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miércoles, 22 de julio de 2015

LA IZQUIERDA DEBE MOJARSE, PERO SIEMPRE LO HACE A FAVOR DE POPULISTAS E INDEPENDENTISTAS

Esta semana tuve la agradable ocasión de conversar en Londres con la soprano Ainhoa Arteta Ibarrolaburu, que como proclaman sus apellidos es más vasca que el Cabo Machichaco. Hablando con un aplomo tranquilo, con la mirada ancha de una ciudadana que recorre el mundo, aquella cantante triunfadora, una mujer risueña, todavía hermosa en la primera gran curva de la edad, me dijo lo siguiente: «España es un país que hemos hecho entre todos. Tenemos tantísimas cosas en común… Yo tengo no ocho, sino 32 apellidos vascos, pero creo que deberíamos mezclarnos todavía más». Y luego añadió algo: «Es imposible que España se rompa, porque nos necesitamos más de lo que creemos». Después hablamos de música y también, sin necesidad de citarlo, me puso pingando a Montoro y su malhadado IVA cultural. Es decir, expresó libremente sus legítimos puntos de vista políticos, que en su caso no concordaban con los del Gobierno.

Entre buena parte de nuestra intelectualidad no existe ese ejercicio tan natural que hizo Ainhoa de separar lo que es su país de los avatares de la refriega partidaria. En España se ha llegado a la aberrante situación de que el «buen intelectual» de izquierda, el zejista al uso, considera que hablar bien de su nación, defenderla, poner en valor de manera ecuánime sus cosas buenas, lo tizna de derechismo sospechoso. No escucharán jamás a don Pedro Almodóvar, que es la patria chica de Don Quijote, levantando su voz siempre peleona para hacer el más mínimo reproche a un separatismo que pregona abiertamente que quiere destruir su nación. Otro tanto vale para docenas de novelistas, actores, directores, deportistas o músicos madrileños, silentes ante el ataque frontal a su país, como si fuesen de Oklahoma y nada se jugasen en el envite. El problema se extrema si nos trasladamos al País Vasco, Galicia o Cataluña: solo se atreven a levantar la voz contra la regresión nacionalista quienes se han exiliado en Madrid tras ser machacados por el separatismo, tipo Albert Boadella.

La ley del silencio también impera en nuestro empresariado, incluidos muchos legendarios clásicos del Ibex 35, conferenciantes perennes, a los que asombrosamente no les merece opinión que el comunismo gobierne en Madrid y Barcelona, o que sus empresas puedan verse frenadas de manera traumática si llega al poder la coalición Sánchez-Podemos, que es la alternativa a Rajoy. Sobre el PSOE no me extiendo. Ha elegido la alocada vía de dar aire al separatismo con concesiones antiespañolas, en lugar de ir de la mano con el PP en defensa de la legalidad democrática y de la idea de España, que es la solidaria y avanzada (salvo que ahora resulte que lo «progresista» es fomentar el odio al vecino y el privilegio medieval de unos ciudadanos sobre otros).

Toda esta triste situación es de patente exclusivamente española, debido tal vez a que todavía impera un delirante paradigma que lleva a pensar que España la inventó Franco. Nada así ocurre en Francia, o en el Reino Unido, donde sus empresarios, banqueros, intelectuales y medios se pringaron hasta las cejas para salvar la Unión en el referéndum de Escocia. Y ganaron, claro ¿Mojándose? Por supuesto.

ABC 17/07/15 LUIS VENTOSO

jueves, 16 de julio de 2015

LA ARROGANCIA DEL CONDOTIERO

«La persistencia del pasado es una de esas bendiciones tragicómicas de las que reniega cada nueva era al subir a escena con arrogancia, para pronunciar con afectación su derecho a una novedad completa». La afirmación es del novelista John Galsworthy, que comparaba con pesimismo y nostalgia las condiciones de la Inglaterra de entreguerras y la plenitud del régimen victoriano. Ahora, cuando sufrimos un asalto sin rubor a lo que hicimos para construir la democracia en España, y cuando se trata de arrojar a las tinieblas exteriores el parlamentarismo europeo, nuestra preocupación no es fruto de un sentimiento de turbación emocional e inmovilismo político. Nuestra actitud responde a la defensa de todo aquello que sigue teniendo vigencia frente a las maniobras de demolición que se empeñan en añadir desnudez cultural al despojo de derechos sociales y niveles de vida que esta crisis ha acarreado.

Nuestro sentido de la historia, nuestra confianza en las posibilidades representativas, reformistas e integradoras de nuestra constitución, nada tienen que ver con esa tierra baldía donde se refugian quienes tienen miedo al futuro y prefieren la esterilidad del culto a los recuerdos. Es pura sensatez para encarar el porvenir, es la demanda justa de la seguridad que nos ofrece un régimen que trajo el restablecimiento de la convivencia entre los españoles. Es el sentido común con el que se veneran los aciertos para solucionar los graves problemas políticos que España arrastró durante décadas. Es la racionalidad con la que se manifiesta la plena disposición a reformar lo que haga falta y la esperanza de recuperar el bienestar desmantelado por la crisis.

Esa «persistencia del pasado» no es el temor a la adaptación a los nuevos tiempos, sino el deseo de afrontarlos con las elementales garantías que hemos de disponer en nuestro viaje hacia el mañana. Una voz liberadora, dos mil años atrás, exigió a sus discípulos que lo dejaran todo para seguirle. Y lo que hizo el cristianismo fue precisamente desnudarse de cuanto convertía al hombre en un elemento más de la naturaleza, para alentar las raíces de la civilización en la que nos reconocemos desde entonces. ¿Es eso lo que nos sugieren desde la impertinencia superficial y falsamente valerosa algunos caudillos de nuestro tiempo? ¿No estaremos ante un movimiento milenarista que, aprovechando la desesperación causada por la crisis, banaliza aquellas inmensas palabras de redención para echar abajo un orden moral del que son herederos directos los valores políticos, principios sociales y fundamentos culturales de la democracia occidental?

Porque, por si alguien no se ha enterado todavía, lo que se nos está urgiendo no es que atendamos mejor nuestras obligaciones con los que sufren, ni que aceleremos la rehabilitación de un país sofocado por la crisis, y ni siquiera que mejoremos la musculatura de la decencia cívica, ante las situaciones de indignidad que padecen tantos españoles. Lo que se nos está diciendo es que todo aquello que emprendimos hace cuarenta años, tanto en su resultado como en sus intenciones, es pura morralla, materia de olvido, carne de hoguera. Ni siquiera fue un bien provisional, sino un error que ahora se tiene la oportunidad de rectificar. Y, claro está, la propuesta no se dirige solamente a las condiciones exclusivas de nuestra transición, sino al conjunto de los regímenes políticos europeos moldeados en la esforzada tarea de reconstrucción de la democracia.

Hace unas semanas, el líder de Podemos lanzó a sus competidores más próximos, los dirigentes de Izquierda Unida, una sarta de insultos de los que se apresuró a disculparse, con la boca pequeña. Que nadie se equivoque, creyendo que se trata de un simple episodio de la querella de nuestra izquierda, bregando por obtener la hegemonía en un espacio común. A lo que disparaba Pablo Iglesias es a la línea de flotación estratégica del Partido Comunista de España, pero también al papel desempeñado por Carrillo y sus seguidores en la transición. Lo que quería proclamar es la invalidez original de unas actitudes que correspondían a todas las culturas políticas en las que los europeos se han visto representados desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Ese es el trámite de voladura de una legitimación institucional sobre cuyas cenizas aspira a edificar una nueva forma de entender la sociedad.

Desde la caída del fascismo, el Occidente europeo construyó su sistema político con muchos más materiales y mejores recursos ideológicos que la simple politización de las frustraciones de quienes peor lo estaban pasando, como ahora propone Pablo Iglesias. Europa se construyó sobre la esperanza, no sobre el resentimiento. Europa se construyó sobre el fervor del futuro alimentado en un duro aprendizaje, no sobre el miedo al pasado estéril. Los hombres y mujeres que decidieron fabricar un régimen de bienestar y tolerancia habían aprendido lo que significaban los tambores cercanos del fanatismo totalitario. Y se organizaron en una sociedad plural que, precisamente, deseaba olvidar la farsante unanimidad con que se les sometió a la tiranía. Por ello, la democracia cristiana, el liberalismo y el reformismo obrero –incluyendo un comunismo que en muchos lugares en poco se distinguía de la cultura socialdemócrata– ofrecieron opciones caracterizadas por el vigor de las ideologías, concepciones políticas, distintas y complementarias siempre acompañadas del respeto a las ajenas. La ideología no era un obstáculo, sino la fuerza movilizadora con la que esta nuestra Europa regularizó su convivencia y se enriqueció constantemente en el debate entre las alternativas presentadas al voto de los ciudadanos y a la militancia de los más comprometidos.

¿Son estas páginas de nuestra historia las que debemos arrojar a la crítica implacable de los ratones? ¿Es esta la civilización que hemos de abandonar para seguir, despojados de cualquier atavío tradicional, a quien nos promete un mundo nuevo? Esa llamada de Pablo Iglesias y la fortuna que ahora le sostiene no es hija de la esperanza, como lo fue en 1945 o en 1978. Es un vástago directo de la crisis y de la descomposición de valores que la ha acompañado, bien cocinada en los años de extensa frivolidad cultural que precedieron a estos tiempos de cólera. Una de las mentes más brillantes de la izquierda del siglo XX, Gramsci, escribió en su largo y letal cautiverio unas palabras que podrían aplicarse al líder en cuestión y a su entorno inmediato: «Formulado el principio de que existen dirigidos y dirigentes, gobernantes y gobernados, es innegable que los “partidos” son, hasta ahora, el modo más adecuado para formar a los dirigentes y la capacidad de dirección. Los “partidos” pueden presentarse bajo los nombres más diversos, incluso bajo el de antipartido y de “negación de los partidos”; en realidad, hasta los llamados “individualistas” son hombres de partido; lo único que ocurre es que quisieran ser “jefes de partido” por la gracia de Dios o por la imbecilidad de sus seguidores».

Falta por saber si nuestra sociedad dispone aún del «sentido crítico y la corrosividad irónica», a los que también se refería Gramsci para acabar con las ambiciones de un condotiero y defender los fundamentos de un sistema democrático que, hoy por hoy, es portador del significado de una civilización.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento, en ABC

CRISIS GRIEGA, EL PROBLEMA NO ES EUROPA, SINO LA ESTUPIDEZ Y LA MALA GESTIÓN

«España es el problema; Europa, la solución» fue la frase con que Ortega encandiló a dos generaciones de españoles intelectualmente huérfanos. De ahí el alborozo que nos produjo el ingreso en la Comunidad Europea. ¡Albricias, ni África empezaba en los Pirineos ni Europa acababa en ellos! Y ahora resulta que el problema es Europa. También es mala suerte.

De la decadencia europea, identificada con Occidente, se viene hablando desde que, hace un siglo, Spengler escribió su famoso libro sobre ella, y las dos guerras mundiales, que en realidad fueron guerras civiles europeas, vinieron a ratificarlo. Tras la segunda, los europeos se dieron cuenta de que o se unían o desaparecían por el escotillón de la historia. Muchos lo habían intentado antes, Carlomagno, nuestro Carlos I, Napoleón, Hitler, sin conseguirlo. El problema es el de la Grecia antigua: que si las ciudades griegas se resistían a unirse, a las naciones europeas les ocurre lo mismo. Sólo después de los dos palizones en el siglo XX, comprendieron que el único camino era aliarse, comenzando por un consorcio sobre el carbón y el acero, para pasar a un mercado común, que ha desembocado en una confederación de 28 miembros que, por calidad de vida, es la envidia del mundo. Incluso ha creado una moneda común. Pero ha sido precisamente su éxito lo que ha traído sus dificultades. Tan bien iban las cosas, tan rápida era la expansión y tan fácil estaba resultando todo que no tomaron las más elementales precauciones

La primera, que crear una nueva moneda sin haber montado antes una hacienda y una fiscalidad común es como empezar una casa por el tejado. Una moneda depende de la economía que tiene debajo, y el euro se hizo a imagen y semejanza del marco, haciendo ricos de repente a millones de europeos que no lo eran. Fue como los irlandeses, portugueses, españoles y bastantes más empezaron a encontrar barato Nueva York, lo que era una herejía económica, pues sus economías ni de lejos daban para tanto. La cosa se agravó con la prisa en ampliar la comunidad, dando entrada en ella a países que no reunían las condiciones necesarias, Grecia a la cabeza, que entró en el euro mintiendo y desde entonces no ha hecho más que pedir dinero a sus socios, sin que estos quisieran verlo. La crisis, que no ha sido más que una enorme burbuja de especulación y endeudamiento, fue el tsunami que arrasó aquella orgía de gasto que dejó al descubierto la bancarrota de personas, empresas y países, con tragedias colectivas e individuales que rompen el corazón.

Como siempre ocurre en tiempos de desconcierto y turbulencia, surgen profetas que si, por una parte, están dispuestos a barrer cuanto hay en el escenario, por la otra aseguran tener fórmulas milagrosas para solucionar todos los problemas. Con gentes que, en su desesperación, están dispuestas a creerles. La experiencia nos advierte de que nunca hay que tener más cuidado ni tener la cabeza más fría que en las situaciones críticas. Se habrán ustedes hartado de leer y escuchar que la salida de Grecia del euro acabaría con este y, a la postre, con la UE. 

Pues bien, es una majadería, a más de una mentira como una casa, por más premios Nobel que lo digan. Nueve países de la UE, algunos tan dispares como Polonia y el Reino Unido, no están en el euro y les va tan bien. Es incluso posible que a Grecia también le fuera, al permitirle devaluar su moneda, cosa que no puede hacer en el euro, y hacer las reformas que necesitan su administración, finanzas y política. Eso sí, con sacrificios. Pero sacrificios tendrán que hacerlos tanto en el euro como fuera de él.

La segunda gran mentira es que la salida de Grecia significará que «Europa pierde su alma», como he leído a uno de esos comentaristas que presumen de enterados y sensibles sin saber de lo que hablan. Ya Ortega arremetió contra ellos con la indignación y desprecio del que sabe distinguir lo verdadero de lo falso. Al comentar el libro de Gerhard Hauptmann Primavera griega, escribe: «Si un español visita las ruinas del Ática, no se crea más cerca de Platón porque en la rota silueta de la Acrópolis reconozca el jocundo mediodía balear. Los griegos mismos vieron pronto que no constituía su valor histórico la condicionalidad de su clima y de sus cráneos. Griegos son, dice Isócrates, no los que vienen de una familia, sino los que participan de la cultura helénica». Para descargar el mazazo: «En este sentido –certifica el maestro–, un alemán se halla más cerca de Grecia que cualquiera de nosotros. El alma alemana encierra hoy la más elevada interpretación de lo humano, es decir, de la cultura europea. Gracias a Alemania, tenemos alguna sospecha de lo que Grecia fue. Ellos, con su proverbial pesadez, lentitud, cerveza, castidad, pietismo, han ido ensayando las fórmulas preciosas para aprehender aquel esplendor sobre el mar Egeo

Sólo tienen ustedes que cambiar español por griego, cultura por política y principios del siglo XX por principios del siglo XXI, y tendrán el reciente debate en Bruselas. Visto y oído el mismo, Tsipras y Varufakis, con sus desplantes, trucos, insultos, chantajes, no representan lo que se viene entendiendo como pensamiento clásico griego, sino más bien lo contrario: la marrullería levantina mintiendo a todo el mundo para salirse con la suya


Mientras que el respeto a la norma, a la realidad y a la palabra dada la representó ese señor ensilla de ruedas, sin motor eléctrico, que es el ministro alemán de Finanzas, Schäuble, respaldado por su canciller. Son los que han defendido que Europa, si quiere unirse y seguir interpretando un papel importante en la historia, tiene que empezar por respetarse a sí misma y cumplir las normas que se ha dado. El populismo anarquizante de los actuales dirigentes griegos sólo la llevaría a su disolución.

Quiero decir que si de algo ha servido esta crisis es de advertencia, no sólo a los griegos, sino a todos los europeos. Necesitamos más Europa, no menos. Quiero decir, menos nacionalismo y más europeísmo, más vínculos y menos excepciones, más normas comunes y menos hechos diferenciales. Hay que corregir lo que se ha hecho mal –empezando por crear una fiscalidad comunitariay reforzar lo que se ha hecho bien –convertir Europa en una isla de libertades individuales y responsabilidades colectivas–, sin olvidar nunca que una Europa pequeña, pero respetuosa de los valores clásicos griegos, vale más que una gran Europa que los ha olvidado.

José María Carrascal, periodista. ABC 

lunes, 13 de julio de 2015

LA PLAGA DEL POPULISMO EN ESPAÑA

España está infectada de populismo y demagogia. La infección ha alcanzado el nivel de plaga. Como escribió Camus, las plagas son comunes pero es difícil reconocerlas y cogen a las gentes siempre desprevenidas; se dicen que la plaga es irreal, un mal sueño que tiene que pasar; pero son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar porque no han tomado precauciones. Nuestros conciudadanos no son más culpables que otros, sólo olvidan ser modestos: se creen libres y nadie es libre mientras haya plagas. Para argumentar esta tesis y proponer soluciones es preciso diferenciar síntomas, estrategias, causas y consecuencias de la plaga.

Para identificar los síntomas del populismo y de la demagogia que anegan nuestra democracia basta con aclarar qué se entiende por ambos. La demagogia es un instrumento populista y, en este sentido, un índice y un factor de populismo. Consiste en manipular y ganarse a la gente aprovechando su indignación y su miedo, radicalizando y exagerando los motivos de crítica, reclamando el monopolio de sus aspiraciones e intereses -que justifica aunque sean irrealizables tachando de elitistas a quienes los cuestionan-, adulándola y acaparando su representación. Pero la demagogia sólo es una herramienta; el populismo es la esencia de la infección convertida en plaga. Más allá de las diferencias ideológicas tradicionales (afecta a todos los partidos y hay populismo de izquierdas y de derechas), su principio clave es el cuestionamiento y el desprecio de la mayoría de las mediaciones institucionales, que pueden ser violadas si al populista le conviene; por ejemplo, las normas garantes de la propiedad privada, las advertencias de los organismos internacionales, los consejos de las asociaciones empresariales, las resoluciones judiciales, las recomendaciones de las fuerzas de seguridad, la lógica propia de las transacciones económicas o, en suma, la racionalidad y la legalidad vigentes sin más.

Incluso la gran mediación institucional, el lenguaje cotidiano, es violentado por los populistas, con los que suele ser imposible debatir porque prostituyen el sentido tradicional de los conceptos sociales, políticos y económicos, enlodando la opinión pública de retórica vacía, sentimental, radicalizada y efectista. Por no hablar de gestos violentos como los escraches, que demuestran que el populista se salta los procedimientos establecidos porque se siente moralmente superior. En definitiva, el populismo menosprecia los controlables y discutibles principios racionales instrumentales (jurídicos, económicos, históricos, científicos, …) e idealiza los evanescentes e infalsables principios voluntaristas finalistas (ideológicos, políticos, morales, religiosos, …).

Según esta descripción, serían populistas gestos políticos como, por ejemplo, declarar que no se cumplirán las leyes injustas, u oponer a una resolución judicial la voluntad del pueblo, o elevar la mera imputación judicial a criterio de inhabilitación política, o reclamar de los gobiernos más política y menos gestión, o idealizar como más auténticas las manifestaciones populares que la acción ordinaria de los representantes legales, o interpretar con simplificaciones maniqueas los problemas más graves (distinguiendo entre buenos y malos, honestos y corruptos, progresistas y conservadores, pueblo y casta, …) o, en definitiva, menospreciar los datos y los hechos y argumentar escupiendo eslóganes, mitos y tópicos. El populismo es gobernar según el españolísimo lema «esto lo arreglaba yo en cinco minutos».

El populismo critica radicalmente las instituciones, a las que considera coactivas, asfixiantes y no representativas. Frente a ellas, idealiza la supuestamente pura voluntad del pueblo, cuya representatividad reclama en exclusiva y a la que considera directamente realizable sin mediación alguna. La estrategia principal de este afirmacionismo populista es hoy la propaganda realizada a través del medio de comunicación más relativista y relativizador, y que más eficazmente anestesia nuestro sentido crítico: la televisión. Ningún otro medio es tan igualador y en ningún otro es tan fácil anular el principio de realidad, que siempre es frustrante y limitador, un aguafiestas para el populista. En la televisión, en cambio, todo es posible y hasta la realidad más fea o falsa puede mostrarse como bella o certera apariencia. Por ello mismo, la televisión es idónea para construir y expandir la otra gran estrategia populista: el carisma del líder. El liderazgo es indispensable para la homogeneización y hegemonía populista, para abrir la brecha y sembrar el germen del cambio del sentir mayoritario.

¿Cuáles son las causas de la plaga? Las hay teóricas y sociales. Los fundamentos teóricos clásicos del populismo están en el pensamiento de Marx, en concreto en su crítica al Estado de derecho liberal, que consideraba ilegítimo por estar al servicio del capitalismo y enmascarar los conflictos reales. Dicha crítica ha experimentado sucesivas modificaciones alcanzando una versión máximamente moralista en la idealización de mayo del 68, supuestamente un acaecimiento político inmaculado. La línea de reflexión contemporánea más afín y más usada por el populismo es la del marxismo gramsciano elaborado y enriquecido en la teoría de la hegemonía de Laclau. Pero la teoría acompaña y refuerza otros factores.

En el caso de España, la extensión de la plaga debe mucho a un clima de crisis de la representatividad de los partidos políticos en general, y de los gobernantes en particular, debido fundamentalmente a la corrupción de los mismos (tan real como a la vez sobredimensionada por los populistas) y a la crisis económica, y que está siendo aprovechado por líderes populistas y demagogos. Es preciso subrayar que ni las causas son irreales ni todos los mensajes populistas carecen de verdad y de legitimidad. Su carácter infeccioso proviene justamente de mezclar juicios y soluciones ciertos y rigurosos con otros demagógicos y manipuladores.

Por último, las consecuencias de la plaga son imposibles de determinar con precisión. Pero tanto el conocimiento de la historia como el de países recientemente infectados ilustra acerca de los efectos devastadores del triunfo del populismo. Los mismos pueden sintetizarse en el deterioro, sumamente grave por lo que implica, de los principios fundamentales de las democracias liberales occidentales, a saber: pluralidad de la sociedad civil, división y autonomía de los poderes, equilibrio de las cuentas públicas, respeto a la legalidad interna e internacional, etc.

Aun con sus limitaciones, la cultura política liberal que defiendo demuestra su superioridad, entre otras cosas, al admitir que es perfectible y reformable. Su plasticidad y su respeto a la libertad es tan alto que llega incluso a reconocer la legitimidad de la vida política más allá de los cauces establecidos. Lo que, sin embargo, es incompatible con una cultura política liberal es que los valores de la homogeneidad y de la identidad colectiva anulen los de la pluralidad y la libertad. Una sociedad demócrata-liberal no permitirá que el terror moralista e ideológico de los mitos se impongan a la autonomía de la razón.

EL MUNDO Alfonso Galindo es profesor de Filosofía de la Universidad de Murcia y autor de Pensamiento impolítico contemporáneo (Sequitur, 2015)

domingo, 12 de julio de 2015

ESA GRAN IDEA DEL COMUNISMO, A LA QUE NUNCA LLAMAN POR SU NOMBRE

Al norte del parque de Kensington, en Londres, se encuentran los Jardines Italianos, a la vera del Long River, que luego en Hyde Park se convierte en la laguna alargada bautizada como La Serpentina. Aquel jardín es un lujo casi excéntrico, una estirada del Príncipe Alberto, que hace 150 años lo encargó como regalo para su mujer, la Reina Victoria. No falta de nada: mármol de Carrara, piedra de Portland, fuentes de querencia romana, maceteros ornamentales y las mejores flores que resiste cada estación. Como es zona de sufridos turistas y la próstata aprieta, cerca hay unos servicios. Al intentar entrar se descubre que para acceder hay que introducir 20 peniques en la ranura de la barrera. Dentro, un cartel explica que hace un año aquel lavabo público estuvo a punto de ser clausurado, debido al incivismo de los usuarios. Finalmente se decidió hacer la prueba de cobrar una pequeña cantidad. El recinto luce impoluto.

Holland Park, no demasiado lejos, es otro parque londinense. Si no se trata del más bonito de la ciudad debe de ser el segundo, como bien sabe la colección de plutócratas con dacha por allí, del viejo Elton a los pegajosos Beckhamg, pasando por banqueros y glorias televisivas. Los baños de Holland Park son de acceso libre. Y en efecto, están hechos un asco.

Cuento todo lo anterior porque supone una parábola política: lo que es de todos, al final no es de nadie, por eso el comunismo jamás ha funcionado. El ser humano, como bien vio el sombrío pero realista Thomas Hobbes, no es ningún serafín altruista, volcado de manera espontánea en el trabajo desinteresado en nombre del bien común. El hombre se mueve por estímulos prácticos. ¿Por qué funcionan mejor las empresas privadas que las públicas y son más creativas? Pues porque el régimen funcionarial no prima el esfuerzo ni castiga el bajo rendimiento. En el fondo es un modelo comunista. El afán de emulación, la legítima ilusión de ir a más en la vida, es un acicate económico formidable, que se traduce en que los países de economía abierta acaban siendo los que otorgan mejor vida a sus ciudadanos. Por el contrario, la poesía igualitaria comunista, que puede ser conmovedora en el romanticismo de los 18 años, solo se ha traducido en ineficacia, reparto de miseria y dolorosas mermas de las libertades personales. Su absoluto descrédito se completa con que en nombre del comunismo se han cometido algunas de las matanzas más atroces de la historia moderna, como los genocidios y hambrunas de Stalin, Pol Pot y Corea del Norte.



Todos esos ceñudos renovadores españoles que nos dan lecciones para aburrir son de ideología comunista. Tras lo ocurrido en la pasada centuria, declararse comunista debería ser tan oprobioso como declararse nazi o fascista, los otros espantos del siglo (¿o acaso Lenin y Stalin no mataron también a millones de personas?). Algo de vergüenza hay, por eso el comunismo ahora se hace llamar Podemos, Marea, Colau. Pero sigue siendo la misma mercancía averiada, porque se da de bruces con la naturaleza real del ser humano y trata de amaestrarlo coartando su libertad. Así que lo siento, Pablo, pero me temo que eres más antiguo que el candil de carburo.

domingo, 5 de julio de 2015

NO PODEMOS PERMITIR A GRECIA VIVIR A COSTA DE LOS IMPUESTOS DE OTROS CIUDADANOS EUROPEOS. EL REFERENDUM.

Sorprende, o quizás no, ver como se pretende convertir una cuestión meramente económica y legal, la seguridad jurídica y la responsabilidad nacional en sus relaciones internacionales, en una lucha de clases, entre los ciudadanos griegos y las instituciones europeas. Los neocomunistas europeos, entre los que destaca Podemos, apoyándose curiosamente por los neonazis, a la caza del voto y en persecución de la destrucción de la UE. Si la actitud griega de vivir a costa del resto de contribuyentes europeos se generalizara, la Unión explotaría en menos de dos años por inviabilidad financiera.

A continuación un buen artículo de Jesús Cacho sobre el asunto:

Cuentan los estudiosos de la Grecia clásica que una mayoría de atenienses poseía al menos un esclavo. Para Aristóteles, una casa merecedora de tal nombre debía tener hombres libres y esclavos, de forma que no contar con esclavos era un signo claro de pobreza. Aristófanes hablaba incluso de ciudadanos pobres dueños de numerosos esclavos. En el discurso de Lisias Sobre el inválido, un enfermo protesta de esta guisa: “Lo que saco de mi oficio es poca cosa; me apena ejercerlo yo mismo y no tengo forma de comprar un esclavo que me sustituya”. Para Platón, que en el momento de su muerte era dueño de cinco, un ateniense pudiente no podía tener menos de 50 esclavos. Atenas practicó la esclavitud por deudas: un ciudadano que no pagaba su deuda quedaba sometido a su acreedor. Aunque afectó sobre todo a campesinos que alquilaban tierras y no podían pagar la consiguiente renta, el fenómeno también se daba en ciudades. En teoría, el esclavizado por deudas era liberado cuando cumplía sus compromisos. Solón puso fin mediante la seisákhtheia a esta práctica, prohibiendo la venta de un ateniense libre. Muchos siglos después, y aunque de la Grecia clásica no quede en la Atenas actual ni las raspas después de siglos de dominación turca, parece una obviedad decir que los griegos del siglo XXI van a quedar para siempre ligados a la UE por una suerte de “esclavitud de la deuda”, aunque bien podría ser que fueran los ciudadanos de la UE los involuntarios esclavos, los paganos, obligados a mantener el nivel de vida de un país que parece no tener remedio.

Asistimos estos días en España a un curioso fenómeno según el cual los culpables del drama griego no son ellos mismos y sus Gobiernos, sino el resto de países de la eurozona que han sepultado en Grecia algo así como 240.000 millones. La izquierda española, y en particular la radical nucleada en torno a Podemos, viene desplegando una dura ofensiva a través de sus altavoces mediáticos para presentar a los socios de la desvalida Grecia como una pandilla de mercaderes sin escrúpulos, entregados de hoz y coz a los designios de unos mercados dispuestos, cual vampiros, a chupar la sangre de los pobres pensionistas griegos. Incluso llegan a sugerir intenciones golpistas en las instituciones europeas. En la cadena SER, a hora de máxima audiencia, se ha podido oír esta semana a una profesora de Derecho Internacional Público decir que “se ha desvelado que lo que había [en Bruselas] es una intencionalidad en un determinado momento de derribar un Gobierno” (sic), afirmación corroborada de inmediato en la misma emisora por un maduro periodista catalán para quien “hay un interés deliberado de hacer caer este Gobierno”. El de Alexis Tsipras, se entiende.

Un no-acuerdo siempre será mejor que un mal acuerdo que nos devuelva a la pesadilla de los Varoufakis.

Basta, sin embargo, asomarse a los medios de comunicación de la Unión para darse cuenta de la existencia de una corriente de opinión mayoritaria según la cual no tiene sentido seguir metiendo dinero en un país que no tiene intención de pagar sus deudas; no tiene sentido seguir financiando el estilo de vida de una sociedad acostumbrada a vivir por encima de sus posibilidades que, en algún momento de su reciente historia, se hizo a la idea, merced a su posición estratégica y su condición de cuna de la civilización, de que podía ser posible vivir a cuenta de los demás; no tiene sentido sostener a unos dirigentes que no han mostrado la menor voluntad de cumplir sus compromisos, y que no se recatan a la hora de decir que no van a devolver su deuda y que tampoco van a hacer ajustes, lo que equivale a decir que piensan seguir pidiendo dinero, es decir, quieren seguir viviendo sine die a costa del prójimo sin apretarse el cinturón.

Para nuestros podemitas, el único Gobierno realmente democrático de la UE es el que preside Tsipras. Es como si los votos que llevaron a la coalición izquierdista Syriza al poder fueran de mejor calidad democrática que los de los millones de europeos que en sus países eligieron a los Gobiernos respectivos, como si los 10,8 millones que apoyaron a Rajoy en noviembre de 2011, los 10,3 que votaron a Hollande en mayo de 2012, o los 18,2 que optaron por Merkel en septiembre de 2013, por citar solo algunos de los de la eurozona, nada valieran frente a los 2.264.064 griegos que en enero de este año hicieron primer ministro a Tsipras. Ellos son quienes fijan la norma y deciden lo que la eurozona debería hacer por Grecia. Porque solo ellos tienen razón. De donde se infiere que la opinión de los contribuyentes europeos, de cuyos bolsillos ha salido el dinero bombeado a Grecia, no debe ser tenida en cuenta, porque nada tienen que decir ni que opinar.

No estamos dispuestos a poner dinero para arreglar la situación de un país que paga unas pensiones que nosotros no podemos dar a nuestros jubilados”, aseguraba el primer ministro de un pequeño país báltico estos días en un diario alemán. No está en cuestión la legitimidad del Gobierno de Syriza para hacer política. Ocurre, sin embargo, que esa legitimidad tiene unos límites que los helenos traspasan cuando invaden la de otros Gobiernos a quienes reclaman unas condiciones para renegociar su deuda que esos Gobiernos, tan democráticos como el de Tsipras, no podrían defender ante sus electores. La exposición directa total de España a la deuda griega se eleva a unos 28.000 millones (por encima de los 25.300 presupuestados en 2014 para el pago del seguro de desempleo), ello sin incluir la deuda del Banco Central griego a través del sistema de compensaciones interbancarias denominado Target2, que se estima en otros 5.000 millones. ¿Alguna vez fuimos consultados los contribuyentes españoles para asumir tales compromisos? ¿Se puede pedir a un país que ha atravesado una crisis de caballo como la española que siga arriesgando dinero en Grecia?

El referéndum de hoy, planteado como chantaje a la eurozona en un consumado ejercicio de trilerismo populista, manifiesta la voluntad del Gobierno Syriza de seguir obteniendo ventaja de las contradicciones de unas instituciones europeas incapaces de tomar decisiones tan meditadas como contundentes en un tiempo razonable. Se trata de una consulta cuya legitimidad democrática está más que en entredicho, como demostró aquí Juan Pina en un brillante artículo esta semana. Un referéndum con una pregunta confusa, incluso falsa (en tanto en cuanto el segundo rescate ya ha expirado) y que no da respuesta a las incertidumbres que sobre el futuro de los griegos se abrirían en caso de triunfar el “no”. Los de Syriza, expertos en propaganda como sus amigos de Podemos, pretenden, por contra, meter el miedo en el cuerpo de los europeos con las consecuencias que, en su opinión, se derivarían para la UE de la salida de Grecia del euro. Más allá de la volatilidad que cabe esperar en los mercados, lo más probable es que no ocurra ninguna catástrofe en caso de triunfo del “no”. Esto tiene poco que ver la quiebra de Lehman, un acontecimiento que cogió por sorpresa a todo el mundo. Aquí no hay nadie que no haya descontado ya que el Grexit es algo más que una posibilidad, una salida que podría ser buena para el euro en tanto en cuanto serviría para corregir el sinsentido de su entrada en la eurozona y daría a Grecia la posibilidad, devaluación mediante, de poder enderezar su camino hacia el crecimiento, eso sí, a costa de muchos sufrimiento y una aún mayor pobreza.

Las consecuencias del “no” las pagarían, sin la menor duda, los ciudadanos griegos, el 72,9% de los cuales prefiere seguir en el euro, frente a un 20,3% que sería partidario de volver al dracma, según una encuesta de Kapa Research. Hay muy pocos argumentos a favor del abandono de la eurozona, más allá de las ventajas que supondría contar con una política monetaria propia y del estímulo de las exportaciones que se lograría vía depreciación de la nueva divisa. A partir de ahí, todo son adversidades. Empezando por las económicas (la caída del PIB dejaría en mantillas lo ocurrido hasta ahora; las importaciones se reducirían al ser más caras, lo que provocaría un empobrecimiento general de la economía limitando el crecimiento exportador; la previsible inflación -salarial y de bienes de consumo- causaría aumento de intereses, recorte de salarios y depresión aún más acusada de la demanda doméstica). Siguiendo por las sociales (la vuelta al dracma traería pérdida de la confianza y caos; sería preciso cambiar a la nueva moneda todo tipo de contratos denominados en euros –cajeros, sistemas de pago, etcétera-; la renta real disponible se reduciría significativamente). Y terminando por los estructurales (la debilidad institucional, fiscal, burocrática, de capital humano y de infraestructuras, caparía el crecimiento de las exportaciones).

En realidad hay quien piensa que Grecia podría estar abocada a una crisis humanitaria de dimensiones “africanas” fuera del euro, entre otras cosas, por una simple cuestión de incompetencia técnica de los Varoufakis de turno a la hora de abordar el cambio de moneda, cambio que, en caso de que a partir del martes la eurozona aceptara volver a sentarse a negociar, podría ir precedido por la emisión de pagarés capaces de funcionar como moneda doméstica paralela (IOUs en inglés), un medio de pago que terminaría inundando el sistema y que se depreciaría constantemente, ahondando en la bancarrota del Estado (el Gobierno ya tenía a primeros de mayo algo así como 5.200 millones de letras impagadas). Esto es lo que ofrece Tsipras al pueblo griego: miseria y caos. Para muchos, la UE está condenada a seguir ayudando a Grecia y ello tanto por razones humanitarias como geopolíticas. Lo dijo ayer el ministro alemán Schäuble, el malo malote de Syriza: “Habrá ayudas a Grecia, pero a cambio de reformas”. Volvemos al punto de partida de esta interminable crisis: la necesidad de que Grecia aborde de una vez sus problemas de fondo: una administración pública demasiado grande, un sector privado excesivamente regulado y una corrupción galopante, consecuencia de esa idea instalada en el inconsciente colectivo griego según la cual es posible vivir a costa de los demás.   

Será difícil que, si hoy triunfa el “no”, los representantes de las instituciones europeas se sienten a negociar un tercer rescate con un Gobierno que se ha dedicado a condicionar el voto de sus ciudadanos mediante informaciones falsas o simples mentiras, cuando no groseras manifestaciones de desprecio hacia sus hasta ahora socios, ello a pesar de las eternas dudas de la señora Merkel, temerosa de que la salida de uno de los socios del Club pueda poner en peligro la irreversibilidad del euro. Un no-acuerdo siempre será mejor que un mal acuerdo que, a la vuelta de unos meses, nos devuelva a la pesadilla de los Varoufakis. Bruselas lleva demasiado tiempo enredada en la mortaja que Penélope teje de día y desteje de noche para su suegro Laertes. La construcción europea necesita cuanto antes dar carpetazo al mito griego para dedicarse a lo capital: salir del marasmo institucional y de crédito por el que atraviesa el proyecto, hoy en el impasse más peligroso de su existencia. Una cosa buena podría tener “lo” de Grecia: la necesidad ineludible que tanto la UE como la propia eurozona tendrían entonces de dar un paso adelante de gigante en la armonización de sus políticas económicas y fiscales y en la senda de la construcción de un verdadero Gobierno europeo. Europa ni se puede parar ni mucho menos volver al punto de partida. Con todas sus luces y sombras, la Unión es un proyecto maravilloso que, entre otras cosas, ha dado 70 años de paz a un viejo continente acostumbrado a matarse durante siglos con tanta regularidad como saña. No parece haber otra salida.


JESUS CACHO EN WWW.VOZPOPULI.COM

jueves, 4 de junio de 2015

LAS PITADAS CONTRA EL HIMNO.MUCHO MÁS QUE UNA PITADA. ESPAÑA SE DESINTEGRA.


No existe ninguna democracia en el mundo, y con mayor razón ningún régimen autoritario, en donde millones de personas a través de la televisión asistan al denigrante espectáculo de contemplar cómo 100.000 espectadores, al inicio de la final de un campeonato, pitan al himno nacional y al jefe del Estado. Pero en España esto sí es posible; caso único, por tanto, en el mundo.

¿Cómo hemos podido llegar a esta situación tan deplorable? Por supuesto, se pueden tomar medidas sancionatorias contra unos u otros, pero una ley de hierro de la política establece que no se puede resolver un problema creando otro mayor. Lo que sucedería, por ejemplo, en el supuesto de suspender el partido, sur-le-champ, según una ley que se aprobó en Francia en tiempos del presidente Sarkozy, por la sencilla razón de que España no es Francia. Si el mandatario galo pudo hacer algo así es porque Francia es un país unitario, sin amenazas separatistas, y con unos símbolos nacionales que todos comparten por encima de sus ideologías. Pero esto no ocurre aquí a causa de dos motivos que paso a exponer y que son los que explican el lamentable suceso del pasado sábado.

Por una parte, se comprobó una vez más que el Estado de las Autonomías ha fracasado si tenemos en cuenta que todo su entramado se aprobó para resolver el llamado problema catalán y, consecuentemente, también el vasco; es decir, para superar los excesos nacionalistas de esas dos regiones españolas. Pues bien, sin tener que recurrir a más razonamientos, basta contemplar el panorama resultante de las recientes elecciones autonómicas y locales. Sus resultados son desalentadores en este aspecto, pues junto a los tradicionales nacionalismos de vascos y catalanes ha emergido también una mayoría abertzale en Navarra y un potente nacionalismo valenciano, bajo el nombre de Compromís -del que no sabemos cuál es su auténtico objetivo-, aderezado todo ello con la poliédrica naturaleza de Podemos que todavía no ha definido su modelo es Estado, si es que lo tiene.

En otras palabras, tras las elecciones del pasado día 24, España se contempla como un país desintegrado cuyo futuro es cada vez más incierto. Sin embargo, a pesar del inmenso error que fue la adopción del sistema autonómico de la II República, se podía haber enderezado el entuerto mediante la reforma de la Constitución a fin de dejar zanjado el modelo definitivo de Estado que necesitábamos. Sin embargo, todo se dejó abierto, elevando a principio constitucional básico el llamado principio dispositivo, mediante el cual cada región podía iniciar su proceso de autogobierno cuando quisiera y solicitar, sin tiempo límite, las competencias que deseara. Semejante regla, que conducía a la inestabilidad y al desbarajuste del Estado, ha sido elogiado por muchos y alguno ha llegado a decir que «constituye la característica más destacada de nuestra Constitución, que la distingue de todas las demás del mundo, hasta el punto de ser considerada las más original aportación de los constituyentes de 1978 al constitucionalismo universal…».

Los resultados de tamaña filigrana desintegradora se han comprobado en el Nou Camp: los catalanes y vascos nacionalistas no quieren este Estado ni a sus símbolos, empezando por el jefe del Estado. Pero lo grave es que nuestros gobernantes de UCD, del PSOE o del PP no han hecho nada para impedir esta aberración constitucional, cuando se hubiese podido solucionar hace años mediante la oportuna reforma constitucional.

Pasemos ahora a la segunda razón de lo que pasó en Barcelona el sábado. Es sabido que España es el primer país europeo que alcanza su unidad como Estado, a pesar de ser una nación plural que se unificó por encima de basarse en varios reinos, varias culturas y varios idiomas. Esa unificación se hizo a través de un solo Estado y de la Monarquía, la cual llegó en una primera fase hasta la I República, en una segunda, desde 1874 hasta 1931, y de una tercera, desde 1975 hasta nuestros días. Sea como fuere, el caso es que para haber logrado un Estado sólido, por encima de los regímenes políticos, era necesario que hubiesen existido unos símbolos del Estado fuertes, compartidos por todos.

Como señala Balandier, «el poder no puede ejercerse sobre las personas y las cosas, más que si recurre, junto a la coerción legítima, a los medios simbólicos». Porque, en efecto, los símbolos del Estado que necesita cualquier organización política, ejercen cuatro decisivas funciones
  1. En primer lugar, sirven para exaltar al propio Estado, porque se considera que es la primera y principal institución del país. 
  2. En segundo lugar, tratan de instruir a los ciudadanos sobre la Historia común a todos. 
  3. En tercer lugar, tienen como fin primordial mantener cohesionado el grupo, favoreciendo la lealtad individual hacia los intereses generales del conjunto. 
  4. Y, por último, sirven para despertar emociones positivas en el seno de la población, fomentando el sentimiento de pertenencia y de identidad.

Así las cosas, España nunca ha tenido símbolos totalmente admitidos por todos, por lo que es difícil, si no imposible, que cumplan la función principal que éstos deben ejercer en toda sociedad, logrando el sentido de pertenencia de los ciudadanos a un territorio, a una cultura, a una lengua… De cualquier modo, los símbolos materiales más importantes en España -la bandera, el escudo, el himno y el Día nacional- no han sido fomentados por nuestros gobernantes

Comenzando por la bandera es ridículo que se siga considerando la roja y gualda como franquista, por lo que muchos recurren a la que adoptó erróneamente la II República, pues la I República mantuvo la que procede de la época de Carlos III. A nadie en Francia, por ejemplo, se le ocurrió cambiar de bandera tras cada cambio de régimen. 

Lo mismo ocurre con el escudo o emblema nacional que a veces se incluye en la bandera y que aquí también se modifica en cada cambio de régimen, en lugar de mantener el mismo.

En cuanto al himno, teniendo en cuenta que es una partitura que procede también del reinado de Carlos III, hay que destacar principalmente dos cosas. Por una parte, que no es un himno franquista, aunque muchos lo creen así y prefieren el himno de Riego adoptado por la II República. Y, por otra, es también una originalidad mundial que no disponga de una letra, lo que debilita su fuerza integradora en eventos como, por ejemplo, los deportivos, en los que suelen usarse a veces los himnos regionales que sí tienen letra. 

Y, por último, la fiesta nacional, que es el día de la patria común, es otro error que cometieron nuestros dirigentes, pues en lugar de haber establecido una fecha aceptada por todos como, por ejemplo, la del 15 de junio -las primeras elecciones democráticas-, se escogió el 12 de octubre, que tiene otra significación y que algunos rechazan como fiesta nacional.

En definitiva, tras lo que acabo de exponer no resulta sorprendente que los asistentes al partido de la final de la Copa rechazasen el himno español, porque no se ha hecho gran cosa en España para fortalecer los símbolos del Estado, a fin de que fuesen asumidos por todos o, al menos, por la inmensa mayoría de ciudadanos. Aquí no se ha pensado en decisiones como, por ejemplo, la que se tomó en Francia con la Ley Fillon que estableció en 2005 la obligación de que los escolares aprendiesen de memoria La Marsellesa con el objeto de que desarrollasen su sentimiento de integración y solidaridad en una sociedad común para todos. Aquí, por el contrario, lo que rige es el localismo, lo que separa a los españoles, en lugar de buscar lo que nos une a todos tras varios siglos de Historia. Y así vamos.

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.



LENTO SUICIDIO DE ESPAÑA

NO es la primera vez que ocurre. A lo largo de la Historia, España ha protagonizado varios intentos de suicidio con la misma fiera determinación con la que en otras ocasiones ha llevado a cabo gestas transformadoras del mundo. Nunca como en estos años, empero, tuvo en su mano tantos triunfos susceptibles de impulsarla hacia un futuro luminoso y los dilapidó en el afán de liquidarse al mismo tiempo como nación, sociedad y proyecto compartido de progreso colectivo.

Vista desde la distancia geográfica y emocional que proporciona el alejamiento físico, España es hoy un país en trance de descomposición avanzada cuya deriva produce pena, estupefacción, preocupación e incredulidad a partes iguales. Una realidad antaño sólida que se diluye cual azucarillo en un magma corrosivo. Explicar a un extranjero el porqué de lo que nos está sucediendo resulta prácticamente imposible. ¿De verdad no quieren ser españoles tantos catalanes, vascos y ahora también navarros y valencianos, dotados de amplias competencias autonómicas y beneficiarios de las ventajas que otorga pertenecer a la UE? ¿Cómo es posible que en el aeropuerto de Barcelona el castellano sea la tercera lengua, detrás del catalán y el inglés? ¿Realmente ha ganado las elecciones a la alcaldía de la Ciudad Condal la líder de un movimiento antidesahucios conocida por encabezar escraches y decidida a inclumplir las leyes que ella considere injustas? ¿Los dos grandes partidos de izquierda y derecha vertebradores de la nación han llegado a tal grado de podredumbre que ven a sus tesoreros, presidentes autonómicos, ministros y cargos públicos, algunos todavía en activo, presos o imputados ante la Justicia por robar a los contribuyentes? ¿Apoyan los electores de forma significativa a fuerzas que se niegan a condenar el terrorismo y hasta lo justifican con mayor o menor impudicia? ¿Respaldan a grupos entusiastas de regímenes liberticidas como el chavismo? ¿Todo eso sucede en un país llamado España, con un pasado determinante en la Historia Universal, una cultura no menos influyente, un formidable potencial parejo a su privilegiada posición en el mapa y una modélica transición de una dictadura a una democracia hace apenas cuarenta años? Al interlocutor versado en política le cuesta encajar tanto «sí» en un esquema argumental lógico.

Y es que por las venas de España corren venenos de acción lenta, aunque letal, que nosotros mismos segregamos: corrupción, ignorancia, revanchismo, relativismo, cainismo, envidia, abuso de poder, picaresca, amiguismo, sectarismo, cobardía... Venenos para los cuales producimos antídotos únicamente en las situaciones extremas, dejando que vuelvan a fluir en cuanto pasa el peligro. Ahora hemos llegado a un punto de enfermedad terminal debida a la acumulación de tóxicos.

Ni el PSOE, ni el PP ni tampoco IU, y mucho menos los nacionalistas, se han mostrado capaces de poner coto a una corrupción desmedida que ha laminado la confianza de los gobernados en los gobernantes y dado alas de gigante al «sálvese quien pueda» territorial. La respuesta de Podemos a este colapso es un vaso lleno de odio y revancha que pretenden hacernos tragar a todos, a fin de «socializar» la miseria de la que ellos se nutren para lanzar su definitivo asalto al cielo de la democracia. Ciudadanos vacila a la hora de tomar partido, atrapado en sus propias exigencias, obligado a elegir entre lo malo y lo peor sin contar tampoco entre sus filas con la experiencia y la excelencia que serían necesarias. Y así vamos avanzando, derechos a la consunción, lastrados por la herencia que dejó un Zapatero devastador, compendio de ineptitudes, y la que ha acumulado en tres años este Tancredo Rajoy, campeón del inmovilismo.

ISABEL SAN SEBASTIÁN EN ABC




sábado, 30 de mayo de 2015

LA COPA DEL REY Y LO SÍMBOLOS NACIONALES

  • No puede aceptarse esa tesis conformista que predica que es mejor no hacer nada frente al mal para evitar males mayores, cuando la verdad es que el mayor de los males y tristes ejemplos hay en la historia, es callar y consentir lo que no debe silenciarse y aceptarse.


El partido de fútbol final de la Copa del Rey viene precedido del descarado anuncio de que las aficiones, o al menos una parte significativa de ellas, del Club de Fútbol Barcelona y del Atlético de Bilbao aprovecharán el acontecimiento deportivo para pitar el himno nacional y con él a Su Majestad El Rey, en cuyo honor ha de sonar. La amenaza de esa alteración de orden público y ofensa a los símbolos nacionales de España no es vana, porque ya en dos ocasiones anteriores ha sucedido en las mismas circunstancias.

Me atrevería a decir que en todos los países y, desde luego, en los que solemos llamar «de nuestro entorno», el hecho es incomprensible. He tenido ocasión de presenciar el respeto multitudinario con que los ciudadanos norteamericanos reciben al presidente de los Estados Unidos, cuya aparición se anuncia con solemnidad, lo que provoca primero un asombroso silencio y después un estruendoso aplauso. En Alemania también fui testigo de una actitud similar ante la entrada a un acto del presidente de la República Federal. En las contadas ocasiones en que el presidente francés se ha dirigido por escrito a la Asamblea Nacional, los diputados escuchan puestos de pie, sin distinción de partidarios o adversarios políticos, porque el presidente representa a Francia, me explicaron. Bien recientemente, la Reina Isabel II, con ocasión de la apertura del nuevo Parlamento Británico, ha recorrido las calles de Londres entre el aplauso general.
En todos esos países y otros muchos que no es preciso citar, no es que todos los habitantes sean entusiastas partidarios del Jefe del Estado, es simplemente que hay una educación cívica por la que, al margen de pretensiones políticas alternativas o incluso contrarias, todo el mundo mantiene las formas, salvo excepciones singulares que suelen ser reprobadas en el acto por la inmensa mayoría. Por lo tanto, no es que se niegue el derecho a la discrepancia y a postular cambios, ni siquiera el derecho que, la más abierta y generosa de las Constituciones del mundo civilizado, ofrece a los españoles que no quieran serlo, como estamos viendo, aunque resulte doloroso; de lo que se trata es de una cuestión elemental en la convivencia de los pueblos, porque si el discrepante no respeta, ya no a los demás que piensen de otra manera, si no a la mayoría ¿cómo puede pedir respeto para sí mismo?. ¿No será que con su intolerancia y radicalismo está abriendo un peligroso camino del que puede ser también víctima? Esta es una reflexión que no puede dejar de hacerse por quienes aplican una suerte de «ley del embudo», por la que exigen para sí lo que niegan a otros.

En España nuestra Constitución de 1978, en su art. 56.1 declara: «El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia» y más adelante se dice que «asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales». El Rey, pues, representa a España, y faltarle al respeto silbándole, haciendo gestos obscenos (como hemos vistos en la televisión en anteriores ocasiones) y vociferando insultos irreproducibles es, sencillamente, un delito y no una simple falta de educación como con benevolente intención de quitarle importancia se califica a veces con tibieza. En efecto, el Código Penal vigente lo tipifica en su art. 490.3 diciendo: «El que calumniare o injuriare al Rey… en el ejercicio de sus funciones o con motivo u ocasión de éstas, será castigado con la pena de prisión de 6 meses a 2 años si la calumnia o injuria fueran graves, y con multa de 6 a 12 meses si no lo son»; ninguna duda razonable puede caber de que las injurias descritas son graves y de que cuando El Rey preside el partido de fútbol final de una competición que lleva Su nombre y cuyo trofeo va a entregar al vencedor cuando termine el encuentro, el Jefe del Estado está –aunque se trate de un acto festivo– en el ejercicio de sus funciones.

Tal vez se me diría que al ser muchos los autores de estos hechos delictivos es muy difícil castigarlos, produciéndose una injusticia si se persigue a unos cuantos identificados y los demás quedan impunes, amparados en su cobarde escondite en la masa; pero ese criterio resulta inadmisible porque con él no se podría imponer ninguna multa a los infractores de tráfico porque, desgraciadamente, suelen ser más los que no son sorprendidos por los agentes cometiendo alguna irregularidad. Por otra parte en una acción colectiva la responsabilidad principal está en los que dirigen, organizan, promueven o facilitan esos delitos y su investigación y persecución es una obligación de todas las autoridades, porque éstos, verdaderos dirigentes de una acción delictiva, son a los que suele calificarse como «autores intelectuales».

No puede ignorarse tampoco que estas prácticas de descalificación pública de los símbolos nacionales se pretenden amparar en el ejercicio de la libertad de expresión. Pues bien, resulta triste que se identifique tan importante derecho fundamental con el insulto a las personas y con la ausencia del respeto debido a los muchos, que se sienten identificados con aquellos símbolos y que también son titulares de derechos. Verdaderamente la libertad de expresión lo es de ideas, opiniones, proyectos, pretensiones, reclamaciones, etc. y en eso cabe la más amplia comprensión pero no puede extenderse el manto del derecho fundamental hasta actitudes tumultuarias de agresión verbal y gestual para acallar la audición de la música del himno nacional de España y maltratar la figura del Primer Español. Cabe hacer aquí otra reflexión, si se pueden hacer cosas como estas con El Rey de España ¿qué se podría llegar a hacer con cualquier ciudadano que pasara por la calle? Cuando se tolera lo intolerable lo que pierde es la convivencia y los que más riesgos corren son los más débiles.

Por último, no puede aceptarse esa tesis conformista que predica que es mejor no hacer nada frente al mal para evitar males mayores, cuando la verdad es que el mayor de los males y tristes ejemplos hay en la historia, es callar y consentir lo que no debe silenciarse y aceptarse.

RAMÓN RODRÍGUEZ ARRIBAS / Vicepresidente del Tribunal Constitucional, ABC – 30/05/15


domingo, 24 de mayo de 2015

LAS CAMELLAS DE ARABIA NO OFENDEN A NADIE, O LA RENDICIÓN DE LOS VALORES EUROPEOS

Hace unos días hubo una noticia que pasó tristemente inadvertida, o casi, para la prensa española. Y eso es malo, pues se trataba de una noticia importante; de las que tienen que ver con nuestro presente y, sobre todo, con nuestro futuro. La cosa era que un cartel con la imagen de una modelo publicitaria ligera de ropa, denunciado por miembros de la comunidad musulmana de Brick Lane, en Londres, seguirá en su sitio después de que el organismo regulador de la publicidad británica desestimara las protestas de un sector del vecindario, que consideraba el anuncio ofensivo para quienes frecuentan las mezquitas de esa zona, donde vive una amplia comunidad que profesa la religión islámica. Aunque la imagen de la modelo es «sensual y sexualmente sugestiva», admite la resolución, tampoco va más allá de eso, ni tiene por qué ofender a nadie, pues «encarna la clásica belleza y femineidad» que ha venido siendo representada por el arte occidental hace siglos. Así que, quien no quiera, que no mire. Y punto.

Me pregunto, con una sonrisa esquinada y veterana, fruto de los años y la mucha mili, qué habría ocurrido en España, en caso parecido. O qué es lo que va a ocurrir en cuanto se dé la ocasión. Me lo pregunto y me lo respondo, claro; y más en un país donde incluso hay oportunistas y tontos del ciruelo -sin que una cosa excluya la otra- capaces de ponerse a considerar muy serios, con debates y tal, las protestas de ciertos colectivos musulmanes porque las procesiones de Semana Santa, puestos a citar un ejemplo fácil, recorran las calles españolas ofendiendo la sensibilidad religiosa islámica. Aquí, no les quepa duda, siempre habrá un organismo regulador de la publicidad, o una televisión, o una asociación de derechos y deberes, o un juez sensible a la delicadeza de sentimientos mahometana, que llegado el caso decida que, en efecto, la libertad en lo que llamamos Europa -aunque a algunos nos dé la risa llamarla así todavía- acaba allí donde empiezan los derechos, el fanatismo o la gilipollez de cuatro gatos a los que, de este modo, nuestra propia cobardía e imbecilidad acaban multiplicando de cuatro en cuatro, hasta irnos todos al carajo. 

Y claro. Resulta inevitable preguntarse, también con respuesta incluida, dónde se meten en esta clase de debates las ultrafeminatas radicales que tanto las pían con otras chorradas de género y génera: las de las asociaciones de padres y madres de alumnos y alumnas, por ejemplo y por ejempla. Qué opinan ellas, o sea, de escotes en anuncios o no escotes, y hasta qué punto coinciden con la censura islámica, o no. Con lo de usar hiyabs, niqabs, antifaces y trapitos así. Sería útil saberlo más pronto que deprisa, como dicen las chonis. Y los humos del tren, que los suelten en Despeñaperros. Porque tiene su guasa esto del anuncio que ofende porque muestra las tetas o las nalgas de una señora, mientras que, por lo visto, no ofende a nadie que otra señora pueda meterse en España en un autobús, en una comisaría de policía o en un hospital enmascarada de pies a cabeza, como un guerrero ninja, mientras el marido va a su lado con bermudas, chanclas y gorra de béisbol. El hijoputa.

Y es que en Europa olvidamos, a menudo, que más importante que respetar tradiciones absurdas o infames es defender a quienes acudieron a nosotros huyendo, precisamente, de la miseria y el horror que esas tradiciones imponen en sus lugares de origen. Y que eso se logra con educación escolar y con firmeza institucional frente a quienes pretenden esclavizarlos, incluso aquí, usando el manoseado y dañino nombre de Dios. Quien se ofende por un anuncio en un cartel publicitario se ofenderá también cuando por su calle, por su barrio, se cruce con un escote, una falda corta, un cabello sin velo o un rostro sin tapar. Y actuará en peligrosa consecuencia. Quien pretende aplicar maneras medievales de entender la vida, mientras se beneficia de un sistema de derechos y libertades que a otros costó siglos de dura lucha conseguir, no tiene derecho a imponer su voz ni a reclamar respeto. La Europa moderna tragó dolor y sangre para librarse de púlpitos, velos, gentes de un solo y sagrado libro, pasos de la oca y fanatismos de todas clases. Somos demasiado mayores, ya, para que vengan otra vez a taparnos el escote o las ideas. Así que la solución es muy simple, Manolo, Mohamed o como te llames. Si no estás dispuesto a asumir nuestras reglas, chaval, si esto te ofende, coges un avión y te vas al desierto de Arabia, o del Sáhara, donde las tetas de las camellas no ofenden a nadie. Y allí te pones ciego de dátiles.


ARTURO PEREZ REVERTE en XL SEMANAL

domingo, 11 de enero de 2015

CONTRA EL CONSENSO II

Desde que tengo uso de razón, he escuchado a políticos de uno y otro signo apelar al 'consenso' como medio para alcanzar la concordia y la paz social; pero lo cierto es que la búsqueda y aplicación del consenso no ha hecho sino alimentar la demogresca. ¿Cómo se puede explicar este fenómeno tan paradójico?
Se puede explicar si aceptamos que la propia razón de ser del consenso político no es otra sino destruir el consenso social, impedir que la comunidad humana comparta convicciones y certezas sobre las cosas, en especial sobre aquellas que son más necesarias para su supervivencia; pues es, precisamente, de esta desintegración social de donde extrae su vigor. Para alcanzar su fin último de destrucción de la sociedad, el consenso político (utilizaremos siempre el término 'consenso' en un sentido sarcástico) borra de las conciencias la noción de 'bien común', sustituyéndola en teoría por la más utilitarista de 'interés general' (que, en realidad, no es sino lo que interesa al consenso) y en la práctica por una olimpiada de libertades y derechos (en su mayoría puramente retóricos y solo efectivos cuando, además de resultar baratos, facilitan la desintegración social, como ocurre con los derechos de bragueta) que, a la postre, se resumen en una búsqueda del egoísmo personal, sin interferencias externas. Esta 'libertad negativa' (empleamos la expresión en su significado político más elemental, sin intención peyorativa) produce una sociedad desvinculada, obsesionada por la satisfacción de intereses personales, una mera agregación amorfa de individuos que rompen todos los lazos morales e históricos que antaño los ligaban.
Una vez lograda esa agregación amorfa de individuos egoístas, el consenso político introduce en las conciencias una visión movilista del mundo. Se trata de una aplicación de la filosofía hegeliana, según la cual todo lo que existe deviene, se halla en constante fase de mutación; de tal modo que resulta imposible mantener convicciones firmes y estables sobre las cosas. Por supuesto, este devenir siempre se considera benigno, provechoso y fecundo, aunque sea un devenir sin sustancia, sin rumbo y sin término (o precisamente por ello mismo, pues al sistema le interesa que la gente pierda el sentido de la orientación, a la vez que se ensimisma en sus libertades y derechos); y recibe el nombre eufórico de 'progresismo'. Tal devenir exigirá, para realizarse plenamente, que ninguna realidad permanezca inalterada, empezando por la olimpiada de libertades y derechos, que siempre se ampliará a nuevas modalidades, pues los llamados 'derechos humanos' no son un sistema cerrado de principios absolutos (por mucho que algunos ilusos se empeñen irrisoriamente en afirmar que son una plasmación de la ley natural), sino una expresión de esa visión dinámica propia del movilismo.
Pero la sociedad, aunque convertida en agregación amorfa de individuos egoístas que se deja arrastrar por las corrientes del movilismo, suele presentar reductos de resistencia, núcleos minoritarios (¡pero molestísimos!) de gentes antediluvianas que se empeñan en creer que las convicciones pueden ser definitivas. El consenso político, que no tiene otro fin sino el control oligárquico del poder y su reparto por turnos o parcelas entre los diversos negociados de derechas e izquierdas, necesita anular la resistencia de tales indeseables. Para lograrlo, admite en el club (¡y abraza amorosamente, como hijos nutridos en sus pechos que son!) a nuevas facciones políticas dispuestas a echarse al monte, que rinden al 'consenso' dos impagables servicios: por un lado, amedrentan a la gente más impresionable (¡que viene el coco!), que con tal de impedir el acceso al poder de esa facción montaraz cede en sus convicciones (ya nunca más definitivas), votando a quien sabe que no las defiende; por otro, la facción montaraz, al incorporarse al consenso político (como termina haciendo, para disfrutar de sus pitanzas), permite acelerar el devenir.

El consenso se presenta siempre como un recurso salvífico, aunque solo sea una síntesis caprichosa que, a la vez que finge corregir excesos (pero, como bien enseña el movilismo, lo que hoy parece excesivo mañana será normal), consigue que los elementos más refractarios (¡inmovilistas que acceden el meneo!) abandonen sus convicciones y hasta acaben avergonzándose de ellas. Por supuesto, una vez que ha logrado destruir la comunidad de los hombres, el consenso brindará a la masa amorfa, a través de sus negociados de izquierda y derecha, discrepancias menores, para que la demogresca, que es el caldo de cultivo del consenso, no decaiga.

Juan Manuel de Prada en ABC - XL Semanal

viernes, 18 de abril de 2014

LA AMENAZA DE LA EXTREMA IZQUIERDA Y LA COMPLICIDAD DE LOS SOCIALISTAS

La estrategia del caos
IGNACIO CAMACHO en ABC

ESPAÑA no tiene un problema de extrema derecha. La xenofobia no acaba de cuajar por fortuna en una sociedad acostumbrada al fenómeno migratorio y los neonazis, muy escasos, carecen de capacidad operativa. El conservadurismo radical se agrupa en plataformas democráticas o se conforma con foros de internet y algunos predicadores exaltados de medios minoritarios que no alcanzan a organizar nada parecido a un Tea Party con capacidad significativa de influencia. Los fantasmas del ultraderechismo sólo los agita un sedicente sector progresista para tratar de etiquetar con ellos al PP. Fanáticos hay, claro, en un país tan dado a la bipolaridad ideológica, pero su peligrosidad real no va más allá de cierto ruido sectario.

En cambió sí ha surgido en los últimos tiempos un extremismo violento de izquierdas. Al pairo de la crisis y el descontento ciudadano han florecido grupos radicales que defienden, e incluso teorizan, un agresivo activismo callejero de carácter antisistema. Algunos apóstoles del anticapitalismo preconizan la estrategia de la tensión y justifican la violencia revolucionaria. Los grupos de acción directa, brotados como belicosos spins off del movimiento del 15-M, toman la iniciativa en huelgas y manifestaciones buscando el enfrentamiento campal con la Policía para sembrar el caos con tácticas de guerrilla urbana, que en euskera se dice «kale borroka». Se trata de crear un clima de desorden público, acaparar telediarios con inquietantes imágenes de disturbios y provocar el chispazo que encienda un conflicto susceptible de desestabilizar al Estado.

Esta deriva incendiaria, que ha cobrado fuerza a partir de éxitos como el del barrio burgalés de Gamonal, cuenta con el soporte intelectual de ciertos gurús y profetas del «estallido social» que no aceptan la responsabilidad con que la mayoría de la sociedad española está encajando, pese a su decepción con la política, el durísimo tránsito de la crisis. Pero también se beneficia de la pasividad moral de una izquierda institucional temerosa de condenar el vandalismo de choque por razones de tacticismo electoral inmediato y tal vez porque sabe que en el fondo desgasta e intimida a su adversario político. La complicidad puede entenderse en fuerzas radicales que defienden modelos bolivarianos o castristas y muestran clara simpatía por la contestación contra el sistema. Sin embargo en la socialdemocracia y el sindicalismo convencional constituye un error estratégico porque la crecida extremista tiende a ocupar su espacio y aspira a sustituirlo. No es sólo una protesta contra el Gobierno sino una vanguardia de asalto a las bases de la representación democrática.

La primavera va a ser caliente en las calles y algunos líderes de luces cortas creen que pueden obtener beneficio de la alta temperatura ambiental. No recuerdan que ya sufrieron la experiencia en el País Vasco y que la lógica de la violencia es una espiral autoritaria que no reconoce otro límite que el de su propia capacidad de impacto.


Grupos antisistema aglutinan a jóvenes vinculados en el pasado a bandas terroristas
JAVIER PAGOLA / PABLO MUÑOZ en ABC Día 30/03/2014

No se ha detectado por ahora una estructura estable que organice las distintas redes radicales, pero sí contactos para coordinar sus acciones. Grupos antisistema aglutinan a jóvenes vinculados en el pasado a bandas terroristas

Decenas de jóvenes que nutrían las juventudes de organizaciones terroristas como ETA, Grapo o Resistencia Galega se han desplazado ahora hacia los grupos de extrema izquierda que mueven los hilos de graves disturbos como los registrados en Madrid y en otras ciudades de España, con el pretexto de la «indignación» ciudadana. Carecen de un liderazgo claro, pero les unen su «odio visceral» a todo lo que simbolice España y su obsesión por derrocar el sistema democrático, según los informes que maneja la Policía. La prioridad de los investigadores se centra ahora en recabar datos para confirmar que actúan de forma coordinada –la clave para poder acusarles de pertenencia a grupo criminal– y comprobar si eventualmente tienen algún tipo de estructura, no jerárquica, pero sí estable.

Las fuentes consultadas por ABC están convencidas de que los grupos que protagonizan las
algaradas actúan conforme a una estrategia previamente diseñada y concertada entre ellos; es decir, estaríamos ante una red de organizaciones antisistema formalmente autónomas pero que llegan a acuerdos para lograr sus objetivos. Cada una de ellas cuenta con uno o varios líderes, los más radicales y con mayor capacidad de manipulación sobre el resto.

Los expertos en terrorismo callejero han elaborado un perfil de estos profesionales de la agitación: son jóvenes de entre 18 y 30 años, en su mayoría varones. Los hay, en número nada despreciable, menores de edad. No tienen muy bien definida su ideología, pero se vinculan a la extrema izquierda, al independentismo o al anarquismo. El nexo común entre todos ellos es su elevado grado de radicalización, que les lleva a arremeter contra las instituciones democráticas y los símbolos del capitalismo. Como ejemplo de ello, Ernai –organización juvenil de Sortu– declinó participar físicamente en la «marcha de la dignidad» que partió del norte, al considerar que algunos de los grupos que estaban detrás habían dejado en un segundo plano la demanda independentista, en favor del frente obrerista. Sin embargo, mostró su apoyo porque coincidía en el objetivo: derrocar el poder democráticamente constituido por medio de la subversión y asumir que el uso de la violencia está justificado.

En cambio, sí hubo presencia activa del núcleo más duro de la «izquierda abertzale», alineado con posiciones marxistas-leninistas. Este núcleo duro, que se ha quedado «huérfano» de liderazgo tras la decisión de ETA de dejar definitivamente la actividad terrorista, es el impulsor de los brotes de «kale borroka» que han continuado en los últimos meses en el País Vasco. Encuentra en disturbios como los registrados el 22 de marzo en Madrid un campo de batalla idóneo para su estrategia de «trinchera».

En definitiva, según estos informes, los integrantes de las organizaciones juveniles que gravitaban en torno a ETA, Grapo e incluso Resistencia Galega carecen ahora de un liderazgo claro, tras la derrota de sus «comandos» por la Policía. Los Grapo están desmantelados, aunque se mantiene la vigilancia; ETA sigue en fase terminal, y Resistencia Galega, que nunca ha tenido excesiva capacidad operativa, ha recibido importantes golpes policiales en los últimos tiempos.

Además, el brazo armado del PCE (r) y los terroristas gallegos han compartido tradicionalmente cantera en determinados lugares de Galicia, como Vigo. Por ello la «marcha juvenil» procedente de allí ha sido la «más combativa». Preocupa especialmente que con motivo del 22-M fuera desplegada en la plaza de Cibeles una gran pancarta en la que se llamaba a los Grapo a reanudar la «lucha armada».

Así pues, la presión policial sobre estas organizaciones criminales ha hecho que muchos de sus integrantes se hayan desplazado hacia los grupúsculos de extrema izquierda, antisistema y anarcoterroristas, que aislados son prácticamente marginales, pero que coordinados en una estrategia común de desestabilización constituyen una amenaza. Y se han desplazado con los manuales de «guerrilla urbana» en sus mochilas. Son nostálgicos de la «borroka» y mantienen su objetivo prioritario: atacar a las Fuerzas de Seguridad y demás instituciones.

A ellos se suman jóvenes cuyo proceso de radicalización se caracteriza porque carecen de un grupo de socialización de referencia, y encuentran en la «ideología» antisistema una vía para terminar con el ordenamiento democrático, al que culpan de la situación actual –paro, recortes en políticas sociales...–. Según estos informes policiales, una vez señalados los «culpables», los jóvenes no dudan en utilizar la violencia. Encuentran apoyo en personas de cierta proyección social, política o cultural que justifican la violencia como único instrumento que les queda a los «indignados».

Cuando la convocatoria es pacífica, no tienen reparos en infiltrarse en la manifestación, desobedecer las instrucciones de los organizadores y, camuflados entre la multitud, causar incidentes. Para ello, celebran previamente asambleas a las que acuden los elementos «más comprometidos». Es ahí donde calan profundamente en los más exaltados mensajes tales como «a la caza del policía», reforzando así la ideología radical que ya tienen interiorizada estos profesionales del «cóctel molotov».

Se sienten muy cómodos cuando la concentración es numerosa, porque utilizan a la multitud como «escudo humano» para evitar su localización, identificación y arresto. Saben que en esos casos la Policía no interviene y, si no tiene más remedio, lo hará con muchas limitaciones. Los disturbios suelen registrarse cuando ya ha concluido la manifestación, aunque una de las novedades del 22-M fue que comenzaron a atacar cuando aún no había acabado esta. Se sitúan en la cola de la misma para utilizar como parapeto el gentío que tienen por delante. Así, disponen de tiempo suficiente para cometer sus desmanes y replegarse. Los profesionales de la agitación se colocan junto a personas que conocen para evitar la posible vigilancia de agentes de Policía camuflados y es en el seno de este pequeño grupo donde organizan sus desmanes.

Acuden a las marchas con pasamontañas o pañuelos y con material susceptible de ser utilizado como artillería o para provocar incendios. Sin embargo, últimamente lo dejan en algún local de confianza cercano al lugar de los incidentes o se aprovisionan de adoquines que arrancan de las aceras.

El creciente uso de las redes sociales por parte de los agitadores hace muy difícil la prevención de los disturbios. Entre otros motivos, porque los perfiles cambian continuamente.


Algunas violencias se condenan en minúscula
Luis Ventoso en ABC

Partidos y grupúsculos de extrema derecha de toda España han convocado una gran marcha sobre Madrid en contra de los recortes, el paro, la UE y la entrada de inmigrantes. Autobuses de los cuatro puntos cardinales, atestados de manifestantes, acuden a la capital. A bordo viajan radicales de todos los pelajes: neonazis, neofascistas, falangistas nostálgicos, hooligans de los fondos de los estadios… La manifestación resulta multitudinaria. Aunque ha sido convocada por formaciones extremistas, se han sumado miles ciudadanos de a pie, poco politizados, pero descontentos tras la interminable crisis y pasto fácil de la demagogia populista. Los manifestantes desbordan Colón. Un actor famosete, de conocida militancia ultra, arenga a las masas. Entre los marchantes se vislumbra a más artistas. Concluye la protesta y cae la noche. Tras desperdigarse la multitud, varios centenares de neonazis inician una batalla campal. Los encapuchados destrozan con saña nihilista los escaparates y arrancan enormes adoquines de las aceras, que arrojan a los policías tratando de herirlos. En el fragor de la refriega, los ultras acorralan a un grupo de antidisturbios. Los agentes, indefensos en el suelo, son machacados con una violencia más propia de «La naranja mecánica» que del Madrid democrático del siglo XXI. El balance es tercermundista: policías heridos, cincuenta detenidos, fotógrafos apedreados, negocios destrozados.

¿Qué habría pasado si todo lo anterior hubiese ocurrido realmente: huestes de derechas arrasando Madrid? Rubalcaba condenaría solemne «la violencia salvaje de la extrema derecha». Entre grandes aspavientos, Soraya Rodríguez, Centella, Cayo Lara y Tardá instarían a promover con urgencia leyes «contra el auge de la ultraderecha». Valenciano desplegaría su mímica más apasionada. Madina suspiraría melancólico: «La derecha está volviendo este país irrespirable». Las televisiones cuatro, cinco y seis organizarían tertulias de sol a sol sobre el auge del fascismo. Willy Toledo se encadenaría a Cibeles, con Ana y Víctor tocando la bandurria en señal de apoyo. Bosé y Almodóvar escribirían un manifiesto antifascista, que rubricaría toda la inteligencia, de Almudena Grandes a Wyoming, pasando por todos los Bardem, matriarca y nuera incluidas. Las redes sociales arderían. Los ministros, del primero al último, condenarían a los radicales. La Justicia actuaría rauda e inflexible.

Es obligado e imprescindible condenar y perseguir toda violencia de extrema derecha. Pero hoy en España el problema capital no radica ahí, sino en el vandalismo callejero de ultraizquierda. ¿Por qué a la izquierda política y mediática le cuesta tanto renegar de los delincuentes del pasado sábado? Pues porque nuestra democracia todavía es inmadura. Nazismo y fascismo, como no podía ser de otra manera, nos parecen hoy ideologías inadmisibles, pero no así el otro gran totalitarismo criminal del siglo XX, el comunismo. Es inaudito que partidos que forman parte del juego democrático defiendan a estas alturas el sustrato ideológico de Stalin, Pol Pot, los hermanos Castro o el prestigioso estadista Nicolás Maduro. Y es desolador que unas violencias se condenen en mayúscula, y otras, en minúscula.


Totalitarios en el campus
Edurne Uriarte en ABC

Las universidades madrileñas me recuerdan cada vez más los viejos malos tiempos de la Universidad del País Vasco, cuando los proetarras campaban a sus anchas, insultando, amenazando y agrediendo. Lo peor, como siempre, ha ocurrido en la Complutense.

Pero los totalitarios también han actuado en mi universidad, en la Rey Juan Carlos. Entre otros incidentes, una veintena de ellos nos han esperado hoy a mi y a mis alumnos de Sistema Político II a la puerta de nuestra clase, con insultos y amenazas (“Terroristas”, “Fascistas” y “Pim, pam, pum”, han sido algunos de los gritos más repetidos por los energúmenos) Pero, además, los extremistas han destruido la cerradura de esa clase y de todas las adyacentes y nos han impedido la entrada. Por lo que hemos tenido que desplazarnos a otro edificio para localizar otra aula.

No sólo nos han seguido sino que han mantenido los insultos y amenazas en la puerta de la nueva clase. Y hemos podido realizar la clase en su totalidad gracias a la ayuda de los vigilantes de la universidad que nos han protegido hasta el final.

¿Hasta cuándo vamos a consentir estas agresiones en la universidad?

Es necesaria una respuesta política contundente, sobre todo de esa izquierda que aún no ha denunciado a la izquierda radical ni parece muy dispuesta a hacerlo. Es necesaria también la firmeza policial que impida las acciones de los totalitarios y garantice la libertad de los estudiantes y profesores. Pero tan imprescindible como todo lo anterior es una actitud de resistencia democrática por parte de la inmensa mayoría de estudiantes que quiere acudir a la universidad en libertad.

Como la mostrada esta mañana por mis alumnos que han resistido el acoso de los radicales y no han cedido a sus amenazas.