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domingo, 24 de noviembre de 2013

EL NUEVO ORDEN MUNDIAL CHINO: EL IMPERIO INVISIBLE DE CHINA

Hay que crear las bases para apoyar la desamericanización del mundo”. “Hay que instaurar un nuevo orden mundial”. En medio de la parcial suspensión de pagos del Gobierno estadounidense, estas fueron las palabras que el autor chino Liu Chang escribió para la agencia Xinhua.

Aunque no puede considerarse como la opinión oficial de Pekín, el artículo (que generó preocupación en Estados Unidos) muestra muy bien algunos de los ámbitos en los que el Gobierno chino no se encuentra a gusto con el actual orden internacional liderado por Washington. La nación más poblada del planeta y segunda economía global busca ganar influencia y comenzar a moldear el mundo según sus propios intereses. Si bien China colabora con Estados Unidos en muchos frentes, el gigante asiático también busca reducir su influencia en otros. Estos son algunos de ellos.

La batalla monetaria: internacionalización del yuan
La internacionalización del yuan avanza a pasos muy acelerados. Por un lado, Pekín ha empezado a comerciar con algunos de sus principales socios (Brasil, Japón, Tailandia) en yuanes. Por otro, ha firmado acuerdos con distintos bancos centrales para poder utilizarloEl artículo que publicó la agencia Xinhua defendía especialmente limitar la influencia del dólar en las transacciones internacionales. Aunque todavía le queda mucho camino por recorrer, China lleva ya varios años intentando que su moneda se abra paso en el comercio exterior. “La internacionalización del yuan (o renminbi) está avanzando a pasos muy acelerados”, explica a El Confidencial Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China. Si en la actualidad sólo cerca del 15% del comercio exterior de China se realiza en yuanes, el objetivo es que en cinco años la cifra llegue al 30%.

La internacionalización del yuan se está llevando a cabo en varios frentes. Por un lado, Pekín está empezando a comerciar con algunos de sus principales socios (Brasil, Japón, Tailandia...) en yuanes. Por otro, el gigante asiático ha firmado varios acuerdos con distintos bancos centrales para poder utilizar el renminbi, entre ellos el de Corea del Sur y el Banco Central Europeo.

Además, se ha puesto en marcha la incorporación del yuan a importantes plazas financieras, como la City de Londres, Singapur o la recién creada Zona Económica Especial de Shanghai, donde se espera que la moneda china pueda continuar su internacionalización. “China no se plantea de momento sustituir al dólar, pero indudablemente quiere reducir su importancia”, explica Xulio Ríos.

La batalla comercial: un nuevo orden económico
La carta de presentación de China en el mundo ha sido su fortaleza comercial. En este sentido, Pekín ha intentado abrirse un hueco en las instituciones internacionales de referencia, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), donde Estados Unidos y Europa controlan la mayoría de votos. En 2010 se aprobaron moderadas reformas para adaptarse a la nueva realidad económica mundial (aumentado el poder de las naciones emergentes), pero lo cierto es que Estados Unidos todavía no ha ratificado los acuerdos. Pekín tampoco está satisfecho con el funcionamiento de la Organización Mundial de Comercio (OMC), que considera responde sobre todo a las necesidades comerciales de los países desarrollados.

Es por eso que China ha optado primero por intentar cambiar estas instituciones y después por buscar nuevas formas de cooperación al margen de FMI, BM y OMC. La estrategia pasa por crear nuevas alianzas comerciales con los países del Sur y por firmar Tratados de Libre Comercio (TLC) con el mayor número posible de países. En los últimos años, Pekín ha firmado un total de nueve TLC, entre ellos con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), Chile, Perú, Nueva Zelanda, Pakistán, Tailandia, Singapur, Costa Rica y Taiwán. Es de esta forma como China intenta construir su nuevo orden internacional, al menos en lo económico.

China ha optado por buscar nuevas formas de cooperación al margen de FMI, BM y OMC. La estrategia pasa por crear nuevas alianzas comerciales con los países del Sur y por firmar Tratados de Libre Comercio con el mayor número posible de paísesA pesar de las disputas entre Washington y Pekín en las instituciones internacionales, lo cierto es que sus economías siguen siendo fundamentalmente complementarias. “Las economías china y estadounidense se necesitan mutuamente”, explica a El Confidencial Han Shi, especialista en las relaciones entre los dos países y director de la consultora China Line. Mientras que las empresas estadounidenses utilizan las cadenas de producción que se han instalado en el gigante asiático, las compañías chinas necesitan de los consumidores norteamericanos. “Todavía hay mucha complementariedad entre las dos economías”, dice Han Shi.

La ofensiva diplomática: todo a los emergentes
Además de buscar nuevas relaciones comerciales, China también busca socios políticos. La Organización de Cooperación de Shanghai, donde están incluidos Rusia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán, es probablemente el proyecto chino más sólido y ambicioso. Es también para buscar un mayor rol de las naciones emergentes que China apuesta con decisión por los llamados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), otra alternativa política al mundo liderado por Washington y Bruselas. Las cumbres del G7 y G8 cada vez son más irrelevantes, entre otras cosas por la acción diplomática de China.

“Si el G20 no funciona, si la OMC no funciona, pues entonces China se plantea otras alternativas”, explica Xulio Ríos. “China busca respuestas para tratar de evitar que esos foros internacionales poco eficientes, al menos desde su punto de vista, bloqueen su capacidad de proyección económica a nivel internacional”.
La ofensiva diplomática de Pekín también abarca a los países de América Latina, África y Asia, donde China intenta convertirse en un nuevo actor influyente. “Todo esto traza un nuevo mapa de la diplomacia china y, en este proceso, obviamente, pierde influencia Estados Unidos”, dice Ríos.

La batalla asiática: "Obama, ocúpate de tus propios asuntos"
Probablemente en ningún sitio sea tan evidente la lucha diplomática entre Washington y Pekín como en Asia. Para China, asegurarse una buena relación con sus vecinos es la base de su poder global; para EEUU, mantener su presencia en este continente es una garantía de su tradicional e influyente posición en el Pacífico, donde se concentra gran parte del crecimiento económico actual.

Desde principios de 2012, el Gobierno de Obama ha lanzado el conocido como “giro hacia Asia”, que busca ampliar la presencia militar, comercial y diplomática en el continente asiático. Estados Unidos busca así consolidar su relación con aliados tradicionales como Australia, Corea del Sur, Japón, Tailandia o Filipinas; al mismo tiempo, intenta participar en el mayor número de foros regionales, como el ASEAN, y buscar nuevas alianzas con naciones como India, Indonesia, Malasia, Singapur o Vietnam, que también tienen lazos importantes con Pekín y se mueven entre las dos potencias.

El giro de Washington hacia Asia (que incluye una ampliación de su presencia militar) no ha hecho ninguna gracia en Pekín, que ya antes se sentía rodeada en su propia región. La política de Obama está provocando tensiones en el sudeste asiáticoEl giro de Washington hacia Asia (que incluye una ampliación de su presencia militar) no ha hecho ninguna gracia en Pekín, que ya antes se sentía rodeada en su propia región. Shen Dingli, profesor de la Universidad de Fudan e influyente personalidad en el ámbito de las relaciones exteriores, escribió en la revista Foreign Policy que la política de Obama en Asia pecaba de un “exceso de ambición” y que su implicación en los problemas regionales estaba “provocando tensiones en el sudeste asiático”. El título del artículo resumía su idea central: "Ocúpate de tus propios asuntos".

La respuesta de Pekín al giro asiático de Obama ha sido contundente: el nuevo Gobierno de Xi Jinping se ha esforzado en reducir las tensiones con los vecinos asiáticos, se han doblado las ayudas económicas en la región y se ha hecho a su vez un giro diplomático hacia las repúblicas del centro de Asia. “La repuesta de China no es plantar cara en el ámbito militar, sino doblar la oferta en el ámbito económico”, explica Xulio Ríos.

La batalla cultural: 8.900 millones para ganarse las mentes
China ha descubierto tarde la importancia que la cultura puede jugar a la hora de apoyar sus  aspiraciones globales. El denominado 'poder blando' (softpower), sin embargo, se ha puesto de moda entre los líderes chinos y el país ha lanzado en los últimos años numerosas iniciativas para mejorar la percepción que se tiene del gigante en el extranjero: Centros Confucio para enseñar el idioma, becas para estudiar en universidades chinas, apoyo a la industria del cine, medios de comunicación en idiomas extranjeros, exposiciones artísticas... Según Joseph Nye, el inventor del término softpower, China gastó entre 2009 y 2010 un total de 8.900 millones de dólares para ganarse las mentes y los corazones de los extranjeros.

Aunque la intención de proyectar su cultura en el exterior no va directamente dirigida contra Estados Unidos, el dominio cultural de este país es visto con preocupación en Pekín. China intenta combatir algunos conceptos que han constituido la marca EEUU, como “democracia”, “valores universales”, “libertad” o “derechos humanos”; en su lugar, el gigante asiático intenta hablar de “excepcionalidad”, “modelo chino”, “mundo multipolar” o “valores asiáticos”.

“Sin duda, el softpower chino ha mejorado algo durante los últimos años”, explica a El Confidencial Liu Xianying, profesor de la Universidad de Comunicación de China y asesor de algunos de los medios chinos de proyección internacional. Sus mayores logros se han dado sobre todo en los países en vías de desarrollo de Asia, América Latina o África, donde es más fácil empatizar con algunas de las propuestas culturales chinas. Aun así, al gigante asiático todavía le queda mucho para poder algún día seducir al mundo y contrarrestar de alguna forma la hegemonía cultural e informativa estadounidense. “La influencia cultural de China no es para nada acorde con su posición económica”, dice Xianying.

La batalla energética y el estrecho de Malaca
Según Joseph Nye, el inventor del término softpower, China gastó entre 2009 y 2010 un total de 8.900 millones de dólares para ganarse las mentes y los corazones de los extranjerosTradicionalmente, los enfrentamientos entre las grandes potencias han tenido como protagonista los recursos energéticos. China lleva varias décadas intentando asegurarse distintas rutas de abastecimiento de gas y petróleo, firmando nuevos acuerdos con sus vecinos y apoyando la internacionalización de sus empresas estatales. La influencia de Pekín ha crecido en África (sobre todo en Angola y Sudán), Oriente Medio (Arabia Saudí, Omán) y Asia (Irán, Irak), donde se encuentran sus principales fuentes de petróleo.

Una de las grandes limitaciones de China ha estado en su dependencia del estrecho de Malaca, por donde pasa hasta el 90% de las importaciones de petróleo chinas. La excesiva importancia de esta ruta, que, según teme Pekín, Washington podría utilizar como forma de presión, ha llevado al país a buscar alternativas. “China intenta diversificar sus rutas de importación de gas y petróleo, y eso incluye el gasoducto que está negociando con Rusia, el que ya está en funcionamiento con el centro de Asia y el que une Myanmar con las provincias del sudeste de China”, dice a El Confidencial Wang Tao, experto en cuestiones energéticas del Carnegie-Tsinhua Center for Global Policy, con sede en Pekín.

A pesar de que las petroleras chinas (Sinopec, CNOOC, CNPC) están aumentado su presencia en el mundo, los cambios en Estados Unidos podrían provocar que Washington cada vez estuviera menos interesado en los países exportadores de recursos. “En el sector de la energía se han producido grandes cambios en los últimos dos años, especialmente con la revolución del gas de esquisto en Estados Unidos, así que hay mucha menos preocupación por la competencia entre Estados Unidos y China por las fuentes de energía”, asegura Wang Tao.



EL IMPERIO INVISIBLE, NUEVO LIBRO SOBRE LA "INVASIÓN" CHINA DEL MUNDO OCCIDENTAL

La estampa gris e industrial de la ciudad toscana de Prato se hace visible a medida que el rutilante Mercedes de Hu Yong Zhang se abre paso entre el tráfico de la capital mundial de la moda rápida, la pronto moda. Los comercios presididos por carteles con ideogramas en mandarín flanquean la Vía Pistoiese, por donde se extiende la zona comercial china. El centro neurálgico de la comunidad late gracias a los miles de negocios —entre ellos, 2.600 talleres textiles— en manos de una comunidad que, a imagen y semejanza de Hu, es protagonista de un éxito empresarial fulgurante. De recién llegados a amos de la confección en poco más de una década. Un enriquecimiento glorioso que habría fascinado al mismísimo Deng Xiao Ping, a quien se atribuye la famosa metáfora.

“Cuando llegué me puse a trabajar en el restaurante de mis padres. Ya en los noventa monté uno de los primeros talleres chinos de Prato. Poco a poco fuimos subiendo en la escala de valor y desplazando a los italianos”, cuenta este hombre de 43 años y natural de Wenzhou. Para desbancar a sus competidores acuñaron una fórmula ganadora: el Made in Italy by Chinese, que no es otra cosa que producir por encargo para las grandes marcas de moda con el prestigioso sello de origen italiano, pero a los precios y la rapidez imbatibles que proporciona la mano de obra china, demasiadas veces explotada de forma clandestina. Gracias a este modelo la comunidad china de Prato es probablemente la más dinámica de Europa, al generar un negocio evaluado en 2.000 millones de euros anuales en esta ciudad de 195.000 habitantes. Pero, a la vez, se ha convertido también en el kilómetro cero de la criminalidad económica china.

Lo sabe bien Mattia Ianniello, investigador de la Guardia de Finanza de Florencia. Han pasado ya más de seis años y en su memoria mantiene intactas las imágenes de las pesquisas del mayor zarpazo contra el hampa china en Italia, la Operación Cian Ba, cuya fase final se desarrolló en 2012. Recuerda el régimen de “esclavitud”, los ritmos extenuantes y las condiciones infrahumanas que vivían los empleados en las entrañas de los talleres intervenidos en Prato: “Había algunos atados a la cama”, recuerda. Un sufrimiento que genera una competitividad imbatible y beneficios millonarios en negro para quienes controlan el negocio.

“Todo comenzó cuando una empresa de transporte y custodia de dinero nos contó que su mayor negocio no estaba en los bancos, sino en los chinos. Recogían de forma regular varios millones de euros en pequeños negocios chinos, mientras que los bancos movían una media de 200.000 o 300.000 euros al día. Y nos preguntamos: ¿de dónde procede todo ese dinero?”, explica Ianniello. Así que tiraron del hilo. “El primer negocio que investigamos fue una librería en Prato que enviaba remesas. Tenía una superficie de unos diez metros cuadrados, pero enviaba un millón de euros al día divididos en cantidades inferiores a 2.000 euros”.

Esas cifras suponían que cientos de clientes debían aparecer diariamente en el local, al menos uno cada dos o tres minutos. Sin embargo, apenas entraba un puñado de personas en la librería Ou Hua, situada en el número 13 de la Vía Cavour y regentada por una histórica familia china. La misma familia que, según los fiscales, controlaba otras 13 agencias de envío de remesas por toda Italia e incluso la matriz financiera, la Money2Money. ¿Cuál era el origen de todo ese dinero? ¿Y por qué evitaban en sus transacciones el sistema bancario?

El sistema era relativamente sencillo: según la policía, recibían diariamente varios millones de euros en efectivo de la comunidad china, generados por la venta sin declarar de prendas textiles y otras mercancías, la emigración ilegal, la prostitución, el contrabando o el comercio de artículos falsificados, y los enviaban a China camuflados como remesas de inmigrantes. Cuanto más efectivo enviaban, más necesarios eran los miles de pasaportes e identidades falsas chinas que manejaban para dividir las remesas en cantidades menores a 2.000 euros por persona y trimestre, que es el umbral fijado por el Banco de Italia para que una transacción no sea señalada como sospechosa. Así sacaron ilícitamente de Italia más de 4.500 millones de euros en cuatro años, según las autoridades italianas.

Quienes combaten el crimen organizado económico chino en España saben que la Operación Cian Ba no es un caso aislado, sino un botón de muestra de un sofisticado fraude transnacional que ha alcanzado cotas alarmantes. El análisis de decenas de sumarios y casos judiciales en España, Francia, Italia, Portugal, Austria y Rumania, y el centenar de entrevistas con investigadores, fiscales, agentes de aduanas y funcionarios de agencias tributarias y de Interpol apuntan inexorablemente en la misma dirección: la existencia de una economía multimillonaria que progresa y se hace fuerte por cauces ilícitos, como si de un imperio invisible se tratase, y cuya ventaja competitiva reside precisamente en las ventajas que reportan las ilegalidades. Circunstancia esta reconocida incluso por algunos prohombres de la comunidad china en España.

Uno de ellos es el afable vicepresidente de una de las asociaciones chinas en nuestro país quien, por razones obvias, habla a condición de anonimato. “Muchos chinos en España quisieran dar una visión solo positiva de la comunidad, pero yo quisiera hablar francamente. No podemos olvidar algunas partes de la historia”, se arranca durante un almuerzo en Wenzhou. “Para los chinos, ganar dinero en Europa es casi imposible si no evitan el pago de impuestos, porque los negocios no dan tantos beneficios. En el comercio mayorista todos hacen lo mismo porque hay mucha competencia por captar clientes. Y los restaurantes, si solo utilizaran trabajadores legales, sería muy difícil que pudieran sobrevivir”, admite entre bocanadas de humo. “Es imposible acabar con esto porque los chinos aprovechan los puntos débiles del sistema. Y la gente siempre quiere más dinero. Y si no te pillan, siempre puedes seguir ganando mucho más”, zanja entre carcajadas.

Todas las operaciones desencadenadas en nuestro país en los últimos cinco años, incluida la mediática Emperador, dibujaron un modus operandi delictivo en esa línea. El fraude arranca en la importación cotidiana y masiva de mercancía de lícito comercio sobre la que, sin embargo, los negociantes asiáticos tratan de pagar los menores impuestos y aranceles posibles. También tocan el comercio ilícito: contrabando de tabaco, de ropa de marca falsificada o de medicamentos falsos. La explotación de mano de obra china procedente de la inmigración clandestina es también recurrente. Y, finalmente, crean ingeniosas tramas para sacar ilícita y subrepticiamente los abundantes beneficios con destino a China, donde se reinvierte en producción o en ladrillo. El círculo completo.

Nada se deja al azar entre las familias chinas que controlan estos negocios y que, dicho sea de paso, no integran mafias ni triadas. No hay tatuajes, torturas, ni un malvado capo dei capi. De hecho, el perfil de los ideólogos de las tramas es mucho menos cinematográfico de lo que podría pensarse: bascula entre el empresario hecho a sí mismo y el hábil delincuente capaz de explotar las fisuras de nuestro sistema; perfil este que coincide con el de Gao Ping, el supuesto cabecilla de la trama desarticulada por la Operación Emperador que logró blanquear y evadir entre 800 y 1.200 millones de euros en un periodo de cuatro años. Son, en definitiva, emprendedores que se dedican a una actividad legal —el comercio o la producción textil—, pero que llevan hasta extremos delictivos el ejercicio de sus actividades para hacerlas más lucrativas.

Viaje al puerto de Valencia. En un almacén del complejo portuario, el de mayor tráfico marítimo de contenedores de España, se puede comprobar cómo las mercancías procedentes del gigante asiático sucumben muchas veces al escrutinio oficial. Un grupo de funcionarios inspecciona un contenedor procedente de China que Rita, el superordenador de la Agencia Tributaria, ha considerado que merece las comprobaciones que aparea ser considerada una mercancía del “circuito rojo”: la apertura para revisar la carga. Las inconsistencias en su declaración aduanera han hecho saltar la alarma.

Según fuentes no oficiales, entre el 5% y 8% de los contenedores del puerto valenciano se someten a revisión física. Los análisis de riesgo que efectúa Rita son la herramienta fundamental para el control inteligente de las mercancías que entran en España, porque el enorme volumen de comercio impediría un control pormenorizado de todas las mercancías sin colapsar los puertos. Una situación que da pie al fraude. La forma habitual de hacerlo es falseando la cantidad, el valor y la naturaleza de la mercancía para ahorrar en el pago de aranceles o IVA; así como el origen de la carga o la identidad real del importador, normalmente a través de estructuras societarias, para asegurarse que les asignen “circuito verde”. Cuanto mayor sea la cantidad defraudada al Tesoro público, más competitividad y margen de beneficio.

La primera alerta se dio en Nápoles. Su puerto se había convertido en 2004 en el coladero por el que entraban de contrabando las mercancías chinas gracias al arreglo que los comerciantes chinos tenían con la Camorra, que controlaba las dársenas. En cuanto se endurecieron las inspecciones, el tráfico se desvió en bloque a otros puertos, como Valencia, hasta que una mayor vigilancia en el español llevó a los importadores a despachar por puertos menos combativos: Constanza, Atenas, Lisboa, Southampton o incluso Hamburgo. Así es el juego del gato y el ratón en el que los importadores parecen ir un paso por delante gracias a las múltiples opciones que brindan cientos de puertos en 28 países comunitarios. “Estas prácticas de fraude son masivas, conocidas y extensivas, aunque los chinos no son los únicos que las hacen”, explican desde la Agencia Tributaria. La escala del fraude es formidable: “No hay nadie que no lo cometa en sectores como el textil o el calzado porque, si no lo hicieran, no podría vender la mercancía al mismo precio que sus competidores y estarían automáticamente fuera del mercado”, remarcan otras fuentes de la investigación.

Nadie es capaz de cuantificar, ni siquiera aproximadamente, cuál es el flujo de esa mercancía que los importadores chinos meten fraudulentamente en Europa. Pero se pueden extraer conclusiones tomando como muestra las principales operaciones policiales en los polígonos industriales de España donde los importadores monopolizan la distribución. El primer gran caso contra el crimen económico chino fue el que llevó la Guardia Civil en 2011, cuando decapitó la actividad empresarial y el aparato de blanqueo de uno de los supuestos próceres de la comunidad —Wen Hai Ye Wang o Luis Ye— en el marco de la Operación Long-Dragón Blanco.

Luis Ye llegó a España a finales de los ochenta y enseguida se incorporó al ciclo empresarial clásico: abrió primero un par de restaurantes chinos en Madrid con otros familiares, luego un supermercado de alimentos asiáticos y más tarde se metió de lleno en la importación de mercancías, en una época de gran rentabilidad, justo en el momento en que los bazares chinos empezaban a brotar como setas en nuestras ciudades. Pero no se conformó con eso.

Poco a poco, creó un holding de al menos 25 empresas, que utilizaba para traer trabajadores chinos y le permitieron impulsar “durante décadas” la emigración ilegal, según los informes de la Guardia Civil, que intervino en los registros policiales documentación relacionada con 300 personas. También apostó por el contrabando de productos falsos y de tabaco, lo que le debía reportar jugosos beneficios teniendo en cuenta que un contenedor de tabaco se vende por 700.000 euros cuando traerlo de China cuesta 100.000. El dineral que supuestamente iba amasando permitió a Luis Ye proveer a los emigrantes que traía y a otros miembros de la comunidad china con la financiación necesaria para que montaran restaurantes, bazares, peluquerías, bares y otros pequeños negocios. Según la Guardia Civil, los préstamos de ese “banco paralelo” tenían “su origen en el dinero ilícito de la organización”.

En el otro gran caso contra las redes delictivas asiáticas, el célebre Emperador, los informes de la Unidad de Drogas y Crimen Organizado (UDYCO) de la Policía Nacional revelan que las empresas vinculadas a Gao Ping en el polígono fuenlabreño de Cobo Calleja (Madrid) importaban unos 1.500 contenedores anuales. Puestos uno detrás de otro, esos contenedores conformarían una serpiente metálica que se extendería desde la Puerta del Sol de Madrid hasta el aeropuerto de Barajas. Solo se declaraba entre el 10% y el 20% del valor real de los bienes, y el 80% restante generaba una economía sumergida equivalente a varios cientos de millones de euros anuales.

Algo similar se sospecha que acontece en el polígono ilicitano del Carrús, tradicional epicentro del zapato de producción española y donde en 2004 se produjeron incidentes y destrozos contra los negocios chinos en protesta por una supuesta competencia desleal asentada en el contrabando, la explotación laboral, la evasión fiscal y otras infracciones. Una década después, sin embargo, no parece que las cosas hayan cambiado. “Estamos exactamente ante la misma situación de competencia desleal que entonces”, confirma Luis Ángel Mateo, teniente de alcalde de empresa y empleo del Ayuntamiento de Elche. Se refiere a una retahíla de ilegalidades: desde personal chino que no está dado de alta hasta sumergir gran parte del negocio para no pagar impuestos, sin olvidar las infracciones técnicas o en materia de horarios comerciales.

La comunidad china de Elche es un bastión económico de la ciudad. Controla 150 de las 400 empresas del polígono ilicitano y ha expandido sus negocios a la vecina localidad de Crevillente. La Operación Heijin, lanzada el pasado abril por la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) de Alicante, expuso el alcance de sus actividades delictivas, al desmantelar una trama en la que una sola importadora de calzado —Ou Lin Li— declaró únicamente una quinta parte de un negocio que, entre 2009 y 2011, logró evadir más de 103 millones de euros.

Los chinos en Elche dicen sentirse “víctimas de una persecución policial y periodística”. Uno de los empleados en una de las empresas investigadas reconoce que la economía sumergida sigue muy presente en el distrito chino del Carrús, pero, a la vez, da una versión muy particular de qué hay detrás de las actuaciones policiales. “Los españoles están en el paro y no tienen dinero. Se creen que los chinos nos lo hemos llevado. Creen que todo es culpa de los chinos. No tienen razón, nosotros trabajamos 13 o 14 horas diarias”, advierte. Luis Ángel Mateo, el edil ilicitano, responde de forma contundente: “¿Persecución policial? Si se instalaran en Elche empresas extranjeras que cumplieran la legalidad no habría ningún tipo de persecución”, remata.

¿Y qué sucede con los cuantiosos beneficios obtenidos en negro? Una parte sale en billetes de 500 escondidos, por ejemplo, en paquetes de café o en el interior de los envoltorios de bombones Ferrero Rocher que llevan como regalo las familias chinas cuando regresan por vacaciones. O se envía, al igual que en Italia, en forma de falsas remesas que en realidad son envíos masivos para pagar a proveedores. Pero, a la vez, una parte de ese capital de origen fraudulento se queda en España, donde se usa para financiar —muchas veces en condiciones de usura— la apertura de nuevos negocios minoristas de otros compatriotas. Ello explicaría, según policías, fiscales y unidades antimafia de España, Italia y Francia, la rápida proliferación de negocios nuevos en manos de la comunidad china como bares, peluquerías o tiendas de ropa o, en el caso del país francés, las cafeterías-estanco (bar-tabac).

La disposición de dinero en efectivo explica también la expansión rapidísima de polígonos como Cobo Calleja o el Carrús. Nadie pone en duda la gran capacidad de trabajo de la comunidad, y por supuesto no hay que confundir la parte con el todo y meter al conjunto de los chinos en el mismo saco. Pero una fuente que conoce el polígono de Fuenlabrada desde hace más de dos décadas aporta un valioso ejemplo al recordar, por ejemplo, cómo antes de la crisis “los chinos llegaban con cajas de zapatos con billetes de 500 euros y máquinas de contar dinero” y abonaban una parte muy importante del precio de las naves en efectivo, pagando además una prima. Los edificios llegaron a costar cuatro o cinco millones de euros en tiempos de bonanza, y otro gran proyecto chino como el complejo comercial Plaza Oriente, intento de crear un auténtico Chinatown madrileño, está valorado en 65 millones de euros.

H. Araújo y J. P. Cardenal son los autores de La silenciosa conquista China (Crítica, 2011) y acaban de publicar El imperio invisible (Crítica).

LA JUSTICIA UNIVERSAL, CHAPUZA NACIONAL, Y SU EFECTO EN NUESTRAS RELACIONES CON CHINA

El principio de justicia universal, por el cual un Estado se declara competente para perseguir a los autores de crímenes contra la humanidad cometidos incluso fuera de su territorio —siempre que otro país no los haya investigado— se ha convertido en un foco intermitente de tensión entre España y otros países, algunos de ellos aliados, como Estados Unidos o Israel. Las actuaciones de los magistrados de la Audiencia Nacional, generalmente a raíz de querellas de grupos de defensa de los derechos humanos, han enojado a los países afectados y han puesto muchas veces en una tesitura complicada al Gobierno español. Este, de puertas afuera, ha pronunciado siempre la consabida coletilla del respeto a la independencia del poder judicial y a las resoluciones de los tribunales. De puertas adentro, sin embargo, los diferentes Ejecutivos españoles han tratado de poner coto a la persecución de los delitos de ámbito internacional, un quebradero de cabeza diplomático de primera magnitud.

El último conflicto deriva de la decisión de la Audiencia Nacional de poner en busca y captura al expresidente chino Jiang Zemin y de investigar a su sucesor, Hu Jintao, entre otros miembros de la cúpula política y militar del gigante asiático, por el genocidio del Tíbet de los años 80 y 90 del siglo pasado. Esta causa judicial, en manos del magistrado Ismael Moreno, se inició en 2006 tras una querella interpuesta por el Comité de Apoyo al Tíbet (CAT). Ya desde el inicio de la instrucción las autoridades chinas reaccionaron con irritación. En junio de 2006, el Gobierno de Pekín llamó al embajador de España para quejarse por las actuaciones judiciales sobre el genocidio tibetano, que calificaron de una “interferencia” en sus asuntos internos y una “difamación total”.

La apertura de diligencias sobre la represión en el Tíbet coincidió en el tiempo con la decisión del Tribunal Supremo de obligar a la Audiencia Nacional a investigar otra querella sobre la persecución a los miembros de Falun Gong, considerada como una secta nociva por las autoridades chinas. La orden de reabrir esa causa contra el grupo espiritual se tomó con el criterio en contra de la fiscalía, que también se ha opuesto a las actuaciones por el genocidio tibetano. Las fricciones aumentaron en octubre de 2012 con el caso Emperador, la investigación de la trama de blanqueo de capitales encabezada por Gao Ping, empresario chino radicado en Madrid y actualmente en prisión. Fuentes de la Audiencia aseguran que hubo “fuertes presiones” por parte de China para que se diera carpetazo a esa investigación y que los argumentos para lograrlo eran posibles represalias económicas.

La jurisdicción universal, cuyo exponente más conocido fue quizá la detención en Londres del exdictador chileno Augusto Pinochet en octubre de 1998 por orden del entonces juez Baltasar Garzón, ha generado numerosos procedimientos en la Audiencia Nacional. En la actualidad siguen abiertas, entre otras causas, la investigación por el genocidio en Ruanda, que afecta al presidente de ese país, Paul Kagame; el procesamiento de siete militares chilenos que torturaron y asesinaron al diplomático español Carmelo Soria, o de 20 soldados salvadoreños que asesinaron al jesuita Ignacio Ellacuría. También prosiguen las pesquisas sobre los vuelos clandestinos de la CIA con sospechosos de terrorismo capturados ilegalmente y torturados en centros de detención secretos.

La profusión de investigaciones por genocidio —y las presiones diplomáticas— llevaron en octubre de 2009 al Gobierno socialista a pactar con el PP una reforma legal para limitar la jurisdicción universal. Desde entonces, solo se permite investigar los casos que afecten a ciudadanos españoles. Curiosamente este recorte no fue avanzado por el ministro de Justicia. Fue la entonces ministra de Exteriores de Israel, Tzipi Livni, quien anunció en enero de 2009 que su homólogo español, Miguel Ángel Moratinos, le había comunicado que España iba a cambiar su legislación “para evitar los abusos” de los jueces de la Audiencia Nacional. Los magistrados Baltasar Garzón, Fernando Andreu, Santiago Pedraz y Eloy Velasco protestaron por esta medida. “Es como cerrar la seguridad social a los extranjeros”, llegó a afirmar Andreu.

Otras presiones en este caso de EE UU, para frenar la investigación de Garzón sobre torturas en Guantánamo o por la muerte del cámara de Telecinco José Couso, fueron conocidas gracias a las filtraciones de cables secretos de Wikileaks. Estas comunicaciones de la embajada de Estados Unidos en Madrid con el Departamento de Estado revelaban que el embajador y colaboradores suyos presionaron a ministros y responsables de Exteriores o Justicia, y visitaron a altos cargos de la Audiencia Nacional en sus despachos, para intentar que los procedimientos judiciales naufragaran.

Al ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, le ha estallado ahora en las manos un imprevisto e indeseado conflicto diplomático. Y precisamente con el país en el que España había puesto los ojos como un nuevo El Dorado asiático para las empresas españolas: China, la segunda potencia económica del mundo, llamada a desbancar a la primera en algunos años el que España había puesto los ojos como un nuevo El Dorado asiático para las empresas españolas: China, la segunda potencia económica del mundo, llamada a desbancar a la primera en algunos años.

La decisión de la Audiencia Nacional de dictar una orden de busca y captura contra cinco miembros de la nomenclatura china —incluidos el expresidente Jiang Zemin y el exprimer ministro Li Peng—, como presuntos responsables de un delito de genocidio contra el pueblo tibetano, ha hecho montar en cólera a las autoridades de Pekín. No es para menos, pues esta orden, tramitada a través de Interpol, implica que podrían ser detenidos si salen de su país.

El Ministerio chino de Asuntos Exteriores convocó este pasado miércoles al embajador español en Pekín, Manuel Valencia, para trasladarle su “fuerte malestar”. Al mismo tiempo, el director general para América del Norte, Asia y Pacífico del Ministerio español de Asuntos Exteriores, Ernesto Zulueta, recibió en Madrid al encargado de negocios de la embajada china, a petición suya. El mensaje que trasladaron los diplomáticos españoles a sus interlocutores chinos fue el mismo: en España hay división de poderes y el Ejecutivo no puede interferir en decisiones judiciales. “No parece que quedaran muy convencidos”, admiten fuentes diplomáticas.

Las autoridades chinas no se limitaron a quejarse en privado. El portavoz de la diplomacia china, Hong Lei, expresó en rueda de prensa su “firme rechazo a las instituciones españolas que, ignorando la posición de Pekín y siendo inconsistentes con declaraciones previas, manipulan este asunto”. Incluso deslizó una sutil advertencia: “Esperamos que las partes relevantes en España tomen con seriedad la preocupación china y no hagan nada que dañe a este país o la relación entre China y España”.

El Gobierno español se lo toma muy en serio. Recién llegado de Estados Unidos —donde acompañó a los Príncipes de Asturias en su visita a California y Florida—, Margallo convocó ayer una reunión de urgencia en su departamento para abordar esta crisis, que hoy podría discutir el Consejo de Ministros.

No es la primera vez que las autoridades chinas discuten con las españolas las consecuencias del proceso abierto en la Audiencia Nacional a raíz de la querella presentada en 2006 por asociaciones de apoyo al Tíbet.

Después de que, el pasado 8 de octubre, la misma Sección Cuarta de lo Penal de la Audiencia acordara imputar a Hu Jintao —presidente de China desde 2003 a 2013 y antecesor de Xi Jinping—, expertos de los respectivos ministerios de Asuntos Exteriores debatieron el caso. La parte china alegó la “inmunidad soberana” de sus exmandatarios, pero la legislación española solo reconoce tal privilegio a los jefes de Estado en ejercicio.

La orden de detención sí incluye, en cambio —además de al expresidente Jiang Zemin y al exprimer ministro Li Peng—, a Quiao Shi, exjefe de la seguridad china y responsable de la policía armada popular; Chen Kuiyan, secretario del Partido Comunista en Tíbet entre 1992 y 2001; y Peng Peiyun, ministra de Planificación Familiar en los ochenta. Lo cierto es que Hu Jintao no está en busca y captura debido a que aún no se le ha notificado su imputación. Las fuentes consultadas estiman que es difícil que se le pueda notificar a corto plazo si las autoridades chinas se niegan a darse por enteradas.

El margen de maniobra que tiene el Gobierno para desactivar la crisis es muy limitado. Fuentes jurídicas recordaron que la Sección Cuarta ha actuado en contra del criterio del fiscal y del propio instructor, Ismael Moreno. No es la primera vez que lo hace: ya en abril pasado reabrió la causa por el genocidio en el Tíbet, que el juez había archivado provisionalmente. En teoría, no cabe recurso contra la orden de detención de los dirigentes chinos. Sólo podría plantearse, según las mismas fuentes, un recurso de súplica ante los mismos magistrados, con nulas posibilidades de prosperar. Pero no se descarta intentar que este recurso lo examine el pleno de la Sala de lo Penal.

Fuentes gubernamentales también barajan una reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial, para limitar el alcance de la jurisdicción universal. Pero una reforma de este tipo ya se hizo en 2009. Y se pusieron dos condiciones para admitir una querella: que haya un español implicado y que los tribunales del propio país no hayan investigado los hechos. En este caso se dan ambas condiciones, pues la querella está firmada por Thubten Wangehen, un tibetano nacionalizado español; y las autoridades chinas ni siquiera reconocen la ocupación del Tíbet.

El conflicto con Pekín llega para el Gobierno español en el peor momento. Este año se cumple el 40 aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países y, con ese pretexto, se lanzó una ofensiva para estrechar lazos económicos. Margallo visitó China en junio pasado y en septiembre debía haberlo hecho Mariano Rajoy, quien suspendió el viaje a última hora al no poder coincidir con el presidente Xi Jinping. La visita del jefe del Gobierno español solo quedó temporalmente aplazada, pero es difícil que se lleve a cabo mientras no se supere el actual conflicto.

Esta por ver si este tendrá repercusiones en las importantes relaciones económicas bilaterales. China se ha convertido en el segundo tenedor de deuda española tras Francia (posee en torno al 20% de la deuda en manos de extranjeros); un emisor creciente de turistas (177.000 en 2012, un 55% más que el año anterior); y un socio comercial notable aunque desequilibrado: en 2012, las importaciones sumaron 17.631 millones y las exportaciones 3.765, con una tasa de cobertura de solo el 21,3%, aunque mejor que la de años anteriores. Unas 600 empresas españolas están implantadas en China y cada vez son más las firmas chinas que desembarcan en España.

Para las autoridades de Pekín se había convertido casi en un tópico definir a España como “el mejor amigo de China en la Unión Europea”. Ahora corre el riesgo de dejar de serlo.

viernes, 11 de noviembre de 2011

CHINA Y SUS INVERSIONES EN EL TERCER MUNDO. LA SILENCIOSA CONQUISTA CHINA.

Teniendo presente que China se está convirtiendo en el amo del mundo, hoy es conveniente recomendar un libro sobre las inversiones de ese país escrito por dos periodistas españoles. El artículo siguiente es la propia crónica redactada por los autores, Heriberto Araújo y Juan Pablo Cardenal, y publicada en la versión española de Foreign Policy.
Un proyecto de investigación periodística que requirió dos años y nos llevó a 25 países de África, América Latina y Asia para seguir la huella de China por todo el planeta, dejó una certeza incontestable: el gigante asiático está conquistando el mundo. Lo está haciendo de forma imparable, pero también silenciosamente, consecuencia del desconocimiento que sobre ella hay en el resto del planeta, de la discreción que preside su forma de hacer negocios y de la opacidad que rodea los tejemanejes de la China oficial (su diplomacia, sus empresas públicas y sus bancos estatales) con los regímenes autoritarios con los que vive una particular luna de miel.

Los tentáculos chinos se extienden con rapidez en el mundo en desarrollo, pues es ahí donde el coloso asiático se aprovisiona a futuro de las materias primas que son esenciales para mantener el ritmo económico de la locomotora china. Además, esos mercados aún por madurar ofrecen fantásticas oportunidades para la oferta de las empresas del Imperio del Centro, las cuales encuentran poca resistencia ante sus imbatibles precios, su más que aceptable tecnología, su inagotable cantera de mano de obra y su capacidad de financiación. Todo ello es recibido por las élites gobernantes y económicas con los brazos abiertos, que ven en Pekín a un nuevo Mesías.

Es por todo ello que este avance por los países ricos en petróleo y recursos naturales es estratégico para China. Pero ello no significa que su pegada vaya a limitarse a África o América Latina. Es más bien el preludio de una segunda ofensiva que llevará al gigante asiático a los mercados occidentales y que, por elevación, confirmará a China como una potencia global del siglo XXI. En este sentido, la crisis que tanto castigo está infligiendo en Occidente, ha sido para el Imperio del Centro una inesperada aliada para tomar posiciones por todo el planeta, incluida Europa, donde despliega ya poderío comprando deuda soberana o compañías en quiebra. Estamos, desde luego, ante el cruce de caminos de un momento histórico.

¿Cómo está el gigante conquistando el mundo? Por un lado, con la fuerza que emana de su ejército de pequeños empresarios, emigrantes y emprendedores. Aterrizan en los países inhóspitos de África, en lugares remotos y desconocidos de América Latina o en otros más hostiles de Asia Central o la Siberia rusa, y muchas veces acaban conquistando los mercados locales gracias a su adaptabilidad al medio, a una capacidad de sacrifico sin límites, un olfato legendario para los negocios y un talento natural para bajar los costes. Astutos, discretos y sufridos, esos valientes se enfrentan a lo desconocido, la xenofobia y la inseguridad sin otro leitmotiv que la prosperidad y una vida mejor. La red  de contactos  entre chinos es a la vez la malla protectora y el trampolín hacia el éxito de los recién llegados.

Sin embargo, es la China oficial la que capitanea la ofensiva valiéndose de sus propias fortalezas, especialmente una capacidad de financiación ilimitada que en los tiempos actuales no puede ser mejor señuelo. Pekín pone sobre la mesa infraestructuras al precio más competitivo del mercado, es comprador a largo plazo de las materias primas locales (muchos países del mundo en desarrollo han aguantado los embates de la crisis gracias a sus exportaciones de materias primas al gigante asiático), ofrece créditos y préstamos a la carta y no condiciona sus tratos empresariales al respeto a los derechos humanos o a la observancia de buenas prácticas. En los países gobernados por élites rapaces, la fórmula china no puede ser más tentadora. Es el socio fiable, el banquero, el amigo y, cuando es menester, el guardián de sus intereses en la arena diplomática, sobre todo si el país en cuestión es una dictadura y está enfrentada con Occidente.

El impacto de su despliegue de recursos es indiscutible en todos los Estados en los que ha puesto el pie. Lo más visible son, sin duda, las infraestructuras: desde estadios de fútbol, carreteras y hospitales por toda África a presas en la Amazonía, el Nilo o el Mekong; desde oleoductos y gasoductos en Turkmenistán y Birmania a proyectos ferroviarios en Venezuela; desde proyectos mineros en la República Democrática del Congo o Perú a agrícolas en Argentina. Todo ello lo hemos visto con nuestros propios ojos.

Ahora bien, por mucho que las élites de tantos de esos países o la propia retórica del régimen chino hablen, con frecuencia, de una relación ganador-ganador, lo cierto es que no siempre esa riqueza que –supuestamente– genera la inversión china llega a la población. No es sólo que –más allá del impacto en la balanza comercial y en los ingresos fiscales– no haya apenas efecto derrame (filtración de la riqueza a las capas sociales inferiores), consecuencia de que los gobiernos locales no han aprovechado las necesidades chinas para crear una industria de valor añadido; es que la presencia e inversiones del gigante asiático van muchas veces acompañadas de efectos nocivos para la población.

Unas condiciones laborales terribles, el impacto medioambiental y una corrupción desatada se erigen como principal menoscabo para unas poblaciones locales que no siempre dan la bienvenida al coloso asiático. Y que con frecuencia carecen de mecanismos como el Estado de derecho o una sólida sociedad civil para fiscalizar la actuación de China. La inobservancia de unos mínimos estándares laborales, medioambientales y sociales tiene que ver, desde luego, con el contexto en países con instituciones débiles, mínima sociedad civil y nulo respeto por el imperio de la ley.

Pero, sobre todo, tiene que ver con las características del régimen chino, habituado como está a no rendir cuentas a nadie. La ausencia en China de sociedad civil, de unos medios de comunicación que se hagan eco de los excesos, de una oposición política que denuncie los abusos, de unas ONG que presenten las evidencias de los atropellos y de una ley que persiga, denuncie, acote y castigue los comportamientos irresponsables, contribuye decisivamente –en muchos casos– a convertir la conquista china del mundo en un riesgo. Conviene, por tanto, a los países receptores poner los límites para convertir esa conquista en oportunidad.