domingo, 12 de julio de 2015

ESA GRAN IDEA DEL COMUNISMO, A LA QUE NUNCA LLAMAN POR SU NOMBRE

Al norte del parque de Kensington, en Londres, se encuentran los Jardines Italianos, a la vera del Long River, que luego en Hyde Park se convierte en la laguna alargada bautizada como La Serpentina. Aquel jardín es un lujo casi excéntrico, una estirada del Príncipe Alberto, que hace 150 años lo encargó como regalo para su mujer, la Reina Victoria. No falta de nada: mármol de Carrara, piedra de Portland, fuentes de querencia romana, maceteros ornamentales y las mejores flores que resiste cada estación. Como es zona de sufridos turistas y la próstata aprieta, cerca hay unos servicios. Al intentar entrar se descubre que para acceder hay que introducir 20 peniques en la ranura de la barrera. Dentro, un cartel explica que hace un año aquel lavabo público estuvo a punto de ser clausurado, debido al incivismo de los usuarios. Finalmente se decidió hacer la prueba de cobrar una pequeña cantidad. El recinto luce impoluto.

Holland Park, no demasiado lejos, es otro parque londinense. Si no se trata del más bonito de la ciudad debe de ser el segundo, como bien sabe la colección de plutócratas con dacha por allí, del viejo Elton a los pegajosos Beckhamg, pasando por banqueros y glorias televisivas. Los baños de Holland Park son de acceso libre. Y en efecto, están hechos un asco.

Cuento todo lo anterior porque supone una parábola política: lo que es de todos, al final no es de nadie, por eso el comunismo jamás ha funcionado. El ser humano, como bien vio el sombrío pero realista Thomas Hobbes, no es ningún serafín altruista, volcado de manera espontánea en el trabajo desinteresado en nombre del bien común. El hombre se mueve por estímulos prácticos. ¿Por qué funcionan mejor las empresas privadas que las públicas y son más creativas? Pues porque el régimen funcionarial no prima el esfuerzo ni castiga el bajo rendimiento. En el fondo es un modelo comunista. El afán de emulación, la legítima ilusión de ir a más en la vida, es un acicate económico formidable, que se traduce en que los países de economía abierta acaban siendo los que otorgan mejor vida a sus ciudadanos. Por el contrario, la poesía igualitaria comunista, que puede ser conmovedora en el romanticismo de los 18 años, solo se ha traducido en ineficacia, reparto de miseria y dolorosas mermas de las libertades personales. Su absoluto descrédito se completa con que en nombre del comunismo se han cometido algunas de las matanzas más atroces de la historia moderna, como los genocidios y hambrunas de Stalin, Pol Pot y Corea del Norte.



Todos esos ceñudos renovadores españoles que nos dan lecciones para aburrir son de ideología comunista. Tras lo ocurrido en la pasada centuria, declararse comunista debería ser tan oprobioso como declararse nazi o fascista, los otros espantos del siglo (¿o acaso Lenin y Stalin no mataron también a millones de personas?). Algo de vergüenza hay, por eso el comunismo ahora se hace llamar Podemos, Marea, Colau. Pero sigue siendo la misma mercancía averiada, porque se da de bruces con la naturaleza real del ser humano y trata de amaestrarlo coartando su libertad. Así que lo siento, Pablo, pero me temo que eres más antiguo que el candil de carburo.

domingo, 5 de julio de 2015

JUAN DE AUSTRIA, EL HÉROE DE LEPANTO

Juan de Austria
El 7 de octubre de 1571, el hermano del rey Felipe II condujo a la flota cristiana hacia la «más alta ocasión que han visto los siglos»: la batalla de Lepanto. Solo unos pocos años antes, el joven don Juan de Austria había descubierto quién era su padre

Como si de una historia de la factoría Disney se tratara, don Juan de Austria, héroe de la batalla de Lepanto y uno de los pocos españoles inmunes a la leyenda negra, pasó en pocos años de ser un niño huérfano criado en las calles de Leganés a ser el hijo reconocido del emperador Carlos V.

Entre las muchas infidelidades de Carlos I de España, que tuvo al menos cinco hijos fuera del matrimonio, destaca la historia de don Juan de Austria. Su madre, Bárbara Blomberg, era una dama alemana que Carlos I conoció en 1546 cuando acudió a la Dieta Imperial en Ratisbona. Y aunque el emperador del Sacro Imperio Germano y Rey de «las Españas» no reconoció al niño como hijo suyo a su nacimiento, sí se preocupó de que recibiera una educación acorde a su condición.

El niño fue bautizado como «Jerónimo» o «Jeromín»

Sobre su fecha de su nacimiento se desconoce si fue en 1545, como pensaban sus contemporáneos, o en 1547. No en vano, en el perfil que Henry Kamen hace del general español en su libro «Poder y gloria: Héroes de la España imperial» se destaca la obsesión del hermano de Felipe II por aparentar repetidas veces menos años de los que tenía. Así no es sorprendente que las fuentes se muestren siempre contradictorias. De lo que no cabe duda es que el niño fue bautizado como «Jerónimo» o «Jeromín» debido probablemente a que la madre se casó al poco tiempo con Jerónimo Píramo Kegell. Era, en consecuencia, una forma de guardar las apariencias.
El pequeño Juan de Austria presentado al Emperador Carlos I

Sin embargo, Jeromín rápidamente se trasladó a España por expreso deseo de Carlos I. Su mayordomo, don Luis de Quijada, llegó a un acuerdo con Francisco Massy, violista de la corte imperial, casado con una española, Ana de Medina, por el cual a cambio de cincuenta ducados anuales se comprometía a educar al niño en Leganés, donde su esposa tenía tierras. En Leganés el hijo natural del emperador que dominaba media Europa participó como uno más de los juegos infantiles en las calles de esta localidad.

En el verano de 1554, don Luis de Quijada consideró que la educación del hijo del Rey no cumplía con las condiciones firmadas y trasladó al niño a Villagarcía de Campos (Valladolid). Su esposa, doña Magdalena de Ulloa, se hizo cargo de su educación, auxiliada por el maestro de latín Guillén Prieto, el capellán García de Morales y el escudero Juan Galarza.

Aunque nunca lo reconoció públicamente en vida, Carlos I de España a su abdicación en 1555 concedió la Orden del Toisón de Oro a Jeromín y dejó escrito en su testamento: «Por cuando estando yo en Alemania, después que enviudé, tuve un hijo natural de una mujer soltera, el que se llama Jerónimo». Ya en el Monasterio de Yuste, el Rey ordenó a don Luis de Quijada que fuese a vivir al pueblo extremeño y pidió conocer al niño en persona.

Felipe II ordenó que le cambiaran el nombre por don Juan de Austria.

Pero hubo que esperar hasta la muerte del emperador para que Jeromín conociera su auténtico origen. Felipe II se enteró de la existencia de su hermano por el testamento y se reunió con él a mediados de septiembre de 1559 en Valladolid. El Monarca, siguiendo las indicaciones de su padre Carlos, reconoció al niño como miembro de la Familia Real. No en vano, el testamento de Carlos I dejaba el resto de detalles, como por ejemplo la futura posición en la corte del joven, en manos de la benevolencia de Felipe II. Por lo pronto, ordenó que le cambiaran el nombre por don Juan de Austria, que consideraba más masculino, y le otorgó casa propia, a cuyo frente puso a don Luis de Quijada.

Héroe de la batalla de Lepanto

Con los años don Juan de Austria se convirtió en un fiel reflejo de lo que había sido su padre y de lo que nunca pudo ser Felipe II: un hábil jinete, un rápido espadachín, un hombre desbordante de ánimo y un amante de la guerra. Tras sofocar la Rebelión de las Alpujarras –donde su tutor Luis de Quijada sacrificó su vida para salvarle durante una emboscada de los moriscos–, don Juan de Austria se postuló para encabezar la coalición cristiana que pretendía hacer frente a la temida flota otomana.

Supo compensar su poca experiencia dando voz a consejeros más curtidos.

Felipe II no puso impedimentos a que su hermano alzara el estandarte de la Santa Liga, pero la decisión corrió directamente a cargo del Papa Pío V que tenía al joven general por un designado de Dios. Don Juan de Austria tuvo un ejercicio perfecto en la batalla de Lepanto. Empleó su afable carácter para mantener en calma las tensas relaciones con Venecia y supo compensar su poca experiencia –solo tenía 24 años– dando voz a consejeros más curtidos en la mar como el irrepetible Álvaro de Bazán que con sus acciones en la retaguardia solapó las brechas.

Alzado como héroe en toda la Cristiandad, el joven general fue elegido gobernador de los Países Bajos españoles en 1576 por Felipe II. Un laberinto político del que no supo salir y que le labró la desconfianza de su hermano, quien empezó a sospechar que el héroe de Lepanto tramaba arrebatarle la Corona.

En poco tiempo, Don Juan se encontró aislado políticamente, sin las tropas ni el dinero necesarios para sofocar la rebelión en Flandes. Al conocer la muerte de su secretario Juan de Escobedo en marzo de 1578, quien había viajado a Madrid a pedir más recursos, don Juan entró en un estado de depresión, al tiempo que contraía la enfermedad del tifus. Su estado de salud se agravó a finales de septiembre, estando en un campamento en torno a la sitiada ciudad de Namur (Bélgica). Algunos historiadores han apuntado a que la causa final de su muerte fue desangrado tras una operación fallida de hemorroides. El día 28 nombró sucesor en el gobierno de los Países Bajos a su sobrino Alejandro Farnesio. Y escribió a su hermano, antes de morir el día 1 de octubre a los 31 años, pidiéndole que respetase este nombramiento y que le permitiera ser enterrado junto a su padre.

El cadáver de don Juan de Austria fue llevado a España, después de ser seccionado en tres partes para evitar que pudiera caer en manos enemigas, y actualmente reposa en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.


FERNANDO DE AUSTRIA: EL CARDENAL GUERRERO QUE VENCIÓ A LOS SUECOS

Nacido hijo de reyes, Fernando de Austria alcanzó a ser uno de los militares más brillantes de Europa, pese a su aparente condición de pacífico eclesiástico, cuando las fuerzas del Imperio español empezaban precisamente a mostrar signos de flaqueza. Junto a una alianza de católicos, el Cardenal-Infante dirigió a los tercios en la victoria sobre el todopoderoso ejército sueco y los Príncipes protestantes alemanes que combatían en la Guerra de los 30 años. Pero si la batalla de Nördlingen ha quedado como una de las últimas hazañas de los tercios, el cardenal guerrero lo ha hecho como un héroe crepuscular fallecido cuando más iba a necesitar el Imperio de hombres con su talento para la guerra.

Fernando de Austria
Don Fernando de Austria fue el tercer hijo varón del Rey Felipe III, quien, al contrario que su padre y de su abuelo, no tuvo ningún problema en asegurar una amplia descendencia. Por esta razón, se decidió que el Infante Fernando ingresara en el clero y dejara vía libre para que su hermano Felipe IV reinara sin la alargada sombra de un hermano que desde muy pequeño demostró gran inteligencia y una buena salud. Con solo 10 años, el Infante fue nombrado arzobispo de Toledo, la principal sede eclesiástica de España, y poco tiempo después fue designado cardenal. No en vano, ejerció de cardenal sin estar ordenado sacerdote, puesto que la Guerra de los 30 años limitó su vida exclusivamente a la faceta militar.

Un héroe de la Guerra de los 30 años
Felipe IV envió a su hermano a Flandes al fallecer Isabel Clara Eugenia, que había gobernado en nombre de España los Países Bajos meridionales hasta 1633. Apartado del mando el que hasta entonces había sido el mayor activo militar del Imperio durante el siglo XVII, Ambrosio Spínola, quien se encontraba enfrentado al Conde-Duque de Olivares, el Rey se vio obligado a recurrir a su hermano Fernando, un inexperto en tareas militares y políticas pero cuya sangre real bastaba para sosegar al revoltoso Flandes. No obstante, la apuesta de Felipe IV se reveló desde el principio un gran acierto.

Antes de asumir su cargo de gobernador de Flandes, el Cardenal-Infante se vio obligado a intervenir en la ofensiva más importante de las fuerzas españolas durante la Guerra de los 30 años. En 1633, el Conde-Duque de Olivares puso en marcha un plan para intervenir directamente en Alemania, pues, aunque España había asistido de forma intermitente al Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en su contienda contra los Príncipes protestantes, su intervención en la interminable guerra se había centrado sobre todo en su rivalidad con Holanda. La decisión de enfrentarse en territorio alemán obligaba a los Tercios españoles a demostrar que, frente a la irrupción del revolucionario Ejército sueco, todavía seguían ostentando la consideración de mejor infantería de su tiempo.

El plan acordado desde Madrid consistía en enviar al
Felipe IV a caballo
gobernador de Milán, el Duque de Feria, con el grueso del ejército –unos 12.500 hombres– hacia Alemania con las órdenes de unirse a las tropas del Duque de Baviera para librar Renania de la amenaza de los franceses. Mientras tanto, el Cardenal-Infante asumiría momentáneamente el control político de Milán y organizaría un segundo ejército para reforzar el de Feria más adelante. La brillante actuación del Duque de Feria consiguió su objetivo en Alemania y mantuvo abierto el célebre Camino español, pero las condiciones extremas del invierno europeo causaron la muerte del general español y la desintegración de sus tropas a principios de 1634. Solo cuando reunió un nuevo ejército casi desde cero, con muy pocas compañías de españoles, el Cardenal-Infante pudo partir hacia Alemania a continuar la campaña donde el Duque de Feria la había dejado.

La demostración de que los suecos sangraban
El 2 de septiembre de 1634, el Cardenal-Infante y su primo Fernando de Hungría, futuro emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, desmontaron y se dieron un abrazo a pocos kilómetros de Donawörth. Sabedores de la importancia de los 18.000 soldados, por su número y calidad, que traía consigo el Infante español, los católicos recibieron la llegada de refuerzos con vítores de «¡Viva España!». Ahora sí, los imperiales podían enfrentarse a las fuerzas suecas del duque Bernardo de Sajonia-Weimar y Gustaf Horn, que habían acudido a Nördlingen a romper el bloqueo católico. Los protestantes eran menos en número, pero sus temidas y revolucionarias tácticas ofensivas les convertían en unos enemigos muy difíciles de derrotar. Fue, por tanto, necesaria la más rocosa resistencia de las fuerzas católicas, sobre todo la protagonizada por los Tercios españoles en la colina de Allbuch, rechazando 15 cargas de los regimientos suecos, para contrarrestar las revolucionarias tácticas que había establecido en Suecia el Rey Gustavo Adolfo II, fallecido dos años antes de la batalla.

«No es creíble cuan llenos y cuan sembrados estaban los campos de armas, banderas, cadáveres y caballos muertos, con horridíssimas heridas», escribió el oficial español Diego de Aedo y Gallart sobre la victoria, que dejó sobre los campos de Nördlingen 8.000 muertos del ejército protestante. El triunfo católico, además, hizo enormemente popular al Cardenal-Infante, que el 4 de noviembre entró entre vítores en Bruselas y el 17 de abril hizo lo propio, con igual lustre, en Amberes. Los festejos culminaron con varias incursiones sobre el territorio holandés, las cuales convencieron al otro cardenal más famoso de Europa, el francés Richelieu, de que la única forma de frenar a España era con la intervención directa de su país.

Tras declarar la guerra a España, el Cardenal Richelieu ordenó a su ejército que descendiera el valle del Mosa para unir sus fuerzas a las holandesas con el propósito de poner bajo cerco la estratégica provincia de Brabante. Sin embargo, cuando el Cardenal-Infante parecía dispuesto a contestar con todas sus fuerzas contra la frontera holandesa, tomó una sorprendente decisión: inició una maniobra de diversión en la frontera con Francia. La ocurrencia del Infante Fernando permitió poner bajo asedio la plaza fuerte de Corbie, a pocos kilómetros de París, donde el pánico se extendió por sus calles y la familia Real, excepto el Rey, fue evacuada de la ciudad. Y pese a que la capital fue finalmente salvada, los franceses recordarían siempre 1636 como «el año de Corbie», la última humillación a manos del Imperio español antes de su derrumbe.

«El año de Corbie», no obstante, fue seguido por una serie de derrotas españolas que cavaron la tumba definitiva de la hegemonía militar del Imperio español. Además de la pérdida de ciudades tan importantes como Breda o Arras, fue la grave disminución de poder naval en el norte de Europa (entre 1638 y 1639, la armada española perdió alrededor de 100 buques de guerra, según estimaciones de Henry Kamen en su libro «Poder y gloria: Héroes de la España Imperial») la que endosó el golpe mortal a las aspiraciones del hermano del Rey de recuperar la iniciativa en la guerra de Flandes.

La victoria de los dos Fernandos
En medio de malintencionadas acusaciones lanzadas en la Corte contra él y de la peligrosa rebelión de Portugal, Fernando cayó enfermo durante una batalla y falleció en Bruselas el 9 de noviembre de 1641. Se cree que su muerte fue provocada por una úlcera de estómago, pero hubo rumores que apuntaban a un posible envenenamiento como causa de un fallecimiento que dejó huérfano al Imperio español de su mejor general.

NO PODEMOS PERMITIR A GRECIA VIVIR A COSTA DE LOS IMPUESTOS DE OTROS CIUDADANOS EUROPEOS. EL REFERENDUM.

Sorprende, o quizás no, ver como se pretende convertir una cuestión meramente económica y legal, la seguridad jurídica y la responsabilidad nacional en sus relaciones internacionales, en una lucha de clases, entre los ciudadanos griegos y las instituciones europeas. Los neocomunistas europeos, entre los que destaca Podemos, apoyándose curiosamente por los neonazis, a la caza del voto y en persecución de la destrucción de la UE. Si la actitud griega de vivir a costa del resto de contribuyentes europeos se generalizara, la Unión explotaría en menos de dos años por inviabilidad financiera.

A continuación un buen artículo de Jesús Cacho sobre el asunto:

Cuentan los estudiosos de la Grecia clásica que una mayoría de atenienses poseía al menos un esclavo. Para Aristóteles, una casa merecedora de tal nombre debía tener hombres libres y esclavos, de forma que no contar con esclavos era un signo claro de pobreza. Aristófanes hablaba incluso de ciudadanos pobres dueños de numerosos esclavos. En el discurso de Lisias Sobre el inválido, un enfermo protesta de esta guisa: “Lo que saco de mi oficio es poca cosa; me apena ejercerlo yo mismo y no tengo forma de comprar un esclavo que me sustituya”. Para Platón, que en el momento de su muerte era dueño de cinco, un ateniense pudiente no podía tener menos de 50 esclavos. Atenas practicó la esclavitud por deudas: un ciudadano que no pagaba su deuda quedaba sometido a su acreedor. Aunque afectó sobre todo a campesinos que alquilaban tierras y no podían pagar la consiguiente renta, el fenómeno también se daba en ciudades. En teoría, el esclavizado por deudas era liberado cuando cumplía sus compromisos. Solón puso fin mediante la seisákhtheia a esta práctica, prohibiendo la venta de un ateniense libre. Muchos siglos después, y aunque de la Grecia clásica no quede en la Atenas actual ni las raspas después de siglos de dominación turca, parece una obviedad decir que los griegos del siglo XXI van a quedar para siempre ligados a la UE por una suerte de “esclavitud de la deuda”, aunque bien podría ser que fueran los ciudadanos de la UE los involuntarios esclavos, los paganos, obligados a mantener el nivel de vida de un país que parece no tener remedio.

Asistimos estos días en España a un curioso fenómeno según el cual los culpables del drama griego no son ellos mismos y sus Gobiernos, sino el resto de países de la eurozona que han sepultado en Grecia algo así como 240.000 millones. La izquierda española, y en particular la radical nucleada en torno a Podemos, viene desplegando una dura ofensiva a través de sus altavoces mediáticos para presentar a los socios de la desvalida Grecia como una pandilla de mercaderes sin escrúpulos, entregados de hoz y coz a los designios de unos mercados dispuestos, cual vampiros, a chupar la sangre de los pobres pensionistas griegos. Incluso llegan a sugerir intenciones golpistas en las instituciones europeas. En la cadena SER, a hora de máxima audiencia, se ha podido oír esta semana a una profesora de Derecho Internacional Público decir que “se ha desvelado que lo que había [en Bruselas] es una intencionalidad en un determinado momento de derribar un Gobierno” (sic), afirmación corroborada de inmediato en la misma emisora por un maduro periodista catalán para quien “hay un interés deliberado de hacer caer este Gobierno”. El de Alexis Tsipras, se entiende.

Un no-acuerdo siempre será mejor que un mal acuerdo que nos devuelva a la pesadilla de los Varoufakis.

Basta, sin embargo, asomarse a los medios de comunicación de la Unión para darse cuenta de la existencia de una corriente de opinión mayoritaria según la cual no tiene sentido seguir metiendo dinero en un país que no tiene intención de pagar sus deudas; no tiene sentido seguir financiando el estilo de vida de una sociedad acostumbrada a vivir por encima de sus posibilidades que, en algún momento de su reciente historia, se hizo a la idea, merced a su posición estratégica y su condición de cuna de la civilización, de que podía ser posible vivir a cuenta de los demás; no tiene sentido sostener a unos dirigentes que no han mostrado la menor voluntad de cumplir sus compromisos, y que no se recatan a la hora de decir que no van a devolver su deuda y que tampoco van a hacer ajustes, lo que equivale a decir que piensan seguir pidiendo dinero, es decir, quieren seguir viviendo sine die a costa del prójimo sin apretarse el cinturón.

Para nuestros podemitas, el único Gobierno realmente democrático de la UE es el que preside Tsipras. Es como si los votos que llevaron a la coalición izquierdista Syriza al poder fueran de mejor calidad democrática que los de los millones de europeos que en sus países eligieron a los Gobiernos respectivos, como si los 10,8 millones que apoyaron a Rajoy en noviembre de 2011, los 10,3 que votaron a Hollande en mayo de 2012, o los 18,2 que optaron por Merkel en septiembre de 2013, por citar solo algunos de los de la eurozona, nada valieran frente a los 2.264.064 griegos que en enero de este año hicieron primer ministro a Tsipras. Ellos son quienes fijan la norma y deciden lo que la eurozona debería hacer por Grecia. Porque solo ellos tienen razón. De donde se infiere que la opinión de los contribuyentes europeos, de cuyos bolsillos ha salido el dinero bombeado a Grecia, no debe ser tenida en cuenta, porque nada tienen que decir ni que opinar.

No estamos dispuestos a poner dinero para arreglar la situación de un país que paga unas pensiones que nosotros no podemos dar a nuestros jubilados”, aseguraba el primer ministro de un pequeño país báltico estos días en un diario alemán. No está en cuestión la legitimidad del Gobierno de Syriza para hacer política. Ocurre, sin embargo, que esa legitimidad tiene unos límites que los helenos traspasan cuando invaden la de otros Gobiernos a quienes reclaman unas condiciones para renegociar su deuda que esos Gobiernos, tan democráticos como el de Tsipras, no podrían defender ante sus electores. La exposición directa total de España a la deuda griega se eleva a unos 28.000 millones (por encima de los 25.300 presupuestados en 2014 para el pago del seguro de desempleo), ello sin incluir la deuda del Banco Central griego a través del sistema de compensaciones interbancarias denominado Target2, que se estima en otros 5.000 millones. ¿Alguna vez fuimos consultados los contribuyentes españoles para asumir tales compromisos? ¿Se puede pedir a un país que ha atravesado una crisis de caballo como la española que siga arriesgando dinero en Grecia?

El referéndum de hoy, planteado como chantaje a la eurozona en un consumado ejercicio de trilerismo populista, manifiesta la voluntad del Gobierno Syriza de seguir obteniendo ventaja de las contradicciones de unas instituciones europeas incapaces de tomar decisiones tan meditadas como contundentes en un tiempo razonable. Se trata de una consulta cuya legitimidad democrática está más que en entredicho, como demostró aquí Juan Pina en un brillante artículo esta semana. Un referéndum con una pregunta confusa, incluso falsa (en tanto en cuanto el segundo rescate ya ha expirado) y que no da respuesta a las incertidumbres que sobre el futuro de los griegos se abrirían en caso de triunfar el “no”. Los de Syriza, expertos en propaganda como sus amigos de Podemos, pretenden, por contra, meter el miedo en el cuerpo de los europeos con las consecuencias que, en su opinión, se derivarían para la UE de la salida de Grecia del euro. Más allá de la volatilidad que cabe esperar en los mercados, lo más probable es que no ocurra ninguna catástrofe en caso de triunfo del “no”. Esto tiene poco que ver la quiebra de Lehman, un acontecimiento que cogió por sorpresa a todo el mundo. Aquí no hay nadie que no haya descontado ya que el Grexit es algo más que una posibilidad, una salida que podría ser buena para el euro en tanto en cuanto serviría para corregir el sinsentido de su entrada en la eurozona y daría a Grecia la posibilidad, devaluación mediante, de poder enderezar su camino hacia el crecimiento, eso sí, a costa de muchos sufrimiento y una aún mayor pobreza.

Las consecuencias del “no” las pagarían, sin la menor duda, los ciudadanos griegos, el 72,9% de los cuales prefiere seguir en el euro, frente a un 20,3% que sería partidario de volver al dracma, según una encuesta de Kapa Research. Hay muy pocos argumentos a favor del abandono de la eurozona, más allá de las ventajas que supondría contar con una política monetaria propia y del estímulo de las exportaciones que se lograría vía depreciación de la nueva divisa. A partir de ahí, todo son adversidades. Empezando por las económicas (la caída del PIB dejaría en mantillas lo ocurrido hasta ahora; las importaciones se reducirían al ser más caras, lo que provocaría un empobrecimiento general de la economía limitando el crecimiento exportador; la previsible inflación -salarial y de bienes de consumo- causaría aumento de intereses, recorte de salarios y depresión aún más acusada de la demanda doméstica). Siguiendo por las sociales (la vuelta al dracma traería pérdida de la confianza y caos; sería preciso cambiar a la nueva moneda todo tipo de contratos denominados en euros –cajeros, sistemas de pago, etcétera-; la renta real disponible se reduciría significativamente). Y terminando por los estructurales (la debilidad institucional, fiscal, burocrática, de capital humano y de infraestructuras, caparía el crecimiento de las exportaciones).

En realidad hay quien piensa que Grecia podría estar abocada a una crisis humanitaria de dimensiones “africanas” fuera del euro, entre otras cosas, por una simple cuestión de incompetencia técnica de los Varoufakis de turno a la hora de abordar el cambio de moneda, cambio que, en caso de que a partir del martes la eurozona aceptara volver a sentarse a negociar, podría ir precedido por la emisión de pagarés capaces de funcionar como moneda doméstica paralela (IOUs en inglés), un medio de pago que terminaría inundando el sistema y que se depreciaría constantemente, ahondando en la bancarrota del Estado (el Gobierno ya tenía a primeros de mayo algo así como 5.200 millones de letras impagadas). Esto es lo que ofrece Tsipras al pueblo griego: miseria y caos. Para muchos, la UE está condenada a seguir ayudando a Grecia y ello tanto por razones humanitarias como geopolíticas. Lo dijo ayer el ministro alemán Schäuble, el malo malote de Syriza: “Habrá ayudas a Grecia, pero a cambio de reformas”. Volvemos al punto de partida de esta interminable crisis: la necesidad de que Grecia aborde de una vez sus problemas de fondo: una administración pública demasiado grande, un sector privado excesivamente regulado y una corrupción galopante, consecuencia de esa idea instalada en el inconsciente colectivo griego según la cual es posible vivir a costa de los demás.   

Será difícil que, si hoy triunfa el “no”, los representantes de las instituciones europeas se sienten a negociar un tercer rescate con un Gobierno que se ha dedicado a condicionar el voto de sus ciudadanos mediante informaciones falsas o simples mentiras, cuando no groseras manifestaciones de desprecio hacia sus hasta ahora socios, ello a pesar de las eternas dudas de la señora Merkel, temerosa de que la salida de uno de los socios del Club pueda poner en peligro la irreversibilidad del euro. Un no-acuerdo siempre será mejor que un mal acuerdo que, a la vuelta de unos meses, nos devuelva a la pesadilla de los Varoufakis. Bruselas lleva demasiado tiempo enredada en la mortaja que Penélope teje de día y desteje de noche para su suegro Laertes. La construcción europea necesita cuanto antes dar carpetazo al mito griego para dedicarse a lo capital: salir del marasmo institucional y de crédito por el que atraviesa el proyecto, hoy en el impasse más peligroso de su existencia. Una cosa buena podría tener “lo” de Grecia: la necesidad ineludible que tanto la UE como la propia eurozona tendrían entonces de dar un paso adelante de gigante en la armonización de sus políticas económicas y fiscales y en la senda de la construcción de un verdadero Gobierno europeo. Europa ni se puede parar ni mucho menos volver al punto de partida. Con todas sus luces y sombras, la Unión es un proyecto maravilloso que, entre otras cosas, ha dado 70 años de paz a un viejo continente acostumbrado a matarse durante siglos con tanta regularidad como saña. No parece haber otra salida.


JESUS CACHO EN WWW.VOZPOPULI.COM

domingo, 7 de junio de 2015

HALLADO EN CARTAGENA EL PALACIO DE ASDRÚBAL EN EL CERRO DEL MOLINETE

Las ruinas de un monumental edificio púnico con veintidós siglos de antigüedad se confunden entre maleza, escombros y muros de construcciones más modernas en las laderas del cerro del Molinete, en pleno casco histórico de Cartagena, a dos pasos de su bulliciosa Puerta de Murcia y a cuatro del puerto al que estos días llegan miles de turistas a bordo de trasatlánticos. Quien más claro las ha visto es el doctor en Arqueología Iván Negueruela (Valladolid, 1951), que lleva quince años ensimismado en el estudio de esos vestigios. Sus conclusiones las ha plasmado en el libro «El magnífico palacio de Asdrúbal en Cartagena (Cerro del Molinete)», que acaba de editar la Real Academia de la Historia. Sus primeras presentaciones públicas están previstas el próximo otoño en Madrid y Túnez.

La obra recopila con criterio científico la investigación que el actual director del Museo Nacional de Arqueología Subacuática (Arqua), inició a raíz de una cita clásica. El historiador helenístico Polibio de Megalópolis visitó la Cart Hadasht púnica a mediados del siglo II antes de Cristo y dejó escrito que en el actual cerro del Molinete se encontraban «los magníficos palacios reales» de Asdrúbal Barca.

La Policía y el arqueólogo
Esa referencia bibliográfica fue la que motivó a Negueruela a iniciar en el verano del año 2000 una discreta campaña de prospecciones en las laderas de la colina, una de las cinco sobre las que en el año 227 antes de Cristo el propio general cartaginés de la dinastía bárcida erigió la actual Cartagena aprovechando las ruinas de la Mastia ibera. La modesta y breve empresa del arqueólogo -apenas una semana para confirmar lo que había visto durante sus paseos por el Molinete- no estuvo exenta de dificultades: pese a disponer de los preceptivos permisos de la Dirección General de Cultura de la Comunidad Autónoma, tuvo que lidiar con fuertes reticencias municipales evidenciadas por la continua visita de agentes de la Policía Local. La zona está afectada por un gran proyecto urbanístico aprobado en marzo de 2001 y que está a medio ejecutar.

Pese a los contratiempos, Negueruela se propuso arrojar luz sobre esta etapa: la Cartagena púnica es terreno ignoto para muchos arqueólogos que han intentado conquistarlo. Salvo algunos tramos de muralla puestos al descubierto a los pies del cerro de San José, o las trazas de calles en el propio Molinete, los vestigios púnicos siguen ocultos bajo los niveles de la posterior y aparentemente más esplendorosa Carthago Nova de los romanos.

Excavado en la roca
En distintos puntos de las laderas norte, sur y oeste del Molinete (que en la antigüedad fue conocido como Arx Asdrubalis), Negueruela realizó hace quince años una campaña de excavaciones que permitió encontrar tramos de roca madre y trazas de muros milenarios reutilizados en épocas posteriores. Muchos de ellos sustentaron hasta no hace demasiados años los techos de las casas del desaparecido barrio chino de la ciudad. Una de sus primeras conclusiones fue que el palacio bárcida era en realidad un conjunto de construcciones rupestres. Es decir, un gran edificio excavado en la propia roca de las laderas de la colina, previamente preparadas en forma de terrazas para permitir la superposición de alturas. «Un edificio excavado en la roca en esa época es una novedad en todo el Mediterráneo», asegura el arqueólogo.

La plasmación de esas estructuras antiguas en los planos de un monte con unos 25.000 metros cuadrados de extensión también permitió al investigador llegar a otra conclusión asombrosa: se encontraba ante un edificio de planta triangular, algo insólito en aquella época. En concreto, un triángulo escaleno con una hipotenusa de 250 metros, lo que da idea de sus colosales dimensiones. Tampoco había estudiado nada parecido en sus muchos años de trayectoria profesional en España y los países ribereños del Mediterráneo.

Historia de los vencedores
Negueruela sostiene en su investigación que pocos edificios de la Antigüedad habían alcanzado dimensiones tan importantes como el palacio de Asdrúbal. «Ninguno en la Península Ibérica ni en los países de Occidente. Más grandes sí los hubo, pero en los imperios del Próximo Oriente: Babilonia, Persépolis, pero este último tras sucesivas ampliaciones».

Esas proporciones consolidan la hipótesis de que la dinastía Barca quiso hacer de Cartagena la capital de su imperio en la Península Ibérica. «Es evidente que a lo mejor habría que revisar la historia, pues esta la escriben los vencedores, los romanos, y por tanto no tenemos referencias a todo esto», advierte el arqueólogo. Negueruela abunda en otras ideas que refuerza con el uso de planos, como que la planta del palacio de Asdrúbal encierra un complicado entramado de conocimientos en disciplinas como la geometría, la aritmética, la geodesia y la astronomía. Nadie hasta entonces en el Mediterráneo había sido capaz de aterrazar los distintos lados de una colina, construir y excavar en ellos para habilitar diferentes dependencias, hacerlo de manera intencionada y proporcionada, y orientar las dedicadas al culto con intención astronómica.

A ello se suma el dominio de la geometría que tenían sus arquitectos. El investigador destaca como únicos elementos disonantes en la composición de triángulos del palacio la ubicación del templo de la diosa Atargatis coronando la cima y una serie de habitaciones lejanas a este pero dentro del complejo. Intentar darle sentido a esa ruptura ha sido una misión complicada para él durante los últimos años. Piezas de un puzle al que va dando sentido de manera muy lenta.

A falta de que expertos en geometría puedan proporcionar nuevas interpretaciones, el autor del libro cree que las estancias de carácter religioso tienen orientaciones vinculadas a razones astrológicas. De todas las claves ocultas que pudo encerrar el edificio, Negueruela intuye detalles constructivos que quedaban ocultos a los ojos de la población que habitaba a los pies de la cara sur de la colina. Cita como ejemplo la orientación de las salas destinadas al culto divino y la entrada de los primeros rayos de sol por la puerta del templo de Atargatis, cuyos escasos vestigios se pueden ver en el actual parque arqueológico del Molinete.

El estudio de estas ruinas augura futuras investigaciones sobre el papel que jugó Cartagena antes de la dominación romana. ¿Por qué el arquitecto del palacio de Asdrúbal rompió los esquemas cuadrados y rectangulares conocidos hasta entonces? ¿De dónde procedían sus conocimientos? ¿Cómo resolvió arquitectónicamente el conflicto entre el poder terrenal -los Barca- y sobrenatural -Atargatis-? «Responder a todo ello puede dar para cien años», asegura Negueruela.

FOTO AÉREA DEL MOLINETE
Este investigador inquieto, de verbo atropellado y fama de independiente (dos veces fue destituido de su puesto de director del Museo Nacional de Arqueología Marítima por sendas ministras de Cultura y dos veces fue repuesto en el cargo por sentencias judiciales) está acostumbrado a ir a contracorriente. Él insiste en probar la existencia de restos del palacio cartaginés en un lugar donde sus colegas no vieron lo que él ha hallado.

Las elecciones del pasado 24 de mayo pusieron fin a veinte años de mayoría absoluta del Partido Popular y de su alcaldesa, Pilar Barreiro, en el Ayuntamiento de Cartagena. El próximo alcalde puede cambiar la valoración del urbanismo en un casco que desde 1981 tiene la consideración de Conjunto Histórico-Artístico y que ahora, en esta zona, se debe proteger hasta que se aclare la relevancia de Cartagena en la historia antigua de España. Lo dejó escrito Polibio hace dos mil años. Ahora lo reivindica Negueruela

.ABC 07.06.2015

jueves, 4 de junio de 2015

LA BATALLA DE PENSACOLA

La inolvidable batalla de Pensacola: eran pocos, pero tenían mucha decisión

En el difícil siglo XVIII español, las fronteras estaban demasiado sobreexpandidas. La batalla de Pensacola fue el último esfuerzo español por reconquistar las Floridas de manos de los ingleses

La intervención española en la Guerra de la Independencia norteamericana fue decisiva para la emancipación de las colonias alzadas, aunque a la luz de los posteriores comportamientos de esta nación para con la nuestra, pudiera ser que hubieran sido asaltados por un extraño episodio de amnesia, pues su conducta para con una nación –la española–, cuyo apoyo en su alumbramiento a la historia fue crucial, no ha hecho nunca honor a la palabra agradecimiento.

Esta intervención de España elevaría la crudeza de la Guerra de Independencia contra los ingleses a unos niveles insoportables, haciendo insostenible su presencia en el continente.

La guerra es fea. La guerra es la madre de la carta blanca. La guerra destierra los principios ante la abrumadora presencia de la impunidad, y la certeza de que el castigo nunca llegara por vía divina, si no humana. Se puede matar legalmente en nombre del todo vale. No hay excusa que sea indulgente con los actos de los hombres en la guerra, más allá del miedo atroz al adversario y en muchas ocasiones, al propio mando. Es un escenario de barbarie donde la compasión tiende a brillar por su ausencia. Huérfanos, viudas, violaciones de la intimidad más profunda, mutaciones rotundas y radicales en la percepción de la engañosa realidad, ausencia de un Dios digno de tal nombre, llantos por doquier, la tempestad del horror y los odios extremos, hacen de la guerra el único escenario posible en el que se puede localizar el infierno, y no en lejanas latitudes u otros inciertos lugares.

Al otro lado del Atlántico, un hombre de una pieza, Bernardo de Gálvez, aunaba talento y optimismo ante retos enormes. Pero lo más terrible de la guerra es que no suele obedecer a factores fortuitos como idea general; siempre está programada al detalle. Es un teatro con una tramoya muy sorprendente si fuéramos capaces de descorrer los velos anestésicos de nuestra estulticia.

En el difícil siglo XVIII español, las fronteras de aquel fabuloso imperio estaban demasiado sobreexpandidas y la elongación de las líneas de comunicación y abastecimiento eran en ocasiones encajes de orfebrería que oscilaban entre la necesidad de evitar la engorrosa piratería y la indispensable y pantagruélica voracidad de las arcas de la metrópoli.

Al otro lado del Atlántico, un hombre de una pieza aunaba talento y optimismo ante retos enormes. Esto era una teoría clave en el particular abecedario del militar español Bernardo de Gálvez en sus expeditivas actuaciones en el sureste de lo que hoy es la Norteamérica anglosajona y que en su tiempo España llegaría a ocupar en más de la mitad de su actual territorio continental, en lo que antaño fueron parte de sus extensos dominios, y que si trazáramos una línea imaginaria sobre ellos, nos dejaría más que descolocados. Casi la mitad exacta de los actuales EE.UU fueron abarcados, hollados, peleados y colonizados por peninsulares de una talla inusual enfrentando retos colosales. Recordemos, sin ir más lejos, la odisea de Cabeza de Vaca.

Nunca tantos debieron tanto a tan pocos, ha quedado en el imaginario público como una frase del ilustre y controvertido líder político inglés, Winston Churchill. Más, cualquier español de la época (siglo XVIII) y de hoy, podría suscribir perfectamente esta famosa frase en relación con el protagonismo de un puñado de hombres y los hechos acontecidos en un remoto lugar de lo que bastantes años después sería otro poderoso imperio.

En aquella época, y para variar, los ingleses andaban ramoneando por aquellas latitudes mientras jugaban al despiste, hasta que dieron con la horma de su zapato.

Para situarnos en un contexto, deberíamos remontarnos a la Guerra de los Siete Años (1756-1763), ganada por el Reino Unido a Francia y España. Tras esa guerra, la España de Carlos III y la Francia de Luis XV, y poco después, de Luis XVI, aguardaban con heridas aún sin cicatrizar, ojo avizor una oportunidad para devolver el golpe a Inglaterra.

La sublevación de las Trece Colonias hacia 1775 en lo que se ha dado en llamar la guerra de la independencia norteamericana; que veían cómo sus cargas impositivas, aumentaban y aumentaban sin cesar, colmaría su paciencia tras el nuevo impuesto del té que daría origen a un motín en Boston que cambiaría la historia, pariendo uno de los imperios más potentes conocidos hasta la fecha.

España ayudaría económicamente a los rebeldes norteamericanos desde sus primeros balbuceos. Esta práctica de "mover la cuna" mirando para otro lado, era algo normal entre naciones adversarias que deseaban erosionar a otras sutilmente, alejarlas o disuadirlas de pretensiones incompatibles con los propios intereses, entiéndase, del plato propio.

El 28 de febrero de 1781 salía de La Habana la expedición española con 36 buques de guerra y más de tres mil infantes de marina.

Pero España tenía un dilema; su enorme imperio empezaba a acusar los embates de la vejez y obsolescencia a la vez. La pregunta era: ¿debía de intervenir militarmente, o por el contrario mantenerse al margen? Comparativamente, la Francia de Luis XVI acuciada por las solicitudes de intervención de Benjamín Franklin e impelida por un rencor sanguíneo, vería una oportunidad de barrer del mapa a su archienemiga del otro lado del canal, y actuó en consecuencia.

Carlos III entendía que España se encontraba en una posición más delicada. Las tesis del Conde de Floridablanca, que abogaban por la neutralidad so pena de desencadenar un efecto dominó de reivindicaciones en las colonias españolas eran reflexiones más que sesudas puestas en valor a la luz de un razonamiento estratégico. Su contraparte, el Conde de Aranda, embajador de España en París, veía una oportunidad de oro si apoyaban a las Trece Colonias. También es cierto que el monarca francés era afamado por atacar copiosamente los paladares del cuerpo diplomático con los excelentes vinos de sus reputadas bodegas, lo cual actuaba de manera muy persuasiva cuando las inhibiciones quedaban algo desarboladas por el convencimiento de los caldos locales. El caso es que la cosa estaba indecisa y el tiempo apremiaba.

Finalmente se impusieron las tesis del Conde de Aranda y hacia 1779 España declararía la guerra a Gran Bretaña. Inglaterra se vería obligada a multiplicarse y tanto frente le acabaría dando la puntilla. Por un lado en aquella guerra que era más marítima que otra cosa –el océano Atlántico era un trasiego de naves con vituallas y logística para alimentar los frentes–, el Reino Unido aportaba al esfuerzo de guerra cerca de 120 navíos y 100 fragatas, por el otro lado, Francia con 60 navíos y 60 fragatas seguía siendo de temer, España, atada a una miríada de islas y enormes superficies continentales, “solo” aportaría 60 navíos y 30 fragatas.

No hay que olvidar que en el contexto de la Guerra anglo-española (1779-1783) coincidente con la de Independencia Norteamericana (1775-1783) y partiendo de la información proporcionada en una actuación brillante por los servicios de inteligencia españoles, una flota combinada hispano-francesa dirigida por el almirante Don Luis de Córdova, consiguió apresar sesenta naves inglesas que se dirigían en ayuda de sus destacamentos continentales un 9 de agosto del año 1780 causando el mayor desastre logístico jamás infligido por potencia alguna a este país hasta esa fecha y probablemente, en toda su historia naval, incluyendo las sufridas por el convoy PQ 17, perdido frente a fuerzas alemanas, durante la Segunda Guerra Mundial.

En aquel entonces, el 1.000.000 de libras esterlinas en lingotes y monedas de oro que pasaron a manos españolas, provocarían fuertes pérdidas en la Bolsa de Londres, poniéndola Gran Bretaña al borde de la quiebra técnica.

Pero poco antes y en el marco de esta atroz guerra, Bernardo de Gálvez, que en 1776 estaba destinado en la plaza de Lousiana decide librar contra el Inglés una batalla a muerte.

Cuando llegó el momento clave
Su objetivo era recuperar Pensacola, pero antes caerían las posesiones británicas de Baton Rouge –en la desembocadura del río Mississipi– y Mobile en Alabama (1779). El círculo se estrechaba así en torno al último reducto en manos de los “casacas rojas”, tal que era la capital de Florida. No obstante, el acceso al  estrecho con su escasa profundidad impedía acometer tamaña empresa.

El jefe de cartógrafos destacaría sobre esta operación lo inverosímil de su elaborada complejidad. El 28 de febrero de 1781 salía de La Habana la expedición española con 36 buques de guerra y más de tres mil infantes de marina. Por tierra otras tropas españolas a las que se añadiría más tarde un nutrido destacamento francés, esperaban el desembarco para sellar cualquier posibilidad de escape desde la plaza de Pensacola. La apertura de un frente en el flanco sur sería crucial para la victoria de los independentistas.

Una estrategia de avalancha sin concesiones trituró a los sorprendidos ingleses que se las prometían felices tras una larga y cómoda estancia

Pero para cuando llego el momento clave del asalto, las discrepancias con José Calvo al mando de la escuadra, comprensibles por otra parte, habida cuenta de la monumental tormenta tropical que se avecinaba, crearon momentos de tensión y fisuras de difícil encaje. Como bien argumentaba este marino, se negaba en rotundo a atravesar el estrecho, habida cuenta de que al factor anterior había que añadir el hecho de que había una batería situada en el fuerte de las Barrancas Coloradas que seguía activa y podía causar problemas serios a la flota. Ergo, en consecuencia se largó.

Finalmente el tema se resolvió con la marcha de Calvo que entendía haber cumplido con sus obligaciones al trasladar a la tropa desde Cuba, pero la inmensa mayoría de la flota se puso del lado de Gálvez. Había ganas de aplicarles un correctivo a los anglos.

Tras el ataque inicial que a título personal y con poco más de un centenar de hombres llevaría Gálvez de forma muy comprometida para él y su tropa, una fuerza terrestre española tomó posiciones para asediar Pensacola. Pero esos no serían los únicos refuerzos que recibiría Gálvez. En ese mes llegaría una nueva escuadra de navíos, comandados por José Solano y Bote que acudían a socorrer a Gálvez. Con esta flota eran cerca de 8.000 los hombres preparados para iniciar el asalto contra de los 3.000 ingleses. Además, en un golpe de fortuna, los asaltantes también se les unirían cuatro fragatas francesas con casi 800 soldados.

La tormenta imperfecta
Tras entrar en la bahía, todo dependía en adelante de las fuerzas terrestres comandadas por José de Ezpeleta. Este tenía órdenes de tomar los tres fuertes que defendían Pensacola, y así actuó en consecuencia. El de la «Media Luna», el del «Sombrero» y el del «Rey Jorge», cayeron como piezas de dominó. Una estrategia de avalancha sin concesiones, trituró a los sorprendidos ingleses que se las prometían felices  tras una larga y cómoda estancia. Ezpeleta y Galvez, les devolvieron a la realidad. Poca resistencia ofrecieron los rubicundos británicos, estaban muy apoltronados en su dolce far niente.

En menos de diez días Pensacola se rindió a los españoles.

La infantería de marina española (la más antigua del mundo), en el siglo XVIII, en el Siglo de la Luces, en aquel momento de la historia tan intenso y luchado por nuestra nación, escribió una página inolvidable digna de recordar.

Entre tropa, oficiales y civiles ingleses, más de seis mil prisioneros fueron capturados y aunque en los asaltos iniciales y los cuerpo a cuerpo inevitables hubo excesos de “calentamiento”, el trato dado a los británicos se puede calificar de impecable.

La importancia de la Batalla de Pensacola estriba en el apuntalamiento directo y decisivo en el proceso de independencia de EEUU. Fue una batalla clave que desvió ingentes recursos ingleses, que a la postre los dejaron exhaustos.

El modus operandi de Bernardo de Gálvez era muy simple: ante acontecimientos adversos, actitudes de altura

Nuestro pasado está repleto de hechos gloriosos de los que debemos sentirnos orgullosos como españoles y que deben ser rescatados del «baúl de los recuerdos» dado que constituyen un excelente ejemplo de valores eternos en tiempos duros como los que habitamos.

Aquellos hombres en un contexto lejano, con el único amparo de su convicción, cambiaron el curso de la historia endosándole una severa derrota al entonces hegemon .

El modus operandi de Bernardo de Gálvez era muy simple; ante acontecimientos adversos, actitudes de altura. Para sacar a nuestro país de este trance, podríamos aplicarnos esa regla: ¿A qué esperamos?

A Joaquin Rodrigo, el famoso compositor ciego, autor del celebrado Concierto de Aranjuez, le preguntaron en una ocasión que era peor que nacer ciego , y el respondió; nacer con vista pero sin visión.

LAS PITADAS CONTRA EL HIMNO.MUCHO MÁS QUE UNA PITADA. ESPAÑA SE DESINTEGRA.


No existe ninguna democracia en el mundo, y con mayor razón ningún régimen autoritario, en donde millones de personas a través de la televisión asistan al denigrante espectáculo de contemplar cómo 100.000 espectadores, al inicio de la final de un campeonato, pitan al himno nacional y al jefe del Estado. Pero en España esto sí es posible; caso único, por tanto, en el mundo.

¿Cómo hemos podido llegar a esta situación tan deplorable? Por supuesto, se pueden tomar medidas sancionatorias contra unos u otros, pero una ley de hierro de la política establece que no se puede resolver un problema creando otro mayor. Lo que sucedería, por ejemplo, en el supuesto de suspender el partido, sur-le-champ, según una ley que se aprobó en Francia en tiempos del presidente Sarkozy, por la sencilla razón de que España no es Francia. Si el mandatario galo pudo hacer algo así es porque Francia es un país unitario, sin amenazas separatistas, y con unos símbolos nacionales que todos comparten por encima de sus ideologías. Pero esto no ocurre aquí a causa de dos motivos que paso a exponer y que son los que explican el lamentable suceso del pasado sábado.

Por una parte, se comprobó una vez más que el Estado de las Autonomías ha fracasado si tenemos en cuenta que todo su entramado se aprobó para resolver el llamado problema catalán y, consecuentemente, también el vasco; es decir, para superar los excesos nacionalistas de esas dos regiones españolas. Pues bien, sin tener que recurrir a más razonamientos, basta contemplar el panorama resultante de las recientes elecciones autonómicas y locales. Sus resultados son desalentadores en este aspecto, pues junto a los tradicionales nacionalismos de vascos y catalanes ha emergido también una mayoría abertzale en Navarra y un potente nacionalismo valenciano, bajo el nombre de Compromís -del que no sabemos cuál es su auténtico objetivo-, aderezado todo ello con la poliédrica naturaleza de Podemos que todavía no ha definido su modelo es Estado, si es que lo tiene.

En otras palabras, tras las elecciones del pasado día 24, España se contempla como un país desintegrado cuyo futuro es cada vez más incierto. Sin embargo, a pesar del inmenso error que fue la adopción del sistema autonómico de la II República, se podía haber enderezado el entuerto mediante la reforma de la Constitución a fin de dejar zanjado el modelo definitivo de Estado que necesitábamos. Sin embargo, todo se dejó abierto, elevando a principio constitucional básico el llamado principio dispositivo, mediante el cual cada región podía iniciar su proceso de autogobierno cuando quisiera y solicitar, sin tiempo límite, las competencias que deseara. Semejante regla, que conducía a la inestabilidad y al desbarajuste del Estado, ha sido elogiado por muchos y alguno ha llegado a decir que «constituye la característica más destacada de nuestra Constitución, que la distingue de todas las demás del mundo, hasta el punto de ser considerada las más original aportación de los constituyentes de 1978 al constitucionalismo universal…».

Los resultados de tamaña filigrana desintegradora se han comprobado en el Nou Camp: los catalanes y vascos nacionalistas no quieren este Estado ni a sus símbolos, empezando por el jefe del Estado. Pero lo grave es que nuestros gobernantes de UCD, del PSOE o del PP no han hecho nada para impedir esta aberración constitucional, cuando se hubiese podido solucionar hace años mediante la oportuna reforma constitucional.

Pasemos ahora a la segunda razón de lo que pasó en Barcelona el sábado. Es sabido que España es el primer país europeo que alcanza su unidad como Estado, a pesar de ser una nación plural que se unificó por encima de basarse en varios reinos, varias culturas y varios idiomas. Esa unificación se hizo a través de un solo Estado y de la Monarquía, la cual llegó en una primera fase hasta la I República, en una segunda, desde 1874 hasta 1931, y de una tercera, desde 1975 hasta nuestros días. Sea como fuere, el caso es que para haber logrado un Estado sólido, por encima de los regímenes políticos, era necesario que hubiesen existido unos símbolos del Estado fuertes, compartidos por todos.

Como señala Balandier, «el poder no puede ejercerse sobre las personas y las cosas, más que si recurre, junto a la coerción legítima, a los medios simbólicos». Porque, en efecto, los símbolos del Estado que necesita cualquier organización política, ejercen cuatro decisivas funciones
  1. En primer lugar, sirven para exaltar al propio Estado, porque se considera que es la primera y principal institución del país. 
  2. En segundo lugar, tratan de instruir a los ciudadanos sobre la Historia común a todos. 
  3. En tercer lugar, tienen como fin primordial mantener cohesionado el grupo, favoreciendo la lealtad individual hacia los intereses generales del conjunto. 
  4. Y, por último, sirven para despertar emociones positivas en el seno de la población, fomentando el sentimiento de pertenencia y de identidad.

Así las cosas, España nunca ha tenido símbolos totalmente admitidos por todos, por lo que es difícil, si no imposible, que cumplan la función principal que éstos deben ejercer en toda sociedad, logrando el sentido de pertenencia de los ciudadanos a un territorio, a una cultura, a una lengua… De cualquier modo, los símbolos materiales más importantes en España -la bandera, el escudo, el himno y el Día nacional- no han sido fomentados por nuestros gobernantes

Comenzando por la bandera es ridículo que se siga considerando la roja y gualda como franquista, por lo que muchos recurren a la que adoptó erróneamente la II República, pues la I República mantuvo la que procede de la época de Carlos III. A nadie en Francia, por ejemplo, se le ocurrió cambiar de bandera tras cada cambio de régimen. 

Lo mismo ocurre con el escudo o emblema nacional que a veces se incluye en la bandera y que aquí también se modifica en cada cambio de régimen, en lugar de mantener el mismo.

En cuanto al himno, teniendo en cuenta que es una partitura que procede también del reinado de Carlos III, hay que destacar principalmente dos cosas. Por una parte, que no es un himno franquista, aunque muchos lo creen así y prefieren el himno de Riego adoptado por la II República. Y, por otra, es también una originalidad mundial que no disponga de una letra, lo que debilita su fuerza integradora en eventos como, por ejemplo, los deportivos, en los que suelen usarse a veces los himnos regionales que sí tienen letra. 

Y, por último, la fiesta nacional, que es el día de la patria común, es otro error que cometieron nuestros dirigentes, pues en lugar de haber establecido una fecha aceptada por todos como, por ejemplo, la del 15 de junio -las primeras elecciones democráticas-, se escogió el 12 de octubre, que tiene otra significación y que algunos rechazan como fiesta nacional.

En definitiva, tras lo que acabo de exponer no resulta sorprendente que los asistentes al partido de la final de la Copa rechazasen el himno español, porque no se ha hecho gran cosa en España para fortalecer los símbolos del Estado, a fin de que fuesen asumidos por todos o, al menos, por la inmensa mayoría de ciudadanos. Aquí no se ha pensado en decisiones como, por ejemplo, la que se tomó en Francia con la Ley Fillon que estableció en 2005 la obligación de que los escolares aprendiesen de memoria La Marsellesa con el objeto de que desarrollasen su sentimiento de integración y solidaridad en una sociedad común para todos. Aquí, por el contrario, lo que rige es el localismo, lo que separa a los españoles, en lugar de buscar lo que nos une a todos tras varios siglos de Historia. Y así vamos.

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.



LENTO SUICIDIO DE ESPAÑA

NO es la primera vez que ocurre. A lo largo de la Historia, España ha protagonizado varios intentos de suicidio con la misma fiera determinación con la que en otras ocasiones ha llevado a cabo gestas transformadoras del mundo. Nunca como en estos años, empero, tuvo en su mano tantos triunfos susceptibles de impulsarla hacia un futuro luminoso y los dilapidó en el afán de liquidarse al mismo tiempo como nación, sociedad y proyecto compartido de progreso colectivo.

Vista desde la distancia geográfica y emocional que proporciona el alejamiento físico, España es hoy un país en trance de descomposición avanzada cuya deriva produce pena, estupefacción, preocupación e incredulidad a partes iguales. Una realidad antaño sólida que se diluye cual azucarillo en un magma corrosivo. Explicar a un extranjero el porqué de lo que nos está sucediendo resulta prácticamente imposible. ¿De verdad no quieren ser españoles tantos catalanes, vascos y ahora también navarros y valencianos, dotados de amplias competencias autonómicas y beneficiarios de las ventajas que otorga pertenecer a la UE? ¿Cómo es posible que en el aeropuerto de Barcelona el castellano sea la tercera lengua, detrás del catalán y el inglés? ¿Realmente ha ganado las elecciones a la alcaldía de la Ciudad Condal la líder de un movimiento antidesahucios conocida por encabezar escraches y decidida a inclumplir las leyes que ella considere injustas? ¿Los dos grandes partidos de izquierda y derecha vertebradores de la nación han llegado a tal grado de podredumbre que ven a sus tesoreros, presidentes autonómicos, ministros y cargos públicos, algunos todavía en activo, presos o imputados ante la Justicia por robar a los contribuyentes? ¿Apoyan los electores de forma significativa a fuerzas que se niegan a condenar el terrorismo y hasta lo justifican con mayor o menor impudicia? ¿Respaldan a grupos entusiastas de regímenes liberticidas como el chavismo? ¿Todo eso sucede en un país llamado España, con un pasado determinante en la Historia Universal, una cultura no menos influyente, un formidable potencial parejo a su privilegiada posición en el mapa y una modélica transición de una dictadura a una democracia hace apenas cuarenta años? Al interlocutor versado en política le cuesta encajar tanto «sí» en un esquema argumental lógico.

Y es que por las venas de España corren venenos de acción lenta, aunque letal, que nosotros mismos segregamos: corrupción, ignorancia, revanchismo, relativismo, cainismo, envidia, abuso de poder, picaresca, amiguismo, sectarismo, cobardía... Venenos para los cuales producimos antídotos únicamente en las situaciones extremas, dejando que vuelvan a fluir en cuanto pasa el peligro. Ahora hemos llegado a un punto de enfermedad terminal debida a la acumulación de tóxicos.

Ni el PSOE, ni el PP ni tampoco IU, y mucho menos los nacionalistas, se han mostrado capaces de poner coto a una corrupción desmedida que ha laminado la confianza de los gobernados en los gobernantes y dado alas de gigante al «sálvese quien pueda» territorial. La respuesta de Podemos a este colapso es un vaso lleno de odio y revancha que pretenden hacernos tragar a todos, a fin de «socializar» la miseria de la que ellos se nutren para lanzar su definitivo asalto al cielo de la democracia. Ciudadanos vacila a la hora de tomar partido, atrapado en sus propias exigencias, obligado a elegir entre lo malo y lo peor sin contar tampoco entre sus filas con la experiencia y la excelencia que serían necesarias. Y así vamos avanzando, derechos a la consunción, lastrados por la herencia que dejó un Zapatero devastador, compendio de ineptitudes, y la que ha acumulado en tres años este Tancredo Rajoy, campeón del inmovilismo.

ISABEL SAN SEBASTIÁN EN ABC