domingo, 21 de febrero de 2016

LAS COSAS DEL QUERER. QUÉ QUIERE LA CIUDADANÍA

Los ingredientes del cóctel actual son el descrédito de la derecha, la desmoralización de la izquierda y la invención del populismo

Cuentan que Rafael El Gallo, cuando se negaba a torear un morlaco del que no se fiaba y se refugiaba en el callejón, aguantaba la bronca monumental mirando desolado al público y murmurando: “Pero ¿qué quedrán?”. Me parece que a partir de las elecciones del pasado 20-D hay políticos (Rajoy el más notable de ellos) que están en el burladero esperando que amaine el griterío de los tendidos y tratando de adivinar qué es lo que quiere el respetable. Algunos voluntariosos intérpretes de la voluntad general nos aseguran que la gente lo que desea es que haya estabilidad en el país, otros aseguran que está claro que apetece cambio, los hay que vislumbran una reclamación de entendimiento entre unos y otros. Lo cierto es que el mensaje no ha quedado nada claro: más bien hay varios que se superponen cacofónicamente unos a otros, como cuando tratamos de sintonizar una emisora de radio y se nos superponen muchas, oyéndose a la vez música, noticias y el sermón dominical, sin entenderse nada de nada.

Yo diría, arriesgándome a pisar el ruedo, que los españoles (incluidos quienes están obsesionados con dejar de serlo) piden que sus elegidos en las urnas supriman los males, fomenten los bienes y sobre todo acierten a distinguir claramente entre unos y otros. Porque lo cierto es que lo más temible y peligroso de muchos problemas sociales y políticos es la solución... La parte más positiva de la situación actual es que ahora se ocupan (o preocupan) por los asuntos públicos mucha más gente que antes, sobre todo entre los jóvenes. Ser apolítico, que ayer era una especie de cínica postura aristocrática, hoy ya no está bien visto. Se interesan y a veces ruidosamente en las redes sociales por temas de gobernanza hasta los todavía millones que no votan, justificados por algunos neocons (en el sentido francés de la palabra) que como no les gusta la ley electoral han decidido no apoyar ni a quienes quieren cambiarla y prefieren esperar a la resurrección de Thomas Jefferson para animarse. Lo único claro en lo que Bergamín, que era más antimonárquico que republicano, llamaba “la confusión reinante” es que la mayoría está descontenta con el pasado y recelosa del futuro. Los ingredientes del cóctel actual son el descrédito de la derecha, la desmoralización de la izquierda y la invención del populismo. Vamos a verlos más de cerca.

Los españoles piden que sus elegidos en las urnas supriman los males y fomenten los bienes

La derecha española (y sobre todo su advocación catalana, que ostenta el récord europeo) no va a lograr en bastante tiempo recuperarse del fétido embadurnamiento de corrupción que hoy tapa sus posibles logros positivos. El PP no es desde luego el único partido con corruptos en sus filas, ni siquiera el único con elementos estructurales de corrupción (ahí está el caso del PSOE en Andalucía), pero alberga los más numerosos y espectaculares. Sobre todo, los más antiestéticos. No hay nada más repelente que ver a los endomingados prohombres y promujeres de la crema social enfangados en el saqueo de la sociedad que les trata como a privilegiados. Aquellos a los que mejor considera la comunidad, los que nunca hacen cola, los que tienen apellidos ligados a la alcurnia de las instituciones más rentables o mejor reputadas, los de las fotos en papel couché, son descubiertos como trileros de alta gama que arrasan el país que tanto dicen amar. Por apreciables que sean los aciertos económicos que pueda exhibir el Gobierno, muchos sufridos y por tanto resentidos ciudadanos no van a perdonar este espectáculo vil. Ni siquiera bastantes de los que aún votan PP están dispuestos a olvidarlo.

La izquierda no marxista, por su parte, está desnortada y sin el empuje regenerador que tuvo en los años de la Transición democrática. Por supuesto, el título de socialdemócrata lo han hecho simpático quienes lo utilizaron como dicterio: ayer los comunistas y hoy nuestro Tea Party local (los mismos sucesivamente en bastantes casos). Pero los que se dicen socialdemócratas no han logrado instrumentar un temario político que constituya una alternativa creíble y suficiente, sobre todo en el plano económico, a la que llevan a cabo los Gobiernos de derechas... que también es a regañadientes socialdemócrata. Eso es lo malo, que la socialdemocracia ha triunfado en Europa de tal modo que ya nadie puede ser menos y es difícil lograr ser más. De modo que el socialismo se desdibuja entre quienes no lo ven sino como una versión algo más generosa y edulcorada de la derecha pero a veces más ineficaz. Los disconformes siguen buscando algo dentro del sistema pero más a la izquierda. Lo mismo ocurre entre los liberales americanos, la socialdemocracia que no se atreve a decir su nombre. Los defraudados por Obama (puede ampliarse el tema leyendo La muerte de la clase liberal, de Chris Hedges, ed. Capitán Swing) ponen ahora su ilusión en Bernie Sanders. Pero el punto ciego del PSOE sigue siendo su relación con los nacionalistas, llena de ambigüedad y oportunismo. La cacareada solución federal ha quedado en agua de borrajas o peor, ha roto aguas sin parto alguno.

Ser “apolítico” era ayer era una especie de cínica postura aristocrática. Hoy ya no está bien visto

En este panorama, el populismo recién patentado (aunque ya más veces recauchutado que una belleza sexagenaria) juega con ventaja. Su línea de crédito no se amplía resolviendo conflictos, sino manteniéndolos vivos y aprovechando la indignación que despiertan para cohesionar sus grupos, por lo demás informes. Su proyecto político no está hecho de propuestas sino de exigencias imperiosas: cuanto menos se le satisfagan, más fuerza adquiere. “El nuevo político concentra sus esfuerzos en los temas que fracturan a la sociedad en dos bandos para dejar claro que él es el líder de uno”, señala Víctor Lapuente en un artículo excelente (Pastores o borregos, EL PAÍS, 9-02-16). 

Sus propuestas culturales son siempre desaforadamente radicales, como la obrita de los titiriteros, que no tiene nada que ver con la apología del terrorismo sino con su banalización habitual por la izquierda radical y con la denigración de jueces, monjas, policías y tutti quanti que responden al simplismo y la imprecisión que Ernesto Laclau consideraba condiciones de la política. Por eso ahora se envuelven en una ardorosa defensa de la libertad de expresión, mientras por otra parte propugnan la retirada del callejero a ilustres escritores de derechas que la practicaron o apoyan que al incómodo Arcadi Espada se le retire un premio por haber dicho lo que no les gusta. Imaginen cómo sería el Ministerio de Educación en esas manos.

Y en este embrollo los ciudadanos... ¿qué quedrán? ¿Lo mejor, lo peor y todo lo contrario? Lo único cierto es que “quien produzca pobreza cultural y falta de instancias ideales no debería quejarse del populismo” (Jose Luis Villacañas, en Populismo, ed. La Huerta Grande). Ni del resto de los males políticos, me parece a mí.

NOS HAREMOS CON LA HISTORIA

«Pequemos, por una vez, de un exceso doctrinal, de un sobrepeso de ideología, de una expansión de entusiasmo al recordar a los españoles los valores sobre los que construimos la democracia en condiciones mucho más difíciles que las de ahora»

La virtud de los tiempos de zozobra es su elocuencia. Nada hay que no se ofrezca ya a la meditación de los españoles. Todo ciudadano con sentido crítico o mero instinto de supervivencia social ha de adoptar una posición ante lo que sucede. Las últimas convocatorias electorales, con su propuesta radical de superación del marco establecido, en poco se han parecido a las de los años de plenitud de nuestro sistema constitucional. Y es que la crisis económica ha provocado un intenso proceso de politización y ha arrojado sobre la conciencia de los españoles una sensación de peligro, cuya capacidad de infectar la confianza en nuestras instituciones está resultando devastadora. Con todo, no ha habido nadie que advierta de la profundidad del riesgo que corremos. No ha habido alzamiento de opiniones rigurosas, ni manifestaciones que hayan superado el simple regocijo de los saldos contables o la desdeñosa plática de quienes creen que este proceso de deslegitimación solo es un bache en un camino bien pavimentado.

No ha existido, y no he dejado de decirlo en esta página, lo que Gramsci llamó intelectuales orgánicos del sistema, cuyo servicio al régimen no dependiera de su situación administrativa, sino de unas convicciones ideológicas que mostraran que, en el lado del constitucionalismo salido de la Transición, hay algo más que inercia tecnocrática, inmovilismo cultural o desprecio por el pensamiento crítico. Los exabruptos de tertulia o las consignas de rueda de prensa no son suficientes. De nada sirve amenazar con catástrofes económicas, con descenso de la inversión extranjera o con los problemas de la deuda. El sufrimiento de los españoles durante todos estos años, la experiencia dolorosa de quienes han perdido derechos sociales, la conciencia de tantas personas a las que se ha esquilmado su seguridad no se recuperan con amenazas de empeoramiento de su condición.

El acuerdo de los ciudadanos en torno a nuestra Constitución no puede basarse en el miedo. Tiene que hacerlo en la superioridad cívica de las propuestas de los reformistas, de los que no deseamos abrir de nuevo un proceso constituyente. Lo que no debe hacerse de ningún modo es alimentar el bloqueo de nuestro sistema político, al que indiscutiblemente le ha llegado la hora de pasar una enérgica revisión jurídica. No debe tolerarse, tampoco, la torpeza de un discurso acomplejado, de resistencia al cambio, que pone en manos de los adversarios no solo de esta democracia parlamentaria, sino de nuestro mismo concepto de civilización occidental, el coraje transformador, la fuerza de las convicciones y el ímpetu de la regeneración. Debemos demostrar que nuestra Constitución cubre una pluralidad sana de perspectivas, y que se asienta en fundamentos lo bastante sólidos para aguantar embestidas coyunturales, y lo bastante dignos como para ser defendida con mayor enjundia doctrinal.

No basta con insistir en que se han ganado las elecciones. Entre otras cosas, porque las elecciones se ganan de verdad cuando se está en condiciones de formar un gobierno. Hay que recordar, eso sí, que existe una mayoría de españoles que votaron por los partidos que representan la continuidad institucional y el compromiso con la gran reconciliación de la que arrancó nuestra cultura democrática. Pero tampoco debe sustraerse de cualquier reflexión que el rupturismo ha alcanzado una representación notable y no es un pintoresco accidente a resolver en poco tiempo.

Tenemos una enorme avería nacional. Estamos en una crisis de régimen. Nos hallamos ante el mayor golpe de deslegitimación producido desde 1978. Así y todo, no es cierto que más de la mitad de los españoles hayan decidido iniciar un proceso constituyente, en el que se incluya el derecho a la autodeterminación y, por tanto, la destrucción del fundamento de nuestra comunidad política, a la que se arrebata su soberanía en nombre de soberanías plurales, sin más freno que las medidas urgentes de intervención judicial.

Lo que se está promoviendo es un verdadero estado de excepción que pretende definir un nuevo sujeto soberano en España y el comienzo de una nueva fase política cuya primera labor sea desmantelar el sistema constitucional del que nos dotamos al construir nuestra democracia. A este desafío no se responde solamente con el recuerdo constante de la legalidad, sino con la lucha ideológica, con el debate político, con las propuestas culturales orientadas a ganar una hegemonía. Disponer de esa mayoría abrumadora electoral con la que cuenta la Constitución de 1978 no va a ser suficiente si el verdadero soberano, la nación española, ha de caminar indefensa, enmudecida, sin razones aparentes, sin identidad precisa.

En el asedio que sufrimos a nuestra convivencia, vemos cómo los sitiadores preparan sus instrumentos de asalto quizás no a los cielos, pero sí a los órganos vitales de nuestro sistema. Y para hacerles frente nada se ha dicho que contagie confianza, que transmita la convicción de tener una superioridad manifiesta, cimentada en la experiencia de tantos años de libertad, de justicia y de posición de España en el mundo.

La Constitución ha de ser reformada en cuanto sea preciso para adecuarse a tiempos nuevos. Pero, sobre todo, ha de ser defendida en este proceso de renovación, con actitudes a las que preocupe mucho menos la acusación de arrogancia que la imagen de pasividad. Pequemos, por una vez, de un exceso doctrinal, de un sobrepeso de ideología, de una expansión de entusiasmo al recordar a los españoles los valores sobre los que construimos la democracia en condiciones mucho más difíciles que las de ahora. Seamos capaces de exigir el respeto a la voluntad manifestada el 20 de diciembre. Recuperemos la insolencia que el enemigo blande contra nuestros principios. Alcemos la voz para denunciar todo lo que ha envejecido, todo lo que se ha corrompido, todo lo que nos avergüenza en la conducta miserable de muchos.

Pero levantemos también nuestro discurso para sostener un régimen que, desde el comienzo, fue recuperación de los valores esenciales de la democracia occidental. Volquémonos en esta actitud y no nos preocupe pregonar lo que para todos debería resultar evidente: que España es uno de esos países normales en los que el liberalismo, el conservadurismo moderado, el cristianismo social y la socialdemocracia convergen en la defensa de un espacio de civilización. No porque sean partidos, sino porque son expresiones de una larga tradición humanista, ilustrada, defensora de los derechos y la dignidad de la persona, diseñadora de la proyección cívica del individuo.

Sepamos que, frente a tales principios, poca cosa podrán ofrecer quienes pretenden devolvernos a las peores condiciones del pasado siglo, cuando todos estos ingredientes de nuestra civilización fueron abolidos, y sobre el sufrimiento y la desesperanza se levantaron las más sórdidas utopías. En su nacimiento, tal barbarie también se atavió con el prestigio de ser algo así como la sonrisa del destino a la que se refirió Pablo Iglesias. Frente al escenario trágico de la obediencia a las leyes de los dioses o a la fuerza de los héroes, nosotros, la mayoría de los españoles, preferimos la sobria, sensata y terca voluntad de construir en libertad nuestro futuro. Que otros se resignen a su destino. Nosotros nos haremos con la historia.

FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR – DIRECTOR DE LA FUNDACIÓN VOCENTO – ABC – 20/02/16

PABLO IGLESIAS O LA AMBICIÓN DEL PODER

Pablo Iglesias quiere el poder, y lo quiere cuanto antes. Y no precisamente para entrar en la componenda, en el reparto, sino para ejercerlo en régimen de monopolio.

Según Junger el combate es en esencia una serie de acciones rápidas y precisas desarrolladas de forma coordinada. Se asemeja más al fútbol que a una refriega entre bandas, donde cada cual pelea por su cuenta. Es coreografía. El grupo que coreografíe mejor sus acciones será el que se imponga. Ese abrir fuego mientras el otro corre delante y luego se detiene y te cubre mientras tú haces avanzar a tu sección, y así sucesivamente, es tan poderosa que, en opinión de Junger, puede superar enormes carencias. Hay una coreografía para cada situación. La hay para el asalto de la playa de Omaha, para desbordar una posición defensiva en Verdún y para salir con vida de una emboscada en el valle de la Drang. De igual modo, hay una coreografía para asaltar el poder en Venezuela, para hacerse con el gobierno en Grecia y para instaurar un régimen populista en España. Tanto en la política como en el combate, la clave de la coreografía es la misma: todos los miembros del equipo deben tomar sus decisiones en pos de un objetivo. No importa la cantidad de efectivos ni sus recursos: quien domine la coreografía atravesará las defensas del adversario como un cuchillo atraviesa la mantequilla.

Podemos está ejecutando su coreografía mientras sus adversarios, desorganizados, huyen en direcciones opuestas.

Esta es la esencia del combate según Junger. Y también la metáfora que mejor se ajusta a nuestro panorama político. Podemos está ejecutando su coreografía mientras sus adversarios, desorganizados, huyen en direcciones opuestas. Sobre el terreno sólo hay un equipo. Los demás están más ocupados salvándose a sí mismos, aunque sea arrastrándose por el fango, que haciendo frente al adversario. No hay comparación posible entre un tipo como Iglesias, un fanático educado desde la más tierna infancia en la revancha y el comunismo (a los 14 años ya pertenecía en cuerpo y alma a las Juventudes Comunistas), y Rajoy o Sánchez, ambos sin pensamiento político, carentes de cualquier cualidad parecida a la valentía. El cuchillo y la mantequilla.

El Poder en régimen de monopolio

Iglesias quiere el poder, y lo quiere cuanto antes. Y no precisamente para entrar en la componenda, en el reparto, sino para ejercerlo en régimen de monopolio; es decir, que todos los poderes, incluido el judicial, se plieguen a su cambiante y oportunista ortodoxia ideológica. Para lograrlo, explotará agravios, utilizará medias verdades y muchas mentiras. Apelará a los sentimientos más nobles en sus soflamas, pero movilizará a la gente con los más bajos. Hará campaña por cualquier causa que suponga adhesiones. Lo mismo que Lenin ofreció tierra a los campesinos (cuando su hoja de ruta era colectivizarla), Iglesias promete una regeneración incompatible con su credo populista. Utiliza un discurso falaz pero atractivo: hay que expulsar del poder a una clase política corrupta y reemplazarla por personas presuntamente bondadosas provenientes del pueblo. Pero es todo mentira.

A pesar de los pantalones vaqueros, del atuendo informal, de las camisas compradas al peso en las grandes superficies, Iglesias poco o nada tiene que ver con el ciudadano medio: ha crecido dentro de una burbuja, al margen del mundo real en el que vive el trabajador por cuenta propia o ajena. Sin embargo, se disfrazará de lo que haga falta y se sumará a cualquier corriente que pueda proporcionarle adeptos, como el nacionalismo, la autodeterminación, el referéndum... Creará discordia, meterá cizaña, buscará que cada cual vea al otro como el enemigo. Y se aprovechará de las libertades para destruirlas.

Las propuestas que Iglesias hace en materia económica están pensadas para seducir a la gente, no para revelar sus verdaderos propósitos.

Inútil apelar a razones económicas

Es inútil apelar a razones económicas para neutralizar a este mesías. Cualquiera con dos dedos de frente sabe que un gobierno suyo acarrearía la ruina, porque no sólo mantendría el clientelismo sino que lo llevaría aún más lejos, favoreciendo a grupos de intereses afines, entre los que se encuentran los líderes, los círculos y bases más fieles. Que la quiebra se produjera de forma gradual o fulminante sería, a lo sumo, cuestión de matices. No hace falta ser un economista neoclásico para afirmarlo, ni siquiera ortodoxo. En realidad, las propuestas que Iglesias hace en materia económica están pensadas para seducir a la gente, para vender la idea de que el maná llegará a todos, no para revelar sus verdaderos propósitos.

Una bota aplastando un rostro humano incesantemente

Con todo, lo más preocupante es que Pablo Iglesias venga dispuesto a pasar por encima de las libertades individuales como una apisonadora, a instaurar un régimen totalitario travestido en paraíso. Odisea pavorosa que Arthur Koestler resumía en estas pocas palabras: “llegué al comunismo como quien se acerca a un manantial de agua fresca y me aparté de él como quien se arrastra fuera de las aguas emponzoñadas de un río donde flotan restos de ciudades inundadas y cadáveres ahogados”. 

Ese es el manantial que Pablo Iglesias nos ofrece. Y lo proclama de viva voz y por escrito, con jactancia. Si acaso, se excusa por la rudeza del lenguaje, como ha hecho en fecha reciente ante jueces y fiscales, y promete suavizarlo para que las fuerzas vivas que articulan el Estado no se sientan violentadas, y cooperen con su nuevo orden tal y como han venido haciendo con el viejo.

La separación de poderes, por demás, un anhelo imposible, quedaba donde solía.

"Jamás intervendríamos en algo que es fundamental, que es la separación de poderes”, aseguraba el aguerrido spetsnaz Iglesias, después del revuelo organizado con el documento que Podemos presentó 48 horas antes. Y no mentía. La separación de poderes, por demás, un anhelo imposible, quedaba donde solía: entre tinieblas. Aludía, eso sí, a un inquietante “mecanismo de consenso” con el que se elegirían los cargos del Tribunal Constitucional y del Consejo General del Poder Judicial, entre otros muchos. ¿Querían regeneración?, pues tomen dos tazas. Sin embargo, de la “adhesión” que pedía a jueces y fiscales lo que ha molestado es que, llegado el caso, tendrían que someterse a un solo amo, y no escoger entre dos o tres alternativas como es costumbre en el régimen vigente. 

Por lo demás, el sometimiento de “la justicia” a las directrices partidarias no es algo inusual en España. El matiz está en poder elegir entre diferentes ronzales, porque permite negociar contrapartidas. Cosa muy distinta es que pretendan hacerles agachar la cerviz ante un solo amo. Ahí fue cuando sus señorías sintieron el aliento de Iglesias en su nuca. Y es que, con un gobierno de Pablo Iglesias, “si quieren hacerse una idea de cómo será el futuro, imaginen una bota aplastando un rostro humano incesantemente. Nadie puede predecir el mañana, cierto. Pero la coreografía es perfecta.

NO TAN CABREROS

No se trata de alentar una imprecisa cultura del consenso, que escamotea los conflictos, sino de enmarcar un perímetro democrático donde todo se puede discutir

Los cabreros no deben ser lo que eran. De otro modo, no se entiende el hábito de repetir el fatigado verso para referirse a nuestro país como “un intratable pueblo de cabreros”: si nos fiamos de la investigación del Pew Research Center acerca de lo que piensan habitantes de 40 países sobre diversos negocios morales, España es el país más liberal —otros dirían “decadente”— del mundo. Una comuna hippie, más bien. ¿La corrupción? Sobre esto también hay estudios. Según los españoles, vivimos en el paraíso de los Borgia. Un dato que vale lo que vale. También creíamos que, en el trato con las mujeres, éramos los más cafres y resultó que no. En realidad, los indicadores de corrupción efectiva, inexorablemente imprecisos, son parecidos a los de países cercanos. Ovejas negras, en todas partes. Basta con recordar algunos nombres de presidentes y primeros ministros europeos en tratos con tribunales: Berlusconi, Sarkozy, Sócrates, Chirac, Khol, Wulff, Juppé, Craxi, Balladur, Villepin.

Las diferencias radican en la escasa penalización y, sobre todo, en su distribución, concentrada en ámbitos autonómicos y locales, muy expuestos a tramas clientelares y donde la proximidad, decorada como autogobierno, allana el camino a nepotismos, arbitrariedades y servilismos mediáticos y, al fin, a corruptelas político-empresariales con enormes costes en calidad democrática y, también, económica, exactamente un 4% del PIB entre 1995 y 2007, según las fiables cuentas de García-Santana y Pijoan-Mas. En realidad, las encuestas, antes que otra cosa, muestran la exigencia moral de una ciudadanía que, en su mejor versión, cuajó en los brotes germinales del 15-M.

Nuestra historia reciente tampoco resulta particularmente indecorosa. Incluso ante pruebas de resistencia muy exigentes. Dudo que Alemania, Reino Unido, Estados Unidos, Francia o Italia hubieran abordado terrorismos del calibre del etarra, con casi un millar de asesinatos y decenas de miles de refugiados, sin estados de excepción, sin una ETA del otro lado y en disposición de llevar a la cárcel a la cúpula de Interior. Por no hablar del comportamiento ciudadano de tantos concejales, fundamentalmente del PP y del PSOE, cuya exacta condición de héroes morales se pudo medir al trasluz de la miseria de quienes callaron o los señalaron.

Los cabreros han asomado al encauzar ese sustrato moral. Las tempranas preocupaciones del 15-M, ceñidas a la calidad democrática, al control y la transparencia de las instituciones, quedaron al poco tiempo degradadas con instrumentalizaciones políticas, guiadas por sectarismos sin tregua, bien documentados en YouTube, que se arrogaban una representatividad por demostrar. De pronto, los parlamentarios aparecieron como déspotas aprovechados desprovistos de representatividad alguna. La crítica a los indiscutibles problemas —poco originales— de nuestra democracia se convirtió en una descalificación del llamado “régimen del 78”, presentado como una suerte de franquismo 2.0.

El género tiene sus clásicos. Con paciencia mineral lo han cultivado los nacionalistas, cuando presentaban como “franquista” cualquier medida de fortalecimiento del Estado, incluida la simple mención a España. Una práctica que la izquierda adquirió en el mismo lote en el que les compró el viciado relato que tanto ha contribuido a su desbarajuste ideológico: la vida política no era una relación entre iguales ciudadanos con identidades múltiples y mudadizas, sino un conflicto entre pueblos dotados de graníticas identidades, discontinuas y excluyentes. Los rivales, cualquiera: fachas. El último, Joaquín Sabina, según Tardá. No sorprende que ese guion, que ha encanallado nuestra vida civil, lo alienten quienes aspiran a romper la comunidad política, a convertir a conciudadanos en extranjeros, por ser “diferentes”. Lo inaudito era que la izquierda asumiera una mirada que erosionaba la unidad de los trabajadores y debilitaba potenciales herramientas de justicia social e intervención pública.

Todos caben en la democracia, pero esta no puede descoserse para dar entrada a nadie

Pocos momentos tan reveladores como la noche electoral, cuando Iglesias inventarió una mitología republicana de geriátrico político: desde Largo Caballero y Durruti hasta Campoamor y Azaña. Pero si aquel desarticulado “potaje histórico”, en acertada expresión de Andrés Trapiello, resultaba escasamente inteligible a los españoles contemporáneos, la fórmula que a los pocos días empleó, “los del búnker”, para referirse a PP, PSOE y C's, esto es, todos menos Podemos, era ya un viaje al túnel del tiempo que no informaba de nada a nadie. Me equivoco: informaba de un mundo mental atravesado por alucinadas líneas de demarcación política. De cabreros.

Varias cosas asombran en esta elección de perspectiva. La menos importante, el olvido del exacto sentido de la propuesta del PCE en 1956, apunta a otra más seria: la “reconciliación nacional”, “la reconquista de España para la libertad y la democracia (que) no (podía) ser obra de un partido o una clase, sino el resultado de la conjugación de esfuerzos de todos los grupos políticos nacionales, desde los católicos hasta los comunistas”, no buscaba un imposible equilibrio entre franquismo y democracia, sino una democracia, incompatible con el régimen de Franco, en la que todos pudieran reconocerse como ciudadanos. Nuestra Constitución, poco más o menos.

La moraleja importante: todos caben en la democracia, pero la democracia no puede descoserse para dar entrada a nadie. Una lección que vale también frente a aquellos empeñados en negar iguales derechos a los conciudadanos, como sucede con los secesionistas, cuando pretenden decidir unilateralmente la ciudadanía de todos o, como hace pocos días, exigir el catalán para acceder a ayudas sociales.

No estamos tan mal y nuestra historia reciente tampoco resulta particularmente indecorosa

No se trata de alentar una imprecisa cultura del consenso, que escamotea los conflictos y, convertida en conjuro, veta las discrepancias, sino de enmarcar un perímetro democrático, donde todo se puede discutir con todos, siempre que todos asuman el respeto a los otros y el compromiso con el interés general. Con caridad y con claridad. Hacia los otros, caridad, en sentido filosófico: debemos abordar el debate asumiendo la buena disposición —racional y moral— de nuestros interlocutores, sin descalificarlos “por lo que son”. Y, hacia nosotros, claridad, ausencia de subterfugios, afán de verdad, para que la caridad pueda funcionar. Ni una cosa ni otra se da, por ejemplo, cuando, para defender la existencia de un supuesto consenso sobre el “proceso constituyente”, se contrapone el PP a los millones de votos a partidos defensores de cambios constitucionales: esto sería como decir que, puesto que todos los equipos quieren ganar la Liga, todos quieren el mismo resultado.

¿Cabreros?, como en cualquier otra parte. Si nos atenemos al número de cabras, 2.892.000, menos que en Francia y más que en Grecia. El problema comienza cuando los cabreros aspiran a pastores de pueblos cuando no a ingenieros de almas. Para eso también sirve la democracia, para frustrar sus aspiraciones.

miércoles, 17 de febrero de 2016

¡CÁSPITA, PODEMOS SÍ ES LO QUE PARECÍA!

Un partido que mantiene una relación conflictiva con la Constitución, con la economía de mercado y la democracia representativa, con la unidad de España y con la Unión Europea

Monsieur Jourdain, protagonista de 'El burgués gentilhombre' de Molière, se sorprende al descubrir que durante toda su vida ha estado hablando en prosa sin saberlo. Así es la estupefacción de algunos ante el desafiante documento que presentó el lunes Pablo Iglesias. Lo que sorprende es la sorpresa: no hay nada en ese documento ni en el movimiento táctico de Iglesias que no responda fielmente a todo lo que Podemos ha hecho y ha dicho desde que irrumpió en la política española.

Si en la sesión inaugural del Congreso ninguno de los 69 diputados de Podemos y sus aliados acata la Constitución con la sencilla fórmula 'Sí, juro' o 'Sí, prometo' y todos sin excepción añaden alguna reserva o alegato que contradice la promesa, es razonable pensar que ese partido tiene un problema con la Constitución española.

Si se leen con atención los textos en los que Pablo Iglesias y sus colegas muestran sus querencias ideológicas, se ve sin dificultad que no son precisamente partidarios de la economía de mercado; y que su desafección hacia las reglas de la democracia representativa es tan intensa como su apego a las prácticas de la llamada 'democracia directa'.

Si se abren los oídos para escuchar lo que proponen sobre la organización del Estado, cualquiera entiende que entre sus prioridades no figura la unidad de España.

El grupo del que Podemos forma parte ha coincidido más veces con los de Le Pen o Beppe Grillo que con los socialdemócratas y otros grupos europeístas.

Y si se repasan sus votaciones y sus intervenciones en el Parlamento de Estrasburgo, se comprueba que no creen en esta Unión Europea. El grupo del que Podemos forma parte (Izquierda Unitaria Europea) ha coincidido muchas más veces con los de Le Pen o Beppe Grillo que con los socialdemócratas y otros grupos europeístas.

Sí, Podemos es exactamente lo que parece ser: un partido que mantiene una relación conflictiva con la Constitución, con la economía de mercado y la democracia representativa, con la unidad de España y con la Unión Europea. Aspiran, legítima y pacíficamente, a sustituir los fundamentos de la España actual por un modelo distinto. Y desean llegar al Gobierno para trabajar por eso y no por otra cosa. Hay que vendarse los ojos para no verlo, porque ellos nunca lo han ocultado.

Podemos ha sido igualmente coherente y transparente respecto a la situación política derivada de las elecciones del 20-D. Sus condiciones son las mismas desde el primer día: un acuerdo restringido al ámbito de la izquierda y de los nacionalismos, un Gobierno de coalición con Iglesias como vicepresidente -en realidad, como copresidente- y derecho de autodeterminación para todos con un referéndum inmediato en Cataluña. Si eso no se acepta, nuevas elecciones. Se puede decir más alto, pero no más claro.

Podemos ha sido coherente y transparente respecto a la situación política derivada de las elecciones del 20-D. Sus condiciones son las mismas desde el primer día.

Podemos no ha cambiado su posición ni ha engañado a nadie. El documento es demencial, pero es consistente con su trayectoria. ¿Por qué habrían de cambiar si no han parado de avanzar mientras otros no han parado de retroceder? Les aseguro que si alguien está desorientado en este baile, no es Pablo Iglesias.

Por el contrario, sí se engañan y engañan a muchos quienes, por voluntarismo o por esa ambición que nubla la vista -“entusiasmados por su propio entusiasmo”, decía Zweig-, fantasean con experimentos y malabarismos imposibles sin querer ver lo que está ante sus narices. Hay demasiados Monsieur Jourdain en la izquierda española y, singularmente, en el actual Partido Socialista y en su entorno mediático. Ahora se revuelven contra Podemos, pero son ellos quienes deben dar explicaciones por levantar expectativas infundadas y vender pompas de jabón como si fueran lingotes de oro.

Cuando Iglesias te lanza una cuerda, nunca sabes si es para que te salves o para que te ahorques con ella. Dijo que sería generoso con Pedro Sánchez y le ofrece nada menos que una Presidencia honoraria del Gobierno, con importantes responsabilidades, como dar la cara en el Parlamento (a alguien se la tienen que partir), viajar por el mundo y moderar los debates del Consejo de Ministros. En El Gobierno del Cambio (siempre con mayúsculas, por favor), el presidente preside, pero no gobierna. Todo lo que tiene que ver con el ejercicio del poder está minuciosamente precisado en las seis páginas dedicadas a las atribuciones del macrovicepresidente (cero palabras sobre las del presidente). Se ve que en eso consiste la sonrisa del destino.

Cuando Iglesias te lanza una cuerda, nunca sabes si es para que te salves o para que te ahorques con ella.

No vale la pena detenerse a desmenuzar un programa que jamás va a ser aplicado y cuyo propósito no es iniciar una negociación sino cortarla desde su raíz. Sencillamente, han juntado todo lo que sabían que resultaría indigerible para los socialistas. Llama la atención cómo se deleitan en cuantificar el aumento astronómico del gasto público, las subidas generalizadas de impuestos y, en general, todo aquello que haría que en Bruselas nos señalaran directamente la puerta de la calle. El primer Tsipras era un moderado social-liberal comparado con estos leones.

Pero no resisto la tentación de reproducir un párrafo que no merece pasar desapercibido:

"Incluso si la apertura del gran debate constitucional por parte del Gobierno del Cambio no lograse modificación alguna en las posiciones del PP, cabría activar la vía popular sobre la base del artículo 1 (soberanía del pueblo español), del artículo 23 (derecho de la ciudadanía a participar en los asuntos públicos) o del artículo 92 (referéndum consultivo)".

¡Albricias! Podemos ha encontrado la fórmula para cambiar la Constitución prescindiendo del Partido Popular. Puesto que la soberanía reside en el pueblo (artículo 1), el pueblo puede pasar por encima del procedimiento que la propia Constitución establece para su reforma. ¡Jaque mate al constitucionalismo burgués! Es solo una muestra de lo que es y a dónde puede conducir el populismo cuando se desboca.

Admitamos que es raro este país nuestro: dos señores que se reúnen no para hablar, sino para mostrar al mundo que no son capaces ni siquiera de saludarse. Un documento negociador que no pretende abrir una negociación sino matarla. Un vicepresidente que quiere mandar más que cualquier presidente. Decenas de personas en Ferraz preparando contra el reloj una consulta a las bases sin que se sepa aún si habrá algo que consultar.

Sánchez no va a ganar esta investidura. Todo lo que avance con C’s está destinado a servir como base para un segundo intento tras las elecciones de junio.

En fin, al menos hoy sabemos algunas cosas que antes del lunes parecían dudosas.

Sabemos que Pedro Sánchez no va a ganar esta investidura. Queda la duda de si obtendrá el voto afirmativo de Ciudadanos o si Rivera finalmente se abstendrá. En cualquier caso, todo lo que el PSOE avance ahora con C’s está destinado a servir como base para un segundo intento tras las elecciones de junio.

Sabemos que muy probablemente habrá elecciones el 26 de junio y que el 2 de marzo asistiremos al primer gran mitin de la campaña electoral.

Sabemos que algo gordo tiene que pasar en el PP; y va a ser más pronto que tarde, ya lo verán.

Y sabemos que nos esperan cuatro meses desesperantes de batallas posicionales, operaciones subterráneas que nunca conoceremos y una bacanal del postureo mientras todo lo importante se pone peor. No creo que nos lo debamos permitir, pero es lo que hay.  

miércoles, 10 de febrero de 2016

LAS AFINIDADES ELECTIVAS

Para ellos el terrorismo es otra cosa, es terrorismo machista, terrorismo patronal, terrorismo ecológico o terrorismo de Estado

Unos dicen que decir «Viva ETA» está bien. Otros dicen que no se dijo «Viva ETA». Algunos dicen que se dijo, pero en broma. También los hay que dicen que en broma no está bien dicho. Sobre todo para niños. Quizá tampoco para mayores. Dice Carmena que es «deleznable», cuando otros dicen que intachable. Hay discrepancias sobre el mensaje de la monja violada, el juez ahorcado, el policía asesino y demás figuras en el edificante cuento «recomendado para niños» en la página web del ayuntamiento. Parece haber mil matices entre esa alegre muchachada. Tan articulada como esa Celia Mayer cuyos balbuceos la convierten en perfecta protagonista para cualquier campaña de integración de niños tercermundistas con cuadro de Kaspar Hauser.

Pero no nos equivoquemos. Al final todos en este «ayuntamiento de progreso», que diría Pedro Sánchez, están de acuerdo en que los titiriteros solo han supuesto un problema porque Madrid está lleno de fachas. Porque virtualmente, ellos ahorcan a jueces, violan a monjas, queman fachas, ejecutan policías, asaltan palacios, degüellan empresarios explotadores y guillotinan a reyes con frecuencia. Con otros muchos divertimentos en teatros ambulantes y en una narrativa propia de la ultraizquierda y de odio al sistema extendida por toda España. Casi nadie se queja por ahí. Cuando alguien levanta la voz se le llama «facha» y se le manda a la mierda. Pero en Madrid, ya se sabe, hay mucho estrecho. Y encima un juez mete en la cárcel a los titiriteros porque el franquismo vive y niega la libertad de expresión hasta a los guiñoles. Es «la ley mordaza» que dicen sin ruborizarse tantos medios y políticos que han perdido, además de la vergüenza, toda capacidad de discernir entre consignas y realidad. Y además no les importa. Hay que entender al poder municipal comunista. Hay que hacerse cargo de sus dificultades para adecuar la expresión de sus sentimientos reales a sus nuevas obligaciones institucionales que tanto los obligan a la doblez y el disimulo. Nada estaba ensayado. Salvo los cuadros bolcheviques y coordinadores extranjeros, son poco dados a preparar nada. Para asaltar y ocupar patrimonio ajeno no hace falta. Y no podían prever que les iban a regalar el poder tan pronto.

Lo cierto es que para la ultraizquierda, que es mayoritaria hoy en la izquierda española, es muy difícil entender lo de la «apología del terrorismo». Porque para ellos el terrorismo es otra cosa, es terrorismo machista, terrorismo patronal, terrorismo ecológico o terrorismo de Estado. Pero ETA o el Grapo o el Frap del padre de Pablo Iglesias son lo mismo que los milicianos que acompañaban al abuelo a hacer sacas de ricos y aristócratas en el Madrid de 1936 para dejarlos muertos en la pradera de San Isidro. Son los camaradas. Son los comunistas de ahora y siempre, los de Podemos y de fuera de Podemos, pero también los montoneros argentinos en Podemos con Pisarello o Firmenich y el Foro de Sao Paulo con todos los chavismos y todos los terrorismos desde las FARC hasta Hizbollah, que comparte con Iglesias al financiador, el Irán de los ayatolás. No tienen resuelto cómo presentar poco a poco a sus votantes y la sociedad española a sus auténticas afinidades electivas que son los comunistas y totalitarios de todo el mundo, incluidos los terroristas, los jubilados como Otegui o el uruguayo José Mujica y los activos como los comandantes de las FARC y el gran coordinador que son los hermanos Castro. Viva ETA o Gora FARC serán pronto lema escolar. Las afinidades electivas de Podemos son la internacional de los camaradas que están conquistando su cabeza de puente en España como eslabón más débil de la defensa occidental en la Europa libre.

lunes, 8 de febrero de 2016

LA ENVIDIA, NUESTRA ENFERMEDAD NACIONAL, COMO CAUSA DE GOBIERNO - LA TRAMPA DE LA DESIGUALDAD


Ya tenemos candidato a la investidura. Pedro Sánchez tratará de formar un Gobierno de cambio, de progreso, para entre otras cosas combatir la desigualdad en que ha sumido al país la derecha. Éste es el gran mantra. La lucha contra la desigualdad se ha convertido en el principal objetivo del momento. Pero es un combate que parte de una premisa falsa: que España se ha convertido en uno de los países más desiguales de Europa. Ésta es una mentira que, a fuerza de ser repetida hasta la saciedad, como decía Goebbels, se ha convertido en una verdad indiscutible.

El Instituto Juan de Mariana, que es una entidad rigurosa al mismo tiempo que liberal, acaba de publicar un estudio que refuta las tesis admitidas sin fundamento por la mayoría de la población. Si en lugar de prestar atención sólo a las rentas monetarias, incluyéramos en el análisis del fenómeno el valor de las rentas que los ciudadanos obtienen en especie, como los servicios sanitarios, la educación prácticamente gratuita, la vivienda social o los alquileres imputados, llegaríamos a la conclusión de que nuestro país ocupa una posición más bien intermedia o baja en términos de desigualdad en la UE. Y hemos llegado hasta allí -pues antes gozábamos de una situación de privilegio relativo-, porque la principal causa del aumento coyuntural de la desigualdad durante la crisis ha sido exclusivamente el incremento del desempleo, que ha sido brutal durante la recesión.

EL MUNDO publicó la semana pasada su informe anual sobre Los 200 más ricos de España. Según dice, las grandes fortunas acumularon un 16% más que hace un año, y 74.000 millones más que un lustro atrás. ¿No debería ser un motivo para estar orgullosos que nuestro país produjera tal clase de avance? No. No en España. Nuestros ciudadanos, seducidos por la propaganda masiva y eficaz de la izquierda, han interiorizado la falsa idea de que toda desigualdad es intrínsecamente mala, y que debe ser contrarrestada por una decidida actuación del sector público conducente a redistribuir agresivamente la renta y la riqueza.

Esto es lo que se propone hacer el candidato a la investidura Pedro Sánchez, objetivo para el que contará con el apoyo incondicional del leninista Pablo Iglesias. Pero como el diagnóstico es equivocado, pues España sigue siendo uno de los países europeos con menor desigualdad en términos de riqueza, entre la que acumula el 20% de los más adinerados y el 80% de los más pobres, las soluciones que se van a plantear serán totalmente inconvenientes

Pasarán por aumentar el gasto público -en sanidad, en educación y demás sinecuras sociales- a fin de elevar una renta en especie que ya es indiscutiblemente generosa. Y en gravar con más impuestos a los que, fruto de su esfuerzo, capacidad e inteligencia están teniendo éxito en la vida. Lo primero agravará el déficit. Los impuestos altos provocarán evasión fiscal, expulsión de la inversión y menor recaudación. Es lo que ocurre cuando la principal guía política es la entronización de la envidia: «que el otro no tenga más que yo -aunque lo merezca-, que todos seamos pobres pero iguales». ¡Qué horror!

UNA UCRONÍA ESPANTOSA - VOTAR PODEMOS ES VOTAR BOLCHEVIQUE EN EL SIGLO XXI


En una democracia parlamentaria, léase la española, la formación del Gobierno no corresponde a quien ha ganado las elecciones sino a quien es capaz de conseguir los apoyos necesarios para darle el acceso al poder. Ésta es la inevitable dinámica de los sistemas electorales proporcionales, que, a diferencia de los mayoritarios, no determinan con nitidez quién gobierna y quién va a la oposición. En este contexto tiene una perfecta legitimidad democrática la opción de un Ejecutivo de izquierdas, aunque el PP haya sido la formación más votada y con mayor número de escaños. 

A priori, la configuración del Parlamento concede más diputados a las fuerzas antiPP que a las favorables a un gabinete de los populares. Otra cosa es si ello es bueno o malo para el país y para sus sufridos habitantes. Desde esta óptica, las izquierdas con los soberanistas catalanes o con quien Dios les dé a entender podrían configurar un Gobierno legítimo si suman los suficientes apoyos, abstenciones u omisiones en el Congreso. Con las vigentes reglas del juego, ésta es una afirmación indiscutible. Si se desea que la formación con mayor votación gobierne, lo lógico es articular un mecanismo electoral que refleje esa voluntad. Ésta es la realidad española y hay que ser consecuentes con ella. Eso significa que las oposiciones al PP tienen un soporte en el Parlamento superior al de los potenciales apoyos recibidos por ese partido político.

Dicho esto, un gabinete PSOE-Podemos con la asistencia de los soberanistas puede ser una lección para los electores. Ellos han decidido la articulación de las fuerzas políticas que tienen capacidad de gobernar España y han de aceptar las consecuencias de su voto responsable. Aunque esto tenga consecuencias negativas en el plano social y económico, quizá sea una catarsis imprescindible para que esta vieja nación de naciones se convierta en un país serio y los ciudadanos soporten los costes y beneficios de sus decisiones con claridad. Ello conduce a qué podría pasar si España tiene un gabinete rojo-morado.

De entrada, los partidos de izquierdas que constituyan un Gobierno deberán cumplir sus promesas electorales. En el caso que nos ocupa, ello supondría una reversión de las políticas económicas desplegadas por el PP desde 2011, por ejemplo la derogación de la vigente reforma laboral y la satisfacción de "demandas sociales" que implican un aumento del gasto público, lo que implica una elevación significativa de los impuestos para financiarla o la renuncia a reducir el déficit. Esto choca con un primer obstáculo y es la probable desviación al alza del objetivo de déficit que España pactó con Bruselas para 2015. ¿Permitirá la UE que esa brecha no se corrija? Dudoso... 

En paralelo habrá que financiar alrededor de 400.000 millones de euros de deuda pública y privada en este ejercicio y ello correrá a cargo de un gabinete socialista-podemita. Esta tarea no es sencilla. No parece que los mercados tengan confianza en un gabinete con los bolcheviques dentro.

En términos políticos, un pacto del PSOE con Podemos es equivalente a uno de Sarkozy con el Frente Nacional de Marine Le Pen. Calificar de progresista al primero y de reaccionario al segundo es ridículo. Los lepenistas y los podemitas tienen un mismo objetivo: quieren destruir la democracia liberal. Para ello, el primer paso es dar el abrazo del oso a los ilusos socialdemócratas. Es la vieja y conocida estrategia de los comunistas en el período de entreguerras (1918-1939) y en los países centroeuropeos después de la Segunda Guerra Mundial. El proyecto de Podemos es totalitario, el del Frente Nacional, también. Iglesias no es mejor que Le Pen. Sólo se diferencian en la estética. Lo increíble es que, en esta España infectada de corrección política, el totalitarismo de izquierdas resulta más tolerable que el de derechas. Ambos son deleznables. Ninguno de los partidos representados en el Congreso de los Diputados es perfecto. Sin embargo, todos son formaciones democráticas con la excepción de Podemos.

Las democracias liberales toleran la disidencia, incluso la de quienes tienen por meta destruirlas, pero los partidos que creen en los ideales que fundamentan aquellas han de cuidarse de pactar con el diablo. El viejo PCE de la Transición o Izquierda Unida aceptaron las reglas del juego que Podemos quiere romper y el PSOE ayudó a consolidar. ¿Merece la pena sacrificar esos valores para llegar a La Moncloa en condiciones precarias? Los dioses ciegan a quienes quieren perder y si se pone a los votantes de izquierdas en la tesitura de optar entre un PSOE podemizado y el original, terminarán por elegir a éste

Este artículo es atemporal, por no decir anacrónico. Es casi seguro que no habrá un Gobierno de Frente Popular, pero es importante tener en cuenta que elegir quién le acompaña a uno en una trayectoria política no es una decisión inocua. El problema de un pacto Podemos-PSOE no sería el de sus lamentables consecuencias económico-sociales sino el de introducir a la zorra en el gallinero. ¿Cabe entender que tenga acceso a cuestiones de seguridad un partido financiado por Venezuela e Irán? La izquierda democrática española es incompatible con lo que representa Podemos y asignar a esta formación el calificativo de progresista es un insulto a la inteligencia. El PSOE de González y Boyer se anticipó 15 años a la tercera vía de Blair, Schroeder o Clinton. El socialismo español del siglo XXI tiene que ofrecer algo más que una alianza con los casposos bisnietos de Lenin. Sánchez y su partido corren el riesgo de convertirse en los kerenskis de esta hora.



domingo, 7 de febrero de 2016

SEÑALIZACIÓN IDEOLÓGICA, RADICALIZACIÓN, ESTIGMATIZACIÓN


La gestualidad política de Podemos está impregnada de espíritu de purga revanchista, de ruptura, de cainismo ideológico.

Hasta ahora se trata sólo de detalles más o menos simbólicos, de rasgos de relevancia menor, pero la acumulación insistente de anécdotas acaba por articular un discurso categórico. Y el que emana de la gestualidad política de los dirigentes de Podemos conduce siempre a la misma intención agitadora radical, al mismo espíritu revanchista, a una idéntica expresión de odio sectario. Las escasas actuaciones de los ayuntamientos populistas –superficiales porque en materia de gobernación real carecen por el momento de solvencia para tomar decisiones trascendentes, y visto lo visto casi es mejor– están impregnadas de una voluntad rencorosa, vindicativa, inspirada por un designio de desquite. Incapaces hasta hoy de abordar una gestión técnica competente, los municipios podemitas han decidido hacer notar su acceso al poder mediante una campaña de señalización ideológica. Se trata de modificar aspectos nimios de la vida ciudadana volteando sus significantes para manifestar la llegada de un proyecto de ruptura. Los nombres de las calles, los emblemas institucionales, las cabalgatas de Reyes, el carnaval: toda esa pequeña simbología de la normalidad está siendo subvertida desde una mentalidad adoctrinadora caracterizada por un visceral dogmatismo.

Y siempre con una pulsión cainita que tiene el aire de una purga revolucionaria. El mismo tono que revela la violencia verbal con que estos recientes agentes políticos se expresaban en las redes sociales antes de convertirse en representantes públicos. Una rancia soflama treintañista de quemas de conventos, de chistes antijudíos, de demagogia antiburguesa: una retórica de destrucción del sistema. Todos estos activistas devenidos concejales o diputados, además de compartir a menudo un currículum de escraches, invasiones de propiedad, alborotos callejeros o mamporros a la policía, parecen subyugados por la metáfora de la guillotina como paradigma de la regeneración política.

No es casual: su líder Pablo Iglesias teorizaba un par de años atrás, con su habitual arrogancia dogmática salpicada de inexactitudes históricas, sobre las virtudes regenerativas del Terror jacobino. También sobre el papel de ETA como pionera visionaria de la farsa de la Transición. Qué ha de extrañar, pues, que a la primera ocasión sus catecúmenos retiren una placa en memoria de unos frailes asesinados o contraten un espectáculo –¡¡infantil!!– de títeres en el que se ahorca a un juez, se crucifica a una monja, se viola a un personaje y se exhiben carteles proetarras. Faltaba en el repertorio la decapitación de un rey. Pedagogía del nuevo orden.

Con los dirigentes de esta tropa tan recomendable, sensata y moderada está negociando un Gobierno Pedro Sánchez. Y no es que quiera pactar ahora. Es que desde junio están ahí, manejando presupuesto en las instituciones locales, porque ya han pactado.

IGNACIO CAMACHO – ABC – 07/02/16

EL SECTARISMO DE PODEMOS Y EL PSOE EN LAS INSTITUCIONES LOCALES


Las elecciones municipales de mayo del año pasado rubricaron un viraje político de calado en algunos de los principales ayuntamientos de España. Manuela Carmena y Joan Ribó reconquistaron para la izquierda las alcaldías de Madrid y de Valencia, tras 24 años de hegemonía del PP, mientras Ada Colau y su partido instrumental se impusieron por la mínima en Barcelona. A ellos se sumaron Pedro Santisteve, quien se convirtió en primer edil de Zaragoza con una marca similar a la de sus homólogas madrileña y barcelonesa; José María González, Kichi, alcalde de Cádiz; y los ediles de las denominadas 'mareas' gallegas en La Coruña, Santiago y Ferrol. 

Medio año después, las promesas de cambio y de regeneración que auparon al poder a estos dirigentes han devenido en una gestión ineficaz, huera y marcada por el sectarismo de quien antepone la imposición de sus parámetros ideológicos a un municipalismo basado en dar solución a los problemas de los ciudadanos

Una incongruencia especialmente lacerante en quienes agarraron el bastón de mando bajo el mantra populista y falaz del empoderamiento del pueblo. El desgaste del bipartidismo, los efectos de la crisis y el éxito político de armar las candidaturas alrededor de la confluencia de varios partidos de izquierda -siempre pastoreados por Podemos- son algunas de las principales razones que explican la entronización de los nuevos alcaldes. En cambio, su prioridad no están siendo «las personas», tal como pregonaban, sino recuperar la supremacía cultural, lo que inevitablemente acarrea concentrar la acción política en los símbolos, los gestos, las frases hechas o el exhibicionismo en las redes sociales. Esta estulticia, unida al amateurismo y la falta de seriedad en la dirección política, se hallan en la raíz de espectáculos bochornosos como el del pasado viernes en Madrid, con motivo de la obra infantil de títeres programada por el Ayuntamiento de la capital durante las fiestas de Carnaval. A cargo de la compañía Títeres desde Abajo, la función incluía escenas en las que un personaje acuchillaba a una monja, ahorcaba a un juez y pegaba a un policía y a una embarazada, y concluía con la exhibición de una pancarta en la que se leía «Gora Alka-ETA». Varios padres presentes en la representación denunciaron los hechos y la Policía detuvo a dos actores, acusados de enaltecimiento del terrorismo. 

Ayer, el juez de la Audiencia Nacional Ismael Moreno ordenó prisión provisional sin fianza para los dos arrestados, después de que el ministro del Interior calificara de «repugnante» el número de los titiriteros. La gravedad del delito que se les imputa a éstos tendría que haber provocado una reacción contundente del Ayuntamiento de Madrid. Sin embargo, la concejal de Cultura, Celia Mayer, se limitó a destituir a los programadores que contrataron la obra, tras escudarse en que la sinopsis recibida con anterioridad no se correspondía con lo que se puso en escena. Mayer debería dimitir o bien Carmena debería destituirla. Y no sólo por este episodio, sino por su responsabilidad en el error reciente en la retirada de una placa de homenaje a frailes carmelitas -aplicando torticeramente la Ley de Memoria Histórica- y en la polémica alrededor de la Cabalgata de Reyes. 

La obsesión de los alcaldes de Podemos por instrumentalizar la cultura se ha convertido en un axioma entre estos munícipes. Un exponente nítido de ello es Kichi, alcalde de Cádiz, con el que EL MUNDO inicia hoy una serie sobre los ayuntamientos que controla la formación de Pablo Iglesias. Rehén de Izquierda Anticapitalista, una de las corrientes internas de Podemos más radicales, el regidor morado ha decidido explotar la popularidad como paroxismo del poder abandonando sus promesas a los colectivos más vulnerables -incluida la plataforma antidesahucios-, contratando asesores a dedo y paralizando grandes proyectos para la ciudad gaditana. La práctica no es exclusiva de Kichi. Revela la ausencia de modelo de ciudad de los ayuntamientos de Podemos y puede extrapolarse a Carmena, quien no ha podido evitar la renuncia del grupo Wanda a rehabilitar el Edificio España; o a Colau, cuyos titubeos a la hora de amarrar la ubicación del Mobile World Congress en la capital catalana se sumaron a la decisión tajante de suspender las licencias hoteleras. 

El filósofo Tzvetan Todorov, en una entrevista con 'El Cultural' el pasado viernes, azotaba la profesionalización de la clase dirigente en Francia y simpatizaba «con esa búsqueda española» de nuevos actores políticos. «Claro que soy consciente de que, cuando uno busca, no tiene la seguridad de encontrar algo mejor», apostillaba. El aserto sirve para consignar la frustración generada por los autoproclamados «ayuntamientos del cambio». Porque, en caso de que se hubiera notado tal cambio, pocos dudan ya a estas alturas que ha sido a peor.

El Mundo 07.02.2016

sábado, 6 de febrero de 2016

EL NUEVO AUGE DEL MARXISMO EN ESPAÑA

Está para quedarse. El marxismo ha revivido y ha encontrado nuevas vías para ser difundido. No es una cuestión circunstancial de un momento de arrebato. Es una tendencia a largo plazo. Lo que ese fino analista a sueldo del Partido Popular llamó «unos frikis» es un movimiento de largo recorrido. ¿Por qué?

En España, como en otras partes del mundo, hemos tenido dos elementos que han desencadenado este resurgimiento del socialismo marxista. De una parte está la crisis económica desatada en 2008, que ha azotado a muchísimos españoles y ha requerido unos esfuerzos que muchos nunca habían conocido. Y de otra parte está que quienes nunca han sido contemporáneos de regímenes políticos en los que se aplicaba el marxismo creen que la desigualdad económica entre unos y otros es profundamente injusta. ¿Por qué ese puede tener una riqueza que yo no tengo? ¿Por qué yo no puedo ser igual que él? La igualdad forzada ha sido experimentada en el pasado.

En la propia Europa, donde la mitad del continente fue sometido a una rigurosa igualdad de salarios, que equivalía a una igualdad de pobreza. Pero la nueva generación no conoce esa experiencia y no quiere creer que la falta de libertad para crear riqueza implique la pobreza para todos.

Esto también es consecuencia de nuestro lamentable sistema educativo en el que, durante décadas, nadie ha enseñado en los colegios las virtudes del capitalismo y de la creación de riqueza por la iniciativa privada. Hemos permitido una educación controlada por los socialistas que están empeñados en seguir reivindicando una igualdad perversa. Porque la igualdad de oportunidades es exigible. Todos deben poder tener los mismos derechos de educación básica. Todos deben poder ir a la Universidad si tienen la cabeza necesaria para ello, no sólo si tienen el dinero. Pero la igualdad de oportunidades no implica la equiparación de los frutos del esfuerzo de cada uno. Y vivimos en un tiempo en que la desigualdad se ha convertido en un crimen de lesa humanidad. Se niega la evidencia de que la condición humana nos hace a todos diferentes.

Nunca he recibido mayor ración de ataques insultantes en las redes sociales que cuando en un infausto programa de televisión cité a Javier Gomá diciendo que jamás en la historia de la Humanidad ha habido un momento en el que sea menos pernicioso ser pobre. Me cayó la mundial. Porque aunque sea una verdad evidente que cualquier persona que esté en los umbrales de la pobreza –y esos umbrales son hoy más elevados que nunca antes– tiene unos servicios sociales que jamás habían podido imaginarse.

En España tenemos una sanidad universal gratuita que en Estados Unidos simplemente es inexistente. Tenemos unos beneficios de desempleo que cuesta encontrar iguales en la mayor parte de Occidente, gozamos de unos servicios facilitados por nuestros ayuntamientos que no se dan en la mayor parte de los municipios del rico continente americano. Pero todo eso ya se da por descontado. Es una conquista social plenamente asimilada. Hay una nueva generación entre los 20 y los 35 años que cree que tiene derecho a recibir mucho más sin ameritar nada. A la que no se ha educado en la necesidad de hacer esfuerzos para ganarse el pan cada día. Vuelven a creer en que tienen derecho a una generosa ubre del Estado. Es el nuevo auge del marxismo, como certificó la encuesta del CIS del pasado jueves. La realidad de Venezuela no les impedirá soñar con el paraíso.

RAMÓN PÉREZ-MAURA – ABC – 06/02/16

PODER SOBRE LA GENTE, PODER PARA EL ESTADO


No ha habido en estos últimos 40 años, no ya un partido, sino una mínima vanguardia capaz de combatir esta inclinación hacia una mentalidad colectivista, de súbdito, esclavo y dependiente. Muy al contrario, cualquiera con ciertas aspiraciones, siempre ha intentado colocarse lo mejor posible en el sistema, nunca cambiarlo.

Mientras las izquierdas llevan años en ebullición, fabricando frenéticamente partidos y partiditos extraordinariamente activos, con una sorprendente capacidad para superar el corte de los mass media, pidiendo "poder para el pueblo", que en realidad significa "poder sobre la gente, poder para el Estado”, al otro lado sólo ha estado un Rajoy indolente, perezoso y gris, ni liberal ni conservador sino todo lo contrario, con su reducido grupo de edecanes, a los mandos de un partido al que el ejercicio de un poder casi absoluto ha corrompido absolutamente.

El populismo ha aprovechado el crac financiero y la crisis para tirarse a la yugular del capitalismo y asediar las vituperadas libertades individuales, al asalto, cómo no, del control del presupuesto, y al otro lado no ha habido nadie que contrarrestara el engañoso discursos del “empoderamiento del pueblo con algo más que apelaciones a la sensatez y al conformismo, con algo más, en definitiva, que la vacuidad y la desvergüenza. Eso es lo que ha dejado a la intemperie y acongojadas a millones de personas que saben bien que si la única oportunidad que esta España del siglo XXI puede ofrecerles es ser iguales, y encima tomando como modelo a esa esa nulidad de políticos, entonces no habrá oportunidad ninguna.

Se ha echado muchísimo de menos un nuevo Ortega que volviera a clamar a voz en grito "no es esto, no es esto".

Se ha echado muchísimo de menos un nuevo Ortega que volviera a clamar a voz en grito "no es esto, no es esto", cuando los padres de la patria intentaban vender el Régimen del 78 como una democracia homologada, o el castizo capitalismo de amigotes, tanto nacional como autonómico, como quintaesencia de la economía de mercado, cuando no era más que el extremo opuesto. La izquierda vocinglera, crítica, intenta morder a un capitalismo y un mercado que en la realidad no existen, que no son más que un espejismo a imagen y semejanza de esta política sin políticos.

Dentro de esta mascarada, la preponderancia de las ideas-fuerza de la izquierda se ha vuelto tan abrumadora que Ciudadanos, un partido llamado a equilibrar el cada vez más descompensado mapa político, un supuesto catalizador para impulsar la reforma del sistema, lejos de postularse como alternativa inequívoca al colectivismo del pilla pilla presupuestario, tan apreciado a derecha e izquierda, ha terminado travistiéndose también de burócrata repartidor en lugar de impulsar la responsabilidad individual, dando por cierto que la sociedad española prefiere prebendas, dependencia, vivir de esas migajas que caen desde el mantel del poder, sabedores de que aquí lo que nos pone son las “paguitas”, eso que nos han inculcado desde la más tierna infancia. El “todo lo mío es mío, y lo tuyo de los dos” del que posiblemente provienen otros disparates, como el separatismo provinciano.

No ha habido en estos últimos 40 años, no ya un partido, sino una mínima vanguardia capaz de combatir esta inclinación hacia una mentalidad colectivista, de súbdito, esclavo y dependiente. Muy al contrario, cualquiera con ciertas aspiraciones, siempre ha intentado colocarse lo mejor posible en el sistema, nunca cambiarlo. Este es el nudo y el argumento de la fragmentación del Parlamento: organizar como sea un nuevo reparto de la tarta. Un prorrateo que el variopinto ejército progresista promete extender horizontalmente, como si el maná fuera infinito, inagotable, tal y como ya están haciendo en algunos ayuntamientos.

Para comprender hasta qué punto lo que amenaza con venir está muy lejos de lo que necesita el esforzado ciudadano, ese que vive a ras de suelo, basta con ver la tropa de aspirantes que hay más allá de la momia de Mariano.

Pablo Iglesias, un tipo que a los 14 años ya había ingresado en la Unión de Juventudes Comunistas de España; Mònica Oltra, que se unió al Partido Comunista del País Valenciano a los 15 años; Ada Colau, cuyo único mérito es ser activista desde los 17 años, también comunista, por supuesto; Pedro Sánchez, que a los 26 ya estaba colocado, en el buen sentido, como asesor en el Parlamento Europeo con la socialista Bárbara Dührkop… Gente, en definitiva, que ha vivido desde la más tierna infancia instalada en la utopía, en la idea que, si ellos pueden vivir del cuento ¿por qué no va a poder hacerlo quienes les den su voto? Hijos e hijas de familias acomodadas, que nunca conocieron la necesidad, la amargura de no poder pagar la factura de la luz, cuya experiencia vital es un hatillo de teorías políticas  biensonantes -pues son la base del más puro clientelismo- y que se ven a sí mismos dirigiendo los destinos de millones de personas, porque cualquier otra alternativa desmerecería su inteligencia.

Puestos a elegir entre lo malo o lo pésimo, ahí está postulándose como Presidente del Gobierno el tal Sánchez, cuyo programa regenerador se reduce según sus propias palabras en entrevista reciente en Tele 5, pásmense, a democratizar internamente los partidos políticos y despolitizar la radio televisión pública. De separación de poderes, controles y contrapesos, ni media palabra, de la Justicia independiente nada de nada, de una ley electoral que otorgue el control de la representación a los votantes, menos si cabe. Y un sistema económico sin barreras, que no privilegie a los empresarios amigotes del poder, los que pagan buenas comisiones, mientras impone innumerables trabas a quienes pretenden ganarse la vida dignamente, es como mentar la soga en casa del ahorcado. Porque con las mordidas no se juega.

Esto es lo que nos ofrece hoy el Parlamento: Sánchez "el guapo", la momia de Mariano Tutankamón o el régimen elevado la enésima potencia, que es lo que proponen Iglesias y sus díscolos virreyes valencianos, gallegos y catalanes. Este es el legado de 40 años de inmovilismo, al que Rajoy ha puesto rúbrica gloriosa. El Parlamento no está fragmentado, está roto, descompuesto. Y no caben milagros. De convertir este despropósito en una democracia presentable ya hablaremos, si acaso, dentro de unas décadas, cuando todos estos personajes disfruten, junto a Juan Carlos, de sus pingües beneficios en las Islas Caimán... si es que para entonces queda algo.

Javier Benegas y Juan M. Blanco en Vozpopuli.com