domingo, 19 de junio de 2016

EL MOMENTO POPULISTA

Podemos ha encontrado el punto crítico en que una sociedad está dispuesta a aceptar una descomunal mentira

Acaso no esté lejano el día en que alguien tendrá que estudiar por qué y en qué momento una sociedad de apariencia estable, madura y equilibrada se lanzó por la pendiente autodestructiva del populismo demagógico. Qué clase de factores de psicología colectiva han hecho posible el exponencial crecimiento de una prédica mentirosa hasta convertirla desde la cháchara televisiva en alternativa de poder. Cuándo la plausible voluntad de regeneración de una política colapsada se transformó en un ciego impulso de ruptura revanchista. Cómo seis millones de ciudadanos en su mayoría cultos e informados han podido deslizarse hacia un seguidismo acrítico refractario a toda prueba de contradicción o de contraste.

Porque lo más llamativo del éxito de Podemos es el modo en que sus simpatizantes aceptan sin la menor reticencia la gigantesca impostura de sus líderes, cada vez más desacomplejados en el transformismo ideológico y menos cuidadosos con su coherencia retórica. Si hay algo que Pablo Iglesias y sus compañeros de partido jamás han ocultado es su incendiario discurso rupturista, la inspiración bolivariana de su proyecto y su sesgo de radicalismo autoritario. Cientos de vídeos, miles de páginas escritas por ellos atestiguan el pensamiento extremista que animó su aventura política. El cuajo con que ahora se presentan como moderados patriotas reformistas no se puede explicar ni siquiera desde una inmensa seguridad en sí mismos; es necesario que se sientan también muy convencidos de que su identidad recién adoptada iba a gozar en la opinión pública de una acogida complaciente y hasta sumisa.

Eso no se consigue sólo mediante el dominio carismático de la propaganda y la política-espectáculo. Hace falta una poderosa intuición de las condiciones en que una sociedad o parte de ella está dispuesta a consumir sin reparos una verborrea oportunista. Podemos ha sido capaz de percibir la necesidad social de autoengaño para levantar un relato de falacias y asentarlo como un estado de ánimo, haciendo valer con todo aplomo una descomunal mentira. Ha establecido el diagnóstico ficticio de un país catastrófico y ha propuesto un tratamiento de curanderismo rayano en el pensamiento mágico. Todo ello con la aquiescencia de millones de electores decididos a utilizar su voto como la pedrada nihilista con que lapidar a un sistema al que han sentenciado como culpable de sus males. Lo que les seduce no es tanto el flamante camuflaje edulcorado de Iglesias sino su primigenia condición de macho alfa alzado para liderar una impetuosa catarsis.

Su mayor logro consiste en haber detectado la oportunidad y darle expresión emocional mediante la construcción de un conflicto a medida. Lo describió recientemente la politóloga belga Chantal Mouffe, viuda del teórico posperonista Laclau: España ha alcanzado el punto de crisis democrática perfecto para que cuaje el momento populista.

ABC 19/06/16 IGNACIO CAMACHO

INSTRUCCIONES PARA VOTAR

O para no votar, que es una forma de hacerlo.

Las campañas electorales, lejos de aclarar las ideas a la gente, las oscurecen. Hasta el más listo de la clase se queda perplejo al oír las mismas cosas dichas por líderes políticos que acusan a los otros líderes de decir cosas diferentes y piden el voto para un partido, el suyo, cuyo ideario es prácticamente igual al del partido opuesto.

Primera instrucción... Cobren conciencia de que en España todos los partidos, menos uno, son socialdemócratas (o fingen que lo son), esto es, partidarios de la intromisión de lo público en lo privado y del predominio de los intereses de ese Leviatán (Hobbes) u ogro filantrópico (Octavio Paz) que es el Estado sobre los intereses de ese Cándido (Voltaire), labriego de la propia huerta, que es la persona entendida como individuo. Quien no sea socialdemócrata, y tan legítimo es serlo como no serlo (aunque a mí me parezca más digno lo segundo que lo primero), sólo dispone de una opción a la que acudir sin violentarse a sí mismo: la de Vox y Santi Abascal.

Segunda instrucción... Lo más juicioso, ahora y siempre, aquí y en todas partes, es apostar por el sentido común. No se puede decir que éste brille por su presencia en ningún partido, pero carecen por completo de él todos los que ignoran (o fingen ignorar) que cualquier subida de impuestos frena la prosperidad, en el mejor de los casos, y conduce a la bancarrota, en el peor. Voten a quien prometa bajar los impuestos, aun a sabiendas de que probablemente no lo hará. Cabe, al menos, confiar en que no los subirá.

Tercera instrucción... No voten pensando en Europa y en el euro. El uno y la otra, con Brexit o sin él, no tienen más destino que el marcado por la segunda ley de la termodinámica.

Cuarta instrucción... El populismo siempre es demagogia, pero cuando se suma al nacionalismo conduce al totalitarismo. Me da igual la bandera que se esgrima. Voten por ese rebaño de porras y de churros conducido por lobos si les gusta sentir sobre el cogote el peso de las botas claveteadas. Estas elecciones son plebiscitarias. Lo que en ellas cuenta es cerrar el paso a los tribunos de la plebe.

Dicho lo cual, me lavo las manos con aguarrás en el lavabo de Pilatos. Las jornadas electorales casi siempre me pillan en lugares muy distantes de las urnas. ¿Por qué será?

domingo, 12 de junio de 2016

EL COSTE DE LA HIPOCRESÍA NACIONAL

Existe una literatura casi infinita sobre el descontento de los españoles con el funcionamiento del orden político, económico e institucional vigente. Este lamento no deja de ser hipócrita. Ellos son los clientes del sistema. Determinan la asignación de los recursos. Eligen a sus gobernantes. Soportan el entorno que alimenta una determinada forma de hacer política, y tienen la oportunidad de modificarlo con su sufragio. La clase dirigente no está formada por marcianos. Es un fiel reflejo de la sociedad

La hipocresía hispana respecto a la cosa pública se refuerza con un factor adicional: los españoles exigen cada vez más beneficios de la acción estatal y miran hacia otro lado cuando se habla de sus costes. En suma, la irresponsabilidad en la toma de las decisiones no está sólo en el lado de la oferta (políticos), sino en el de la demanda (votantes). Ambas se retroalimentan, es una espiral destructiva.

La dinámica expansiva de la acción estatal está debilitando la democracia porque se han asignado a ésta finalidades ajenas a su esencia, a su razón de ser, el procedimiento consensuado para sustituir a los gobernantes sin derramamiento de sangre. El principio mayoritario es moralmente aséptico. No cabe utilizarlo como prueba irrefutable de la bondad o de la verdad de una cuestión, de la deseabilidad o no de una política. La democracia es un medio no un fin y, por tanto, atribuirle la consecución de metas concretas es un engaño o un autoengaño. Recordarlo es vital para entender por qué han pasado muchas cosas en la vieja Piel de Toro y por qué el panorama tiene pocas probabilidades de cambiar.

El sistema democrático patrio ha mutado a un gigantesco aparato redistributivo. Extensos sectores de la población obtienen rentas directa o indirectamente del Estado y quieren seguir haciéndolo. Por ello, la presión para incrementar las funciones de los poderes públicos se ha disparado y ahí empiezan las dificultades. Como los recursos son por definición escasos, la tendencia a un incremento de la oferta-demanda de mayor gasto estatal tiende a generar un endeudamiento crónico. Esta situación se agravará porque la evolución demográfica de España ampliará el desequilibrio entre los derechos sociales del sector público y la obtención-búsqueda de los recursos precisos para satisfacerlos.

Todos los partidos han colaborado y colaboran para crear en España, no una sociedad de realidades, sino de expectativas. Los ciudadanos se sienten titulares y acreedores de derechos materiales -pensiones, sanidad, educación, prestaciones por desempleo, vivienda, dependencia, etc.- pero no recuerdan que su gozo y disfrute están condicionados por la cuantía de los fondos disponibles y alguien ha de pagar la fiesta solidaria. Esto es imposible sin un vigoroso crecimiento y éste se ve lastrado por la elevada fiscalidad que se precisa para sostener el sistema y porque los protegidos tienen mayores incentivos para impulsar políticas de reparto que de creación de riqueza. Es más rentable y requiere menos esfuerzo capturar el aparato estatal que asumir los riesgos de operar en un mercado abierto y competitivo. Cada minoría, cada grupo de interés puede perder más por las medidas que benefician a otras de lo que gana con las que ella obtiene, pero nadie tiene incentivos para preocuparse por el efecto acumulativo, agregado de las prebendas concedidas por las administraciones. Después de todo, ¿no es más agradable cumplir que rechazar los deseos del electorado? Ni al Gobierno ni a la oposición les interesa votar contra un proyecto concreto de dádivas estatales si ello les hace impopulares, mientras que hacerlo a favor les privará de muy pocos votantes y les hará ganar más.

Este espectáculo alcanza tintes esperpénticos cuando las formaciones políticas que critican el sistema se autoproclaman sus regeneradores y plantean con una catónica indignación su urgente revisión o su sustitución por no se sabe muy bien qué, no sólo no están dispuestos a reducir -Ciudadanos- sino a aumentar -Podemos- la oferta de pan y circo a los españoles. Pero no se llamen a engaño. Este enfoque ni es sofisticado ni es moderno. Es más de lo mismo y una actualización de una tendencia secular: los milenarios hábitos hispanos de acudir a abrevarse en el manantial de la gracia real contribuyeron a crear esa mística de ilusiones, confianzas, exigencias, temores, orfandades que han llegado a caracterizar al estatismo nacional.

El apoyo creciente a los movimientos antisistema, tipo Podemos, refleja una profunda incomprensión de las causas que hacen posible la libertad y la prosperidad. En España mucha gente quiere «vivir como yanquis y pensar como cubanos», valga la caricatura, lo que es una singular manifestación de esquizofrenia colectiva que afecta de lleno a los partidarios de esa formación y, en menor medida pero también, al votante de partidos tradicionales. Lo de los podemitas reviste mayor gravedad porque para ellos, la democracia liberal es una democracia falsa, burguesa y capitalista. La auténtica está más allá de las libertades formales y engañosas del liberalismo. Por ello reclaman en nombre del pueblo un incontrolado poder para el Estado, gestionado por una nueva nomenclatura cuya tarea es conducirnos al paraíso. La degradación del componente liberal en la democracia española corre el riesgo de transformarla en un edificio de cartón piedra que, merced a la ficción del Gobierno de la mayoría, puede llegar a consagrar situaciones despóticas. 

Una nación no puede sobrevivir con instituciones que no se enfrentan al problema esencial de la escasez. Éste es uno de los hechos de la vida. Si los políticos y la ciudadanía no lo aceptan, se amenaza la existencia de una sociedad próspera y libre. La política española se ha convertido en una ensalada de reivindicaciones caciquiles, aderezada por los partidos para dar satisfacción a los distintos y contrapuestos intereses privados que desfilan por la escena disfrazados de defensores del interés público. Sus propuestas no responden a principios superiores ni siquiera al vago humanitarismo de los antisistema. Son los subproductos de la flagrante promiscuidad política, el botín de un expolio organizado y perpetrado en los templos profanados de la democracia patria. El Estado ha degenerado en un bazar, en un zoco cuyos recursos fiscales y legales son saqueados gracias al juego del caciquismo y al intercambio de favores. Y... los outsiders quieren participar en el reparto o, mejor, controlarlo ellos.

sábado, 4 de junio de 2016

LA CORRECCIÓN POLÍTICA: UNA BOMBA A PUNTO DE EXPLOTAR


El fenómeno Donald Trump, o el ascenso de la extrema derecha en algunos países europeos, surgen tras décadas de imposición de la corrección política.

Muchos intelectuales e informadores han descrito el irresistible ascenso de Donald Trump. Pero muy pocos se han tomado la molestia de analizarlo con rigor, de determinar cuál es la corriente de fondo que impulsa con fuerza al magnate neoyorkino. Diríase que la dimensión del “fenómeno Trump” es directamente proporcional a la estupidez de no pocos analistas, mucho más dispuestos a escandalizarse, a rasgarse las vestiduras, que a investigar sus verdaderas causas.

Que un personaje histriónico, con peinado ridículo y bronceado naranja fosforito, capaz de pronunciar las sentencias más altisonantes, obtenga el apoyo de millones de ciudadanos, obliga a un análisis mucho más profundo y objetivo, libre de aspavientos y lamentos de cara a la galería. Trump no sólo gana apoyos en la “América profunda”, sino también en el nordeste, incluso en regiones tan industriales y prósperas como Virginia y Massachusetts. Sus seguidores crecen en el Norte y en Sur, en el Oeste y en el Este: en todas partes. Así pues, la clave está en el origen de esa potente mar de fondo que no sólo está generando turbulencias en EEUU sino también al otro lado del Atlántico.

¿Qué está sucediendo?

Nada puede entenderse sin tener en cuenta la perversa acción de los políticos durante las pasadas décadas: su intromisión en la vida privada de los ciudadanos, su insistencia en legislar basándose en lo que llamaron derechos colectivos y, especialmente, su pretensión de imponer a la población una nueva ideología: la corrección política. Todo ello ha acabado comprometiendo la libertad individual, la igualdad ante la ley, los principios, la honradez, el juego limpio, el pensamiento crítico y, por supuesto, el bienestar económico. Y de aquellos polvos, estos lodos.

Durante décadas, los políticos han aprovechado el viento de popa de la prosperidad económica para desviarse de sus obligaciones y dedicarse a "defender al ser humano de sí mismo", de su avaricia y capacidad de destrucción. Han utilizado la seguridad, la salud y el medio ambiente como coartadas para perseguir sus propios intereses. Para ello, han promulgado infinidad de leyes y normas que se inmiscuyen cada vez más en el ámbito privado de las personas e interfieren de forma inexorable en sus legítimas aspiraciones. Las consecuencias más evidentes de esta deriva son, por ejemplo, los enormes obstáculos administrativos para abrir una empresa, por modesta que sea, o simplemente encontrar un trabajo decente.

El imperio de los "derechos" colectivos

Los políticos descubrieron que dividir a la sociedad en rebaños, en constante pugna entre ellos, es la mejor forma de tenerla controlada. Por ello, la política ha primado los derechos colectivos en detrimento de los derechos individuales, unos derechos grupales que implican, por definición, la prevalencia de unos grupos en perjuicio del resto. La consecuencia más grave, sin duda, ha sido la quiebra de la igualdad ante la ley. Pero también, dado que lo que cuenta no es el mérito individual sino la pertenencia a un colectivo, el decaimiento del esfuerzo y la eficiencia. O la desaparición de la responsabilidad individual: al fin y al cabo, si los sujetos se ven obligados a compartir el fruto de sus aciertos, ¿por qué habrían de cargar con los costes de sus errores? El sistema de favores, prebendas y privilegios acaba deformando la mentalidad de muchas personas, genera ciudadanos infantiles, acostumbrados al paternalismo, a reivindicar más que a esforzarse.

El sistema de derechos por colectivos no sólo discrimina; también favorece la picaresca

Así, la adhesión a grupos interesados constituye la vía más directa hacia la ventaja y el privilegio. El sistema de derechos por colectivos no sólo discrimina; también favorece la picaresca cuando los beneficios se asignan con criterios meramente burocráticos. Al final, muchas personas no encuentran trabajo, simplemente por no conocer a nadie que les consiga un certificado de discapacidad, por no haber denunciado a su pareja, o por no pertenecer a alguno de los múltiples colectivos con ventajas para ser empleados o subvencionados.

La tiranía de la corrección política

Lo más grave, con diferencia, es la pretensión de políticos y burócratas de moldear la forma de pensar de las personas para evitar que se resistan a la arbitrariedad, al atropello. Generaron, para ello, una ideología favorable a los intereses grupales, una religión laica: la corrección política, que arroja  a la hoguera a todo aquel que cuestiona su ortodoxia. Esta doctrina determina qué palabras pueden pronunciarse y cuales son tabú, aplicando el principio orwelliano de que todo aquello que no puede decirse... tampoco puede pensarse. Propugna que la identidad de un individuo está determinada por su adscripción a un determinado grupo y dicta que la discriminación puede ser buena: para ello la llama “positiva”. Pero toda persona consciente sabe en su fuero interno que ninguna discriminación es positiva. 

En los países con convenciones democráticas consolidadas, con una sociedad civil desarrollada y consciente de sus derechos y obligaciones, celosa de sus principios y convicciones, el avance de esta mentalidad ha sido lento, aunque inexorable. En España, sin embargo, carente de tradición democrática, con una mayoría que cree que la democracia consiste solo en votar, la ortodoxia de lo políticamente correcto progresó a una velocidad vertiginosa, convirtiéndose en dogma de general aceptación a izquierda y derecha en tiempo récord.

Asistimos a una reacción exacerbada, puramente irracional y desmesurada, contra la imposición de los códigos políticamente correctos

Pero, tarde o temprano, estos sistemas, como cualquier otro basado en la mentira, acaban saltando por los aires. En ocasiones, porque la crisis lleva a una reducción del botín a repartir, con el consiguiente choque entre grupos interesados. Otras, por el hartazgo de muchas personas productivas cansadas de tanta trampa y marrullería que les impide ganarse la vida dignamente, o cansadas de que otros vivan a su costa. Pero también por una reacción exacerbada, puramente irracional y desmesurada, contra la imposición de los códigos políticamente correctos. Es lo que se conoce en psicología como reactancia, una reacción emocional que se opone a ciertas reglas censoras, vistas como absurdas y arbitrarias por reprimir conductas e ideas que el sujeto considera justas y lícitas.

Así, el péndulo oscila al extremo contrario, la tortilla se voltea, y muchos ciudadanos acaban apoyando posiciones indeseables, igualmente alejadas de la razón o la moderación. El fenómeno Donald Trump, o el ascenso de la extrema derecha en algunos países europeos, surgen tras décadas de imposición de la corrección política, por el hartazgo de muchos ciudadanos que, tan cabreados como desesperados, se pasan al extremo opuesto. Cierto es que, cuando una campaña es puramente emocional, la racionalidad es lo de menos. Pero millones de personas no caen a plomo en el error por obra y gracia de una campaña de marketing sino por la verdad que en ese error se encierra. Y mucho menos en contra del statu quo, si no existe un caldo de cultivo adecuado, una potente causa de fondo: mentiras que han estado golpeando sus oídos, y su conciencia, durante años. 

Próximas elecciones: ¿la misma cantinela?

Más vale prevenir que lamentar. Para lograr en España un sistema justo, eficiente y racional, debemos cambiar las leyes, simplificarlas, retirar muchas trabas administrativas, eliminar las normas que conceden prebendas, restaurar la igualdad ante la ley. Pero ello no basta: hay que desterrar la nefasta corrección política, esa ideología justificadora de privilegios grupales y sustituirla por convenciones sanas: honradez, inclinación al juego limpio, ética, libertad y responsabilidad individual, igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

Cada vez son más las personas hastiadas de tanta majadería, que desean ser ellas mismas, no clones sin identidad dentro del grupo asignado

Es una pésima noticia que los principales partidos concurran a las próximas elecciones con un enfoque que se mantiene dentro de lo políticamente correcto, haciendo promesas muy similares que, en todo caso, difieren en la dosis prescrita. Cierto, España no es Estados Unidos, ni siquiera Austria. Aquí, el control que ejerce el establishment alcanza cotas inaceptables en aquellas latitudes. Y muy pocos medios osan desafiar sus directrices. Pero lo que pudiera parecer un seguro en el corto plazo generará, a la larga, tensiones extraordinarias. Cada vez son más las personas hastiadas de tanta discriminación y tanta majadería, que desean ser ellas mismas, no clones sin identidad dentro del grupo asignado. Y podría llegar el día en el que el fenómeno Trump, en comparación, nos parezca una minucia.

Así pues, es deseable que ciertas mentes pensantes de algún partido comiencen a plantar cara de forma decidida a lo políticamente correcto. Pronto se percatarán de que no es tan difícil. Que es rigurosamente falso que la verdad no venda. Los monstruosos guardianes de la ortodoxia no son más que desgastados y achacosos tigres de papel. Se puede romper el tabú si se hace con convicción, explicándolo con argumentos razonables, y ganar a la larga el apoyo de un enorme sector de la población, hasta ahora silente. Recuerden: en una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario. Pero deben darse prisa, no sea que algún Donald Trump versión española, con tupé o sin él, asalte el poder y se haga con los mandos.

PODEMOS Y LA SONRISA DE LA GIOCONDA, MENTIR PARA GANAR

La propuesta electoral de Podemos regresa a la emotividad: el lema de su campaña es “La sonrisa de un país”, cinco palabras de naturaleza blanda para diluir el “discurso del miedo”

La Gioconda de Leonardo da Vinci, colgada en uno de los muros más universales del museo del Louvre, es el retrato renacentista más inquietante de los grandes maestros de la pintura. Y lo es porque la Mona Lisa parece que sonríe y que lo hace de manera sardónica. No es la suya una sonrisa plácida sino afectada por una alegría malsana. Seguramente si la mueca de la Gioconda no se prestase a tantas interpretaciones -y sensaciones- su retrato, de dimensiones reducidas, no hubiese seducido como lo hace. La sonrisa tiene tantos registros como intencionalidades la motivan. De ahí que ante la sonrisa haya que ponerse en guardia y practicar una indagación perspicaz sobre las causas que la provocan.

Muchos líderes de Podemos -véase el documental “Política, manual de instrucciones” dirigido por Fernando León de Aranoa, estrenado ayer- abordan el discurso político desde perspectivas muy poco convencionales y, de entre ellas, la más relevante es la que prima los factores emocionales. Pedro Sánchez no podrá olvidar cómo le advirtió Iglesias -también sonriendo- de que la posibilidad de que fuera presidente del Gobierno con el apoyo de Podemos era como “una sonrisa del destino”. Lo que vino después ha marcado, efectivamente, el destino político del secretario general del PSOE, pero no precisamente con una sonrisa.

La propuesta electoral de Podemos regresa a la emotividad: el lema de su campaña es “La sonrisa de un país”, cinco palabras de naturaleza blanda y manejable para diluir el llamado “discurso del miedo” que propalan sus adversarios para combatirlo en las urnas el 26-J. De nuevo la sonrisa pero esta vez acompañada de un logo en el que la letra “o” de Unidos se sustituye por un corazón multicolor que, de nuevo, apela a los sentimientos mucho más que a los raciocinios y enlaza con los discursos naif de personalidades de referencia para los morados, como los de Manuela Carmela que hace de la elementalidad dialéctica una potentísima arma de persuasión. Con ese lema la transversalidad alcanza la nada ideológica porque tampoco nada dice de lo que es y quiere Podemos, al contrario de sus socios de IU que siguen exhibiendo banderas comunistas y republicanas como advertencia de lo que son y de lo que pretenden.

Con ese lema la transversalidad alcanza la nada ideológica porque tampoco nada dice de lo que es y quiere Podemos, al contrario de sus socios de IU

Se ha escrito que la sonrisa es un idioma general, universal, que toda gente y en todo lugar se entiende. También que para arrugar la frente hay que poner en movimiento 40 músculos pero sólo 15 para sonreír, y William Shakespeare escribió que “es más fácil conseguir lo que se desea con una sonrisa que con la punta de la espada”. Cómo será la sonrisa de benéfica que tiene un día mundial asignado: el primer viernes del mes de octubre de cada año. Si se combina la sonrisa con la representación simbológica del amor -un corazón- el efecto emocional del mensaje progresa geométricamente hasta provocar el bienestar sentimental de sus receptores. Y eso es lo que ha urdido Podemos para presentarse en esta campaña electoral.

¿A qué conclusiones conducen estas reflexiones? A varias. La primera es que los responsables de Podemos saben manejar determinados mecanismos de emoción colectiva que movilizan y que buscan la empatía. La segunda es que Podemos ha detectado que frente a los discursos que le connotan como una amenaza para la democracia, como expresión de un nuevo totalitarismo, como una organización destructiva, era más eficiente responder con expresiones mullidas y gratas que con exabruptos. La tercera es que el partido morado ha medido bien que en España hay un déficit de afectos colectivos por la política y de respeto por el ejercicio del poder, que se presenta huraño y cejijunto, y combate ese distanciamiento con una simulada adolescencia dialéctica que les diferencia de los otros partidos.

Pero la cuarta y más importante de las conclusiones de la formulación de esta campaña buenista consiste en que los dirigentes de Podemos anteponen la estrategia de “asaltar” el poder a cualquier otro principio ideológico o de diferente naturaleza. La estrategia es siempre instrumental y, por lo tanto, contingente. Ni “la sonrisa de un país” (como en su momento “la sonrisa del destino”), ni la transformación de un logo en un corazón multicolor, incorporan mensajes ideológicos, ni trasladan conocimientos o información, solo sensaciones, emociones, percepciones fugacísimas. De tal modo que esa estrategia se convierte así en nuestro contexto político en una estratagema, es decir, en una “acción hábil y engañosa para conseguir algo”.

El lema de campaña de Podemos y su logo son, pues, muy emotivos, muy sentimentales y muy empáticos. Pero suponen lisa y llanamente una argucia porque ambos son como sacos terreros tras los que se camuflan artefactos ideológicos que, de traducirse en políticas concretas, nada tendrían que ver ni con sonrisas ni con corazones de colores. Por eso, la sonrisa que Podemos propone al país va mucho más allá del 'marketing', se infiltra en el engaño y es como la de la Gioconda de Leonardo da Vinci: inquietante y sardónica.

JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS

PODEMOS PRIORIZA LA ESTRATEGIA, NO LA IDEOLOGÍA, LA ESCONDE Y LA DISFRAZA

'Política, manual de instrucciones' disecciona la evolución de la formación de Iglesias

Podemos arranca la campaña con un documental sobre los hitos del partido desde su asamblea fundacional, celebrada en octubre de 2014. Política,manual de instrucciones, de Fernando León de Aranoa, confirma que la formación ha centrado su proyecto en la estrategia política, primando el tacticismo para captar votos de amplios sectores y con una prioridad: polarizar la pugna con el PP e ignorar al PSOE. El filme da cuenta de las crisis atravesadas por el partido, el choque entre Íñigo Errejón y Juan Carlos Monedero y el control de daños ante las críticas.

El documental repasa la génesis de la organización, sus antecedentes en el 15-M, el discurso utilizado para competir con el PSOE y los choques entre sus dirigentes. El elevado nivel de acercamiento a Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Juan Carlos Monedero o Carolina Bescansa, las principales voces del metraje, y el acceso a muchas reuniones muestran el entusiasmo de sus cuadros pero también que el camino de Podemos ha estado marcado esencialmente por la estrategia y las encuestas. Irene Montero, jefa de gabinete de Iglesias, defiende lo que considera como ejercicio de transparencia. “No tenemos nada que ocultar. Creo que ningún partido dejaría que se grabe como se nos ha grabado a nosotros. Hay muchos elementos de autenticidad. No hemos controlado nada”, asegura.

Ni república ni maltrato animal. Queda demostrado en las más de dos horas de película que el equipo fundador de Podemos trata de aplicar esquemas teóricos académicos, primero para fortalecer su poder internofrente a las que fueron figuras críticas como la de Pablo Echenique, ahora hombre de confianza de Iglesias, o la líder de la formación en Andalucía, Teresa Rodríguez— en segundo lugar para convertirse en maquinaria electoral. El hecho de que el nacimiento del partido sea “resultado del fracaso del régimen” da pie a una estrategia que busca desmarcarse de la izquierda tradicional. Eso obliga a la dirección a hacer equilibrios constantes incluso con sus propios principiosNo queremos discutir sobre el maltrato animal”, afirma Iglesias en una reunión del consejo ciudadano; equilibrios que se extienden a la opción entre monarquía o república. “Tratamos de elegir un escenario en el que podemos ganar. Si hablamos de desahucios, ganamos”, mantiene. Montero, no obstante, asegura a este períódico que la estrategia no choca con el programa. “Claro que tenemos debates políticos, claro que Podemos tiene teoría y estrategia, no vamos a lo loco. Pero no es incompatible con el programa”.

América Latina. ¿Dónde se ha inspirado la cúpula de Podemos? Sus principales dirigentes han sido criticados por los vínculos mantenidos en el pasado con los Gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia. “En América Latina aprendimos que se puede ganar”, asegura Iglesias, poniendo el acento en que esas relaciones fueron esencialmente académicas y tuvieron que ver con la superación de la dialéctica entre la izquierda y la derecha.

León de Aranoa sigue a Iglesias hasta Ecuador y presencia un encuentro con el expresidente uruguayo José Mujica. La identificación con el universo latinoamericano no gusta en Podemos; como tampoco gustan ahora las comparaciones con el primer ministro griego, Alexis Tsipras, otra de las voces del documental. Por eso, en el partido reconocen ante las cámaras: La inspiración de los modelos latinoamericanos se nos ha ido de las manos”.

Choques internos. El documental refleja las diferencias que existen entre distintos sectores del partido, la rebelión de varios líderes territoriales por el sistema de primarias y el pulso sobre el proyecto, mantenido sobre todo entre Errejón y Monedero, quien reconoce “diferencias radicales”. En el filme, que culmina el 20-D, no queda reflejada la posterior disputa entre las corrientes partidarias del líder y su número dos.

MATAR AL PADRE
Podemos existe porque existe el PSOE y porque los socialistas se han visto debilitados por la crisis del bipartidismo. Pablo Iglesias lo expresa a las claras en el documental de Fernando León de Aranoa: “El PSOE es la piedra angular de nuestra estrategia. Mano tendida, pero no hay que nombrarle. Lo fundamental es confrontar con el PP, porque nos interesa una simplificación política”.

Pese a que las encuestas previas al 20-D reflejaban una caída de Podemos, su responsable de análisis, Carolina Bescansa, destaca del CIS preelectoral que “Pedro Sánchez se ha muerto”. E Íñigo Errejón recurre al psicoanálisis para explicar que para “hacer una revolución” hay que “matar al padre”.


domingo, 15 de mayo de 2016

LAS MENTIRAS E INCONGRUENCIAS DEL 15-M

El mito de los Idus de Mayo

El grito de «democracia real» fue un insulto a la legitimidad representativa tolerado por una sociedad política apocada.

Se rebelaron contra un Gobierno de Zapatero pero eran, sin saberlo, hijos del zapaterismo. De su discurso líquido sobre la sociedad indolora, de su zalamera complacencia clientelar, de su alergia al mérito, el esfuerzo y el sacrificio. Acostumbrados al infinito poder provisorio de un Estado-niñera entraron en un ciclo de indignación cuando se acabó de golpe el bienestar sobre el que se habían acolchado. Se sentían estafados por la evaporación de las promesas de felicidad gratuita, perpetua y obligatoria, y ante el derrumbe de la Jauja subvencional apelaron a la utopía como honorable disfraz moral de un prosaico desengaño.

Si en mayo de 2011 hubiese gobernado el PP, el 15-M sólo habría sido la tradicional movilización social contra la derecha. Pero como era la izquierda, dueña de la superioridad moral, la que había fracasado, el malestar por la quiebra se convirtió en una protesta genérica contra el abuso de las élites. Aunque ese rechazo transversal y multitudinario aglutinó mucho desencanto sincero, mucho idealismo de buena fe y mucha voluntad honesta de regeneración, el motor de la sacudida funcionó con el combustible ideológico de un anticapitalismo radical, de una sesgada impugnación de las bases del sistema. Un oportunista designio de ruptura que expresaba el grito de «democracia real», verdadero insulto contra la legitimidad representativa inexplicablemente tolerado por una sociedad apocada ante el falaz prestigio narrativo de la metodología asamblearia.

El éxito quincemayista sólo se explica desde la sobrevaloración que le concedió el pensamiento hegemónico, siempre proclive al remordimiento de sus propios principios. El magnetismo de los discursos revolucionarios permitió la construcción de un relato catastrofista de España, amplificado en la televisión por la megafonía de la política espectáculo. La propaganda nihilista acabó por constituirse en una especie de profecía autocumplida, una sugestión general triunfante que agravó el colapso de las instituciones y se impuso en la conciencia de la opinión pública. Aún sigue instalada en el marco mental dominante pese a la evidencia de que los nuevos actores políticos, herederos del descontento de las plazas, se han asimilado muy pronto a los tradicionales y, aferrados a la batalla por el poder, se muestran incapaces de aportar soluciones al bloqueo.

Pero tanto la derecha encogida como una izquierda socialdemócrata presa de mala conciencia se achicaron desde el primer momento ante el empuje de la prédica inflamada que acabó cuajando en un proyecto extremista de populismo autoritario. Eso es lo que queda del 15-M: una alternativa rupturista con el propósito de liquidar el régimen de libertades. Más que el sistema, ciertamente catatónico, lo que ha fracasado es un país cuya inteligencia colectiva se deja arrastrar con tan dócil facilidad por los mitos de la demagogia.

IGNACIO CAMACHO – ABC – 15/05/16


Podemos e IU se apropian del 15-M con fines partidistas

El quinto aniversario del 15-M, que se cumple hoy, ha venido precedido del uso partidista que Podemos e IU han hecho de este movimiento de indignados, en beneficio de su estrategia electoral de cara a los comicios del próximo 26 de junio. Lejos del espíritu apartidista que caracterizó el germen del 15-M, estas dos formaciones han decidido explotar la huella de una protesta que simboliza la contestación frente al desgaste de la clase política.

Prueba de ello es la escenificación del pacto político alcanzado entre Pablo Iglesias y Alberto Garzón en la Puerta del Sol, precisamente, el emplazamiento donde tuvo lugar la acampada que dio origen al movimiento. «Hoy es un día muy especial, histórico. Estoy en la Puerta del Sol. En esta plaza, como en otras muchas, cambiaron muchas cosas y nos enseñaron que las cosas pueden cambiar», proclamó el líder de Podemos, con su habitual retórica engolada, en el vídeo con Garzón hecho público el pasado lunes.

La apropiación del 15-M por parte de Podemos e Izquierda Unida hace un flaco favor a un movimiento surgido del caldo de cultivo de las organizaciones ciudadanas. El 15-M fue, en sus albores, una protesta social y popular larvada a raíz de las consecuencias devastadoras de la crisis económica. El enojo generado alrededor del anquilosamiento del sistema, la corrupción política y la precariedad laboral germinó en la acampada de Sol, que se extendió a lo largo de tres meses ante la aquiescencia del Gobierno de Rodríguez Zapatero.

El 15-M eclosionó en Madrid, aunque luego se extendió por toda España, en la recta final de las elecciones municipales y autonómicas de 2011. Cinco años después, la protesta ha ido perdiendo fuelle, si bien se ha solidificado alrededor de varios colectivos, como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y 15MpaRato. Precisamente, ambas entidades, en un comunicado difundido el viernes, exigían a Podemos e IU dejar de «utilizar» el 15-M en campaña, además de no adueñarse de los «logros de la ciudadanía».

Que la izquierda trate de hegemonizar los restos del 15-M se entiende por la apuesta política que Podemos e IU han desplegado de cara al 26-J. El propósito de Iglesias y Errejón fue siempre el de conformar una opción política, bajo el mantra de la transversalidad, capaz de confluir con organizaciones políticas y sociales de distinto signo. La alianza con IU alienta la obsesión de Podemos de superar al PSOE, pero aleja a la formación morada del intento de armar un conglomerado político con un perfil ideológico bajo. Y nada de eso concuerda con el espíritu de quienes hace un lustro clamaban en el centro de Madrid por una verdadera «democracia real» o quienes exigían reformas de calado, alejadas de cualquier tentación populista.

El 15-M desembocó a los pocos meses de su nacimiento en los tenderetes de Sol y en un discurso antisistema. «Mi angustia no era por la protesta, sino por las causas sociales de la misma y las serias dificultades que tenía como gobernante para dar respuestas a las mismas», admitió Zapatero recientemente a nuestra revista PAPEL. «Aquello era una pocilga muy fotogénica», subrayó Esperanza Aguirre. Frente a la reacción del bipartidismo, Iglesias pretende ahora aparecer ante la izquierda como el representante político de aquella utopía revolucionaria que ancló en Sol. Pero la realidad es que, precisamente, la consolidación de Podemos como una alternativa política es lo que ha desactivado definitivamente el 15-M. Esto explica tanto la pérdida de eco e influencia de sus promotores, como la escasa participación durante los últimos años en las manifestaciones, pese a los ajustes llevados a cabo por el Gobierno del PP.

El desalojo del campamento en el corazón de Madrid y algunos episodios violentos posteriores –como el incidente en el que varios activistas impidieron la entrada de los diputados al Parlamento catalán– contribuyeron a crear una imagen conflictiva que no se corresponde con los propósitos de los que emanó el 15-M. Una de sus virtudes fue la de aglutinar el enfado en la calle en asuntos centrales como el paro o la vivienda. Además, logró introducir en la agenda política asuntos como la corrupción, la transparencia, la regeneración o la eliminación de los privilegios de la clase política.

La deriva del 15-M comenzó con la proclama de algunas de las recetas caducas de la izquierda, por ejemplo, el aumento de la fiscalidad a las rentas más elevadas. En todo caso, tanto el carácter poliédrico de este movimiento como su galvanización social deberían disuadir a Podemos e IU de su empeño por patrimonializar el 15-M en su favor.

EDITORIAL EL MUNDO – 15/05/16


Casta a tope

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La mentira es siempre una moto con poca gasolina. Interrogado por la policía española, el que fuera ministro de Finanzas de Chávez ha ratificado los pagos del régimen a la fundación CEPS, germen de lo que hoy es Podemos, y ha detallado con nombres y apellidos el apoyo del líder bolivariano a los líderes de Podemos, Iglesias incluido. La exclusiva ocupó el viernes las portadas de ABC y su web. La prueba del documento físico y el testimonio del ministro acreditan que Iglesias Turrión se ha choteado del pueblo español («la gente», en su jerga pandi-chupi).

Propugnar a estas alturas el regreso del comunismo es un disparate (es lo mismo exactamente que defender el fascismo, otra ideología criminal). Hacer proyecciones económicas donde de una tarde a otra les bailan 30.000 millones refleja su amateurismo e incompetencia. Haber comenzado a señalar a la prensa libre indica la matriz totalitaria del invento. Pero mentir al público con toda la jeta es una infamia que debe obligarte a irte. Como Nixon, o como Soria. No hacen falta tribunales. Hay justicia y también hay ética. Iglesias ni se planteará un gesto como el que honró a Soria, porque hoy ya los conocemos: peores que la casta.

LUIS VENTOSO – ABC – 15/05/16


Amores

Albert Rivera ha dicho –o tuiteado– que ser europeo no es sólo tener euros y pedir ayudas, sino también ayudar a los otros europeos y a los refugiados de guerra. Este tipo de tonterías me irrita y me deprime. Desde luego, nunca votaría a quienes hacen semejantes alardes de buenos sentimientos, proponiéndose como ejemplo moral para todos los demás y, por si fuera poco, repartiendo patentes de europeos auténticos y negando implícitamente dicha condición a quienes no cumplen sus exigencias. Vaya democracia esta, donde todo el mundo quiere ser obispo y excomulgar.

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JON JUARISTI – ABC – 15/05/16



Izquierda desunida

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Es verdad que la izquierda tiene teóricamente mayoría en España, ya que a los españoles les da vergüenza declararse de derechas, aunque si se sometieran a un test ideológico puede que resultasen más de derechas que nadie, pero ésa es otra cuestión. La cuestión es: ¿qué izquierda? Porque hay varias y no precisamente en buenos términos, sino más bien enfrentadas, sin que ese pacto de mutilados Podemos-IU lo invalide. Lo que estamos viendo son corrimientos de votos dentro de la izquierda, no aumento de los mismos.

Y estamos sólo en los comienzos de una campaña electoral en la que van a sacarse la piel a tiras.

JOSÉ MARÍA CARRASCAL – ABC – 15/05/16


LENIN PARA JÓVENES

En Shanghái, en la casa museo de Chu En-lai (primer ministro de Mao), sita en el distinguido quartier francés, le preguntan a su joven encargada si conoce quién fue Chu Enlai; ella contesta que no, que está allí para mejorar nota. Lo cual permite deducir que si la joven ignoraba que Mao y Chu masacraron a sus abuelos, siguiendo las enseñanzas de Lenin, aún con mayor motivo muchos jóvenes españoles pueden no conocerlo. La razón de resucitar a Lenin viene a cuento porque sus herederos, los señores de Podemos, pretenden vendernos su momia cérea con monsergas de posmodernidad, y para no caer en el timo de la burra vieja, hay que dedicar al tema unos minutos.

Lenin, padre de la revolución rusa y fundador de la URSS, enfatizaba que en la democracia «cada cuatro años se cambiaba de tirano». Como no deseaba parecer un déspota más, presentaba su candidatura bajo el paraguas de «el pueblo» o «la revolución»; conceptos a los que los dictadores transfieren la soberanía de los ciudadanos, para controlar sus movimientos. «Salvo el poder todo es ilusión», explicaba Lenin, prioridad que ha postergado su interés por los necesitados. En la concepción leninista los desahucios, la renta básica, la electricidad subvencionada son medios y nunca fines en sí mismos. A tal efecto se recordará cómo Podemos, en su oferta de coalición al PSOE, pretendía una vicepresidencia plenipotenciaria y no la tutela de los asuntos sociales. Entre sus objetivos programáticos no figura que los tres millones de españoles que con la crisis han dejado de ser clase media, según la Fundación BBVA, vuelvan a serlo. Y no lo quieren, porque ese día se acabaría Podemos.

Algo que ha distinguido a los leninistas es su obsesión por dominarlo todo, empezando por establecer un nuevo lenguaje: la casta, los círculos…, les suena, ¿verdad? Lo confirmaba Stalin: «El arma más importante del control político es el diccionario». Saben que una vez se asimilan los nuevos verbos ya nada es igual: los sindicatos del pueblo no pueden convocar huelgas contra sí mismos; o la Policía revolucionaria reprimir manifestaciones de indignados, porque la indignación es vieja política y como vocablo ha sido ilegalizado.

Otro dato de su comportamiento es la lucha contra las clases medias que subsisten o el empresariado. No aspiran a requisar dinero al rico para dárselo al pobre, como de forma aviesa pregonan. Buscan arrebatarles el poder que ese dinero les permite. Agreden al capital o a los buenos profesionales para que se vayan o se paralicen, malogrando su optimismo económico o las ganas de innovación; excusa que les servirá más tarde para culparlos de la ineficacia de su sistema igualitario, de los supermercados vacíos o del corralito financiero.

Al podemita le obsesiona deshacerse de sus afines, sean estos los dubitativos del PSOE, los pobres de IU o disidentes de su propio partido, como hizo Lenin con mencheviques y socialistas. Les obliga a ello su contradicción interna de tener que elegir entre el férreo control del poder que ambicionan y la promesa de consultar a sus bases como forma democrática para llegar hasta él. Así que los más honestos, y como en todo colectivo los hay, suelen ser los primeros defenestrados, ustedes lo verán. Explicado en lenguaje para niños, los buenos les llevan al poder, y los malos lo detentan.

Una vez en el poder, el leninista se blinda contra sus propios códigos éticos, que nunca cumple, con reglas no escritas que causan grima. La primera es que, hagan lo que hagan, no hay que dimitir jamás (fíjense en cómo se han defendido sus concejales y concejalas en el Ayuntamiento de Madrid). Una segunda es que, enfrentados ante la peor de las evidencias incriminatorias, niegan o protestan los hechos probados (los papeles de Chávez o las sentencias de algunos tribunales que solo respetan cuando les favorecen). Por último, una vez conquistado el poder, como en el caso de Venezuela, si perdieran unas nuevas elecciones, entonces los comicios se motejaríán de ilegales por «haber confundido al pueblo». Todo se subordina a una idea de dominio hegemónico. A ver si no: un edil comunista acaba de decir que en España «sobran» diez millones de ignorantes.

Ahora bien, cuando un sistema que acumula tanta miseria precisa depurarse, las purgas devienen tragedias. Lenin fusiló a los zares y a sus hijos, Stalin asesinó a su rival Trotski, Kruchef a Beria, Fidel Castro al general Ochoa, y el grotesco líder norcoreano atomiza a cañonazos a cuantos ministros ve soñolientos en sus discursos. Traducido a nivel nacional, la progresista y pacífica China atacó a la progresista y pacífica Vietnam, y esta invadió a la pacífica y progresista Camboya, cuyo amor hacia el pueblo terminó en un horrendo genocidio patrio de tres millones de personas a manos de los jemeres rojos; este es, por cierto, un hecho recurrente: las guerras nunca son entre democracias.

¿Por qué ya no se llaman comunistas o leninistas? Porque la pobreza que dejaron donde estuvieron les es tan adversa que es mejor olvidarla. Cuando se abre la nevera y solo quedan dos huevos duros hasta final de mes «acaban de toparse con el socialismo real», relata con valentía Leonardo Padura, premio Príncipe de Asturias, residente en La Habana. Cierto, en estos sistemas las enfermedades más comunes lo son por falta de buena alimentación. Claro que, si escasea la comida, entonces su mito de la medicina pública es un sarcasmo.

Hace muchos años en Moscú hice cola cerca de diez minutos a 14 grados bajo cero para visitar la momia de Lenin. Su perilla pelirroja estaba cuidada como si hubiera salido hacía un rato de la barbería. Delante de mí iba una anciana que se santiguó confundiéndolo tal vez con el brazo incorrupto de Santa Teresa. Eran otros tiempos. La realidad es que en la Rusia de hoy todos los partidos se quieren deshacer de los restos de Lenin y de sus orejeras ideológicas. Sería chocante que a estas alturas nosotros las adquiriéramos para exhibirlas en la Puerta del Sol. Claro que no sé si hay motivos para tanta alarma. La mayoría de la gente en apuros no es tonta, a veces se le va la olla y vota «cabreo», pero cuando sueña no se pierde por meandros dialécticos: quiere ir a Alemania.

Cien años después de la Revolución de Octubre, deberíamos los demócratas en estas elecciones dar sepultura definitiva a Lenin. Recordemos esto a los jóvenes: los leninistas buscan que el odio, la revancha y lo horrible os parezcan normales, pero bastante dura es ya la normalidad como para encima empobrecerla.

José Félix Pérez-Orive Carceller,ABC 14.05.2016

CHICHARROS BOLIVIANOS

Los vínculos fundacionales con el chavismo incomodan a Podemos porque evocan como un espejo roto el paradigma de un fracaso.

Si hay un marco en el que se sientan incómodos los dirigentes de Podemos, siempre tan seguros en el manejo de la comunicación política, es el de los vínculos con Venezuela. Por dos razones. La primera y esencial es que son ciertos. Están documentados en el plano económico –los pagos a la fundación CEPS– y existe abundante testimonio gráfico y escrito tanto de la presencia en el país caribeño de los promotores del partido como de sus a menudo sonrojantes elogios al régimen que los invitaba, acogía y remuneraba.

Cuestión distinta es que en el plano legal pueda tener consecuencias esa simbiosis porque los cobros palmarios son anteriores a la constitución como partido. Por eso Pablo Iglesias suele remitirse a los tribunales cuando se ve requerido por el asunto que más antipático le resulta en estos momentos; sabe que será difícil acusarle de financiación irregular. Pero el debate no es penal sino político, y el rastro del dinero y de las estancias constituye una prueba política que identifica al partido de los círculos –denominación de origen chavista– como una franquicia bolivariana.


Esa es la otra razón que embaraza a la cúpula populista. El chavismo se ha hundido en su propia ciénaga de corrupción y quiebra social, y Maduro es una caricatura grotesca de su antecesor. Venezuela es en este momento un chicharro que ensucia y contamina cualquier patrocinio; la imagen de los supermercados vacíos constituye un argumento electoral demoledor que Podemos trata de sacarse de encima. El partido ha crecido y desarrollado una dinámica propia no sólo respecto a sus orígenes fundacionales bolivarianos sino incluso a sus lazos con el movimiento del 15-M.

Tiene serias posibilidades de llegar al Gobierno y busca una identidad transversal que maquille su radicalismo; se ha desprendido incluso de su proclamado parentesco con Syriza, otro fracaso manifiesto. El «león» Tsipras se ha humillado ante la Troika, ha subido los impuestos y bajado las pensiones mientras aumentan la pobreza y el paro. Los referentes a los que Iglesias se homologó en su despegue se han descalabrado. Ya no le sirven; más bien le estorban como los inoportunos parientes pobres de un desclasado.

Y ese es el problema: que todos los proyectos similares al de Podemos conducen al mismo naufragio. Que no hay espejo ideológico que no se haya roto en pedazos porque todos reflejan una idéntica distopía fracasada, la del viejo comunismo en busca de pasaporte falso que disimule su ruina. Que una cosa es catalizar un sentimiento de protesta o de revancha mediante un discurso oportunista, y otra levantar una alternativa política y social viable más allá del asalto al poder y la ocupación de todos sus espacios.

Por eso resulta enojoso el paradigma venezolano: representa la terca realidad que estropea con su brusco contraste la atractiva historia de un guión bien construido y representado.

IGNACIO CAMACHO – ABC – 14/05/16

UNA GUÍA PARA ESPAÑOLES ESPERANZADOS

Lo que con motivo de la epidemia reinante se ha descubierto en los barrios extremos de Madrid no es para contado”, relataba el 12 de enero de 1890 Luis Pérez Nieva (“Crónicas madrileñas”), en el nº 480 de La Ilustración. “Después de visitar Chamberí, los Cuatro Caminos, Lavapiés, las Peñuelas, la Fuentecilla, las afueras de la Puerta de Toledo, después de recorrer lo que pudieran denominarse los arrabales de la capital, se cree firmemente que estas grandes convulsiones las envía Dios para que la sociedad se revuelva (…) La influenza, con su cortejo de pulmonías y sus aterradores ataques, pierde su importancia ante el mal horrible y eterno que aqueja a la clase baja de Madrid: la miseria. Hombres y mujeres casi desnudos, sin ropas; niños igualmente privados de vestidos; habitaciones sin cristales, sin muebles, sin camas, sin fuego: tabucos incapaces para dos personas, ocupados por seis u ocho; seres hambrientos cadavéricos, muriendo lentamente, hacinados; enfermos sin asistencia; algún muerto insepulto durante días y días por deficiencias de nuestra organización administrativa; un cuadro horrendo en el que se mezclaba el llanto de las pobres criaturas pidiendo pan, con los gemidos de las madres incapacitadas para dárselo, las quejas de los postrados en el lecho con las lamentaciones de los que les asistían, las maldiciones y juramentos de los impacientes con las frases resignadas de los sufridos; he aquí lo que hallaron los periodistas encargados de repartir los socorros…

El año 1890 se había estrenado con una epidemia de dengue, por entonces también llamado “trancazo”, que el año anterior ya había causado estragos y que el 1 de enero se llevó por delante al mismísimo  Julián Gayarre, para muchos el mejor tenor del mundo entonces. La violencia de la epidemia puso una vez más de manifiesto el grado insoportable de miseria en que vivía una gran parte de la población madrileña y, por extensión, española. Miseria que nada tenía que ver con esa pobreza, que es el arte, porque de arte se trata, de vivir con lo justo en medio de continuas privaciones. Miseria es estar por debajo del mínimo vital. Es miseria material, cultural, moral, social y también política. En 1900, la población española era de 18,6 millones de habitantes, de los cuales 11,9 (el 63,8%) eran analfabetos. En 1920, la población había subido hasta los 21,3 millones, mientras los analfabetos habían bajado a 11,2 (el 52,2%). Hace menos de cien años, pues, más de la mitad de la población española no sabía leer ni escribir. Los españoles que nacimos en la Castilla rural en la postguerra fuimos testigos de aquella forma de labrar la tierra que consistía en un par de mulas tirando del arado romano. Recuerdo los ojos extasiados con que mis amigos menos afortunados miraban, una gélida tarde de marzo a la salida de la escuela (niños y niñas de todas las edades juntos y revueltos en una única aula y con la misma maestra), una naranja que me acababa de dar mi madre. Una naranja convertida en un lujo exótico.

En los últimos 50 años, España ha conocido el mayor progreso de su historia tanto en términos materiales como de calidad democrática

Luego asistimos a la mecanización del campo, la llegada de los primeros vehículos a motor, la emigración al País Vasco y Cataluña… A partir de la Navidad, en el campo se pasaba mucha hambre hasta que llegaba el nuevo verano. Menos que en las ciudades, pero hambre. El Plan de Estabilización de 1959 supuso un punto de no retorno que fue capaz de romper con esa línea de miseria que había acompañado a millones de españoles desde la primera mitad del siglo XVII, cuando empieza la decadencia de España con el conde-duque de Olivares a los mandos del reino como valido de Felipe IV. Casi tres siglos y medio de pobreza económica, oscurantismo religioso y absolutismo borbónico. Y, por fin, un rayo de luz: en los últimos 50 años, España ha conocido el mayor progreso de su historia tanto en términos materiales como de calidad democrática. Una conquista impresionante que se nos olvida con frecuencia y que conviene poner en valor en estos tiempos en que, agobiados por una corrupción sin límites y angustiados por la falta de salidas a la crisis política que acompaña el final de la Transición, damos la espalda a ese elemental “de dónde venimos”, dispuestos como estamos a tirar por la calle de en medio a la hora de proponer soluciones para los problemas que nos afectan.  

Lo cuenta divinamente Jesús Banegas en un libro que ha presentado esta semana en Madrid (“España, más allá de lo conseguido”, que ha prologado Antonio Garrigues Walker). Banegas, columnista de Vozpopuli, ha escrito un ensayo cargado de optimismo para tiempos de confusión como los que vivimos. Optimismo cauto, reflexivo, argumentado. Asegura Banegas en el arranque de su trabajo que los últimos 30 años [los que van de 1978 al 2008] han sido, muy posiblemente, los mejores de la Historia de España, porque nunca los españoles dispusieron de un marco político, un Estado Democrático de Derecho, capaz de aunar libertad política, progreso económico y bienestar social, de donde se infiere que la libertad -“uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos”, que Cervantes pone en boca de Don Quijote- sienta muy bien a los españoles. El autor enumera los logros de esta etapa histórica, el más importante de los cuales tiene que ver con la entrada de España en el club de los 20 países más ricos del mundo, ocupando el puesto 14 por PIB y el 22 por renta per cápita (el 19 antes de la última gran crisis).

Las fortalezas del gran país que es España

Si España abandonó su condición de país atrasado y periférico para integrarse en ese selecto grupo se debió a que fue capaz de poner en marcha los cambios institucionales capaces de impulsar la economía en la buena dirección, la del crecimiento sostenido, con dos hitos en esa carrera hacia la convergencia concretados en el citado Plan de Estabilización y en la integración en la Unión Europea

España es hoy un país que cuenta con una de las mejores infraestructuras físicas del mundo, con la red de telecomunicaciones más avanzada de Europa, que es líder en energías renovables, con un mercado interior considerable y sofisticado, en la vanguardia en lo que a salud pública se refiere (la esperanza de vida, 83,2 años, es la más elevada del mundo junto con Japón), con un nivel educativo alto, con algunas de las business school más reputadas del planeta, con una economía abierta al exterior, que es líder mundial en turismo vacacional (con la sofisticada logística que implica atender adecuadamente a más de 68 millones de personas al año), que es una potencia deportiva, y que dispone de un arma de futuro tan poderosa como una lengua que hablan cerca de 500 millones de personas y en constante crecimiento. Entre otras cosas.

Tantos y tan sonados logros tienen su contraparte en la aguda crisis económica que siguió al estallido del boom del ladrillo, que colocó a España al borde de la quiebra como país y ha provocado un notable retroceso en lo que a renta per cápita y, sobre todo, empleo, se refiere. Aún han sido mayores los efectos de la crisis en el plano del descrédito de las instituciones por culpa de una corrupción que parece haberse instalado sólidamente en las entretelas del sistema, a lo que se ha unido la constatación de una estructura territorial tan ineficiente como costosa que, además, ha generado desmanes tan notorios como el del nacionalismo catalán. Son algunas de las “debilidades” españolas que cita Banegas, lista a la que añade, por citar solo las que encabezan el ranking, el endeudamiento público y privado, la ineficiente organización del Estado, la proliferación normativa, la fragmentación del mercado interior, el envejecimiento de la población, etc., etc.

Es sabido que para invertir y prosperar el ciudadano libre necesita estar seguro de que si trabaja duro y tiene éxito, podrá ganar dinero y conservarlo

Pero el autor no se limita a detallar fortalezas y debilidades, sino que se implica a fondo en las soluciones -a las que dedica la mayor parte del libro- que tantos españoles están hoy reclamando para sacar al país del atolladero. “Acostumbrados como estamos a hablar peor que nadie de nosotros mismos, a la hora de aportar soluciones a nuestros problemas adoptamos casi siempre soluciones holísticas muy ambiciosas que, como es natural, no acaban teniendo éxito, por lo que nunca abandonamos la melancolía de pensar que no tenemos remedio”. Banegas piensa que España tiene remedio, para lo cual es importante aprender de los errores cometidos y obrar en consecuencia. El capítulo dedicado a “Qué hemos podido aprender por el camino” me parece, por eso, uno de los más interesantes del trabajo. En efecto, en el camino de esa súbita riqueza devenida de golpe en crisis brutal que, un tanto exageradamente, tendemos a creer terminal, deberíamos haber aprendido que la ética favorece el progreso económico y social sin necesidad de remontarnos a los escolásticos españoles de principios del XVI, a Max Weber después, y a tantos otros. Una frase en este punto que vale un libro: “Después de lo visto en los últimos años es imperativo garantizar, mediante la transparencia y el castigo, la integridad moral de la clase política, porque sólo la transparencia legitima el ejercicio del poder político”, por no mencionar, como hace el autor, que la heterodoxia económica se paga muy cara y que la calidad institucional importa.

La calidad de las instituciones

En realidad importa tanto que nubla todo lo demás. Es sabido que para invertir y prosperar el ciudadano libre necesita estar seguro de que si trabaja duro y tiene éxito, podrá ganar dinero y conservarlo, asegurando así su calidad de vida y la de su familia. Es ahí donde entran en juego unas instituciones políticas sanas en las que poder confiar, a las que Daron Acemogluy y James A. Robinson aluden en su “Por qué fracasan los países”. Porque no son los recursos naturales, la geografía o la cultura, sino las instituciones de un país lo que marca la frontera entre la pobreza y la riqueza. Los países ricos son desarrollados porque sus instituciones son inclusivas, es decir, están suficientemente centralizadas a la vez son pluralistas, mientras que los países pobres son atrasados porque las suyas son extractivas, con el poder concentrado en manos de una élite que acaba utilizando la riqueza que ilegalmente acumula en lo económico para consolidar su poder político. Un bucle de muy difícil ruptura. En la búsqueda de esa mejora del marco institucional, Banegas juzga básico meterle mano a la financiación y funcionamiento de los partidos políticos, mejorar el sistema electoral, adelgazar el tamaño del Estado y redistribuir competencias entre las Administraciones, así como elevar la calidad de la Justicia. En suma, mejorar la calidad de nuestra democracia mediante esa regeneración tantas veces reclamada.

El autor hace suya la tesis central del ensayo “La cuarta revolución”, de Micklethwait y Wooldridge: “Los pesados Estados occidentales, convertidos en niñeras omnipresentes y gobernados por políticos trocados en avestruces, tienen que cambiar para llegar a ser más pequeños, menos intervencionistas y más eficientes”, para concluir, con un punto de optimismo, que “hacer las cosas bien es posible”. Habría que preguntar qué piensa al respecto esta clase política nuestra que se apresta a acudir de nuevo a las urnas con el mismo discurso vacío y gastado, lejos, muy lejos, de ese debate sobre el futuro de España, trasunto final de este libro, que debería estar hoy en el frontispicio del debate político de cara al 26J. No perdamos la esperanza, porque de eso va también el ensayo de este ingeniero, economista, empresario, escritor y viajero que es Jesús Banegas. “No tenemos el más mínimo derecho a autodestruirnos ni a desconsolarnos”, escribe Garrigues Walker en su prólogo. “Merece la pena pensar que es perfectamente posible proteger nuestras instituciones y desarrollar nuestras fortalezas para así eliminar todo riesgo de volver, como advirtió Ortega, a una España invertebrada, a una España débil, a una España sin ánimo”. El riesgo de volver a Pérez Nieva y sus “Crónicas madrileñas”. Una guía para españoles esperanzados.