lunes, 26 de diciembre de 2016

PIKETTY, REFUTADO, POR JUAN RAMÓN RALLO

Hace un par de años, el economista francés Thomas Piketty saltó al estrellato mediático merced a su conocido libro Capital en el siglo XXI. La obra no podía comercializarse en un momento más propicio: en medio de una histeria global sobre la creciente desigualdad de nuestras sociedades, Piketty argumentaba que el capitalismo era el responsable último de tal desaguisado.

Desde entonces, y dado su innegable impacto social, el modelo económico de Piketty ha sido sometido tanto a críticas teóricas como empíricas. O dicho de otro modo, diversos economistas se han planteado preguntas tan elementales como: ¿son correctas las hipótesis y las relaciones de causalidad que establece Piketty para culpar al capitalismo de la desigualdad actual? ¿La realidad se comporta según pronostica su modelo o discurre por otro camino?

Empecemos por las críticas teóricas. El modelo de Piketty pronostica que, en un entorno de bajo crecimiento económico, una minoría castuza de capitalistas se irá apoderando de porciones crecientes del PIB por dos motivos: por un lado, los capitalistas serán capaces de reinvertir su capital a una tasa de retorno constante y superior al ritmo de aumento del PIB (su famoso r>g); por otro, los capitalistas ahorrarán cada año un porcentaje constante del PIB que será superior al estrictamente necesario para reponer el capital que se deprecia (técnicamente, su tasa de ahorro neta será positiva y constante). Justamente porque los capitalistas ahorran netamente cada año y reinvierten ese ahorro a tasas de retorno superiores al crecimiento del PIB, poco a poco irán apoderándose de toda la producción nacional. Si, en cambio, los capitalistas no fueran capaces de obtener retornos superiores al crecimiento del PIB o si se fundieran en consumo casi todos sus ingresos por rentas del capital (salvo aquellos que emplearan para únicamente mantener el valor de su patrimonio), entonces el modelo de Piketty haría aguas. Pues bien, parece que hay motivos para pensar que hace aguas por estos dos costados.

En primer lugar, de acuerdo con el joven economista Mathew Rognlie, Piketty yerra al presuponer que los capitalistas son capaces de reinvertir sus ahorros a una tasa de retorno cuasi constante (si se invierte masivamente en nuevos bienes de capital, r no se ubicará por encima de g durante mucho tiempo). Dado que para fabricar cualquier bien o servicio necesitamos combinar varios factores productivos —típicamente, tierra, trabajo y capital—, entraremos en un entorno de rendimientos decrecientes si sólo acumulamos uno de ellos —el capital— manteniendo el resto invariados. Además, en contra de las conclusiones de Piketty, en ese entorno de rendimientos decrecientes del capital, los factores que mayores remuneraciones obtendrán serán los relativamente más escasos (la tierra y el trabajo). Por tanto, cuanto más capital acumulen los capitalistas, menos capaces serán de seguir rentabilizándolo y más aumentarán los salarios (capital superabundante compitiendo por contratar un trabajo superescaso).

Según Rognlie, Piketty rechaza en su libro tan elementales implicaciones de la archiconocida ley de rendimientos decrecientes porque acepta la hipótesis de que el capital y el trabajo son factores sustitutivos (esto es, que podemos remplazar trabajadores escasos por máquinas superabundantes sin perjuicio alguno en la productividad): pero la evidencia empírica disponible no verifica esa extrema facilidad de sustituir unos factores por otros, esto es, Piketty se inventa su hipótesis crucial. Personalmente, he de señalar que la crítica de Rognlie me parece convincente pero sólo para el corto-medio plazo. A largo plazo, sí hay razones para pensar que el capital —auxiliado por el progreso tecnológico enfocado— es capaz de sustituir en gran medida al trabajo y, por tanto, es capaz de lograr una tasa de retorno cuasi constante (de hecho, históricamente sí observamos esa tasa de ganancias constante, tal como nos recuerdan los hechos estilizados de Kaldor).

En segundo lugar, según los economistas Per Krusell y Anthony Smith, la teoría del ahorro de Piketty es poco verosímil: si los capitalistas siempre ahorraran más de lo estrictamente imprescindible para reponer el capital que se deprecia, entonces la tasa de ahorro terminaría copando el 100% del PIB en una economía de bajo crecimiento como la que anticipa Piketty. Por ejemplo, imaginemos que un granjero tiene una gallina que pone diez huevos a lo largo de su vida útil: de los diez, el granjero consume nueve y utiliza el décimo para criar una nueva gallina que reemplace a la actual una vez muera. Esa nueva gallina pondrá igualmente diez huevos: pero supongamos que ahora el granjero sólo consume ocho y dedica los otros dos a criar dos gallinas, con la desgracia de que una de esas dos gallinas no pone huevos y la otra sigue poniendo diez de ellos (esto sería una economía sin crecimiento). Según Piketty, en la siguiente ronda de cría de gallinas, el granjero consumiría sólo siete huevos, ahorrando los otros tres para reponer a la gallina ponedora, a la gallina no ponedora y a otra tercera gallina que tampoco pondría huevos. Si el granjero siguiera comportándose de este modo tan irracional (se abstiene de consumir huevos para incrementar el número de gallinas que posee aunque sólo una de todas ellas le sea útil), a largo plazo terminaría empleando los diez huevos en criar diez gallinas, de las cuales sólo una pondría huevos.

Dicho de otro modo, con una tasa de ahorro del 100% en un entorno de crecimiento nulo… ¡nadie consumiría nada! No parece un comportamiento demasiado racional entre los capitalistas: una actitud más sensata, y más coherente con la evidencia empírica disponible, parece ser la de que los capitas incrementan su ahorro neto cuando la economía crece con intensidad (para así garantizarte un mayor consumo futuro con cargo a tu mayor patrimonio) y lo reducen cuando la economía se estanca. Es decir, los capitalistas crían más gallinas cuando su capacidad para poner huevos aumenta y menos cuando se reduce. Siendo así, los capitalistas no ahorrarán porciones crecientes del PIB en economías estancadas, de modo que tampoco irán acaparando porciones mayores de la renta agregada vía reinversión de beneficios.

Sin embargo, las anteriores eran críticas exclusivamente orientadas a desmontar hipótesis aisladas del modelo teórico de Piketty. Pero, ¿cómo se compadece el conjunto de ese modelo con la evidencia empírica disponible? ¿Es verdad que cuando la tasa de retorno del capital se ubica muy por encima del crecimiento económico (r>g) las desigualdades se incrementan y el peso de las rentas del capital dentro del PIB se dispara? El economista francés apenas se esfuerza por demostrar que sus teorías encajan con la evidencia: se limita a presentar una serie de correlaciones que parecen compatibilizarse bien con su modelo, a saber, que durante los períodos de bajo crecimiento las desigualdades aumentan. Pero lo anterior no significa necesariamente que las desigualdades aumenten porque se concentren los ingresos en los rentistas según los cauces expuestos por Piketty. Es aquí donde encontramos la segunda ronda de críticas contra el economista francés: las referidas a la evidencia empírica de su modelo.

Los resultados de Carlos Góes parecen acreditar que las críticas teóricas al modelo de Thomas Piketty eran válidas en el corto plazo

Por un lado, los economistas Phillip Magness y Robert Murphy han puesto de manifiesto cómo Piketty pre-fabrica, manipula y retuerce muchos de los datos que presenta con el propósito de compatibilizarlos con su teoría (acusaciones similares pueden leerse en el caso de Richard Sucht o del Financial Times). Por otro, y de manera mucho más reciente, el economista Carlos Góes ha pasado un test econométrico al modelo de Piketty y sus resultados no han podido ser más devastadores para el francés: no existe ninguna relación entre el diferencial r-g y la desigualdad; y en caso de existir algún tipo de relación, sería la inversa: en el 75% de los países estudiados, un shock que incremente el diferencial entre la tasa de ganancia y el crecimiento del PIB no aumenta la concentración de la renta en el top 1%, sino que la reduce durante los años posteriores al shock. Y, al revés, un shock que incremente el peso de las rentas del capital dentro del PIB suele ir seguido de una reducción del diferencial entre la tasa de retorno del capital y el crecimiento económico. Los resultados de Góes parecen acreditar que las críticas teóricas al modelo de Piketty eran válidas en el corto plazo: un incremento del peso de las rentas del capital en el PIB va seguido de una reducción relativa de la tasa de retorno del capital porque, como explicó Rognlie, el capital exhibe rendimientos decrecientes en el corto plazo; una reducción relativa del crecimiento económico frente a la tasa de ganancia del capital va seguida de una contracción del peso de las rentas del capital en el PIB porque, como explicaron Krusell y Smith, la tasa de ahorro y de reinversión de los capitalistas se reduce en caso de estancamiento (menor inversión aunque sea a una mayor tasa de ganancia termina proporcionando menores rentas).

En definitiva, la tesis central de Piketty —un capitalismo con bajo crecimiento económico es inherentemente desigualitario por la concentración de la propiedad y de la rentas del capital en una casta patrimonialista— es simplemente insostenible, tanto desde el punto de vista teórico como empírico. El reciente incremento de la desigualdad no se explica por las razones que Piketty expone en su libro, sino por otras muy distintas —sobre todo, la creciente prima salarial asociada a las profesiones de alto valor añadido en unos mercados progresivamente más globalizados—. Es más, ni siquiera el propio Piketty se cree ya la explicación que ofreció en su afamada obra. Tal como él mismo reconoció hace menos de dos años en un artículo para la American Economic Review dirigido a digerir todas las brutales críticas a las que había sido sometido: “No considero que r>g sea el único o el más importante mecanismo para explicar los cambios en la distribución de la renta y de la riqueza en el siglo XX o para pronosticar la evolución de la desigualdad en el siglo XXI”. Vaya, que su libro apenas sirve para algo. Piketty ha sido refutado y él mismo es consciente de ello: ahora sólo queda que todos sus ideologizados seguidores también lo sean.

PUTIN, EL PADRECITO DE LOS PUEBLOS, Y LA ESTUPIDEZ OCCIDENTAL

«El putinismo, viril y viral, se introduce en las mentes y convence de que la fuerza da más resultados que la diplomacia y de que la guerra es mejor que la negociación»

Solo he coincidido una vez en mucho tiempo con Vladímir Putin, pero con una vez me basta. Durante una visita a París, la Embajada de Rusia había invitado a una decena de «intelectuales», entre los que yo me encontraba, a cenar con el gran hombre. Como buenos franceses, nos imaginábamos que podríamos hablar, en particular de las violaciones de los Derechos Humanos en Chechenia y del aplastamiento de la oposición en toda Rusia. Craso error por nuestra parte, evidentemente.

Putin llegó con una hora larga de retraso, pero la entrada a paso ligero de este tipo de corta estatura, musculoso y lleno de bótox, acompañado de unos escoltas vestidos totalmente de negro y de un enjambre de jóvenes rubias, que sin duda tenían una función decorativa, fue espectacular. Putin no comió nada, ni bebió nada, pero habló, sin retomar el aliento, durante dos horas seguidas. De hecho, hablaba machaconamente de un solo tema, la lucha común –según él– de Occidente y de Rusia, contra el terrorismo islámico. No explicaba lo que quería decir con esto y deducía que todos los que se oponían a él eran posibles terroristas.

Lo que resultaba aún más perturbador que el discurso era el personaje, un personaje lívido, pétreo, que no mostraba ninguna expresión, ni ninguna emoción, que no sonreía y que solo emitía malas vibraciones. Confieso que me dio miedo, un miedo físico que nunca había experimentado antes en presencia de un dirigente político. Se marchó sin saludarnos, igual que cuando llegó, con su doble escolta, la negra y la rubia. Entonces, me acordé de mi padre y le di gracias por tener la buena idea de emigrar no hace mucho tiempo de Rusia a Francia y evitar así que me convirtiese en un intelectual ruso, una profesión demasiado peligrosa para mí.

Lo que resultó casi tan aterrador como Putin fue la conversación francesa que tuvo lugar a continuación, porque algunos quedaron entusiasmados con Putin, su personalidad y su denuncia del terrorismo. Me callaré sus nombres, pero eran tanto de izquierdas como de derechas.

Los elogios hacia Putin que se oyen cada vez con más claridad, en Europa y en EE.UU. me hacen recordar esta anécdota, que se me quedó grabada desde entonces en la memoria. Y el holocausto de Alepo, obra conjunta de Putin y El Asad, ha reforzado paradójicamente las declaraciones de apoyo a uno y a otro. ¿Cómo se puede explicar este misterio? Sin duda, sigue existiendo en Occidente un culto al hombre fuerte, al macho blanco y viril: el fascismo, el nazismo y el trumpismo son occidentales. Montesquieu, en su época, describió el «despotismo oriental» como contrario a la libertad; no se planteó que, tras el Siglo de las Luces, surgiría un despotismo occidental. No creo que me exceda al imaginar que los mismos que aprecian a Putin y la manera putiniana de dirigir a los pueblos habrían apreciado en el pasado a Mussolini. ¿Se ve avivada esta atracción hacia el hombre fuerte por el culto mediático, tan inteligentemente organizado por la propaganda rusa? No cabe duda de que sí.

Ya en tiempos de Stalin, los soviéticos manipulaban los periódicos occidentales, bien mediante la distorsión directa, o bien mediante la difusión de noticias falsas. Hoy en día, en la época de la postverdad, las redes a-sociales facilitan esta manipulación, porque la verdad en internet ya solo es una postura más, no es superior a los hechos y los espíritus débiles son influenciables. La prueba de ello es que hay periodistas, analistas y políticos, en Europa y en EE.UU., que declaran, basándose en lo que han leído en internet, que la alianza entre Putin y El Asad ha liberado a Alepo del terrorismo islámico. El hecho de que en Alepo hay terroristas del Estado Islámico y de Al Qaeda es indudable, pero también hay «opositores» a la dictadura de El Asad. ¿Quién es más terrorista, estos primeros opositores, que sueñan con una democracia árabe, o Putin y El Asad? ¿El que dispone de armas químicas y de bombarderos o aquel al que los Gobiernos occidentales animaban con palabras, pero al que no apoyaban con armas?

¿Es el putinismo una ideología? Los optimistas lo negarán. De hecho, la Unión Soviética difundía una visión del mundo y de la sociedad, perversa pero con vocación universal, a favor de la cual, en todos los países, algunos pensaron que era acertado militar. Por el contrario, parece que el putinismo, una vuelta al despotismo zarista, pero con mejores medios, solo vale para los rusos. En realidad, conocemos a admiradores franceses y estadounidenses de Putin, pero todavía no hay ni militantes, ni partidos putinianos en Occidente. Eso no quita para que el putinismo, viril y viral, se introduzca en las mentes y convenza de que la fuerza da más resultados que la diplomacia y de que la guerra es mejor que la negociación.

Donald Trump y François Fillon se han sumado a esta realpolitik, y el Frente Nacional lo hizo hace tiempo. La propaganda putiniana también da a entender que nuestras democracias, como están debilitadas y abúlicas, se han convertido, por tanto, en el objetivo declarado del terrorismo. Ahora bien, en el momento de escribir estas líneas, me entero de que el embajador ruso en Turquía ha sido abatido por un policía turco al grito de «Acuérdate de Alepo». ¿Este embajador ha sido víctima del terrorismo o del putinismo? Y habrá otros. Puede que, al fin y al cabo, Putin no sea la solución. El pueblo ruso, amordazado y empobrecido, ya lo sabe, pero los putinianos de Occidente todavía no. Los sovietófilos también tardaron varios años en entender que les habían engañado.

GUY SORMAN – ABC – 26/12/16

domingo, 6 de noviembre de 2016

LA GRAN CONSPIRACIÓN

Una teoría ampliamente difundida es la denominada Teoría Conspiratoria de la Sociedad. De acuerdo con ella, los fenómenos sociales, económicos y políticos se explican porque individuos o grupos poderosos se conjuran en las sombras para producir determinados resultados favorables a sus intereses. 

Esta visión es tan antigua como la Humanidad y en su formulación moderna supone la secularización de una superstición religiosa. Los viejos dioses del Olimpo han sido sustituidos por siniestras y ocultas fuerzas opresoras cuya perversidad es responsable de todos los males que vivimos. De los Sabios de Sión al Ibex 35, pasando por la conspiración liberal-judeo-masónica, la izquierda y la derecha populistas han utilizado esos eslóganes para deslegitimar las democracias liberales y la economía de mercado. En España, en los últimos tiempos, un político y un partido han recurrido a la corporatocracia, para narrar su fallida intentona de llegar al poder. De acuerdo con el enfoque sugerido por ese feo neologismo, la formación del gobierno y su funcionamiento estaría en manos de personas controladas por las grandes empresas para adoptar decisiones favorables a ellas en detrimento del pueblo. Esos poderes fácticos decidirían la agenda política nacional debajo de una fachada democrática. Ésta sería la explicación de por qué no ha sido posible articular un gabinete progresista en la vieja Piel de Toro y, llevada al extremo, sería la prueba palpable de por qué las izquierdas no han logrado ganar las elecciones y obtener una mayoría en el Parlamento.

Como cualquier religión, las teorías conspiratorias reposan en última instancia sobre la fe. Resultan impermeables a cualquier evidencia en contra y, por tanto, se autolegitiman al margen de cualquier contraste empírico. Siempre es factible excusarse de los fracasos y frustraciones generadas por los actos propios apelando a las malignas intenciones del diablo, empeñado en preservar el infierno e impedirnos llegar al paraíso populista. Por añadidura, este razonamiento resulta atractivo para mucha gente al dar sentido a fenómenos que de otra forma parecerían incomprensibles. A la hora de la verdad, la corporatocracia es un hábil pretexto para practicar la ingeniería social a gran escala.

Si un pequeño grupo de malvados empresarios manipula el Gobierno en su favor esa misma línea argumental concedería a los defensores de los oprimidos, a los populistas de todos los partidos, la posibilidad de dirigir la economía y la sociedad a su antojo. Cuando se cae en las redes del pensamiento conspiratorio, se acepta la premisa fundamental del social-estatismo, a saber, que es posible para los seres humanos controlar los procesos sociales. Al hacer esto se abren los portillos a una intervención estatal de un alcance inconmensurable; se impugna el papel del mercado como un proceso de descubrimiento, de interacción entre millones de individuos que adoptan sus decisiones mediante la información suministrada por los precios sin seguir las instrucciones de un mando central. Sin embargo, la vida social reviste mayor complejidad. No es sólo banco de pruebas de resistencia entre grupos opuestos sino también de cooperación de éstos dentro de un marco más o menos flexible de instituciones y tradiciones que genera reacciones imprevistas y, en ocasiones, imprevisibles. No todas las actuaciones de los seres humanos son voluntarias o queridas y, por eso, la teoría conspiratoria no tiene consistencia lógica; se derrumba. Equivale a sostener algo falso, que todos los resultados son el efecto de la actuación de gente interesada en producirlos. Esta tesis ignora las consecuencias no deseadas de muchos comportamientos individuales y colectivos. Desde un punto de vista práctico, la influencia política de lo que denominamos el Ibex o, en el sentido amplio, los poderes fácticos se conjuga mal con la realidad. España tiene los tipos del Impuesto de Sociedades más elevados de la OCDE; el gravamen máximo del IRPF se sitúa entre los mayores de esa organización; las regulaciones del mercado laboral restringen la libertad empresarial para contratar y despedir; la CNMC impone sanciones multimillonarias a las empresas que supuestamente incurren en prácticas anticompetitivas. Por otra parte, la corporatocracia no ha servido para frenar las medidas liberalizadoras que han abierto a la competencia mercados antes monopolizados por las grandes corporaciones...¿Dónde se percibe su poder? 

La realidad española muestra lo contrario de lo sostenido por los paladines de la corporatocracia, a saber, la presencia de una perversa y nociva influencia de los poderes públicos sobre las empresas, sobre todo, en aquellas que operan en sectores regulados o cuya cuenta de resultados depende en gran medida de lo decidido por los distintos niveles de la Administración; es decir, de las personas que gestionan la cosa pública: los políticos. En extensos sectores de la economía española, el Estado tiene los instrumentos precisos para proporcionar pérdidas o ganancias a las compañías y los ha usado de manera habitual para conseguir sus fines que, obviamente, no coinciden con los de aquellas ni siempre con el interés general. 

Pero no sólo eso, en España se ha asistido de manera constante a claros intentos por parte de los gobiernos de colocar al frente de empresas privadas o de sociedades con mayoría de capital privado a personalidades próximas a ellos. No ha sido el Ibex quien ha puesto o quitado presidentes del Consejo de Ministros o miembros del Gabinete sino que han sido los partidos gobernantes quienes han situado o pretendido situar a sus amigos o gentes de su confianza a la cabeza de las compañías o en sus máximos órganos ejecutivos con independencia de los deseos de sus propietarios, los accionistas; en muchas ocasiones, con una capacidad profesional y gestora de los elegidos inédita. Por tanto, describir el solar hispano como un símbolo de la corporatocracia resulta cómico. 

El recurso a oscuras conjuras, en especial, cuando éstas se atribuyen al gran capital es una táctica cómoda para aquellos a quienes no les gusta asumir la responsabilidad de sus errores de acción u omisión. Es la vieja y manida historia de buscar un enemigo externo o interno, culpable de todos los males, que siempre y en todos los lugares ha sido el cabeza de turco de las ilusiones pérdidas

EL MUNDO LORENZO B. DE QUIRÓS 06/11/2016 

sábado, 22 de octubre de 2016

PABLO IGLESIAS INCITA A UNA RADICALIDAD QUE DESEMBOCA EN VIOLENCIA

El radicalismo de Iglesias empuja a Podemos fuera del sistema

La reacción oportunista y demagógica tras la protesta de varios inmigrantes en el Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) de Aluche, y la justificación del injustificable boicot violento a Felipe González en la Autónoma, son dos muestras de la nueva estrategia que Pablo Iglesias quiere imprimir en Podemos. Decidido a volver a la agitación en las calles y a ganar presencia en el espacio público para intentar contrarrestar el perfil tan bajo que la formación tiene en las instituciones, especialmente en el Parlamento, Iglesias ha impuesto la radicalización del discurso entre los suyos y un incremento de la movilización, como si en vez de un partido con sentido de la responsabilidad Podemos siguiera siendo una suma de círculos y movimientos sociales de todo pelaje. 

En este sentido, resulta especialmente grave que sus dirigentes alienten la convocatoria Rodea el Congreso, promovida por una plataforma radical que pretende boicotear la presumible investidura de Rajoy la próxima semana. Algunos responsables de la formación morada pretenden sumarse a un acto que, antes que nada, es ilegal.

Hemos asistido en los últimos meses a un duro pulso entre Iglesias y Errejón, su número dos, que de momento gana el primero. Resultan antagónicos en su visión sobre cómo «asaltar los cielos». Iglesias es el claro exponente de una concepción de la política radical y maniquea que se muestra tan cómodo en el ámbito asambleario como inflexible y descolocado en el institucional, donde se requiere capacidad para llegar a acuerdos con los adversarios. Errejón, por su parte, ha demostrado mayor flexibilidad y quiere que Podemos transite hacia la política real, imprimiendo un cierto pragmatismo. Ambos representan la dicotomía entre la calle y las instituciones que monopoliza los interminables debates en el seno de la formación. 

El bochornoso espectáculo que están protagonizando pablistas y errejonistas en su batalla campal para hacerse con el control de la formación en Madrid es el mejor ejemplo de hasta qué punto son posiciones irreconciliables.

Hay que decirlo con claridad. Iglesias está actuando con enorme irresponsabilidad, llevando a Podemos a un callejón sin salida, por cuanto su estrategia le resta cada vez más posibilidades de ejercer ningún papel serio en un sistema de partidos. Y ello pagando el precio de decepcionar las ilusiones de una buena parte de los millones de españoles que han confiado en la formación en las anteriores citas electorales, hastiados por una situación de crisis, escándalos de corrupción y anquilosamiento institucional que tanto han minado el crédito de los partidos tradicionales. De hecho, Iglesias aboga en realidad por una huida hacia adelante. Intenta recuperar protagonismo en la algarada callejera y en la movilización de los más desencantados para esconder así un fracaso político evidente. No olvidemos que el 26-J Podemos perdió más de un millón de votos respecto a los obtenidos en diciembre. Fue la candidatura más castigada por unos ciudadanos a los que les bastaron unos meses para rechazar la radicalidad y el frentismo de Iglesias en el Congreso.

Aunque creemos que está abocada al fracaso, esta estrategia de deslizamiento hacia posiciones cada vez más demagógicas, que incluye la justificación de actitudes tan violentas como las de la Autónoma, o el sempiterno empeño en arrojar toda clase de sospechas sobre los cuerpos de Seguridad, a corto plazo sí puede enrarecer el clima social. Ahí está sin ir más lejos la incitación de Iglesias a las organizaciones sociales para fomentar sus protestas y convocar una huelga general si finalmente se desbloquea la situación política y se forma un nuevo Gobierno del PP. Un auténtico despropósito que le afearon los principales sindicatos. Con responsabilidad, UGT y CCOO negaron haber barajado algo así y le dejaron claro a Iglesias que "no se convocan huelgas o paros contra partidos o personas, sino contra políticas concretas". Iglesias repite que no quiere que el suyo sea un partido más. Pero al final la impresión es que realmente no sabe actuar como se espera de una formación que ha sido votada por millones de ciudadanos.

22/10/2016 El Mundo

IGLESIAS CONTRA LA PRENSA

En víspera de participar en el SIE de Huesca en una sesión sobre credibilidad en el periodismo, un buen diálogo con Ramón Besa y David Espinar sobre los usos informativos en las fronteras de la política y el fútbol, alguien me envió un whatsapp:-Tú en Las Torres, y Pablo Iglesias en el Teatro del Barrio pidiendo periodistas militantes. 

Lo de Las Torres merecería otro artículo. En Huesca, localidad de 50.000 habitantes, hay tres restaurantes con estrella Michelin, y sin los delirios del star system. También Bistro Tatau, casi una barra de bar, y Lillas Pastias, paraíso de la trufa, en el edificio modernista del viejo Casino, fachada de un territorio propicio para el arte de cocyna, por el amor a la tradición. Huesca es otra de esas ciudades desconocidas en la calma provincial de la periferia. Pero esto queda para otro artículo. 

Lo de Iglesias contra la prensa era previsible. El número uno de Podemos, tras elevar un poco más la peana de su liderazgo, trata de generar tensión bajo la lógica de la democracia postfactual: la realidad no importa; todo está sometido al discurso estratégico del partido. Así que, obviamente, tampoco interesa el periodismo, puesto que, con sus debilidades, de momento resiste como correa de transmisión con la realidad. De ahí el Elogio del Panfleto entonado por Iglesias. Del mismo modo que Trump miente impúdicamente sobre el desempleo o el sistema electoral para construir su mensaje emocional, a Iglesias le interesa el agit-prop parea agitar a su clientela

Los periodistas, los fact-checkers, son incómodos. Así va esto. 



Podemos defiende las protestas de la Universidad pero sin que se les pueda acusar de defender las protestas de la Universidad. Se escandalizan de que estos hechos sean calificados de violentos aunque sean violentos. Esa es la lógica postfactual: montar el discurso ajenos a la responsabilidad de la verdad. Se financian en Venezuela, pero no se les puede mencionar Venezuela. No importan los CIE, sino el relato que construyen con los CIE. ¿O dónde están las iniciativas parlamentarias de Podemos? Lo suyo son las performances

Politizar el dolor es la estrategia enunciada por él mismo sin despeinarse. Inspirar miedo. En definitiva, las emociones mandan en la democracia postfactual. Y en el discurso populista del sistema secuestrado por las élites, tienen sentido los ataques a la prensa como extensión del poder al servicio del establishment. Eso encaja en la crisis de la mediación, uno de los factores destacados por el politólogo Arias Maldonado en su brillante ensayo Para comprender el populismo. Podemos antepone las redes horizontales de opinión contra las estructuras de conocimiento. Fuera expertos y analistas, viva Twitter. Una vez que la realidad se convierte en material perturbador, hay que evitarla. El populismo es territorio de consignas sentimentales huyendo de la complejidad. De ahí su elogio del planfleto en el Teatro del Barrio reclamando periodistas militantes al servicio de la causa, propagandistas. 

Lejos de asumir la centralidad del periodismo en la cultura democrática, por supuesto con sentido crítico, es más útil la demonización de la prensa integrándola en la desconfianza hacia las élites. Para las almas ávidas de conspiraciones siempre será tentador creer que en la sombra maquinan los poderes del Estado con los Amos de las Rotativas junto el Ibex y lo que haga falta, también la Triple A, la Corona, el sancta sanctorum de la Gran Banca, el Club Bilderberg, el Real Madrid y Doña Manolita. Así ya han llegado a sumar cinco millones de votos, y por qué no más.

TEODORO LEÓN GROSS 22/10/2016 El Mundo

sábado, 15 de octubre de 2016

EL EXPOLIO DE LA CULTURA EN ESPAÑA

La crisis integral que vive España ha tenido una sola y amarga ventaja: la de exteriorizar la corrupción cultural oculta bajo la piel de una bonanza económica despreocupada de la justicia, y silenciada por el arrullo de una apatía cívica que se confundía con la moderación. Esta nación ha sido despertada de su indolencia y ha contemplado su propia desnudez moral en el espejo del fracaso de su modo de vivir. Mucho me temo que el baño de realidad que estamos sufriendo no podrá convertirse fácilmente en una duradera y profunda recuperación de la lucidez. En el camino de ese despojo de valores, de ese adelgazamiento de creencias y de esa alergia al rigor intelectual por los que ha transitado España en el cruce de dos siglos, han quedado demasiados recursos de nuestra civilización, que ahora nos serían necesarios para recuperar el temple con que abordar unos tiempos decisivos.

el-expolio-de-la-cultura-en-espanaNo hay debate político en el que no se nos recuerden los derechos sociales perdidos por los españoles que amenazan la libertad real de la ciudadanía. Ninguna persona con sentido común podrá sentirse a gusto en una sociedad cuyo futuro se mira como intimidación individual y no como esperanza colectiva. Nadie digno de considerarse patriota aceptará que España continúe asomándose a la historia con miedo y resignación en vez de esgrimir el esfuerzo y la confianza con que las naciones construyen su propio destino. La crisis ha avanzado sobre pérdidas materiales inmensas. Pero ha crecido, sobre todo, en la inseguridad, en el temor a nuestra propia insignificancia, en la metamorfosis del miedo en una manera indigna de existir.

Si nuestros parlamentarios se arrojan unos a otros la responsabilidad de la pérdida de bienestar y de las garantías sociales, un inquietante consenso se establece para silenciar la privación del primer derecho de una nación, el tener conciencia de sí misma. Porque durante décadas los españoles han sido despojados de su consistencia cultural, de su densidad como nación civilizada, de sus saberes que definían nuestro carácter y afirmaban nuestra personalidad. En los mismos años en que crecía la especulación, se engordaba el consumo y se compartía una impresión farsante de felicidad, los españoles se han convertido en unos ignorantes.

España ha destruido un sistema educativo que, desde el inicio de la sociedad moderna, ha sido un método de promoción personal y recompensa del mérito, pero también una forma de sostener en pie lo que una civilización sabe de sí misma. La calidad de la enseñanza ha naufragado en la sumisión a métodos experimentales de ineficacia probada, en la defensa corporativa de mezquinos intereses de profesores, en la atención a las más desatinadas demandas de padres y de alumnos, e incluso en la ridiculización del esfuerzo, la autoridad y el magisterio en las aulas.

Curiosamente, las encolerizadas discusiones sobre la formación de gobierno han dejado al margen toda reflexión acerca de esta pérdida monumental. Aquí hay una ley del silencio inexpugnable, porque afecta a una complicidad que a todos atañe: a quienes confunden el liberalismo con la contabilidad y a quienes creen que la socialdemocracia afirma el desprecio del mérito individual. Unos y otros han gobernado España desde el inicio de la Transición. A unos y a otros hay que pedir cuentas por la devastación cultural provocada por las reformas educativas de los últimos treinta años.

Esto es lo que no se discute en los incansables debates de investidura y sus aledaños, lo que se mantiene estancado en la conciencia de los españoles. En esta nación que quiere dotarse de leyes de memoria histórica y recuperación urgente del pasado, izquierdas y derechas han permitido que se desmantele un patrimonio que ni siquiera es nuestro, sino que pertenece a algo que está muy por encima de nuestra voluntad personal, de gobierno y hasta de generación. Como si nada supiéramos del expolio de nuestra historia, de la obra magnífica de nuestra civilización, nos permitimos despejar las humanidades a un arcén despreciable adonde van a parar recursos escasos, alumnos poco motivados y profesores a los que se desmoraliza con sistemas de evaluación, pensados para las ciencias experimentales.

Claro está que las responsabilidades de la izquierda y la derecha deben atribuirse con justicia. Cada vez que la derecha ha tratado de introducir medidas de exigencia, de premio al esfuerzo, de defensa de la autoridad en el aula, la izquierda ha levantado las desvencijadas banderas de lo que ella falsifica como igualdad, dando la espalda a su propia tradición de meritocracia. Ya me gustaría ver la cara con la que los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza o los creadores de los Ateneos libertarios examinarían las pintorescas reivindicaciones de los sindicatos de estudiantes. Ya me gustaría imaginar la severidad con la que los intelectuales republicanos empeñados en fundar bibliotecas municipales y llevar el teatro clásico a todos los rincones de España juzgarían la resistencia de esos cabecillas juveniles a las evaluaciones rigurosas de los conocimientos adquiridos.

Nada debería asombrarnos al llegar a este punto de desertización cultural de España. Con desesperada sensatez, profesores de bachillerato y universidad han venido clamando contra el verdadero fracaso escolar de nuestro país, que es la pérdida del más elemental sentido de la orientación en nuestro sistema educativo. No es que no se sepa distinguir entre ciencia y cultura, habilidades instrumentales y saber humanístico, conocimiento técnico y formación. Es mucho peor que eso. Se distingue perfectamente entre ambos campos, pero se elige desterrar un conjunto de saberes sin los que una civilización deja de serlo y amputa a sus hombres en sus oportunidades de realización.

Ni siquiera podemos consolarnos pensando que esto era inevitable como fruto de una reprobable marcha de los tiempos. Por el contrario, ha sido el producto de decisiones tomadas en beneficio de todos, menos en el de una cultura de la que nuestros jóvenes han sido privados de manera feroz. Se ha actuado así porque se deseaba satisfacer ansiosas reivindicaciones sindicales que exigían la revocación del control de los conocimientos del profesorado y se buscaba establecer métodos de promoción universitaria en los que la gestión se valoraba más que la investigación y la docencia. Porque lo que se reclamaba era renunciar a criterios rigurosos de selección, imposición de reválidas y la continuada evaluación de quienes tienen derecho a que su esfuerzo sea considerado un factor de distinción.

Quizás disponemos ya de una sociedad que puede medirse en investigación científica con los países desarrollados, y que solo precisa de recursos económicos mayores para mantener sus resultados. Pero, junto a esta indudable mejora, nos resentimos gravemente en todas aquellas cuestiones que nos hacen responsables de unos valores, poseedores de una tradición, portadores de unos conocimientos en proceso de disolución. Todo ese saber no nos hace solamente personas más cultas. Nos hace personas más libres, más capaces de trascender una existencia rutinaria, más cerca de la plena realización del espíritu, más cerca de la felicidad.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento, 01/Oct/2016, ABC

SOBRE LA FIESTA NACIONAL, NADA DE GENOCIDIO

Nada de genocidio: ¿acaso odiamos a los romanos por habernos invadido?

El decubrimiento de América llevó consigo momentos pudieron ser duros para nuestros abuelos históricos, pero a la postre nos han dejado una historia común

"El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso" –Eduardo Galeano

No fue ni el tsunami de Java, ni la idílica gran ola de Kanagawa pintada a tinta por Hokusai. Ocurrió que un marino intentó buscar un camino más corto hacia Catay y Cipango, y encontró un continente descomunal como quien no quiere la cosa. Lo que iba a ser un intercambio mercantil sosegado y tranquilo, acabó convirtiéndose en una invasión no contemplada y en toda regla.

Hasta aquí, no había más nubes que las que cabalgaban sobre los vientos alisios.

La 'res nullius' en el derecho romano era aquella ley que venía a determinar que la "cosa" era de nadie. Los marinos iban y venían por el mar, jugaban al escondite (sobre todo el inglés), trapicheaban, mercadeaban, asaltaban a los incautos, la mar les jugaba malas pasadas, a veces la circulación era pacífica y otras un lío.

​Negocios jugosos
¿Pero qué ocurría cuando ojo avizor se encontraban con un pedazo de tierra? Que a priori, no sabían si era una isla o un continente.

Eso fue lo que pasó cuando Cristóbal Colón se dio de bruces contra la muralla americana que interfería entre la belicosa Europa y los mercados emergentes del sudeste asiático. India vivía en su eterna mística colmada de la sabiduría de los pobres, y a Japón le faltaba un siglo para abordar el período Edo, quizás, el que mayor grandeza le haya dado.

Los chinos ya habían explorado puntualmente la costa oeste de Ámerica unos años antes y habían aterrizado en varios puntos dejando huellas muy claras sobre su cultura y habilidades. Hay claros rasgos de trazabilidad adeneíca, mas allá de vínculos antropológicos, factorías (en la costa peruana) y fábricas de porcelana (en México). El almirante Zheng He, el famoso eunuco al servicio del tercer Ming, había hecho algunas incursiones sin mayores consecuencias que pequeñas escaramuzas, pues no era su propósito conquistar nada, sino funcionar mercantilmente a la "portuguesa", activando pequeños emporios comerciales que desaparecieron prontamente, e intercambiando espejitos con las poblaciones locales por valores con más proyección. Hasta ahí, en buena medida la situación estaba bajo control.

¿Pero que pasó cuando los españoles tocaron tierra con la idea de que iban a hacer jugosos negocios con mercaderes de largas túnicas y de ojos rasgadosn?Pues que se lió parda.


Cuando llegaron a Guanahani (San Salvador) en el primer viaje de Colón, les fueron a saludar unos señores muy cabreados, con una dentadura limada milimétricamente y unos colmillos que ni un cocodrilo del Nilo. Eran unos caníbales trabucaires que se comían a todo quisque sin poner la mesa y sin esperar formalmente el aperitivo; vamos, unos crápulas.

Entonces, ocurrió lo que en buena ley tenia que ocurrir: que se lió una tangana importante.

Los caníbales de marras, que tenían hambre atrasada, fueron desbordados por unos habilidosos soldados que habían hecho la carrera de armas en la guerra total que los tercios llevaban a cabo en aquella época en defensa de los intereses del rey en Nápoles. Total, que los alegres antropófagos, que se las prometían felices, fueron devorados en un santiamén por los experimentados españoles, mas avezados en las lides de matar o morir, y lo que en principio parecía que iba a ser una entente cordial, acabó como el rosario de la aurora; fatal no, lo siguiente.

Cuando Colón volvió en su segundo viaje fue a visitar a los 39 colegas y un can que habían estado custodiando el fuerte llamado de Navidad, y lo que se encontró fue un osario. Los caribes, que así se llamaban los indios comilones, se habían dado un banquete pantagruélico. El chucho, como no tenía mucha chicha, fue indultado. Bueno, las cosas de la vida son así, o comes o te comen.

Cuando la pasión y la afrenta entraron en vena, los rencores entre los locales y los"invasores" no tenían marcha atrás y fueron a mayores. Bien es cierto que el descubrimiento se produjo por accidente y que la lista de agravios que denostan la Marca España pueden estar fundamentados en la certeza de hechos verídicos. Honestamente, no vamos a mirar para otro lado.

Cuando Hernán Cortés y sus huestes se adentraron en territorio mexicano, el follón que había montado entre los totonacas, los txalcaltecas, los chichimecas y los propios aztecas era de tal magnitud que el estratega español tuvo que poner un poco de orden ante tanto desaguisado. Cuando los aztecas se dieron cuenta de quién era el enemigo de verdad, ya era tarde; la guerra se había recrudecido hasta límites insoportables y no había malos ni buenos, sino que el quid estribaba en cómo dirimir la supervivencia. ¿Genocidio...?

Los mexicanos de hoy son gente afable, generosa, divertida y hospitalaria; puedes hablar con ellos de cualquier cosa mientras no mentes a La Malinche, pero sus antepasados eran la hostia. Cuando les daba un subidón de tensión, se comían los corazones vivos de sus víctimas y luego jugaban al fútbol sala con las cabezas de los caídos en sus "guerras floridas". Vamos, que si nos hubieran invadido estos angelitos a nosotros, Europa entera habría sido una barbacoa o un camposanto.

Fuera del guión
Lamentablemente (o para bien, quien sabe), fuimos nosotros los que nos adelantamos. Sin pretenderlo, tuvimos que gestionar una situación irreversible y la guerra se hizo más natural que nunca. Una desgracia para los afectados, una desgracia para nosotros, porque no estaba previsto en el guión.

Pero la cosa no acaba ahí.

Cuando Pizarro se dejó caer por los actuales países andinos, estos estaban inmersos en una guerra de sucesión fratricida hasta límites insospechados; se merendaban los unos a los otros (los diferentes incanatos) con una alegría que sonrojaba a propios y ajenos. ¿Qué hizo el capitán español? Debilitarlos hasta la extenuación. ¿Genocidio...?

Cuando el reconocido escritor y poeta –y yo añadiría que filósofo–​ Eduardo Galeano, un uruguayo universal y lúcido perito en la cirugía del sufrimiento, escribió su famoso libro en 1971 'Las venas abiertas de América Latina' no le faltaba razón ni elementos de análisis para estructurar esa obra maestra de reivindicación de los aborígenes y de denuncia de los atropellos y agravios –que los hubo sin duda alguna–, en la cual las epidemias, los abusos en las encomiendas, y humillaciones de otra índole, siendo ciertos y no sujetos a negación, hacen de él un libro altamente recomendable para resituar el descubrimiento de América en un contexto mas auténtico, libro que aunque nos ponga a parir, recomiendo por su erudita escritura y detalles inapelables. Pero esto es una parte de la visión de la historia, y por lo tanto, está sujeta a interpretación.

Reitero, no es una historia de buenos y malos; es la historia de un conflicto no deseado, que la accidentalidad de las exploraciones convirtió en una desgracia para todos, los actuantes y las víctimas.

Hoy, otros imperios han sustituido al español y la desgracia se sigue cebando en aquellos países (hoy hermanos), que por su riqueza geológica y estratégica padecen la agresión (¿fertilización mercantil asimétrica?) de las actuales potencias.

Al final, desde mi modesta opinión, no hubo tal genocidio, entendido este como una acción premeditada. Como bien dice el tristemente fallecido Eduardo Galeano, la desgracia se cebó en el continente entero.

¿Odiamos los españoles a los cartagineses, a los romanos, a los árabes o a los franceses por habernos invadido? Pienso que no. Aquellos momentos, con retrospectiva, pudieron ser muy duros para nuestros abuelos históricos en ambos bandos, pero a la postre nos han dejado una historia común.

El paladín mundial de las libertades ha adoquinado en un dramático mosaico el suelo centro y suramericano con las crudas acciones de las bananeras y petroleras, pisotones a los opositores y laureados tiranuelos que rompen la gravedad con el peso de sus medallas; lamentablemente los que hoy apuntan a España como destinataria de sus dardos (en ocasiones teledirigidos con claros intereses sesgados o de distracción); si no hacen algo pronto, acabarán hablando inglés con acento neoyorkino. Hay gente que resulta un poco cansina.

La novela de John Steinbeck 'Al este del Edén' se cierra con la amable palabra hebrea 'timshel', citada en el Génesis, en la que Adán intenta reconfortar a su hijo y le anima a luchar hasta derrotar la maldad que habita en él. Mirémonos todos dentro.

lunes, 5 de septiembre de 2016

LOS CIMIENTOS DEMOCRÁTICOS

El acuerdo entre el Partido Popular y Ciudadanos para investir a Mariano Rajoy como presidente del Gobierno de España ha sido rechazado por el Congreso de los Diputados. 

El PSOE, sin cuya abstención o voto a favor no era posible materializar esa opción, ha dicho no y, salvo un improbable cambio de posición, ello conducirá a una repetición de elecciones el próximo 25 de diciembre. La posición de los socialistas parecería incomprensible por razones de Estado. Impide la formación de un gabinete sin ser capaz de articular una alternativa. Sin embargo, esa actitud responde a razones de mayor calado, que desbordan los intereses personales o partidistas del socialismo español y de su actual dirigencia. La postura del PSOE es el resultado de la crisis de discurso y de identidad de la izquierda democrática europea.

El programa acordado entre el PP y C's es prácticamente idéntico al que éste firmó con el PSOE hace unos meses. Se trata de un proyecto socialdemócrata en el plano económico, esto es, con unos planteamientos de una evidente orientación estatista lejana de los planteamientos tradicionales del centro derecha. Un grupo minoritario, Ciudadanos, ha logrado imponer a los populares un ideario ajeno a sus principios ideológicos y ubicado con claridad en el espectro del centro izquierda o de la izquierda tradicional. Su aplicación conduciría a una profundización o, al menos, a una consolidación del Estado social, esto es, un modelo social y económico con una elevada presencia estatal en la actividad productiva. 

La ocupación del espacio de la socialdemocracia por la derecha y el centro deja sin hueco al socialismo democrático. Su papel y su discurso tradicional, el recurso a políticas redistributivas para corregir los excesos del orden capitalista ha sido en gran parte asumido por sus competidores con lo cual carece de un producto distintivo en el mercado. Cuando la derecha plantea medidas que se traducen en una expansión del papel del Estado en la economía y en la sociedad, la izquierda socialdemócrata se coloca en una situación precaria. 

El viraje del grueso de las fuerzas derechistas democráticas hacia la socialdemocracia ha erosionado los cimientos programáticos y sociales del socialismo en toda Europa. Éste es uno de los fenómenos que explican el éxito y el avance de las variantes de izquierda y de derecha, en el caso español de las primeras, que han enarbolado banderas que suponen una alternativa al orden económico actual. Si la izquierda reformista no es la opción de cambio porque la derecha, en sentido amplio, ocupa su lugar, el único camino para quienes se sienten de izquierdas es bien votar a aquella o hacerlo por grupos antisistema. Desde esta perspectiva, el PSOE se encuentra ante la pinza de la socialdemocracia de derechas y del radicalismo de izquierdas. En otras palabras, en una tesitura diabólica y de la que le es difícil salir.

Si este alineamiento doctrinal no se altera, la democracia española tenderá al desequilibrio. La socialdemocratización de la derecha convierte a Podemos en la izquierda posible, pero al mismo tiempo deja abierto un espacio para que quienes no se sienten representados por su giro ideológico, busquen su representación en otras formaciones. Este riesgo se acentúa cuando el consenso socialdemócrata no es sostenible en términos económicos y financieros y, por tanto, no es capaz de satisfacer las demandas que alimenta. Éste es el peligro al que se enfrenta España en el medio plazo y que permanece oculto ante la urgencia de la coyuntura. Las democracias estables exigen la presencia de fuerzas alternativas dentro del sistema. La derecha y la izquierda han de representar realmente las ideas y las creencias de los ciudadanos ubicados en esas zonas doctrinales. Cuando dejan de hacerlo, terminan por emerger fuerzas centrífugas a ambos lados del espectro político que adoptan líneas radicales que desestabilizan el sistema o complican de manera extraordinaria su gobernabilidad. Ello resulta peligroso en cualquier escenario pero sobre todo en aquellos en los que un país ha de afrontar desafíos críticos de cara a su futuro. Por último, aunque el pacto entre el PP y C's hubiese culminado con la investidura de Rajoy, su aplicación hubiese sido imposible. España ha de reducir en cerca de 10.000 millones de euros su déficit público y ello no es factible añadiendo unos compromisos de gasto adicionales de unos 7.000 millones, más o menos, los resultantes de lo acordado entre los populares y Ciudadanos.

04/09/2016

jueves, 11 de agosto de 2016

IZQUIERDA Y DERECHA, UNA DISTINCIÓN OBSOLETA EN ESTADOS UNIDOS, Y EN EUROPA

Probablemente deberíamos adoptar una nueva forma de entender la política, distinguiendo entre los partidarios de la sociedad abierta, por un lado (la de Hillary Clinton, que resulta ser demócrata), frente a los adeptos de la sociedad privada, detrás de Donald Trump, que se relaciona vagamente con el Partido Republicano

SI seguimos las elecciones en Estados Unidos, es difícil aplicar la distinción entre derecha e izquierda como parrilla de lectura. La división a la europea entre liberales y socialistas ya no funciona, puesto que el socialismo no está representado en EE.UU. y todos los candidatos, o casi, apoyan un capitalismo más o menos regulado. Probablemente deberíamos adoptar una nueva forma de entender la política, distinguiendo entre los partidarios de la sociedad abierta, por un lado (la de Hillary Clinton, que resulta ser demócrata), frente a los adeptos de la sociedad privada, detrás de Donald Trump, que se relaciona vagamente con el Partido Republicano.

Creo que estos dos conceptos permiten aclarar algo las posiciones de uno y otra. Trump, que, a falta de conocimiento, no carece de coherencia, está en contra de la inmigración, en contra de las religiones no estadounidenses (islam), en contra de los no blancos (los mexicanos), en contra las importaciones (sobre todo chinas) y en contra de los compromisos del Ejército estadounidense fuera del país. Su visión de la sociedad es casi tribal. Es partidario de un Estado centralizado y fuerte, que tome todas las decisiones sin consultar demasiado ni con la oposición ni con la sociedad civil. No es de extrañar, ya que Trump manifiesta simpatía por los dictadores que comparten sus concepciones nacionalistas, autárquicas y estatistas, empezando por Putin.

A lo que se puede oponer, punto por punto, el programa de Hillary Clinton, abierta a la diversidad cultural de la nación, étnica, religiosa y sexual, y bastante favorable a los intercambios internacionales y al activismo diplomático y militar. También está dispuesta a negociar con sus adversarios políticos, a los que no denuncia como enemigos; esto, sin embargo, no significa que sea una liberal clásica, ya que se inclina por un Estado intervencionista y regulador.

Ambos candidatos ilustran una reclasificación de las normas políticas, adoptando cada uno algo de la izquierda, algo de la derecha, algo de la tradición republicana y algo de la tradición demócrata, sin coincidir completamente con los partidos con el que uno y otra se alinean. Trump rompe con la preferencia de los republicanos tradicionales, desde Reagan hasta Jeb Bush, en lo que respecta a la inmigración, el comercio internacional y la propagación internacional de la democracia. Clinton rompe también, pero de forma menos espectacular que su oponente, con la cautela de los demócratas (Obama en particular) sobre el uso del Ejército para resolver los conflictos internacionales.

Se me objetará que esta reclasificación entre sociedad abierta y sociedad cerrada es un incidente circunstancial, específico de EE.UU., una consecuencia de la personalidad extravagante de Trump. Esta interpretación es viable, pero no segura; también podemos adivinar en estas elecciones una especie de laboratorio del futuro que valdría para Europa. Así, el reciente referéndum británico sobre la salida de la UE no ha opuesto a la derecha conservadora con la izquierda laborista, sino a los partidarios de la apertura y a los favorables al cierre

En España, nos preguntamos si la fragmentación del Parlamento por segunda vez consecutiva no se deberá a un sistema de partidos a la vieja usanza que ya no reflejan la nueva división entre abierto o cerrado. Mario Vargas Llosa, entre otros, sugería para España un gobierno de coalición entre los partidarios «abiertos» de Europa contra los defensores «cerrados» del tribalismo

Y lo mismo ocurre en Francia, donde los militantes de la apertura o del cierre se encuentran dispersos entre partidos arcaicos heredados del pasado revolucionario, al que debemos los términos de «derecha» (partidarios del Rey en 1792) e «izquierda» (partidarios de la República), pero que ya no reflejan las apuestas y los temperamentos contemporáneos.

En realidad, los candidatos a las elecciones legislativas o presidenciales se sitúan bajo la pancarta de los viejos partidos solo por razones prácticas y oportunistas: estos partidos siguen controlando la organización y los recursos necesarios para ser candidato. ¿Los electores? Ya no se orientan y los resultados no permiten formar gobiernos coherentes: lo comprobamos en Gran Bretaña igual que en España y Francia.

¿Cómo salir de esta grisalla y restaurar opciones claras en democracia? Se pueden crear nuevos partidos: en España, Podemos cerrado, Ciudadanos abierto. En Francia, esta es la tentación de Emmanuel Macron, ni derecha ni izquierda, sino abierto. En EE.UU., Trump ha acabado con el Partido Republicano que, necesariamente, deberá renacer de otra forma, después de elegir entre la apertura y el cierre. En casi toda Europa, los nombres de los partidos no coinciden con la elección abierto o cerrado; la distorsión es general.

Vamos a hacer una sugerencia que quizá permitiría restaurar en Europa la continuidad entre los partidos y la opinión: aprovechar las próximas elecciones al Parlamento Europeo en 2019 para que las listas de las candidaturas se clasifiquen según esta escala que va de la apertura al cierre. Este ejemplo llegado de lo alto podría propagarse entre los países miembros. Al final, llegaremos. Si no lo conseguimos, la democracia ya no será viable.

ABC 08/08/16 GUY SORMAN

LA IZQUIERDA MÁS RETRÓGRADA DE EUROPA

Ética o ideología. El viejo debate de los filósofos se ha trasladado a la política. Se piensa más en las siguientes elecciones que en los problemas actuales

El antiguo dirigente socialista José Martínez Cobo ha escrito para la Fundación Sistema un lúcido artículo sobre la figura del exprimer ministro francés Michel Rocard, recientemente fallecido. 

Rocard, como se sabe, representaba el ala más moderada del Partido Socialista, y, como sostiene Martínez Cobo, había sido capaz de sustituir la ideología por la ética. El político francés aconsejaba a los socialistas que en lugar de polemizar sobre el futuro se preocuparan más por el presente, porque de lo contrario sería la derecha quien gobernara. Y el tiempo le ha dado la razón.

La socialdemocracia tradicional ha dejado de seducir a millones de trabajadores y otros partidos han ocupado buena parte de su espacio político. Entre otras cosas, porque el propio centroderecha europeo ha hecho suyo los principios esenciales del Estado de bienestar.

Aunque Rocard fue varias veces ministro de Mitterrand, su gran antagonista, siempre mantuvo una formidable autoridad intelectual sobre el conjunto de la izquierda. De hecho, Mitterrand, el viejo canalla de la política francesa, lo nombró primer ministro para neutralizarlo políticamente.

Buena parte de esa izquierda lo odiaba políticamente como una especie de traidor a la causa de la clase obrera. Pero Rocard, acostumbrado a nadar a contracorriente, se despidió de este mundo con una frase lapidaria. En su testamento político dejó dicho que la izquierda francesa era la “más retrógrada de Europa”.

La disyuntiva entre ética e ideología forma parte de un viejo dilema entre filósofos. Y de forma sucinta puede definirse como el debate entre el fin y los medios. O lo que es lo mismo, a través de la ideología se pretende alcanzar unos objetivos políticos, lo que presupone que los medios utilizados para lograr ese fin son irrelevantes (el cielo suele estar empedrado de cadáveres); mientras que desde el lado de la ética, tan importante es el fin como los medios. Y si para lograr determinados horizontes de bienestar hay que sacrificar la dignidad humana, pues es mejor no hacer la ‘revolución’.

El siglo XX significó el triunfo trágico de las ideologías en estado puro, sin matices, cimentadas sobre una absurda superioridad moral de unos y de otros; mientras que el siglo XXI está preñado de pragmatismo, lo que ha dado carta de naturaleza a la existencia de sistemas económicos mixtos en los que conviven una fuerte presencia del Estado (casi la mitad del PIB es gasto público) y unos más que aceptables niveles de libertad económica.

Miseria intelectual
Es evidente, sin embargo, que ética e ideología no tienen que ser necesariamente términos contrapuestos. La democracia, de hecho, se legitima cuando es capaz de ofrecer un pacto entre ambos conceptos, pero se diluye, se agrieta, cuando se plantean falsas contradicciones que, en realidad, enmascaran toneladas de miseria intelectual. Una especie de regreso a disquisiciones teológicas -el bien y el mal, el cielo y el infierno- anterior a la Ilustración y a la edad de la razón. En lugar de vivir el presente para transformarlo racionalmente, se opta por quimeras destinadas a construir un futuro idílico que nunca se alcanzará.

Partidos como Podemos han construido su discurso no sobre el presente, sino sobre cómo ganar el futuro, lo que le ha llevado a la inutilidad

Este falso dualismo, en términos políticos, conduce al fracaso. Y eso explica que en España, en línea con lo que sugería Rocard, la izquierda tenga más votos que la derecha (10,4 millones entre el PSOE y Unidos Podemos, frente a los 7,9 millones del Partido Popular), pero que Rajoy haya sido, por dos veces, el político más votado. Probablemente, porque sus votantes quieren ganar el presente -la ética del pragmatismo- y no entienden de discursos abstractos: la ideología desnuda de realismo. Sin contar, obviamente, con el efecto de la ley electoral.

Partidos como Podemos, en este sentido, han construido su discurso no sobre el presente, sino sobre cómo ganar el futuro, lo que le ha llevado a la inutilidad. Si el partido de Pablo Iglesias hubiera entendido que se hace política para gobernar ahora y para resolver los problemas de la gente, hay razones para creer que hoy un pacto PSOE-Podemos hubiera estado en condiciones de intentar formar Gobierno, incluso con el respaldo de Ciudadanos en aras de regenerar la vida pública. Algo que explica que Podemos se haya convertido, finalmente, en Pudimos. O lo que es lo mismo, 71 diputados -más de cinco millones de votos- con los que nadie quiere pactar.

La ética de la responsabilidad
El resultado concreto, en todo caso, es un bloqueo institucional sin precedentes. Precisamente, porque la ideología -sin duda esencial para el discurso político como instrumento de análisis y de coherencia política- se ha impuesto a la célebre ética de la responsabilidad de Max Weber, que consiste, frente a la ética de la convicción kantiana, en asumir las acciones que libremente se han decidido. Una especie de autonomía del individuo destinada a resolver los problemas no ocultándolos bajo la lona de la ideología.

Los líderes actuales entienden la política como un fin en sí mismo cuando no es más que un instrumento de transformación de la realidad: pensiones, educación…

Pero además, en el caso español, con una paradoja. Las discrepancias no surgen de la negociación, lo que sería algo más que razonable, sino de la no negociación. Es decir, se hace política a partir de un complejo sistema de sospechas mutuas que impide a los líderes políticos centrarse en la parte esencial de la negociación.

Todos saben lo que votarán con carácter previo ante un hipotético debate de investidura, pero nadie conoce las razones -más allá de las generales o las puramente ideológicas- que expliquen el sentido del voto. Simplemente, porque no hay negociaciones con propuestas concretas y sin vaguedades, lo cual es de aurora boreal. Máxime cuando ni el propio candidato Rajoy garantiza que acudirá a la investidura, lo cual impediría conocer las razones concretas del voto negativo o de la abstención una vez que se hiciera público el programa de gobierno.

Weber recomendaba a quien buscara la salvación de su alma y la de los demás que no transitara por el camino de la política, y lo cierto es que este país se ha llenado de ‘patriotas’ incapaces de formar gobierno, lo que revela dos cosas.

La primera, que los líderes actuales entienden la política como un fin en sí mismo, cuando no es más que un instrumento de transformación de la realidad: las pensiones, la educación, la sanidad o la política cultural.

La razón de ser de algunos partidos, de hecho, es su propia supervivencia. O dicho de otra manera, lo que interesa es si el pacto les beneficia o les perjudica de cara a las siguientes elecciones. Sin duda, una extraña competencia electoral que margina el presente para garantizarse el futuro.

La segunda lección es que este país sigue instalado en el siglo XX, en el de las ideologías pedestres y rotundas. O, incluso, en el XIX, marcado por los filósofos de la sospecha. Algo que justifica la ausencia de diálogo fértil entre distintas formaciones políticas. Y para llegar a esta conclusión solo hay que echar un vistazo a lo que pasó en la legislatura de Mariano Rajoy con mayoría absoluta (también en las anteriores). De aquellos barros, estos lodos (trufados de falsa ideología).

EL CONFIDENCIAL 07/08/16 CARLOS SÁNCHEZ

domingo, 7 de agosto de 2016

LA ESPAÑA INFANTIL

La situación política que soporta España es consecuencia de un proceso de infantilización de la sociedad actual, en el que todos tenemos algo que ver, cuando no alta responsabilidad. Resulta complejo diagnosticar con exactitud las causas de esta regresión en nuestra madurez. Son varios y distintos los factores que intervienen para llegar hasta aquí. Tampoco el mal es exclusivo nuestro: lo padece el Occidente desarrollado en general, aunque una de sus mayores expresiones es el callejón sin salida por el que transita ahora mismo la gobernabilidad de este país.

Una de las causas de ese proceso de trivialización y puerilización, en la que coinciden analistas y sociólogos, es la excesiva protección de unos ciudadanos que se han acostumbrado a que se les facilite la vida sin apenas exigirles nada a cambio. Servicios garantizados, dinero fácil y subvencionado, diversión y ocio sin límites, aprobados sin esfuerzo, derechos sin deberes. Sobre tan tupida red, se ha debilitado a la sociedad, que tiende a llorar con enfado y aspavientos sus problemas, a buscar culpables de sus propios fracasos, mientras olvida con demasiada frecuencia asumir sus responsabilidades. Hemos auspiciado una sociedad, en definitiva, que no está preparada para los contratiempos. Al contrario, se ha reemplazado el trabajo por el disfrute como aspiración social. Al mismo tiempo, hemos desincentivado el mérito y fomentado la reivindicación y la exigencia. Se ha consumado una pérdida de valores, eclipsados por intereses o modas puntuales. Y así hemos llegado al paroxismo de una ciudadanía que no cesa de exigir a los demás, cuando ella se perdona todo.

Lo hemos comprobado en España en los últimos años. Tanto en el acoso al Ejecutivo de Mariano Rajoy –hasta el punto de llamar «gobierno de la crueldad» al que destina el 38 por ciento del PIB al Estado del bienestar– como en el enfado e imputación a los demás de los problemas que nos atañen.

En ese caldo de cultivo germinan los movimientos populistas. Todo se vuelve más simple, hasta el discurso ideológico. Todo es más primario. Se ofrece venganza en lugar de cooperación para un futuro mejor. Los dirigentes solo dicen lo que la gente quiere oír. Nadie se atreve a contradecir a la masa. Faltan líderes de altura, comprometidos con el bien común. Solo puntúa lo inmediato. Estamos, por tanto, ante la involución e inmadurez de la política, reflejo de una sociedad pueril, al mismo tiempo que frágil. Se rehúye el compromiso cívico y se penaliza el patriotismo. Se llega a creer que en cualquier otro país viviríamos igual, o mejor. Engordan las tentaciones feudales de los nacionalistas, que pretenden gobernar su pequeña finca, mientras alardean del incumplimiento de las leyes.

Este proceso de radicalización de la opinión pública, ya sea de extrema izquierda o extrema derecha, no es privativo de España, como bien sabe el lector. Toda la geografía de los países desarrollados, incluidos los Estados Unidos, asiste a la ebullición de esa nueva variante de la patología política llamada populismo. Coincide con ese declinar del orgullo nacional bien entendido. El sentimiento patriótico es una idea que nace con la Ilustración y el Racionalismo. Un concepto que entronca con el pensamiento de progreso. Nada que ver con el nacionalismo.

Afortunadamente, sobre esta crisis meditan y escriben ya solventes pensadores. Uno de ellos es Todd Buchholz, un economista estadounidense vinculado a Harvard, que ayudó a su país a salir del cataclismo del crack de 2008 y que supo prever, por ejemplo, que el petróleo caería a 50 dólares cuando estaba a 100. Su nuevo libro lleva por título «El precio de la prosperidad: ¿por qué fracasan las naciones ricas y cómo renovarlas?». Sus reflexiones parecen hechas a la medida del complejo momento de España.

Parte de una premisa sencilla y certera. Según Buchholz, cuando los países se vuelven ricos, la natalidad cae y, en consecuencia, crece la media de edad de la población. «Para mantener el nivel de vida, se necesitan nuevos trabajadores, lo que supone abrir las puertas a más inmigrantes. A menos que el país disponga de unas instituciones culturales y cívicas muy fuertes, los inmigrantes arañan la cultura dominante, con lo que la riqueza relativa empieza a caer y se deshilacha el tejido cultural. Las naciones prósperas no pueden mantener su prosperidad si no se vuelven multiculturales, pero volviéndose multiculturales se vuelve más difícil que alcancen unas metas nacionales».

Es probable que sus reflexiones desaten polémica y controversia en la acomodada Europa. Sobre todo porque su antídoto es más patriotismo. Es decir, más compromiso, más responsabilidad, más trabajo y menos parásitos que viven del esfuerzo de otros. Buchholz sostiene que la única manera de paliar ese decaimiento pasa por renovar el sentimiento nacional, los símbolos rituales y la cultura común. Pero él mismo advierte que, en cuanto abogas por esto –que en el fondo es condenar la multiculturalidad– de inmediato te llaman «racista». «Celebremos la multiculturalidad» ese mantra tan en boga, es, en su opinión, del todo inadecuado porque las pruebas empíricas muestran que la multiculturalidad resulta muy nociva para las sociedades.

Podemos estar completamente de acuerdo, a medias, en parte o en absoluto con este autor norteamericano, pero su propuesta de debate es la que tendría que ocuparnos ahora mismo. Apunta directo a la raíz del problema. Pero nuestra infantil y candorosa visión de la sociedad nos impide enfrentarnos a los que de verdad son nuestros desafíos. ¿Podemos seguir manteniendo este nivel de bienestar? ¿Cómo hacerlo sostenible? ¿Cómo se pagarán las pensiones en una sociedad donde los ancianos serán mayoría? ¿Sólo con inmigrantes? ¿Dejamos a su libre albedrío a quienes proceden de otras culturas o pedimos que respeten nuestras leyes? ¿Apostamos por España? ¿Alguien parará los pies a los sediciosos? ¿Quién se atreverá a contar la verdad al inmaduro pueblo español?

«Una nación es una cosa frágil», escribió hace años Samuel P. Huntington. Qué gran verdad. Se puede comprobar en el momento actual de España: habiendo alcanzado una prosperidad con la que nunca soñó, se ha lanzado a ponerlo todo en cuestión en un peligrosísimo ejercicio de egotismo infantiloide.

¿Creen que algo de esto preocupa a nuestra clase política? Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias son una buena demostración y reflejo de esa España simplona. A la que ayudaron a propagarse de manera cómplice otros cuantos políticos, entre ellos también Mariano Rajoy. Muchos ciudadanos esperamos un discurso más realista, firme y alejado de cualquier coyuntura ventajista. Basta de pensar en las urnas y en la supervivencia personal.

Bieito Rubido, director de ABC.
Domingo, 07/Ago/2016