of Operation Odyssey Clusterfuck is that everyone is going to think twice about ever undertaking a similar military adventure again.
 
1. The Abstainers
While much attention has been heaped on the diplomats who deftly wove together the U.N. vote in favor of instituting the no-fly zone, not enough has turned to the alternative power bloc that emerged during the vote: the Abstainers. The group, the BRICs plus Germany, may have sat on the sidelines for the vote but by imagining the outcome had they not done so, their potential power is made clear. China and Russia have veto power. And of the four countries most likely to join them as Security Council permanent members in the years ahead, three of them rounded out this group. (Barack Obama's non-endorsement of Brazil's candidacy notwithstanding. After all, Brazil is not a likely candidate because America wants it to be so -- it's a likely candidate because it's the seventh largest economy in the world, will be fifth largest in just a few years, has the fifth largest population on the planet and is the dominant country on its continent.) China and Russia started attacking the mission in Libya within seeming moments of its launch and Germany has just walked out of the NATO operation. This group or the bulk of it will soon be as the alternative to the old trans-Atlantic alliance that you'll note is not at the moment one of the winners on this list (though, admittedly, give this a couple days, some twists and turns, and the departure of Qaddafi and that could change.)


viernes, 18 de marzo de 2011

SI A LA GUERRRA ¿O NO? NUNCA MAIS ¿O SÍ?

Rápidamente y a vuela pluma. Pues eso, y ahora ¿qué toca?

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha solicitado al Congreso autorización para que las Fuerzas Armadas puedan participar en una intervención militar en Libia y ha ofrecido a la comunidad internacional una "contribución importante" por parte de España. "Una comunidad de derecho que persigue la paz y la seguridad no puede tolerar los ataques a la población que se han producido en Libia", ha apostillado. Se ve que allí no pero en otros sitios sí.

Además, hay que recordar que una zona de exclusión aérea va a suponer bombardeos de radares, sistemas de defensa antiaérea, bases aéreas, derribo de aviones, etc., acciones donde se producirán víctimas inocentes como, por ejemplo, los soldados reclutados de forma forzosa por el Régimen libio y los trabajadores civiles de las bases aéreas, tan inocentes como el resto de la población. Pero esos, al parecer, no le deben dar ninguna pena a Zapatero. ¿Por qué no se limita a armar a los rebeldes? Porque lo más probable es que la intervención no se limite a la exclusión, sino que EEUU pretenda llegar más allá, atacando a las fuerzas de tierra ¿Colaborará ZP con la Administración de Washington en esos hipotéticos ataques? ¿Estará bien visto entonces atacar a las fuerzas terrestres?

Por otra parte, nada más anunciarse la aprobación de la zona de exclusión aérea, Gadafi ha anunciado un alto el fuego ¿es necesario entonces intervenir militarmente en Libia cuando ya hay un alto el fuego declarado? ¿Bajo que presupuestos?

Al mismo tiempo, Gadafi amenaza con atentar contra el tráfico marítimo, aéreo y terrestre en los países del ribereños del Mediterráneo. ¿Se responsabilizará ZP de las víctimas de sus ataques terroristas?

Otra pregunta más ¿ha preguntado ZP a la población su opinión al respecto? Yo creía que en 2003 era lo que más le importaba, la opinión del pueblo español ante una intervención militar en el extranjero. Ahora parece que ya no.

Una más, las tropas enviadas por Aznar a Irak no realizaron acciones militares de ataque al régimen baasista ¿atacarán las tropas de Zapatero, esas sí, al régimen de Gadafi? Como afirma Edurne Uriarte en ABC: "Zapatero evitará la palabra guerra para definir la operación de ataque militar a Gadafi, pero lo cierto es que por primera vez ha dicho sí a la guerra. Ha reconocido la necesidad de un ataque militar para detener la matanza de un dictador. O que la democracia a veces “sí se impone con bombas”. O que hay situaciones de represión en las que únicamente son válidas las respuestas militares."

Pero como dice Pérez Maura en ABC: "Si de verdad alguien cree que este alto el fuego demuestra la efectividad del sistema onusiano, habría que preguntarse por qué se ha consentido durante semanas una masacre en la que no se podía intervenir en aras de proteger una “legalidad internacional” que dejaba manos libres al tirano. Porque en menos de horas 24 desde que se aprobó la resolución del Consejo de Seguridad ha sido capaz Gadafi de entender que era mejor frenar la matanza. Ergo, la pregunta es cuántos muertos podríamos habernos evitado si hubiéramos actuado antes.... Y con todo lo que ha ocurrido en el último mes, Zapatero no se ha puesto las pilas hasta que no ha oído a Gadafi decir que iba a entrar en Bengasi como Franco en Madrid. Y eso sí que le ha puesto las pilas. Los muertos de las últimas semanas le dejaban indiferente. Los de Franco le activan cual espoleta. Nuclear".

Pero al fin y al cabo ¿no se trata de una guerra civil? Que conozcamos, hasta ahora, los hechos de Libia no constituyen una serie de caprichosos asesinatos selectivos en masa de un gobierno antidemocrático contra la población civil, sino de la respuesta bélica y sin contemplaciones, criminal, de un sistema tiránico respetado por todos, incluso por Zapatero, ante una rebelión armada producida en el seno de ese propio país.

Después de atacar Libia ¿haremos lo mismo con Bahrein y Yemen? Y después ¿Marruecos y Siria?



Hay razones objetivas para atacar a las tropas del régimen libio, con respaldo de la ONU (como ahora) o sin él (como en los bombardeos a Servia), pero ante el comportamiento del buenista de  Zapatero y de sus buenistas socialistas en la oposición dan ganas de ir a Ferraz con una pancarta de "No a la guerra, socialistas asesinos".

sábado, 12 de marzo de 2011

IRAK Y LIBIA, GUERRA PREVENTIVA, INTERVENCION HUMANITARIA O AGRESIÓN ARMADA

Por Charles Krauthammer, columnista de The Washington Post (EL MUNDO, 10/03/11)

Numerosas voces en todo el mundo, desde Europa a América pasando por Libia, piden la intervención de EEUU para ayudar a deponer a Gadafi. Sin embargo, por derrocar al ex dictador iraquí Sadam Husein, Washington ha sido denunciado reiteradamente por agresión, engaño, arrogancia e imperialismo.

Estamos ante una extraña inversión moral, teniendo en cuenta que el mal provocado por Sadam pertenecía a un orden de magnitud muy por encima del que por ahora ha causado el tirano libio. Gadafi es un asesino caprichoso; Saddam era uno sistemático. Gadafi también es demasiado inestable y perturbado como para rivalizar con el aparato baazista iraquí, que era un sistema nacional integral de terror, torturas y asesinatos a gran escala. Bajo el régimen de Sadam fueron gaseadas aldeas kurdas enteras para dar lugar a lo que Kanan Makiya denomina «una República del Miedo».

Además, esa brutalidad sistematizada hacía imperecedero a Sadam en un sentido en el que Gadafi no lo es. De hecho, rebeldes libios apenas armados han logrado hacerse con la mitad del país por su cuenta. En Irak, en cambio, no existía ninguna posibilidad de poner fin al régimen sin el terrible mandoble (hicieron falta tres semanas enteras de ataques militares) de Estados Unidos.

No importa lo hipócrita del doble rasero. Ahora que las revoluciones asolan Oriente Próximo y todo hijo de vecino es un converso de la agenda de la libertad de George W. Bush, Irak no es lo único que ha caído en el olvido. También queda olvidado el «realismo» político que con tanto orgullo proclamaba Obama en sus dos primeros años de mandato -el «poder inteligente» frente al presunto idealismo empañado de Bush-.

Empezó con motivo de la primera visita a Asia de la secretaria de Estado Hillary Clinton cuando públicamente restó importancia a los problemas de derechos humanos en China. La Casa Blanca también recortó un 50% los fondos en apoyo a la promoción de la democracia en Egipto. Y recortó hasta en un 70% los destinados a la sociedad civil, los fondos para las organizaciones que, precisamente, ahora nos hacen falta para apoyar la democracia egipcia.

Este nuevo realismo alcanzó su apogeo con las reservas y el retraso de Obama a la hora de manifestar cualquier cosa en apoyo a la Revolución Verde de 2009 en Irán. Por el contrario, el presidente dejaba claro que las negociaciones nucleares con el desacreditado y criminal régimen de los ayatolás (conversaciones que hasta un niño podía ver que no iban a ningún lado) tenían preferencia sobre los revolucionarios demócratas de las calles, hasta el extremo de que los manifestantes de Teherán cantaban «Obama, Obama, o estás con nosotros o con ellos».

Ahora que la revolución se ha extendido de Túnez a Omán, sin embargo, la Administración estadounidense se lanza a ponerse a la altura de la nueva dispensa, reiterando el pilar fundamental de la Doctrina Bush de que los árabes no son ninguna excepción a la sed universal de dignidad y libertad.

Irak, por supuesto, exigió una implicación militar de EEUU mantenida en el tiempo para invertir las fuerzas totalitarias que tratan de asfixiar al nuevo Irak. ¿Pero no es esto lo que se nos está pidiendo que hagamos ahora con la creación de una zona de exclusión aérea sobre Libia? En condiciones de guerra civil activa, tomar el control del espacio aéreo libio exige un compromiso militar en el tiempo.

Bien, se puede afirmar que el precio en sangre y recursos que EEUU pagó para establecer la democracia de Irak fue demasiado elevado. Pero con independencia de la opinión de cada cual sobre esta cuestión, lo innegable es que en Oriente Próximo Irak es hoy la única democracia árabe funcional, con elecciones pluripartidistas y la prensa más libre. Su democracia es frágil e imperfecta -hace sólo unos días las fuerzas de seguridad reprimieron a los manifestantes que exigían mejores servicios públicos-, pero si Egipto estuviera igual de desarrollado políticamente dentro de un año como Irak hoy, nos parecería un gran éxito.

Para los libios, el efecto de la Guerra de Irak es más concreto aún. Al margen del baño de sangre al que se enfrentan, se les ha ahorrado la amenaza del genocidio. Gadafi estaba tan aterrorizado por lo que hicimos a Sadam e Hijos que alcanzó un acuerdo de culpabilidad renunciando a sus armas de destrucción masiva. Para el rebelde en Bengasi, no es una cuestión baladí.

Pero se nos dice incesantemente que Irak envenenó la mentalidad árabe contra EEUU. ¿En serio? ¿Dónde está el antiamericanismo campando a sus anchas por cualquiera de estas revoluciones? Son el presidente de Yemen y el delirante Gadafi los que se despachan contra conspiraciones estadounidenses para gobernar y esclavizar. Los manifestantes de las calles de Egipto, Irán o Libia desean que Washington ayude. No corean lemas pacifistas -¿se acuerda del No más sangre por petróleo de la izquierda estadounidense?-. ¿Por qué iban a hacerlo? EEUU se marcha de Irak sin apropiarse del petróleo, sin haber establecido ninguna base permanente, sin dejar atrás un régimen títere sino una democracia funcional. Esto, tras los comicios de los dedos entintados en unas elecciones libres en Irak vistos por televisión en todas partes, sirve de ejemplo a la región entera.

Facebook y Twitter habrán mediado sin duda en este esfuerzo panárabe (e iraní) por alcanzar la dignidad y la libertad. Pero la Doctrina Bush despejó el terreno.


viernes, 11 de marzo de 2011

LAS LEYES DE LA GUERRA

Siguiendo la serie de artículos interesantes sobre la guerra de los últimos días, con motivo de las revoluciones árabes y del conflicto armado de Libia, les propongo la lectura de esta crítica literaria publicada en Foreign Affairs (March/April 2011) donde se trata este asunto que cambia sus reglas según los intereses políticos del momento; las reglas que valieron en Servia-Kosovo ya no eran útiles en Irak, y parece que vuelven a serlo en Libia a juzgar por las declaraciones de políticos y periodistas.
 
Con la interesada evolución de las reglas sobre la guerra, sobre su carácter justo o injusto, legal o ilegal, lo único que parece que estamos consiguiendo en España es que la población deje de ver la política democrática como una solución a los problemas, un límite a la violencia, una regulación ordenada de la convivencia, y empiece a considerarla sólo como una cobertura a los intereses particulares de los políticos de turno, que ahora están decididos a matar inocentes, porque siempre mueren inocentes en los ataques aéreos y en las intervenciones humanitarias, mientras ayer se negaban.


Fighting the Laws of War:
Protecting Civilians in Asymmetric Conflict
 
Charli Carpenter (Associate Professor of International Affairs at the University of Massachusetts-Amherst).

...... Two recent books explore that dilemma by examining the relationship between the laws of war and civilian protection during battle. In Moral Dilemmas of Modern War, Michael Gross contends that the current safeguards against civilian casualties are too stringent to address the complexities of today's wars, barring states from adequately combating irregular forces
 
Meanwhile, Stephen Rockel and Rick Halpern argue in Inventing Collateral Damage that the current international regulations are too weak, permitting and even enabling states to harm civilians during combat.

From two widely different perspectives, the books cast doubt on the value of the existing international regulations presumably designed to mitigate war's impact on civilians. But a closer look suggests that these authors overstate the tensions between the laws of war and the modern battlefield and underestimate just how well the existing statutes are working. Although the laws of war require strengthening, they constitute a firm foundation on which to better protect civilians.

TOO MUCH OR TOO LITTLE?

The current laws of war regarding civilian protection resulted from a process of treaty development that included nineteenth-century agreements to safeguard the sick and wounded, which were gradually extended in the twentieth century to prisoners of war and then to civilians caught in conflict. A cardinal rule of the existing framework insists that civilians may not be deliberately targeted, unless they participate directly in hostilities. The laws stipulate that military forces must direct their operations toward combatants and military objectives only and must conduct themselves in a manner that allows their adversaries to distinguish them from civilians -- by wearing uniforms, for example, or carrying arms openly. The drafters of the Geneva Conventions carefully delineated combatants and civilians to assist militaries in distinguishing between them. In addition, the conventions state that when in doubt, military forces should assume the targets are civilians and that some number of combatants among a civilian population does not render that civilian population a legitimate target.

Gross argues that this legal structure unfairly favors insurgents on the modern battlefield. Many of today's wars are fought in dense urban environments, largely between uniformed state militaries and guerrillas in civilian clothing. The problem, he believes, is ..... that the rules ..... provide too much protection for nonstate armed groups in this new type of war, on the mistaken assumption that civilians are always innocent bystanders. This hobbles Western militaries in their attempts to protect those considered by Gross to be "truly innocent" civilians -- those who reside in democracies and are subject to guerrilla violence and terrorism.

Many civilians in modern wars are agents and not just bystanders, as Gross correctly points out: they aid and abet insurgents by storing their weapons, producing their propaganda, providing them with food and shelter, and even agreeing to act as civilian shields. It is no surprise to him ....  that powerful states  ....  would expand the circle of "legitimate targets" to include civilians who assist insurgents, because it is otherwise difficult to see how they could successfully wage war at all. Gross justifies this expansion by arguing that it is vital for democracies to prevail in asymmetric conflicts. In such conflicts, he argues, democratic states are protecting their own civilians, and in some cases the citizens of other nations, from terrorist attacks.

By contrast, Rockel, Halpern, and other contributors to their volume are far more critical of powerful governments' records in war. Whereas Gross emphasizes moral asymmetry in modern war -- highlighting the distinction between democratic armies defending their citizens and guerrillas who attack civilians using the cover of their own countries' populations -- Rockel and Halpern focus on the asymmetry of force between powerful state militaries and their weaker guerrilla adversaries. They claim that the West's callous indifference to "unintended" civilian casualties in the developing world today is analogous to its historical record of atrocities in imperial wars, which often involved depredations against civilians. Just as colonial states in those wars used dehumanizing euphemisms, such as calling natives "savages," to legitimize their actions, modern Western militaries unacceptably justify and sanitize civilian casualties by invoking the concept of "collateral damage" -- a military term used to describe regrettable but unintended, and therefore lawful, casualties of war. The notion that civilian deaths are permissible if unintended ..... has allowed militaries to whitewash the destructiveness of their operations. In other words, the existing laws of war, which prohibit intentional civilian targeting but permit "accidental" civilian deaths, are part of the problem.

Marc Herold's chapter in Inventing Collateral Damage lends credence to the notion that modern technologies and legal statutes meant to protect civilians may in fact be used in ways that place them in greater danger. His data suggest that the ratio of civilian deaths to tons of ordnance dropped has actually increased in the past 20 years, as precision weapons have been introduced in greater numbers. Herold argues that Western militaries have become overconfident in their ability to safely deploy weapons such as smart bombs and drones in dense urban neighborhoods and at night. This may explain the high number of estimated civilian casualties from drone strikes in Pakistan; the New America Foundation calculates that approximately a third of drone-strike casualties are civilians. It troubles Rockel and Halpern that the laws of war permit such high levels of civilian casualties ..... the rules are designed to legitimize violence rather than restrain it.

Both books are thus skeptical about the ability of the existing laws of war to balance national security and the protection of civilians. As interpreted by the Goldstone report, international law appears to handicap states' ability to target insurgents who purposefully operate in civilian areas -- revealing, according to Gross, the inability of the current system to adapt to new modes of war. Meanwhile, in their book, Rockel, Halpern, and the other contributors argue that the existing body of laws protecting civilians during wartime actually sanctions their deaths at the hands of states operating behind the shield of "collateral damage." Do the laws of war, then, need to be adapted to the current era, and if so, how?

STRIKING A BALANCE


In outlining the limitations presented by the laws of war in addressing modern conflicts, Gross argues that the current legal framework for civilian protection must change to meet state interests. He is sympathetic to the new tendency among Western states to broaden the scope of acceptable military targets to include civilians who assist insurgents ....  a deviation from the existing norm by states seeking to pursue their interests outside the bounds of the law. Were this trend adopted as a new legal standard, it would be nothing less than an abandonment of the current rules, weakening civilian protection rather than strengthening it.

Moreover, underlying Gross' belief that the laws of war must change to meet states' needs is the historically flawed notion that modern combat presents unique challenges. The kinds of asymmetries in the warfare he writes about are hardly unprecedented. The laws of war have in fact already adapted to many of the questions that, according to Gross, have been raised for the first time by recent wars. The current framework distinguishes, for example, between civilians who support warring factions by providing food and shelter, who are not automatically rendered legitimate targets, and civilians who take up arms themselves, who do lose their immunity. Gross points out that these rules place critical restraints on the actions of state militaries. But he overstates the case when he suggests that the laws of war tie their hands completely. To Gross, there seem to be only two options for state forces engaged in asymmetric wars: bend the rules by fighting guerrillas with an expanded notion of legitimate targets, or prepare to lose.

Yet a third option exists: militaries can choose to place their uniformed men and women in harm's way rather than cede the moral high ground by placing civilians in greater danger. When Gross describes the fundamental dilemma of asymmetric war as "who do we bomb when there are no more accessible military targets?" he assumes that states must deploy aerial firepower to defeat their unconventional enemies. But this is not the only tool in the arsenals of Western states. To combat insurgents and protect civilians simultaneously, governments could choose to use ground troops, which are arguably better equipped to discriminate between innocent bystanders and insurgents and their accomplices. Although militaries risk significantly higher casualties by deploying their troops rather than dropping precision bombs, this sacrifice is precisely what the logic of just war requires: that civilians not become more expendable than a country's armed forces.

Gross is not alone in his undue cynicism about the existing principles. Rockel and Halpern argue that the very idea of "collateral damage" .... increases military leaders' apathy toward the consequences of their operations and encourages crimes against civilians. But in making this claim, the authors conflate "collateral damage," which describes regrettable yet lawful casualties of war, and "war crimes," which result when governments deliberately target civilians. For example, many of their book's chapters detail atrocities to which the concept of "unintended casualties" does not apply, such as sexual violence. Moreover, nothing in the case studies shows even a correlation, much less a causal relationship, between the invention of the euphemism "collateral damage" during the Cold War and a purported rise in unintended civilian casualties. In fact, U.S. government documents disclosed by the whistleblower Web site WikiLeaks last October suggest the opposite: in those papers, U.S. troops appeared to invoke the risk of collateral damage to justify their failure to fire at legitimate military targets.

Inventing Collateral Damage does successfully document the brutalities of warfare before the 1949 Geneva Conventions. If anything, however, this suggests that the treaties' norms may have reduced such horrors since World War II. In fact, according to Simon Fraser University's Human Security Report 2005, the overall plight of civilians in recent hostilities appears to have vastly improved relative to earlier times. However extensive the collateral damage in Afghanistan, for example, there is a world of difference between accidentally hitting civilians in Kandahar with not-so-smart bombs and firebombing Dresden to break the population's morale. The distinction between accidental and intentional killing -- and the firm rule that military necessity does not excuse the intentional targeting of civilians -- has saved countless civilian lives in the past half century.

But Rockel and Halpern are right to note that although the international community has worked to reduce intentional civilian targeting, it has been too complacent about reducing unintended civilian casualties. Protection for civilians against the effects of lawful military operations remains scant, and international discussion about increasing those safeguards has been minimal. Many of the contributors to Inventing Collateral Damage suggest that such complacency renders the entire effort to regulate war an exercise in hypocrisy. Yet as in the case of Gross' concerns, a more pragmatic approach would be to explore options for strengthening, expanding, and clarifying the existing rules.

STRENGTHENING CIVILIAN PROTECTION

Although Moral Dilemmas of Modern War and Inventing Collateral Damage suggest otherwise, the laws of war have never been static and have often improved to reflect changing times. Points of confusion in the law regarding civilians can be clarified today through the same process that has been used to ban land mines or protect displaced persons in recent years. Specific rules will need to be worked out by states, but nongovernmental organizations and legal experts are proposing many ideas about what these rules could look like.

First, any international effort to reduce and respond to the civilian costs of war will need a mechanism for measuring and categorizing casualties of war. The Geneva regime currently provides no formal means of tracking who dies and how in military operations worldwide, leaving states' humanitarian policies to be guided by wildly conflicting and ad hoc measures. The Oxford Research Group, a London-based nongovernmental organization dedicated to sustainable security, recently created the Recording Casualties of Armed Conflict project and, with several humanitarian organizations, has issued a memorandum calling on governments to establish rules standardizing this process. Such data, as Gross and Rockel and Halpern argue, are crucial in resolving moral debates over the proportionality of various methods of combat.

Governments should additionally reconsider whether certain weapons, such as high-yield explosives, can really be considered discriminate when deployed in urban areas. A 2010 report by Landmine Action demonstrates that civilian casualties caused by these devices -- artillery shells, bombs, and mortars among them -- are exceedingly high in populated areas, and especially so among children. The damage is even greater when the secondary impacts of urban warfare are considered, including disease, malnutrition, and economic ruin. If the goal is to better protect civilians from the incidental effects of war, limits on the use of such weapons, at least in urban areas, may be required.

Yet even new regulations governing the deployment of explosives in populated areas would still likely leave some civilians in the crossfire. And in such cases, the Campaign for Innocent Victims in Conflict, a Washington-based nongovernmental organization, argues that governments should provide compensation to civilians accidentally harmed during legitimate combat operations, just as they sometimes pay reparations to victims of war crimes. The U.S. government has actually taken the lead on this issue, initiating a system of condolence payments for the families of civilian casualties of the wars in Afghanistan and Iraq. Several other countries, including Georgia, Germany, and Pakistan, are beginning to follow suit, and Israel has paid reparations in several limited cases. If widely adopted, this practice would not only provide some solace to civilians when disaster strikes but also, perhaps, incentivize militaries to take greater care to avoid causing such casualties in the first place.

Even if no new laws are developed in the near future, military planners, government officials, and lawyers could reduce civilian casualties by simply modifying their interpretations of the existing legal doctrines. To begin, clarifying the notion of what constitutes direct civilian participation in hostilities would help states more accurately judge when civilians remain protected and when they have lost their immunity. The International Committee of the Red Cross has already drafted language defining "direct participation" as acts that cause direct harm either to enemy forces or to the enemy's military operations and capacity, but states should develop a consensus around a definition so that they and others can be better held accountable for their actions.

Additional questions in need of resolution include how to determine whether, in the words of international treaties, a government has taken "all feasible precautions" to prevent civilian harm and whether it has inflicted "excessive" civilian casualties in relation to its military gains. The current laws of war leave these issues to states' discretion, but governments could collaborate to limit the gray area between civilian deaths considered unfortunate and those deemed unlawful. New or clarified rules will need to balance humanitarian principles in war with the human security costs of doing too little in cases in which insurgents or terrorists prey intentionally on the innocent. Many militaries are already grappling not just with how to weigh civilian casualties against military necessity but also with how to balance the risk of civilian casualties during a given strike against the benefits that such a strike could provide to those civilians by neutralizing predatory militias.

Some might argue that further innovations in the laws of war are unlikely. But the international rules that are now taken for granted -- say, the right of wounded soldiers to receive aid from neutral humanitarians on the battlefield -- once seemed just as far-fetched. And reconsiderations of humanitarian law have often occurred in times of systemic crisis such as these, when the human costs of the mismatch between existing laws and changing times become clear. One such transformation took place in the 1970s, when the Additional Protocols to the Geneva Conventions were established. States recognized that the most recent Geneva regulations, passed in 1949 and designed to address the conditions of World War II, required updating to respond to the unconventional wars associated with decolonization. The Additional Protocols extended the definition of "lawful combatants" to nonstate parties fighting wars of national liberation and codified the existing rules against targeting civilians, whose protection had previously been instituted only in relation to civilian conditions in occupied territories. Similarly, the 1998 Rome Statute, which created the International Criminal Court, represented an effort to bolster the Geneva regime. The court was created in response to the atrocities in Bosnia and Herzegovina and Rwanda in the 1990s -- horrors that underscored the need for an international judicial body to prosecute and punish war criminals. According to the Human Security Report 2005, the number of war crimes and genocides committed by government forces is dropping. This may well be in part because the original rules were augmented and are now influencing military doctrine worldwide.

Collateral damage in modern warfare, too, can be minimized by more clear-cut regulations. Governments should work to reduce both long-term and short-term civilian harm in war, atone for lawful as well as unlawful deaths, and cooperate to bring nonstate actors that target civilians to justice. But to achieve this, states must work together to strengthen the rules themselves. And assessments of the existing laws of war should be balanced and forward-looking rather than cynically pessimistic. It is well within the power of the international community to strengthen civilian protection in the twenty-first century.