miércoles, 22 de julio de 2015

LAS MENTIRAS DEL NACIONALISMO, LAS NACIONALIDADES Y SUS BALANZAS FISCALES

ESTADÍSTICAS CONTRA FE
IGNACIO CAMACHO (ABC)

En la sociedad de la propaganda a las estadísticas les pasa aquello que decía un personaje de Clint Eastwood sobre las opiniones y los culos: que todo el mundo tiene la suya. Pensadas como demostración aritmética y tabulada de una cierta objetividad factual han quedado reducidas a un mero instrumento doctrinario que cada cual esgrime a su conveniencia: simples, contundentes y a ser posible falsas o sesgadas para que penetren mejor en el magma imbécil, crédulo y poroso de las redes sociales. En el debate político el valor de una estadística consiste en publicarla primero y hacer con ella el ruido suficiente para crear un marco mental ventajoso. El dato ya no es el portador frío de la verdad, sino el celofán manipulado que envuelve su apariencia.

Por eso la publicación oficial de las balanzas fiscales –según la moda de las «webs de la verdad», es un puro oxímoron– que carece a estas alturas de virtualidad argumental para frenar la gran mentira catalana del expolio. El breve sintagma de «España nos roba» arrasó hace tiempo cualquier intento de objetivación con una potencia publicitaria de muchos megatones. El soberanismo creó un eslogan a la medida del sentimiento victimista y lo catapultó a categoría con una tenaz repetición goebbelsiana. No se movía en el plano racional sino en el emotivo, aprovechando además el absentismo de los constitucionalistas. La premisa era falsa, pero circulaba a favor de corriente: sus cuentas torcidas constituían la demostración tomista que necesitaba la teología de la emancipación para construir la verdad revelada de una independencia necesaria. Ya no tiene sentido rebatirla porque no se trata de un pensamiento o de un criterio, sino de una fe.

Además, al entrar en el debate de los balances financieros autonómicos el Gobierno se sitúa en el marco intelectual nacionalista. El Estado de las autonomías se construyó a partir de un mecanismo de redistribución y transferencias internas de renta similar al que sostiene los principios de recaudación fiscal. Ese equilibrio se llama solidaridad y es el que quiere romper el nacionalismo identitario, que bajo su disfraz emocional oculta una rebelión de los ricos contra los pobres.

Las inversiones se ejecutan en los territorios, pero los impuestos los pagan los ciudadanos, los contribuyentes; son una contribución individual, no colectiva. La perversión conceptual de medirlos por regiones ataca en la raíz al Estado igualitario y constituye la médula argumental del fraccionalismo político. Crea agravios y fomenta estereotipos. Pero sobre todo supone un error de planteamiento discursivo: cuando te acusan de ladrón para intimidarte lo último que puedes hacer es intentar demostrar que no has robado. La ventaja de la calumnia ante su refutación es que no necesita apoyarse en gráficos ni en tablas. La mentira da la vuelta al mundo mientras la verdad se pone los zapatos.


¿QÚE HA FALLADO?
JOSÉ MARÍA CARRASCAL, ABC

La lectura del libro «El guionista de la Transición», sobre Torcuato Fernández-Miranda, escrito por su sobrino nieto Juan, me ha dejado envuelto en la pesadumbre. Aquel hombre de gesto adusto, mente afilada y grandeza de espíritu que le permitía prescindir de la ambición personal acertó dos veces: al diseñar la Transición y al predecir que, tal como se había llevado a la práctica, portaba en sí los gérmenes de su propia destrucción. Antes de seguir, dos palabras sobre el autor: Juan Fernández-Miranda, redactor jefe de la sección de España de este periódico, demuestra una madurez impropia de su juventud, al no dejarse arrastrar por la querencia familiar y avalar con hechos cuanto escribe. Posiblemente le venga del tío abuelo, cuya figura no necesita ditirambos para destacar sobre sus contemporáneos.

La Transición fue obra de tres hombres: el Rey Don Juan Carlos como motor, Suárez como ejecutor y Fernández-Miranda como diseñador del plan para pasar de un régimen totalitario o autoritario –no vamos ahora a discutir sobre eso– a uno democrático, «de la ley a la ley». Justo lo contrario de lo que se intenta en Cataluña para lograr la independencia: «del fraude de ley al fraude de ley», presumiendo incluso de ello, como si burlar la ley fuera un mérito.

Fue un éxito. Un éxito tan grande que nos impidió ver los errores cometidos. A quien no podían escapar era al padre del invento, que nada más puesto en marcha los detectó. El primero y más grave de ellos, la nueva articulación del Estado. Eso de crear «nacionalidades», término espurio, no podía acabar bien en un pueblo sin la menor experiencia democrática, y encima, con dos rangos, las «históricas» y las no históricas, fomentando el vicio nacional, la envidia, con el resultado del «café para todos», que no dejó satisfecho a nadie. Torcuato Fernández-Miranda lo adivinó y lo advirtió muy seriamente, pero no le hicieron caso. Ante lo que se fue a morir a Londres, pienso, para no ver el fracaso de su obra, que hoy comprobamos. España no puede permitirse un Estado de la Autonomías con 17 Parlamentos, 17 Tribunales Superiores de Justicia, 17 Defensores del Pueblo y toda una burocracia estatal, no ya por razones económicas –tenemos más funcionarios que Alemania, con la mitad de la población–, sino porque las «nacionalidades» derivan de las naciones, y las naciones devienen en estados, empezando por las tres que se creen más que las demás, aunque a estas alturas todas tienen ya su himno, su bandera, su día de fiesta nacional y el resto de los atributos estatales. ¡Qué cada autonomía! Cada ciudad, y, por el camino que vamos, pronto lo tendrá cada pueblo. Buenos somos los españoles para ser menos que los vecinos.

Tu tío abuelo, Juan, no fue un político. De haberlo sido, hubiera aceptado la presidencia del Gobierno que le ofreció el Rey. Pero prefirió ser presidente de las Cortes, porque en ese puesto podía servir mejor al Rey y a España. Con lo que demostró ser un hombre de Estado. Y Estado es lo que falta hoy en España, en la clase política y en la ciudadanía.


Hacienda desvela ahora que Madrid aporta el doble que Cataluña al Estado
EL CONFIDENCIAL 21.07.2015

La Comunidad de Madrid da 19.015 millones de euros más de los que recibe, un saldo fiscal negativo que es 2,5 veces superior al de Cataluña, con 7.439 millones de euros.

Las Cuentas Públicas Territorializadas (CPTE), conocidas como informe sobre las balanzas fiscales, que han sido publicadas este martes por el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas, desvela que el déficit fiscal de Cataluña disminuye y el de Madrid aumenta en plena crisis.

De este modo, la Comunidad de Madrid aporta al Estado 19.015 millones de euros más de los que recibe, un saldo fiscal negativo que es 2,5 veces superior al de Cataluña, con 7.439 millones de euros, con datos de 2012.

De acuerdo con el estudio, los flujos redistributivos entre las regiones ascendieron en ese año a más de 29.238 millones de euros, casi el 2,8 por ciento del PIB de toda España.

Tras Madrid y Cataluña se sitúa la Comunidad Valenciana con un mayor saldo fiscal negativo, con 1.453 millones de euros, y Baleares, con 1.330. Estas cuatro comunidades han expresado numerosas veces su desacuerdo con el actual sistema de financiación y reclaman otro distinto.

El resto de comunidades autónomas presentan saldos fiscales positivos, especialmente Andalucía, con 8.531 millones de euros. Galicia tiene una diferencia positiva de 3.946 millones de euros, seguida de Canarias, con 3.749, y Castilla y León, con 2.933 millones de euros.

El Ministerio señala que para las comunidades receptoras netas -las de saldos fiscales positivos-, los flujos de entrada representan un 5,5 por ciento de su PIB, mientras que para las contribuyentes netas, los flujos de salida eran el 5,6 por ciento del PIB en el año analizado.

Destaca que el saldo fiscal "tiende a empeorar" según aumenta la renta per cápita, de forma que los territorios más ricos generalmente presentan déficit fiscales, mientras que los de menor renta suelen disfrutar de superávit.

Según estos datos, cada madrileño tiene un saldo fiscal negativo de casi 3.000 euros y casi mil cada catalán, cifra que se eleva hasta los 1.192 por cada balear y a 284 por cada valenciano. El saldo relativo negativo quiere decir que la región paga más impuestos por habitante que la media o recibe menos gasto, recuerda el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas.


LA IZQUIERDA DEBE MOJARSE, PERO SIEMPRE LO HACE A FAVOR DE POPULISTAS E INDEPENDENTISTAS

Esta semana tuve la agradable ocasión de conversar en Londres con la soprano Ainhoa Arteta Ibarrolaburu, que como proclaman sus apellidos es más vasca que el Cabo Machichaco. Hablando con un aplomo tranquilo, con la mirada ancha de una ciudadana que recorre el mundo, aquella cantante triunfadora, una mujer risueña, todavía hermosa en la primera gran curva de la edad, me dijo lo siguiente: «España es un país que hemos hecho entre todos. Tenemos tantísimas cosas en común… Yo tengo no ocho, sino 32 apellidos vascos, pero creo que deberíamos mezclarnos todavía más». Y luego añadió algo: «Es imposible que España se rompa, porque nos necesitamos más de lo que creemos». Después hablamos de música y también, sin necesidad de citarlo, me puso pingando a Montoro y su malhadado IVA cultural. Es decir, expresó libremente sus legítimos puntos de vista políticos, que en su caso no concordaban con los del Gobierno.

Entre buena parte de nuestra intelectualidad no existe ese ejercicio tan natural que hizo Ainhoa de separar lo que es su país de los avatares de la refriega partidaria. En España se ha llegado a la aberrante situación de que el «buen intelectual» de izquierda, el zejista al uso, considera que hablar bien de su nación, defenderla, poner en valor de manera ecuánime sus cosas buenas, lo tizna de derechismo sospechoso. No escucharán jamás a don Pedro Almodóvar, que es la patria chica de Don Quijote, levantando su voz siempre peleona para hacer el más mínimo reproche a un separatismo que pregona abiertamente que quiere destruir su nación. Otro tanto vale para docenas de novelistas, actores, directores, deportistas o músicos madrileños, silentes ante el ataque frontal a su país, como si fuesen de Oklahoma y nada se jugasen en el envite. El problema se extrema si nos trasladamos al País Vasco, Galicia o Cataluña: solo se atreven a levantar la voz contra la regresión nacionalista quienes se han exiliado en Madrid tras ser machacados por el separatismo, tipo Albert Boadella.

La ley del silencio también impera en nuestro empresariado, incluidos muchos legendarios clásicos del Ibex 35, conferenciantes perennes, a los que asombrosamente no les merece opinión que el comunismo gobierne en Madrid y Barcelona, o que sus empresas puedan verse frenadas de manera traumática si llega al poder la coalición Sánchez-Podemos, que es la alternativa a Rajoy. Sobre el PSOE no me extiendo. Ha elegido la alocada vía de dar aire al separatismo con concesiones antiespañolas, en lugar de ir de la mano con el PP en defensa de la legalidad democrática y de la idea de España, que es la solidaria y avanzada (salvo que ahora resulte que lo «progresista» es fomentar el odio al vecino y el privilegio medieval de unos ciudadanos sobre otros).

Toda esta triste situación es de patente exclusivamente española, debido tal vez a que todavía impera un delirante paradigma que lleva a pensar que España la inventó Franco. Nada así ocurre en Francia, o en el Reino Unido, donde sus empresarios, banqueros, intelectuales y medios se pringaron hasta las cejas para salvar la Unión en el referéndum de Escocia. Y ganaron, claro ¿Mojándose? Por supuesto.

ABC 17/07/15 LUIS VENTOSO

jueves, 16 de julio de 2015

LA ARROGANCIA DEL CONDOTIERO

«La persistencia del pasado es una de esas bendiciones tragicómicas de las que reniega cada nueva era al subir a escena con arrogancia, para pronunciar con afectación su derecho a una novedad completa». La afirmación es del novelista John Galsworthy, que comparaba con pesimismo y nostalgia las condiciones de la Inglaterra de entreguerras y la plenitud del régimen victoriano. Ahora, cuando sufrimos un asalto sin rubor a lo que hicimos para construir la democracia en España, y cuando se trata de arrojar a las tinieblas exteriores el parlamentarismo europeo, nuestra preocupación no es fruto de un sentimiento de turbación emocional e inmovilismo político. Nuestra actitud responde a la defensa de todo aquello que sigue teniendo vigencia frente a las maniobras de demolición que se empeñan en añadir desnudez cultural al despojo de derechos sociales y niveles de vida que esta crisis ha acarreado.

Nuestro sentido de la historia, nuestra confianza en las posibilidades representativas, reformistas e integradoras de nuestra constitución, nada tienen que ver con esa tierra baldía donde se refugian quienes tienen miedo al futuro y prefieren la esterilidad del culto a los recuerdos. Es pura sensatez para encarar el porvenir, es la demanda justa de la seguridad que nos ofrece un régimen que trajo el restablecimiento de la convivencia entre los españoles. Es el sentido común con el que se veneran los aciertos para solucionar los graves problemas políticos que España arrastró durante décadas. Es la racionalidad con la que se manifiesta la plena disposición a reformar lo que haga falta y la esperanza de recuperar el bienestar desmantelado por la crisis.

Esa «persistencia del pasado» no es el temor a la adaptación a los nuevos tiempos, sino el deseo de afrontarlos con las elementales garantías que hemos de disponer en nuestro viaje hacia el mañana. Una voz liberadora, dos mil años atrás, exigió a sus discípulos que lo dejaran todo para seguirle. Y lo que hizo el cristianismo fue precisamente desnudarse de cuanto convertía al hombre en un elemento más de la naturaleza, para alentar las raíces de la civilización en la que nos reconocemos desde entonces. ¿Es eso lo que nos sugieren desde la impertinencia superficial y falsamente valerosa algunos caudillos de nuestro tiempo? ¿No estaremos ante un movimiento milenarista que, aprovechando la desesperación causada por la crisis, banaliza aquellas inmensas palabras de redención para echar abajo un orden moral del que son herederos directos los valores políticos, principios sociales y fundamentos culturales de la democracia occidental?

Porque, por si alguien no se ha enterado todavía, lo que se nos está urgiendo no es que atendamos mejor nuestras obligaciones con los que sufren, ni que aceleremos la rehabilitación de un país sofocado por la crisis, y ni siquiera que mejoremos la musculatura de la decencia cívica, ante las situaciones de indignidad que padecen tantos españoles. Lo que se nos está diciendo es que todo aquello que emprendimos hace cuarenta años, tanto en su resultado como en sus intenciones, es pura morralla, materia de olvido, carne de hoguera. Ni siquiera fue un bien provisional, sino un error que ahora se tiene la oportunidad de rectificar. Y, claro está, la propuesta no se dirige solamente a las condiciones exclusivas de nuestra transición, sino al conjunto de los regímenes políticos europeos moldeados en la esforzada tarea de reconstrucción de la democracia.

Hace unas semanas, el líder de Podemos lanzó a sus competidores más próximos, los dirigentes de Izquierda Unida, una sarta de insultos de los que se apresuró a disculparse, con la boca pequeña. Que nadie se equivoque, creyendo que se trata de un simple episodio de la querella de nuestra izquierda, bregando por obtener la hegemonía en un espacio común. A lo que disparaba Pablo Iglesias es a la línea de flotación estratégica del Partido Comunista de España, pero también al papel desempeñado por Carrillo y sus seguidores en la transición. Lo que quería proclamar es la invalidez original de unas actitudes que correspondían a todas las culturas políticas en las que los europeos se han visto representados desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Ese es el trámite de voladura de una legitimación institucional sobre cuyas cenizas aspira a edificar una nueva forma de entender la sociedad.

Desde la caída del fascismo, el Occidente europeo construyó su sistema político con muchos más materiales y mejores recursos ideológicos que la simple politización de las frustraciones de quienes peor lo estaban pasando, como ahora propone Pablo Iglesias. Europa se construyó sobre la esperanza, no sobre el resentimiento. Europa se construyó sobre el fervor del futuro alimentado en un duro aprendizaje, no sobre el miedo al pasado estéril. Los hombres y mujeres que decidieron fabricar un régimen de bienestar y tolerancia habían aprendido lo que significaban los tambores cercanos del fanatismo totalitario. Y se organizaron en una sociedad plural que, precisamente, deseaba olvidar la farsante unanimidad con que se les sometió a la tiranía. Por ello, la democracia cristiana, el liberalismo y el reformismo obrero –incluyendo un comunismo que en muchos lugares en poco se distinguía de la cultura socialdemócrata– ofrecieron opciones caracterizadas por el vigor de las ideologías, concepciones políticas, distintas y complementarias siempre acompañadas del respeto a las ajenas. La ideología no era un obstáculo, sino la fuerza movilizadora con la que esta nuestra Europa regularizó su convivencia y se enriqueció constantemente en el debate entre las alternativas presentadas al voto de los ciudadanos y a la militancia de los más comprometidos.

¿Son estas páginas de nuestra historia las que debemos arrojar a la crítica implacable de los ratones? ¿Es esta la civilización que hemos de abandonar para seguir, despojados de cualquier atavío tradicional, a quien nos promete un mundo nuevo? Esa llamada de Pablo Iglesias y la fortuna que ahora le sostiene no es hija de la esperanza, como lo fue en 1945 o en 1978. Es un vástago directo de la crisis y de la descomposición de valores que la ha acompañado, bien cocinada en los años de extensa frivolidad cultural que precedieron a estos tiempos de cólera. Una de las mentes más brillantes de la izquierda del siglo XX, Gramsci, escribió en su largo y letal cautiverio unas palabras que podrían aplicarse al líder en cuestión y a su entorno inmediato: «Formulado el principio de que existen dirigidos y dirigentes, gobernantes y gobernados, es innegable que los “partidos” son, hasta ahora, el modo más adecuado para formar a los dirigentes y la capacidad de dirección. Los “partidos” pueden presentarse bajo los nombres más diversos, incluso bajo el de antipartido y de “negación de los partidos”; en realidad, hasta los llamados “individualistas” son hombres de partido; lo único que ocurre es que quisieran ser “jefes de partido” por la gracia de Dios o por la imbecilidad de sus seguidores».

Falta por saber si nuestra sociedad dispone aún del «sentido crítico y la corrosividad irónica», a los que también se refería Gramsci para acabar con las ambiciones de un condotiero y defender los fundamentos de un sistema democrático que, hoy por hoy, es portador del significado de una civilización.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento, en ABC

CRISIS GRIEGA, EL PROBLEMA NO ES EUROPA, SINO LA ESTUPIDEZ Y LA MALA GESTIÓN

«España es el problema; Europa, la solución» fue la frase con que Ortega encandiló a dos generaciones de españoles intelectualmente huérfanos. De ahí el alborozo que nos produjo el ingreso en la Comunidad Europea. ¡Albricias, ni África empezaba en los Pirineos ni Europa acababa en ellos! Y ahora resulta que el problema es Europa. También es mala suerte.

De la decadencia europea, identificada con Occidente, se viene hablando desde que, hace un siglo, Spengler escribió su famoso libro sobre ella, y las dos guerras mundiales, que en realidad fueron guerras civiles europeas, vinieron a ratificarlo. Tras la segunda, los europeos se dieron cuenta de que o se unían o desaparecían por el escotillón de la historia. Muchos lo habían intentado antes, Carlomagno, nuestro Carlos I, Napoleón, Hitler, sin conseguirlo. El problema es el de la Grecia antigua: que si las ciudades griegas se resistían a unirse, a las naciones europeas les ocurre lo mismo. Sólo después de los dos palizones en el siglo XX, comprendieron que el único camino era aliarse, comenzando por un consorcio sobre el carbón y el acero, para pasar a un mercado común, que ha desembocado en una confederación de 28 miembros que, por calidad de vida, es la envidia del mundo. Incluso ha creado una moneda común. Pero ha sido precisamente su éxito lo que ha traído sus dificultades. Tan bien iban las cosas, tan rápida era la expansión y tan fácil estaba resultando todo que no tomaron las más elementales precauciones. 

La primera, que crear una nueva moneda sin haber montado antes una hacienda y una fiscalidad común es como empezar una casa por el tejado. Una moneda depende de la economía que tiene debajo, y el euro se hizo a imagen y semejanza del marco, haciendo ricos de repente a millones de europeos que no lo eran. Fue como los irlandeses, portugueses, españoles y bastantes más empezaron a encontrar barato Nueva York, lo que era una herejía económica, pues sus economías ni de lejos daban para tanto. La cosa se agravó con la prisa en ampliar la comunidad, dando entrada en ella a países que no reunían las condiciones necesarias, Grecia a la cabeza, que entró en el euro mintiendo y desde entonces no ha hecho más que pedir dinero a sus socios, sin que estos quisieran verlo. La crisis, que no ha sido más que una enorme burbuja de especulación y endeudamiento, fue el tsunami que arrasó aquella orgía de gasto que dejó al descubierto la bancarrota de personas, empresas y países, con tragedias colectivas e individuales que rompen el corazón.

Como siempre ocurre en tiempos de desconcierto y turbulencia, surgen profetas que si, por una parte, están dispuestos a barrer cuanto hay en el escenario, por la otra aseguran tener fórmulas milagrosas para solucionar todos los problemas. Con gentes que, en su desesperación, están dispuestas a creerles. La experiencia nos advierte de que nunca hay que tener más cuidado ni tener la cabeza más fría que en las situaciones críticas. Se habrán ustedes hartado de leer y escuchar que la salida de Grecia del euro acabaría con este y, a la postre, con la UE. 

Pues bien, es una majadería, a más de una mentira como una casa, por más premios Nobel que lo digan. Nueve países de la UE, algunos tan dispares como Polonia y el Reino Unido, no están en el euro y les va tan bien. Es incluso posible que a Grecia también le fuera, al permitirle devaluar su moneda, cosa que no puede hacer en el euro, y hacer las reformas que necesitan su administración, finanzas y política. Eso sí, con sacrificios. Pero sacrificios tendrán que hacerlos tanto en el euro como fuera de él.

La segunda gran mentira es que la salida de Grecia significará que «Europa pierde su alma», como he leído a uno de esos comentaristas que presumen de enterados y sensibles sin saber de lo que hablan. Ya Ortega arremetió contra ellos con la indignación y desprecio del que sabe distinguir lo verdadero de lo falso. Al comentar el libro de Gerhard Hauptmann Primavera griega, escribe: «Si un español visita las ruinas del Ática, no se crea más cerca de Platón porque en la rota silueta de la Acrópolis reconozca el jocundo mediodía balear. Los griegos mismos vieron pronto que no constituía su valor histórico la condicionalidad de su clima y de sus cráneos. Griegos son, dice Isócrates, no los que vienen de una familia, sino los que participan de la cultura helénica». Para descargar el mazazo: «En este sentido –certifica el maestro–, un alemán se halla más cerca de Grecia que cualquiera de nosotros. El alma alemana encierra hoy la más elevada interpretación de lo humano, es decir, de la cultura europea. Gracias a Alemania, tenemos alguna sospecha de lo que Grecia fue. Ellos, con su proverbial pesadez, lentitud, cerveza, castidad, pietismo, han ido ensayando las fórmulas preciosas para aprehender aquel esplendor sobre el mar Egeo.»

Sólo tienen ustedes que cambiar español por griego, cultura por política y principios del siglo XX por principios del siglo XXI, y tendrán el reciente debate en Bruselas. Visto y oído el mismo, Tsipras y Varufakis, con sus desplantes, trucos, insultos, chantajes, no representan lo que se viene entendiendo como pensamiento clásico griego, sino más bien lo contrario: la marrullería levantina mintiendo a todo el mundo para salirse con la suya. 


Mientras que el respeto a la norma, a la realidad y a la palabra dada la representó ese señor ensilla de ruedas, sin motor eléctrico, que es el ministro alemán de Finanzas, Schäuble, respaldado por su canciller. Son los que han defendido que Europa, si quiere unirse y seguir interpretando un papel importante en la historia, tiene que empezar por respetarse a sí misma y cumplir las normas que se ha dado. El populismo anarquizante de los actuales dirigentes griegos sólo la llevaría a su disolución.

Quiero decir que si de algo ha servido esta crisis es de advertencia, no sólo a los griegos, sino a todos los europeos. Necesitamos más Europa, no menos. Quiero decir, menos nacionalismo y más europeísmo, más vínculos y menos excepciones, más normas comunes y menos hechos diferenciales. Hay que corregir lo que se ha hecho mal –empezando por crear una fiscalidad comunitaria– y reforzar lo que se ha hecho bien –convertir Europa en una isla de libertades individuales y responsabilidades colectivas–, sin olvidar nunca que una Europa pequeña, pero respetuosa de los valores clásicos griegos, vale más que una gran Europa que los ha olvidado.

José María Carrascal, periodista. ABC 

lunes, 13 de julio de 2015

LA PLAGA DEL POPULISMO EN ESPAÑA

España está infectada de populismo y demagogia. La infección ha alcanzado el nivel de plaga. Como escribió Camus, las plagas son comunes pero es difícil reconocerlas y cogen a las gentes siempre desprevenidas; se dicen que la plaga es irreal, un mal sueño que tiene que pasar; pero son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar porque no han tomado precauciones. Nuestros conciudadanos no son más culpables que otros, sólo olvidan ser modestos: se creen libres y nadie es libre mientras haya plagas. Para argumentar esta tesis y proponer soluciones es preciso diferenciar síntomas, estrategias, causas y consecuencias de la plaga.

Para identificar los síntomas del populismo y de la demagogia que anegan nuestra democracia basta con aclarar qué se entiende por ambos. La demagogia es un instrumento populista y, en este sentido, un índice y un factor de populismo. Consiste en manipular y ganarse a la gente aprovechando su indignación y su miedo, radicalizando y exagerando los motivos de crítica, reclamando el monopolio de sus aspiraciones e intereses -que justifica aunque sean irrealizables tachando de elitistas a quienes los cuestionan-, adulándola y acaparando su representación. Pero la demagogia sólo es una herramienta; el populismo es la esencia de la infección convertida en plaga. Más allá de las diferencias ideológicas tradicionales (afecta a todos los partidos y hay populismo de izquierdas y de derechas), su principio clave es el cuestionamiento y el desprecio de la mayoría de las mediaciones institucionales, que pueden ser violadas si al populista le conviene; por ejemplo, las normas garantes de la propiedad privada, las advertencias de los organismos internacionales, los consejos de las asociaciones empresariales, las resoluciones judiciales, las recomendaciones de las fuerzas de seguridad, la lógica propia de las transacciones económicas o, en suma, la racionalidad y la legalidad vigentes sin más.

Incluso la gran mediación institucional, el lenguaje cotidiano, es violentado por los populistas, con los que suele ser imposible debatir porque prostituyen el sentido tradicional de los conceptos sociales, políticos y económicos, enlodando la opinión pública de retórica vacía, sentimental, radicalizada y efectista. Por no hablar de gestos violentos como los escraches, que demuestran que el populista se salta los procedimientos establecidos porque se siente moralmente superior. En definitiva, el populismo menosprecia los controlables y discutibles principios racionales instrumentales (jurídicos, económicos, históricos, científicos, …) e idealiza los evanescentes e infalsables principios voluntaristas finalistas (ideológicos, políticos, morales, religiosos, …).

Según esta descripción, serían populistas gestos políticos como, por ejemplo, declarar que no se cumplirán las leyes injustas, u oponer a una resolución judicial la voluntad del pueblo, o elevar la mera imputación judicial a criterio de inhabilitación política, o reclamar de los gobiernos más política y menos gestión, o idealizar como más auténticas las manifestaciones populares que la acción ordinaria de los representantes legales, o interpretar con simplificaciones maniqueas los problemas más graves (distinguiendo entre buenos y malos, honestos y corruptos, progresistas y conservadores, pueblo y casta, …) o, en definitiva, menospreciar los datos y los hechos y argumentar escupiendo eslóganes, mitos y tópicos. El populismo es gobernar según el españolísimo lema «esto lo arreglaba yo en cinco minutos».

El populismo critica radicalmente las instituciones, a las que considera coactivas, asfixiantes y no representativas. Frente a ellas, idealiza la supuestamente pura voluntad del pueblo, cuya representatividad reclama en exclusiva y a la que considera directamente realizable sin mediación alguna. La estrategia principal de este afirmacionismo populista es hoy la propaganda realizada a través del medio de comunicación más relativista y relativizador, y que más eficazmente anestesia nuestro sentido crítico: la televisión. Ningún otro medio es tan igualador y en ningún otro es tan fácil anular el principio de realidad, que siempre es frustrante y limitador, un aguafiestas para el populista. En la televisión, en cambio, todo es posible y hasta la realidad más fea o falsa puede mostrarse como bella o certera apariencia. Por ello mismo, la televisión es idónea para construir y expandir la otra gran estrategia populista: el carisma del líder. El liderazgo es indispensable para la homogeneización y hegemonía populista, para abrir la brecha y sembrar el germen del cambio del sentir mayoritario.

¿Cuáles son las causas de la plaga? Las hay teóricas y sociales. Los fundamentos teóricos clásicos del populismo están en el pensamiento de Marx, en concreto en su crítica al Estado de derecho liberal, que consideraba ilegítimo por estar al servicio del capitalismo y enmascarar los conflictos reales. Dicha crítica ha experimentado sucesivas modificaciones alcanzando una versión máximamente moralista en la idealización de mayo del 68, supuestamente un acaecimiento político inmaculado. La línea de reflexión contemporánea más afín y más usada por el populismo es la del marxismo gramsciano elaborado y enriquecido en la teoría de la hegemonía de Laclau. Pero la teoría acompaña y refuerza otros factores.

En el caso de España, la extensión de la plaga debe mucho a un clima de crisis de la representatividad de los partidos políticos en general, y de los gobernantes en particular, debido fundamentalmente a la corrupción de los mismos (tan real como a la vez sobredimensionada por los populistas) y a la crisis económica, y que está siendo aprovechado por líderes populistas y demagogos. Es preciso subrayar que ni las causas son irreales ni todos los mensajes populistas carecen de verdad y de legitimidad. Su carácter infeccioso proviene justamente de mezclar juicios y soluciones ciertos y rigurosos con otros demagógicos y manipuladores.

Por último, las consecuencias de la plaga son imposibles de determinar con precisión. Pero tanto el conocimiento de la historia como el de países recientemente infectados ilustra acerca de los efectos devastadores del triunfo del populismo. Los mismos pueden sintetizarse en el deterioro, sumamente grave por lo que implica, de los principios fundamentales de las democracias liberales occidentales, a saber: pluralidad de la sociedad civil, división y autonomía de los poderes, equilibrio de las cuentas públicas, respeto a la legalidad interna e internacional, etc.

Aun con sus limitaciones, la cultura política liberal que defiendo demuestra su superioridad, entre otras cosas, al admitir que es perfectible y reformable. Su plasticidad y su respeto a la libertad es tan alto que llega incluso a reconocer la legitimidad de la vida política más allá de los cauces establecidos. Lo que, sin embargo, es incompatible con una cultura política liberal es que los valores de la homogeneidad y de la identidad colectiva anulen los de la pluralidad y la libertad. Una sociedad demócrata-liberal no permitirá que el terror moralista e ideológico de los mitos se impongan a la autonomía de la razón.

EL MUNDO Alfonso Galindo es profesor de Filosofía de la Universidad de Murcia y autor de Pensamiento impolítico contemporáneo (Sequitur, 2015)

LA BATALLA DE TETUÁN - LA GUERRA DE ÁFRICA

Valentía, arrojo, buena capacidad estratégica o, incluso, suerte. Fueron muchas las causas que se aunaron para que aquel 4 de febrero de 1860, 25.000 soldados españoles al mando del general O'Donnell lograran tomar el campamento marroquí del comandante Muley Achmed, el cual estaba protegido por 35.000 musulmanes y defendía Tetuán. Sin embargo, ya fuese por un golpe del destino o por el buen hacer de la artillería hispana, lo cierto es que no sólo se logró el objetivo, sino que aquella victoria cambió el destino de la que, a la postre, fue denominada como la Guerra de África, pues permitió a las tropas de nuestro país entrar en una de las ciudades enemigas de mayor importancia estratégica.

Batalla de Tetuan . Fortuny
Corría por entonces 1859, época en la que Leopoldo O'Donnell –político de profesión y soldado de carrera- se encontraba al frente de España, un país que, desde hacía varios años, se había acostumbrado ya al cambio de mandatarios y a los pronunciamientos militares (rebeliones castrenses, que se podría decir también). Era, en definitiva, una época en la que los cambios de gobierno por la fuerza eran muchos más de los deseados.

Sin embargo, la fragilidad del poder no era el único problema que resonaba en la cabeza de O'Donnell. Y es que, este militar estaba también hasta las fosas nasales de que los territorios españoles ubicados en África (Ceuta y Melilla) sufrieran ataques constantes por parte de grupos armados locales. En todas esas cosas debería estar pensando este general cuando, en agosto de 1859, una partida marroquí de una cabila cercana no tuvo mejor idea que asaltar espada y fusil en mano a unos operarios hispanos cerca del territorio ceutí.

Esto acabó con la paciencia de Prim quien (casi seguro que con algún que otro «hijo de…») exigió al sultán de Marruecos que castigara de forma ejemplar a aquellos molestos súbditos. En cambio, parece que la idea no gustó demasiado al regente, que denegó aquella petición. No había más que hablar y, sin dudarlo, el presidente del gobierno pidió autorización a Francia e Inglaterra para declarar la guerra al territorio africano. Con un «oui» gabacho y un «yes» británico bastó, y el 22 de octubre comenzó la Guerra de África.

Sin embargo, y a pesar de que ese ataque fue la causa oficial de la guerra, parece que, a día de hoy, todavía existe controversia sobre si hubo o no algún origen oculto que motivara esta contienda. «Varios autores consideran (al propio O'Donnell) el instigador de la Guerra de África de 1859 - 1860, con la que pretendía mantener ocupado a un ejército demasiado acostumbrado a los pronunciamientos, unificar los diferentes partidos políticos y recuperar el prestigio de España como nación», destaca Salvador Acaso Deltell en su obra «Una guerra olvidada. Marruecos 1859-1860».

Camino a África
Fuera por la causa que fuese, lo cierto es que todos los partidos políticos apoyaron la contienda. Lo mismo sucedió con los ciudadanos (especialmente vascos y catalanes), los cuales abarrotaron los centros de reclutamiento en un breve período de tiempo. Así pues, semanas más tarde partió desde Algeciras en dirección a las costas Marroquíes una hueste formado por 36.000 hombres, 75 piezas de artillería y 41 navíos. Su objetivo estaba claro: tomar la ciudad de Tetuán (a 40 Km de Ceuta). Aquel contingente, dirigido personalmente por el propio O'Donnell sería conocido como el Ejército de África.

Batalla de Tetuan . Fortuny
Tras desembarcar, los españoles participaron en distintas batallas hasta que, a principios de febrero y tras varias victorias, estaban listos para tomar Tetuán. Sin embargo, para ello necesitaban conquistar el campamento militar de Muley Achmed, ubicado cerca de la ciudad y en el que se atrincheraba un numeroso ejército. Durante las jornadas posteriores, el contingente hispano acampó a varios kilómetros del enclave –cerca del río Martín- e inició los preparativos para el ataque. La batalla estaba servida.

Llegan los refuerzos catalanes
Cuando el sol despuntó el 3 de febrero sobre aquel cálido páramo, el aire ya transportaba vientos de guerra. Y es que, ya fuera por el ajetreo constante que llegaba desde los buques –de los cuales no paraban de bajar suministros destinados al Ejército de África- o por las constantes idas y venidas de los oficiales, lo cierto es que no había un solo individuo en el campamento español que no supiera que, en pocas horas, se tendría que jugar el bigote, la barba y las gónadas por su país.
Esa misma jornada, y a la par que los pertrechos, desembarcaron también los voluntarios procedentes de Cataluña. Concretamente, de los buques de transporte bajaron medio millar de hombres que, aunque carecían de experiencia en combate, se mostraron decididos a entregar su vida por la tierra española y, como no, por cada uno de sus compañeros pertenecientes al Ejército de África. Los refuerzos, al fin, habían llegado, y justo a tiempo para la lucha.

Así recuerda aquel suceso Pedro Antonio de Alarcón, un periodista que, alistado también como soldado, plasmó en sus artículos los pasos de este episodio español en Marruecos: «Son las cinco de la tarde y vengo de presenciar una escena arrebatadora. Las compañías de voluntarios catalanes (,,,) acaban de desembarcar en este momento. (…) Son cerca de quinientos hombres. Visten el clásico traje de su país; calzón y chaqueta de pana azul, gorro frigio, botas amarillas, canana por cinturón, chaleco listado, pañuelo de colores anudado al cuello y manta a la bandolera. Sus armas son el fusil y la bayoneta. Sus cantineras, bellísimas. Su jefe es un comandante, joven todavía, llamado Victoriano Sugrañés. Tres cruces de San Fernando adornan su pecho».

Novatos, sí (bisoños, que dirían entonces), pero bravos, pues no dudaron en pedir de forma unánime que se les concediera el honor de combatir en vanguardia, algo que el general en jefe –O'Donnell- les concedió. De hecho, tal era su decisión de repartir balas por España que el general Prim –también catalán- movió los hilos para que ingresaran en su cuerpo de ejército. Así pues, y al día siguiente, este veterano oficial dispararía al lado de sus paisanos.

Un discurso por la victoria
Con todo, Prim sabía que el valor de las tropas bisoñas solía decaer tras los primeros disparos enemigos, por lo que, aquella tarde, se subió a lomos de su caballo y vistió sus mejores galas para arengar a sus nuevos soldados con el siguiente discurso: «Catalanes: Acabáis de ingresar en un ejército bravo y aguerrido; el Ejército de África, cuyo renombre llena ya el universo. Vuestra fortuna es grande; pues habéis llegado a tiempo de combatir al lado de estos valientes, Mañana mismo marcharéis con ellos sobre Tetuán. Catalanes, vuestra responsabilidad es inmensa; estos bravos que os rodean (…) son los vencedores de veinte combates; han sufrido todo género de fatigas y privaciones; han luchado con el hambre y con los elementos (….) y todo lo han soportado sin murmurar. Así lo habéis de soportar vosotros».

Acto seguido, el general terminó su alocución dejando claro a sus subordinados que era mejor morir en combate que sobrevivir tras una deshonrosa retirada: «Es menester sufrir y obedecer sin murmurar; es necesario que correspondáis con vuestras virtudes al amor que yo os profeso, y que os hagáis dignos con vuestra conducta de los honores con que os ha recibido este glorioso ejército. (…) Y no queda aquí la responsabilidad que pesa sobre vosotros. Pensad en la tierra que os ha (…) enviado a esta campaña; pensad en que representáis aquí el honor y la gloria de Cataluña. (…) Uno solo de vosotros que sea cobarde labrará la desgracia y la mengua de Cataluña –Yo no lo espero-. (…) Si correspondéis a mis esperanzas y a las de todos vuestros paisanos pronto tendréis la dicha de abrazar a vuestras familias (…) y (todos) dirán llenos de orgullo: (…): “Tu eres un bravo catalán”».

Hacia el combate
A la mañana siguiente, con la llegada del alba, los soldados iniciaron el desmantelamiento del campamento, pues no concebían volver allí esa noche. Por el contrario, pretendían encontrar cobijo en el campamento enemigo tras expulsar a sus actuales inquilinos a base de guantazos. No eran ni las nueve de la mañana cuando la infantería comenzó a formar en orden perfecto cerca del río Martín.

«Un momento después no había más tiendas a las orillas del Martín que las del cuerpo de reserva, que debía permanecer allí defendiendo los fuertes últimamente construidos y protegiendo nuestra retaguardia: nuestro campamento de diez y ocho días desapareció como por encanto (…) Entre tanto, la tropa había tomado un ligero rancho y se formaba ya por batallones en el lugar que antes ocupaban sus tiendas. Dióse, por último, la señal de partir, y las tropas empezaron su movimiento, atravesando el río Alcántara por cuatro puentes que el cuerpo de ingenieros había echado la noche anterior», señala Alarcón en sus escritos.

General Prim
Tras unos pocos minutos, los casi 25.000 hombres (fusil al hombro –la infantería- y lanza o espada en alto –la caballería-) se situaron en sus respectivos batallones. A la izquierda, cubriendo su flanco con el cauce del Martín, se ubicó el Tercer Cuerpo de Ejército comandado por el general Antonio Ros de Olano (el cual disponía, entre otras cosas, de tres escuadros de artillería a caballo). En el centro se posicionaron los temibles cañones pesados españoles, varias baterías dispuestas a hacer volar por los aires las convicciones marroquíes. A la derecha dispuso el Segundo Cuerpo de Ejército el general Juan Prim con los voluntarios catalanes a la cabeza. Más a la derecha -si cabe- se colocó el Cuarto Cuerpo de Ejército a cargo del general Ríos con el objetivo de evitar que el enemigo envolviera al grueso del Ejército de África. Finalmente, la División de Caballería del general Alcalá Galiano espoleó a sus monturas para instalarse en medio del contingente en retaguardia.

Al mando de todos los Cuerpos de Ejército se situó O'Donnell como general en jefe, quien no pudo más que vislumbrar con orgullo a su imponente fuerza. Sin embargo, frente a todos ellos se disponían más de 35.000 enemigos que ya habían comenzado a preparar sus defensas para, a base de espingarda (un fusil extremadamente largo) y cimitarra, obligar a los cristianos a reunirse con aquel Dios que tanto mencionaban. Sus órdenes eran simples: evitar que aquellos herejes no tomaran el acuartelamiento, pues, en ese caso, nada evitaría que entraran casi sin oposición en la próxima Tetuán.

La artillería, la heroína de la contienda
Aproximadamente a las 10 de la mañana O'Donnell dio la señal de ataque. A su orden, todos los cuerpos de ejército avanzaron como si fueran uno hacia el campamento marroquí, donde el enemigo comenzaba a cargar sus fusiles y afinaba su puntería tras la seguridad de sus muros y trincheras. Unos minutos después, los defensores iniciaron un incesante cañoneo sobre las tropas españolas, las cuales, a pesar del terror que provocaba ver caer cientos de bolardos metálicos cerca, continuaron la marcha.

Fue entonces cuando los marroquíes movieron ficha. Concretamente, de su acuartelamiento salieron 4.000 jinetes dispuestos a derramar sangre roja, amarilla y roja. Apoyados por el incesante fuego de su artillería, los caballeros giraron las riendas en dirección al flanco derecho español. Al parecer, pretendían flanquear al Ejército de África para atacarle por retaguardia. Por suerte, O'Donnell ya había previsto este movimiento y, para evitarlo, había ubicado en el extremo del campo de batalla al general Ríos, sobre quien ahora recaía la responsabilidad de detener a los caballeros. Así pues, salva tras salva, los soldados del Cuarto Cuerpo de Ejército barrieron las líneas enemigas lanzando una constante lluvia de plomo.

Mientras, la marcha española continuó impasible hasta que las tropas se encontraron a menos de un kilómetro del campamento moro. «(Los cañones marroquíes nos causaban) insignificantes pérdidas, pues casi siempre teníamos la fortuna de que sus proyectiles cayesen en los claros de los batallones: llegamos, en fin, a encontrarnos a un kilómetro de sus baterías, y sólo entonces mandó el general en jefe hacer alto a nuestras masas y avanzar la artillería de reserva. Diez y seis cañones ocuparon instantáneamente nuestra vanguardia y rompieron un vivísimo fuego contra la posición enemiga. Una densa cortina de humo nos robó por un instante la vista del campamento moro: un largo trueno ensordeció el espacio», señala el periodista hispano.

En los siguientes minutos, las piezas de artillería españolas lanzaron una constante lluvia de fuego sobre el campamento marroquí y, más concretamente, sobre los cañones enemigos, muchos de los cuales explotaron o quedaron inservibles ante tal ataque. A su vez, los obuses hispanos acribillaron los endebles muros enemigos y a sus defensores, cuyas extremidades, según el propio Alarcón, volaron en muchos casos por los aires segadas y amputadas.

General O'Donnell
Fue entonces cuando un disparo fortuito sobre un polvorín marroquí terminó con la moral de los defensores. «¡Oh, fortuna! ¡Una granada nuestra había caído en uno de sus repuestos de pólvora y lo había volado! – ¡Qué regocijo en nuestras filas! ¡Cómo se adivinan los estragos que habrá producido este contratiempo en los reales enemigos!», completa el reportero en sus artículos. O'Donnell sabía que debía aprovechar este golpe a la moral enemiga, y se preparó para dar la orden de ataque definitiva.

Al asalto
Con la mayoría de los cañones enemigos fuera de combate, los batallones siguieron avanzando -aunque esta vez sin oposición-, hacia los muros del campamento marroquí. Allí, los defensores se hallaban con el dedo sobre los gatillos de sus miles de espingardas, las cuales dispararían en cuanto las tropas españolas se encontrasen a una distancia recomendable. No obstante, la vista de estos fusiles no intimidó al Ejército de África y, cuando O'Donnell consideró que sus tropas se encontraban a una distancia de medio kilómetro, ordenó el asalto definitivo bayoneta en ristre.

«-¡Ahora!-¡Ya!-¡Viva la reina! ¡A la bayoneta! ¡A ellos!- grita de pronto el general O'Donnell, cuando calcula que nuestra infantería puede llegar de un solo aliento, de una sola carrera, a las trincheras moras, y saltarlas y penetrar en los campamentos. -¡A la bayoneta! ¡A ellos!- contestan veinte mil voces. Y todas las músicas, todas las cornetas, todos los tambores repiten la señal de ataque», señala Alarcón en su obra. Sin dudarlo, más de 15.000 hombres iniciaron a voz en grito el asedio bajo el fuego de los defensores que, ya sí, descargaron todas sus espingardas sobre los hispanos provocando multitud de muertos.

En vanguardia: el asedio catalán
Mientras los flancos del campamento eran rodeados por el resto del contingente español, el Segundo Cuerpo de Ejército de Prim avanzó de frente contra los marroquíes. «Los voluntarios catalanes marchaban en primera línea como solicitaron y se les concedió. En su ímpetu, llegaron a menos de veinte metros de los parapetos enemigos y se precipitaron en una zanja pantanosa disimulada con hierbas y ramas. Los marroquíes fusilaron sin piedad a los catalanes que se esforzaban en seguir avanzado. Cayeron muchos», comenta, en este caso, Salvador Acaso.

La trampa cumplió su cometido, pues los soldados bisoños se quedaron absolutamente desconcertados y dudaron entre seguir avanzado o retirarse. Por suerte, Prim, que se hallaba dirigiendo las operaciones desde la retaguardia de sus hombres, se percató de lo sucedido y, al galope vivo, se dirigió hacia la zanja en la que, a bala y plomo, estaban muriendo sus paisanos. Al hacer su aparición parece que los Voluntarios recuperaron el ímpetu y, bajo sus órdenes, pasaron por encima de sus compañeros caídos continuando el asalto a bayoneta sobre el ya cercano campamento.

Prim los acompañó en vanguardia. De hecho, la leyenda cuenta que este general accedió a través de la tronera de una batería al interior del campamento marroquí, donde causó estragos con su espada. Por entonces había pasado ya media hora de cruento combate que, de esta forma, narra Alarcón: «¡Cómo caían nuestros jefes, nuestros oficiales, nuestros soldados! ¡Cuántos, cuántos, Dios mío! – Fueron treinta minutos de lucha; treinta minutos solamente… y más de mil españoles se bañaban ya en su sangre generosa».

A continuación, los soldados españoles cayeron en masa sobre los asustados defensores. «Los Batallones de León y Saboya asaltaron igualmente los parapetos sin importarles las bajas sufridas. Los de Saboya recibieron, a cortísima distancia, la descarga de un cañón cargado de metralla y sufrieron, sólo en ese instante, más de cincuenta bajas. El resto de los batallones –Alba de Tormes, los de la Princesa y los de Córdoba- llegaron también al parapeto y lo tomaron por asalto», destaca por su parte Acaso.

La huida definitiva
A partir de ese momento los soldados de nuestro país no tuvieron más remedio que combatir dentro del campamento utilizando su fusil como espada. Allí, en ese pequeño espacio, cientos de bayonetas se tiñeron con la sangre de los marroquíes que, viendo superadas tan fácilmente sus defensas, quedaron absolutamente aturdidos. En ese momento la lucha se recrudeció ya que, a pesar de lo turbado de los defensores, ninguno de ellos estaba dispuesto a entregar su vida fácilmente. Por ello, cada militar del Ejército de África tuvo que luchar por cada centímetro de tierra.

Al ver que sus hombres estaban cayendo a cientos bajo las armas hispanas, el comandante musulmán Muley-Ahmed tocó a retirada. Así pues, en apenas un segundo toda la defensa se desmoronó y los marroquíes iniciaron una frenética carrera hasta los muros de Tetuán. «A primera hora de la tarde, Muley-Ahmed, pálido como la muerte, entró en Tetuán al galope gritando “¡Todo está perdido! ¡Tetuán es de los cristianos! No hace falta decir el efecto que tal comportamiento causó entre los habitantes de la ciudad y su ejército», destaca el autor español.

Con el campamento militar tomado por los españoles, en las jornadas siguientes los habitantes de la ciudad se reunieron y enviaron una comitiva al campamento que, hasta hacía pocas horas, estaba bajo poder musulmán. Allí, preguntaron por «El Gran Cristiano» (como llamaron a O'Donnell), con el que se reunieron y acordaron los términos para rendir la ciudad. Así acabó esta lucha, la cual hizo ganar al general en jefe el título de Duque de Tetuán.

Una vez finalizada la contienda era hora de contar los muertos, una tarea que no fue sencilla y que, a día de hoy, sigue creando controversia entre los autores. Así pues, Alarcón cifra los caídos españoles en miles (aunque no señala, por el contrario, cuántos de estos fueron únicamente heridos) mientras que, por su parte, Acaso afirma que el número no excedió los 300. A su vez, otros expertos como Juan Vázquez y Lucas Molina señalan que las bajas hispanas fueron exactamente 67. Con todo, en lo que sí coinciden es en los cientos de abatidos que hubo en el bando musulmán.

domingo, 12 de julio de 2015

ESA GRAN IDEA DEL COMUNISMO, A LA QUE NUNCA LLAMAN POR SU NOMBRE

Al norte del parque de Kensington, en Londres, se encuentran los Jardines Italianos, a la vera del Long River, que luego en Hyde Park se convierte en la laguna alargada bautizada como La Serpentina. Aquel jardín es un lujo casi excéntrico, una estirada del Príncipe Alberto, que hace 150 años lo encargó como regalo para su mujer, la Reina Victoria. No falta de nada: mármol de Carrara, piedra de Portland, fuentes de querencia romana, maceteros ornamentales y las mejores flores que resiste cada estación. Como es zona de sufridos turistas y la próstata aprieta, cerca hay unos servicios. Al intentar entrar se descubre que para acceder hay que introducir 20 peniques en la ranura de la barrera. Dentro, un cartel explica que hace un año aquel lavabo público estuvo a punto de ser clausurado, debido al incivismo de los usuarios. Finalmente se decidió hacer la prueba de cobrar una pequeña cantidad. El recinto luce impoluto.

Holland Park, no demasiado lejos, es otro parque londinense. Si no se trata del más bonito de la ciudad debe de ser el segundo, como bien sabe la colección de plutócratas con dacha por allí, del viejo Elton a los pegajosos Beckhamg, pasando por banqueros y glorias televisivas. Los baños de Holland Park son de acceso libre. Y en efecto, están hechos un asco.

Cuento todo lo anterior porque supone una parábola política: lo que es de todos, al final no es de nadie, por eso el comunismo jamás ha funcionado. El ser humano, como bien vio el sombrío pero realista Thomas Hobbes, no es ningún serafín altruista, volcado de manera espontánea en el trabajo desinteresado en nombre del bien común. El hombre se mueve por estímulos prácticos. ¿Por qué funcionan mejor las empresas privadas que las públicas y son más creativas? Pues porque el régimen funcionarial no prima el esfuerzo ni castiga el bajo rendimiento. En el fondo es un modelo comunista. El afán de emulación, la legítima ilusión de ir a más en la vida, es un acicate económico formidable, que se traduce en que los países de economía abierta acaban siendo los que otorgan mejor vida a sus ciudadanos. Por el contrario, la poesía igualitaria comunista, que puede ser conmovedora en el romanticismo de los 18 años, solo se ha traducido en ineficacia, reparto de miseria y dolorosas mermas de las libertades personales. Su absoluto descrédito se completa con que en nombre del comunismo se han cometido algunas de las matanzas más atroces de la historia moderna, como los genocidios y hambrunas de Stalin, Pol Pot y Corea del Norte.



Todos esos ceñudos renovadores españoles que nos dan lecciones para aburrir son de ideología comunista. Tras lo ocurrido en la pasada centuria, declararse comunista debería ser tan oprobioso como declararse nazi o fascista, los otros espantos del siglo (¿o acaso Lenin y Stalin no mataron también a millones de personas?). Algo de vergüenza hay, por eso el comunismo ahora se hace llamar Podemos, Marea, Colau. Pero sigue siendo la misma mercancía averiada, porque se da de bruces con la naturaleza real del ser humano y trata de amaestrarlo coartando su libertad. Así que lo siento, Pablo, pero me temo que eres más antiguo que el candil de carburo.

domingo, 5 de julio de 2015

JUAN DE AUSTRIA, EL HÉROE DE LEPANTO

Juan de Austria
El 7 de octubre de 1571, el hermano del rey Felipe II condujo a la flota cristiana hacia la «más alta ocasión que han visto los siglos»: la batalla de Lepanto. Solo unos pocos años antes, el joven don Juan de Austria había descubierto quién era su padre

Como si de una historia de la factoría Disney se tratara, don Juan de Austria, héroe de la batalla de Lepanto y uno de los pocos españoles inmunes a la leyenda negra, pasó en pocos años de ser un niño huérfano criado en las calles de Leganés a ser el hijo reconocido del emperador Carlos V.

Entre las muchas infidelidades de Carlos I de España, que tuvo al menos cinco hijos fuera del matrimonio, destaca la historia de don Juan de Austria. Su madre, Bárbara Blomberg, era una dama alemana que Carlos I conoció en 1546 cuando acudió a la Dieta Imperial en Ratisbona. Y aunque el emperador del Sacro Imperio Germano y Rey de «las Españas» no reconoció al niño como hijo suyo a su nacimiento, sí se preocupó de que recibiera una educación acorde a su condición.

El niño fue bautizado como «Jerónimo» o «Jeromín»

Sobre su fecha de su nacimiento se desconoce si fue en 1545, como pensaban sus contemporáneos, o en 1547. No en vano, en el perfil que Henry Kamen hace del general español en su libro «Poder y gloria: Héroes de la España imperial» se destaca la obsesión del hermano de Felipe II por aparentar repetidas veces menos años de los que tenía. Así no es sorprendente que las fuentes se muestren siempre contradictorias. De lo que no cabe duda es que el niño fue bautizado como «Jerónimo» o «Jeromín» debido probablemente a que la madre se casó al poco tiempo con Jerónimo Píramo Kegell. Era, en consecuencia, una forma de guardar las apariencias.
El pequeño Juan de Austria presentado al Emperador Carlos I

Sin embargo, Jeromín rápidamente se trasladó a España por expreso deseo de Carlos I. Su mayordomo, don Luis de Quijada, llegó a un acuerdo con Francisco Massy, violista de la corte imperial, casado con una española, Ana de Medina, por el cual a cambio de cincuenta ducados anuales se comprometía a educar al niño en Leganés, donde su esposa tenía tierras. En Leganés el hijo natural del emperador que dominaba media Europa participó como uno más de los juegos infantiles en las calles de esta localidad.

En el verano de 1554, don Luis de Quijada consideró que la educación del hijo del Rey no cumplía con las condiciones firmadas y trasladó al niño a Villagarcía de Campos (Valladolid). Su esposa, doña Magdalena de Ulloa, se hizo cargo de su educación, auxiliada por el maestro de latín Guillén Prieto, el capellán García de Morales y el escudero Juan Galarza.

Aunque nunca lo reconoció públicamente en vida, Carlos I de España a su abdicación en 1555 concedió la Orden del Toisón de Oro a Jeromín y dejó escrito en su testamento: «Por cuando estando yo en Alemania, después que enviudé, tuve un hijo natural de una mujer soltera, el que se llama Jerónimo». Ya en el Monasterio de Yuste, el Rey ordenó a don Luis de Quijada que fuese a vivir al pueblo extremeño y pidió conocer al niño en persona.

Felipe II ordenó que le cambiaran el nombre por don Juan de Austria.

Pero hubo que esperar hasta la muerte del emperador para que Jeromín conociera su auténtico origen. Felipe II se enteró de la existencia de su hermano por el testamento y se reunió con él a mediados de septiembre de 1559 en Valladolid. El Monarca, siguiendo las indicaciones de su padre Carlos, reconoció al niño como miembro de la Familia Real. No en vano, el testamento de Carlos I dejaba el resto de detalles, como por ejemplo la futura posición en la corte del joven, en manos de la benevolencia de Felipe II. Por lo pronto, ordenó que le cambiaran el nombre por don Juan de Austria, que consideraba más masculino, y le otorgó casa propia, a cuyo frente puso a don Luis de Quijada.

Héroe de la batalla de Lepanto

Con los años don Juan de Austria se convirtió en un fiel reflejo de lo que había sido su padre y de lo que nunca pudo ser Felipe II: un hábil jinete, un rápido espadachín, un hombre desbordante de ánimo y un amante de la guerra. Tras sofocar la Rebelión de las Alpujarras –donde su tutor Luis de Quijada sacrificó su vida para salvarle durante una emboscada de los moriscos–, don Juan de Austria se postuló para encabezar la coalición cristiana que pretendía hacer frente a la temida flota otomana.

Supo compensar su poca experiencia dando voz a consejeros más curtidos.

Felipe II no puso impedimentos a que su hermano alzara el estandarte de la Santa Liga, pero la decisión corrió directamente a cargo del Papa Pío V que tenía al joven general por un designado de Dios. Don Juan de Austria tuvo un ejercicio perfecto en la batalla de Lepanto. Empleó su afable carácter para mantener en calma las tensas relaciones con Venecia y supo compensar su poca experiencia –solo tenía 24 años– dando voz a consejeros más curtidos en la mar como el irrepetible Álvaro de Bazán que con sus acciones en la retaguardia solapó las brechas.

Alzado como héroe en toda la Cristiandad, el joven general fue elegido gobernador de los Países Bajos españoles en 1576 por Felipe II. Un laberinto político del que no supo salir y que le labró la desconfianza de su hermano, quien empezó a sospechar que el héroe de Lepanto tramaba arrebatarle la Corona.

En poco tiempo, Don Juan se encontró aislado políticamente, sin las tropas ni el dinero necesarios para sofocar la rebelión en Flandes. Al conocer la muerte de su secretario Juan de Escobedo en marzo de 1578, quien había viajado a Madrid a pedir más recursos, don Juan entró en un estado de depresión, al tiempo que contraía la enfermedad del tifus. Su estado de salud se agravó a finales de septiembre, estando en un campamento en torno a la sitiada ciudad de Namur (Bélgica). Algunos historiadores han apuntado a que la causa final de su muerte fue desangrado tras una operación fallida de hemorroides. El día 28 nombró sucesor en el gobierno de los Países Bajos a su sobrino Alejandro Farnesio. Y escribió a su hermano, antes de morir el día 1 de octubre a los 31 años, pidiéndole que respetase este nombramiento y que le permitiera ser enterrado junto a su padre.

El cadáver de don Juan de Austria fue llevado a España, después de ser seccionado en tres partes para evitar que pudiera caer en manos enemigas, y actualmente reposa en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.