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domingo, 4 de febrero de 2018

LA PESTE Y LA IGNORANCIA. COMO EXTENDEMOS LA LEYENDA NEGRA.

«La peste es la ignorancia. Eso es lo que verdaderamente acabará con el hombre». Sólo por esta frase merece la pena ver la serie. Cuesta trabajo encontrar ejemplo más acabado de profecía autocumplida.

Hay que comenzar haciendo caso omiso a detalles de atrezzo que se clavan como aguijones, verbigracia, esas velas rojas. Nada menos que rojas, con lo caro que era teñir la cera. Se ve que había rebajas en el Todo a un euro (antiguo Todo a cien; conviene aclararlo para los que tengan poco sentido de la Historia) de la esquina. Hay luces encendidas por todas partes y a todas horas, incluso de día. En el cap. 4, en casa de una muchacha tan pobre que decide prostituirse, hay más de seis al mismo tiempo, con el sol entrando a raudales por la ventana. Y lo mismo en el hospital. Que lo único que les faltaba a los pobres religiosos que sustentaban los hospitales con limosnas era gastarse el dinero en velas para tenerlas encendidas de día. Esto ya no es mayor o menor conocimiento de la Historia. Es puro sentido común. 

Cuando afronta el cap. 2 el espectador avisado ha comprendido ya que estamos todos: el irremediable cura que maneja en las sombras toda la trama (¿saben los creadores de la serie de dónde viene este personaje y que lo han heredado?), el oro como única obsesión de los españoles en el Nuevo Mundo, la incapacidad nacional para la industria y los negocios... 

Esto, claro está, viene aderezado a la posmoderna con su sexo, su gay, su poquito de género y su canesú. En la fábrica de añil escuchamos lo que requiere la puesta en escena de esta Sevilla roñosa y repugnante: «Se exporta a Flandes. Debe ser de las pocas fábricas sevillanas que exporta algo». Pero resulta que se exportaban muchas manufacturas locales desde ese puerto: loza, paños, libros, vino, sal... y hasta sofisticados productos farmacéuticos trasatlánticos como la quinina, que era el no va más de la medicina de la época. 

Cualquier profesor de historia de instituto de Sevilla hubiera podido informar a los autores, que probablemente no sabían que necesitaban ser informados. Porque como muy bien señalan: «La peste es la ignorancia. Eso es lo que verdaderamente acabará con el hombre».

Los vericuetos teológicos del cap. 3 son para asustar. Naturalmente el protagonista vive perseguido porque es el impresor que alumbró la famosa Biblia del Oso y estuvo relacionado con un grupo protestante local: «casi todos tuvieron tiempo para escapar a Ginebra, yo no». Pues no le arriendo la ganancia, porque si hubiera podido, como pudo Servet, ir a buscar refugio en los faldones del calvinismo, le hubiera ido bastante mal. Primeramente le hubiera sido imposible ir a emborracharse en los mesones, cosa a la que es muy aficionado. Estaba el alcohol muy prohibido en Ginebra. Tanto que tuvieron que cerrar todas las tabernas. Pero en el caso de que lo hubiera conseguido y proclamado alegremente a gritos, como hace el protagonista, que «Dios está en todas partes... en las frutas, en los pechos de las mujeres (...), en las música y los órganos (...). Todo es Dios», los diáconos de Calvino lo hubieran quemado varias veces. La primera por borracho. La segunda porque la música (y hasta el toque de campanas) estaba prohibida en Ginebra, y la tercera por panteísta. Confundir a Dios con sus criaturas es creencia intolerable en la Cristiandad oriental y occidental, entre católicos y protestantes, entre musulmanes y judíos. Cabe preguntarse si quien escribió el monólogo del mesón cree que lo dicho es cosa remotamente protestante. Posiblemente no le surgió la duda y no sintió la necesidad de preguntar. Hay en España muy buenos protestantes que, como el profesor de instituto, le hubieran sacado gustosamente del error. 

En el mar de tinieblas católicas en que le ha tocado vivir, el médico (confusamente tocado con un gorrito que recuerda la kipá judía) se queja con amargura: «Son piñas. Una fruta de Indias. Los indios la utilizan para cicatrizar heridas... Si la Iglesia supiera todo esto lo quemaban todo conmigo dentro. Por brujo. Con la mitad de todo lo que aquí hay se podrían curar más de cien enfermedades y, sin embargo, tengo que esconderlo». 

Qué lamentable error de localización. Si lo que apetece es quemar brujas no es a Sevilla donde hay que ir a rodar, sino a Ginebra o a cualquier territorio germánico o protestante en general. Por miles. Y ya no hace falta ni tirar de bibliografía para informarse. Basta con la socorrida y democrática Wikipedia. Búsquese «caza de brujas» y luego el apartado «Distribución geográfica».

En fin, tengo más de 10 páginas de disparates que no hay espacio para comentar. Pero hay dos que no se pueden dejar pasar: la traca final quemando herejes en un Auto Sacramental y la frase del último capítulo a modo de colofón de todo lo anterior. España produjo exactamente 12 mártires para el protestantismo, los cuales han dado lugar a tantos libros, comentarios y menciones que parecen doce mil. Los mártires católicos que produjo el protestantismo pueden competir con la guía de teléfonos de una ciudad mediana

Y con esto llegamos a la frase genial: «Se embarcan los deshechos, los que aquí no tenían futuro, esperando volver a empezar». Hay pocas migraciones en la Historia de Occidente más supervisadas, cuidadas y mimadas que la que fue al Nuevo Mundo desde España. A Cervantes no le fue permitido viajar. ¿Por qué? Pues porque no tenía oficio ni beneficio. Había sido soldado pero ya no podía serlo tras quedarse manco. Y había que evitar que las Indias se llenaran de aventureros sin cualificar.

Así vamos educando a las nuevas generaciones en la misma idea, venerablemente antigua y muy, pero que muy carca, a saber, que la historia de España, hasta en su momento de esplendor, no ha sido otra cosa más que roña, ignorancia, corrupción, intolerancia y tinieblas

Es muy posible que el producto además se exporte y que por lo tanto se vea fuera de España. Es fácil suponer que tendrá un éxito notable en las tierras del protestantismo, porque contribuirá a reforzar la idea, tan arraigada entre ellos, de su superioridad moral intrínseca, cuasi genética. Para más inri con un producto español, que es ya como un rizar el rizo del virtuosismo en la autoafirmación. Tendrían que hacer milagros la Marca España y el Instituto Cervantes, que llevan décadas trabajando para mejorar la imagen de España en el exterior, esfuerzo pagado con el dinero de todos los españoles, para contrarrestar el efecto nocivo que La Peste va a provocar

El perjuicio es enorme y somos muchos los perjudicados, pero no parece que tengamos derecho a la querella. Movistar ganará dinero, como lo ha ganado Oro, a costa de la reputación de España que, como no es de nadie, puede ser dañada sin que se exija reparación. Para que se vea el asunto un poquito más claro conviene que el lector caiga en la cuenta de que son muchas las series y películas sobre el periodo Tudor, y en ninguna se menciona las horribles persecuciones religiosas que tuvieron lugar en aquel reinado del terror. Nadie ha visto nunca reflejada en las series de ficción cómo eran las atroces ejecuciones de católicos y también de cuáqueros, anabaptistas y otros: hanged, drawn and quartered, según rezaba la fórmula. De todos los que no eran anglicanos. 

En 1998 ganó un Oscar la hagiografía Elizabeth de Cate Blanchett. Vemos en ella a la Gran Armada de Felipe II ardiendo por los cuatro costados derrotada por los barcos ingleses y escuchamos hermosuras como esta: «Me llaman la reina virgen, sin hijos... Soy la madre de mi pueblo. Esa armada que navega hacia nosotros lleva la Inquisición en sus entrañas. Dios no quiera su triunfo o no habrá libertad en Inglaterra ni de conciencia ni de pensamiento». 

Llevamos siglos repitiendo lo que escribieron y fabricaron los enemigos de la hegemonía española. Siempre copiando lo que dicen pero nunca copiando lo que hacen. La serie está teniendo un gran éxito. Así nos va. Efectivamente, la peste es la ignorancia.

martes, 5 de diciembre de 2017

LA BATALLA DE ALJUBARROTA EN LA QUE PORTUGAL DERROTÓ A CASTILLA

Cuando en el siglo XVI, antes de que Felipe II anexionara Portugal, un franciscano visitó la corte portuguesa se encontró en medio de la algazara por el aniversario de la batalla de Aljubarrota. El Rey portugués preguntó al español si en Castilla se celebraban también fiestas tales por semejantes vencimientos. «No se hacen, porque son tantas las victorias nuestras, que cada día sería fiesta, y morirían los oficiales [artesanos] de hambre», contestó el franciscano.

Una respuesta conforme a la bravuconería española, pero que escondía el terrible recuerdo que aún pesaba en la memoria castellana por aquella batalla celebrada el 14 de agosto de 1385, con el infausto Juan I como Rey.

Batalla de Aljubarrota, 13 de agosto de 1385 entre las coronas de Portugal y Castilla

A la muerte de Enrique «El Fratricida», el primero de los reyes de la dinastía de los Trastámara, le sucedió en el trono castellano su hijo Juan I de Castilla, que también tuvo que luchar para defender sus derechos al trono frente a los descendientes de Pedro «El Cruel», de la dinastía depuesta. 

Juan fue un continuista del anterior reinado y el artífice de un periodo de maduración institucional para la Corona de Castilla, precisamente, porque los enemigos exteriores acosaban sus fronteras y se hacían fuertes en el país vecino.

Como prueba de ello, en julio de 1380 se firmó en Estremoz un acuerdo secreto que preveía una acción anglo-portuguesa sobre Castilla para sustituir al trastámara por Juan de Lancaster, casado con la hija de Pedro «El Cruel». Afortunadamente para la estabilidad de Castilla, la operación fue un fracaso y, de la enemistad con Portugal, se transitó de golpe a la amistad a través de la boda de Juan y la hija del Rey luso.

Castilla se apropia de la Corona de Castilla
Con la intención de evitar un nuevo desembarco inglés en Portugal, Juan de Castilla reclamó a la muerte del Rey de Portugal los derechos dinásticos de su esposa para establecer un protectorado sobre el reino portugués a partir de 1383. El matrimonio fue reconocido como Rey y Reina de Portugal por la nobleza, con la oposición del pueblo en algunos puntos del país, lo cual encendió una revuelta en Lisboa encabezada por el maestre de Avís. El levantamiento en torno al hermano bastardo del anterior Rey se extendió pronto a Oporto.

En un momento dado la Reina Leonor se distanció de su marido para apaciguar a los revoltosos, lo que dio lugar a una situación confusa en la que convivieron tres poderes en el país vecino: el de Leonor, el de Juan y el del maestre de Avís, proclamado por elementos populares con el título de Defensor del Reino.

Como se explica en el libro «Historia de España de la Edad Media» (Ariel), coordinado por Vicente Ángel Álvarez Palenzuela, Juan exigió en enero de 1384 desde Santarem la entrega de poderes a su esposa, que cuando se negó fue recluida en Tordesillas, como un siglo después lo sería la célebre Juana «La Loca». Así las cosas, Santarem se convirtió en la sede del poder castellano en Portugal, donde acudieron numerosos nobles a jurarle lealtad a Juan, alarmados por las consecuencias de la revuelta popular.

El Monarca decidió marchar, por tierra y por mar, sobre Lisboa para acabar con la revuelta de Avís definitivamente.

La desesperada resistencia de Lisboa y Oporto y la aparición de la peste negra colocaron al ejército castellano al borde del desastre. El 3 de septiembre de 1384, Juan I de Castilla dejó guarniciones en las plazas de sus partidarios, regresó a Castilla y pidió ayuda al Rey de Francia. 

El poder militar de Castilla y el gran número de fortalezas bajo su control siguió manteniendo vivas las esperanzas de victoria. Sin embargo, su ausencia en Portugal fue aprovechada por el Maestre de Avís para que las Corte reunidas en Coimbra le proclamaran como Rey Joao I de Portugal, el 6 de abril de 1385.

Mientras Juan obtenía el apoyo de Francia y Aragón, Joao I ofreció a Inglaterra una alianza militar y el respaldo al candidato Lancaster al trono castellano. De manera que cuando Juan inició una nueva invasión con la intención de reforzar su posición en las distintas guarniciones leales, las tropas de Joao habían crecido ostensiblemente. En mayo de 1385, las tropas castellanas experimentaron un primer tropiezo en Trancoso, pero la flota y el ejército continuaron con sus planes.

Tras una serie de combates infructuosos y una larga travesía en medio del calor de agosto, las tropas castellanas se toparon con el enemigo en una colina cerca de Aljubarrota. En total, los fatigados castellanos sumaban 31.000 hombres, entre ellos 2.000 caballeros franceses, frente a solo 6.000 portugueses, asesorados por mandos ingleses.

La trampa portuguesa
Los portugueses les estaban esperando, aun cuando estaban en inferioridad numérica, porque confiaban en que la altura les daba ventaja. 

Siguiendo el mismo plan con el que los ingleses habían sorprendido a los franceses en las recientes contiendas de la Guerra de los Cien años, la caballería desmontada y la infantería se colocaron en el centro de la línea rodeadas por los flancos de arqueros ingleses, protegidos por varios riachuelos. En la retaguardia, se situó el propio Joao para realizar una posible salida cuando –esperaban los portugueses– los castellanos se estrellaran con su muro defensiva.

El Rey de Castilla también advirtió la dificultad de un ataque frontal contra los portugueses, más cuando sus tropas estaban exhaustas. Sin embargo, sus exploradores encontraron que en la vertiente sur de la colina había un desnivel más suave para realizar un asalto a las líneas lusas. 

Sin pestañear, el ejército portugués invirtió su disposición y se dirigió a la vertiente sur. Los portugueses tuvieron tiempo de construir trincheras y cuevas frente a la línea de infantería.

El combate se trabó con las últimas luces de la tarde del 14 de agosto de 1385. Como habían previsto los lusos, los castellanos atacaron de forma desordenada colina arriba en la clásica carga de la caballería francesa. En lo alto, los atrincherados arqueros ingleses del ejército de Joao, cerca de un centenar, causaron graves estragos a la caballería. La infantería portuguesa se encargó de aniquilar a los restos de la caballería franco castellana.

Todavía en superioridad numérica aplastante, Juan de Castilla hizo avanzar a su infantería. Los arqueros ingleses dieron un paso atrás para que los infantes portugueses organizaran un movimiento envolvente. Sobre las desorientadas huestes castellanas, cayó Nun Alvares Pereira, condestable del reino, para consumar la catástrofe. 

A la puesta del sol, con el día perdido, Juan I de Castilla ordenó una retirada que terminó en desbandada. La cifra de muertos fue dantesca, cerca de 10.000, entre ellos dos hermanos de Nun Alvares Pereira que luchaba con los castellanos y numerosos miembros de la nobleza patria.

Uno de estos caídos fue Pero González de Mendoza, capitán general del ejército castellano, que entregó su caballo al Rey Juan I cuando una flecha portuguesa mató a su montura. El Rey le ordenó que subiera a la grupa para escapar ambos, a lo que González de Mendoza contestó: «Non quiera Dios que las mujeres de Guadalaxara digan que aquí quedan sus fijos e maridos muertos e yo torno allá vivo».

La mayoría de bajas se produjo en esta huida, cuando la retirada castellana derivó en una gran matanza a manos de los soldados y de los lugareños. 

La leyenda de la panadera Brites de Almeida ilustra el odio que se desató entre los locales. Esta mujer, cuya panadería se encontraba a once kilómetros del escenario bélico, halló a siete soldados castellanos (el número varía según la versión) escondidos en el horno del pan y, usando la pala con la que sacaba la comida, los fue matando a golpes según iban saliendo de su improvisado refugio.

Enfermo y agotado, Juan I cabalgó hasta Santarem para reunir a los supervivientes y, tras descender por el Tajo, se reunió con su imponente flota en el estuario del río. En Sevilla evaluó la situación catastrófica. 

Sin recursos económicos ni humanos para continuar la campaña, el Rey dejó caer las fortalezas que mantenía en Portugal e inició una estrategia defensiva para prevenirse de un contraataque inglés. De la pujanza hacia el exterior, se retrocedió otra vez en Castilla al tiempo de las luchas internas.

miércoles, 17 de mayo de 2017

EL MARQUÉS DE PESCARA, EL HÉROE ESPAÑOL QUE ESTALLÓ LA FAMA DE LA REMILGADA CABALLERÍA FRANCESA EN PAVÍA

La noche del 23 de febrero de 1524, los hombres de Pescara penetraron en las líneas francesas en una maniobra conocida por los españoles como «encamisada» y causaron el caos en el doblemente fortificado campamento de Francisco I


Fernando de Ávalos (Nápoles, 1489) procedía de una familia castellana que había sido desterrada a Valencia primero y a Sicilia después, de modo que era un castellano perdido en la Italia del siglo XV. O lo que es lo mismo: un condottieri con acento español y también con un toque espartano. «Aut cum hoc aut in hoc» («retorna con él o sobre él»), decía la divisa escrita en el escudo que portaba en el campo de batalla, inspirado en aquella frase que las madres espartanas destinaban a sus hijos.

La familia de los Pescara estaba tan bien relacionada en Italia como para que Fernando de Ávalos, el heredero del linaje, fuera prometido a la edad de 6 años con Vittoria Colonna, hija del condotiero Fabrizio Colonna. El matrimonio se celebró el 27 de diciembre de 1509 en Ischia y resultó una historia de amor al más puro estilo renacentista. Los Colonna, de amplia presencia en Nápoles y Roma, estaban aliados con Fernando El Católico, por lo que la unión entre aquellas dos grandes familias italianas reforzaba el poder castellano aragonés en la Península.

Bautizo en Rávena y victoria en Génova
Los Colonna y los Pescara se sumaron al cuadro de oficiales del ejército hispánico que surgió tras la salida del país del imbatido Gran Capitán. En 1511, Julio II convenció a España y Venecia para formar una Liga Santa que defendiera Roma de las tropas de Luis XII de Francia. El Papa consideró que el Gran Capitán sería el general óptimo para la coalición, si bien Fernando se negó y propuso que el candidato fuera el nuevo virrey de Nápoles, Ramón Folch de Cardona, natural de Lérida, que iba a resultar un hombre timorato e incompetente. Fabrizio Colonna, representante papal y suegro de Fernando de Ávalos, reconoció al momento la incompetencia de Cardona y recomendó, en contra de la opinión española de permanecer atrincherados en la batalla de Rávena (1512), que la caballería aliada saliera a luchar contra los franceses.

Cuando a Colonna le fue negado por enésima vez la posibilidad de cargar, el bravo italiano respondió con una grosería antes de partir en una desesperada carga contra los cañones franceses que estaban machacando las trincheras aliadas: «Todos vamos a morir por la vergonzosa obstinación y la malignidad de un marrano». No en vano, la acción de Colonna, al mando de la caballería papal, fue seguida por el resto de unidades de jinetes, entre ellos la dirigida por Pescara.

Fernando de Ávalos, de 22 de años, tuvo una de sus primeras experiencias militares de envergadura en la batalla Rávena. Al igual que su suegro tomó la decisión de cargar por su cuenta al ver que la caballería no tenía ninguna opción si permanecía encerrada. Y al igual que él terminó la jornada prisionero de los franceses en lo que fue la mayor derrota española en el siglo XVI en Italia. En total hubo 11.000 muertos, a pesar de que la infantería española «sostuvo, sin fruncir el ceño, el empuje del bosque ondulante de las lanzas alemanas» (Michelet).

Como narra Pierre de Bourdeille en «Bravuconadas de los españoles», el Marqués de Pescara combatía con denuedo en Rávena, cuando su ayudante, un hombre muy honrado llamado Placidio de Sangro, buscó al marqués y le dijo:

– O caballero valeroso, pues que no es cosa de ánimo varonil, sino de un loco, contrastar tanto tiempo con la fortuna contraria; en tanto que el caballo está sano, y las fuerzas bastan, libraos de la muerte y guardaos para mejor ventura.

– De buen grado obedecería, o siguiera muy fiel este consejo saludable si me persuadierais [de que es] cosa tan honrosa quanto segura; antes quiero yo que me lloren mis amigos muerto con honra, que yo llorar affrentosamente con vida infame en mi casa tantas muertes de tan grandes capitanes –contestó el noble español–.

Durante su cautiverio, Pescara compuso el Discorso dell’amore, dedicado a su esposa, también poetisa. Sin embargo, la intervención de uno de los más destacados generales franceses, el italiano GianGiacomo Trivulzio, que había tomado parte en el concierto de su matrimonio, permitió que en poco tiempo el Marqués de Pescara fuera liberado tras el pago de un rescate de 6.000 ducados y la promesa de no volver a combatir a los franceses en su vida. Algo que por supuesto no iba a cumplir.

Al año siguiente del desastre de Rávena, el español de Nápoles ya estaba combatiendo de nuevo contra los franceses y también con los venecianos, que con la llegada de un nuevo Papa, León X, abandonaron la Liga Santa y su unieron a los galos. Fernando de Ávalos mandó la infantería en la Batalla de La Motta, el 7 de octubre de 1513, contra la República de Venecia en la que los italianos fueron literalmente exterminados debido a la impulsividad de su comandante, Bartolomeo D’Alviano, que en poco tiempo pasó de perseguidor a perseguido.

Desde esta batalla hasta la Batalla de Bicoca, Ávalos estuvo siempre al frente de la infantería española, pero bajo el mando superior de Próspero Colonna, lejano familiar de su esposa. Próspero era arrogante y tenía fama de general conservador, pese a lo cual su veteranía le hacía, a ojos del joven Carlos V, el candidato perfecto para conducir sus tropas en Italia. Durante la campaña por hacerse con Parma en el verano de 1521, Colonna se enemistó gravemente con todos y cada uno de sus oficiales, entre ellos Pescara y el florentino Giovanni de Médici, al que no dudó en retar a un duelo aunque el comandante ya alcanzaba los 70 años.



El anciano no realizó al fin el duelo, del mismo modo que Parma no cayó aquel verano. Lo verdaderamente provechoso de la campaña llegó con la conquista de Milán y de Génova ese mismo año. Como relata Antonio Muñoz Lorente en su excepcional libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Nowtilus, 2015), Colonna sacó beneficio de las desavenencias entre la infantería mercenaria suiza, de enorme prestigio hasta entonces, y el comandante francés a su mando para forzar el combate en una posición ventajosa para los españoles. El asunto desembocó en la batalla de Bicocca, una auténtica masacre para los franceses, que perdieron 4.000 hombres y dejaron vía libre a los españoles para asediar Génova. La facilidad con la que los españoles vencieron en Bicocca, de hecho, ha dado lugar a una expresión popular: una bicoca es algo sumamente fácil, o de escaso valor.

Una vez en Génova, Colonna rodeó la ciudad defendida por solo 2.000 mercenarios e inició negociaciones con el dux Ottaviano Fregosa para rendir la laza. En esas estaban cuando Pescara vio una brecha en la muralla y se lanzó dentro sin pensarlo un segundo el 30 de mayo de 1522. Génova fue saqueada a conciencia y sus grandes joyas pasaron a manos de la soldadesca.

Así las cosas, Ávalos viajó a Valladolid a pedir explicaciones al Emperador desairado por su papel como subordinado de Colonna en todas estas campañas. Finalmente, Carlos V persuadió a Ávalos de que volviera a Italia y trabó amistad con el condotiero. En las siguientes operaciones él sería el jefe de las tropas imperiales ante el fuerte oleaje que el nuevo rey francés, Francisco I, traería tras de sí.

La caballería francesa
La gran hazaña militar de Pescara ocurrió, aquí, en la batalla de Pavía (1524). El Rey francés Francisco I a la cabeza de un poderoso ejército de 36.000 hombres atravesó los Alpes y ocupó Milán como respuesta a las derrotas sufridas en Bicoca y Sesia. La ciudad fortificada de Pavía, con una guarnición de 2.000 españoles y 5.000 alemanes al mando de Antonio de Leyva, se cruzó en el triunfante paso francés. La pertinaz resistencia del navarro propició la llegada de 4.000 soldados españoles, 10.000 alemanes, 3.000 italianos y 2.000 jinetes de refuerzo, comandados por el Marqués de Pescara. El problema es que esta fuerza de rescate estaba escasa de víveres y se le adeudaban muchas soldadas, siendo la principal razón por la que Francisco I prefirió mantenerse al acecho escondido detrás de una doble línea de fortificaciones y no movió a sus tropas a pesar de tener de su parte la superioridad numérica.

Ante aquellos que le aconsejaron que se retirara cuanto antes, el Marqués de Pescara, jefe de las fuerzas imperiales, respondió con una bravata dirigido a sus soldados: «Hijos míos, todo el poder del emperador no basta para darnos mañana un solo pan. El único sitio donde podemos encontrarlo en abundancia es en el campamento de los franceses». La noche del 23 de febrero de 1524, los hombres de Pescara penetraron en las líneas francesas en una maniobra conocida por los españoles como «encamisada» debido a que llevaban camisas blancas sobre las armaduras para distinguirse en la noche. En orden oblicuo, el ejército imperial se lanzó sobre los franceses una vez se había abierto una brecha en su red fortificada.


En estado de sobrexcitación, los franceses abandonaron su posición y salieron al encuentro de las tropas imperiales. La abnegada fe en la potencia de su caballería, tan característica en todas sus derrotadas en el siglo XVI, precipitó a los remilgados caballeros franceses –no sin antes dar fuga a la imperial– contra una precisa ráfaga de arcabuceros castellanos, emboscados en una zona boscosa cercana. Ante el derrumbe de la caballería francesa, Antonio de Leyva y los 5.000 infantes de la fortificación de Pavía arremetieron contra el flanco francés. La caballería imperial, reagrupados sus supervivientes, se encargó de aniquilar casi por completo a la caballería pesada francesa.

La magnitud de la humillación estremeció Europa: 10.000 soldados franceses y suizos muertos (incluidos los comandantes: Bonnivet y La Tremoille) y 3.000 prisioneros, entre los cuales se contaba lo más granado de la nobleza: Saluzzo, Montmorency, Enrique de Navarra, y el propio Francisco I. Al igual que el resto de caballeros, el Rey francés había padecido los estragos de los arcabuces españoles y fue capturado por el soldado vasco Juan de Urbieta cuando trataba de zafar su pierna de debajo del moribundo caballo. En un principio, el vasco no supo distinguir la calidad de su botín, pero se refrendó de degollarlo al vislumbrar su cuidada armadura. Por su parte, las pérdidas imperiales no superaron los 500 hombres contando muertos y heridos, entre ellos Pescara con tres heridas.

Leal a España hasta el final
El único punto ciego en la lealtad hacia España de Pescara fue durante una conjura que buscó unificar Italia bajo protección francesa. El héroe militar se consideraba plenamente español, lamentaba su sangre italiana, pero sus amplios contactos en Italia hicieron que de pronto se viera en el epicentro esta conspiración con ciertos remanentes de nacionalismo italiano, si bien el propio Pescara hundió la conjura, revelándosela a Antonio Leiva, capitán navarro al servicio de Carlos V. Según la leyenda, fue Clemente VII quien intrigó para apartar a Pescara de España ofreciéndole la corona de Nápoles, pero la esposa del hispanoitaliano, gran amiga del escultor Miguel Ángel, le aconsejó que rechazara la tentación.

También el Rey de Francia había intentado antes que traicionara a Carlos V tras Pavía, a lo que éste contestó: «No quiera Dios que estas mis canas, nacidas al servicio de mi Rey, las manche yo por todo el oro del mundo».

Poco después de la fallida conjura, Pescara cayó enfermo, probablemente de tifus, cercando a Francisco Sforza en el castillo de Milán. Falleció la noche del 2 al 3 de diciembre de 1525, sin descendientes y dejando huérfano a España del que era entonces su mejor comandante en Italia. Su título pasó a su sobrino Alfonso de Ávalos y San Severino, Marqués del Vasto, también distinguido general imperial, que se convirtió así en VI Marqués de Pescara.

sábado, 18 de febrero de 2017

LA HEROICA CARGA DEL REGIMIENTO ALCÁNTARA

A las cinco de la madrugada de un abrasador amanecer de julio del año 1921, todos supieron que iban a la muerte. El capitan Iriarte seria el portavoz de tan amargo trago. Cuando se iniciaron las acciones de apoyo al sitiado General Silvestre, todos sabían a lo que iban e intuían perfectamente que no volverían.

La noche anterior todos se acostaron inusualmente temprano en medio de un silencio demoledor, las noticias que llegaban del frente eran escalofriantes. La barbarie más execrable se había cebado con los soldados españoles en el Rif. Las cabilas al mando de Abd el Krim habían masacrado a un entero ejército europeo en una trágica retirada, un ejército con una planificación logística desastrosa, donde el más mínimo atisbo de estrategia brillaba por su ausencia; sin mandos dignos de tal nombre – la cúpula militar en Melilla no reaccionaba ante las atrocidades en curso–, y con contados oficiales dando testimonio de un heroísmo más allá de lo razonable.

Soldados con alpargatas mal dirigidos por lustrosos generales con botas brillantes. Ranchos de miseria frente a viandas delicatessen servidas por camareros de punta en blanco. Ingesta de orines en los blocaos frente a un agua mineral de Vichy impensable en el frente. Y todo así: el abandono de la tropa a su suerte frente a la gomina del generalato. Una vergüenza para la nación el desdén con que se manejaba la situación y mientras, el rey jugando al Monopoly con sus inversiones en el protectorado.

A las cinco de la madrugada de un abrasador amanecer de julio del año 1921, todos supieron que iban a la muerte. El capitan Iriarte seria el portavoz de tan amargo trago. Todos se cuadraron ante la orden.


Eran los más brillantes en medio de tanta mediocridad, eran 700 uniformes llenos de honor y dignidad, eran el Regimiento de caballería de Alcántara.

La mística de la unión entre pares
Si había algo que caracterizaba a esta unidad llena de héroes de otras unidades del ejército, era que entre mando y tropa había un tratamiento de iguales, más allá de una instrucción excelente. Los galones se dejaban para las ocasiones formales; el respeto de los oficiales hacia la tropa y viceversa, rozaba la comunión. No existía ese temor reverencial al superior si no la mística de unión entre pares.

Cuando se iniciaron las acciones de apoyo al sitiado General Silvestre, todos sabían a lo que iban e intuían perfectamente que no volverían. De los setecientos hombres que componían la unidad, solo regresarían setenta hombres vivos de la severa realidad de aquellos terribles días. El monarca de la muerte había desatado el horror mas inmisericorde sobre aquella tropa condenada por sus mandos.



Sobre el Desastre de Annual hay ingente bibliografía llena de detalles exhaustivos sobre aquella trágica carnicería, pero lo que aquí se trata es de poner en valor los últimos momentos de un grupo de hombres que con su elevado comportamiento suplieron las carencias de un mando instalado en la desidia.

Cuando se fraguó la tristemente célebre retirada de Annual, cerca de 20.000 rifeños perfectos conocedores del terreno, se enfrentarían a una atomizada tropa de soldados repartidos en diferentes blocaos y fortificaciones desperdigados por el Rif. Aquel despropósito requería una audacia logística de la que carecía el ejército español del momento y por ello, se pagó un altísimo precio.

Los rifeños, desde las alturas, dominaban a placer la iniciativa mientras masacraban sin contemplaciones a los pobres desgraciados.

Cuando la retirada se había convertido ya en un hecho de proporciones espantosas y por poner algunos datos sobre la mesa, en el río Igan, durante el vadeo del mismo y en solo cuatro horas de tiro al blanco, ya habían caído más de 2.500 hijos de España -a los que, por cierto, no se les conoce ningún monumento y no sera por falta de canteras en este país-. Durante la huida, y sin que nadie cubriera la retaguardia, se produjo una desbandada antológica. Los rifeños, desde las alturas, dominaban a placer la iniciativa mientras masacraban sin contemplaciones a pobres desgraciados que no tenían recursos para pagarse la exención del servicio militar.


El general Navarro, a la sazón segundo jefe de la Comandancia de Melilla, conseguiría dar algo de aliento a aquella tropa de desheredados en Dar Drius, una solida posición bien fortificada y con abundante agua disponible. Esta posición se vería rodeada por miles de turbantes mientras que el regimiento de caballería Alcántara se multiplicaba heroicamente a la par que sus efectivos disminuían vertiginosamente. Eran una nota de honor en medio de tanta desgracia.

Sin compasión
Las sucesivas cargas de este regimiento de caballería obtendrían el resultado de proteger la huida de la desperdigada infantería, pero a un coste humano inenarrable; monturas y jinetes sembraban con sus restos insepultos calcinados aquellos secarrales, trochas y veredas mientras un sol de justicia caía sobre aquellas desoladas llanuras y la esperanza de ayuda desde Melilla se disipaba amargamente y la resignación se instalaba en su cruel realidad. Según el informe Picasso hay constancia de que el casino de oficiales permanecía abierto y sus indiferentes usuarios jugaban a las cartas como quien no quiere la cosa.

A unas decenas de kilómetros, sin agua, acosados de manera inmisericorde, sin un instante para descansar, sin munición; más de diez mil soldados abandonados a su suerte perecieron en aquel ominoso episodio de la historia militar de nuestro país, una de las catástrofes evitables que más marcaron a toda una generación de jóvenes oficiales.

El éxodo o retirada tumultuaria, el desorden y el atropello con que se escapaba de los fuertes, aguadas y blocaos rozaba lo apocalíptico. A todo esto había que añadir que las harkas cabileñas de Abd el Krim eran literalmente indetectables ya no por su adaptación al terreno, sino porque los sayos que usaban eran de color terrero y por lo tanto adaptados al terreno circundante. No había compasión alguna para con aquella tropa abandonada a su suerte.

Pero había un inconveniente, el camino que conducia a Batel estaba plagado de hombres de Abd el Krim sedientos de sangre. Navarro ordenaría al Teniente Coronel Primo de Rivera (nada que ver con el golpista, era un militar honrado), despejar las alturas en las que estaban instalados los tiradores adversarios y ahí, en esa acción, perecería la flor y nata de la caballería española y probablemente del ejército.

Se sabe que todos ellos murieron en formación cerrada con los caballos cuerpo a tierra, y asimismo, que aquellos dignísimos soldados entraron con la horda en un cuerpo a cuerpo tremendo y desigual. Sable en mano y con la munición agotada, es fácil de imaginar como fueron aquellos últimos momentos.

Cinco meses más tarde se localizarían los restos de jinetes y caballos en intima comunión calcinados por el sol y con mutilaciones que es preferible no precisar.

La columna de Navarro y la tropa con los ojos extraviados tras transitar por aquel pasaje de la locura, llegaría a la posición de Batel gracias a aquel desgarrador sacrificio, aunque más tarde en Monte Arruit se rendirían exhaustos.


Cerca de noventa años han hecho falta para que al Regimiento Alcántara se le concediera la más alta distinción del ejército español, la laureada colectiva de San Fernando.

ÁLVARO VAN DEN BRULE

lunes, 30 de enero de 2017

OJO CON LOS ABUELOS DE LA GUERRA CIVIL

No había leído completas las memorias de Arthur Koestler. Sólo la primera parte, Flecha en el azul, así como el librito Un testamento español y sus novelas El cero y el infinito y Espartaco. Novelista y ensayista, como saben, Koestler fue miembro del partido comunista y espía de Moscú en la guerra de España. Y como en estos tiempos, gracias a mi amigo Lorenzo Falcó, ando zambullido en aquella época tan bárbara e interesante, decidí zanjar cuentas pendientes con Koestler rematando el relato de su vida. En ésas andaba hace días cuando, ya casi al final, encontré un párrafo que, relacionado con otro libro leído del mismo autor, motiva hoy esta reflexión. Algo que da en qué pensar, y mucho. O, por lo menos, a mí me da.

En Un testamento español, que leí hace años -ahora acaba de reeditarse bajo el título Diálogo con la muerte-, Koestler narra sus penalidades durante la Guerra Civil tras ser apresado por los nacionales. Estuvo a punto de ser fusilado, y esos días de espera lo convirtieron en testigo privilegiado de la vida carcelaria y las implacables ejecuciones de presos, sus compañeros, sacados de sus celdas para llevarlos al paredón. Es un relato de horror, en el que Koestler manifiesta la natural simpatía por sus compañeros de infortunio. Entre esas simpatías incluye la que siente por dos presos a los que llama Byron y El Tísico, éste último «político republicano muy conocido, Byron había sido su secretario. Desde hace tres meses esperan a ser fusilados», e incluso califica a uno de ellos como «hidalgo español». Luego añade: «Me era más difícil dejar a Byron y al tísico que a todos mis amigos y familiares». Y de esa forma logra transmitirnos la sensación de afecto y solidaridad con ellos, la injusticia de su situación y el horror de la suerte que les aguarda.

Pero oigan. Cosas de la vida. Ahora, al leer la última parte de las Memorias de Koestler, pues allí menciona nombres reales, he sabido al fin quiénes eran los infelices republicanos, el político y su secretario, sus amigos de cárcel condenados a muerte por los franquistas. Él mismo revela el nombre del Tísico: «Fue ejecutado tres días después de que me soltaran. Se llamaba García Atadell y había sido líder de un grupo de vigilantes de Madrid». El nombre, debo confesarlo, me saltó a la cara como un disparo. Para ser exacto, como los disparos en la nuca, torturas, robos y violaciones, que el Tísico amigo de Koestler, o sea, Agapito García Atadell, tristemente célebre en los anales de la Guerra Civil, y su secretario Byron -de nombre real Luis Ortuño-, ejecutados tres días después de la puesta en libertad del escritor, habían estado practicando con entusiasmo durante la época en la que García Atadell ejerció como -eufemismo delicioso- «líder de vigilantes en Madrid». Todo eso, claro, no lo cuenta Koestler porque lo ignoraba, pero está en los libros de Historia, que detallan cómo García Atadell creó una organización de terror al frente de la Brigada de Investigación Criminal, también llamada Brigada del Amanecer, que con beneplácito del Gobierno instaló una checa en el Paseo de la Castellana donde se torturó, violó y mató sin control ninguno, tanto a derechistas como a republicanos que no eran de su cuerda. Hizo una fortuna con lo robado a sus víctimas, y cuando con su ayudante Ortuño, en plena guerra pero con el bolsillo lleno, quiso huir al extranjero, fue capturado casi de casualidad por los franquistas. Que, ojo por ojo en este caso, le dieron las suyas y las del pulpo. Garrote vil.

El asunto contiene, a mi juicio, un aspecto educativo. Como escribí alguna vez, en la guerra y postguerra civil cayó gente buena de ambos bandos: españoles honrados que luchaban por sus ideas o se vieron atrapados, a su pesar, en aquel disparate sangriento

Pero cuidado. Allí no todos fueron héroes, ni gente digna. Los 200.000 hombres y mujeres asesinados en ambas retaguardias, no murieron solos. Alguien tuvo que asesinarlos. Y muchos nietos que hoy recuerdan con orgullo o dolor a sus abuelos como luchadores de una u otra causa, ignoran que no todos fueron héroes de trinchera o víctimas inocentes. También hubo carniceros emboscados, ladrones, gentuza miserable como García Atadell y sus infames secuaces. Y políticos que los dejaban actuar

Las leyendas son bonitas, y el afecto filial es comprensible. Pero la realidad tiene su propia lectura. Los españoles tuvimos abuelos admirables en ambos bandos, y también sucios oportunistas y abyectos criminales. Aunque el tiempo, la ignorancia y la simpleza de las redes sociales adornen hoy las cosas de otra manera, hay que tener cuidado con la siempre compleja memoria histórica. Así que ya saben. Mucho ojo con los abuelos.

Arturo Pérez-Reverte
PATENTE DE CORSO - XL SEMANAL

viernes, 27 de enero de 2017

LA REVOLUCIÓN RUSA: MILLONES DE MUERTOS QUE LOS COMUNISTAS ESPAÑOLES IGNORAN

Las matanzas a obreros y el terror comunista: lo que Ahora Madrid parece ignorar sobre la Revolución Rusa

Las luchas de Febrero de 1917 alcanzaron oficialmente los 1.382 fallecidos (869 eran soldados) a causa de tiroteos con la policía, fuego cruzado y accidentes con armas y explosivos. Pero aquello solo fue la antesala del auténtico horror y de la posterior guerra civil, con millones de muertos, entre el «terror rojo» y el «terror blanco»

Todas las revoluciones acostumbran a ser violentas por definición. Porque una revolución significa levantarse contra alguien que no quiere moverse por las buenas. Y porque una revolución es el fracaso de las soluciones pactadas, siendo el momento de que los extremos muevan sus piezas. De ahí que sea tan fantasioso pensar –como dijo en una comisión municipal el concejal de Economía de Manuela Carmena– que la Revolución rusa se resolvió con solo «cinco personas muertas, cinco». Sobre todo en un país tan excesivo como Rusia, a medio camino entre occidente y oriente; y a medio camino entre la modernidad y la brutalidad.

Ya en 1905 se habían producido unos sucesos revolucionarios, con más de 500 personas asesinadas por las tropas del Zar ante el Palacio de Invierno de San Petersburgo.

Las postreras purgas que se sucederían con Joseph Stalin, uno de los dictadores más sangrientos de la historia, convirtieron en un juego de niños la brutalidad de la Revolución rusa y la represión desencadenada con el ascenso bolchevique y la posterior Guerra Civil. Pero no lo fue ni mucho menos, porque en Rusia todo se hace a la tremenda. Las sucesivas derrotas rusas en la Primera Guerra Mundial, el atraso de sus infraestructuras, la sangría de muertos (1.700.000 muertos), la hambruna y la caída en picado de la economía rusa abonaron el terreno para la revolución contra el Zar Nicolás II. De hecho, ya en 1905 se habían producido unos sucesos revolucionarios, con más de 500 personas asesinadas por las tropas del Zar ante el Palacio de Invierno de San Petersburgo, que iba a ser el preámbulo de la Revolución de 1917.

De aquellos polvos estos lodos. El invierno entre 1916 y 1917 fue el más duro de la guerra. Como explica Catherine Merridale en su libro «El tren de Lenin» (Crítica), al amanecer del primer día de 1917, la policía de Petrogrado halló en un río helado el cuerpo mutilado de Rasputín, consejero privado del Zar y de la zarina Alejandra, odiada por el pueblo a causa de su afinidades germánicas. «Se besaban unos a otros en las calles, y muchos fueron encender cirios a Nuestra Señora de Kazán», narró entonces el noble y diplomático Paléologue sobre la reacción a la muerte de Rasputín. El asesinato demostraba que la Familia Real y su entorno estaban más aislados y desprotegidos de lo que a primera vista parecía.

Los obreros se echaron a la calle en esos días. 1916 se saldó con 234 huelgas políticas en las ciudades rusas, mientras que en los dos primeros meses del siguiente año se registraron un millar. El mes de febrero, una manifestación de mujeres trabajadoras a la que le siguió una huelga espontánea de los trabajadores de las fábricas de la capital, Petrogrado, derivó en enfrentamientos con la policía. Se produjeron decenas de muertos, muchos de ellos entre la propia policía. El peor enfrentamiento tuvo lugar en la plaza Znamenskaya, donde al menos 40 personas fueron abatidas y se produjo un número similar de heridos.

La Revolución de Febrero fuerza la abdicación
El 27 de febrero las manifestaciones desembocaron en una insurreción cuando estalló una rebelión en el seno del Ejército, harto de que se les obligara a abrir fuego contra civiles desarmados. Así, el primero en sublevarse fue el regimiento Volhynsky, al que le siguieron la mayoría de las unidades acantonadas en la ciudad. En su huida, muchos soldados debieron enfrentarse a sus superiores e incluso abrir fuego contra ellos. Unos 25.000 se unieron ese día al bando revolucionario, mientras eran asaltados varios arsenales del Estado. Los manifestantes también se estaban armando.

El levantamiento dirigió sus objetivos contra la prisión de Kresty, los tribunales de justicia y los arsenales de artillería. «La multitud ofrecía un aspecto curioso, casi grotesco. Soldados, obreros, estudiantes, vándalos y delincuentes liberales deambulaban sin rumbo fijo formando grupos independientes, todos armados, pero con una insólita variedad de armas», diría Stinton Jones, un observador británico, sobre lo que se convirtió en una ciudad en llamas. No llevar una bandera roja, aunque fuera un trozo de cinta en el sombrero, equivalía a ser policía o espía, y a ser el objeto de las balas sin que cupieran las preguntas

La insurrección desembocó en la disolución del gobierno imperial y en la creación del famoso Sóviet de Petrogrado, cuya sede en el palacio de Potemkin (ocupado en el otro ala por el Comité de la Duma) sirvió de prisión para miles de soldados y funcionarios, muchos de ellos temblorosos ancianos, todavía afines al Zar. Al gobierno provisional le preocupaba en ese momento cómo iban a recibir estos sucesos revolucionarios los soldados que seguían combatiendo en la Primera Guerra Mundial y cómo iban a acontrolar a la masa de soldados sublevados que seguían sembrando el caos por la ciudad. En tanto, los últimos fieles al Zar Nicolás II preparaban un contraataque a cargo del general Ivanov, cuyas órdenes eran las de aplastar la rebelión a cualquier precio.

Frente a los movimientos dubitativos de la Duma (controlado por un Gobierno provisional), el Sóviet de Petrogrado fue adquiriendo mayor poder cuando la abdicación del Zar dio paso a la república. En un intento desesperado por salvar a su familia, Nicolás II abdicó a favor de su hermano menor, el Gran Duque Miguel, quien a su vez rechazó el trono y dio el golpe de gracia a los Romanov.

Si bien la inesperada salida de Nicolás II había evitado un baño de sangre mayor, la cifra de muertos alcanzó oficialmente los 1.382 fallecidos (869 eran soldados) a causa de tiroteos con la policía, fuego cruzado y accidentes con armas y explosivos. La cifra no sería baja en ningún país, salvo en la Rusia revolucionaria.

En abril de 1917, el líder exiliado de los bolcheviques, Vladímir Ilich Uliánov, Lenin, viajó de regreso a Rusia en un tren, siendo parte de un arriesgado plan prusiano para que Rusia, al fin, se retirara de la Primera Guerra Mundial. Solo un elemento tan extremista como Lenin –pensaban los servicios exteriores alemanes– podía hacer cambiar de opinión al gobierno provisional y al Sóviet de Petrogrado, partidarios de continuar la guerra. «Pedir al Gobierno Provisional que concluya una paz democrática es como predicar la virtud a la encargada de regentar un prostíbulo», afirmaría el líder bolchevique.

Hasta su llegada los bolcheviques se habían mostrado incapaces de llevar la revolución a otro nivel y compartían, resignados, el protagonismo obrero con otros grupos socialistas igualmente respaldados a nivel social; si bien años después las crónicas comunistas exagerarían el papel bolchevique en estas primeras jornadas revolucionarias.

La llegada de Lenin no tardó en radicalizar el movimiento bolchevique. El líder exiliado criticó que su propio grupo hubiera permitido que los sucesos de febrero condujeran a una revolución liberal y a un gobierno provisional de carácter burgués. «No quiero una república parlamentaria.., sino una república de sóviets de diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo arriba. Supresión de la policía, del Ejército y de la burocracia», anunciaría. Una segunda revolución todavía más sangrienta estaba en curso.

El fracaso militar de la Ofensiva Kérenski, última campaña rusa en la Primera Guerra Mundial, sembró el terreno para que Lenin y el ala radical de los bolcheviques dieran un paso al frente. El Ejército entró en descomposición, las deserciones se multiplicaron, las protestas en la retaguardia se acrecentaron y en julio de 1917 los soldados situados en Petrogrado, se negaron a regresar al frente. Reunidos con los obreros, se manifestaron para exigir que los dirigentes del Sóviet de Petrogrado tomaran el poder.

La gente se echó a las calles con banderas rojas, banderas negras, fusiles y cuchillos, narra Catherine Merridale en su libro «El tren de Lenin» (Crítica). Durante los tres días de luchas callejeras de los revolucionarios y la policía, apoyada por matones de extrema derecha, perdieron la vida más de 700 manifestantes. Los bolcheviques no pretendían derrocar en ese momento al Gobierno (de hecho, la cúpula seguía desvinculándose de las posturas leninistas), pero sus líderes fueron acusados de alta traición y de moverse siguiendo instrucciones alemanas.

Las Checas, el camino hacia la Guerra Civil
Los planes del general Lavr Kornílov de instaurar una dictadura militar de corte conservador dieron lugar a una nueva revuelta abiertamente bolchevique en Petrogrado, en el verano de 1917. Los obreros cavaron trincheras y los ferroviarios enviaron los trenes a vías muertas, provocando el fracaso de un golpe de Estado contrarrevolucionario. No obstante, la debilidad del Gobierno provisional mostró el camino a Lenin y a sus radicales. Durante el verano de 1917, los agricultores adoptaron medidas, tomando las tierras de los señores, sin esperar a la prometida reforma agraria del Gobierno.

En noviembre, se produjo definitivamente un levantamiento bolchevique contra el Gobierno, con graves y sangriento enfrentamientos en algunas zonas, como Moscú. Así y todo, la lucha en la capital fue breve y se saldó con pocos muertos (probablemente el concejal Carlos Sánchez Mato se refiera a esta jornada cuando dice que solo hubo «5 muertos»), dado que el Gobierno provisional careció de apoyo en el Ejército allí acuartelado. No hay que olvidar que las fuerzas militares se encontraban en proceso de descomposición.

Tras el exitoso golpe de Estado bolchevique, Lenin prometió «la construcción de un orden socialista» para Rusia y dio los primeros pasos para que el país se retirara del conflicto internacional. También los dio para crear uno de los órganos de represión política más famosos de la historia. El nuevo régimen encabezado por Lenin y Trotsky fundó a finales de 1917 la «Comisión extraordinaria de lucha contra el sabotaje y la contrarrevolución», comúnmente conocida como Checa. Inspirados por el ejemplo jacobino de la Revolución francesa, los bolcheviques anunciaron el «terror rojo» para oponerse al «terror blanco». El primer anuncio oficial de esta campaña represiva, publicado con el título de «Llamamiento a la clase obrera», el 3 de septiembre de 1918, pedía a los trabajadores:

(...) Aplastad la hidra de la contrarrevolución con el terror masivo. Cualquiera que se atreva a difundir el rumor más leve contra el régimen soviético será detenido de inmediato y enviado a un campo de concentración.

La represión contra los enemigos del régimen se desplegó en su máxima expresión a partir del verano de 1918, tras la insurrección de los social revolucionarios de izquierda de Moscú y una serie de atentados contra los dirigentes bolcheviques, entre los que se encontraban Moiséi Uritski, asesinado el 30 de agosto, y el propio Lenin, gravemente herido por Fanya Kaplan, ejecutada sumariamente poco después.

En los seis primeros meses de 1918, hubo veintidós ejecuciones realizadas por la Checa. Mientras que en los seis siguientes, la cifra aumentó hasta 6.000

En la medianoche del 17 de julio de 1918 el Zar junto a los integrantes de la familia fueron llevados al sótano de la Casa Ipátiev para ser fusilados, junto a algunos sirvientes cercanos, e incluso un médico leal. Las Checas se atrevían con nobles, reyes y cualquier sospechoso de no apoyar a los bolcheviques, los cuales antes de la Revolución de Febrero solo habían sido uno de los muchos grupos surgidos en la izquierda rusa. Pero aquel detalle ya daba igual: todo era contrarevolucionario a ojos de Lenin.

Millares de presos y de sospechosos fueron masacrados a lo largo de toda Rusia, siendo el primer acto de una Guerra Civil entre los bolcheviques y el resto de fuerzas que se cobró alrededor de nueve millones de vidas, entre muertes directas y las provocadas por la ruina y la hambruna generalizada.


CÉSAR CERVERA - ABC - 27/01/2017

jueves, 26 de enero de 2017

CAVALCANTI DERROTÓ EN TAXDIRT, MARRUECOS, A 1,500 RIFEÑOS CON SOLO 65 JINETES

El 20 de septiembre de 1909, el teniente coronel arriesgó su vida, y la de sus hombres, para salvar la de los soldados de los batallones de Tarifa y de Cataluña en Marruecos.

Con la mente en su amada España y el empuje en sus sables de toda la Península. De esta guisa cargaron, el 20 de septiembre de 1909, los 65 jinetes del Regimiento de Cazadores de Caballería Alfonso XII. Estos hombres atacaron aquella triste jornada una formación de más de 1.500 marroquíes en las afueras de Taxdirt (cerca de Melilla) con el objetivo de evitar que sus compañeros fueran masacrados por los rifeños. Y lo hicieron a las órdenes de José de Cavalcanti y Alburquerque, quien sabía que bajo las herraduras de sus jamelgos estaba la salvación de varios batallones que habían quedado aislados en el campo de batalla de aquellas tierras melillenses. El resultado de la llamada «carga de Taxdirt» fue una ingente cantidad de bajas, pero también la gloria y la inmortalidad.


El protectorado de la muerte

El origen de esta batalla hay que buscarlo en la formación del protectorado español en Marruecos. El protectorado, el que fuera un regalo envenenado a nuestro país, fue un caramelo que la comunidad internacional ofreció a España como premio de consolación ante la creciente expansión colonial de otras potencias por el norte de África . España consiguió la cesión de este territorio, una «franja del Marruecos septentrional que iba desde la frontera con Argelia al Océano Atlántico», gracias a las diferencias que por entonces existían entre Inglaterra y Francia. 

«La rivalidad colonial entre estas potencias europeas a lo largo del SXIX terminaría cuando ambas comprendieron que en vez de pelearse sería más provechoso un reparto de zonas de influencia, particularmente en África. Así, en virtud del acuerdo franco-británico de abril de 1904, Francia dejaba a Inglaterra las manos libres en Egipto, a cambio de que ésta se las dejara libres en Marruecos». El problema radicaba en que a los británicos no les gustaba que los galos se establecieran al otro lado del Estrecho de Gibraltar, pues lo consideraban una ventaja que, llegado el momento, les sería insalvable.

Por ello, decidieron que meterían por medio a España. Así pues, hicieron prevalecer los derechos históricos del país en el norte de Marruecos para que les cedieran el territorio. Y los nuestros, que poco más podían hacer que sonreír ante el mísero y peligroso presente (pues en aquella región había más revoluciones que en la Francia de 1789) se limitaron a aceptar de buen grado lo que se les ofrecía.

Hostilidades

Años después se materializó que aquel territorio no iba a dar precisamente alegrías a los españoles. Esta suposición quedó clara el 9 de julio de 1909 cuando los operarios que construían una línea de ferrocarril entre la cabila de Beni Bu Ifrur y Melilla fueron atacados por un grupo de rifeños. El contingente, según se dijo después, estaba en contra de que los extranjeros unieran estas dos regiones, pues suponían que la finalidad de ello era extraer las materias primas que había en la región y trasladarlas hasta la Península. Lo cierto es que no andaban desencaminados. El asalto se sucedió a las siete de la mañana, mientras 13 obreros cimentaban un puente a seis kilómetros de Melilla.

El resultado fue catastrófico (4 muertos y tres heridos) y fue recogido en el periódico ABC el día 10: «Las noticias de Melilla que llegaron anoche a Madrid produjeron, y producirán hoy en España, honda impresión». No le faltaba razón al diario, que narró así lo sucedido: «Bruscamente sonó una descarga cerrada y tres obreros españoles cayeron al suelo. Los demás suspendieron el trabajo, alzaron la cabeza, y como a 100 metros de distancia vieron un grupo de 400 moros y 30 jinetes. […] Los moros hicieron fuego sobre ellos. Uno de ellos, español también, cayó muerto de un balazo en la espalda».



Poco más necesitó España para responder. Instantáneamente se envió una fuerza de castigo contra los enemigos y se declaró el inicio de las hostilidades contra las cabilas. Estos hechos se consideran a día de hoy el comienzo de la «Campaña de Melilla de 1909» y provocó que se empezara a movilizar un considerable continente desde la Península. Acababa de comenzar una guerra que provocaría que miles de soldados hispanos regresasen en una caja a su hogar.

Y así quedó demostrado tras las cruentas matanzas de españoles perpetradas por los marroquíes. Algunas como los sucesos acaecidos en el Barranco del Lobo (donde más de un centenar de combatientes se dejaron el alma y seis veces más hombres quedaron severamente heridos).

El Barranco del Lobo

Hacia el desastre
Entre el odio hacia los marroquíes, y el ansia de conquista, fueron llegando miles y miles de militares hispanos a Marruecos. Así fue como, allá por septiembre de ese mismo año (apenas tres meses después) el ejército logró reunir en Melilla nada menos que 44.000 hombres.

Para entonces, y a pesar de las grandes derrotas acaecidas, desde el gobierno se seguía creyendo que sería mera cuestión de tiempo que la victoria se consiguiese. De hecho, Antonio Maura (presidente del Consejo de Ministros por aquel entonces) solicitó a los militares que no fueran demasiado bárbaros cuando, irremediablemente, tomaran las diferentes cabilas.

Fuera como fuese, en septiembre el ejército se decidió a llevar a cabo un plan que llevaba pergeñándose desde hacía tiempo: la construcción de un faro que guiara a los barcos en el cabo de Tres Forcas (al norte de Melilla).

El general José Marina (mandamás de las fuerzas de la región) no se anduvo con chiquitas. Si iban a atacar, lo mejor era hacerlo a lo grande y tomar por las armas toda la región. Y es que, según consideró, así podría tener a la población controlada y evitar molestas revueltas. «Eso permitiría por un lado pacificar la comarca y, además, aislar el Gurugú por la cabila de Beni Sicar», explica Antonio Antienza Peñarrocha en su tesis «Africanistas y junteros: el ejército español en África y el oficial José Enrique Varela Iglesias».

El plan de acción
El plan de acción que se estableció fue sencillo. Se formarían dos columnas que deberían tomar el territorio (ubicado al norte de Melilla). La primera de ellas recorrería la región de sur a norte a través de una zona ocupada por tribus pacíficas. La segunda, por su parte, atravesaría la zona de este a oeste. Lo haría con el objetivo de llegar hacia Taxdirt (al oeste de Melilla). Esta última sería la misión más sangrienta, pues había que cruzar zonas tomadas por enemigos. Se avecinaban tiempos difíciles.

1-Primera columna (4.020 soldados; ochenta caballos y ocho cañones). Estaba al mando del general Alfau. Sus tropas eran las siguientes:
  • Batallón de Barbastro.
  • Batallón de Figueras.
  • Batallón de Amposta.
  • Batallón de Las Navas.
  • Escuadrón del Lusitania (caballería).
  • Dos baterías de Montaña (artillería).
  • Compañía de Zapadores.
  • Compañía de Telégrafos.
  • Ambulancia.
  • Tren de combate e impedimenta.

En palabras de Peñarrocha, «los dos escuadrones de caballería de la División, del Alfonso XII y del Lusitania, iban al mando del ayudante del general Tovar, el teniente coronel José de Cavalcanti y Alburquerque». Este decidió integrarse en la Segunda columna, por ser esta en la que se encontraba Tovar.

2-Segunda columna (3.479 soldados, 80 caballos y 8 cañones). Ésta contaba como mandos principales al general Morales y al también general Tovar. Sus tropas eran las siguientes:

A-Vanguardia.
-Sección de jinetes del Regimiento de Cazadores de Caballería Alfonso XII.
-Batallón de Cataluña.
-Primera Batería de Montaña (artillería).
-Compañía de Zapadores.

B-Cuerpo central.
-Batallón de Tarifa.
-Batallón de Chiclana.
-Segunda Batería de Montaña (artillería).
-Compañía de Telégrafos.
-Ambulancia.
-Tren de combate e impedimenta.

C-Retaguardia.
-Batallón de Talavera.
-Sección de jinetes del Regimiento de Cazadores de Caballería Alfonso XII.

3-Segunda División Expedicionaria (a las órdenes del general Sotomayor). Un apoyo a las dos columnas. Su objetivo era ubicarse al sur del río Oro y permanecer en alerta por si se les necesitaba.

4-Primera División Expedicionaria Un apoyo a las dos columnas. Formada por la Tercera Brigada de Cazadores y los Húsares de la Princesa. Sus órdenes eran ubicarse en un zoco cercano (el de Arbaa) y dirigirse hacia Zeluán (en dirección contraria a la zona en la que se sucedería la misión principal). De esta forma, se pretendía que los rifeños les siguieran (y, de esta forma, reducir el número de defensores de la zona principal).

Comienza el combate
La Segunda columna, en la que iba Cavalcanti, partió del fuerte Reina Regente hacia el sur el 20 de septiembre y, tras dos horas de marcha, llegó a Dar el Hach (a 5 kilómetros de Melilla), Una vez allí, dirigió sus pasos hacia Taxdirt, su objetivo final. Para desgracia de los militares que la formaban, los rifeños decidieron no dividirse y se movilizaron también hacia Taxdirt, olvidándose de la Primer columna.

A las ocho de la mañana comenzaron los disparos cuando la sección de jinetes que se ubicaba en vanguardia recibió fuego por parte de un grupo de rifeños situados en las inmediaciones de Taxdirt. Los españoles contestaron avanzando hacia las defensas en las que, según creían, estaría el enemigo... pero al llegar no encontraron a nadie. La razón era sencilla: los marroquíes se habían retirado a la carrera hasta un pequeño monte cercano (el de Tamsuyt), más fácil de defender.

Desde allí, desataron el infierno haciendo un nutrido fuego sobre los españoles. Como respuesta, la columna se puso en alerta y se dispuso a presentar batalla al enemigo, formado por unos 1.500 combatientes. La Primera Batería bombardeó la zona para apoyar a los jinetes enfrascados en el ataque y, cuando el último proyectil cayó, uno de los batallones del contingente (el de Cataluña, junto con la compañía de zapadores) cargó a bayoneta contra los enemigos. Ellos serían la vanguardia de la ofensiva.

La batalla fue cruenta, pero los españoles lograron conquistar la posición a sangre y fuego. A continuación, se dio órdenes a la Primera Batería de que avanzara para consolidar la zona conquistada. Como apoyo a esta (y mientras el Cataluña seguía avanzando) se mandó también al batallón de Tarifa.

Éste se dividió en tres grupos o compañías. La primera se ubicó a la derecha de la artillería y comenzó a devolver el fuego al enemigo con la rodilla en tierra para garantizar la precisión de sus disparos. La segunda se posicionó en el flanco izquierdo de los cañones y, para terminar, la tercera avanzó para desalojar a la bayoneta a un molesto grupo de marroquíes que soltaba plomo desde el flanco izquierdo.

A ellos les fue bien. Todo lo contrario que al Cataluña y a los zapadores, ubicados en primerísima línea. «Mientras, el batallón de Cataluña estaba sufriendo el fuego y la presión de los harqueños, empeñados en retomar las alturas», añade el experto en su dossier. El tiroteo al que se vieron sometidas estas dos unidades era más que intenso. Ambas no pararon de disparar ni un minuto para defenderse de los, aproximadamente, 1.500 enemigos que les cercaban. Las siguientes cuatro horas se desarrollaron entre sangre y una gran cantidad de bajas.

El fatídico relevo
La gran cantidad de bajas provocó que, poco después del medio día, se ordenara a las dos unidades presentes en el montículo (el batallón de Cataluña y la compañía de zapadores) retirarse y ser relevadas por el batallón Tarifa, que estaba ubicado a sus espaldas y defendía todavía a la Primera Batería. «Tres compañías del Talavera, hasta ahora en reserva, serían las encargadas de ocupar las posiciones anteriormente tomadas por el Tarifa», completa el autor.

La teoría era impecable, pero fue pobremente llevada a la práctica. Y es que, cuando los rifeños observaron que se estaba produciendo el relevo, se lanzaron contra los españoles aprovechando el desconcierto. Más concretamente, se arrojaron como si la vida les dependiera de ello al hueco existente entre el Tarifa y el Cataluña para cortar el avance del primero, y la retirada del segundo.

El movimiento les salió a pedir de boca. En primer lugar, porque impidieron que el batallón Tarifa avanzase y completase el revelo. Este, quedó además expuesto a los disparos marroquíes. «El fuego rifeño se concentró sobre el Tarifa, estorbando su maniobra», señala el experto. Y, en segundo término, porque la suerte quiso que su ataque cortase también la retirada de la última compañía del Cataluña. Una unidad que ya carecía de municiones y estaba más que extenuada. Pintaban bastos.

En esta situación, el general ordenó a Cavalcanti y a sus hombres que apoyaran, en una carga desesperada, al Tarifa. El objetivo no era otro que lograr que los soldados completaran el relevo antes de que, tanto ellos como los hombres del Cataluña, fuesen destruidos. Había que ganar tiempo, y el encargado de ello serían los jinetes del Alfonso XII.

A la carga
La respuesta de Cavalcanti a la llamada de su general fue hacer aquello para lo que sus jinetes habían sido entrenados: combatir cuerpo a cuerpo. Así pues, tanto él como sus 65 valientes del Regimiento de Cazadores de Caballería Alfonso XII se lanzaron en una heroica carga contra el enemigo. En sus mentes, España y sus compañeros. En sus manos, los sables hambrientos de sangre. Aquel ataque debió llevar consigo todo el empuje de la Península, pues hizo cundir el pánico entre los harqueños, que empezaron a retroceder.

A pesar de ello, la batalla estaba lejos de haberse ganado. Tras el primer choque, Cavalcanti ordenó en dos ocasiones a sus jinetes retirarse hasta un cañaveral cercano con el objetivo de reagruparse y volver a atacar. La segunda carga la hizo con apenas 40 caballeros. La tercera, con una veintena. Después de esta heroicidad, los escasos hombres que todavía tenía a su cargo se retiraron de nuevo hasta el cañaveral, dejaron sus monturas a un lado, clavaron rodilla en tierra, y comenzaron una épica defensa contra el enemigo, ahora ávido de venganza.

«Al ver la apurada situación de los del Alfonso XII, el teniente coronel Moreira ordenó a sus hombres del Tarifa que apoyaran a los jinetes. El propio teniente coronel quedó gravemente herido, pero los harqueños se terminaron replegando», añade el experto. La batalla había llegado a su fin, pues se había conquistado el territorio. Y todos, gracias a la valerosa actuación de unos pocos jinetes españoles.

A las tres de la tarde, arribaron a la zona dos batallones más para asegurar la posición. Aunque eso no valió para mantener la loma. Al final, y ante la inminente caída de la noche, el ejército se retiró a Taxdirt y tuvo que ver como los rifeños tomaban de nuevo Tamsuyt. Una derrota en lo que se refiere a la pérdida del terreno, pero una victoria al fin y al cabo, pues se logró salvar a los últimos hombres del Cataluña y al Tarifa.

Al final de la contienda el teniente coronel contó 25 bajas. Una sangría para una unidad de menos de 70. Pero todos ellos fueron héroes, pues no solo lograron que sus compañeros pudiesen salvarse, sino que hicieron huir a aquel gigantesco contingente y sirvieron la victoria en bandeja a la infantería. Aquella actuación le valió a Cavalcanti (que acabó herido de gravedad) la preciada Cruz Laureada de San Fernando, además de un ascenso.


José de Cavalcanti

José de Cavalcanti y Alburquerque nació en 1871 en Cuba. Deseoso de servir a su país, ingresó en la Academia General Militar cuando contaba 17 años. La vida la destinó a la caballería, y allí fue donde logró ascender hasta teniente coronel. Su valía hizo que fuera enviado a África donde, en septiembre de 1909, dirigió dos escuadrones de jinetes encuadrados dentro de una brigada (la segunda) con órdenes de tomar varias posiciones rifeñas en Taxdirt (cerca de Melilla). El día 20, este militar y sus compañeros fueron atacados por un gigantesco contingente de rifeños en un día imposible de olvidar...

MANUEL P. VILLATORO - ABC_Historia
26/01/2017