Mostrando entradas con la etiqueta democracia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta democracia. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de julio de 2015

LA ARROGANCIA DEL CONDOTIERO

«La persistencia del pasado es una de esas bendiciones tragicómicas de las que reniega cada nueva era al subir a escena con arrogancia, para pronunciar con afectación su derecho a una novedad completa». La afirmación es del novelista John Galsworthy, que comparaba con pesimismo y nostalgia las condiciones de la Inglaterra de entreguerras y la plenitud del régimen victoriano. Ahora, cuando sufrimos un asalto sin rubor a lo que hicimos para construir la democracia en España, y cuando se trata de arrojar a las tinieblas exteriores el parlamentarismo europeo, nuestra preocupación no es fruto de un sentimiento de turbación emocional e inmovilismo político. Nuestra actitud responde a la defensa de todo aquello que sigue teniendo vigencia frente a las maniobras de demolición que se empeñan en añadir desnudez cultural al despojo de derechos sociales y niveles de vida que esta crisis ha acarreado.

Nuestro sentido de la historia, nuestra confianza en las posibilidades representativas, reformistas e integradoras de nuestra constitución, nada tienen que ver con esa tierra baldía donde se refugian quienes tienen miedo al futuro y prefieren la esterilidad del culto a los recuerdos. Es pura sensatez para encarar el porvenir, es la demanda justa de la seguridad que nos ofrece un régimen que trajo el restablecimiento de la convivencia entre los españoles. Es el sentido común con el que se veneran los aciertos para solucionar los graves problemas políticos que España arrastró durante décadas. Es la racionalidad con la que se manifiesta la plena disposición a reformar lo que haga falta y la esperanza de recuperar el bienestar desmantelado por la crisis.

Esa «persistencia del pasado» no es el temor a la adaptación a los nuevos tiempos, sino el deseo de afrontarlos con las elementales garantías que hemos de disponer en nuestro viaje hacia el mañana. Una voz liberadora, dos mil años atrás, exigió a sus discípulos que lo dejaran todo para seguirle. Y lo que hizo el cristianismo fue precisamente desnudarse de cuanto convertía al hombre en un elemento más de la naturaleza, para alentar las raíces de la civilización en la que nos reconocemos desde entonces. ¿Es eso lo que nos sugieren desde la impertinencia superficial y falsamente valerosa algunos caudillos de nuestro tiempo? ¿No estaremos ante un movimiento milenarista que, aprovechando la desesperación causada por la crisis, banaliza aquellas inmensas palabras de redención para echar abajo un orden moral del que son herederos directos los valores políticos, principios sociales y fundamentos culturales de la democracia occidental?

Porque, por si alguien no se ha enterado todavía, lo que se nos está urgiendo no es que atendamos mejor nuestras obligaciones con los que sufren, ni que aceleremos la rehabilitación de un país sofocado por la crisis, y ni siquiera que mejoremos la musculatura de la decencia cívica, ante las situaciones de indignidad que padecen tantos españoles. Lo que se nos está diciendo es que todo aquello que emprendimos hace cuarenta años, tanto en su resultado como en sus intenciones, es pura morralla, materia de olvido, carne de hoguera. Ni siquiera fue un bien provisional, sino un error que ahora se tiene la oportunidad de rectificar. Y, claro está, la propuesta no se dirige solamente a las condiciones exclusivas de nuestra transición, sino al conjunto de los regímenes políticos europeos moldeados en la esforzada tarea de reconstrucción de la democracia.

Hace unas semanas, el líder de Podemos lanzó a sus competidores más próximos, los dirigentes de Izquierda Unida, una sarta de insultos de los que se apresuró a disculparse, con la boca pequeña. Que nadie se equivoque, creyendo que se trata de un simple episodio de la querella de nuestra izquierda, bregando por obtener la hegemonía en un espacio común. A lo que disparaba Pablo Iglesias es a la línea de flotación estratégica del Partido Comunista de España, pero también al papel desempeñado por Carrillo y sus seguidores en la transición. Lo que quería proclamar es la invalidez original de unas actitudes que correspondían a todas las culturas políticas en las que los europeos se han visto representados desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Ese es el trámite de voladura de una legitimación institucional sobre cuyas cenizas aspira a edificar una nueva forma de entender la sociedad.

Desde la caída del fascismo, el Occidente europeo construyó su sistema político con muchos más materiales y mejores recursos ideológicos que la simple politización de las frustraciones de quienes peor lo estaban pasando, como ahora propone Pablo Iglesias. Europa se construyó sobre la esperanza, no sobre el resentimiento. Europa se construyó sobre el fervor del futuro alimentado en un duro aprendizaje, no sobre el miedo al pasado estéril. Los hombres y mujeres que decidieron fabricar un régimen de bienestar y tolerancia habían aprendido lo que significaban los tambores cercanos del fanatismo totalitario. Y se organizaron en una sociedad plural que, precisamente, deseaba olvidar la farsante unanimidad con que se les sometió a la tiranía. Por ello, la democracia cristiana, el liberalismo y el reformismo obrero –incluyendo un comunismo que en muchos lugares en poco se distinguía de la cultura socialdemócrata– ofrecieron opciones caracterizadas por el vigor de las ideologías, concepciones políticas, distintas y complementarias siempre acompañadas del respeto a las ajenas. La ideología no era un obstáculo, sino la fuerza movilizadora con la que esta nuestra Europa regularizó su convivencia y se enriqueció constantemente en el debate entre las alternativas presentadas al voto de los ciudadanos y a la militancia de los más comprometidos.

¿Son estas páginas de nuestra historia las que debemos arrojar a la crítica implacable de los ratones? ¿Es esta la civilización que hemos de abandonar para seguir, despojados de cualquier atavío tradicional, a quien nos promete un mundo nuevo? Esa llamada de Pablo Iglesias y la fortuna que ahora le sostiene no es hija de la esperanza, como lo fue en 1945 o en 1978. Es un vástago directo de la crisis y de la descomposición de valores que la ha acompañado, bien cocinada en los años de extensa frivolidad cultural que precedieron a estos tiempos de cólera. Una de las mentes más brillantes de la izquierda del siglo XX, Gramsci, escribió en su largo y letal cautiverio unas palabras que podrían aplicarse al líder en cuestión y a su entorno inmediato: «Formulado el principio de que existen dirigidos y dirigentes, gobernantes y gobernados, es innegable que los “partidos” son, hasta ahora, el modo más adecuado para formar a los dirigentes y la capacidad de dirección. Los “partidos” pueden presentarse bajo los nombres más diversos, incluso bajo el de antipartido y de “negación de los partidos”; en realidad, hasta los llamados “individualistas” son hombres de partido; lo único que ocurre es que quisieran ser “jefes de partido” por la gracia de Dios o por la imbecilidad de sus seguidores».

Falta por saber si nuestra sociedad dispone aún del «sentido crítico y la corrosividad irónica», a los que también se refería Gramsci para acabar con las ambiciones de un condotiero y defender los fundamentos de un sistema democrático que, hoy por hoy, es portador del significado de una civilización.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento, en ABC

lunes, 13 de julio de 2015

LA PLAGA DEL POPULISMO EN ESPAÑA

España está infectada de populismo y demagogia. La infección ha alcanzado el nivel de plaga. Como escribió Camus, las plagas son comunes pero es difícil reconocerlas y cogen a las gentes siempre desprevenidas; se dicen que la plaga es irreal, un mal sueño que tiene que pasar; pero son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar porque no han tomado precauciones. Nuestros conciudadanos no son más culpables que otros, sólo olvidan ser modestos: se creen libres y nadie es libre mientras haya plagas. Para argumentar esta tesis y proponer soluciones es preciso diferenciar síntomas, estrategias, causas y consecuencias de la plaga.

Para identificar los síntomas del populismo y de la demagogia que anegan nuestra democracia basta con aclarar qué se entiende por ambos. La demagogia es un instrumento populista y, en este sentido, un índice y un factor de populismo. Consiste en manipular y ganarse a la gente aprovechando su indignación y su miedo, radicalizando y exagerando los motivos de crítica, reclamando el monopolio de sus aspiraciones e intereses -que justifica aunque sean irrealizables tachando de elitistas a quienes los cuestionan-, adulándola y acaparando su representación. Pero la demagogia sólo es una herramienta; el populismo es la esencia de la infección convertida en plaga. Más allá de las diferencias ideológicas tradicionales (afecta a todos los partidos y hay populismo de izquierdas y de derechas), su principio clave es el cuestionamiento y el desprecio de la mayoría de las mediaciones institucionales, que pueden ser violadas si al populista le conviene; por ejemplo, las normas garantes de la propiedad privada, las advertencias de los organismos internacionales, los consejos de las asociaciones empresariales, las resoluciones judiciales, las recomendaciones de las fuerzas de seguridad, la lógica propia de las transacciones económicas o, en suma, la racionalidad y la legalidad vigentes sin más.

Incluso la gran mediación institucional, el lenguaje cotidiano, es violentado por los populistas, con los que suele ser imposible debatir porque prostituyen el sentido tradicional de los conceptos sociales, políticos y económicos, enlodando la opinión pública de retórica vacía, sentimental, radicalizada y efectista. Por no hablar de gestos violentos como los escraches, que demuestran que el populista se salta los procedimientos establecidos porque se siente moralmente superior. En definitiva, el populismo menosprecia los controlables y discutibles principios racionales instrumentales (jurídicos, económicos, históricos, científicos, …) e idealiza los evanescentes e infalsables principios voluntaristas finalistas (ideológicos, políticos, morales, religiosos, …).

Según esta descripción, serían populistas gestos políticos como, por ejemplo, declarar que no se cumplirán las leyes injustas, u oponer a una resolución judicial la voluntad del pueblo, o elevar la mera imputación judicial a criterio de inhabilitación política, o reclamar de los gobiernos más política y menos gestión, o idealizar como más auténticas las manifestaciones populares que la acción ordinaria de los representantes legales, o interpretar con simplificaciones maniqueas los problemas más graves (distinguiendo entre buenos y malos, honestos y corruptos, progresistas y conservadores, pueblo y casta, …) o, en definitiva, menospreciar los datos y los hechos y argumentar escupiendo eslóganes, mitos y tópicos. El populismo es gobernar según el españolísimo lema «esto lo arreglaba yo en cinco minutos».

El populismo critica radicalmente las instituciones, a las que considera coactivas, asfixiantes y no representativas. Frente a ellas, idealiza la supuestamente pura voluntad del pueblo, cuya representatividad reclama en exclusiva y a la que considera directamente realizable sin mediación alguna. La estrategia principal de este afirmacionismo populista es hoy la propaganda realizada a través del medio de comunicación más relativista y relativizador, y que más eficazmente anestesia nuestro sentido crítico: la televisión. Ningún otro medio es tan igualador y en ningún otro es tan fácil anular el principio de realidad, que siempre es frustrante y limitador, un aguafiestas para el populista. En la televisión, en cambio, todo es posible y hasta la realidad más fea o falsa puede mostrarse como bella o certera apariencia. Por ello mismo, la televisión es idónea para construir y expandir la otra gran estrategia populista: el carisma del líder. El liderazgo es indispensable para la homogeneización y hegemonía populista, para abrir la brecha y sembrar el germen del cambio del sentir mayoritario.

¿Cuáles son las causas de la plaga? Las hay teóricas y sociales. Los fundamentos teóricos clásicos del populismo están en el pensamiento de Marx, en concreto en su crítica al Estado de derecho liberal, que consideraba ilegítimo por estar al servicio del capitalismo y enmascarar los conflictos reales. Dicha crítica ha experimentado sucesivas modificaciones alcanzando una versión máximamente moralista en la idealización de mayo del 68, supuestamente un acaecimiento político inmaculado. La línea de reflexión contemporánea más afín y más usada por el populismo es la del marxismo gramsciano elaborado y enriquecido en la teoría de la hegemonía de Laclau. Pero la teoría acompaña y refuerza otros factores.

En el caso de España, la extensión de la plaga debe mucho a un clima de crisis de la representatividad de los partidos políticos en general, y de los gobernantes en particular, debido fundamentalmente a la corrupción de los mismos (tan real como a la vez sobredimensionada por los populistas) y a la crisis económica, y que está siendo aprovechado por líderes populistas y demagogos. Es preciso subrayar que ni las causas son irreales ni todos los mensajes populistas carecen de verdad y de legitimidad. Su carácter infeccioso proviene justamente de mezclar juicios y soluciones ciertos y rigurosos con otros demagógicos y manipuladores.

Por último, las consecuencias de la plaga son imposibles de determinar con precisión. Pero tanto el conocimiento de la historia como el de países recientemente infectados ilustra acerca de los efectos devastadores del triunfo del populismo. Los mismos pueden sintetizarse en el deterioro, sumamente grave por lo que implica, de los principios fundamentales de las democracias liberales occidentales, a saber: pluralidad de la sociedad civil, división y autonomía de los poderes, equilibrio de las cuentas públicas, respeto a la legalidad interna e internacional, etc.

Aun con sus limitaciones, la cultura política liberal que defiendo demuestra su superioridad, entre otras cosas, al admitir que es perfectible y reformable. Su plasticidad y su respeto a la libertad es tan alto que llega incluso a reconocer la legitimidad de la vida política más allá de los cauces establecidos. Lo que, sin embargo, es incompatible con una cultura política liberal es que los valores de la homogeneidad y de la identidad colectiva anulen los de la pluralidad y la libertad. Una sociedad demócrata-liberal no permitirá que el terror moralista e ideológico de los mitos se impongan a la autonomía de la razón.

EL MUNDO Alfonso Galindo es profesor de Filosofía de la Universidad de Murcia y autor de Pensamiento impolítico contemporáneo (Sequitur, 2015)

domingo, 9 de diciembre de 2012

EL ANIVERSARIO DE UNA CONSTITUCIÓN QUE TODOS CRITICAN


Con aires de funeral y caras de preocupación los gobernantes y la cúpula de la clase política española -con la habitual ausencia de los partidos nacionalistas- celebraron en el Senado la fiesta de la Constitución Española. Un acto fallido y otra oportunidad perdida -como la del 200 aniversario de la Constitución de Cádiz- para anunciar un periodo constituyente -que la Constitución de 1978 nunca tuvo- para la reforma imprescindible y urgente de nuestra Carta Magna.

Una reforma en pos de una Democracia plena donde los ciudadanos elijan de manera directa a sus gobernantes y representantes y en la que la soberanía nacional -secuestrada por los aparatos de los partidos políticos- regrese a manos de los españoles, a fin de que exista una verdadera separación de los poderes del Estado y los correspondientes controles de los gobernantes que deben estar sometidos a la Ley para impedir los abusos de poder, el despilfarro y la corrupción. Y también una reforma que ordene el caótico y ruinoso aparato del Estado, empezando por el sistema autonómico que se ha convertido en el trampolín de la corrupción, la ruina y la centrifugación de la unidad de España.

De todo esto y de la exigencia al Gobierno de Rajoy de: políticas que no solo hablen de austeridad sino también el crecimiento; de reformas que no dividan los españoles mas de lo que están, como ocurre con la Educación, Sanidad y Justicia; y de un liderazgo firme y valiente que de la cara a los desafíos de España. De todo esto, y máxime en tan graves circunstancias españolas, debieron hablar los presidentes del Senado y el Congreso de los Diputados, Pío García Escudero y Jesús Posada. Pero fieles a su condición de sumisos representantes del Poder Legislativo, postrados ante el Ejecutivo, los presidentes de ambas Cámaras, convirtieron sus responsos en el funeral de la Constitución -que está en marcha por mas que lo nieguen- en reiteradas letanías plagadas de tópicos y cánticos a la unidad, el consenso y vigencia de la Constitución, siguiendo el dictado de su presidente Rajoy. Un gobernante taciturno, sin liderazgo ni agallas, que nos habla de la vigencia constitucional- lo que es solo un hecho circunstancial- como quien cita un talismán que ha perdido su magia, con el falso argumento de que en los tiempos de crisis económica -como esta que durará muchos años-no se pueden abrir otros debates. Cuando precisamente es la gran reforma constitucional lo que ha de permitir a España salir de la  crisis, que no solo es económica sino además moral, democrática e institucional. Una situación en la que nos han metido esta misma clase política -y muchos de los que la precedieron- y que se muestra incapaz de sacarnos de ella, desde el fallido régimen partitocrático de poder en el que estamos y que ya no da mas de sí.

Eso sí, esta clase política española reunida en un patético retablo en el Senado -¿dónde estaban los líderes nacionales, los grandes tribunos y oradores de España, los pensadores y creadores y los profesionales de prestigio?- se agasajó así misma sin entender lo que ocurre en España y lo que va a pasar. Porque por la boca del cañón español se está cargando una mezcla explosiva que va desde: los millones de parados a los millones de ayudas a la banca; de los indultos a los corruptos y torturadores a la ruina familiar; de los privilegios políticos a los escándalos de la corrupción; del desafío a la unidad de España a la fuga cobarde del Gobierno; de las reformas ideológicas para favorecer a la clase dominante a los desahucios y desprecios a los mas desfavorecidos de la sociedad; etc. Y esa carga y mezcla explosiva es muy peligrosa y lo será mas si, como se vio en este funeral constitucional, alguien pretende tapar con el discurso de “la vigencia constitucional” la boca del cañón, mientras el grueso de la Sociedad se aleja de la clase política y explora otros derroteros. Y si esto sigue así ni la reforma constitucional será la solución, sino el fin del Régimen y del modelo del Estado, en pos de un cambio total y no solo parcial de la situación. No en vano, la mecha está encendida y el cañón acabará por tronar.