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lunes, 30 de enero de 2017

OJO CON LOS ABUELOS DE LA GUERRA CIVIL

No había leído completas las memorias de Arthur Koestler. Sólo la primera parte, Flecha en el azul, así como el librito Un testamento español y sus novelas El cero y el infinito y Espartaco. Novelista y ensayista, como saben, Koestler fue miembro del partido comunista y espía de Moscú en la guerra de España. Y como en estos tiempos, gracias a mi amigo Lorenzo Falcó, ando zambullido en aquella época tan bárbara e interesante, decidí zanjar cuentas pendientes con Koestler rematando el relato de su vida. En ésas andaba hace días cuando, ya casi al final, encontré un párrafo que, relacionado con otro libro leído del mismo autor, motiva hoy esta reflexión. Algo que da en qué pensar, y mucho. O, por lo menos, a mí me da.

En Un testamento español, que leí hace años -ahora acaba de reeditarse bajo el título Diálogo con la muerte-, Koestler narra sus penalidades durante la Guerra Civil tras ser apresado por los nacionales. Estuvo a punto de ser fusilado, y esos días de espera lo convirtieron en testigo privilegiado de la vida carcelaria y las implacables ejecuciones de presos, sus compañeros, sacados de sus celdas para llevarlos al paredón. Es un relato de horror, en el que Koestler manifiesta la natural simpatía por sus compañeros de infortunio. Entre esas simpatías incluye la que siente por dos presos a los que llama Byron y El Tísico, éste último «político republicano muy conocido, Byron había sido su secretario. Desde hace tres meses esperan a ser fusilados», e incluso califica a uno de ellos como «hidalgo español». Luego añade: «Me era más difícil dejar a Byron y al tísico que a todos mis amigos y familiares». Y de esa forma logra transmitirnos la sensación de afecto y solidaridad con ellos, la injusticia de su situación y el horror de la suerte que les aguarda.

Pero oigan. Cosas de la vida. Ahora, al leer la última parte de las Memorias de Koestler, pues allí menciona nombres reales, he sabido al fin quiénes eran los infelices republicanos, el político y su secretario, sus amigos de cárcel condenados a muerte por los franquistas. Él mismo revela el nombre del Tísico: «Fue ejecutado tres días después de que me soltaran. Se llamaba García Atadell y había sido líder de un grupo de vigilantes de Madrid». El nombre, debo confesarlo, me saltó a la cara como un disparo. Para ser exacto, como los disparos en la nuca, torturas, robos y violaciones, que el Tísico amigo de Koestler, o sea, Agapito García Atadell, tristemente célebre en los anales de la Guerra Civil, y su secretario Byron -de nombre real Luis Ortuño-, ejecutados tres días después de la puesta en libertad del escritor, habían estado practicando con entusiasmo durante la época en la que García Atadell ejerció como -eufemismo delicioso- «líder de vigilantes en Madrid». Todo eso, claro, no lo cuenta Koestler porque lo ignoraba, pero está en los libros de Historia, que detallan cómo García Atadell creó una organización de terror al frente de la Brigada de Investigación Criminal, también llamada Brigada del Amanecer, que con beneplácito del Gobierno instaló una checa en el Paseo de la Castellana donde se torturó, violó y mató sin control ninguno, tanto a derechistas como a republicanos que no eran de su cuerda. Hizo una fortuna con lo robado a sus víctimas, y cuando con su ayudante Ortuño, en plena guerra pero con el bolsillo lleno, quiso huir al extranjero, fue capturado casi de casualidad por los franquistas. Que, ojo por ojo en este caso, le dieron las suyas y las del pulpo. Garrote vil.

El asunto contiene, a mi juicio, un aspecto educativo. Como escribí alguna vez, en la guerra y postguerra civil cayó gente buena de ambos bandos: españoles honrados que luchaban por sus ideas o se vieron atrapados, a su pesar, en aquel disparate sangriento

Pero cuidado. Allí no todos fueron héroes, ni gente digna. Los 200.000 hombres y mujeres asesinados en ambas retaguardias, no murieron solos. Alguien tuvo que asesinarlos. Y muchos nietos que hoy recuerdan con orgullo o dolor a sus abuelos como luchadores de una u otra causa, ignoran que no todos fueron héroes de trinchera o víctimas inocentes. También hubo carniceros emboscados, ladrones, gentuza miserable como García Atadell y sus infames secuaces. Y políticos que los dejaban actuar

Las leyendas son bonitas, y el afecto filial es comprensible. Pero la realidad tiene su propia lectura. Los españoles tuvimos abuelos admirables en ambos bandos, y también sucios oportunistas y abyectos criminales. Aunque el tiempo, la ignorancia y la simpleza de las redes sociales adornen hoy las cosas de otra manera, hay que tener cuidado con la siempre compleja memoria histórica. Así que ya saben. Mucho ojo con los abuelos.

Arturo Pérez-Reverte
PATENTE DE CORSO - XL SEMANAL

domingo, 24 de abril de 2016

ESPAÑA. ¿UN ESTADO FALLIDO?

«La experiencia republicana, la de la cruel guerra que la siguió y las del también cruel régimen franquista aconsejan no volver a las andadas, no poner en duda la legitimidad de la Constitución de 1978»

El pasado 21 de abril, en estas mismas páginas, Josep Ramon Bosch, José Rosiñol y Ferran Brunet, miembros de Sociedad Civil Catalana, escribían que, «si no se afronta la conformación de un gobierno fuerte y estable, si no se confronta un programa de reformas que fortalezcan nuestras instituciones, si no se toman decisiones audaces y valientes ante el desafío separatista, si no continúan las políticas económicas adecuadas, entonces, España podría resultar una democracia fallida, un Estado fallido, explosionando en un buen número de Estados gamberros, abriendo un nuevo foco de desestabilización en la Unión Europea».

Ese riesgo, que me parece muy real, pone en cuestión el éxito de la única experiencia democrática española estable, que es, en mi opinión, el régimen construido a partir de un amplio consenso nacional desde 1977. La querencia de los nuevos partidos, como Ciudadanos o Podemos, por una segunda transición, parece no tener en cuenta ese éxito y, desde luego, en el caso de la formación morada y de sus intelectuales gramsciano-bolivarianos, considera que nuestra democracia actual sería más bien el «establishment» de la casta que no hizo sino sustituir, con el asenso de las fuerzas sustentadoras del franquismo, una dominación política por otra.

De ahí el predicamento que, tanto entre políticos como intelectuales –entre ellos muchos historiadores profesionales–, ha adquirido en los últimos años la II República. Es verdad que, como ha escrito Juan Pablo Fusi, «la República fue un gran momento histórico» y que «la coalición republicano-socialista, bajo la dirección de Manuel Azaña, inició un ambicioso programa de reformas de los que, desde su perspectiva, eran los grandes problemas de España», social, religioso, educativo, militar, regional.

Todo eso es verdad; pero también lo es que los planes del Gobierno dividieron profundamente la vida política y social y que dicha división no fue fruto únicamente de la reacción de los sectores que se veían afectados por ellos (católicos, militares, grupos sociales privilegiados). Muchas de las reformas emprendidas estaban mal concebidas o se revistieron de un excesivo sectarismo. Y las reformas laborales de los ministros socialistas (Prieto, Largo Caballero) se encontraron ya desde 1931 con la oposición violenta de los anarcosindicalistas, hasta llegar a sucesos tan controvertidos como los de Casas Viejas que narró, entre otros, Ramón J. Sender.

La II República fue, sin duda, un régimen democrático. Pero su legitimidad democrática mostraba dos importantes déficits: al primero se le puede llamar constitucional, y es que no hay que olvidar que la República fue el fruto de un proceso revolucionario –el movimiento de diciembre de 1930 que promovió la Conjunción Republicano-Socialista, el llamado Pacto de San Sebastián–. Lo de menos es que el intento revolucionario fracasase pero que consiguiera sus objetivos a través del triunfo de las candidaturas republicanas en las elecciones municipales de 12 de abril de 1931. Lo importante es que, como todo movimiento revolucionario, llegaba al poder contra un sector muy notable de la población: el que apoyaba a la Monarquía de la Restauración representada entonces por Alfonso XIII.

La legitimidad democrática del régimen republicano se hizo más dudosa a partir de 1933-1934 cuando, ante el éxito electoral de las derechas republicanas y no republicanas, quienes no habían dudado en recurrir a la violencia para traer la República no dudaron tampoco en volver a ella para no perder el control del país y lograr sus objetivos máximos. Es lo que recientemente ha denominado Víctor Manuel Arbeloa el «quiebro del PSOE», que en 1934 opta por la revolución, socialista-marxista, y es también la rebelión de la Generalitat de Companys, que no se conforma con el Estatuto de Nuria: ambas lesionan seriamente la legitimidad del régimen republicano y abren un periodo convulso que ha vuelto a narrar recientemente Stanley Payne. El origen de nuestra última guerra civil no es simplemente un golpe militar. El Ejército estaba dividido, pero también lo estaban las clases media y las clases trabajadoras después de cinco años de una vida social y política no asentada en consensos amplios entre la población española.

La experiencia republicana, la de la cruel guerra que la siguió –acompañada por un nuevo y profundo experimento revolucionario en la zona gubernamental– y las del también cruel régimen franquista aconsejan no volver a las andadas, no poner en duda la legitimidad de la Constitución de 1978 –indudablemente reformable, pero a través del mismo consenso que la inspiró–, porque, como ha afirmado hace unos días el presidente de la Conferencia Episcopal Española, «sin esta casa común quedaríamos a la intemperie y la convivencia podría volverse insegura». Desde la Francesada hemos estado buscando un régimen integrador para todos los españoles y hemos fracasado demasiadas veces en nuestro empeño. Es lógico que todos aspiremos a un futuro mejor, pero no lo intentemos a costa del mejor instrumento de convivencia pacífica del que nos hemos dotado al menos en dos siglos.

ABC 23/04/16
IGNACIO OLÁBARRI GORTÁZAR, CATEDRÁTICO EMÉRITO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA

domingo, 21 de julio de 2013

ADIÓS, ESPAÑA. LAS MENTIRAS DE LOS NACIONALISTAS INDEPENDENTISTAS.

Adiós, España es una magnífica obra de deslegitimación de los nacionalismos. Aunque sin duda su estudio se centra en el caso vasco, también se ocupa en menor medida de Cataluña y Galicia. 

La tesis central del libro es que España es una nación forjada espontáneamente en la Historia a través de la acción continuada y común de los habitantes de la península ibérica. Según el autor, no hay más nación que la española. Y como tal afirmación debe ser demostrada si no se quiere caer en el error de la ideología, Adiós, España se convierte así en un exhaustivo tratado de Historia de España.

Una Historia de España relatada con el fin de que el lector entienda que la gran entrometida y enemiga de los nacionalismos –así llama Laínz a la Historia– ha conformado a lo largo de los siglos el carácter nacional de los españoles. Y que todo lo que sea reivindicar la existencia de otras naciones dentro de España es un invento sin fundamentos históricos. Porque, recuerda Laínz, el País Vasco y Cataluña, como tales, nunca han sido territorios soberanos. La falsa historia inoculada a los niños en dichas Comunidades gracias a las competencias de educación transferidas ha traído en una generación el odio infundado a España. Sólo el conocimiento de la verdadera historia puede combatir esto, aunque sea de extrema dificultad.

Para ello, explica Laínz que la española es la nación más antigua de Europa, puesto que se conforma como identidad histórica a partir de la Reconquista. La repoblación de los terrenos ganados a los moros se hizo con gente de los primeros reinos cristianos del norte: cántabros, astures y vascos. Así nace Castilla, fruto de la Reconquista y fusión de varios pueblos que lucharon juntos por un objetivo común: reivindicar la pertenencia al Cristianismo de lo que se iba conformando como la nación española. Según Sánchez Albornoz, Castilla es el resultado de la fusión de lo vasco, lo cántabro y lo godo.

Veamos algunos ejemplos bélicos. La de Sucesión fue una guerra dinástica, en la que catalanes y vascos estuvieron en bandos enfrentados. Pero los dos bandos reivindicaban el trono de España, no la independencia de ninguna nación diferente de la española. En la guerra de la Convención contra nuestra siempre aliada Francia, los catalanes y los vascos luchaban por su rey, el rey de España, y se llamaban a sí mismos españoles. La guerra de la Independencia también fue liderada por vascos y catalanes, que contenían la entrada de franceses en la península luchando por España. Y la guerra civil no fue un conflicto entre la nación española y la vasca y catalana. Fue una batalla ideológica, en que tantos catalanes y vascos hubo en un bando como en otro.

En el Museo Naval de San Sebastián se narran las aventuras de muchos vascos que en la época de la España imperial fueron a conquistar América. En ningún momento aparecen las referencias de por quién luchaban estos marineros: por el rey de España. Muchos documentos que Laínz transcribe en el libro nos acercan al sentimiento de pertenencia a la nación española de vascos y catalanes hasta el siglo XIX. Y es que los vascos siempre se han sentido parte de una nación que les ha concedido una gran participación en el poder político, como territorio integrante de Castilla y España. Larga es la lista de ministros, virreyes y generales vascos a lo largo de nuestra historia.

Vayamos por más. El pueblo vasco que Arzalluz reivindica como existente desde tiempos prehistóricos no es más que la fusión de varios pueblos (vascones, várdulos, caristos y autrigones) que con la invasión árabe se unieron al resto de pueblos norteños para reconquistar el territorio español. La expresión Domuit vascones (subyugó a los vascones), tan aducida por los nacionalistas, no existe en ninguna fuente germánica. Por eso, nos parece muy bien que Sabino Arana tenga una calle en Barcelona, como la tienen tantos otros inventores célebres. Arana falseó la historia a partir de su ignorancia, creó una ficción (Euzkadi, etimológicamente bosque de euzkos) que puso en boca de vascos que luchaban por España, e incluso se sacó de la chistera un abecedario. Nos parecerían divertidos sus inventos si a raíz de ellos no hubieran muerto mil personas.

La «esquizofrenia política» se plantea, dice Jesús Lainz, en siete puntos:
  1. La emigración interna de los años cuarenta y sesenta del siglo XX en España, que es interpretada por los nacionalistas fraccionarios, como una maniobra propagandista de Franco contra el país vasco y Cataluña, ya que así se invadía de españoles las tierras vascas y catalanas.
  2. En el «cuartel de la Guardia Civil» en Euskadi que es percibido como «cuartel de ocupación».
  3. Y, sobre todo, en la Historia, en la interpretación de la Historia como arma de legitimación del separatismo. La justificación del derecho de secesión de las autonomías es básicamente una cuestión de Historia. Y tal cosa solamente pasa en España. En Francia, de la existencia de reinos durante más de 1.000 años a nadie se le ocurre hacer plebiscito independentista. Tampoco en Alemania. En 1815 todavía en Italia existían ocho estados. En cambio, la Nación española es la primera en unificarse en 1492. Hace solamente 140 años se unifica Italia, y Alemania sólo hace unos años que logra su segunda reunificación.
  4. En la obsesión de hacer una nación política de toda lengua hablada en España. Es absurdo, dice el autor, que lengua sea igual a Nación. Habría que recordar a Mas, Junqueras y otros, por ejemplo, que en Cataluña hay tres lenguas habladas (el español, el catalán y el aranés en el Valle de Arán).
  5. En la reinterpretación interesada de las guerras carlistas y de sucesión españolas.
  6. En una manipulación de la Guerra Civil por motivos ideológicos y nacionalistas. Así se interpreta la Guerra civil española como una ocupación española o de «Madrid».
  7. Y en el racismo o argumento de la raza. La raza vasca, según Sabino Arana, y otros estudiosos de lo vasco, es muy diferente de la española. En 1991 se publican libros «científicos» sobre el RH negativo de la raza.
En definitiva, y como dice Pascual Tamburri, "Adiós, España" es una Summa contra nacionalistas, estructurada en muchos epígrafes de fácil lectura. Porque demuestra cómo el régimen franquista ha hecho perder la legitimidad del patriotismo español para instaurar otros patriotismos imposibles de naciones que nunca lo han sido, basados en la manipulación interesada de la verdad histórica y en el odio perpetuo y ahistórico a algo que sólo durante cuarenta años existió. Y todo ello sin partidismos y reconociendo que Cataluña y el País Vasco son identidades históricas diferenciadas, pero que sólo pueden ser entendidas y reivindicadas en su totalidad como pertenecientes a España.

Jesús Laínz dice, en una de las 823 páginas de su obra, que a una persona que ha llegado a una postura sin argumentos es muy difícil hacerla cambiar de opinión con la razón. Estamos de acuerdo: el sentimiento es irracional. Por eso, creemos necesario que el autor haga un esfuerzo de síntesis, para poder llegar a un libro de dimensiones más accesibles a la gran mayoría de personas. Nos parece que es posible, porque la segunda mitad del libro está llena de reiteraciones y síntesis de lo dicho anteriormente, que si no entorpecen la lectura por lo menos sí la ralentizan. A pesar de esta crítica, ¡gracias Jesús Laínz por este útil instrumento para comprender nuestra historia!


Adiós, España. Verdad y mentira de los nacionalismos
Ediciones Encuentro
Jesús Laínz
823 págs.

domingo, 16 de diciembre de 2012

CONTRA LA MEMORIA


Rieff es uno de los intelectuales norteamericanos de mejor fuste y de expresión más preclara. Hijo de Susan Sontag, discutido premio Príncipe de Asturias de las Letras, tiene la virtud de parecerse poco a su madre en sectarismo y amargura y, sin embargo, la suerte de haber heredado el gusto por el trabajo y el método de análisis de la desaparecida intelectual norteamericana. 

David Rieff, reportero del New York Times Magazine, ah escrito un libro breve e intenso sobre la pasión por el pasado y su influencia maléfica sobre la historia más nacionalista. 

Rieff presenta un conmovedor alegato contra nuestra pasión por el pasado. Analiza cómo la memoria colectiva sirve a la historia más nacionalista, y en su extremo, cómo la memoria de horrores pasados enciende profundos odios étnicos, violencia y guerras. Las matanzas que Rieff presenció en Bosnia tiñeron de sangre para siempre la idea del recuerdo. Este libro es el resultado de esa experiencia. Al cuestionar esa idea central de muchas sociedades,

Confiesa Rieff que en las colinas de Bosnia aprendió a detestar -y sobre todo a temer- la memoria histórica colectiva. Es enormemente sencillo revisar y reescribir dicha memoria y situarla cerca del mito, antes que hacerlo de la propia historia, deformando y reconstruyendo el pasado de tal manera que pueda enfurecer y alborotar una comunidad a favor de la cultura del agravio y resentimiento. Se trata de crear una proximidad psicológica antes que favorecer precisión histórica. 

Se trata del nacionalismo: una emoción que a lo único que lleva es al amor propio y a no reconocer que las naciones no son eternas, que tuvieron un principio y tendrán su fin, y a constatar que siempre eligen el mito -decía Renan- por encima de la historia.

Es evidente que la historia y la memoria son cosas distintas. Sostiene Rieff que la ingeniería de tradiciones y el modelo de nación como comunidad imaginaria hacen que la memoria colectiva no sea ni lo uno ni lo otro y que como tal, como memoria histórica colectiva, ello conduzca con demasiada frecuencia a la guerra más que a la paz, al rencor más que a la reconciliación y a la resolución de vengarse en lugar de obligarse a la ardua labor del perdón

En la España más actual, la que recorre el agitado siglo XX y la que llega a los albores del XXI, se hace especialmente cierto que la memoria es un arma arrojadiza con la que lesionar los cimientos de los nuevos tiempos. En nombre de la misma se ha cercenado mucho intento de regeneración social y política nacida en el seno de la Transición española. La rememoración no solo se fortalece con las penas, pero sí se sustenta en el sentimiento de victimismo. 

En el franquismo sabíamos que la bazofia que nos suministraban como material de la memoria había que contrastarla con una realidad apabullante. Partíamos de que nada era como nos lo contaban. ¿Y ahora? ¿Alguien osaría decir lo mismo? Queridos, hemos terminado en algo parecido, pero sin el elemento dialéctico. No hay otra verdad que la que te enseñan.

Hay en el luminoso libro de David Rieff dos ideas que desasosiegan. La primera: que los pueblos avanzan cuando tienen más capacidad para olvidar que para recordar. De ser cierto, nos plantea un dilema trascendental. No se trata de hacer ciencia ficción, sino de someter nuestro recuerdo implacable a una sociedad que prefiere rememorar las navidades, no las visitas al cementerio. Detrás de esa efervescencia de la memoria de tanto asesinato en las cunetas del franquismo, detrás de esa legítima búsqueda de los restos de los parientes desaparecidos, hay algo de orgullo generacional y de reproche. Los nietos no están dispuestos a asumir el miedo de sus padres. Y eso les dignifica pero plantea una cruel realidad; la democracia se instauró en 1977. Por tanto, la larga espera de 30 años significa dos generaciones acojonadas. Dos generaciones con la memoria suspendida son mucho para una sociedad.

La otra idea de David Rieff es aún más inquietante. “No hay nada más socialmente incontrolable y, por ende, peligroso políticamente que un pueblo que se tiene a sí mismo por víctima”. Aquí nos encontramos con una paradoja interesante y de una actualidad vibrante. La conciencia de víctima consiente una legitimidad ilimitada para cometer las mayores barbaridades de la historia. El victimario del siglo XX, el menos tratado y el de mayores consecuencias, fue la campaña política que llevo a la victoria del partido nazi en 1933. Los verdugos, en un tiempo récord, se trasmutaron en víctimas de las potencias vecinas y de los poderes financieros que ellos atribuían a los judíos. No les dejaban ser lo que querían porque se lo impedían los tratados, la historia y la confabulación del comunismo y el sionismo. Toda la teoría sobre la Guerra Civil que desarrolló el franquismo estaba basada en el victimario. Los políticos, cuando manejan la historia, amasan goma 2, y cuando explota, aseguran que no era culpa suya.


No sostiene Rieff que lo mejor sea prescribir un alzhéimer moral, ya que estar desprovisto de memoria es estar desprovisto de un mundo y sería absurdo imaginar que la memoria será alguna vez otra cosa que un acto social. Ni siquiera mantiene que no haya que rendir memoria a los propios muertos, ya que sería un empobrecimiento moral y psicológico de proporciones trágicas. Afirma que la conmemoración es un riesgo político, incluso la de aquellos hechos que son ciertos, no simple leyenda barata: al olvidar, en verdad, se comete una injusticia con el pasado, pero ello no implica que al recordar no se cometa una injusticia con el presente, condenándonos a sentir el dolor de nuestras heridas históricas y la amargura de nuestros resentimientos mucho más allá del extremo en el que debimos dejarlos atrás.

Un libro breve pero intenso (Contra la memoria, Editorial Debate, 2012). 


lunes, 23 de enero de 2012

TERROR REPUBLICANO. LA MEMORIA OLVIDADA

Después de tanto jaleo con la Memoria Histórica, conviene recordar alguno de los episodios de la Memoria Olvidada, aquélla relegada por los socialistas comunistas y nacionalistas a un rincón donde nadie pueda acudir a conocer la realidad, o al menos a parte de esa realidad que les gustaría ocultar entre toneladas de tierra.

Publica ABC, sin mucho bombo, una entrevista que merece la pena conservar para el futuro, para mantener la memoria:

Madrid, capital del dolor, 1936... Niños que se desmayan en las colas del pan, un índice de mortalidad infantil doce veces sobre la media europea, muertes de la población civil a los dos o tres meses después de perder cinco kilos al día, ejecuciones extrajudiciales, agencias estatales que actúan como cómplices de las matanzas, gánsteres, Brigadas «Amanecer» y «Al Capone», escuadras de la muerte, paseos, mucho café, delaciones a traición... Afiliarse a un sindicato católico o defender un partido político de derechas constituía una invitación a ser acusado de «fascista». Lo revela el hispanista Julius Ruiz, profesor de Historia de Europa en la Universidad de Edimburgo, en «El terror rojo» (Espasa, 459 páginas), con material inédito, tras diez años de investigación por archivos del Reino Unido y España sobre el periodo republicano, la Guerra Civil y la etapa franquista. Sostiene que «el terror rojo republicano fue un esfuerzo de guerra organizado y pensado para asegurar la victoria republicana, la revolución y crear una nueva sociedad antifascista. Los asesinos mataron para servir la causa de la República».

La red del Frente Popular

Las entidades antifascistas del terror en ese Madrid de 1936 englobaban a todo el Frente Popular, según Julius Ruiz. En ese Madrid, capital del dolor, «pese a las 226 checas alegadas por los franquistas, solamente 37 tribunales revolucionarios dispensaron justiciaextrajudicial en la capital entre 1936 y 1939, y otros 30 centros detuvieron y encarcelaron a sospechosos». Estos 67 «centros» eran de dos tipos: 1) el comité de defensa adscrito al partido político o sindicato local y 2) la brigada policial de la Dirección General de Seguridad (DGS), donde se hacía una purga de «fascistas». Expone Julius Ruiz: «Con representantes de todos los partidos y sindicatos del Frente Popular, pronto se convertiría en el mayor centro de asesinatos y actuó como punto neurálgico de la red del terror, recibiendo y transfiriendo prisioneros para ser ejecutados. La DGS participó conscientemente en las sacas de las prisiones. Emitía órdenes de liberación falsas que dejaban a los reclusos en manos del Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP) para ser matados fuera de la cárcel».
 
Matanzas «made in Spain»

La CNT-FAI, añade el investigador, prestó la mayor contribución a esta red de terror rojo: controlaba 23 de esos 67 centros que «dispensaban justicia»; los comunistas controlaban 13; el PSOE, 9; las Juventudes Socialistas Unificadas, 6, y otros 14 eran entidades conjuntas del Frente Popular como el CPIP. Y observa Julius Ruiz: «Las alas del PSOE de la izquierda caballerista —de Francisco Largo Caballero— y la derecha prietista —de Indalecio Prieto— participaron en el terror. ¿Cómo ejecutaba esta red? Julius Ruiz lo ejemplifica en las masacres de Paracuellos de Jarama: «Los directores de las prisiones transferían reclusos bajo su custodia basándose en falsas órdenes de salida firmadas por el director general de Seguridad. Aunque los asesores soviéticos aprobaron la operación, las matanzas de Paracuellos fueron realizadas made in Spain».

Julius Ruiz argumenta que los fusilamientos de Paracuellos comenzaron dos semanas antes de la llegada de Santiago Carrillo como consejero de los servicios de Orden Público de Madrid «Empezaron el 28 de octubre de 1936 con 31 personas en la Saca de Ventas». Entre las víctimas, el nieto de Ramiro de Maeztu, Ramiro de Maeztu Whitney. «Quienes organizaron las Sacas fueron los dirigentes del Comité de Fomento, con todos los partidos y sindicatos del Frente Popular. Antes de la llegada de Carrillo fueron fusiladas 190 personas en sacas masivas». Asegura el hispanista que «Santiago Carrillo dio todo su apoyo político y logístico a la operación de las Sacas. Y también Miaja. Carrillo incorporó todos los dirigentes del Comité de Fomento en su nueva policía revolucionaria, negó que hubiera Sacas masivas, dijo que los presos estaban a salvo en Madrid, mintió como Miaja, y dio espacio político para los fusilamientos. Carrillo sabía desde el principio que existían las sacas, consintió y las apoyó».

—¿Se asesinó más en el Madrid«rojo» que en el Madrid «azul»?

—La «justicia» de Franco tras la guerra fue mucho más que un simple castigo a los implicados en los «crímenes de sangre». Traté con detalle La Justicia de Franco: la represión en Madrid tras la Guerra Civil,2005 esa despiadada represión franquista. Existen diferencias entre el castigo de «fascistas» en la guerra y la represión de posguerra en Madrid. Unas 3.113 personas fueron ejecutadas en la provincia entre el 28 de marzo de 1939 y el 30 de abril de 1944, y nada de lo publicado después me empujó a revisar la cifra. Es probable que el número de fusilamientos en el Madrid republicano superara en dos a uno al del Madrid franquista. El terror rojo de 1936 se caracterizó por las ejecuciones extrajudiciales, aun cuando hubo agencias estatales que actuaran como cómplices de las matanzas. La represión franquista tras la guerra se basó en un sistema burocrático pseudolegal de justicia militar.

Las autoridades militares, concluye Ruiz, como los tribunales republicanos tras 1936, castigaron de forma «selectiva» a los autores del terror franquista por «sus excesos».