miércoles, 23 de diciembre de 2015

QUÉ ES PODEMOS Y QUÉ HARÁ EL PSOE TRAS LAS ELECCIONES?

Palabras sin eco

«Hemos hecho historia», dijo tres veces Pedro Sánchez la noche del domingo. En cierto modo sí. Zapatero había perdido 4,3 millones de votos en la legislatura anterior, en la que puso al sufrido Rubalcaba a comerse el marrón. En ésta, Rajoy ha bajado en 3,6 millones, mientras él sólo ha perdido 1,4. Es un triunfo, si se mira en términos relativos.

Los barandas de los dos grandes partidos se postularon en su primera comparecencia para continuar al frente de lo suyo. A Rajoy le ha salido Aznar, que con exquisitas maneras le ha invitado a organizar un congreso abierto para elegir a la nueva dirección. Pedro Sánchez había anunciado 10 días antes de la cita electoral: «Si el PSOE no gana las elecciones para mí será un fracaso».

¿Y qué consecuencias tiene eso? Ninguna. Palabras que no dejan eco. El zapaterismo ya había ensayado esta hermenéutica durante «el proceso de paz», cuando el ministro del Interior o la propia Ejecutiva calificaban los atentados de ETA como «incompatibles» con el alto el fuego o el proceso de diálogo, sin que la incompatibilidad afectara lo más mínimo al diálogo ni al proceso, que seguían las mismas pautas.

El PSOE gestiona ahora el legado de Zapatero, que es el odio al adversario, la fobia, como elemento definitorio del nosotros. A los aspirantes a militar en el partido se les somete a la misma prueba que a Brian el Frente Popular de Judea en el circo de Jerusalén: «Para entrar en la casa del pueblo hay que odiar de verdad a los romanos». «Yo los odio». «¿Ah, sí? ¿Cuánto?». «Mucho». «Admitido».

Los Monty Python no podían imaginarse algo tan vistoso como Podemos. Su secretario general se había adelantado a Snchz al contarle a Évole que a él sólo le interesaba el triunfo máximo: «A lo mejor no tiene sentido presentarse si no es para ganar». Y nadie podrá discutirle coherencia: sin necesidad de presentarse ya se había sentado en el escaño del presidente, un niño en su visita guiada al Congreso hace 20 días. Después de las elecciones que le dieron un honroso tercer puesto, lo debió de interpretar a lo Maduro, al anunciar: «Voy a iniciar una ronda de conversaciones con los partidos», sin que se descojonaran suyo los mojojones (© Karlos Arguiñano).

El SPD alemán hizo canciller a Merkel para no pactar con Lafontaine. Hollande votó a Sarkozy y viceversa en las regionales para cortar el paso a los antisistema de Le Pen. Pdr está dispuesto a negociar con los antisistema; ya les dio en mayo las grandes alcaldías de España, sin ganar a cambio el más mínimo respeto. Recuerden lo que decía Iglesias del mismo Carmona que hizo alcaldesa a Carmena: «Hace falta ser subnormal». Estas cosas me fueron apartando del socialismo hace tiempo: si no saben defender su dignidad, ¿qué harán con la mía? No parece que los barones y la señora baronesa se lo vayan a poner fácil para auparse en Podemos. Tampoco Iglesias.

Pedro Sánchez no es un macho alfa. Que haya llegado a verse como presidente alternativo en un pacto con PI lo asemeja más al macho de la mantis religiosa en el momento preciso de la cópula nupcial.

SANTIAGO GONZÁLEZ – EL MUNDO – 23/12/15



La estrategia del asalto

Pablo Iglesias se ha despojado del ropaje socialdemócrata como un actor que acaba una función agotado del disfraz.

Se han venido arriba. Con 69 diputados creen haber activado la palanca del cambio de régimen y se han puesto a cantar por Quilapayún, elpueblounidojamásserávencido, y por Paco Ibáñez, himnos civiles de una Transición que se quieren cargar. Apenas acabado el recuento, Pablo Iglesias se despojó del ropaje socialdemócrata como un actor que acaba una función agotado del disfraz.

Cargados de adrenalina política han recuperado en unas horas el lenguaje bolivariano, el del proceso constituyente, la unidad popular y los derechos sociales, que en su semántica populista tienen prioridad sobre las libertades individuales. Ada Colau habla de «revolución democrática», un sintagma chavista, y toda la dirigencia se ha lanzado una escalada retórica que recupera la agresividad rupturista enterrada durante la campaña. Han regresado a su identidad fundacional, al discurso antisistema blanqueado por electoralismo táctico, a la dureza dialéctica que sólo Monedero mantenía desembozada durante el período de maniobras de camuflaje.

Sucede con Podemos que su electorado es refractario a las contradicciones y al ocultamiento, simplemente porque no se engaña. La mayoría de sus votantes tiene claro el objetivo estratégico y tolera con pragmático leninismo cualquier sesgo operativo que conduzca a la meta. Si los reclaman en las urnas van a las urnas; si los llaman a la calle irán a la calle. La moderación programática no es más que un giro oportunista, un paso atrás previo al salto adelante. Ahora toca acelerar y en los ayuntamientos, que han conservado la formalidad institucional durante seis meses, va a empezar el demarraje.

La situación poselectoral, con su paisaje borroso y sus contornos de incertidumbre, es propicia para el activismo de los que no dudan. Forjados en la ideología del asalto y en la técnica de las condiciones objetivas, encuentran en la indecisión de la mayoría el clima preciso para el abordaje. Si algo han mostrado durante la campaña es que disponen de organización, disciplina, resistencia y moral de combate. Dueños de las redes sociales, llevan enorme ventaja en la difusión de mensajes. Hicieron la mejor prospectiva y quizá sean ahora los que sepan hacer el mejor análisis.

Además, tienen la llave. Si la investidura de Rajoy fracasa, como parece probable, Iglesias decidirá sobre la de Sánchez. Puede hacerlo presidente para mantenerlo de rehén hasta que le convenga o ponerle un listón insalvable –la autodeterminación catalana– que provoque nuevos comicios en primavera. Sus elecciones no eran las del domingo, sino las próximas, en las que se presentará, sean cuando sean, como el macho alfa de la izquierda. Bloque contra bloque, pueblo contra casta, revolución contra sistema. Este tiempo indeterminado de transiciones, tanteos e intrigas lo va a aprovechar, si los socialistas no saben impedirlo, para limpiar de obstáculos la palestra.

IGNACIO CAMACHO – ABC – 23/12/15



Podemos como tentación

Coincidir con la formación de Pablo Iglesias, tanto en el Gobierno como en la oposición, es una operación de alto riesgo para cualquiera. El presupuesto de todo buen pacto está en la lealtad, en suscitar confianza.

Hace semanas, quizás meses, que en el debate político se habla constantemente de pactos, de los necesarios pactos entre partidos para formar Gobierno. Pero desde el domingo por la noche ya no se trata de hablar sino de actuar. Pactos, claro, como se vaticinaba, pero ¿con quién? O, mejor dicho, ¿entre quiénes? Lo apuntaba Javier Ayuso el lunes en EL PAÍS: “Es la hora de la aritmética, de sumar y restar (…) además de la aritmética es la hora de las ideologías”.

Pero tampoco sirve, en ocasiones, buscar grandes coherencias ideológicas desde el punto de vista tradicional, el eje derechas e izquierdas, una manera de simplificar nuestro complejo panorama político. Hay otras variables, en especial aquellas ideologías que se basan sobre todo en sentimientos y que nos pueden conducir a enfocar los problemas desde las emociones y no desde la razón, que apelan a los ideales del Romanticismo y no a los de la Ilustración. Cualquier país que se decanta por estos senderos acaba descarrilando.

En materia de pactos políticos es decisivo escoger bien a la contraparte. El presupuesto de todo buen pacto está en la lealtad, en estar convencido que el otro no te va a engañar, en suscitar confianza. Me viene a la memoria un pacto político que desde el principio ya se podía intuir que no funcionaría porque carecía del requisito de la lealtad: el acuerdo del PSC con ERC para designar presidente de la Generalitat a Pasqual Maragall con el objetivo de aprobar un nuevo Estatuto de Cataluña. El acuerdo no podía acabar bien porque fue un error desde sus mismos inicios.

¿Por qué un error? Porque el agua y el aceite no se pueden mezclar. Aparentemente podía parecer que habían llegado a un acuerdo en aprobar un estatuto, pero ello no era cierto porque no lo podía ser: ambos partidos tenían lealtades distintas. Los socialistas catalanes creían que un nuevo estatuto podía apaciguar al nacionalismo catalán y los republicanos pretendían crear un conflicto mediante la aprobación del nuevo Estatuto para acelerar la marcha hacia la independencia. No lo digo a balón pasado, algunos ya lo advertimos entonces públicamente e incluso contribuimos a fundar Ciudadanos por ese motivo. Los socialistas eran leales a lo que ingenuamente pensaban que sería una buena solución, lo que ellos denominaban “profundizar la autonomía”, los republicanos eran leales a la independencia, su ideal confesado. Naturalmente ganaron los segundos, siempre en política los astutos vencen a los ilusos.

A corto plazo, Maragall y después Montilla fueron presidentes de la Generalitat. Aparentemente, el acuerdo era una jugada hábil: habían acabado con el pujolismo e impedido que Artur Mas fuera entonces presidente. A largo plazo ya hemos visto lo que ha sucedido: los independentistas son mayoría en el Parlamento de Cataluña y el PSC roza la irrelevancia. Los errores graves, aquellos que afectan a la orientación política general, antes o después se pagan.

Un partido populista dice lo que le conviene para alcanzar el poder y llevar a cabo su agenda.

Creo que el PSOE puede caer en la misma tentación que el PSC de Maragall. También entonces los socialistas catalanes se justificaban diciendo que ERC era de izquierdas y, por tanto, su aliado natural. Pero los republicanos catalanes son, como Podemos, un partido populista, es decir, un partido cuyo objetivo principal es llegar a gobernar, sea como sea, diciendo una cosa y la contraria, para desde allí ser leales a sus ocultos pero verdaderos objetivos. Esquerra decía que su finalidad para formar Gobierno con el PSC era la reforma estatutaria. No era cierto: la reforma del Estatuto era solo un medio, un instrumento, para crear el clima político necesario que les permitiera alcanzar su auténtico objetivo: la independencia de Cataluña. Conseguido el instrumento se pasó a crear el clima para obtener los objetivos tácticos intermedios: que el catalanismo pasara de autonomista a independentista, hundir al PSC, dividir a CiU, disminuir la fuerza de Convergència y dar vuelos a la CUP para así quedar situada ERC en el centro político independentista. Una excelente estrategia.

Tras las elecciones del domingo pasado, el PSOE corre el riesgo de caer en una tentación similar a la del PSC: un pacto de izquierdas creyendo que Podemos es un partido de esa naturaleza. Grave error. Podemos es un partido populista, dice lo que le conviene para su único fin inmediato: alcanzar el poder y desde allí llevar a cabo su agenda oculta, sus objetivos últimos, el primero de los cuales, por cierto, es sustituir al PSOE como referente de la izquierda española. Podemos, como ERC, es leal a sus objetivos, no a sus aliados.

Recordemos. ¿Qué decía Podemos hace tan solo un año y medio? Sus propuestas eran las propias de un partido antisistema, anticapitalista y antiglobalización: no pagar la deuda pública, salir de la UE y del euro, renta básica generalizada, entre otras muchas propuestas, todas legítimas. Pero ahora estas propuestas han cambiado y explícitamente ha efectuado un llamado “giro al centro” en materia económica y social, y se muestra partidario del derecho de autodeterminación.

Este giro social y económico en tan pocos meses, ideológicamente no justificado, ya no es legítimo, algo esconden ahí. En cuanto al derecho de autodeterminación la razón es evidente: era necesario para formar coaliciones electorales con los nacionalistas de Galicia, Cataluña y Comunidad Valenciana, bajo el compromiso de concederles grupo parlamentario propio en el Congreso. Sin olvidar que Pablo Iglesias se ha negado a condenar la situación de los presos políticos en Venezuela, a cuyo régimen han asesorado los dirigentes de Podemos.

Ante un partido de estas características, cabe preguntarse: ¿qué es Podemos? ¿El de antes? ¿El actual? ¿Los tres Podemos autonómicos? ¿Solo el central? ¿Por qué cuatro grupos en el Congreso? ¿Votarán lo mismo? ¿Votarán distinto? ¿Quizás lo que nos aguarda es un futuro Podemos que todavía no sabemos qué pretende? Demasiadas preguntas, demasiadas incógnitas. Todo muy raro. ¿Digno de confianza? En absoluto. Se trata del partido que no sabemos lo que es, ni lo que piensa, ni hacia dónde va.

Ante este panorama, un partido serio como el PSOE deben desconfiar. Que se acuerden de ERC, de su deslealtad con los socialistas catalanes y con el mismo PSOE, que le pregunten a Zapatero. Coincidir con Podemos, tanto en el Gobierno como en la oposición, es una operación de alto riesgo para cualquiera, especialmente para el PSOE, el partido al que quiere sustituir. Mejor que Pedro Sánchez renuncie a liderar el Gobierno si debe pactar con Podemos, no sea que le suceda lo mismo que a Maragall. Las ventajas a corto plazo son muchas veces la ruina futura. Lo sabe bien Sánchez, que no se deje presionar.

Francesc de Carreras es profesor de Derecho Constitucional.. EL PAIS – 23/12/15

sábado, 19 de diciembre de 2015

UN GOBIERNO PODEMOS + PSOE SERÍA ASÍ. LA QUE NOS ESPERA.

Finales de enero. Por una vez los sondeos han atinado: el PP ha ganado, con casi 130 diputados. Pero Rivera, fiel a lo que ha venido diciendo en campaña, decide abstenerse en la votación de investidura de Rajoy. España repite entonces lo que acaba de ocurrir en Portugal: ganó la derecha y gobernará la izquierda. Las puertas de La Moncloa se abren para una gran coalición «progresista», que nos librará por fin de Rajoy -«el de los recortes, la corrupción y el plasma»- y permitirá llevar a cabo «auténticas políticas de izquierda» y «abrir la segunda Transición». Pedro y Pablo, que en su día ya se asociaron sin problemas en los ayuntamientos, alcanzan rápidamente un acuerdo para formar un Gobierno de coalición PSOE-Podemos.

Se acabó la austeridad. Llega la hora de las «políticas sociales de progreso». Pedro y Pablo suben las pensiones, amplían la cobertura del desempleo, crean una renta de emancipación para los jóvenes, aumentan el salario mínimo, duplican la contratación en hospitales y escuelas públicas, derogan la reforma laboral, retiran el copago de fármacos, reponen las primas para la energía verde y prohíben la presencia de clérigos en los funerales de Estado (salvo si son mahometanos). A cambio, se aumenta el IRPF a las clases medias, se cruje fiscalmente a los más pudientes y se sube el impuesto de sociedades; «caña al capitalismo de amiguetes», como bien dice Pablo. La «segunda Transición» también avanza. Se cambia la Constitución, para que conste por escrito que los catalanes son más altos, más rubios y más guapos que el resto y además recibirán más parné.

¡Mira que era fácil! En dos meses, Pedro y Pablo le han dado la vuelta a España.

A finales de año el déficit público se ha desbocado. La inversión en España ha caído en picado, porque la nueva legislación laboral y la nueva fiscalidad retraen a las empresas. El paro y la prima de riesgo suben. Las cuentas se despendolan. Merkel frunce el ceño. Pedro y Pablo reciben una llamada apremiante de Junker y Donald Tusk: una amenaza en toda regla para que viren de inmediato y retornen a la consolidación fiscal, como ha hecho Tsipras. En cuanto a la nueva España federal, al final los aguinaldos para Cataluña no han servido de nada: los separatistas responden que el tiempo del federalismo ya ha pasado y que a ellos solo les sirve la independencia. La ruptura de España es más plausible que nunca.

La cosa se ha puesto chunga para Pedro y Pablo. Al final era verdad: en el marco de la UE y con un país fuertemente endeudado no había margen para un vuelco alternativo. ¿Qué hacer ahora? Pedro y Pablo se reúnen en La Moncloa con Jordi Sevilla, César Luena, Errejón, Echenique, Carmen Chacón, ministra de Defensa, y Rubalcaba, que también ha vuelto. Tras una productiva tormenta de ideas intensa, Pedro y Pablo comparecen juntos para anunciar solemnemente una decisión histórica: el Gobierno de progreso ha decidido desenterrar a Franco y chapar el Valle de los Caídos. Pablo, tierno como él solo, declama unas citas de Gramsci. Una lágrima emotiva y perlada rueda sobre el lunar de su mejilla. La prima de riesgo sube a 470 y el paro corre en moto. La casta ya es historia.



Luis Ventoso / ABC, 19 de diciembre de 2015

jueves, 17 de diciembre de 2015

INSULTO Y AGRESIÓN, UNA GRADACIÓN

Extraordinario comentario de Santiago González a raíz de la agresión al Presidente Rajoy durante la campaña electoral

Su comentario de hoy en Herrera en COPE

“No debemos olvidar que se trata de un chico de 17 años”, “una bofetada de un menor”, las mismas personas que suavizan la agresión e insisten en la niñería de un tipo a falta de tres meses para los 18, son los que llaman ‘mujeres’ a las jóvenes de 16 años a las que el presidente recorta su derecho a ser madres, por no dejarlas abortar sin permiso de sus padres.

Todos los candidatos se han solidarizado con Rajoy, temerosos quizá de que el puñetazo se traduzca en votos. Sánchez ha condenado la agresión, aunque alguna concejal socialista, de Soutomayor, concretamente, se goza en ello. El asunto es que antes de la agresión física, siempre está la agresión verbal, el insulto, un requisito previo e inevitable. Cuando se deshumaniza al adversario, ya está a punto para que un pobre imbécil proceda: “le hice lo que millones de españoles quisieran hacerle”, diría este cretino parafraseando al líder.

También ha condenado la agresión por lo particular Pablo Iglesias, un aspirante que ha exaltado la violencia en no pocas ocasiones: “El enemigo solo entiende un lenguaje y ese lenguaje es el de la fuerza”, dijo ante una cámara. O esta otra: “Frente a la violencia del Gobierno, uso de la fuerza de los ciudadanos. El escrache es la fuerza del pueblo”. Uno de sus concejales en Madrid, Pablo Soto, escribió: “Yo no puedo aseguraros de que (sic) por torturar y matar a Gallardón se vaya a cambiar toda esta historia, pero por probar no perdemos nada”. Hace exactamente un mes justificaba a su cabeza de lista por Jaén, condenado a tres años y medio por apalear a un concejal socialista en Jódar.

Pablo Iglesias se emocionaba con la paliza dada por unos manifestantes a un policía nacional: “me ha emocionado, porque a pesar de que se la estaban jugando, (…) expresaba una rabia que está creciendo.” Si le emocionaban unos montoneros contra un solo policía, ¿cómo no le va a emocionar un solo agresor contra todo un presidente y su servicio de seguridad? El huevo de la serpiente ha crecido y tiene ya un tamaño regular.

EL MILAGRO DE EMPEL, EL ORIGEN DE LA PATRONA DE INFANTERÍA, INMACULADA CONCEPCIÓN

El milagro que impidió que el Tercio español de Bobadilla fuese cruelmente masacrado

El 7 de diciembre de 1585, en plena época dorada del soldado español en Europa (y parte de las Américas), el Tercio del Maestre de Campo Francisco Arias de Bobadilla se hallaba atrapado en la isla holandesa de Bommel. Eran apenas 4.000 combatientes que, aunque hispanos, poco podían hacer ante la imponente fuerza enemiga que les rodeaba. Hambrientos, vestidos con harapos y tras días de defensa, sabían que era imposible que salieran victoriosos. Solo esperaban a que se produjera el asalto final de los protestantes para vender caras sus vidas. En esas andaba la situación cuando un militar, para asombro de todos, encontró la imagen de una virgen cerca de la iglesia del pueblo de Empel, en el que residían en espera de su destino final. Este signo fue considerado como un milagro. Una señal que les enviaba Dios para que lucharan con ánimo y bravura.

Lo cierto es que algo de divino tuvo la aparición de aquella tablilla pues, al día siguiente, uno de los ríos colindantes se heló por primera vez en siglos. Un «milagro» que obligó a la flota protestante a salir a toda vela de la zona y permitió al Tercio de Bobadilla cargar contra el enemigo. Los combatientes hispanos tuvieron suerte, pues sus enemigos no se esperaban aquello y fueron arrollados bajo decenas de picas, espadas roperas y arcabuces. A pesar de que la situación explicada puede parecer el argumento de una película de ciencia ficción, aquel suceso no solo ocurrió de veras, sino que quedó guardado para siempre en las páginas de la Historia española. De hecho, tan reseñable fue, que la Inmaculada Concepción (cuya imagen fue encontrada en aquella trinchera), fue declarada la patrona de la infantería española desde ese instante y se bautizó el episodio como el «Milagro de Empel».
En la actualidad, 430 años después de que los soldados de los Tercios salvaran sus vidas por gracia de Dios, el Ejército de Tierra español -de la mano de José Conde de Arjona (jefe de la Brigada del Sector Este de la Fuerza Provisional de Naciones Unidas en el Líbano y jefe de la Brigada Acorazada Guadarrama XII)- y la asociación de recreación histórica «Imperial Service» han unido fuerzas para edificar en la base militar de «El Goloso» la iglesia en la que los soldados encontraron la imagen de la Virgen. «La estética final que buscamos no es otra que la que debió tener en ese momento la iglesia. No solo con las ruinas, sino con las trincheras españolas que la circunvalaban», explica José Miguel Alberte, presidente de este grupo, en declaraciones a ABC.

Un Tercio en Bommel
Pero… ¿Qué hacía en 1585 un Tercio español por Bommel? Para responder a esta cuestión hay que retrotraerse hasta el momento en el que Carlos I de España (V para los germanos) dio en herencia a su hijo Felipe II los territorios que, con sangre, sudor, y la muerte de miles de hombres, había atesorado durante años. Entre ellos se incluían los estados que hoy ocupan una buena parte de los Países Bajos. El cambio, según se pensó desde nuestro país, no tendría por qué provocar calentamientos de cabellera. Pero los flamencos no estuvieron de acuerdo. Y es que, considerando que iban a ser gobernados por un monarca extranjero que no sabía de su región más allá de dónde se situaba en un mapa –y aprovechando el auge del protestantismo- comenzaron su propia guerra de independencia contra la familia hispana. El rey (que, aunque nuevo en el trono, no tenía un pelo de botarate) respondió como mejor sabía: llamando a las armas a sus soldados.

 
Felipe, hasta el cetro de protestantes, envió para detener aquella sublevación a Alejandro Farnesio quien –mes arriba, mes abajo- no necesitó mucho tiempo para demostrar que, ya fuera en España o en los Países Bajos, andaba sobrado de narices. Así lo dejó claro, por ejemplo, tras vencer en batallas como la de Glembloux. No obstante, parece que ir bien armado de gónadas no le valió para someter rápidamente a los rebeldes quienes, allá por el segundo tercio del siglo XVI, todavía daban más de un dolor de mollera a los españoles en multitud de regiones. Precisamente una de ellas era Brabante, zona que andaba necesitada de ayuda para sofocar las revueltas y a la que el oficial envió a su subordinado, Carlos de Mansfeld, para poner orden espada mediante. Este, por su parte, partió decidido a repartir bofetadas en nombre de su Católica Majestad junto a tres Tercios.

Entre ellos estaba el de Bobadilla. Un Tercio, por cierto, que contaba con un curioso apodo. «Al Tercio de Francisco de Bobadilla lo llamaban el de los Colmeneros, por ser gente poco curtida que no se atrevía a forrajear, por lo que se conformaban con comer miel de las colmenas y beber agua empantanada», explica el historiador José Rodríguez Hernández en su obra «Breve historia de los Tercios de Flandes». Dejando los sobrenombres a un lado, en el camino a Brabante los hispanos se dieron de bruces con la isla de Bommel, ubicada en el sur de los Países Bajos entre dos ríos (el Mosa, de 1.000 kilómetros, y el Wall) y solo a flote gracias a los diques que soportaban las aguas de estas corrientes. Mansfelt, en vista de que la zona estaba desierta, ordenó a Bobadilla que se posicionara junto a sus hombres y defendiese el lugar. A las pocas horas, más de 4.000 soldados protegían la región y decían adiós a sus aliados, que se marchaban a buen paso a tomar la siguiente ciudad.

Llega el enemigo

La primera parte de las órdenes fue cumplida de forma impecable, pero lo que no sabía Bobadilla es que iba a tener que sudar sangre para obedecer la orden. Más cuando los rebeldes –al mando del Conde de Holac- se dispusieron a pasar por el cuchillo, la piedra, y lo que se terciase, a los hombres de Bobadilla. No es que Bommel fuese de una importancia estratégica vital, pero cortar el cuello a cuatro millares de militares españoles era un acto de propaganda que no tenía precio. «Pareció efta buena ocaffion a Holak, para vegarfe con una memorable rota de la mejor parte del exercito Catholico, Y apreftada una armada de cafi cien vafos, los más de quillas chatas, defde Dordrech por el Moffa fe arrima a Bommel», explica el historiador italiano del S.XVI Famiano Estrada en su obra «Segunda Decada de las Guerras de Flandes: Desde el principio del Govierno de Alexandro Farnese, Tercero Duque de Parma y Placencia».

A finales de noviembre, la armada de Holac se posicionó cerca de la isla de Bommel con miles de combatientes. Una vez en tierra, estos tomaron dos de los tres diques que impedían que la isla se inundase. Sin piedad, los hombres de Holac abrieron ambos con la intención de ahogar a los hombres de Bobadilla, quien apenas tuvo tiempo para ordenar a sus hombres recoger todos los bártulos y, antes de que les llegase el agua al morrión, huyeran por piernas a la parte más alta de Bommel. Justo la zona en la que se ubicaba un pequeño pueblo llamado Empel y que se convertiría en su última defensa. Para colmo de males, los rebeldes cañonearon a los españoles durante varias noches, segando algunas vidas y acabando, de un tajo seco, con su moral. Con el paso de los días, rodeados, hambrientos y sucios, los de Bobadilla abandonaron toda esperanza de sobrevivir y se dispusieron a esperar el asalto enemigo sabiendo que este tenía, además de un mayor número de combatientes al otro lado del río, una flota que macharía cualquier intento de atacar sus posiciones. Pintaban bastos, vaya.

A pesar de lo mala situación, Bobadilla se aprestó a la defensa. «Bobadilla, hombre de ardiente corazón, inflava [los ánimos de los hombres], y no folamente aquellos que eftavan con el en Emple -mas de tres mil efpañoles- fino también a los que havian ocupado los diques […] les animava por medio de menfageros. [Decididos] puef a la defenfa, fortifican las cafas y los templos, y arman con parapetos los márgenes de los diques: fi algunas barcas del enemigo affomavan de cerca, las ahuyentavan con artillería, y ninguna mueftra daban de temor», añade el autor italiano en su escrito. Además de todo ello, el Maestre también ordenó a sus soldados cavar trincheras alrededor de algunos puntos clave para la defensa del lugar. Desde viviendas robustas, hasta una pequeña iglesia medio derruida del pueblo de Empel. La hora de su muerte estaba cercana, pero no se irían al otro mundo sin cortar alguna que otra cabeza.

Un milagro obrado por la Virgen
Fue entonces, en pleno 7 de Diciembre, cuando un soldado que cavaba una posición defensiva se encontró con algo increíble. «El encuentro con la virgen fue absolutamente fortuito y se produjo, históricamente, dentro de los muros de la iglesia. Cuando todos los españoles estaban intentando buscar protección en torno a esas piedras apareció una tabla que, al darle la vuelta, mostró una virgen ricamente pintada», explica, en declaraciones a ABC, José Miguel Alberte, presidente de «Imperial Service». La tablilla, como señala a su vez el historiador italiano (contemporáneo del suceso) era «de la Madre de Dios de la Concepción» y contaba con unos tonos tan vivos como si nunca hubiera estado bajo tierra.

Aquel signo fue tomado como una señal enviada por el mismísimo Dios. Un signo de que debían seguir combatiendo, pues él obraría con ayuda de la virgen un milagro para que salieran victoriosos. El suceso, además, fue utilizado por Bobadilla, sabedor de que sus hombres necesitaban una inyección de moral. «La importancia del hallazgo de la virgen es muy difícil de valorar teniendo en cuenta la situación en la que estaban las tropas españolas. La realidad es que, cuando el soldado español la encontró, y debido a la religiosidad que había en el siglo XVI español, la tomó en sus manos y fue corriendo a su maestre de campo para enseñársela. Bobadilla, como comandante del Tercio español, sabía que tenía casi a 5.000 hombres desesperados, muertos de frío, muertos de hambre y que sabían que, muy probablemente, iba a ser su último día en la Tierra. De manera que tomó la virgen como un elemento para canalizar el ánimo de sus tropas», añade Alberte.
 

Fuera por la causa que fuese, Bobadilla trató aquella tablilla como si se tratase de la misma Madre del Señor en carne y hueso. «Como fi hubiera defcubierto un theforo, acudieron de las tiendas cercanas [los soldados a adorarla]. Maravillandofe de la novedad de la obra, y del colorido tan frefco, como fi entonces acavara de correr por la tabla el pincel. […]. Llevanla pues como en proceffion al templo, y colocanla entre las banderas de las legiones, la adoran pecho por tierra todos; y ruegan a la Madre de los Exercitos, que pues es la que folo podía hacerlo, quiera librar a fus foldados de aquellas affechanzas de elementos y enemigos», destaca el experto. Durante la noche del día 7, fueron muchos los combatientes españoles que le dedicaron una oración a aquella imagen, sabedores de que, si no era por ella, poco tiempo más podrían sobrevivir en aquella isla perdida de la mano de Su Majestad Católica.

El sacerdote del Tercio tampoco despreció la imagen. De hecho, solicitó a todos los combatientes que le rindiesen honores para que les ayudase en aquel momento tan aciago. «El Padre Fray García de Santisteban hizo luego que todos los soldados le dijesen un Salve, y lo continuaban muy de ordinario. […) Este tesoro tan rico que descubrieron debajo de la tierra fue un divino nuncio del bien (que por intercesión de la Virgen María) esperaban en su bendito día […]. Quedaron tan consolados lo sitiados españoles después de haber dicho la Salve […] que no sentían tanto el hambre» completa el soldado y cronista de los Tercios Alonso Vázquez (contemporáneo del milagro) en su obra «Los sucesos de Flandes y Francia del tiempo de Alejandro Farnese».

El sacerdote del Tercio hizo que todos los soldados le «dirigiesen un salve» a la virgen.

La virgen debió escuchar en aquella iglesia las oraciones de los hombres de Bobabilla pues, el día 8 de diciembre, acaeció algo que llevaba sin suceder siglos en aquella región: un viento gélido del nordeste se levantó y, además de hacer crujir los huesos de los combatientes, heló las aguas del río Mosa. Algo que obligó a los buques rebeldes a largarse de allí viento en popa para no quedar encallados mientras decían, entre gruñidos, que sin duda Dios era español. El 9 de ese mismo mes, Bobadilla llamó a sus soldados para dar el golpe definitivo –ya sin buques que los protegiesen- al campamento contrario. Sin embargo, la contienda no se llegó a celebrar, pues estos huyeron despavoridos. Se había ganado una batalla imposible y todo, presuntamente, gracias a un milagro. Por eso, desde ese día se decidió que la Inmaculada Concepción fuese la patrona de la infantería.

Tras el 9 de diciembre, y después del regreso del Tercio de Bobadilla a su hogar, aquella imagen de madera fue adorada por cientos de cristianos. «Y recivido en Flandes, y defpues paflado a Efpaña el exmplo, fue venerada la Madre de Dios en los prefidios por eftas coffradias militares derivadas de la primera de Bommel […]. Y de verdad el cafo mereció, que no oyeffe la pofteridad fin demoftraciones de piadofo agradecimiento para con la Virgen Soberana. Porque quando mas el hambre confumia a los cercados, quando el rigor del invierno les apagava el calor vital, quando las avenidas los anegavan; y finaslmente quando en una univerfal defefperacion de cofas, fola la efperanza en la Madre de Dios no defamparava a los miferos», completa el autor italiano.

Cinco preguntas a José Miguel Alberte
 
¿Cuál es el objetivo de edificar esta iglesia?

El proyecto de la iglesia de Empel nació como parte de una actividad previa realizada hace un año para la Brigada Acorazada de la mano del general Conde. Este evento pretendía rememorar año tras año el milagro de Empel tanto para las tropas de la Brigada Acorazada, como para sus familias. El primer acercamiento fue reconstruir lo que ocurrió en aquel islote de Bommel en la noche del 7 al 8 de diciembre. Un suceso que luego da génesis a todas las tradiciones del Ejército Español.

El proyecto es que la iglesia sea un elemento totalmente visitable para el público en general y, en segundo lugar, que finalmente podamos realizar la actividad de reconstrucción histórica para que podamos explicarle, tanto a los miembros del Ejército como a sus familiares, la historia del milagro.

¿La iglesia se basa en planos orginales?

La iglesia es un elemento fundamental del Milagro de Empel porque le da una ubicación física al propio hecho, pero estaba derruida. No se sabe exactamente que antigüedad tenía. Ni siquiera se conoce el estilo arquitectónico que tenía porque solo quedaban los sillares de piedra inferiores. La parte superior había desaparecido desde hacía muchos siglos.

¿Qué trabajo os queda por hacer?

El trabajo que nos queda por realizar, que es mucho, va a ir en primer lugar encauzado a terminar la nave principal de la iglesia, con las construcciones que existían. Pero, en base a las fuentes históricas, también vamos a crear esas trincheras donde las tropas españoles se protegían y donde, finalmente y mientras cavaban, encontraron la imagen de la Inmaculada.

Estas semanas van a ser de locura. Es imposible calcular las horas de trabajo que nos quedan, pero seguramente no bajarán de las 200 o 300. Además, en los últimos momentos tendremos que hacer un esfuerzo redoblado para proveer a la escenografia de todos los elementos que tenían las tropas españolas a su disposición en el entorno de Empel. De manera que, seguramente, duplicaremos las horas de trabajo.

Los elementos que vamos a incluir ya no son solo las propias trincheras, sino cestones, caballos de Frisia, una pieza de artillería, lonas simulando las carpas que protegían de las nevadas intensas a las tropas españolas. También incluiremos todos los elementos que las unidades españolas llevaban con ellos: carros de vituallas, pucheros, banderas, tambores y un largo etc.

¿Qué significa para «Imperial Service» colaborar en este proyecto?

Para «Imperial Service», el que nos den la oportunidad de crear esta escenografía es muy importante. Es muy importante porque la génesis o la esencia misma del grupo no es otra que la de la divulgación histórica de la historia de nuestra Fuerzas Armadas. Desde nuestro punto de vista, creemos que la manera de que el pueblo español conozca y aprecie nuestras fuerzas Armadas es la de enseñar parte de sus hechos de armas y de su historia. Por ello, para nosotros es totalmente fundamental y emocionante.

¿Es la primera vez que os dedicáis a la construcción?

A nivel de pico y pala es cierto que es la primera vez que nos hemos metido en un proyecto de estas características.

 

EL DESASTRE DE GELVES

El desastre de los Gelves en 1560 fue la mayor derrota en la historia del Imperio español.

En el mes de mayo de 1560, los ejércitos de Felipe II sufrieron una grave derrota en la isla más grande del Norte de África. La campaña terminó con más de 10.000 muertos y 5.000 prisioneros, que fueron trasladados a Estambul. Hasta 1848, una pirámide de huesos y calaveras de los españoles estuvo visible en la isla de Túnez a modo de advertencia

Las victorias tienen muchos padres y las derrotas suelen ser huérfanas, salvo en España. Víctimas de una especie de masoquismo histórico, los españoles han aceptados por válidas las derrotas que, como la Noche Triste, la Armada Invencible o la batalla de Rocroi de 1643, han sido distorsionadas por la historiografía extranjera a su antojo. 

Bajo la excusa de que estuvieron envueltas en la épica o de que fueron causadas por las inclemencias naturales, se ha asumido con complaciencia que la derrota en la Noche Triste fue una huida desastrosa de Hernán Cortés –cuando en realidad fue pródiga en episodios de meditado heroísmo–, que la Armada Invencible marcó el final de la hegemonía en los mares del Imperio español –lo cual supone, sin ir más lejos, obviar el fracaso mayúsculo de la Contraarmada que Inglaterra estrelló contra las costas españolas un año después–, o que en la batalla de Rocroi contra los franceses terminó la supremacía de los tercios españoles –lo cual no ocurrió realmente hasta 1658 con la derrota en las Dunas–. Sin embargo, los españoles han extraviado uno de los mayores y auténticos desastres de la historia del Imperio español: el ocurrido en 1560 en Los Gelves (Túnez).

El Mediterráneo habría de dar pocas alegrías a España en el siglo XVI hasta el Rescate a Malta y la batalla de Lepanto. El victorioso encuentro en el golfo de Lepanto fue una inesperada excepción tras décadas de penurias. Pero de entre todos los desastres, algunos tan dolorosos como la Jornada de Argel de 1541, ninguno fue tan trágico como el desembarco a Los Gelves en 1560. Los Gelves, también conocida como Djerba, es la isla más grande del Norte de África y un escenario clave en los choques entre Occidente y Oriente. Djerba vio sucederse a normandos de Sicilia, aragoneses, españoles y otomanos, enfrentados durante cuatro siglos por 514 kilómetros de terreno.

A principios de la Edad Moderna, el Imperio Otomano ayudó a los corsarios berberiscos a establecer una base permanente en la isla para lanzar desde allí sus ataques. Sin embargo, España no estaba dispuesta a ceder un territorio con tanto valor estratégico sin presentar batalla. Fernando «el Católico» fue el primero en el siglo XVI en retomar la fijación española por la isla. Tras conquistar Orán, Bugía, Trípoli y Argel, la Monarquía hispánica puso sus ojos sobre Djerba en 1510. Al ejército aragonés de Pedro Navarro, cabeza de la campaña, se sumaron 7.000 castellanos al mando de García Álvarez de Toledo –padre del célebreIII Duque de Alba– para iniciar el desembarco terrestre. El calor, la falta de agua y la inexperiencia de García Álvarez de Toledodesembocaron en el grave tropiezo de 1510. Más de 4.000 hombres murieron durante una improvisada marcha por el desierto, entre ellos Álvarez de Toledo. La muerte de su primogénito sacudió de lleno a la Casa de Alba y marcó la infancia de Fernando Álvarez de Toledo, cuyo odio acérrimo al Imperio Otomano tiene su germen entonces.
 

Un desastre causado por la lentitud

Los esfuerzos bélicos permitieron que Los Gelves estuvieran finalmente bajo la soberanía española en distintos periodos, de 1520 a 1540 y de 1551 a 1560. No obstante, el dominio de la isla siempre fue más nominativo que real. El Imperio Otomano controlaba el Mediterráneo con una superioridad insultante y, en 1558, Pialí lo demostró arrasando Menorca a placer. Frente a la amenaza musulmana, Felipe II apeló al Papa Paulo IV y a sus aliados católicos para preparar una expedición combinada en 1560 contra Trípoli, ciudad arrebatada una década atrás por el corsario Dragut a la Orden de San Juan (trasladada ya entonces a la Isla de Malta). La coalición estaba formada por Génova, España (con fuerzas de Nápoles y Sicilia), Florencia, los Estados Pontificios y los Caballeros Hospitalarios. Y aunque las cifras sobre las fuerzas reunidas en las cercanías de Trípoli han sido objeto de muchas exageraciones –posiblemente 15.000 hombres (9.000 españoles)–, sí existe cierto consenso sobre el número de barcos congregados: en torno a 50 galeras y unas 40 embarcaciones menores.

El primer problema surgió cuando los preparativos se alargaron hastasepultar el factor sorpresa. Cuando la operación fue puesta finalmente en marcha, los otomanos prepararon una enorme flota para contragolpear. Sancho de Leyva, encargado de las galeras de Sicilia (emplazadas en la Armada hispánica), escribió a Felipe II quejándose de la tardanza: «Yo no he tardado de decirle al duque de Medinaceli muchas veces que en la brevedad del tiempo consistía el mayor bien de esta empresa y que la dilatación era la mayor dificultad… que no parece que ha habido parte de Italia de donde no se haya traído gente y otras provisiones».

Giovanni Andrea Doria –asistido por su tío, el célebre Andrea Doria, que murió a los 94 años poco después de los preparativos– se encargó de capitanearla flota reunida en Messina. Previa parada en Malta a causa del mal tiempo –donde perdieron a 2.000 hombres por enfermedad–, la flota arribó en la costa de Trípoli a finales de febrero de 1560. Allí, la timidez de Doria, siempre temeroso a tomar riesgos (en la noche anterior a Lepanto fue el único que recomendó evitar el enfrentamiento) causó una desordenada retirada donde primó el sálvese quien pueda.

El grueso de la flota tuvo que refugiarse en Los Gelves, donde desembarcaron sin oposición. Juan de la Cerda, duque de Medinaceli y general de las fuerzas españolas, ordenó que se levantara un fuerte en el norte de la isla. Dicha fortificación debía estar finalizada en el plazo de varios meses, pero Piali Pacha al mando de 86 galeras no estaba por la labor de verlo jamás terminado. Los turcos se presentaron el 11 de mayo y en cuestión de horas hundieron más de la mitad de la flota cristiana. Con el viento en contra pocas galeras pudieron escapar al ataque sorpresa, pero entre las privilegiadas estuvieron las embarcaciones de Giovanni Andrea Doria y el duque de Medinaceli, quienes dejaron a su espalda a 2.000 hombres atrincherados entre los Un cónsul británico ordenó que los restos de la pirámide fueran trasladados a un cementerio católico

Tras tres meses de asedio, la guarnición de Los Gelves se rindió el 31 de julio de 1560 a un ejército de casi 40.000 musulmanes. Durantela resistencia extrema vivida por esos 2.000 hombres, el maestre de campo Álvaro de Sande se alzó como un líder incombustible y encabezó una última salida desesperada días antes de la rendición. Una vez tomados los pozos de agua por los turcos, nada quedaba por hacer más que rendirse. Los 1.000 soldados que aún sobrevivían en julio fueron aniquilados o, en el mejor de los casos, llevados cautivos a Estambul. Los cadáveres de los muertos fueron empleados para levantar una macabra pirámide de huesos y calaveras recubiertas con tierra de la playa. Este dantesco monumento a la muerte estuvo visible hasta 1848, cuando el cónsul británico ordenó que los restos fueran trasladados a un cementerio católico.
 
Felipe II pierde 10.000 de sus mejores hombres

En total, las bajas cristianas sobrepasaron las 30 galeras hundidas, más de 10.000 muertos en el transcurso de toda la operación y 5.000 prisioneros. Entre estos, Piali se llevó a Estambul a los capitanes más destacados: Berenguer de Requesens, Sancho de Leyva, Lope de Figueroa, Sancho Dávila, Rodrigo de Zapata y Álvaro de Sande. No en vano, la mayoría fueron rescatados en poco tiempo, salvo Álvaro de Sande que fue liberado por el sultán solo después de la mediación del Rey Carlos IX de Francia, aliado del Imperio Turco, y del pago de 60.000 escudos de oro.
 
El extremeño Álvaro de Sande recordó el resto de su vida el tormento y el horror vivido en Los Gelves: «Mataron delante de mis ojos al capitán don Jerónimo de Sande, mi sobrino, otros amigos y muchas personas muy queridas». Y no fue el único que quedó aterrado por la demostración turca. El enorme desastre de Los Gelves causó el pánico por toda los puertos de la Cristiandad e incluso España autorizó a desalojar Orán, su plaza más avanzada en África, por considerarla indefendible. Pese a todo, la guerra de los otomanos en Persia impidió que el sultán lanzara al grueso de sus recursos a dar el golpe final a las posesiones hispánicas.

Porque la noche es más oscura justo antes de amanecer, el desastre sirvió para que Felipe II se percatara de la envergadura del problema en el Mediterráneo. El Imperio comenzó una intensa reforma de su flota de galeras que dio por resultado la derrota otomana en Malta en 1565 y, años después, la célebre victoria de Lepanto.

LA IZQUIERDA ESPAÑOLA SIGUE SIN ENTENDER LA DEMOCRACIA

El «usted no es un político decente» forma parte de esta agresión, como resumen de la machacona manera que tiene la izquierda de ir destruyendo a los hombres y mujeres de los que simplemente discrepa

La bofetada a Rajoy no es espontánea ni aislada. Tiene una historia muy concreta, un pasado trabajado muy a conciencia por la corrección política. El relato buenista predica en cada una de sus consignas el odio al PP y a su presidente. La prensa socialdemócrata no se conforma con tratar al Partido Popular como a un adversario, ni siquiera como al enemigo, sino que le niega cualquier legitimidad y le despacha como si fuera una repugnante mancha de la democracia, la más vergonzosa e infame. «Si esto es un hombre», Primo Levi.

Era cuestión de tiempo que alguien acabara agrediendo a Rajoy y tenemos que celebrar que no haya sido más grave. Parece que fue un independentista gallego. ¿Qué más da? La izquierda traza caminos y los aprovecha cualquiera.

El «usted no es un político decente» forma parte de esta agresión, como resumen de la machacona manera que tiene la izquierda de ir destruyendo a los hombres y mujeres de los que simplemente discrepa. Mediante la insidia, la mentira, la difamación y el escarnio; mediante el linchamiento, la deshumanización y el irnos despojando de cualquier dignidad, nos reduce a masa amorfa andante hasta que en el imaginario de su tropa la única duda sobre si nos dispararn es si realmente merecemos que gasten en nosotros una bala.

La agresión que sufrió ayer Rajoy está en la mano que le dio el bofetón pero la violencia que subyace hay que buscarla en las hemerotecas.

Las gafas rotas de Rajoy son la libertad que nos espera si la corrección política toma el control de nuestras vidas y marca el ritmo de nuestra convivencia. Vendrán a por nosotros y no serán un ejército, ni policías ni soldados, ni «secretas» vestidos de paisano. No les hará falta ni acabar de decidir si merecemos el dispendio de una bala.

Será una mano o muchas manos envalentonas por columnistas, humoristas y cantantes; serán indignados, serán independentistas gallegos o catalanes, serán feministas, pacifistas, atermundistas o vegetarianos, porque cualquier discrepante se habrá sentido invitado al manotazo; será una muchedumbre minuciosamente adiestrada, letal, imparable, segura de ser la encarnación de lo justo, de lo decente, de la democracia; serán legión y no les costará eliminarnos porque en su descontrol y en su rabia estarán convencidos -si esto es un hombre- de que delante no tienen a nadie. 

"Si esto es un presidente", Salvador Sostres en ABC

jueves, 23 de julio de 2015

EL DESAFÍO DE UNA CATALUÑA CUTRE

CATALUÑA SAGRADA
GABRIEL ALBIAC. ABC
El tiempo que no pasa, el tiempo siempre anclado de las mitologías, es el heraldo oscuro de un mundo putrefacto. Va siempre revestido de ornamentos solemnes: de patria, lengua, sangre... Pero es una piltrafa que no habita el espíritu. El tiempo congelado de las mitologías condena a Cataluña a un naufragio anacrónico en el alucinado mar de las creencias. Nacionalismo es sólo religión sucedánea. La salvación mundana, que promete el caudillo, es una vieja historia en la Europa del tiempo de entreguerras: sólo inventar el odio a un perverso enemigo de leyenda infantil puede fundir al pueblo en torno al sacro líder, que alumbrará el destino luminoso del país. Que el líder sea un ladrón ya desenmascarado, o bien sea el heredero de todas sus hazañas, da lo mismo: la patria los premiará, en las cumbres en donde alienta el mito, fuera del tiempo, impávido, con una vida de héroe.

Es todo tan ridículo, que da un poco de vergüenza volver a formularlo: no, no hay la menor renovación en la religión laica de cuya exaltación vive el nacionalismo. Ni un solo gesto de Pujol o de su aprendiz Mas, ni una tilde o una coma de quienes cantan su epopeya, se diferencian un átomo de los gestos y palabras que escenificara Riefenstahl o teorizara Rosenberg. Con la específica peculiaridad de que, allá donde el arrebato nacionalista centroeuropeo colocó el asesinato como rito de paso, los de Pujol pusieron el robo. Es una diferencia. Y no hay que menospreciarla. Pero tampoco deberíamos menospreciar al Hitler que cuenta, en 1933, a Hermann Rauschning lo políticamente rentable de su llamamiento a los suyos para que roben en masa: el robo compartido une aún más que la sangre.

El nacionalismo actual nace en Cataluña con Jordi Pujol. De quien el primer –y tan señorial– presidente autónomo, Josep Tarradellas, vaticinaba hasta qué punto haría añorar a Franco. Hoy, tras decenios de poder monolítico y tras haber impuesto como heredero a su hombre de confianza, el jubilado Pujol aparece como el patriarca de un impune clan de estafadores. Modélica familia. Numerosa y unánime. Próspera en los negocios. Y virtuosa en la sutil ingeniería que hace invisible el dinero multiplicado, de paraíso fiscal en alcantarilla financiera.

Todo el mundo sabía eso. Desde siempre. No desde estos doce meses en los que la Justicia ha ido cerrando sus redes en torno a todos los Pujol y Ferrusolas. ¿Por qué, sabiéndolo, nadie en uso del automatismo del Estado quiso cortar aquello? A lo largo de cuatro décadas, el poderío de esa gente fue bastante para imponer terror a los fiscales, jueces, a los mismos gobernantes españoles. ¿Qué poseían para dar tanto miedo? El mito. Aquel que, cuando fue tocado por el escándalo de Banca Catalana, permitió a los Pujol identificar a su Patriarca con la Patria misma. Y hacerlo cosa sagrada. Y dar como evidencia que cualquier exigir cuentas al presidente era escupir al rostro de Cataluña.

Es algo tan idiota que resulta difícil entender que funcionara. Funcionó. Ninguno de nosotros es inocente de ello. Nos dio miedo ser tachados de «españolistas»: insulto supremo. Nos lo sigue dando. No hay un solo país en la Unión Europea en el cual alguien que hubiera violado principios constitucionales como los que Mas viene saltándose no estuviera en la cárcel. Pero nadie en la UE se avergüenza, como nos avergonzamos en España, de ser nosotros mismos. Es nuestra maldición. Y, en este otoño, que cristalizará el tiempo que no pasa, podrá ser nuestra tragedia. Vulgarísima.


EL TOLERANTE
LUIS VENTOSO, ABC
Buscando votos bajo las piedras, Sánchez decidió un día mercadear con su intimidad familiar. Metió en su piso al extravertido alpinista Calleja y sus cámaras, compartiendo velada y cena con su mujer y sus dos hijas. Como parte del «reality», incluso invitó al montañero a dormir en el sofá, reto menor para un aventurero que alardea de más ventiscas en el Himalaya que el Yeti y Juanito Oiarzabal juntos.

Toda vez que Sánchez ha decidido que su intimidad doméstica es de interés público, podría resultarnos politológicamente útil para intentar entender sus esfuerzos por construir el círculo cuadrado. Y es que este prodigio de la estrategia quiere obligar a los sediciosos catalanes a cumplir la ley, pero desde el diálogo, sin decirles que no, a diferencia del inmovilista Mariano, un ultra carpetovetónico, empecinado en la excentricidad de que las normas democráticas nos obligan a todos por igual.

Veamos. Los Sánchez-Fernández, Pedro y Begoña, tienen dos hijas pequeñas. Por lo que se atisbó en la incursión de Calleja, aquel es un hogar típico de una familia española educada y de clase media. Deducimos que imperan unas normas de conducta regladas que obligan a las niñas; lo habitual: a la cama en hora prudente, tele dosificada, comidas saludables, modales mínimos y un tiempo para los deberes. 

Pero hete aquí que un día una de las pequeñas Sánchez Fernández proclama airada que ella es libre, así que abre la despensa y comienza a ponerse tibia de chocolate. Cuando va ya por una tableta, anuncia además que esta noche se va a quedar viendo MasterChef hasta las mil, que se acabó lavarse los piños y que demanda un iPad extraplano para darle al Facebook y un móvil Samsung tamaño zapatilla para guasapear con su pandi. Su hermana suscribe la revuelta y comienza a jugar al tenis en la sala, con riesgo de derribar una placa que acredita el más alto cargo que ha tenido hasta ahora Sánchez: concejal. Las nenas están desbocadas. ¿Qué hace nuestro Sánchez? Suponemos que fiel a su filosofía les advierte que «no voy a permitir ningún desafío a las normas». Pero añade que entiende su protesta y que asume que como han montado un pollo algo debe darles, porque, aunque en casa imperan unas normas, toca revisarlas para satisfacer los deseos súbitos de las insumisas de acostarse a la una, no hacer los deberes, pegarse atracones de comida guarra y vivir enchufadas al móvil. Y es entonces –ay– cuando Begoña se levanta, pone cara de palo, propina a las nenas media suave colleja, les ordena irse a la cama y se acaba el astracán.

Querido Sánchez, por caridad, aterrice:

—- No se puede dialogar sobre nada con quien solo se conforma con la destrucción de tu país.

—- No se puede cambiar la ley democrática española al dictado de los sediciosos.

—Su estéril propuesta federalista es una mueca vacía y desleal, que solo busca diferenciarse electoralmente del PP, pero que hace mucho daño a España en un momento en que se requiere unidad sin matices ante un pulso mayor.

Más lealtad, patriotismo democrático y sentido común. Menos felonía oportunista y menos postureo. Gracias.


PERDIÉNDONOS LA FIESTA
SANTIAGO RONCAGLIOLO, EL PAÍS

Hace un par de meses, me desplacé de Barcelona a Madrid para la presentación del poeta peruano Carlos Germán Belli. Lo hice por admiración pero también por solidaridad, porque pensé que un poeta extranjero y difícil no iba a ser precisamente un éxito de público. Cada asistente era importante. Por suerte, me equivoqué.

Al acto, celebrado en la Casa de América, asistieron cerca de 150 personas. Sobre Belli flota el rumor del premio Cervantes, de modo que había representantes de las instituciones culturales como la Real Academia o el propio Instituto Cervantes. Pero también asistieron otros escritores peruanos y latinoamericanos, que encontraron un punto de encuentro. Y público en general con interés por el Perú o la poesía. Mario Vargas Llosa recitó un texto de Belli. José Manuel Caballero Bonald trazó un mapa de las relaciones entre su poesía y la del homenajeado. Apenas lo conocía personalmente, pero se sentía unido a él por una lengua y una tradición literaria común.

Para mí, fue emocionante. Y a la vez, triste. Porque comprendí que, en Cataluña, una fiesta así sería imposible.

Sí. Este año se organizó en Barcelona un bello homenaje a Gabriel García Márquez. Pero cualquier escritor que no tenga un Nobel, esté muerto, y sobre todo, haya residido en Cataluña, tiene pocas posibilidades. La lengua española no recibe apoyo del Estado, y el mundo cultural tiene la cabeza en su propia historia. Hay una Casa de América catalana que hace lo que puede, pero sus recursos son mínimos. Es muy gráfico que esta Casa ni siquiera tenga un local individual: está en un entresuelo. Y durante años, ni siquiera pudo tener un cartel visible desde la calle (tampoco es muy visible el que tienen ahora, la verdad).

Pero en el acto del poeta Belli descubrí algo mucho más alarmante: los latinoamericanos de mi medio —escritores, editores, periodistas— están abandonando Barcelona. He pasado tiempo creyendo que se marchaban de España por la crisis. Pero ahí me encontré con que muchos de ellos se han trasladado a la capital. En cambio, ya ninguno hace la ruta contraria, la que yo mismo hice, la que antes era normal.

Ninguno de estos amigos y conocidos se ha marchado por ser anticatalán o antinacionalista. Ninguno diría que la política ha tenido algo que ver con su decisión, Simplemente, han encontrado trabajo allá. Pero precisamente eso es la consecuencia de lo que está pasando en la política catalana: hoy, si escribes en español, tu vida está en otra parte.

Cuando comento estas cosas en Cataluña, los más nacionalistas me responden que eso ocurre porque Madrid es la capital: hay más dinero, más movimiento, más todo. Pero ese argumento ignora su propia historia. Para los escritores en lengua española, Barcelona siempre fue mucho más importante que cualquier capital. Como recuerda Xavi Ayén en su monumental Aquellos años del boom, el gran momento de la literatura latinoamericana se forjó en Cataluña. Lejos de Franco y cerca de Francia, esta ciudad se convirtió en la puerta del español hacia Europa. Y cuando yo llegué aquí hace diez años, aún lo era. Los intelectuales que hoy abandonan Barcelona prueban precisamente que antes estaban aquí. Madrid nunca había podido llevárselos. Hoy Barcelona se los regala, renunciando con convicción a su propio lugar de privilegio.

El crítico y editor Andreu Jaume advirtió en estas mismas páginas el 19 de junio que la capitalidad editorial de Barcelona “peligra ahora por una desidia política que ya está empezando a propiciar una diáspora cultural”. Yo añadiría a la desidia, ceguera. Porque esta ruptura responde al conflicto de algunos políticos catalanes con España, pero el español no es la lengua de España: es la lengua de quinientos millones de personas y la segunda más hablada en el mundo. La española ni siquiera es la mayor comunidad de hablantes de ella, tampoco la más importante. Si los hispanos de Estados Unidos fuesen un país, formarían parte del G20. En este gigantesco universo, lleno de energía creativa, Barcelona siempre fue la Nueva York. Hoy está empeñada en convertirse en la Letonia.

Me temo que no se trata de un error, o de un daño colateral, sino de un acto voluntario y deliberado. Como todo nacionalismo, el catalán se basa en el convencimiento de su propia superioridad respecto de quienes lo rodean. El nacionalista catalán cree que los suyos son más eficientes, modernos y cultos que un andaluz o un gallego, y resume todas esas cualidades en el concepto “más europeo”. En general, muchos europeos están convencidos de ser mejores que los demás y ya no reparan en el tufillo xenófobo de considerar su origen como una cualidad. A eso me he acostumbrado. Pero ante gente que se considera más europea que otros europeos ¿Qué podemos esperar los americanos? Todo lo que un nacionalista catalán desprecia de España es lo que nosotros representamos.

Ahora bien, independientemente de cuestiones de sensibilidad: ¿De verdad es viable desdeñar a toda esta gente? ¿A todos esos países? El español es la segunda lengua de Estados Unidos. Es una puerta a Japón y China a través de las relaciones entre los países del Pacífico. El impacto cultural de este fenómeno no se limita a los libros, sino a todos los ámbitos de la comunicación. Un país hispano, México, alberga la segunda feria editorial más grande del mundo en Guadalajara. El español es la segunda lengua en Twitter. La ficción latinoamericana se emite en pantallas de televisión de Croacia, Rusia o Australia ¿Es posible menospreciar a todo el planeta?

La respuesta es no. Lo que sí es posible es que quedarse solo. En la medida en que Cataluña defiende su identidad como diferente de la de todos los demás, pierde referentes para hacerse oír en el mundo. Hay una fiesta allá afuera. Y los que vivimos aquí nos la estamos perdiendo.

Cataluña nunca fue esa provincia encerrada en sí misma que los nacionalistas quieren construir. Si algo ha admirado de ella el mundo hispano es su espíritu cosmopolita y su apertura. Durante décadas, su bilingüismo perfecto ha sido la señal de una sociedad culta, orgullosa de sí misma y dialogante a la vez. La protección del catalán en la educación fue un ejemplo para las lenguas autóctonas americanas, antes de convertirse en todo lo contrario: un esfuerzo por borrar al otro.

La paradoja es desoladora: basados en un elevado concepto de su propio cosmopolitismo, los nacionalistas están construyendo una sociedad más provinciana. Por enormes que sean sus banderas en plazas y estadios. Por fuerte que griten en catalán e inglés. Por muchas embajadas que quieran abrir. Su único proyecto cultural es precipitar a Cataluña orgullosamente hacia la irrelevancia.

Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) es escritor.

miércoles, 22 de julio de 2015

RESPUESTA DEL GOBIERNO ANTE EL INDEPENDENTISMO

La ola de desobediencia a las leyes está llegando en Cataluña a peligrosos límites. La Constitución, sin embargo, tiene previstas respuestas que permiten garantizar los derechos y libertades de los españoles ante una amenaza de secesión

Hace ya varios años que el desprecio al derecho —a la Constitución, leyes y sentencias— se ha instalado cómodamente en la Cataluña oficial. El presidente de la Generalitat, consellers, diputados y dirigentes de partidos nacionalistas, declaran con frecuencia que están dispuestos a saltarse la ley o incumplir una sentencia y aquí no pasa nada. Los editoriales de los periódicos, los columnistas de referencia, las tertulias de radio y televisión, salvo muy contadas excepciones, no prestan especial atención a las constantes vulneraciones del Estado de derecho. Por lo visto, lo consideran como algo normal, habitual, un detalle nimio sin importancia.

Cuando a finales de 2009 un editorial conjunto de los diarios catalanes, encabezados por La Vanguardia y El Periódico, pidieron al Tribunal Constitucional, en nombre de Cataluña, que declarara el nuevo Estatuto conforme a la Constitución por motivos políticos, ya podía preverse que aquellos que dirigen y conforman la opinión pública catalana tenían, o bien escasos conocimientos políticos, o bien un gran menosprecio por la democracia y el derecho. Lo que ha sucedido después no puede sorprender a nadie: al huevo de la serpiente, incubado desde hacía 30 años, comenzaba a rompérsele el cascarón.

Por tanto, que las autoridades catalanas vulneren el derecho ante la complacencia general, ya forma parte de la normalidad catalana, no es noticia. Además, los sectores influyentes de la sociedad —sindicatos, patronal, asociaciones conocidas, empresarios relevantes, mandarines culturales o presidentes del Barça—, o están de acuerdo con quienes incumplen la ley o se mantienen cómodamente callados para no meterse en líos: se quejan en privado pero enmudecen en público, como durante el franquismo, tampoco nada nuevo. Ante el poder, cobardía: ¿es siempre así la condición humana?

Pero esta ola de desobediencia al derecho está llegando a peligrosos límites. La deslealtad se exhibe con desenfado. Oriol Junqueras dijo hace unos días en una entrevista radiofónica que estaban procurando “colarle goles al Estado” y añadió, en referencia al llamado proceso independentista, que la intención era ir esquivando las decisiones del Ejecutivo: “No daré pistas al Gobierno español de lo que decimos en las conversaciones para esquivarlo”. Así es como se trata a los enemigos.

Para remachar el clavo, Francesc Homs, conseller de Presidencia de la Generalitat, abogó por ignorar la legalidad española si choca con el “mandato democrático del pueblo de Cataluña” que se expresará en las próximas elecciones. Tras contraponer la legalidad catalana (sic) a la española, dijo que esta última era la legalidad de “los otros (…), de una arbitrariedad absoluta y de poco respeto a la voluntad democrática”. Supeditarse a ella, concluyó, significaría que Cataluña no sería “nunca libre”. Los nuestros y los otros, los catalanes y los españoles: un lenguaje de ruptura y confrontación, el lenguaje que a diario, constantemente, se ve y escucha en las radios y televisiones catalanas. Así se envenena la atmósfera en Cataluña.

Con este malsano ambiente cívico estamos entrando en campaña electoral. Convergència, Esquerra y las asociaciones que manejan, se ha unido en una extraña lista electoral que, por el momento, en caso de tener mayoría, propone aprobar rápidamente una ley, llamada de transitoriedad, que se aplicaría de forma preferente a lo que denominan legalidad española, quedando ésta como derecho subsidiario, es decir, sólo aplicable en defecto de que no sea contradictorio con la citada ley de transitoriedad que, además, incluiría los instrumentos necesarios para saltarse las “trabas” que pudiera poner el Estado. Con esta delirante fórmula, una especie de golpe posmoderno de Estado, en caso de obtener una mayoría favorable, Cataluña se separaría de España y se declararía independiente.


¿Qué puede y debe hacer el Estado ante tal situación? La respuesta constitucional es clara. Una de las posibilidades es que el Gobierno declare el estado de sitio, previsto en el artículo 116 CE, conforme a su ley reguladora, aprobada en 1981 tras el 23-F, dado que uno de los supuestos es que peligre “la integridad territorial del Estado”. Sin embargo, esta posibilidad hay que desecharla, por el momento, ya que la misma ley prevé que sólo debe declararse el estado de sitio cuando la situación “no pueda resolverse por otros medios”. 

Y, en este caso, la solución a estos otros medios los ofrece el artículo 155 CE que en un redactado muy parecido a la Constitución alemana establece el mecanismo de la llamada “coerción federal”. Este mecanismo es menos grave para la autonomía que el previsto en Constituciones de otros Estados federales en que el Ejecutivo central, en supuestos semejantes, puede disolver los Parlamentos de los länder (Austria), aprobar unas indeterminadas medidas necesarias (Suiza) o destituir a los Gobiernos de las regiones (Italia). En el caso español se trata, simplemente, de que si una comunidad autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución o la ley le imponga, o actuare de forma que atente gravemente contra el interés general de España, el Gobierno, tras cumplir ciertos requisitos formales, pueda adoptar las medidas necesarias para el cumplimiento de dichas obligaciones o la protección del mencionado interés general. Para ello, según la Constitución, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de la comunidad.

Queda claro, por tanto, que no se trata de una suspensión de la autonomía, ni de la disolución de alguno de sus órganos, sino de la modificación de la relación jerárquica de las autoridades autonómicas —legislativas, gubernativas y administrativas— por el hecho de incumplir reiteradamente sus obligaciones. Como ya hemos dicho, ello sólo puede darse en supuestos extraordinarios, cuando los recursos judiciales ordinarios no puedan ser eficaces y, por tanto, las medidas adoptadas deben ser prudentes, aplicadas de acuerdo con los principios de necesidad, proporcionalidad e intervención mínima. Sólo en el caso de que, mediante actos de insurrección o violencia, se opusiera resistencia a estas medidas, podría declararse el estado de sitio.

Ni Junqueras, ni Mas, ni cualquier otra autoridad autonómica, pueden colar goles al Estado, que está bien pertrechado jurídicamente para defenderse, es decir, para garantizar los derechos y libertades de los españoles, que es su único objetivo. Y si determinados partidos quieren separarse de España —y, por consiguiente, de Europa— también hay procedimientos para ello. Sin embargo, como todo en la vida, para alcanzar unos objetivos siempre hay que cumplir ciertos requisitos y, también en la vida sucede lo mismo, éstos nunca pueden estar basados en el engaño, la ocultación, la mentira y la deslealtad.

EL PAÍS 20/07/15 FRANCESC DE CARRERAS