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viernes, 29 de marzo de 2013

EL ZORRO ROJO. LA VIDA DE SANTIAGO CARRILLO.

Antidemócrata, cacique, mentiroso y maquiavélico. Paul Preston desmonta a Santiago Carrillo sin ambages en la biografía "El zorro rojo. La vida de Santiago Carrillo" (Debate). En el libro Preston recupera sus investigaciones sobre la vinculación de Carrillo en la mayor atrocidad cometida en territorio republicano durante la Guerra Civil, en Paracuellos. El hispanista explica que Carrillo era el responsable de Orden Público y que él nombró como director de Seguridad a Segundo Serrano, quien “organizó a diario las sacas”. Por eso no concibe que el líder del Partido Comunista no lo supiera.

Pero más allá de esta tesis sostenida en su anterior libro, "El Holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después", Preston afina sus aceradas críticas en el relato de la destrucción de cualquier disidencia y desobediencia que mantuvo el antiguo secretario general del PCE en su propio partido. Explica el historiador que una de las frases que más repetía Carrillo era la que mejor le define: “En la política, el arrepentimiento no existe. Uno se equivoca o acierta, pero no cabe el arrepentimiento”.

Preston acude a las entrevistas y memorias con las que Carrillo derramó y reinventó su biografía para aclarar que “en ninguno de esos libros se advierte nada parecido al arrepentimiento, y sí abundantes falsedades y confusiones deliberadas”. “Se podría llegar a la conclusión de que, si tuviera la posibilidad de vivir otra vez su vida, lo único que cambiaría sería la crónica de sus actos”, prescribe el historiador inglés nacido en Liverpool hace 67 años.

Ambición desmedida

Para Preston, Carrillo ha sido un hombre “tan pagado de sí mismo” que rechazó cualquier necesidad de contrición, pero no justifica “la constante necesidad de reinventar la historia de su vida”. Es precisamente en el capítulo titulado Una ambición sin límites (1930-1950), en el que narra las múltiples traiciones que lleva a cabo en el partido desde el exilio, empezando por su propio padre Wenceslao Carrillo. Cuando pides ponerte en comunicación conmigo olvidas que yo soy un comunista y tú un hombre que ha traicionado a su clase, que ha vendido a su pueblo. Entre un comunista y un traidor no puede haber relaciones de ningún género”, escribe con indignación en una carta contra su padre por haber secundado el intento de golpe de Estado de Segismundo Casado, el 5 de marzo de 1939 contra el presidente Negrín, y expresada en una “retórica estalinista absurdamente exagerada”, opina Preston.

Como Wenceslao no da crédito y se niega a creer que sea su hijo el autor de la misiva, piensa más en el dictado de La Pasionaria y Jesús Hernández, aunque inspirada por “el señor Stalin”. La carta del padre termina así: “Yo, Señor Stalin, había educado a mi hijo en el amor a la libertad, ustedes me lo han convertido a la esclavitud. Como le sigo queriendo, a pesar de tan monstruosa carta, procuraré, con el ejemplo, que vuelva al lugar del que no debiera haber salido nunca”. Transcurrieron casi veinte años hasta que Carrillo vio de nuevo a su padre.

La nueva publicación de Preston aparece al poco de "Mi testamento político", publicado por Galaxia Gutenberg unos meses después de la muerte del líder comunista, en el que se justificaba y revisaba su evolución personal a partir de las circunstancias que le tocaron vivir. Complaciente consigo mismo, no apunta sus denuncias a los trotskistas, a sus ex compañeros socialistas o incluso a su padre, como señala Preston. El historiador revisa la vida de Carrillo en varias fases, en las que públicamente pasó de ser un agitador revolucionario, líder estalinista y héroe nacional gracias a su contribución al restablecimiento de la democracia.

Un tesoro nacional

Sin embargo, recuerda que sembró su camino de traiciones, además de la mencionada, a “Largo Caballero, Jesús Monzón, Carmen de Pedro, Joan Comorera, Francisco Antón, Fernando Claudín, Jorge Semprún, Javier Pradera y muchos, muchos más”. “Y hubo mentiras: sobre Paracuellos, Val d’Aran, la guerrilla, las diversas variantes de la gran huelga general y su relación con la Unión Soviética”, añade.

Preston acude a los informes de Carrillo a las asambleas sucesivas del Politburó y el Comité Central para mostrar su triunfalismo y falta de visión, en los que declaró que no podía esperarse nada de una monarquía inventada por Franco. “No obstante, a pesar de sus errores, llegado el momento de su muerte, Carrillo se había convertido en un tesoro nacional, ensalzado por destacadas figuras de la derecha”.

Tampoco es indulgente el historiador con la figura del político cuando abandona el partido en 1985, momento en el que Carrillo pasa a ganarse la vida como comentarista en los medios de comunicación y como escritor: “Sus lentas y meditadas aportaciones a programas de radio y televisión potenciaron su imagen de figura nacional reflexiva. Con su voz ronca y fumando un cigarrillo tras otro hasta el último día, su manera de manejarse ante los medios denotaba una honda satisfacción con su carrera”. Preston no tiene ninguna duda, la de Carrillo fue una vida de “fracasos sazonada por un optimismo imperecedero y recordada entre mentiras”.

El zorro rojo es un monumento a la cara menos amable de Santiago Carrillo, en el que Preston se explaya en descubrir el andamiaje de las mentiras con la que el protagonista remodeló su pasado. A pesar de todo, dice el hispanista que lo único que destaca de él es que “desempeñó un papel crucial en la transición a la democracia”, pero que su máxima prioridad fue él mismo y su propio interés. Así traicionó a camaradas y se adueñó de sus ideas. “Su ambición y la rigidez con la que la puso en práctica malbarataron los sacrificios y el heroísmo de las decenas de miles de militantes que sufrieron en la lucha contra Franco”, remata Preston. Si el arrepentimiento no existe, habrá que crearlo a la fuerza.

domingo, 23 de septiembre de 2012

PARACUELLOS, LOS ASESINATOS COMUNISTAS QUE OCULTA LA MEMORIA HISTÓRICA


El 6 de noviembre de 1936, en Madrid no hay nadie con dos dedos de frente que no tenga miedo. Los que tienen tres, sienten pánico. Quienes tienen simpatías por el general Franco temen que en cualquier momento suene una llamada a la puerta de su casa y una patrulla de milicianos les detenga y se los lleve con destino desconocido, una cárcel o una cuneta; quienes están con el gobierno republicano esperan aterrados la llegada de una tropa formada por moros regulares y legionarios que avanza por la carretera de Extremadura y la de La Coruña.

La gran masa de madrileños que no tiene significación política le tiene miedo a cualquier arbitrariedad. Saben de los «besugos», que es como llaman los niños del barrio de Prosperidad, como Mila Ramos, a los cadáveres que se encuentran por las mañanas en los descampados, por sus ojos desorbitados. Y saben de las matanzas que se cuentan que han cometido los que vienen. Se sabe que en Badajoz Juan Yagüe ha fusilado a miles, que en Almendralejo…

Reparto de papeles
El gobierno se ha ido. Francisco Largo Caballero y casi todos sus ministros, en coche. Indalecio Prieto, en avión. El general Miaja está intentando formar, contra reloj, una Junta de Defensa con representantes de todos los partidos y sindicatos que defienden a la República. Mientras organiza la defensa de la ciudad, negocia con los políticos el reparto de los cargos.

Cuando se consigue llegar a un acuerdo, hay cuatro jóvenes de apenas veinte años que ostentan una autoridad desmesurada para su edad. Amor Nuño Pérez y Enrique García Pérez, que pertenecen a la CNT, reciben la responsabilidad de Armamento. Santiago Carrillo Solares y José Cazorla se hacen cargo del área de Orden Público como representantes de las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas) y ambos han entrado hoy mismo en las filas del Partido Comunista de España (PCE), aunque eso aún no se sabe.

Una vez constituida la Junta de Defensa, hay una reunión a la que no acuden más que estos cuatro imberbes. Sobre la mesa, una propuesta de los nuevos comunistas: un acuerdo con los anarquistas para resolver un problema acuciante, el de los presos «fascistas» que pueden ser liberados por las fuerzas de Franco, si llegan a tomar Madrid, y que formarían un gran contingente de oficiales y combatientes que reforzarían a las tropas atacantes.

Sobre el problema hay consenso entre todos los defensores: hay que sacar a los presos de las cárceles y llevarlos a lugar seguro en la retaguardia, en Alcalá o en Chinchilla. Pero los comunistas ven la solución de otra manera. Dos agentes del NKVD, Victor Orlov y el falso periodista Mijail Koltsov, han convencido al máximo dirigente del PCE que ha permanecido en Madrid, Pedro Checa, para que se liquide a los presos más peligrosos en lugar de trasladarlos. La fórmula está calcada de las instrucciones de la policía estalinista para asesinar a prisioneros zaristas durante la guerra civil que siguió a la Revolución. Orlov nombra a una persona de su confianza, Grigulevich, como asesor de Carrillo. Disfraza su nombre con el de Ocampo.

Los comunistas de la JSU, siguiendo las consignas de su partido, proponen a los anarquistas hacerse cargo del asunto, dividiendo a los presos en tres categorías: los peligrosos, que deben ser ejecutados de inmediato «salvando la responsabilidad» de quienes lo hagan; los menos peligrosos, que deben ser conducidos a cárceles en la retaguardia, y los inocentes, que deben ser liberados y utilizados para dar una imagen internacional de humanidad.

¿Cómo hacerlo? Es bastante sencillo: desde esa noche, todo el poder policial está en manos de las JSU. Y las milicias anarquistas son las que controlan los accesos a Madrid a través de las llamadas «milicias de Etapas». El director general de Seguridad, otro joven comunista llamado Segundo Serrano Poncela, tiene las listas de los presos. En sus oficinas se les distribuye por categorías. Y milicianos comunistas se dirigen a las cárceles con los listados en la mano para sacarlos.

No hay tiempo que perder: de madrugada llega a la cárcel de Porlier un convoy formado por coches balillas ocupados por milicianos y varios autobuses verdes de dos pisos propiedad de la compañía de Tranvías de Madrid. Al frente de la comitiva va el policía Andrés Urrésola, con los papeles que llevan el sello de la DGS y la firma de Serrano Poncela, que le autorizan a realizar la saca de presos.

Sin obstáculos burocráticos
No hay obstáculos burocráticos, todo funciona bien. Las puertas de las celdas atestadas suenan con ecos metálicos y un carcelero comienza a leer los nombres de decenas de presos, que se han despertado del inquieto sueño a golpes de cerrojo y gritos destemplados. Uno a uno se van levantando, con la mansedumbre del que está entregado a un destino sobre el que su voluntad no tiene jurisdicción. Muchos ni siquiera saben de qué se les acusa para haber acabado en la prisión; otros tienen más datos, porque han pasado por las chekas y han sido interrogados con violencia. Según van saliendo, los milicianos les atan las manos a la espalda con alambre y les conducen a los autobuses verdes sin dar más explicaciones.

Manuel R. Ferro, que tiene veintiún años, los mismos que los miembros de la cúpula que ha preparado su viaje, sube mansamente al autobús, pero una voz le detiene:

-Manolo, ¿qué haces aquí? -la voz es de un conocido suyo, que va vestido como los demás milicianos y Manolo sabe que es comunista-.

-No lo sé.

-Pues anda, vente conmigo.

A Manuel le saca del autobús su amigo, que le desata y le urge a que se vaya a su casa sin mirar atrás. Está aturdido, porque no entiende nada. Pero la alegría le da alas para volver a su domicilio, en la calle de Serrano a pocos cientos de metros de la cárcel. Los demás, que son muchas decenas, le ven marchar con envidia.

Los autobuses arrancan en dirección a la carretera de Valencia, que está cortada por el enemigo, pero en Torrejón de Ardoz se desvían de la ruta y van hasta los alrededores de Paracuellos de Jarama. Los presos son sacados de los autobuses y colocados en fila. Los milicianos de Vigilancia de la Retaguardia que les han escoltado les van fusilando por tandas. Los que esperan ven caer a sus compañeros y saben por fin adónde les conducían.

Los disparos llaman la atención de un vecino de Paracuellos, Ricardo Aresté, que puede ver cómo se desarrolla la matanza. Dentro de unas horas, tendrá que cavar fosas, con otros muchos vecinos del pueblo, para enterrar a los asesinados. Ese mismo día llegan tres expediciones más con presos de la cárcel Modelo y la de Ventas. Durante un mes, esa actividad macabra no se detendrá.

Salvar la responsabilidad
Culpable de miles de muertes de las que nunca se arrepintió
Un día después, el ocho de noviembre, se reúne el Comité Nacional de la CNT. Amor Nuño presenta un informe detallado de la máquina que se ha puesto en marcha. Nuño informa con claridad a sus compañeros del acuerdo que ha permitido ir matando a cientos de fascistas: lo decidió él con la «cúpula» de las JSU en la Junta de Defensa de Madrid. Esa cúpula la formaban Santiago Carrillo y José Cazorla. Pero no hay constancia en el acuerdo de quién lo cerró. No está la firma ni de Cazorla ni la de Carrillo.

«Ejecución inmediata, salvando la responsabilidad». Fuera quien fuera de los dos, siguió con astucia la segunda parte, la de salvar la responsabilidad. Durante un mes se llevaron a cabo veintitrés sacas más. Un total aproximado de dos mil cuatrocientos hombres fueron asesinados por el mismo procedimiento en Paracuellos y sus alrededores. Las matanzas comenzaron a ser conocidas por el cuerpo diplomático, que intentó pararlas sin mucho éxito. También por el general Miaja. Y, desde luego, por el ministro de Justicia, un expistolero de la FAI llamado Juan García Oliver. La cúpula de las Juventudes Socialistas Unificadas en la Junta de Defensa de Madrid estuvo al corriente durante todo el periodo. Sólo la persistente acción del anarquista Melchor Rodríguez, que fue expulsado de su cargo de director general de Prisiones, consiguió, una vez recuperado el puesto a principios de diciembre, que la matanza planificada se detuviera.



martes, 25 de enero de 2011

LOS ACCIDENTES IMPORTANTES QUE HACEN GANAR ELECCIONES

Un tipo como Ernesto Ekaizer, que sabe mucho sobre el mundo zapateril por su excelente y larga relación con los socialistas, afirma en Público que: 
"A lo sumo, aquellos que conceden la posibilidad teórica de esa recuperación del PSOE la condicionan a dos escenarios: la renuncia de Zapatero a un tercer mandato en favor de un candidato como, por ejemplo, Alfredo Perez Rubalcaba, y a algún accidente, o acontecimiento inesperado de suficiente impacto nacional como para borrar el desencanto de esta segunda legislatura socialista".
Miedo da pensar qué es en lo que Ekaizer estaba pensando cuando escribió ese artículo, y más aún si tenemos en cuenta lo que Ekaizer sabe de este gobierno, de sus actividades en relación con el GAL, de sus relaciones con la Policía Nacional y la Justicia antes y después del 11-M, y de las negociaciones con ETA. Si recordamos el 11-M y el asesinato del socialista Isaías Carrasco días antes de las elecciones de 2008, con la encerrona que los socialistas realizaron a los dirigentes populares en el funeral, no sería extraño que se produjera otro accidente inesperado según parece desprenderse de las letras escritas por el periodista socialista.

Por otra parte, calificar el 11-M como un accidente es algo más que una opinión, es una ofensa a las víctimas y a España de difícil comprensión y aceptación.

Para acabar, el presunto genocida Santiago Carrillo, que lleva media vida dando lecciones de democracia a los españoles, sigue negándose a hablar de las matanzas de Paracuellos realizadas por hombres bajo su mando durante la Guerra Civil, mandando a los periodistas al infierno (audio) si le preguntan por esos asesinatos de inocentes. Y este tipo sigue siendo uno de los ídolos de la izquierda española, un icono que, como el Ché y los Castro, tiene las manos manchadas de sangre, esa que  Ekaizer parece echar de menos para que los socialistas no pierdan las elecciones.