domingo, 6 de noviembre de 2016

LA GRAN CONSPIRACIÓN

Una teoría ampliamente difundida es la denominada Teoría Conspiratoria de la Sociedad. De acuerdo con ella, los fenómenos sociales, económicos y políticos se explican porque individuos o grupos poderosos se conjuran en las sombras para producir determinados resultados favorables a sus intereses. 

Esta visión es tan antigua como la Humanidad y en su formulación moderna supone la secularización de una superstición religiosa. Los viejos dioses del Olimpo han sido sustituidos por siniestras y ocultas fuerzas opresoras cuya perversidad es responsable de todos los males que vivimos. De los Sabios de Sión al Ibex 35, pasando por la conspiración liberal-judeo-masónica, la izquierda y la derecha populistas han utilizado esos eslóganes para deslegitimar las democracias liberales y la economía de mercado. En España, en los últimos tiempos, un político y un partido han recurrido a la corporatocracia, para narrar su fallida intentona de llegar al poder. De acuerdo con el enfoque sugerido por ese feo neologismo, la formación del gobierno y su funcionamiento estaría en manos de personas controladas por las grandes empresas para adoptar decisiones favorables a ellas en detrimento del pueblo. Esos poderes fácticos decidirían la agenda política nacional debajo de una fachada democrática. Ésta sería la explicación de por qué no ha sido posible articular un gabinete progresista en la vieja Piel de Toro y, llevada al extremo, sería la prueba palpable de por qué las izquierdas no han logrado ganar las elecciones y obtener una mayoría en el Parlamento.

Como cualquier religión, las teorías conspiratorias reposan en última instancia sobre la fe. Resultan impermeables a cualquier evidencia en contra y, por tanto, se autolegitiman al margen de cualquier contraste empírico. Siempre es factible excusarse de los fracasos y frustraciones generadas por los actos propios apelando a las malignas intenciones del diablo, empeñado en preservar el infierno e impedirnos llegar al paraíso populista. Por añadidura, este razonamiento resulta atractivo para mucha gente al dar sentido a fenómenos que de otra forma parecerían incomprensibles. A la hora de la verdad, la corporatocracia es un hábil pretexto para practicar la ingeniería social a gran escala.

Si un pequeño grupo de malvados empresarios manipula el Gobierno en su favor esa misma línea argumental concedería a los defensores de los oprimidos, a los populistas de todos los partidos, la posibilidad de dirigir la economía y la sociedad a su antojo. Cuando se cae en las redes del pensamiento conspiratorio, se acepta la premisa fundamental del social-estatismo, a saber, que es posible para los seres humanos controlar los procesos sociales. Al hacer esto se abren los portillos a una intervención estatal de un alcance inconmensurable; se impugna el papel del mercado como un proceso de descubrimiento, de interacción entre millones de individuos que adoptan sus decisiones mediante la información suministrada por los precios sin seguir las instrucciones de un mando central. Sin embargo, la vida social reviste mayor complejidad. No es sólo banco de pruebas de resistencia entre grupos opuestos sino también de cooperación de éstos dentro de un marco más o menos flexible de instituciones y tradiciones que genera reacciones imprevistas y, en ocasiones, imprevisibles. No todas las actuaciones de los seres humanos son voluntarias o queridas y, por eso, la teoría conspiratoria no tiene consistencia lógica; se derrumba. Equivale a sostener algo falso, que todos los resultados son el efecto de la actuación de gente interesada en producirlos. Esta tesis ignora las consecuencias no deseadas de muchos comportamientos individuales y colectivos. Desde un punto de vista práctico, la influencia política de lo que denominamos el Ibex o, en el sentido amplio, los poderes fácticos se conjuga mal con la realidad. España tiene los tipos del Impuesto de Sociedades más elevados de la OCDE; el gravamen máximo del IRPF se sitúa entre los mayores de esa organización; las regulaciones del mercado laboral restringen la libertad empresarial para contratar y despedir; la CNMC impone sanciones multimillonarias a las empresas que supuestamente incurren en prácticas anticompetitivas. Por otra parte, la corporatocracia no ha servido para frenar las medidas liberalizadoras que han abierto a la competencia mercados antes monopolizados por las grandes corporaciones...¿Dónde se percibe su poder? 

La realidad española muestra lo contrario de lo sostenido por los paladines de la corporatocracia, a saber, la presencia de una perversa y nociva influencia de los poderes públicos sobre las empresas, sobre todo, en aquellas que operan en sectores regulados o cuya cuenta de resultados depende en gran medida de lo decidido por los distintos niveles de la Administración; es decir, de las personas que gestionan la cosa pública: los políticos. En extensos sectores de la economía española, el Estado tiene los instrumentos precisos para proporcionar pérdidas o ganancias a las compañías y los ha usado de manera habitual para conseguir sus fines que, obviamente, no coinciden con los de aquellas ni siempre con el interés general. 

Pero no sólo eso, en España se ha asistido de manera constante a claros intentos por parte de los gobiernos de colocar al frente de empresas privadas o de sociedades con mayoría de capital privado a personalidades próximas a ellos. No ha sido el Ibex quien ha puesto o quitado presidentes del Consejo de Ministros o miembros del Gabinete sino que han sido los partidos gobernantes quienes han situado o pretendido situar a sus amigos o gentes de su confianza a la cabeza de las compañías o en sus máximos órganos ejecutivos con independencia de los deseos de sus propietarios, los accionistas; en muchas ocasiones, con una capacidad profesional y gestora de los elegidos inédita. Por tanto, describir el solar hispano como un símbolo de la corporatocracia resulta cómico. 

El recurso a oscuras conjuras, en especial, cuando éstas se atribuyen al gran capital es una táctica cómoda para aquellos a quienes no les gusta asumir la responsabilidad de sus errores de acción u omisión. Es la vieja y manida historia de buscar un enemigo externo o interno, culpable de todos los males, que siempre y en todos los lugares ha sido el cabeza de turco de las ilusiones pérdidas

EL MUNDO LORENZO B. DE QUIRÓS 06/11/2016 

sábado, 22 de octubre de 2016

PABLO IGLESIAS INCITA A UNA RADICALIDAD QUE DESEMBOCA EN VIOLENCIA

El radicalismo de Iglesias empuja a Podemos fuera del sistema

La reacción oportunista y demagógica tras la protesta de varios inmigrantes en el Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) de Aluche, y la justificación del injustificable boicot violento a Felipe González en la Autónoma, son dos muestras de la nueva estrategia que Pablo Iglesias quiere imprimir en Podemos. Decidido a volver a la agitación en las calles y a ganar presencia en el espacio público para intentar contrarrestar el perfil tan bajo que la formación tiene en las instituciones, especialmente en el Parlamento, Iglesias ha impuesto la radicalización del discurso entre los suyos y un incremento de la movilización, como si en vez de un partido con sentido de la responsabilidad Podemos siguiera siendo una suma de círculos y movimientos sociales de todo pelaje. 

En este sentido, resulta especialmente grave que sus dirigentes alienten la convocatoria Rodea el Congreso, promovida por una plataforma radical que pretende boicotear la presumible investidura de Rajoy la próxima semana. Algunos responsables de la formación morada pretenden sumarse a un acto que, antes que nada, es ilegal.

Hemos asistido en los últimos meses a un duro pulso entre Iglesias y Errejón, su número dos, que de momento gana el primero. Resultan antagónicos en su visión sobre cómo «asaltar los cielos». Iglesias es el claro exponente de una concepción de la política radical y maniquea que se muestra tan cómodo en el ámbito asambleario como inflexible y descolocado en el institucional, donde se requiere capacidad para llegar a acuerdos con los adversarios. Errejón, por su parte, ha demostrado mayor flexibilidad y quiere que Podemos transite hacia la política real, imprimiendo un cierto pragmatismo. Ambos representan la dicotomía entre la calle y las instituciones que monopoliza los interminables debates en el seno de la formación. 

El bochornoso espectáculo que están protagonizando pablistas y errejonistas en su batalla campal para hacerse con el control de la formación en Madrid es el mejor ejemplo de hasta qué punto son posiciones irreconciliables.

Hay que decirlo con claridad. Iglesias está actuando con enorme irresponsabilidad, llevando a Podemos a un callejón sin salida, por cuanto su estrategia le resta cada vez más posibilidades de ejercer ningún papel serio en un sistema de partidos. Y ello pagando el precio de decepcionar las ilusiones de una buena parte de los millones de españoles que han confiado en la formación en las anteriores citas electorales, hastiados por una situación de crisis, escándalos de corrupción y anquilosamiento institucional que tanto han minado el crédito de los partidos tradicionales. De hecho, Iglesias aboga en realidad por una huida hacia adelante. Intenta recuperar protagonismo en la algarada callejera y en la movilización de los más desencantados para esconder así un fracaso político evidente. No olvidemos que el 26-J Podemos perdió más de un millón de votos respecto a los obtenidos en diciembre. Fue la candidatura más castigada por unos ciudadanos a los que les bastaron unos meses para rechazar la radicalidad y el frentismo de Iglesias en el Congreso.

Aunque creemos que está abocada al fracaso, esta estrategia de deslizamiento hacia posiciones cada vez más demagógicas, que incluye la justificación de actitudes tan violentas como las de la Autónoma, o el sempiterno empeño en arrojar toda clase de sospechas sobre los cuerpos de Seguridad, a corto plazo sí puede enrarecer el clima social. Ahí está sin ir más lejos la incitación de Iglesias a las organizaciones sociales para fomentar sus protestas y convocar una huelga general si finalmente se desbloquea la situación política y se forma un nuevo Gobierno del PP. Un auténtico despropósito que le afearon los principales sindicatos. Con responsabilidad, UGT y CCOO negaron haber barajado algo así y le dejaron claro a Iglesias que "no se convocan huelgas o paros contra partidos o personas, sino contra políticas concretas". Iglesias repite que no quiere que el suyo sea un partido más. Pero al final la impresión es que realmente no sabe actuar como se espera de una formación que ha sido votada por millones de ciudadanos.

22/10/2016 El Mundo

IGLESIAS CONTRA LA PRENSA

En víspera de participar en el SIE de Huesca en una sesión sobre credibilidad en el periodismo, un buen diálogo con Ramón Besa y David Espinar sobre los usos informativos en las fronteras de la política y el fútbol, alguien me envió un whatsapp:-Tú en Las Torres, y Pablo Iglesias en el Teatro del Barrio pidiendo periodistas militantes. 

Lo de Las Torres merecería otro artículo. En Huesca, localidad de 50.000 habitantes, hay tres restaurantes con estrella Michelin, y sin los delirios del star system. También Bistro Tatau, casi una barra de bar, y Lillas Pastias, paraíso de la trufa, en el edificio modernista del viejo Casino, fachada de un territorio propicio para el arte de cocyna, por el amor a la tradición. Huesca es otra de esas ciudades desconocidas en la calma provincial de la periferia. Pero esto queda para otro artículo. 

Lo de Iglesias contra la prensa era previsible. El número uno de Podemos, tras elevar un poco más la peana de su liderazgo, trata de generar tensión bajo la lógica de la democracia postfactual: la realidad no importa; todo está sometido al discurso estratégico del partido. Así que, obviamente, tampoco interesa el periodismo, puesto que, con sus debilidades, de momento resiste como correa de transmisión con la realidad. De ahí el Elogio del Panfleto entonado por Iglesias. Del mismo modo que Trump miente impúdicamente sobre el desempleo o el sistema electoral para construir su mensaje emocional, a Iglesias le interesa el agit-prop parea agitar a su clientela

Los periodistas, los fact-checkers, son incómodos. Así va esto. 



Podemos defiende las protestas de la Universidad pero sin que se les pueda acusar de defender las protestas de la Universidad. Se escandalizan de que estos hechos sean calificados de violentos aunque sean violentos. Esa es la lógica postfactual: montar el discurso ajenos a la responsabilidad de la verdad. Se financian en Venezuela, pero no se les puede mencionar Venezuela. No importan los CIE, sino el relato que construyen con los CIE. ¿O dónde están las iniciativas parlamentarias de Podemos? Lo suyo son las performances

Politizar el dolor es la estrategia enunciada por él mismo sin despeinarse. Inspirar miedo. En definitiva, las emociones mandan en la democracia postfactual. Y en el discurso populista del sistema secuestrado por las élites, tienen sentido los ataques a la prensa como extensión del poder al servicio del establishment. Eso encaja en la crisis de la mediación, uno de los factores destacados por el politólogo Arias Maldonado en su brillante ensayo Para comprender el populismo. Podemos antepone las redes horizontales de opinión contra las estructuras de conocimiento. Fuera expertos y analistas, viva Twitter. Una vez que la realidad se convierte en material perturbador, hay que evitarla. El populismo es territorio de consignas sentimentales huyendo de la complejidad. De ahí su elogio del planfleto en el Teatro del Barrio reclamando periodistas militantes al servicio de la causa, propagandistas. 

Lejos de asumir la centralidad del periodismo en la cultura democrática, por supuesto con sentido crítico, es más útil la demonización de la prensa integrándola en la desconfianza hacia las élites. Para las almas ávidas de conspiraciones siempre será tentador creer que en la sombra maquinan los poderes del Estado con los Amos de las Rotativas junto el Ibex y lo que haga falta, también la Triple A, la Corona, el sancta sanctorum de la Gran Banca, el Club Bilderberg, el Real Madrid y Doña Manolita. Así ya han llegado a sumar cinco millones de votos, y por qué no más.

TEODORO LEÓN GROSS 22/10/2016 El Mundo

sábado, 15 de octubre de 2016

EL EXPOLIO DE LA CULTURA EN ESPAÑA

La crisis integral que vive España ha tenido una sola y amarga ventaja: la de exteriorizar la corrupción cultural oculta bajo la piel de una bonanza económica despreocupada de la justicia, y silenciada por el arrullo de una apatía cívica que se confundía con la moderación. Esta nación ha sido despertada de su indolencia y ha contemplado su propia desnudez moral en el espejo del fracaso de su modo de vivir. Mucho me temo que el baño de realidad que estamos sufriendo no podrá convertirse fácilmente en una duradera y profunda recuperación de la lucidez. En el camino de ese despojo de valores, de ese adelgazamiento de creencias y de esa alergia al rigor intelectual por los que ha transitado España en el cruce de dos siglos, han quedado demasiados recursos de nuestra civilización, que ahora nos serían necesarios para recuperar el temple con que abordar unos tiempos decisivos.

el-expolio-de-la-cultura-en-espanaNo hay debate político en el que no se nos recuerden los derechos sociales perdidos por los españoles que amenazan la libertad real de la ciudadanía. Ninguna persona con sentido común podrá sentirse a gusto en una sociedad cuyo futuro se mira como intimidación individual y no como esperanza colectiva. Nadie digno de considerarse patriota aceptará que España continúe asomándose a la historia con miedo y resignación en vez de esgrimir el esfuerzo y la confianza con que las naciones construyen su propio destino. La crisis ha avanzado sobre pérdidas materiales inmensas. Pero ha crecido, sobre todo, en la inseguridad, en el temor a nuestra propia insignificancia, en la metamorfosis del miedo en una manera indigna de existir.

Si nuestros parlamentarios se arrojan unos a otros la responsabilidad de la pérdida de bienestar y de las garantías sociales, un inquietante consenso se establece para silenciar la privación del primer derecho de una nación, el tener conciencia de sí misma. Porque durante décadas los españoles han sido despojados de su consistencia cultural, de su densidad como nación civilizada, de sus saberes que definían nuestro carácter y afirmaban nuestra personalidad. En los mismos años en que crecía la especulación, se engordaba el consumo y se compartía una impresión farsante de felicidad, los españoles se han convertido en unos ignorantes.

España ha destruido un sistema educativo que, desde el inicio de la sociedad moderna, ha sido un método de promoción personal y recompensa del mérito, pero también una forma de sostener en pie lo que una civilización sabe de sí misma. La calidad de la enseñanza ha naufragado en la sumisión a métodos experimentales de ineficacia probada, en la defensa corporativa de mezquinos intereses de profesores, en la atención a las más desatinadas demandas de padres y de alumnos, e incluso en la ridiculización del esfuerzo, la autoridad y el magisterio en las aulas.

Curiosamente, las encolerizadas discusiones sobre la formación de gobierno han dejado al margen toda reflexión acerca de esta pérdida monumental. Aquí hay una ley del silencio inexpugnable, porque afecta a una complicidad que a todos atañe: a quienes confunden el liberalismo con la contabilidad y a quienes creen que la socialdemocracia afirma el desprecio del mérito individual. Unos y otros han gobernado España desde el inicio de la Transición. A unos y a otros hay que pedir cuentas por la devastación cultural provocada por las reformas educativas de los últimos treinta años.

Esto es lo que no se discute en los incansables debates de investidura y sus aledaños, lo que se mantiene estancado en la conciencia de los españoles. En esta nación que quiere dotarse de leyes de memoria histórica y recuperación urgente del pasado, izquierdas y derechas han permitido que se desmantele un patrimonio que ni siquiera es nuestro, sino que pertenece a algo que está muy por encima de nuestra voluntad personal, de gobierno y hasta de generación. Como si nada supiéramos del expolio de nuestra historia, de la obra magnífica de nuestra civilización, nos permitimos despejar las humanidades a un arcén despreciable adonde van a parar recursos escasos, alumnos poco motivados y profesores a los que se desmoraliza con sistemas de evaluación, pensados para las ciencias experimentales.

Claro está que las responsabilidades de la izquierda y la derecha deben atribuirse con justicia. Cada vez que la derecha ha tratado de introducir medidas de exigencia, de premio al esfuerzo, de defensa de la autoridad en el aula, la izquierda ha levantado las desvencijadas banderas de lo que ella falsifica como igualdad, dando la espalda a su propia tradición de meritocracia. Ya me gustaría ver la cara con la que los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza o los creadores de los Ateneos libertarios examinarían las pintorescas reivindicaciones de los sindicatos de estudiantes. Ya me gustaría imaginar la severidad con la que los intelectuales republicanos empeñados en fundar bibliotecas municipales y llevar el teatro clásico a todos los rincones de España juzgarían la resistencia de esos cabecillas juveniles a las evaluaciones rigurosas de los conocimientos adquiridos.

Nada debería asombrarnos al llegar a este punto de desertización cultural de España. Con desesperada sensatez, profesores de bachillerato y universidad han venido clamando contra el verdadero fracaso escolar de nuestro país, que es la pérdida del más elemental sentido de la orientación en nuestro sistema educativo. No es que no se sepa distinguir entre ciencia y cultura, habilidades instrumentales y saber humanístico, conocimiento técnico y formación. Es mucho peor que eso. Se distingue perfectamente entre ambos campos, pero se elige desterrar un conjunto de saberes sin los que una civilización deja de serlo y amputa a sus hombres en sus oportunidades de realización.

Ni siquiera podemos consolarnos pensando que esto era inevitable como fruto de una reprobable marcha de los tiempos. Por el contrario, ha sido el producto de decisiones tomadas en beneficio de todos, menos en el de una cultura de la que nuestros jóvenes han sido privados de manera feroz. Se ha actuado así porque se deseaba satisfacer ansiosas reivindicaciones sindicales que exigían la revocación del control de los conocimientos del profesorado y se buscaba establecer métodos de promoción universitaria en los que la gestión se valoraba más que la investigación y la docencia. Porque lo que se reclamaba era renunciar a criterios rigurosos de selección, imposición de reválidas y la continuada evaluación de quienes tienen derecho a que su esfuerzo sea considerado un factor de distinción.

Quizás disponemos ya de una sociedad que puede medirse en investigación científica con los países desarrollados, y que solo precisa de recursos económicos mayores para mantener sus resultados. Pero, junto a esta indudable mejora, nos resentimos gravemente en todas aquellas cuestiones que nos hacen responsables de unos valores, poseedores de una tradición, portadores de unos conocimientos en proceso de disolución. Todo ese saber no nos hace solamente personas más cultas. Nos hace personas más libres, más capaces de trascender una existencia rutinaria, más cerca de la plena realización del espíritu, más cerca de la felicidad.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento, 01/Oct/2016, ABC

SOBRE LA FIESTA NACIONAL, NADA DE GENOCIDIO

Nada de genocidio: ¿acaso odiamos a los romanos por habernos invadido?

El decubrimiento de América llevó consigo momentos pudieron ser duros para nuestros abuelos históricos, pero a la postre nos han dejado una historia común

"El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso" –Eduardo Galeano

No fue ni el tsunami de Java, ni la idílica gran ola de Kanagawa pintada a tinta por Hokusai. Ocurrió que un marino intentó buscar un camino más corto hacia Catay y Cipango, y encontró un continente descomunal como quien no quiere la cosa. Lo que iba a ser un intercambio mercantil sosegado y tranquilo, acabó convirtiéndose en una invasión no contemplada y en toda regla.

Hasta aquí, no había más nubes que las que cabalgaban sobre los vientos alisios.

La 'res nullius' en el derecho romano era aquella ley que venía a determinar que la "cosa" era de nadie. Los marinos iban y venían por el mar, jugaban al escondite (sobre todo el inglés), trapicheaban, mercadeaban, asaltaban a los incautos, la mar les jugaba malas pasadas, a veces la circulación era pacífica y otras un lío.

​Negocios jugosos
¿Pero qué ocurría cuando ojo avizor se encontraban con un pedazo de tierra? Que a priori, no sabían si era una isla o un continente.

Eso fue lo que pasó cuando Cristóbal Colón se dio de bruces contra la muralla americana que interfería entre la belicosa Europa y los mercados emergentes del sudeste asiático. India vivía en su eterna mística colmada de la sabiduría de los pobres, y a Japón le faltaba un siglo para abordar el período Edo, quizás, el que mayor grandeza le haya dado.

Los chinos ya habían explorado puntualmente la costa oeste de Ámerica unos años antes y habían aterrizado en varios puntos dejando huellas muy claras sobre su cultura y habilidades. Hay claros rasgos de trazabilidad adeneíca, mas allá de vínculos antropológicos, factorías (en la costa peruana) y fábricas de porcelana (en México). El almirante Zheng He, el famoso eunuco al servicio del tercer Ming, había hecho algunas incursiones sin mayores consecuencias que pequeñas escaramuzas, pues no era su propósito conquistar nada, sino funcionar mercantilmente a la "portuguesa", activando pequeños emporios comerciales que desaparecieron prontamente, e intercambiando espejitos con las poblaciones locales por valores con más proyección. Hasta ahí, en buena medida la situación estaba bajo control.

¿Pero que pasó cuando los españoles tocaron tierra con la idea de que iban a hacer jugosos negocios con mercaderes de largas túnicas y de ojos rasgadosn?Pues que se lió parda.


Cuando llegaron a Guanahani (San Salvador) en el primer viaje de Colón, les fueron a saludar unos señores muy cabreados, con una dentadura limada milimétricamente y unos colmillos que ni un cocodrilo del Nilo. Eran unos caníbales trabucaires que se comían a todo quisque sin poner la mesa y sin esperar formalmente el aperitivo; vamos, unos crápulas.

Entonces, ocurrió lo que en buena ley tenia que ocurrir: que se lió una tangana importante.

Los caníbales de marras, que tenían hambre atrasada, fueron desbordados por unos habilidosos soldados que habían hecho la carrera de armas en la guerra total que los tercios llevaban a cabo en aquella época en defensa de los intereses del rey en Nápoles. Total, que los alegres antropófagos, que se las prometían felices, fueron devorados en un santiamén por los experimentados españoles, mas avezados en las lides de matar o morir, y lo que en principio parecía que iba a ser una entente cordial, acabó como el rosario de la aurora; fatal no, lo siguiente.

Cuando Colón volvió en su segundo viaje fue a visitar a los 39 colegas y un can que habían estado custodiando el fuerte llamado de Navidad, y lo que se encontró fue un osario. Los caribes, que así se llamaban los indios comilones, se habían dado un banquete pantagruélico. El chucho, como no tenía mucha chicha, fue indultado. Bueno, las cosas de la vida son así, o comes o te comen.

Cuando la pasión y la afrenta entraron en vena, los rencores entre los locales y los"invasores" no tenían marcha atrás y fueron a mayores. Bien es cierto que el descubrimiento se produjo por accidente y que la lista de agravios que denostan la Marca España pueden estar fundamentados en la certeza de hechos verídicos. Honestamente, no vamos a mirar para otro lado.

Cuando Hernán Cortés y sus huestes se adentraron en territorio mexicano, el follón que había montado entre los totonacas, los txalcaltecas, los chichimecas y los propios aztecas era de tal magnitud que el estratega español tuvo que poner un poco de orden ante tanto desaguisado. Cuando los aztecas se dieron cuenta de quién era el enemigo de verdad, ya era tarde; la guerra se había recrudecido hasta límites insoportables y no había malos ni buenos, sino que el quid estribaba en cómo dirimir la supervivencia. ¿Genocidio...?

Los mexicanos de hoy son gente afable, generosa, divertida y hospitalaria; puedes hablar con ellos de cualquier cosa mientras no mentes a La Malinche, pero sus antepasados eran la hostia. Cuando les daba un subidón de tensión, se comían los corazones vivos de sus víctimas y luego jugaban al fútbol sala con las cabezas de los caídos en sus "guerras floridas". Vamos, que si nos hubieran invadido estos angelitos a nosotros, Europa entera habría sido una barbacoa o un camposanto.

Fuera del guión
Lamentablemente (o para bien, quien sabe), fuimos nosotros los que nos adelantamos. Sin pretenderlo, tuvimos que gestionar una situación irreversible y la guerra se hizo más natural que nunca. Una desgracia para los afectados, una desgracia para nosotros, porque no estaba previsto en el guión.

Pero la cosa no acaba ahí.

Cuando Pizarro se dejó caer por los actuales países andinos, estos estaban inmersos en una guerra de sucesión fratricida hasta límites insospechados; se merendaban los unos a los otros (los diferentes incanatos) con una alegría que sonrojaba a propios y ajenos. ¿Qué hizo el capitán español? Debilitarlos hasta la extenuación. ¿Genocidio...?

Cuando el reconocido escritor y poeta –y yo añadiría que filósofo–​ Eduardo Galeano, un uruguayo universal y lúcido perito en la cirugía del sufrimiento, escribió su famoso libro en 1971 'Las venas abiertas de América Latina' no le faltaba razón ni elementos de análisis para estructurar esa obra maestra de reivindicación de los aborígenes y de denuncia de los atropellos y agravios –que los hubo sin duda alguna–, en la cual las epidemias, los abusos en las encomiendas, y humillaciones de otra índole, siendo ciertos y no sujetos a negación, hacen de él un libro altamente recomendable para resituar el descubrimiento de América en un contexto mas auténtico, libro que aunque nos ponga a parir, recomiendo por su erudita escritura y detalles inapelables. Pero esto es una parte de la visión de la historia, y por lo tanto, está sujeta a interpretación.

Reitero, no es una historia de buenos y malos; es la historia de un conflicto no deseado, que la accidentalidad de las exploraciones convirtió en una desgracia para todos, los actuantes y las víctimas.

Hoy, otros imperios han sustituido al español y la desgracia se sigue cebando en aquellos países (hoy hermanos), que por su riqueza geológica y estratégica padecen la agresión (¿fertilización mercantil asimétrica?) de las actuales potencias.

Al final, desde mi modesta opinión, no hubo tal genocidio, entendido este como una acción premeditada. Como bien dice el tristemente fallecido Eduardo Galeano, la desgracia se cebó en el continente entero.

¿Odiamos los españoles a los cartagineses, a los romanos, a los árabes o a los franceses por habernos invadido? Pienso que no. Aquellos momentos, con retrospectiva, pudieron ser muy duros para nuestros abuelos históricos en ambos bandos, pero a la postre nos han dejado una historia común.

El paladín mundial de las libertades ha adoquinado en un dramático mosaico el suelo centro y suramericano con las crudas acciones de las bananeras y petroleras, pisotones a los opositores y laureados tiranuelos que rompen la gravedad con el peso de sus medallas; lamentablemente los que hoy apuntan a España como destinataria de sus dardos (en ocasiones teledirigidos con claros intereses sesgados o de distracción); si no hacen algo pronto, acabarán hablando inglés con acento neoyorkino. Hay gente que resulta un poco cansina.

La novela de John Steinbeck 'Al este del Edén' se cierra con la amable palabra hebrea 'timshel', citada en el Génesis, en la que Adán intenta reconfortar a su hijo y le anima a luchar hasta derrotar la maldad que habita en él. Mirémonos todos dentro.

lunes, 5 de septiembre de 2016

LOS CIMIENTOS DEMOCRÁTICOS

El acuerdo entre el Partido Popular y Ciudadanos para investir a Mariano Rajoy como presidente del Gobierno de España ha sido rechazado por el Congreso de los Diputados. 

El PSOE, sin cuya abstención o voto a favor no era posible materializar esa opción, ha dicho no y, salvo un improbable cambio de posición, ello conducirá a una repetición de elecciones el próximo 25 de diciembre. La posición de los socialistas parecería incomprensible por razones de Estado. Impide la formación de un gabinete sin ser capaz de articular una alternativa. Sin embargo, esa actitud responde a razones de mayor calado, que desbordan los intereses personales o partidistas del socialismo español y de su actual dirigencia. La postura del PSOE es el resultado de la crisis de discurso y de identidad de la izquierda democrática europea.

El programa acordado entre el PP y C's es prácticamente idéntico al que éste firmó con el PSOE hace unos meses. Se trata de un proyecto socialdemócrata en el plano económico, esto es, con unos planteamientos de una evidente orientación estatista lejana de los planteamientos tradicionales del centro derecha. Un grupo minoritario, Ciudadanos, ha logrado imponer a los populares un ideario ajeno a sus principios ideológicos y ubicado con claridad en el espectro del centro izquierda o de la izquierda tradicional. Su aplicación conduciría a una profundización o, al menos, a una consolidación del Estado social, esto es, un modelo social y económico con una elevada presencia estatal en la actividad productiva. 

La ocupación del espacio de la socialdemocracia por la derecha y el centro deja sin hueco al socialismo democrático. Su papel y su discurso tradicional, el recurso a políticas redistributivas para corregir los excesos del orden capitalista ha sido en gran parte asumido por sus competidores con lo cual carece de un producto distintivo en el mercado. Cuando la derecha plantea medidas que se traducen en una expansión del papel del Estado en la economía y en la sociedad, la izquierda socialdemócrata se coloca en una situación precaria. 

El viraje del grueso de las fuerzas derechistas democráticas hacia la socialdemocracia ha erosionado los cimientos programáticos y sociales del socialismo en toda Europa. Éste es uno de los fenómenos que explican el éxito y el avance de las variantes de izquierda y de derecha, en el caso español de las primeras, que han enarbolado banderas que suponen una alternativa al orden económico actual. Si la izquierda reformista no es la opción de cambio porque la derecha, en sentido amplio, ocupa su lugar, el único camino para quienes se sienten de izquierdas es bien votar a aquella o hacerlo por grupos antisistema. Desde esta perspectiva, el PSOE se encuentra ante la pinza de la socialdemocracia de derechas y del radicalismo de izquierdas. En otras palabras, en una tesitura diabólica y de la que le es difícil salir.

Si este alineamiento doctrinal no se altera, la democracia española tenderá al desequilibrio. La socialdemocratización de la derecha convierte a Podemos en la izquierda posible, pero al mismo tiempo deja abierto un espacio para que quienes no se sienten representados por su giro ideológico, busquen su representación en otras formaciones. Este riesgo se acentúa cuando el consenso socialdemócrata no es sostenible en términos económicos y financieros y, por tanto, no es capaz de satisfacer las demandas que alimenta. Éste es el peligro al que se enfrenta España en el medio plazo y que permanece oculto ante la urgencia de la coyuntura. Las democracias estables exigen la presencia de fuerzas alternativas dentro del sistema. La derecha y la izquierda han de representar realmente las ideas y las creencias de los ciudadanos ubicados en esas zonas doctrinales. Cuando dejan de hacerlo, terminan por emerger fuerzas centrífugas a ambos lados del espectro político que adoptan líneas radicales que desestabilizan el sistema o complican de manera extraordinaria su gobernabilidad. Ello resulta peligroso en cualquier escenario pero sobre todo en aquellos en los que un país ha de afrontar desafíos críticos de cara a su futuro. Por último, aunque el pacto entre el PP y C's hubiese culminado con la investidura de Rajoy, su aplicación hubiese sido imposible. España ha de reducir en cerca de 10.000 millones de euros su déficit público y ello no es factible añadiendo unos compromisos de gasto adicionales de unos 7.000 millones, más o menos, los resultantes de lo acordado entre los populares y Ciudadanos.

04/09/2016

jueves, 11 de agosto de 2016

IZQUIERDA Y DERECHA, UNA DISTINCIÓN OBSOLETA EN ESTADOS UNIDOS, Y EN EUROPA

Probablemente deberíamos adoptar una nueva forma de entender la política, distinguiendo entre los partidarios de la sociedad abierta, por un lado (la de Hillary Clinton, que resulta ser demócrata), frente a los adeptos de la sociedad privada, detrás de Donald Trump, que se relaciona vagamente con el Partido Republicano

SI seguimos las elecciones en Estados Unidos, es difícil aplicar la distinción entre derecha e izquierda como parrilla de lectura. La división a la europea entre liberales y socialistas ya no funciona, puesto que el socialismo no está representado en EE.UU. y todos los candidatos, o casi, apoyan un capitalismo más o menos regulado. Probablemente deberíamos adoptar una nueva forma de entender la política, distinguiendo entre los partidarios de la sociedad abierta, por un lado (la de Hillary Clinton, que resulta ser demócrata), frente a los adeptos de la sociedad privada, detrás de Donald Trump, que se relaciona vagamente con el Partido Republicano.

Creo que estos dos conceptos permiten aclarar algo las posiciones de uno y otra. Trump, que, a falta de conocimiento, no carece de coherencia, está en contra de la inmigración, en contra de las religiones no estadounidenses (islam), en contra de los no blancos (los mexicanos), en contra las importaciones (sobre todo chinas) y en contra de los compromisos del Ejército estadounidense fuera del país. Su visión de la sociedad es casi tribal. Es partidario de un Estado centralizado y fuerte, que tome todas las decisiones sin consultar demasiado ni con la oposición ni con la sociedad civil. No es de extrañar, ya que Trump manifiesta simpatía por los dictadores que comparten sus concepciones nacionalistas, autárquicas y estatistas, empezando por Putin.

A lo que se puede oponer, punto por punto, el programa de Hillary Clinton, abierta a la diversidad cultural de la nación, étnica, religiosa y sexual, y bastante favorable a los intercambios internacionales y al activismo diplomático y militar. También está dispuesta a negociar con sus adversarios políticos, a los que no denuncia como enemigos; esto, sin embargo, no significa que sea una liberal clásica, ya que se inclina por un Estado intervencionista y regulador.

Ambos candidatos ilustran una reclasificación de las normas políticas, adoptando cada uno algo de la izquierda, algo de la derecha, algo de la tradición republicana y algo de la tradición demócrata, sin coincidir completamente con los partidos con el que uno y otra se alinean. Trump rompe con la preferencia de los republicanos tradicionales, desde Reagan hasta Jeb Bush, en lo que respecta a la inmigración, el comercio internacional y la propagación internacional de la democracia. Clinton rompe también, pero de forma menos espectacular que su oponente, con la cautela de los demócratas (Obama en particular) sobre el uso del Ejército para resolver los conflictos internacionales.

Se me objetará que esta reclasificación entre sociedad abierta y sociedad cerrada es un incidente circunstancial, específico de EE.UU., una consecuencia de la personalidad extravagante de Trump. Esta interpretación es viable, pero no segura; también podemos adivinar en estas elecciones una especie de laboratorio del futuro que valdría para Europa. Así, el reciente referéndum británico sobre la salida de la UE no ha opuesto a la derecha conservadora con la izquierda laborista, sino a los partidarios de la apertura y a los favorables al cierre

En España, nos preguntamos si la fragmentación del Parlamento por segunda vez consecutiva no se deberá a un sistema de partidos a la vieja usanza que ya no reflejan la nueva división entre abierto o cerrado. Mario Vargas Llosa, entre otros, sugería para España un gobierno de coalición entre los partidarios «abiertos» de Europa contra los defensores «cerrados» del tribalismo

Y lo mismo ocurre en Francia, donde los militantes de la apertura o del cierre se encuentran dispersos entre partidos arcaicos heredados del pasado revolucionario, al que debemos los términos de «derecha» (partidarios del Rey en 1792) e «izquierda» (partidarios de la República), pero que ya no reflejan las apuestas y los temperamentos contemporáneos.

En realidad, los candidatos a las elecciones legislativas o presidenciales se sitúan bajo la pancarta de los viejos partidos solo por razones prácticas y oportunistas: estos partidos siguen controlando la organización y los recursos necesarios para ser candidato. ¿Los electores? Ya no se orientan y los resultados no permiten formar gobiernos coherentes: lo comprobamos en Gran Bretaña igual que en España y Francia.

¿Cómo salir de esta grisalla y restaurar opciones claras en democracia? Se pueden crear nuevos partidos: en España, Podemos cerrado, Ciudadanos abierto. En Francia, esta es la tentación de Emmanuel Macron, ni derecha ni izquierda, sino abierto. En EE.UU., Trump ha acabado con el Partido Republicano que, necesariamente, deberá renacer de otra forma, después de elegir entre la apertura y el cierre. En casi toda Europa, los nombres de los partidos no coinciden con la elección abierto o cerrado; la distorsión es general.

Vamos a hacer una sugerencia que quizá permitiría restaurar en Europa la continuidad entre los partidos y la opinión: aprovechar las próximas elecciones al Parlamento Europeo en 2019 para que las listas de las candidaturas se clasifiquen según esta escala que va de la apertura al cierre. Este ejemplo llegado de lo alto podría propagarse entre los países miembros. Al final, llegaremos. Si no lo conseguimos, la democracia ya no será viable.

ABC 08/08/16 GUY SORMAN

LA IZQUIERDA MÁS RETRÓGRADA DE EUROPA

Ética o ideología. El viejo debate de los filósofos se ha trasladado a la política. Se piensa más en las siguientes elecciones que en los problemas actuales

El antiguo dirigente socialista José Martínez Cobo ha escrito para la Fundación Sistema un lúcido artículo sobre la figura del exprimer ministro francés Michel Rocard, recientemente fallecido. 

Rocard, como se sabe, representaba el ala más moderada del Partido Socialista, y, como sostiene Martínez Cobo, había sido capaz de sustituir la ideología por la ética. El político francés aconsejaba a los socialistas que en lugar de polemizar sobre el futuro se preocuparan más por el presente, porque de lo contrario sería la derecha quien gobernara. Y el tiempo le ha dado la razón.

La socialdemocracia tradicional ha dejado de seducir a millones de trabajadores y otros partidos han ocupado buena parte de su espacio político. Entre otras cosas, porque el propio centroderecha europeo ha hecho suyo los principios esenciales del Estado de bienestar.

Aunque Rocard fue varias veces ministro de Mitterrand, su gran antagonista, siempre mantuvo una formidable autoridad intelectual sobre el conjunto de la izquierda. De hecho, Mitterrand, el viejo canalla de la política francesa, lo nombró primer ministro para neutralizarlo políticamente.

Buena parte de esa izquierda lo odiaba políticamente como una especie de traidor a la causa de la clase obrera. Pero Rocard, acostumbrado a nadar a contracorriente, se despidió de este mundo con una frase lapidaria. En su testamento político dejó dicho que la izquierda francesa era la “más retrógrada de Europa”.

La disyuntiva entre ética e ideología forma parte de un viejo dilema entre filósofos. Y de forma sucinta puede definirse como el debate entre el fin y los medios. O lo que es lo mismo, a través de la ideología se pretende alcanzar unos objetivos políticos, lo que presupone que los medios utilizados para lograr ese fin son irrelevantes (el cielo suele estar empedrado de cadáveres); mientras que desde el lado de la ética, tan importante es el fin como los medios. Y si para lograr determinados horizontes de bienestar hay que sacrificar la dignidad humana, pues es mejor no hacer la ‘revolución’.

El siglo XX significó el triunfo trágico de las ideologías en estado puro, sin matices, cimentadas sobre una absurda superioridad moral de unos y de otros; mientras que el siglo XXI está preñado de pragmatismo, lo que ha dado carta de naturaleza a la existencia de sistemas económicos mixtos en los que conviven una fuerte presencia del Estado (casi la mitad del PIB es gasto público) y unos más que aceptables niveles de libertad económica.

Miseria intelectual
Es evidente, sin embargo, que ética e ideología no tienen que ser necesariamente términos contrapuestos. La democracia, de hecho, se legitima cuando es capaz de ofrecer un pacto entre ambos conceptos, pero se diluye, se agrieta, cuando se plantean falsas contradicciones que, en realidad, enmascaran toneladas de miseria intelectual. Una especie de regreso a disquisiciones teológicas -el bien y el mal, el cielo y el infierno- anterior a la Ilustración y a la edad de la razón. En lugar de vivir el presente para transformarlo racionalmente, se opta por quimeras destinadas a construir un futuro idílico que nunca se alcanzará.

Partidos como Podemos han construido su discurso no sobre el presente, sino sobre cómo ganar el futuro, lo que le ha llevado a la inutilidad

Este falso dualismo, en términos políticos, conduce al fracaso. Y eso explica que en España, en línea con lo que sugería Rocard, la izquierda tenga más votos que la derecha (10,4 millones entre el PSOE y Unidos Podemos, frente a los 7,9 millones del Partido Popular), pero que Rajoy haya sido, por dos veces, el político más votado. Probablemente, porque sus votantes quieren ganar el presente -la ética del pragmatismo- y no entienden de discursos abstractos: la ideología desnuda de realismo. Sin contar, obviamente, con el efecto de la ley electoral.

Partidos como Podemos, en este sentido, han construido su discurso no sobre el presente, sino sobre cómo ganar el futuro, lo que le ha llevado a la inutilidad. Si el partido de Pablo Iglesias hubiera entendido que se hace política para gobernar ahora y para resolver los problemas de la gente, hay razones para creer que hoy un pacto PSOE-Podemos hubiera estado en condiciones de intentar formar Gobierno, incluso con el respaldo de Ciudadanos en aras de regenerar la vida pública. Algo que explica que Podemos se haya convertido, finalmente, en Pudimos. O lo que es lo mismo, 71 diputados -más de cinco millones de votos- con los que nadie quiere pactar.

La ética de la responsabilidad
El resultado concreto, en todo caso, es un bloqueo institucional sin precedentes. Precisamente, porque la ideología -sin duda esencial para el discurso político como instrumento de análisis y de coherencia política- se ha impuesto a la célebre ética de la responsabilidad de Max Weber, que consiste, frente a la ética de la convicción kantiana, en asumir las acciones que libremente se han decidido. Una especie de autonomía del individuo destinada a resolver los problemas no ocultándolos bajo la lona de la ideología.

Los líderes actuales entienden la política como un fin en sí mismo cuando no es más que un instrumento de transformación de la realidad: pensiones, educación…

Pero además, en el caso español, con una paradoja. Las discrepancias no surgen de la negociación, lo que sería algo más que razonable, sino de la no negociación. Es decir, se hace política a partir de un complejo sistema de sospechas mutuas que impide a los líderes políticos centrarse en la parte esencial de la negociación.

Todos saben lo que votarán con carácter previo ante un hipotético debate de investidura, pero nadie conoce las razones -más allá de las generales o las puramente ideológicas- que expliquen el sentido del voto. Simplemente, porque no hay negociaciones con propuestas concretas y sin vaguedades, lo cual es de aurora boreal. Máxime cuando ni el propio candidato Rajoy garantiza que acudirá a la investidura, lo cual impediría conocer las razones concretas del voto negativo o de la abstención una vez que se hiciera público el programa de gobierno.

Weber recomendaba a quien buscara la salvación de su alma y la de los demás que no transitara por el camino de la política, y lo cierto es que este país se ha llenado de ‘patriotas’ incapaces de formar gobierno, lo que revela dos cosas.

La primera, que los líderes actuales entienden la política como un fin en sí mismo, cuando no es más que un instrumento de transformación de la realidad: las pensiones, la educación, la sanidad o la política cultural.

La razón de ser de algunos partidos, de hecho, es su propia supervivencia. O dicho de otra manera, lo que interesa es si el pacto les beneficia o les perjudica de cara a las siguientes elecciones. Sin duda, una extraña competencia electoral que margina el presente para garantizarse el futuro.

La segunda lección es que este país sigue instalado en el siglo XX, en el de las ideologías pedestres y rotundas. O, incluso, en el XIX, marcado por los filósofos de la sospecha. Algo que justifica la ausencia de diálogo fértil entre distintas formaciones políticas. Y para llegar a esta conclusión solo hay que echar un vistazo a lo que pasó en la legislatura de Mariano Rajoy con mayoría absoluta (también en las anteriores). De aquellos barros, estos lodos (trufados de falsa ideología).

EL CONFIDENCIAL 07/08/16 CARLOS SÁNCHEZ

domingo, 7 de agosto de 2016

LA ESPAÑA INFANTIL

La situación política que soporta España es consecuencia de un proceso de infantilización de la sociedad actual, en el que todos tenemos algo que ver, cuando no alta responsabilidad. Resulta complejo diagnosticar con exactitud las causas de esta regresión en nuestra madurez. Son varios y distintos los factores que intervienen para llegar hasta aquí. Tampoco el mal es exclusivo nuestro: lo padece el Occidente desarrollado en general, aunque una de sus mayores expresiones es el callejón sin salida por el que transita ahora mismo la gobernabilidad de este país.

Una de las causas de ese proceso de trivialización y puerilización, en la que coinciden analistas y sociólogos, es la excesiva protección de unos ciudadanos que se han acostumbrado a que se les facilite la vida sin apenas exigirles nada a cambio. Servicios garantizados, dinero fácil y subvencionado, diversión y ocio sin límites, aprobados sin esfuerzo, derechos sin deberes. Sobre tan tupida red, se ha debilitado a la sociedad, que tiende a llorar con enfado y aspavientos sus problemas, a buscar culpables de sus propios fracasos, mientras olvida con demasiada frecuencia asumir sus responsabilidades. Hemos auspiciado una sociedad, en definitiva, que no está preparada para los contratiempos. Al contrario, se ha reemplazado el trabajo por el disfrute como aspiración social. Al mismo tiempo, hemos desincentivado el mérito y fomentado la reivindicación y la exigencia. Se ha consumado una pérdida de valores, eclipsados por intereses o modas puntuales. Y así hemos llegado al paroxismo de una ciudadanía que no cesa de exigir a los demás, cuando ella se perdona todo.

Lo hemos comprobado en España en los últimos años. Tanto en el acoso al Ejecutivo de Mariano Rajoy –hasta el punto de llamar «gobierno de la crueldad» al que destina el 38 por ciento del PIB al Estado del bienestar– como en el enfado e imputación a los demás de los problemas que nos atañen.

En ese caldo de cultivo germinan los movimientos populistas. Todo se vuelve más simple, hasta el discurso ideológico. Todo es más primario. Se ofrece venganza en lugar de cooperación para un futuro mejor. Los dirigentes solo dicen lo que la gente quiere oír. Nadie se atreve a contradecir a la masa. Faltan líderes de altura, comprometidos con el bien común. Solo puntúa lo inmediato. Estamos, por tanto, ante la involución e inmadurez de la política, reflejo de una sociedad pueril, al mismo tiempo que frágil. Se rehúye el compromiso cívico y se penaliza el patriotismo. Se llega a creer que en cualquier otro país viviríamos igual, o mejor. Engordan las tentaciones feudales de los nacionalistas, que pretenden gobernar su pequeña finca, mientras alardean del incumplimiento de las leyes.

Este proceso de radicalización de la opinión pública, ya sea de extrema izquierda o extrema derecha, no es privativo de España, como bien sabe el lector. Toda la geografía de los países desarrollados, incluidos los Estados Unidos, asiste a la ebullición de esa nueva variante de la patología política llamada populismo. Coincide con ese declinar del orgullo nacional bien entendido. El sentimiento patriótico es una idea que nace con la Ilustración y el Racionalismo. Un concepto que entronca con el pensamiento de progreso. Nada que ver con el nacionalismo.

Afortunadamente, sobre esta crisis meditan y escriben ya solventes pensadores. Uno de ellos es Todd Buchholz, un economista estadounidense vinculado a Harvard, que ayudó a su país a salir del cataclismo del crack de 2008 y que supo prever, por ejemplo, que el petróleo caería a 50 dólares cuando estaba a 100. Su nuevo libro lleva por título «El precio de la prosperidad: ¿por qué fracasan las naciones ricas y cómo renovarlas?». Sus reflexiones parecen hechas a la medida del complejo momento de España.

Parte de una premisa sencilla y certera. Según Buchholz, cuando los países se vuelven ricos, la natalidad cae y, en consecuencia, crece la media de edad de la población. «Para mantener el nivel de vida, se necesitan nuevos trabajadores, lo que supone abrir las puertas a más inmigrantes. A menos que el país disponga de unas instituciones culturales y cívicas muy fuertes, los inmigrantes arañan la cultura dominante, con lo que la riqueza relativa empieza a caer y se deshilacha el tejido cultural. Las naciones prósperas no pueden mantener su prosperidad si no se vuelven multiculturales, pero volviéndose multiculturales se vuelve más difícil que alcancen unas metas nacionales».

Es probable que sus reflexiones desaten polémica y controversia en la acomodada Europa. Sobre todo porque su antídoto es más patriotismo. Es decir, más compromiso, más responsabilidad, más trabajo y menos parásitos que viven del esfuerzo de otros. Buchholz sostiene que la única manera de paliar ese decaimiento pasa por renovar el sentimiento nacional, los símbolos rituales y la cultura común. Pero él mismo advierte que, en cuanto abogas por esto –que en el fondo es condenar la multiculturalidad– de inmediato te llaman «racista». «Celebremos la multiculturalidad» ese mantra tan en boga, es, en su opinión, del todo inadecuado porque las pruebas empíricas muestran que la multiculturalidad resulta muy nociva para las sociedades.

Podemos estar completamente de acuerdo, a medias, en parte o en absoluto con este autor norteamericano, pero su propuesta de debate es la que tendría que ocuparnos ahora mismo. Apunta directo a la raíz del problema. Pero nuestra infantil y candorosa visión de la sociedad nos impide enfrentarnos a los que de verdad son nuestros desafíos. ¿Podemos seguir manteniendo este nivel de bienestar? ¿Cómo hacerlo sostenible? ¿Cómo se pagarán las pensiones en una sociedad donde los ancianos serán mayoría? ¿Sólo con inmigrantes? ¿Dejamos a su libre albedrío a quienes proceden de otras culturas o pedimos que respeten nuestras leyes? ¿Apostamos por España? ¿Alguien parará los pies a los sediciosos? ¿Quién se atreverá a contar la verdad al inmaduro pueblo español?

«Una nación es una cosa frágil», escribió hace años Samuel P. Huntington. Qué gran verdad. Se puede comprobar en el momento actual de España: habiendo alcanzado una prosperidad con la que nunca soñó, se ha lanzado a ponerlo todo en cuestión en un peligrosísimo ejercicio de egotismo infantiloide.

¿Creen que algo de esto preocupa a nuestra clase política? Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias son una buena demostración y reflejo de esa España simplona. A la que ayudaron a propagarse de manera cómplice otros cuantos políticos, entre ellos también Mariano Rajoy. Muchos ciudadanos esperamos un discurso más realista, firme y alejado de cualquier coyuntura ventajista. Basta de pensar en las urnas y en la supervivencia personal.

Bieito Rubido, director de ABC.
Domingo, 07/Ago/2016

martes, 5 de julio de 2016

NEOLIBERALISMO NEOPOPULISTA

El liberalismo ha estado en contra de todo tipo de absolutismos, del aristocrático al democrático, aunque, en ocasiones, ha sentido la contradictoria tentación del absolutismo liberal: la idea de que una élite tecnocrática sabe mejor que el pueblo lo que le conviene

Para ello, pensadores liberales han despreciado al pueblo calificándolo de “masa”, una mezcla de ignorancia enciclopédica y sesgos cognitivos que haría que sus juicios estuviesen condicionados por la pereza, la cobardía y/o la estupidez. Los liberales se dejan llevar, entonces, por la impaciencia y la pedantería, arrogándose la paradójica misión de convertirse en “vanguardia de la burguesía” para llevar a los supuestamente indocumentados y errados votantes, consumidores y ciudadanos hacia lo que verdaderamente es bueno para ellos.

Un ejemplo de esto lo tenemos en el referéndum que ha conducido al Brexit. En lugar de reflexionar sobre todo lo que se ha hecho mal en la Unión Europea, una indigestión de elefantiasis burocrática y voluntarismo utópico, para que los británicos lo hayan rechazado, se ha preferido satanizar a los votantes euroescépticos tildándolos de “viejos”, “paletos” y otras lindezas clasistas por parte de unas supuestas élites que, para empezar, ni se han tomado la molestia de votar porque, supongo, creen que votar no es cool ya que, mordiéndose la cola, votar es de viejos y paletos. ¡Cómo comparar la anodina y vulgar urna electoral con la intensidad y la emoción de un concierto en Glastonbury! O un discurso del “brexiter” Nigel Farage (seguramente el político más infravalorado del panorama europeo) con otro del “bremainer” Thom Yorke, cantante de Radiohead (posiblemente el grupo más sobrevalorado de la última década).

La muestra más significativa de esta peligrosa tendencia entre los liberales para tratar de vencer mediante argucias retóricas, cuando no han sido capaces de convencer en el debate mediático, la ha protagonizado el filósofo inglés A. C. Grayling que ha enviado una carta a todos los parlamentarios de Gran Bretaña en la que justifica un golpe de estado intelectual contra el plebeyo referéndum. Invoca Grayling una serie de razonamientos que justificarían la negativa del Parlamento a llevar a cabo el mandato de las urnas. Es realmente patético que Grayling considere que por realizar algunos referéndums la democracia representativa no sólo no se mejora sino que degenera en “oclocracia”. La cuestión que legitima tanto los referéndums como la misma democracia representativa es si los mecanismos de debate son limpios, transparentes y se ha dado la oportunidad a todas las voces relevantes para expresarse en igualdad de condiciones. Y mal que le pese a Grayling, Gran Bretaña se parece en ese aspecto más a Suiza que a Venezuela. Una vez que se ha perdido no cabe, en fair play democrático, tratar de negar las reglas del juego sino empezar a trabajar para que a la próxima oportunidad se haga más y mejor campaña.

En todo caso, sería la Unión Europea el más acabado ejemplo de cómo pervertir la democracia representativa. Con Angela Merkel ejerciendo de facto de Presidenta de los “Estados Unidos de Europa” y con instituciones como el Banco Central Europeo o el Tribunal de Estrasburgo que convierten las pesadillas institucionales de Kafka en un anime al estilo de Heidi, los “grandes burócratas” y “altos funcionarios” como Jean-Claude Juncker ven espantados como les crecen los enanos, esos ciudadanos a los que desprecian pero que pagan con unos impuestos cada vez más exorbitantes unas instituciones sobredimensionadas y sufren unas leyes de laboratorio sobre las que nadie les pide opinión, no digamos voto. Cuando fue nombrado Juncker presidente de la Comisión, el muy poco bolivariano Bloomberg escribió

"Siempre fue una mala elección para el puesto, impuesta a los 28 Gobiernos nacionales por un Parlamento Europeo deseoso de ampliar sus poderes

El referéndum británico, así como todos los que se están planteando a lo largo y ancho de la Unión Europea, es, en realidad, un grito de reivindicación democrática al estilo del “No taxation without representation que recogía las quejas de los colonos de las Trece Colonias hacia las autoridades británicas a finales del siglo XVIII. Todavía estoy esperando que me envíen el ejemplar de la Constitución europea que solicité cuando el referéndum sobre la misma. Y eso que han pasado más de diez años. 

De ahí el éxito de los populismos a derecha e izquierda. Son la expresión de una legítima y razonable demanda por parte de los ciudadanos de que su voz sea tenida en cuenta. Es ridículo criticar los referendos, como hace Mark Leonard, porque en ellos se pidan cosas contradictorias. Claro, como si los políticos profesionales no lo estuvieran haciendo día sí y otro también. El argumento de Mark Leonard no se dirige, entonces, contra las consultas populares sino contra el núcleo de la democracia representativa y hace emerger, en el horizonte de su argumentación, la sombra de la “dictadura de los sabios” platónica, el sesgo por excelencia entre los filósofos, como evidencia el caso Grayling. En este caso, la “tiranía suave” a la que aspiraba Jacques Delors.

Por todo ello, el liberalismo en una vertiente “populista”, es decir, radicalmente democrática, es la única receta que puede cortar este nudo gordiano, combinando los clásicos parámetros de la acción política liberal -la separación de poderes, las libertades individuales, el Estado de Derecho, la propiedad privada- con la satisfacción de las demandas populares ante las que hacen oídos sordos los caudillos tecnocráticos de Bruselas o Frankfurt. 

Este liberalismo populista promueve la democratización, favorece a las clases medias y bajas, minimizando el poder de los lobbies de presión ligados a élites extractivas, corporativistas y caudillistas. Por ello, este neoliberalismo neopopulista critica tanto al gobierno como a las empresas, y la colusión que se realiza, en el contexto español por ejemplo, entre el BOE y el IBEX 35, favoreciendo a los organismos independientes que vigilan por el cumplimiento de la competencia, defendiendo a los más desfavorecidos contra los que detentan el poder, de la CNMV a la CNMC. 

Porque a diferencia del populismo de extrema izquierda, carismático y voluntarista, el neoliberalismo neopopulista favorece las instituciones despersonalizadas y la racionalidad como método. Entre la oclocracia de Pablo Iglesias y la tecnocracia de Grayling, cabe una neodemocracia neoliberal y neopopulista, no donde reine el “Sapere aude!” kantiano que nos libre tanto de filósofos apocalípticos como de integrados.

¡VIVA EL NEOLIBERALISMO!


Ni es una secta de peligrosos extremistas ni está arruinando el planeta. Al contrario. Sus ideas han hecho posible el periodo de mayor crecimiento que ha vivido la humanidad. Arrumbarlas sería una irresponsabilidad.

La bestia negra de la izquierda: el neoliberalismo. La palabra ha terminado asociada a una defensa tan extrema del mercado que incluso sus promotores renunciaron a usarla. El propio Milton Friedman, que tituló con ella un artículo en 1951 ("El neoliberalismo y sus perspectivas"), se refería a sí mismo como monetarista o, simplemente, liberal. Lo paradójico es que el movimiento surgió como un compromiso entre la planificación soviética y el individualismo exacerbado. En el encuentro que se convocó en París en 1938 para establecer una nueva agenda liberal, se discutió mucho sobre el nombre que debía adoptar la nueva corriente. A aquella cita asistieron Ludwig Von Mises y Friedrich Hayek, que no son conocidos por sus medias tintas, pero el punto de vista que prevaleció fue el mucho más moderado de Alexander Rüstow, que propuso el adjetivo neoliberal para dejar claro que no se trataba del liberalismo manchesteriano.

El término reaparecería casi medio siglo después, impulsado esta vez desde la izquierda. Charles Peters, un admirador confeso del New Deal, publicó un Manifiesto neoliberal en el que expresaba su desencanto por la impotencia de las respuestas keynesianas ante los "problemas que empezaban a asolar el país en los años 70: la caída de la productividad, las fábricas cerradas y las carreteras llenas de baches [...], las agencias gubernamentales ineficientes".

Esta corriente moriría de éxito. Bill Clinton y Tony Blair incorporaron casi todos sus planteamientos, salvo la etiqueta. Ellos siempre prefirieron presentarse a sí mismos como la "tercera vía". Neoliberal era una palabra contaminada.

¿De dónde le viene tan terrible reputación? Desde luego, no de los contenidos que intentaron adjudicarle sus defensores, de derechas o de izquierdas. Lejos de ser peligrosos extremistas, unos y otros instaban a suavizar las aristas de manchesterianos y keynesianos. Pero la propaganda socialista ha logrado identificarlos en el imaginario popular con un complot para desmantelar los impresionante avances de la posguerra.

Una vez más, la evidencia no avala su denuncia. "El balance de Milton Friedman es muy positivo", afirma en la revista el historiador de la economía Gabriel Tortella. Si el neoliberalismo es el ideario que domina nuestras vidas, como apuntan sus detractores, la humanidad no puede por menos que estarle agradecido. No solo los cientos de millones de asiáticos, latinoamericanos y africanos que han salido de la miseria. En Occidente tampoco nos ha ido mal. Basta entrar en cualquier web de macro economía para comprobar que el PIB per cápita no ha dejado de crecer desde los años 80, ni en Estados Unidos ni en Europa ni en España.

Para desmontar los ataques contra la llamada revolución conservadora, resulta especialmente ilustrativa la comparación entre Reino Unido y Francia. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial el PIB per cápita de los británicos era un 12% superior al francés (5.406 dólares anuales frente a 4.793). Las posiciones se invirtieron tras la política dirigista y nacionalizadora iniciada por Clement Attlee en la posguerra. En 1979, cuando Thatcher llegó a Downing Street, los galos eran un 11% más ricos (14.240 dólares frente a 12.828). La Dama de Hierro empezó entonces a desmantelar la herencia laborista al mismo tiempo que su vecino del Elíseo, François Mitterrand, se dedicaba a regular y expropiar y, tres décadas después, la renta de los ingleses era nuevamente un 10% mayor que la francesa (23.777 dólares frente a 21.477).

Por mucho que cenizos como Paul Krugman o Pablo Iglesias reiteren que la humanidad es un desastre, la realidad objetiva es que nunca estuvo mejor. ¿Y no cabe la posibilidad de que hayamos tocado techo? ¿No ha sido la Gran Recesión un siniestro aldabonazo, la advertencia de que "el neoliberalismo se está cayendo en pedazos", como escribe en The Guardian George Monbiot? "Muchos americanos piensan que sus hijos vivirán peor que ellos", explica Warren Buffett en su última carta a los accionistas de Berkshire Hathaway. "Es una opinión totalmente errónea: los niños que están ahora mismo naciendo en Estados Unidos son los más afortunados de la historia". De hecho, a muchos de ellos "ya les va muy bien. Todas las familias de mi vecindario de clase media alta disfrutan de un tren de vida superior al que llevaba John D. Rockefeller cuando yo vine al mundo". 

Y concluye: "Durante 240 años ha sido una terrible equivocación apostar contra Estados Unidos, y ahora no es el momento de empezar".