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domingo, 4 de febrero de 2018

LA PESTE Y LA IGNORANCIA. COMO EXTENDEMOS LA LEYENDA NEGRA.

«La peste es la ignorancia. Eso es lo que verdaderamente acabará con el hombre». Sólo por esta frase merece la pena ver la serie. Cuesta trabajo encontrar ejemplo más acabado de profecía autocumplida.

Hay que comenzar haciendo caso omiso a detalles de atrezzo que se clavan como aguijones, verbigracia, esas velas rojas. Nada menos que rojas, con lo caro que era teñir la cera. Se ve que había rebajas en el Todo a un euro (antiguo Todo a cien; conviene aclararlo para los que tengan poco sentido de la Historia) de la esquina. Hay luces encendidas por todas partes y a todas horas, incluso de día. En el cap. 4, en casa de una muchacha tan pobre que decide prostituirse, hay más de seis al mismo tiempo, con el sol entrando a raudales por la ventana. Y lo mismo en el hospital. Que lo único que les faltaba a los pobres religiosos que sustentaban los hospitales con limosnas era gastarse el dinero en velas para tenerlas encendidas de día. Esto ya no es mayor o menor conocimiento de la Historia. Es puro sentido común. 

Cuando afronta el cap. 2 el espectador avisado ha comprendido ya que estamos todos: el irremediable cura que maneja en las sombras toda la trama (¿saben los creadores de la serie de dónde viene este personaje y que lo han heredado?), el oro como única obsesión de los españoles en el Nuevo Mundo, la incapacidad nacional para la industria y los negocios... 

Esto, claro está, viene aderezado a la posmoderna con su sexo, su gay, su poquito de género y su canesú. En la fábrica de añil escuchamos lo que requiere la puesta en escena de esta Sevilla roñosa y repugnante: «Se exporta a Flandes. Debe ser de las pocas fábricas sevillanas que exporta algo». Pero resulta que se exportaban muchas manufacturas locales desde ese puerto: loza, paños, libros, vino, sal... y hasta sofisticados productos farmacéuticos trasatlánticos como la quinina, que era el no va más de la medicina de la época. 

Cualquier profesor de historia de instituto de Sevilla hubiera podido informar a los autores, que probablemente no sabían que necesitaban ser informados. Porque como muy bien señalan: «La peste es la ignorancia. Eso es lo que verdaderamente acabará con el hombre».

Los vericuetos teológicos del cap. 3 son para asustar. Naturalmente el protagonista vive perseguido porque es el impresor que alumbró la famosa Biblia del Oso y estuvo relacionado con un grupo protestante local: «casi todos tuvieron tiempo para escapar a Ginebra, yo no». Pues no le arriendo la ganancia, porque si hubiera podido, como pudo Servet, ir a buscar refugio en los faldones del calvinismo, le hubiera ido bastante mal. Primeramente le hubiera sido imposible ir a emborracharse en los mesones, cosa a la que es muy aficionado. Estaba el alcohol muy prohibido en Ginebra. Tanto que tuvieron que cerrar todas las tabernas. Pero en el caso de que lo hubiera conseguido y proclamado alegremente a gritos, como hace el protagonista, que «Dios está en todas partes... en las frutas, en los pechos de las mujeres (...), en las música y los órganos (...). Todo es Dios», los diáconos de Calvino lo hubieran quemado varias veces. La primera por borracho. La segunda porque la música (y hasta el toque de campanas) estaba prohibida en Ginebra, y la tercera por panteísta. Confundir a Dios con sus criaturas es creencia intolerable en la Cristiandad oriental y occidental, entre católicos y protestantes, entre musulmanes y judíos. Cabe preguntarse si quien escribió el monólogo del mesón cree que lo dicho es cosa remotamente protestante. Posiblemente no le surgió la duda y no sintió la necesidad de preguntar. Hay en España muy buenos protestantes que, como el profesor de instituto, le hubieran sacado gustosamente del error. 

En el mar de tinieblas católicas en que le ha tocado vivir, el médico (confusamente tocado con un gorrito que recuerda la kipá judía) se queja con amargura: «Son piñas. Una fruta de Indias. Los indios la utilizan para cicatrizar heridas... Si la Iglesia supiera todo esto lo quemaban todo conmigo dentro. Por brujo. Con la mitad de todo lo que aquí hay se podrían curar más de cien enfermedades y, sin embargo, tengo que esconderlo». 

Qué lamentable error de localización. Si lo que apetece es quemar brujas no es a Sevilla donde hay que ir a rodar, sino a Ginebra o a cualquier territorio germánico o protestante en general. Por miles. Y ya no hace falta ni tirar de bibliografía para informarse. Basta con la socorrida y democrática Wikipedia. Búsquese «caza de brujas» y luego el apartado «Distribución geográfica».

En fin, tengo más de 10 páginas de disparates que no hay espacio para comentar. Pero hay dos que no se pueden dejar pasar: la traca final quemando herejes en un Auto Sacramental y la frase del último capítulo a modo de colofón de todo lo anterior. España produjo exactamente 12 mártires para el protestantismo, los cuales han dado lugar a tantos libros, comentarios y menciones que parecen doce mil. Los mártires católicos que produjo el protestantismo pueden competir con la guía de teléfonos de una ciudad mediana

Y con esto llegamos a la frase genial: «Se embarcan los deshechos, los que aquí no tenían futuro, esperando volver a empezar». Hay pocas migraciones en la Historia de Occidente más supervisadas, cuidadas y mimadas que la que fue al Nuevo Mundo desde España. A Cervantes no le fue permitido viajar. ¿Por qué? Pues porque no tenía oficio ni beneficio. Había sido soldado pero ya no podía serlo tras quedarse manco. Y había que evitar que las Indias se llenaran de aventureros sin cualificar.

Así vamos educando a las nuevas generaciones en la misma idea, venerablemente antigua y muy, pero que muy carca, a saber, que la historia de España, hasta en su momento de esplendor, no ha sido otra cosa más que roña, ignorancia, corrupción, intolerancia y tinieblas

Es muy posible que el producto además se exporte y que por lo tanto se vea fuera de España. Es fácil suponer que tendrá un éxito notable en las tierras del protestantismo, porque contribuirá a reforzar la idea, tan arraigada entre ellos, de su superioridad moral intrínseca, cuasi genética. Para más inri con un producto español, que es ya como un rizar el rizo del virtuosismo en la autoafirmación. Tendrían que hacer milagros la Marca España y el Instituto Cervantes, que llevan décadas trabajando para mejorar la imagen de España en el exterior, esfuerzo pagado con el dinero de todos los españoles, para contrarrestar el efecto nocivo que La Peste va a provocar

El perjuicio es enorme y somos muchos los perjudicados, pero no parece que tengamos derecho a la querella. Movistar ganará dinero, como lo ha ganado Oro, a costa de la reputación de España que, como no es de nadie, puede ser dañada sin que se exija reparación. Para que se vea el asunto un poquito más claro conviene que el lector caiga en la cuenta de que son muchas las series y películas sobre el periodo Tudor, y en ninguna se menciona las horribles persecuciones religiosas que tuvieron lugar en aquel reinado del terror. Nadie ha visto nunca reflejada en las series de ficción cómo eran las atroces ejecuciones de católicos y también de cuáqueros, anabaptistas y otros: hanged, drawn and quartered, según rezaba la fórmula. De todos los que no eran anglicanos. 

En 1998 ganó un Oscar la hagiografía Elizabeth de Cate Blanchett. Vemos en ella a la Gran Armada de Felipe II ardiendo por los cuatro costados derrotada por los barcos ingleses y escuchamos hermosuras como esta: «Me llaman la reina virgen, sin hijos... Soy la madre de mi pueblo. Esa armada que navega hacia nosotros lleva la Inquisición en sus entrañas. Dios no quiera su triunfo o no habrá libertad en Inglaterra ni de conciencia ni de pensamiento». 

Llevamos siglos repitiendo lo que escribieron y fabricaron los enemigos de la hegemonía española. Siempre copiando lo que dicen pero nunca copiando lo que hacen. La serie está teniendo un gran éxito. Así nos va. Efectivamente, la peste es la ignorancia.

martes, 5 de diciembre de 2017

LA BATALLA DE ALJUBARROTA EN LA QUE PORTUGAL DERROTÓ A CASTILLA

Cuando en el siglo XVI, antes de que Felipe II anexionara Portugal, un franciscano visitó la corte portuguesa se encontró en medio de la algazara por el aniversario de la batalla de Aljubarrota. El Rey portugués preguntó al español si en Castilla se celebraban también fiestas tales por semejantes vencimientos. «No se hacen, porque son tantas las victorias nuestras, que cada día sería fiesta, y morirían los oficiales [artesanos] de hambre», contestó el franciscano.

Una respuesta conforme a la bravuconería española, pero que escondía el terrible recuerdo que aún pesaba en la memoria castellana por aquella batalla celebrada el 14 de agosto de 1385, con el infausto Juan I como Rey.

Batalla de Aljubarrota, 13 de agosto de 1385 entre las coronas de Portugal y Castilla

A la muerte de Enrique «El Fratricida», el primero de los reyes de la dinastía de los Trastámara, le sucedió en el trono castellano su hijo Juan I de Castilla, que también tuvo que luchar para defender sus derechos al trono frente a los descendientes de Pedro «El Cruel», de la dinastía depuesta. 

Juan fue un continuista del anterior reinado y el artífice de un periodo de maduración institucional para la Corona de Castilla, precisamente, porque los enemigos exteriores acosaban sus fronteras y se hacían fuertes en el país vecino.

Como prueba de ello, en julio de 1380 se firmó en Estremoz un acuerdo secreto que preveía una acción anglo-portuguesa sobre Castilla para sustituir al trastámara por Juan de Lancaster, casado con la hija de Pedro «El Cruel». Afortunadamente para la estabilidad de Castilla, la operación fue un fracaso y, de la enemistad con Portugal, se transitó de golpe a la amistad a través de la boda de Juan y la hija del Rey luso.

Castilla se apropia de la Corona de Castilla
Con la intención de evitar un nuevo desembarco inglés en Portugal, Juan de Castilla reclamó a la muerte del Rey de Portugal los derechos dinásticos de su esposa para establecer un protectorado sobre el reino portugués a partir de 1383. El matrimonio fue reconocido como Rey y Reina de Portugal por la nobleza, con la oposición del pueblo en algunos puntos del país, lo cual encendió una revuelta en Lisboa encabezada por el maestre de Avís. El levantamiento en torno al hermano bastardo del anterior Rey se extendió pronto a Oporto.

En un momento dado la Reina Leonor se distanció de su marido para apaciguar a los revoltosos, lo que dio lugar a una situación confusa en la que convivieron tres poderes en el país vecino: el de Leonor, el de Juan y el del maestre de Avís, proclamado por elementos populares con el título de Defensor del Reino.

Como se explica en el libro «Historia de España de la Edad Media» (Ariel), coordinado por Vicente Ángel Álvarez Palenzuela, Juan exigió en enero de 1384 desde Santarem la entrega de poderes a su esposa, que cuando se negó fue recluida en Tordesillas, como un siglo después lo sería la célebre Juana «La Loca». Así las cosas, Santarem se convirtió en la sede del poder castellano en Portugal, donde acudieron numerosos nobles a jurarle lealtad a Juan, alarmados por las consecuencias de la revuelta popular.

El Monarca decidió marchar, por tierra y por mar, sobre Lisboa para acabar con la revuelta de Avís definitivamente.

La desesperada resistencia de Lisboa y Oporto y la aparición de la peste negra colocaron al ejército castellano al borde del desastre. El 3 de septiembre de 1384, Juan I de Castilla dejó guarniciones en las plazas de sus partidarios, regresó a Castilla y pidió ayuda al Rey de Francia. 

El poder militar de Castilla y el gran número de fortalezas bajo su control siguió manteniendo vivas las esperanzas de victoria. Sin embargo, su ausencia en Portugal fue aprovechada por el Maestre de Avís para que las Corte reunidas en Coimbra le proclamaran como Rey Joao I de Portugal, el 6 de abril de 1385.

Mientras Juan obtenía el apoyo de Francia y Aragón, Joao I ofreció a Inglaterra una alianza militar y el respaldo al candidato Lancaster al trono castellano. De manera que cuando Juan inició una nueva invasión con la intención de reforzar su posición en las distintas guarniciones leales, las tropas de Joao habían crecido ostensiblemente. En mayo de 1385, las tropas castellanas experimentaron un primer tropiezo en Trancoso, pero la flota y el ejército continuaron con sus planes.

Tras una serie de combates infructuosos y una larga travesía en medio del calor de agosto, las tropas castellanas se toparon con el enemigo en una colina cerca de Aljubarrota. En total, los fatigados castellanos sumaban 31.000 hombres, entre ellos 2.000 caballeros franceses, frente a solo 6.000 portugueses, asesorados por mandos ingleses.

La trampa portuguesa
Los portugueses les estaban esperando, aun cuando estaban en inferioridad numérica, porque confiaban en que la altura les daba ventaja. 

Siguiendo el mismo plan con el que los ingleses habían sorprendido a los franceses en las recientes contiendas de la Guerra de los Cien años, la caballería desmontada y la infantería se colocaron en el centro de la línea rodeadas por los flancos de arqueros ingleses, protegidos por varios riachuelos. En la retaguardia, se situó el propio Joao para realizar una posible salida cuando –esperaban los portugueses– los castellanos se estrellaran con su muro defensiva.

El Rey de Castilla también advirtió la dificultad de un ataque frontal contra los portugueses, más cuando sus tropas estaban exhaustas. Sin embargo, sus exploradores encontraron que en la vertiente sur de la colina había un desnivel más suave para realizar un asalto a las líneas lusas. 

Sin pestañear, el ejército portugués invirtió su disposición y se dirigió a la vertiente sur. Los portugueses tuvieron tiempo de construir trincheras y cuevas frente a la línea de infantería.

El combate se trabó con las últimas luces de la tarde del 14 de agosto de 1385. Como habían previsto los lusos, los castellanos atacaron de forma desordenada colina arriba en la clásica carga de la caballería francesa. En lo alto, los atrincherados arqueros ingleses del ejército de Joao, cerca de un centenar, causaron graves estragos a la caballería. La infantería portuguesa se encargó de aniquilar a los restos de la caballería franco castellana.

Todavía en superioridad numérica aplastante, Juan de Castilla hizo avanzar a su infantería. Los arqueros ingleses dieron un paso atrás para que los infantes portugueses organizaran un movimiento envolvente. Sobre las desorientadas huestes castellanas, cayó Nun Alvares Pereira, condestable del reino, para consumar la catástrofe. 

A la puesta del sol, con el día perdido, Juan I de Castilla ordenó una retirada que terminó en desbandada. La cifra de muertos fue dantesca, cerca de 10.000, entre ellos dos hermanos de Nun Alvares Pereira que luchaba con los castellanos y numerosos miembros de la nobleza patria.

Uno de estos caídos fue Pero González de Mendoza, capitán general del ejército castellano, que entregó su caballo al Rey Juan I cuando una flecha portuguesa mató a su montura. El Rey le ordenó que subiera a la grupa para escapar ambos, a lo que González de Mendoza contestó: «Non quiera Dios que las mujeres de Guadalaxara digan que aquí quedan sus fijos e maridos muertos e yo torno allá vivo».

La mayoría de bajas se produjo en esta huida, cuando la retirada castellana derivó en una gran matanza a manos de los soldados y de los lugareños. 

La leyenda de la panadera Brites de Almeida ilustra el odio que se desató entre los locales. Esta mujer, cuya panadería se encontraba a once kilómetros del escenario bélico, halló a siete soldados castellanos (el número varía según la versión) escondidos en el horno del pan y, usando la pala con la que sacaba la comida, los fue matando a golpes según iban saliendo de su improvisado refugio.

Enfermo y agotado, Juan I cabalgó hasta Santarem para reunir a los supervivientes y, tras descender por el Tajo, se reunió con su imponente flota en el estuario del río. En Sevilla evaluó la situación catastrófica. 

Sin recursos económicos ni humanos para continuar la campaña, el Rey dejó caer las fortalezas que mantenía en Portugal e inició una estrategia defensiva para prevenirse de un contraataque inglés. De la pujanza hacia el exterior, se retrocedió otra vez en Castilla al tiempo de las luchas internas.

miércoles, 12 de julio de 2017

VENEZUELA, UN ASUNTO MÁS DE LA POLÍTICA ESPAÑOLA


Hace tiempo que el asunto entró de lleno en la política nacional. Y ahí sigue, abriendo telediarios y buscando reacciones de los partidos.

Ocasión de retratarse ante quienes han empobrecido Venezuela y la han puesto al borde de la guerra civil. Desde sus admiradores de Podemos, donde Monedero sostiene que allí funciona el Estado de derecho, hasta Ciudadanos, donde Albert Rivera califica a Podemos de sucursal chavista.

Lo último es la puesta en libertad vigilada de Leopoldo López, condenado a 13 años de cárcel por incitación a la violencia en las protestas callejeras de 2014 (43 muertos). El líder de Voluntad Popular y cabeza visible de la oposición al chavismo ha calificado de “amiguete” al ex presidente Zapatero, cuyo papel de facilitador nunca fue del agrado del también ex presidente Felipe González. Por cierto, ambos militantes, pero no simpatizantes, del PSOE liderado por Pedro Sánchez.

En cuanto a los respectivos gobiernos, viven en crisis diplomática permanente desde que Maduro calificó a Rajoy, entre otras lindezas, de “bandido” y “protector de delincuentes y asesinos”. Solo por haber reclamado lo que ahora el propio Maduro aplaude como un acierto del Tribunal Supremo de Venezuela: la libertad de Leopoldo López (arresto domiciliario, en realidad, bajo custodia policial), el mundialmente famoso preso político del chavismo.

Se produjo este fin de semana y se celebró en la plaza de España de Madrid como un paso atrás de Maduro ante el empuje callejero de un pueblo con hambre atrasada de pan y de libertades. Sin embargo, aún quedan en las cárceles 433 presos políticos (datos de la ONG Foro Penal). El número se ha disparado en estas últimas semanas por el activismo callejero.

De ellos se ha acordado Pedro Sánchez, líder del PSOE, en una primera reacción a través de las redes sociales: “Hay que felicitarse por que Leopoldo López esté ya en casa con su familia, pero quedan muchos presos políticos en Venezuela”.

Expresa una preocupación habitual en las declaraciones del propio López. Y ahora los seguidores de este se preguntan si, habiendo rechazado siempre la libertad mientras hubiera otros presos políticos (“Yo tengo que salir el último”), de pronto ha cambiado de idea o es que le han obligado a aceptar la excarcelación.

Eso es lo que se preguntan los miembros de la Asociación Civil Venezolanos en España, que este sábado mostraban su alegría por la noticia y, al tiempo, su escepticismo por si López hubiera bajado su nivel de exigencia respecto a los presos políticos que no han corrido la misma suerte.

Véase cómo las ataduras históricas, idiomáticas, culturales, que están ahí desde hace cinco siglos, han hecho de la crisis venezolana un asunto más de nuestra política doméstica. Razón añadida es la aparición de Podemos, un partido emergente de bien retribuida afinidad al régimen chavista.

Agua de mayo para pregoneros del antichavismo, que nos visitan en busca de arropamiento y solidaridad con referencias analógicas al partido de Iglesias. O sea, que nos puede pasar lo mismo si alimentamos a los amigos españoles de Maduro. Y por el mismo precio, los políticos españoles que recelan de Podemos potencian el seguimiento de la política venezolana con la intención de frenar el avance de la izquierda mochilera.


El resultado está a la vista. Lo que ocurre o deja de ocurrir en aquel país entra de lleno en la agenda política española, donde también se instala la preocupación por las inversiones de nuestras grandes multinacionales (Repsol, Mapfre, Telefónica, Iberia, BBVA…) y donde se recitan de memoria los males del régimen chavista: pobreza, represión, inseguridad, desabastecimiento, corrupción y comportamiento tiránico del presidente, Nicolás Maduro, siempre a la caza de atajos legales para hacer de su capa un sayo.

Antonio Casado en El Confidencial 10 Julio, 2017 

PODEMOS ANTE EL ESPEJO ROTO

La repulsa a Maduro significaría para ellos abdicar de su superioridad ideológica y moral, dar por fracasado su modelo

Quizá algún día, en el improbable caso de que lleguen a consumar su asalto al poder e impongan su anhelo distópico de una sociedad nueva, los dirigentes de Podemos se atrevan a explicar la verdadera razón de su contumaz complicidad con el régimen de Venezuela. No ya con el chavismo, que hasta sus últimos valedores consideran traicionado, sino con la desfigurada y trágica parodia revolucionaria en que Maduro ha convertido su resistencia. Es una realidad objetiva que al partido morado le convendría electoralmente distanciarse de esa degeneración siniestra, por mucha afinidad sentimental y mucho padrinazgo fundacional que le deba; sin embargo, ni el evidente patetismo de la agonía venezolana, que avergüenza a cualquier sociedad democrática, logra arrancar de Pablo Iglesias ni de su entorno una condena tajante y expresa. No ya una repulsa política sino una simple expresión de distancia ética.

Este silencio, en el mejor de los casos equidistante o ambiguo, no puede obedecer sólo al original patrocinio financiero, por más que los maduristas puedan saber demasiados detalles antipáticos sobre ese mecenazgo primigenio. 

Más bien parece que se trata de un fenómeno de cerrazón ideológica, de terquedad en la defensa de un modelo. Los podemistas son conscientes de la sombría degradación del poder post-chavista pero se niegan en redondo a renunciar a sus fundamentos. A romper el espejo de sus convicciones, a aceptar la derrota moral que para ellos supondría reconocer que el proyecto piloto de un nuevo orden libertador expira en medio de estertores sangrientos. Y buscan, como hizo la vieja izquierda ante el corrupto declive del castrismo, atenuantes casuísticos y conspiraciones culpables para esquivar la para ellos desasosegante certeza de que el proyecto comunista acaba siempre en el hambre del pueblo.

Pero al menos los antiguos marxistas acabaron por admitir que los regímenes de Cuba o de la URSS habían malversado sus ideales, que las nomenclaturas políticas -la casta- se habían convertido en usurpadoras ilegítimas de una fe igualitaria que seguía intacta en sus principios y conceptos. Éste es el paso que aún no ha dado Podemos, cuya dirigencia exhibe tal grado de soberbia narcisista que es incapaz de reprobar el envilecimiento de su paradigma para que nadie piense que se equivocaron de ejemplo. Iluminados y persuadidos de su mitológica misión redentora, se resisten a reconocer el fracaso de su arquetipo original aunque no estén tan ciegos para no asumirlo en su fuero interno.

Porque eso equivaldría a confesar la posibilidad de no tener razón, a abdicar siquiera en teoría de su superioridad, a abrir un resquicio de duda en su autoconvencimiento. Y hasta ahí podíamos llegar: el artículo primero del manual del caudillaje dice que los jefes nunca se equivocan, y el segundo que en el remoto caso de que se equivoquen… se aplicará el artículo primero.

miércoles, 17 de mayo de 2017

EL MARQUÉS DE PESCARA, EL HÉROE ESPAÑOL QUE ESTALLÓ LA FAMA DE LA REMILGADA CABALLERÍA FRANCESA EN PAVÍA

La noche del 23 de febrero de 1524, los hombres de Pescara penetraron en las líneas francesas en una maniobra conocida por los españoles como «encamisada» y causaron el caos en el doblemente fortificado campamento de Francisco I


Fernando de Ávalos (Nápoles, 1489) procedía de una familia castellana que había sido desterrada a Valencia primero y a Sicilia después, de modo que era un castellano perdido en la Italia del siglo XV. O lo que es lo mismo: un condottieri con acento español y también con un toque espartano. «Aut cum hoc aut in hoc» («retorna con él o sobre él»), decía la divisa escrita en el escudo que portaba en el campo de batalla, inspirado en aquella frase que las madres espartanas destinaban a sus hijos.

La familia de los Pescara estaba tan bien relacionada en Italia como para que Fernando de Ávalos, el heredero del linaje, fuera prometido a la edad de 6 años con Vittoria Colonna, hija del condotiero Fabrizio Colonna. El matrimonio se celebró el 27 de diciembre de 1509 en Ischia y resultó una historia de amor al más puro estilo renacentista. Los Colonna, de amplia presencia en Nápoles y Roma, estaban aliados con Fernando El Católico, por lo que la unión entre aquellas dos grandes familias italianas reforzaba el poder castellano aragonés en la Península.

Bautizo en Rávena y victoria en Génova
Los Colonna y los Pescara se sumaron al cuadro de oficiales del ejército hispánico que surgió tras la salida del país del imbatido Gran Capitán. En 1511, Julio II convenció a España y Venecia para formar una Liga Santa que defendiera Roma de las tropas de Luis XII de Francia. El Papa consideró que el Gran Capitán sería el general óptimo para la coalición, si bien Fernando se negó y propuso que el candidato fuera el nuevo virrey de Nápoles, Ramón Folch de Cardona, natural de Lérida, que iba a resultar un hombre timorato e incompetente. Fabrizio Colonna, representante papal y suegro de Fernando de Ávalos, reconoció al momento la incompetencia de Cardona y recomendó, en contra de la opinión española de permanecer atrincherados en la batalla de Rávena (1512), que la caballería aliada saliera a luchar contra los franceses.

Cuando a Colonna le fue negado por enésima vez la posibilidad de cargar, el bravo italiano respondió con una grosería antes de partir en una desesperada carga contra los cañones franceses que estaban machacando las trincheras aliadas: «Todos vamos a morir por la vergonzosa obstinación y la malignidad de un marrano». No en vano, la acción de Colonna, al mando de la caballería papal, fue seguida por el resto de unidades de jinetes, entre ellos la dirigida por Pescara.

Fernando de Ávalos, de 22 de años, tuvo una de sus primeras experiencias militares de envergadura en la batalla Rávena. Al igual que su suegro tomó la decisión de cargar por su cuenta al ver que la caballería no tenía ninguna opción si permanecía encerrada. Y al igual que él terminó la jornada prisionero de los franceses en lo que fue la mayor derrota española en el siglo XVI en Italia. En total hubo 11.000 muertos, a pesar de que la infantería española «sostuvo, sin fruncir el ceño, el empuje del bosque ondulante de las lanzas alemanas» (Michelet).

Como narra Pierre de Bourdeille en «Bravuconadas de los españoles», el Marqués de Pescara combatía con denuedo en Rávena, cuando su ayudante, un hombre muy honrado llamado Placidio de Sangro, buscó al marqués y le dijo:

– O caballero valeroso, pues que no es cosa de ánimo varonil, sino de un loco, contrastar tanto tiempo con la fortuna contraria; en tanto que el caballo está sano, y las fuerzas bastan, libraos de la muerte y guardaos para mejor ventura.

– De buen grado obedecería, o siguiera muy fiel este consejo saludable si me persuadierais [de que es] cosa tan honrosa quanto segura; antes quiero yo que me lloren mis amigos muerto con honra, que yo llorar affrentosamente con vida infame en mi casa tantas muertes de tan grandes capitanes –contestó el noble español–.

Durante su cautiverio, Pescara compuso el Discorso dell’amore, dedicado a su esposa, también poetisa. Sin embargo, la intervención de uno de los más destacados generales franceses, el italiano GianGiacomo Trivulzio, que había tomado parte en el concierto de su matrimonio, permitió que en poco tiempo el Marqués de Pescara fuera liberado tras el pago de un rescate de 6.000 ducados y la promesa de no volver a combatir a los franceses en su vida. Algo que por supuesto no iba a cumplir.

Al año siguiente del desastre de Rávena, el español de Nápoles ya estaba combatiendo de nuevo contra los franceses y también con los venecianos, que con la llegada de un nuevo Papa, León X, abandonaron la Liga Santa y su unieron a los galos. Fernando de Ávalos mandó la infantería en la Batalla de La Motta, el 7 de octubre de 1513, contra la República de Venecia en la que los italianos fueron literalmente exterminados debido a la impulsividad de su comandante, Bartolomeo D’Alviano, que en poco tiempo pasó de perseguidor a perseguido.

Desde esta batalla hasta la Batalla de Bicoca, Ávalos estuvo siempre al frente de la infantería española, pero bajo el mando superior de Próspero Colonna, lejano familiar de su esposa. Próspero era arrogante y tenía fama de general conservador, pese a lo cual su veteranía le hacía, a ojos del joven Carlos V, el candidato perfecto para conducir sus tropas en Italia. Durante la campaña por hacerse con Parma en el verano de 1521, Colonna se enemistó gravemente con todos y cada uno de sus oficiales, entre ellos Pescara y el florentino Giovanni de Médici, al que no dudó en retar a un duelo aunque el comandante ya alcanzaba los 70 años.



El anciano no realizó al fin el duelo, del mismo modo que Parma no cayó aquel verano. Lo verdaderamente provechoso de la campaña llegó con la conquista de Milán y de Génova ese mismo año. Como relata Antonio Muñoz Lorente en su excepcional libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Nowtilus, 2015), Colonna sacó beneficio de las desavenencias entre la infantería mercenaria suiza, de enorme prestigio hasta entonces, y el comandante francés a su mando para forzar el combate en una posición ventajosa para los españoles. El asunto desembocó en la batalla de Bicocca, una auténtica masacre para los franceses, que perdieron 4.000 hombres y dejaron vía libre a los españoles para asediar Génova. La facilidad con la que los españoles vencieron en Bicocca, de hecho, ha dado lugar a una expresión popular: una bicoca es algo sumamente fácil, o de escaso valor.

Una vez en Génova, Colonna rodeó la ciudad defendida por solo 2.000 mercenarios e inició negociaciones con el dux Ottaviano Fregosa para rendir la laza. En esas estaban cuando Pescara vio una brecha en la muralla y se lanzó dentro sin pensarlo un segundo el 30 de mayo de 1522. Génova fue saqueada a conciencia y sus grandes joyas pasaron a manos de la soldadesca.

Así las cosas, Ávalos viajó a Valladolid a pedir explicaciones al Emperador desairado por su papel como subordinado de Colonna en todas estas campañas. Finalmente, Carlos V persuadió a Ávalos de que volviera a Italia y trabó amistad con el condotiero. En las siguientes operaciones él sería el jefe de las tropas imperiales ante el fuerte oleaje que el nuevo rey francés, Francisco I, traería tras de sí.

La caballería francesa
La gran hazaña militar de Pescara ocurrió, aquí, en la batalla de Pavía (1524). El Rey francés Francisco I a la cabeza de un poderoso ejército de 36.000 hombres atravesó los Alpes y ocupó Milán como respuesta a las derrotas sufridas en Bicoca y Sesia. La ciudad fortificada de Pavía, con una guarnición de 2.000 españoles y 5.000 alemanes al mando de Antonio de Leyva, se cruzó en el triunfante paso francés. La pertinaz resistencia del navarro propició la llegada de 4.000 soldados españoles, 10.000 alemanes, 3.000 italianos y 2.000 jinetes de refuerzo, comandados por el Marqués de Pescara. El problema es que esta fuerza de rescate estaba escasa de víveres y se le adeudaban muchas soldadas, siendo la principal razón por la que Francisco I prefirió mantenerse al acecho escondido detrás de una doble línea de fortificaciones y no movió a sus tropas a pesar de tener de su parte la superioridad numérica.

Ante aquellos que le aconsejaron que se retirara cuanto antes, el Marqués de Pescara, jefe de las fuerzas imperiales, respondió con una bravata dirigido a sus soldados: «Hijos míos, todo el poder del emperador no basta para darnos mañana un solo pan. El único sitio donde podemos encontrarlo en abundancia es en el campamento de los franceses». La noche del 23 de febrero de 1524, los hombres de Pescara penetraron en las líneas francesas en una maniobra conocida por los españoles como «encamisada» debido a que llevaban camisas blancas sobre las armaduras para distinguirse en la noche. En orden oblicuo, el ejército imperial se lanzó sobre los franceses una vez se había abierto una brecha en su red fortificada.


En estado de sobrexcitación, los franceses abandonaron su posición y salieron al encuentro de las tropas imperiales. La abnegada fe en la potencia de su caballería, tan característica en todas sus derrotadas en el siglo XVI, precipitó a los remilgados caballeros franceses –no sin antes dar fuga a la imperial– contra una precisa ráfaga de arcabuceros castellanos, emboscados en una zona boscosa cercana. Ante el derrumbe de la caballería francesa, Antonio de Leyva y los 5.000 infantes de la fortificación de Pavía arremetieron contra el flanco francés. La caballería imperial, reagrupados sus supervivientes, se encargó de aniquilar casi por completo a la caballería pesada francesa.

La magnitud de la humillación estremeció Europa: 10.000 soldados franceses y suizos muertos (incluidos los comandantes: Bonnivet y La Tremoille) y 3.000 prisioneros, entre los cuales se contaba lo más granado de la nobleza: Saluzzo, Montmorency, Enrique de Navarra, y el propio Francisco I. Al igual que el resto de caballeros, el Rey francés había padecido los estragos de los arcabuces españoles y fue capturado por el soldado vasco Juan de Urbieta cuando trataba de zafar su pierna de debajo del moribundo caballo. En un principio, el vasco no supo distinguir la calidad de su botín, pero se refrendó de degollarlo al vislumbrar su cuidada armadura. Por su parte, las pérdidas imperiales no superaron los 500 hombres contando muertos y heridos, entre ellos Pescara con tres heridas.

Leal a España hasta el final
El único punto ciego en la lealtad hacia España de Pescara fue durante una conjura que buscó unificar Italia bajo protección francesa. El héroe militar se consideraba plenamente español, lamentaba su sangre italiana, pero sus amplios contactos en Italia hicieron que de pronto se viera en el epicentro esta conspiración con ciertos remanentes de nacionalismo italiano, si bien el propio Pescara hundió la conjura, revelándosela a Antonio Leiva, capitán navarro al servicio de Carlos V. Según la leyenda, fue Clemente VII quien intrigó para apartar a Pescara de España ofreciéndole la corona de Nápoles, pero la esposa del hispanoitaliano, gran amiga del escultor Miguel Ángel, le aconsejó que rechazara la tentación.

También el Rey de Francia había intentado antes que traicionara a Carlos V tras Pavía, a lo que éste contestó: «No quiera Dios que estas mis canas, nacidas al servicio de mi Rey, las manche yo por todo el oro del mundo».

Poco después de la fallida conjura, Pescara cayó enfermo, probablemente de tifus, cercando a Francisco Sforza en el castillo de Milán. Falleció la noche del 2 al 3 de diciembre de 1525, sin descendientes y dejando huérfano a España del que era entonces su mejor comandante en Italia. Su título pasó a su sobrino Alfonso de Ávalos y San Severino, Marqués del Vasto, también distinguido general imperial, que se convirtió así en VI Marqués de Pescara.

sábado, 18 de febrero de 2017

LA HEROICA CARGA DEL REGIMIENTO ALCÁNTARA

A las cinco de la madrugada de un abrasador amanecer de julio del año 1921, todos supieron que iban a la muerte. El capitan Iriarte seria el portavoz de tan amargo trago. Cuando se iniciaron las acciones de apoyo al sitiado General Silvestre, todos sabían a lo que iban e intuían perfectamente que no volverían.

La noche anterior todos se acostaron inusualmente temprano en medio de un silencio demoledor, las noticias que llegaban del frente eran escalofriantes. La barbarie más execrable se había cebado con los soldados españoles en el Rif. Las cabilas al mando de Abd el Krim habían masacrado a un entero ejército europeo en una trágica retirada, un ejército con una planificación logística desastrosa, donde el más mínimo atisbo de estrategia brillaba por su ausencia; sin mandos dignos de tal nombre – la cúpula militar en Melilla no reaccionaba ante las atrocidades en curso–, y con contados oficiales dando testimonio de un heroísmo más allá de lo razonable.

Soldados con alpargatas mal dirigidos por lustrosos generales con botas brillantes. Ranchos de miseria frente a viandas delicatessen servidas por camareros de punta en blanco. Ingesta de orines en los blocaos frente a un agua mineral de Vichy impensable en el frente. Y todo así: el abandono de la tropa a su suerte frente a la gomina del generalato. Una vergüenza para la nación el desdén con que se manejaba la situación y mientras, el rey jugando al Monopoly con sus inversiones en el protectorado.

A las cinco de la madrugada de un abrasador amanecer de julio del año 1921, todos supieron que iban a la muerte. El capitan Iriarte seria el portavoz de tan amargo trago. Todos se cuadraron ante la orden.


Eran los más brillantes en medio de tanta mediocridad, eran 700 uniformes llenos de honor y dignidad, eran el Regimiento de caballería de Alcántara.

La mística de la unión entre pares
Si había algo que caracterizaba a esta unidad llena de héroes de otras unidades del ejército, era que entre mando y tropa había un tratamiento de iguales, más allá de una instrucción excelente. Los galones se dejaban para las ocasiones formales; el respeto de los oficiales hacia la tropa y viceversa, rozaba la comunión. No existía ese temor reverencial al superior si no la mística de unión entre pares.

Cuando se iniciaron las acciones de apoyo al sitiado General Silvestre, todos sabían a lo que iban e intuían perfectamente que no volverían. De los setecientos hombres que componían la unidad, solo regresarían setenta hombres vivos de la severa realidad de aquellos terribles días. El monarca de la muerte había desatado el horror mas inmisericorde sobre aquella tropa condenada por sus mandos.



Sobre el Desastre de Annual hay ingente bibliografía llena de detalles exhaustivos sobre aquella trágica carnicería, pero lo que aquí se trata es de poner en valor los últimos momentos de un grupo de hombres que con su elevado comportamiento suplieron las carencias de un mando instalado en la desidia.

Cuando se fraguó la tristemente célebre retirada de Annual, cerca de 20.000 rifeños perfectos conocedores del terreno, se enfrentarían a una atomizada tropa de soldados repartidos en diferentes blocaos y fortificaciones desperdigados por el Rif. Aquel despropósito requería una audacia logística de la que carecía el ejército español del momento y por ello, se pagó un altísimo precio.

Los rifeños, desde las alturas, dominaban a placer la iniciativa mientras masacraban sin contemplaciones a los pobres desgraciados.

Cuando la retirada se había convertido ya en un hecho de proporciones espantosas y por poner algunos datos sobre la mesa, en el río Igan, durante el vadeo del mismo y en solo cuatro horas de tiro al blanco, ya habían caído más de 2.500 hijos de España -a los que, por cierto, no se les conoce ningún monumento y no sera por falta de canteras en este país-. Durante la huida, y sin que nadie cubriera la retaguardia, se produjo una desbandada antológica. Los rifeños, desde las alturas, dominaban a placer la iniciativa mientras masacraban sin contemplaciones a pobres desgraciados que no tenían recursos para pagarse la exención del servicio militar.


El general Navarro, a la sazón segundo jefe de la Comandancia de Melilla, conseguiría dar algo de aliento a aquella tropa de desheredados en Dar Drius, una solida posición bien fortificada y con abundante agua disponible. Esta posición se vería rodeada por miles de turbantes mientras que el regimiento de caballería Alcántara se multiplicaba heroicamente a la par que sus efectivos disminuían vertiginosamente. Eran una nota de honor en medio de tanta desgracia.

Sin compasión
Las sucesivas cargas de este regimiento de caballería obtendrían el resultado de proteger la huida de la desperdigada infantería, pero a un coste humano inenarrable; monturas y jinetes sembraban con sus restos insepultos calcinados aquellos secarrales, trochas y veredas mientras un sol de justicia caía sobre aquellas desoladas llanuras y la esperanza de ayuda desde Melilla se disipaba amargamente y la resignación se instalaba en su cruel realidad. Según el informe Picasso hay constancia de que el casino de oficiales permanecía abierto y sus indiferentes usuarios jugaban a las cartas como quien no quiere la cosa.

A unas decenas de kilómetros, sin agua, acosados de manera inmisericorde, sin un instante para descansar, sin munición; más de diez mil soldados abandonados a su suerte perecieron en aquel ominoso episodio de la historia militar de nuestro país, una de las catástrofes evitables que más marcaron a toda una generación de jóvenes oficiales.

El éxodo o retirada tumultuaria, el desorden y el atropello con que se escapaba de los fuertes, aguadas y blocaos rozaba lo apocalíptico. A todo esto había que añadir que las harkas cabileñas de Abd el Krim eran literalmente indetectables ya no por su adaptación al terreno, sino porque los sayos que usaban eran de color terrero y por lo tanto adaptados al terreno circundante. No había compasión alguna para con aquella tropa abandonada a su suerte.

Pero había un inconveniente, el camino que conducia a Batel estaba plagado de hombres de Abd el Krim sedientos de sangre. Navarro ordenaría al Teniente Coronel Primo de Rivera (nada que ver con el golpista, era un militar honrado), despejar las alturas en las que estaban instalados los tiradores adversarios y ahí, en esa acción, perecería la flor y nata de la caballería española y probablemente del ejército.

Se sabe que todos ellos murieron en formación cerrada con los caballos cuerpo a tierra, y asimismo, que aquellos dignísimos soldados entraron con la horda en un cuerpo a cuerpo tremendo y desigual. Sable en mano y con la munición agotada, es fácil de imaginar como fueron aquellos últimos momentos.

Cinco meses más tarde se localizarían los restos de jinetes y caballos en intima comunión calcinados por el sol y con mutilaciones que es preferible no precisar.

La columna de Navarro y la tropa con los ojos extraviados tras transitar por aquel pasaje de la locura, llegaría a la posición de Batel gracias a aquel desgarrador sacrificio, aunque más tarde en Monte Arruit se rendirían exhaustos.


Cerca de noventa años han hecho falta para que al Regimiento Alcántara se le concediera la más alta distinción del ejército español, la laureada colectiva de San Fernando.

ÁLVARO VAN DEN BRULE

lunes, 30 de enero de 2017

OJO CON LOS ABUELOS DE LA GUERRA CIVIL

No había leído completas las memorias de Arthur Koestler. Sólo la primera parte, Flecha en el azul, así como el librito Un testamento español y sus novelas El cero y el infinito y Espartaco. Novelista y ensayista, como saben, Koestler fue miembro del partido comunista y espía de Moscú en la guerra de España. Y como en estos tiempos, gracias a mi amigo Lorenzo Falcó, ando zambullido en aquella época tan bárbara e interesante, decidí zanjar cuentas pendientes con Koestler rematando el relato de su vida. En ésas andaba hace días cuando, ya casi al final, encontré un párrafo que, relacionado con otro libro leído del mismo autor, motiva hoy esta reflexión. Algo que da en qué pensar, y mucho. O, por lo menos, a mí me da.

En Un testamento español, que leí hace años -ahora acaba de reeditarse bajo el título Diálogo con la muerte-, Koestler narra sus penalidades durante la Guerra Civil tras ser apresado por los nacionales. Estuvo a punto de ser fusilado, y esos días de espera lo convirtieron en testigo privilegiado de la vida carcelaria y las implacables ejecuciones de presos, sus compañeros, sacados de sus celdas para llevarlos al paredón. Es un relato de horror, en el que Koestler manifiesta la natural simpatía por sus compañeros de infortunio. Entre esas simpatías incluye la que siente por dos presos a los que llama Byron y El Tísico, éste último «político republicano muy conocido, Byron había sido su secretario. Desde hace tres meses esperan a ser fusilados», e incluso califica a uno de ellos como «hidalgo español». Luego añade: «Me era más difícil dejar a Byron y al tísico que a todos mis amigos y familiares». Y de esa forma logra transmitirnos la sensación de afecto y solidaridad con ellos, la injusticia de su situación y el horror de la suerte que les aguarda.

Pero oigan. Cosas de la vida. Ahora, al leer la última parte de las Memorias de Koestler, pues allí menciona nombres reales, he sabido al fin quiénes eran los infelices republicanos, el político y su secretario, sus amigos de cárcel condenados a muerte por los franquistas. Él mismo revela el nombre del Tísico: «Fue ejecutado tres días después de que me soltaran. Se llamaba García Atadell y había sido líder de un grupo de vigilantes de Madrid». El nombre, debo confesarlo, me saltó a la cara como un disparo. Para ser exacto, como los disparos en la nuca, torturas, robos y violaciones, que el Tísico amigo de Koestler, o sea, Agapito García Atadell, tristemente célebre en los anales de la Guerra Civil, y su secretario Byron -de nombre real Luis Ortuño-, ejecutados tres días después de la puesta en libertad del escritor, habían estado practicando con entusiasmo durante la época en la que García Atadell ejerció como -eufemismo delicioso- «líder de vigilantes en Madrid». Todo eso, claro, no lo cuenta Koestler porque lo ignoraba, pero está en los libros de Historia, que detallan cómo García Atadell creó una organización de terror al frente de la Brigada de Investigación Criminal, también llamada Brigada del Amanecer, que con beneplácito del Gobierno instaló una checa en el Paseo de la Castellana donde se torturó, violó y mató sin control ninguno, tanto a derechistas como a republicanos que no eran de su cuerda. Hizo una fortuna con lo robado a sus víctimas, y cuando con su ayudante Ortuño, en plena guerra pero con el bolsillo lleno, quiso huir al extranjero, fue capturado casi de casualidad por los franquistas. Que, ojo por ojo en este caso, le dieron las suyas y las del pulpo. Garrote vil.

El asunto contiene, a mi juicio, un aspecto educativo. Como escribí alguna vez, en la guerra y postguerra civil cayó gente buena de ambos bandos: españoles honrados que luchaban por sus ideas o se vieron atrapados, a su pesar, en aquel disparate sangriento

Pero cuidado. Allí no todos fueron héroes, ni gente digna. Los 200.000 hombres y mujeres asesinados en ambas retaguardias, no murieron solos. Alguien tuvo que asesinarlos. Y muchos nietos que hoy recuerdan con orgullo o dolor a sus abuelos como luchadores de una u otra causa, ignoran que no todos fueron héroes de trinchera o víctimas inocentes. También hubo carniceros emboscados, ladrones, gentuza miserable como García Atadell y sus infames secuaces. Y políticos que los dejaban actuar

Las leyendas son bonitas, y el afecto filial es comprensible. Pero la realidad tiene su propia lectura. Los españoles tuvimos abuelos admirables en ambos bandos, y también sucios oportunistas y abyectos criminales. Aunque el tiempo, la ignorancia y la simpleza de las redes sociales adornen hoy las cosas de otra manera, hay que tener cuidado con la siempre compleja memoria histórica. Así que ya saben. Mucho ojo con los abuelos.

Arturo Pérez-Reverte
PATENTE DE CORSO - XL SEMANAL

domingo, 29 de enero de 2017

El “prusés”, entre el esperpento y el delito

Max Estrella, uno de los personajes de 'Luces de Bohemia', intuye el esperpento “como si los héroes antiguos se hubiesen deformado en los espejos cóncavos de la calle, con un transporte grotesco pero rigurosamente geométrico. Y estos seres deformados son los héroes llamados a representar una fábula clásica no deformada. Son enanos y patizambos que juegan una tragedia”. Enanos patizambos encargados de transportar Cataluña a la Ítaca fabulosa de la independencia, retratados esta semana como personajes esperpénticos y al tiempo delictivos por la grosera locuacidad del exjuez Santiago Vidal. El esperpento de esa España gastada que asoma en las pinturas de Goya, en la pluma acerada de Quevedo y en la estética deformada de Valle Inclán. Los dioses del prusés transformados en personajes absurdos, tipos de sainete, en una manera muy catalana, muy española, muy del demiurgo que se cree hecho de distinto barro que sus muñecos, de deformar la realidad. En la historia interminable de un nacionalismo dispuesto a rendir al contrario por aburrimiento, lo de Vidal ha sido un bombazo. “Un torpedo en la línea de flotación del nacionalismo” se podía leer ayer en La Vanguardia. Una bomba que cogió a los dirigentes indepes en pelota picada. Y no es que no se supiera, no, que los excesos verbales practicados por este berzas con ínfulas en sus “conferencias” corrían por Barcelona desde hace tiempo, aunque fue El País quien, en la tarde del jueves, les dio carta de naturaleza.

El relato de las deposiciones verbales del sujeto podría resumirse en el amenazador “Estáis todos fichados y lo sabéis”, exceso al que podría añadirse, en escorzo lingüístico adecuado al caso, que “sí, claro que es ilegal, porque el tratamiento de los datos personales, las libertades públicas y los derechos fundamentales de los españoles está garantizado por la Constitución y, más concretamente, por Ley de Protección de Datos (LOPD), pero, qué le vamos a hacer, no tenemos más remedio que saltarnos la legalidad, en eso somos especialistas, porque no hay otra forma de hacer realidad el sueño de la independencia”. Algunas de las 'perlas' que ha soltado el hasta ahora senador por ERC, antiguo magistrado de la Sección Décima (Penal) de la Audiencia de Barcelona (¿qué sentencias no habrá firmado el sujeto?), venían desde hace tiempo circulando por Barcelona como monedas de curso legal, caso de los datos fiscales de un buen número de contribuyentes (la Agencia Tributaria catalana, dependiente del conseller de Economía, guarda una lista secreta en la que se incluyen nombres y cargos de las personalidades más relevantes de la región); caso de los servicios secretos israelíes, el temible Mossad, que estarían instruyendo a los Mossos para formar el núcleo de un CNI propio; caso de un cierto número de jueces que, sensibles a los postulados de la independencia, podrían incorporarse a la administración de Justicia de la futura República, porque a eso se ha dedicado este elemento desde su despacho oficial en el Centro de Estudios Jurídicos de la Generalitat.


Y, ¿quién es este pájaro? No un cualquiera, no, que fue el encargado de redactar el borrador de la futura Constitución y planificar las “estructuras de Estado” de la República Independiente de Cataluñistán por el Moisés Mas, lo que da idea de su predicamento dentro del Movimiento Nacionalista, un tipo exhibido como trofeo por el independentismo en razón a su currículum en la judicatura española, la joya de la corona que se disputaban unos y otros, “tengo ofertas de todos los partidos”, hasta el punto de que cuando Convergencia se hartó, el tipo no dudó en inscribirse en la legión francesa de ERC, como un Rufián más, que lo acogió con los brazos abiertos. Todos se han apresurado ahora a decir que es un loco indigno de crédito. Les ha pillado tan a contrapié, que no queda más remedio que desacreditar a quien media hora antes pasaba por ser un héroe de la causa. Cualquier cosa antes de terminar dando la razón a la Rahola y su vaticinio: “Podemos hacer de todo menos el ridículo”. Pero ¿es verdad o es mentira lo que cuenta este oportunista con aspecto de cazador de fortunas, este aventurero de despacho con vistas a la plaza Sant Jaume? Es el trabajo que compete a la Fiscalía Superior de Cataluña, en respuesta a la orden del fiscal general del Estado, José Manuel Maza, para que investigue qué hay de verdad en las afirmaciones de un personaje a quien nadie en el Movimiento Nacionalista había desmentido hasta ahora.

Evidencia de golpe de Estado

Un escándalo que deja en situación comprometida a Puigdemont, desde luego a Romeva, Minister of Foreign Affairs (según su propia cuenta de twitter) de Cataluñistán, y naturalmente a Junqueras, el jefe de las finanzas de la Generalitat con ventanas al despacho de Cristóbal Montoro. Un suceso que pone al descubierto el doble lenguaje en que se mueven los mentores del prusés. Y el engaño. Porque si es verdad solo una parte de lo que el vivo Vidal ha ido predicando por ahí, entonces el Gobierno de la nación no tendría más remedio que intervenir de una vez, como prueba evidente de ese golpe de Estado soterrado que el independentismo puso en marcha el 12 de septiembre de 2012, que ya ha llovido; y si es mentira, entonces el nacionalismo mostraría su peor cara, el rostro de una realidad deformada por los espejos valleinclanescos con la que trata de engañar a sus propios ciudadanos vendiéndoles la moto de una independencia en la que nadie cree. Un nacionalismo cleptómano que tergiversa, manipula y miente.

Leído ayer en la cuenta de twitter de un respetado analista político: “Hay tontos, hay tontos del culo, hay tontos con balcones a la calle y después viene Santi Vidal”. ¿Significa esto que a partir de ahora los responsables de un prusés que pretende romper España, acabando con la etapa más larga de paz y prosperidad de que ha gozado este atormentado país a lo largo de su historia, van a dejar de contar con el respeto y consideración del que inexplicablemente han gozado en los últimos tiempos? Es elemento central del problema que nos afecta. La pusilanimidad, la resignación, la mansedumbre cotidiana con la que todos –políticos, jueces, medios- hemos aceptado los desplantes, los desprecios, los insultos diarios a España y los españoles, algunos lanzados desde la propia tribuna del Parlamento, de algunos de estos personajes con aspecto de matones de barrio, y ello por miedo a ser tachados de políticamente incorrectos. En los espejos cóncavo y convexo del callejón del Gato independentista entra un atildado señor de Barcelona y sale convertido en un Puigdemont, un Romeva, un Junqueras, un Tardá, un Homs, un Rufián, el charnego andaluz que se cisca en sus raíces para ser aceptado por los WASP del nacionalismo pata negra, tipos a menudo con dificultades para expresarse correctamente y a quienes hemos otorgado pasaporte de normalidad cuando seguramente no permitiríamos sentarse a nuestra mesa.

La rajada de Vidal, cierto, tiene un implícito efecto perverso en tanto en cuanto viene a confirmar la tesis del gran Mariano, según la cual no hace falta sembrar vientos en Cataluña, y mucho menos mandar a la pareja de la Guardia Civil, porque el independentismo se encargará de perecer en la tempestad desatada por su propia locura. La Señora que ha montado despacho, es un decir, en Barcelona, parece encallada, metida en el barro de sus aspiraciones sin lograr avanzar un milímetro. Eso está llamado al fracaso si, prudentes, nos negamos a decir que ha fracaso rotundamente ya. No hay nada que hacer, nada que negociar con unos señores que se niegan a apearse del burro. No hay nadie en Convergencia con autoridad bastante para decir alto, un momento, esto no puede seguir así, hay que parar esta locura, de modo que la tropa antes citada parece condenada a seguir deslizándose por un tobogán que camina sin pausa rumbo al precipicio.

La bomba nuclear se llama Jordi Pujol
Hay quien dice, cierto, que el único que podría parar ese tren es Jordi Pujol, cerrando el círculo de ignominia que él mismo abrió el día en que, ante las cámaras, reconoció haberse convertido en un evasor fiscal, en el más ilustre representante de la República Catalana del 3 por cierto, la Cataluña de la corrupción galopante, contraparte de la España de la corrupción galopante. La bomba nuclear del llamado “problema catalán” se llama Jordi Pujol i Soley, un hombre que logró construir una especie de Estado dentro del Estado, un Estadito ordeñado con regularidad y esmero por sus hijos y por los afectos al mismo, gente que hoy dispone de fortunas extravagantes, de casoplones de infarto en Premiá de Dalt, Cerdanya, y por ahí. Una tribu que llegó a cobrar minuta por cada empresa que se instalaba en la comunidad y también por las que salían o querían salir (razón, Sony y otros), con “recaudadores” conocidos por todos, algunos incluso entre los que apalabraron la Constitución del 78. Casoplones y empresas y empresarios (razón, Sumarroca & Cia) que se han hecho de oro arrimando el ascua al Estadito de don Pujolone. Y alpiste para incautos en forma de “Espanya ens roba” pregonado a todas horas desde unos medios de estricta obediencia (razón, TV3 y La Vanguardia).

La cosa apestaba ya antes incluso de que Pasqual Maragall pronunciara su histórica frase de “vostès tenen un problema, que es diu 3 per cent”, pero nadie a levantado la voz porque el clan y sus servidores sigue teniendo mucho poder, tienen sus Estevills bien posicionados en el estamento judicial, muchos millones, y unos cuantos dosieres con los que amenazar a quien pretenda ponerlos firmes. Un cisne negro. Y una broma de Parlament. “El clan puede desestabilizar el Estado español porque dispone de información para liquidar a la mitad de la clase política de la Transición. Por eso se mueven con tanto desparpajo”. Determinada élite viene sosteniendo en privado desde hace tiempo que el prusés es un montaje ideado por ellos para romper el cerco de una Justicia que en cualquier democracia occidental hubiera metido a casi todos en la cárcel. En España, los Pujol no entran en prisión. ¿Cómo acabará todo? Sospecho que podría hacerlo en una especie de “Abrazo de la Vergüenza”: en una opaca impunidad para los Pujol y su servidumbre política (Mas y demás incluidos), a cambio de un prusés atemperado y, pasado el tiempo, finiquitado. Una especie de intercambio de prisioneros. Y don Jordi, el evasor fiscal, volviendo a la televisión para anunciar que se acabó la broma.

JESUS CACHO 29.01.2017