domingo, 11 de enero de 2015

EL CRECIENTE RECHAZO A LA EMIGRACIÓN MUSULMANA

MIEDO AL ISLAM

Una gran pancarta rezaba «Respeto y tolerancia, también para nuestro pueblo», otra algo menor pedía «Mut zur Wahrheit» (Valor para la verdad) y otra «Por la libertad de expresión». Esos eran tres de los mensajes de la gran masa de manifestantes del pasado lunes en la ciudad alemana de Dresde. Cada lunes son más los alemanes que se dan cita en estos encuentros. A pesar de los intentos del poder por disuadir de acudir y su insistencia en condenar los encuentros. Y sin embargo, estos, que comenzaron con apenas unos cientos, reúnen ya a decenas de miles. Como sucedió en 1989 ante los ojos incrédulos y mentes espantadas de los dirigentes de la Alemania comunista (RDA). Lo consiguieron todo y el régimen que reprimió y difamó a aquellos manifestantes dejó de existir. Las pancartas de 1989 en demanda de Verdad, Libertad de Expresión y Tolerancia se han elevado con razón al relicario laico democrático de la historia de Alemania. Lo que puede sorprender es que pancartas que piden lo mismo que entonces ahora sean consideradas por la mayor parte de la prensa y los políticos alemanes como consignas de la islamofobia, la xenofobia, el ultraderechismo. Resulta inaudita la virulencia con la que algunos medios de izquierda y derecha atacan a los organizadores. El ministro federal de Justicia, Heiko Maas, se atreve a llamarlos «una vergüenza para Alemania», términos de una contundencia que no se acostumbran a utilizar. El objeto de la indignación, de la ira y las descalificaciones no es otro que Pegida, asociación cuyo nombre es el acrónimo en alemán de Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente. Un nombre que hace poco meses nadie conocía y que hoy está en boca de todos.

No parece muy xenófobo el lema que pide «respeto y tolerancia» y añade «también para nuestro pueblo», en referencia al alemán. Ni los que exigen que Alemania no sea campo de batalla del fanatismo. Es una demanda que sienten como justa millones de alemanes que creen que su dinero y su hospitalidad son objeto permanente de abuso dentro y fuera de sus fronteras. Parte lo han manifestado ya con su creciente apoyo a Alternative für Deutschland (AfD), un partido contrario al euro. 

No es un fenómeno distinto al que se ha generado en otros países europeos como Holanda, Suecia o Francia. En estos países, sin el pasado traumático de Alemania, cristalizó pronto en partidos de corte populista, algunos ultraderechistas. Es cierto en Sajonia, cuya capital es Dresde, no existen las comunidades islámicas que hay en Berlín o Bruselas, en los extrarradios de ciudades francesas u holandesas. Pero sí existe el miedo a que las haya. La sociedad alemana oriental teme los efectos de la actual oleada de inmigración por asilo político que se abate sobre Alemania. Los centros de acogida no se construyen en las zonas residenciales opulentas de Múnich, Fráncfort o Hamburgo en las que viven los directivos de los medios celosos vigilantes de la corrección política. Pegida responde así a unos miedos reales y legítimos de sectores de la sociedad alemana que no son mejores ni peores que el resto. Pero que sí muestran el coraje de expresar una opinión que muchísimos conciudadanos comparten y no proclaman por miedo a ser difamados como ultraderechistas. Es evidente que la ultraderecha alemana quiere pescar y pesca en ese río revuelto. Y lo es que la descalificación de los manifestantes y desprecio a sus temores solo favorece a esa ultraderecha.


El mundo siempre se asusta, y con razón, cuando cree ver surgir un movimiento de ultraderecha en Alemania. Demasiado terrible es el pasado. Pero precisamente por la presencia permanente de este pasado de horror, en Alemania no ha existido desde 1949 ni existe hoy un fascismo, ni de derechas ni de izquierdas, que ponga en riesgo las instituciones. Los intentos de combatir como si fuera ultraderechista todo aquel que cuestione los tabúes de la corrección política pueden ser contraproducentes. Porque el miedo al islam existe, por mucho que lo nieguen los diarios de la corrección política. Porque tres generaciones después de la llegada de las primeras grandes oleadas de musulmanes a Europa se percibe el agotamiento de los intentos de integración. Que coincide con la irrupción de un islamismo político que se proclama enemigo a muerte de nuestra sociedad. E intenta imponer también en Europa leyes y costumbres de sociedades fracasadas y subdesarrolladas. Sectores de la sociedad europea demandan respeto para sus propias comunidades. 

Según una encuesta de Die Zeit, solo un 13% de los alemanes consideran a Pegida absolutamente injustificada. Y un 77% apoyan total o parcialmente a los manifestantes. Estos datos revelan que la sociedad en gran parte acata la corrección política, pero no la comparte ni considera veraz. Este abismo entre la opinión pública real y la opinión política publicada estallará algún día. Porque los gobiernos han ignorado las legítimas demandas y los temores de su población. Y nunca han exigido a la inmigración ese lógico, necesario y asumible esfuerzo de integración en un país al que han acudido en busca de ayuda. La tolerancia abusiva hacia una intolerancia importada dinamita las reglas mínimas para que la tolerancia exista.

Hermann Tertsch en ABC


LA ECLOSIÓN DE LOS PEGIDA

Todo terrorismo perpetra sus atentados con dos objetivos. El inmediato, consiste en cobrarse la víctima, y el mediato, en socializar el miedo. El yihadismo maneja con criminal maestría esa combinación de objetivos y golpea con una espectacularidad –lo hemos visto con las degollaciones de rehenes por militantes de ISIS- que hace viral el temor en las sociedades propias y en las occidentales.

Como, además, sus activistas son, en muchos casos, nacionales de países europeos, inmigrantes de segunda y hasta tercera generación, existe una muy generalizada sensación de que los enemigos de la civilización occidentalse han infiltrado en nuestro mundo de un modo intrusivo y quintacolumnista. Los culpables de la matanza en Charlie Hebdo, franceses de nacionalidad, ofrecerían razonabilidad y altísima verosimilitud a los muchos miedos que expresan en distintas formas las sociedades de nuestro entorno.

En Francia –con cinco de los veinticinco millones de musulmanes europeos- el Frente Nacional de Marine Le Pen ha adquirido una dimensión que hasta hace tres días no tenía. Si el 25% de los franceses votó en las europeas al FN, seguramente, hoy por hoy, volvería a ser el primer partido del país vecino. El hecho de que los asesinos del atentado a Charlie Hebdo sean franceses de derecho confirmaría el fracaso de las llamadas políticas de integración a las que las comunidades islámicas -en Francia y en otros países- se muestran resistentes. No son mejores los modelos pluriculturales, al estilo británico que cuentan, allí donde se aplican, con un historial macabro de terrorismo yihadista.

Sin embargo, el gran movimiento europeo anti islamista, sin poder catalogarse como de extrema derecha, o xenófobo, o racista o neonazi, ha nacido hace relativamente poco tiempo en Alemania. Se trata de los conocidos como los Pegidaacrónimo en alemán de Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente. Este pasado mes de diciembre han protagonizado nutridas concentraciones y manifestaciones, primero en la ciudad de Dresde y luego en otras. Y aunque la canciller Merkel les ha recriminado en su mensaje de fin de año, los social cristianos bávaros de la CSU se muestran comprensivos con este movimiento que, seguramente penetrado por elementos de Alternativa para Alemania (AfD), euroescépticos y xenófobos, está engrosado por gente de la clase media, jubilados, jóvenes sin trabajo y que se sienten traicionados por la gestión de la inmigración por la clase política.

Los Pegida no son otra cosa que gente corriente que quiere modelos de admisión de la inmigración más exigentes -como los de Suiza, Canadá o Australia, por cupos-, propugna la tolerancia cero hacia los inmigrantes islámicos delincuentes y reclama medidas para mantener el modo de vida occidental. Según encuestas solventes (YouGov y Zenit On Line) más de un 35% de los alemanes contempla con buenos ojos este movimiento popular que, al menos exteriormente, rechaza los símbolos de ISIS, del comunismo y del nazismo. La última encuesta –publicada hace cuarenta y ocho horas- elaborada por la Fundación Bertelsmann ofrece datos aún más contundentes: el 57% de los consultados ve en la religión musulmana una amenaza y un 24% vetaría cualquier tipo de inmigración islamista.

Viajar hoy por Francia y Alemania es comprobar cómo las comunidades musulmanas viven replegadas sobre sí mismas; tienden a crear sus ámbitos cerrados y a hacerlos impenetrables; son reactivas a asumir cualquier tipo de concesión hacía la igualdad de la mujer que, ostensiblemente además, es tratada de manera subordinada; no comprenden el alcance de la libertad de expresión y prensa en nuestras sociedades -en las que se ha instalado un lamentable pero no delictivo derecho a la blasfemia-, absolutizan la religión y sus rituales y, lo que es peor, han pasado a la ofensiva con dos comportamientos inéditos: por una parte, envían efectivos (Siria, Iraq) a los grupos terroristas como ISIS y hacen proselitismo en las calles de las ciudades europeas con las llamadas “patrullas de la Sharía” que en alguna urbes se han llegado a intitular “policía de la Sharía” ejerciendo sus facultades intimidatorias ante establecimientos nocturnos.

Resultaría demasiado elemental, esteticista y cómodo despachar este movimiento ciudadano -no exento desde luego de adhesiones indeseables- con las descalificaciones habituales. Pero ese es ya un camino cegado. Los procesos electorales están encumbrando a estos grupos sociales que se articulan en partidos políticos a los que se adhieren personalidades de la política convencional e intelectuales de distintas procedencias.

Los Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente (PEGIDA) no incorporan a la denominación el toponímico alemán porque surgen de la malversación del concepto de la ciudadanía en general. Pararlo primero y reducirlo después requiere cambiar políticas educativas, fortalecer el sistema de valores cívicos de las sociedades occidentales, poner en valor los principios democráticos, no permitir que determinadas prácticas de raíz religiosa malbaraten los logros occidentales (el ejemplo más terminante es el de la situación postrada de la mujer) e imponer factores de auténtica integración cuyo rechazo conlleve la exclusión de la comunidad social y política del país receptor.

Los políticos -y, desde luego, los medios de comunicación- no pueden seguir empleando la langue de bois, esa lengua de madera, llena de eufemismos, circunloquios, buenismo y medias verdades. Los que padecen la inmigración que se resiste a unos mínimos niveles de integración son los estratos sociales más desfavorecidos por la recesión económica, el desempleo, la infravivienda y el recorte de los servicios públicos básicos.

Son, en definitiva, los potenciales militantes del movimiento Pegida que tiende a internacionalizarse desde una Alemania con una comunidad turca de tres millones y medio -la mitad con nacionalidad alemana- a la que en febrero pasado, en el mismísimo Berlín, el presidente Recep Tayyip Erdogan alentó a que se resistiera a ser demasiado alemana. Los Pegida, definitivamente, puede eclosionar en la segunda década del siglo XXI.

José Antonio Zarzalejos en El Confidencial 

CONTRA EL CONSENSO II

Desde que tengo uso de razón, he escuchado a políticos de uno y otro signo apelar al 'consenso' como medio para alcanzar la concordia y la paz social; pero lo cierto es que la búsqueda y aplicación del consenso no ha hecho sino alimentar la demogresca. ¿Cómo se puede explicar este fenómeno tan paradójico?
Se puede explicar si aceptamos que la propia razón de ser del consenso político no es otra sino destruir el consenso social, impedir que la comunidad humana comparta convicciones y certezas sobre las cosas, en especial sobre aquellas que son más necesarias para su supervivencia; pues es, precisamente, de esta desintegración social de donde extrae su vigor. Para alcanzar su fin último de destrucción de la sociedad, el consenso político (utilizaremos siempre el término 'consenso' en un sentido sarcástico) borra de las conciencias la noción de 'bien común', sustituyéndola en teoría por la más utilitarista de 'interés general' (que, en realidad, no es sino lo que interesa al consenso) y en la práctica por una olimpiada de libertades y derechos (en su mayoría puramente retóricos y solo efectivos cuando, además de resultar baratos, facilitan la desintegración social, como ocurre con los derechos de bragueta) que, a la postre, se resumen en una búsqueda del egoísmo personal, sin interferencias externas. Esta 'libertad negativa' (empleamos la expresión en su significado político más elemental, sin intención peyorativa) produce una sociedad desvinculada, obsesionada por la satisfacción de intereses personales, una mera agregación amorfa de individuos que rompen todos los lazos morales e históricos que antaño los ligaban.
Una vez lograda esa agregación amorfa de individuos egoístas, el consenso político introduce en las conciencias una visión movilista del mundo. Se trata de una aplicación de la filosofía hegeliana, según la cual todo lo que existe deviene, se halla en constante fase de mutación; de tal modo que resulta imposible mantener convicciones firmes y estables sobre las cosas. Por supuesto, este devenir siempre se considera benigno, provechoso y fecundo, aunque sea un devenir sin sustancia, sin rumbo y sin término (o precisamente por ello mismo, pues al sistema le interesa que la gente pierda el sentido de la orientación, a la vez que se ensimisma en sus libertades y derechos); y recibe el nombre eufórico de 'progresismo'. Tal devenir exigirá, para realizarse plenamente, que ninguna realidad permanezca inalterada, empezando por la olimpiada de libertades y derechos, que siempre se ampliará a nuevas modalidades, pues los llamados 'derechos humanos' no son un sistema cerrado de principios absolutos (por mucho que algunos ilusos se empeñen irrisoriamente en afirmar que son una plasmación de la ley natural), sino una expresión de esa visión dinámica propia del movilismo.
Pero la sociedad, aunque convertida en agregación amorfa de individuos egoístas que se deja arrastrar por las corrientes del movilismo, suele presentar reductos de resistencia, núcleos minoritarios (¡pero molestísimos!) de gentes antediluvianas que se empeñan en creer que las convicciones pueden ser definitivas. El consenso político, que no tiene otro fin sino el control oligárquico del poder y su reparto por turnos o parcelas entre los diversos negociados de derechas e izquierdas, necesita anular la resistencia de tales indeseables. Para lograrlo, admite en el club (¡y abraza amorosamente, como hijos nutridos en sus pechos que son!) a nuevas facciones políticas dispuestas a echarse al monte, que rinden al 'consenso' dos impagables servicios: por un lado, amedrentan a la gente más impresionable (¡que viene el coco!), que con tal de impedir el acceso al poder de esa facción montaraz cede en sus convicciones (ya nunca más definitivas), votando a quien sabe que no las defiende; por otro, la facción montaraz, al incorporarse al consenso político (como termina haciendo, para disfrutar de sus pitanzas), permite acelerar el devenir.

El consenso se presenta siempre como un recurso salvífico, aunque solo sea una síntesis caprichosa que, a la vez que finge corregir excesos (pero, como bien enseña el movilismo, lo que hoy parece excesivo mañana será normal), consigue que los elementos más refractarios (¡inmovilistas que acceden el meneo!) abandonen sus convicciones y hasta acaben avergonzándose de ellas. Por supuesto, una vez que ha logrado destruir la comunidad de los hombres, el consenso brindará a la masa amorfa, a través de sus negociados de izquierda y derecha, discrepancias menores, para que la demogresca, que es el caldo de cultivo del consenso, no decaiga.

Juan Manuel de Prada en ABC - XL Semanal

viernes, 18 de abril de 2014

LA AMENAZA DE LA EXTREMA IZQUIERDA Y LA COMPLICIDAD DE LOS SOCIALISTAS

La estrategia del caos
IGNACIO CAMACHO en ABC

ESPAÑA no tiene un problema de extrema derecha. La xenofobia no acaba de cuajar por fortuna en una sociedad acostumbrada al fenómeno migratorio y los neonazis, muy escasos, carecen de capacidad operativa. El conservadurismo radical se agrupa en plataformas democráticas o se conforma con foros de internet y algunos predicadores exaltados de medios minoritarios que no alcanzan a organizar nada parecido a un Tea Party con capacidad significativa de influencia. Los fantasmas del ultraderechismo sólo los agita un sedicente sector progresista para tratar de etiquetar con ellos al PP. Fanáticos hay, claro, en un país tan dado a la bipolaridad ideológica, pero su peligrosidad real no va más allá de cierto ruido sectario.

En cambió sí ha surgido en los últimos tiempos un extremismo violento de izquierdas. Al pairo de la crisis y el descontento ciudadano han florecido grupos radicales que defienden, e incluso teorizan, un agresivo activismo callejero de carácter antisistema. Algunos apóstoles del anticapitalismo preconizan la estrategia de la tensión y justifican la violencia revolucionaria. Los grupos de acción directa, brotados como belicosos spins off del movimiento del 15-M, toman la iniciativa en huelgas y manifestaciones buscando el enfrentamiento campal con la Policía para sembrar el caos con tácticas de guerrilla urbana, que en euskera se dice «kale borroka». Se trata de crear un clima de desorden público, acaparar telediarios con inquietantes imágenes de disturbios y provocar el chispazo que encienda un conflicto susceptible de desestabilizar al Estado.

Esta deriva incendiaria, que ha cobrado fuerza a partir de éxitos como el del barrio burgalés de Gamonal, cuenta con el soporte intelectual de ciertos gurús y profetas del «estallido social» que no aceptan la responsabilidad con que la mayoría de la sociedad española está encajando, pese a su decepción con la política, el durísimo tránsito de la crisis. Pero también se beneficia de la pasividad moral de una izquierda institucional temerosa de condenar el vandalismo de choque por razones de tacticismo electoral inmediato y tal vez porque sabe que en el fondo desgasta e intimida a su adversario político. La complicidad puede entenderse en fuerzas radicales que defienden modelos bolivarianos o castristas y muestran clara simpatía por la contestación contra el sistema. Sin embargo en la socialdemocracia y el sindicalismo convencional constituye un error estratégico porque la crecida extremista tiende a ocupar su espacio y aspira a sustituirlo. No es sólo una protesta contra el Gobierno sino una vanguardia de asalto a las bases de la representación democrática.

La primavera va a ser caliente en las calles y algunos líderes de luces cortas creen que pueden obtener beneficio de la alta temperatura ambiental. No recuerdan que ya sufrieron la experiencia en el País Vasco y que la lógica de la violencia es una espiral autoritaria que no reconoce otro límite que el de su propia capacidad de impacto.


Grupos antisistema aglutinan a jóvenes vinculados en el pasado a bandas terroristas
JAVIER PAGOLA / PABLO MUÑOZ en ABC Día 30/03/2014

No se ha detectado por ahora una estructura estable que organice las distintas redes radicales, pero sí contactos para coordinar sus acciones. Grupos antisistema aglutinan a jóvenes vinculados en el pasado a bandas terroristas

Decenas de jóvenes que nutrían las juventudes de organizaciones terroristas como ETA, Grapo o Resistencia Galega se han desplazado ahora hacia los grupos de extrema izquierda que mueven los hilos de graves disturbos como los registrados en Madrid y en otras ciudades de España, con el pretexto de la «indignación» ciudadana. Carecen de un liderazgo claro, pero les unen su «odio visceral» a todo lo que simbolice España y su obsesión por derrocar el sistema democrático, según los informes que maneja la Policía. La prioridad de los investigadores se centra ahora en recabar datos para confirmar que actúan de forma coordinada –la clave para poder acusarles de pertenencia a grupo criminal– y comprobar si eventualmente tienen algún tipo de estructura, no jerárquica, pero sí estable.

Las fuentes consultadas por ABC están convencidas de que los grupos que protagonizan las
algaradas actúan conforme a una estrategia previamente diseñada y concertada entre ellos; es decir, estaríamos ante una red de organizaciones antisistema formalmente autónomas pero que llegan a acuerdos para lograr sus objetivos. Cada una de ellas cuenta con uno o varios líderes, los más radicales y con mayor capacidad de manipulación sobre el resto.

Los expertos en terrorismo callejero han elaborado un perfil de estos profesionales de la agitación: son jóvenes de entre 18 y 30 años, en su mayoría varones. Los hay, en número nada despreciable, menores de edad. No tienen muy bien definida su ideología, pero se vinculan a la extrema izquierda, al independentismo o al anarquismo. El nexo común entre todos ellos es su elevado grado de radicalización, que les lleva a arremeter contra las instituciones democráticas y los símbolos del capitalismo. Como ejemplo de ello, Ernai –organización juvenil de Sortu– declinó participar físicamente en la «marcha de la dignidad» que partió del norte, al considerar que algunos de los grupos que estaban detrás habían dejado en un segundo plano la demanda independentista, en favor del frente obrerista. Sin embargo, mostró su apoyo porque coincidía en el objetivo: derrocar el poder democráticamente constituido por medio de la subversión y asumir que el uso de la violencia está justificado.

En cambio, sí hubo presencia activa del núcleo más duro de la «izquierda abertzale», alineado con posiciones marxistas-leninistas. Este núcleo duro, que se ha quedado «huérfano» de liderazgo tras la decisión de ETA de dejar definitivamente la actividad terrorista, es el impulsor de los brotes de «kale borroka» que han continuado en los últimos meses en el País Vasco. Encuentra en disturbios como los registrados el 22 de marzo en Madrid un campo de batalla idóneo para su estrategia de «trinchera».

En definitiva, según estos informes, los integrantes de las organizaciones juveniles que gravitaban en torno a ETA, Grapo e incluso Resistencia Galega carecen ahora de un liderazgo claro, tras la derrota de sus «comandos» por la Policía. Los Grapo están desmantelados, aunque se mantiene la vigilancia; ETA sigue en fase terminal, y Resistencia Galega, que nunca ha tenido excesiva capacidad operativa, ha recibido importantes golpes policiales en los últimos tiempos.

Además, el brazo armado del PCE (r) y los terroristas gallegos han compartido tradicionalmente cantera en determinados lugares de Galicia, como Vigo. Por ello la «marcha juvenil» procedente de allí ha sido la «más combativa». Preocupa especialmente que con motivo del 22-M fuera desplegada en la plaza de Cibeles una gran pancarta en la que se llamaba a los Grapo a reanudar la «lucha armada».

Así pues, la presión policial sobre estas organizaciones criminales ha hecho que muchos de sus integrantes se hayan desplazado hacia los grupúsculos de extrema izquierda, antisistema y anarcoterroristas, que aislados son prácticamente marginales, pero que coordinados en una estrategia común de desestabilización constituyen una amenaza. Y se han desplazado con los manuales de «guerrilla urbana» en sus mochilas. Son nostálgicos de la «borroka» y mantienen su objetivo prioritario: atacar a las Fuerzas de Seguridad y demás instituciones.

A ellos se suman jóvenes cuyo proceso de radicalización se caracteriza porque carecen de un grupo de socialización de referencia, y encuentran en la «ideología» antisistema una vía para terminar con el ordenamiento democrático, al que culpan de la situación actual –paro, recortes en políticas sociales...–. Según estos informes policiales, una vez señalados los «culpables», los jóvenes no dudan en utilizar la violencia. Encuentran apoyo en personas de cierta proyección social, política o cultural que justifican la violencia como único instrumento que les queda a los «indignados».

Cuando la convocatoria es pacífica, no tienen reparos en infiltrarse en la manifestación, desobedecer las instrucciones de los organizadores y, camuflados entre la multitud, causar incidentes. Para ello, celebran previamente asambleas a las que acuden los elementos «más comprometidos». Es ahí donde calan profundamente en los más exaltados mensajes tales como «a la caza del policía», reforzando así la ideología radical que ya tienen interiorizada estos profesionales del «cóctel molotov».

Se sienten muy cómodos cuando la concentración es numerosa, porque utilizan a la multitud como «escudo humano» para evitar su localización, identificación y arresto. Saben que en esos casos la Policía no interviene y, si no tiene más remedio, lo hará con muchas limitaciones. Los disturbios suelen registrarse cuando ya ha concluido la manifestación, aunque una de las novedades del 22-M fue que comenzaron a atacar cuando aún no había acabado esta. Se sitúan en la cola de la misma para utilizar como parapeto el gentío que tienen por delante. Así, disponen de tiempo suficiente para cometer sus desmanes y replegarse. Los profesionales de la agitación se colocan junto a personas que conocen para evitar la posible vigilancia de agentes de Policía camuflados y es en el seno de este pequeño grupo donde organizan sus desmanes.

Acuden a las marchas con pasamontañas o pañuelos y con material susceptible de ser utilizado como artillería o para provocar incendios. Sin embargo, últimamente lo dejan en algún local de confianza cercano al lugar de los incidentes o se aprovisionan de adoquines que arrancan de las aceras.

El creciente uso de las redes sociales por parte de los agitadores hace muy difícil la prevención de los disturbios. Entre otros motivos, porque los perfiles cambian continuamente.


Algunas violencias se condenan en minúscula
Luis Ventoso en ABC

Partidos y grupúsculos de extrema derecha de toda España han convocado una gran marcha sobre Madrid en contra de los recortes, el paro, la UE y la entrada de inmigrantes. Autobuses de los cuatro puntos cardinales, atestados de manifestantes, acuden a la capital. A bordo viajan radicales de todos los pelajes: neonazis, neofascistas, falangistas nostálgicos, hooligans de los fondos de los estadios… La manifestación resulta multitudinaria. Aunque ha sido convocada por formaciones extremistas, se han sumado miles ciudadanos de a pie, poco politizados, pero descontentos tras la interminable crisis y pasto fácil de la demagogia populista. Los manifestantes desbordan Colón. Un actor famosete, de conocida militancia ultra, arenga a las masas. Entre los marchantes se vislumbra a más artistas. Concluye la protesta y cae la noche. Tras desperdigarse la multitud, varios centenares de neonazis inician una batalla campal. Los encapuchados destrozan con saña nihilista los escaparates y arrancan enormes adoquines de las aceras, que arrojan a los policías tratando de herirlos. En el fragor de la refriega, los ultras acorralan a un grupo de antidisturbios. Los agentes, indefensos en el suelo, son machacados con una violencia más propia de «La naranja mecánica» que del Madrid democrático del siglo XXI. El balance es tercermundista: policías heridos, cincuenta detenidos, fotógrafos apedreados, negocios destrozados.

¿Qué habría pasado si todo lo anterior hubiese ocurrido realmente: huestes de derechas arrasando Madrid? Rubalcaba condenaría solemne «la violencia salvaje de la extrema derecha». Entre grandes aspavientos, Soraya Rodríguez, Centella, Cayo Lara y Tardá instarían a promover con urgencia leyes «contra el auge de la ultraderecha». Valenciano desplegaría su mímica más apasionada. Madina suspiraría melancólico: «La derecha está volviendo este país irrespirable». Las televisiones cuatro, cinco y seis organizarían tertulias de sol a sol sobre el auge del fascismo. Willy Toledo se encadenaría a Cibeles, con Ana y Víctor tocando la bandurria en señal de apoyo. Bosé y Almodóvar escribirían un manifiesto antifascista, que rubricaría toda la inteligencia, de Almudena Grandes a Wyoming, pasando por todos los Bardem, matriarca y nuera incluidas. Las redes sociales arderían. Los ministros, del primero al último, condenarían a los radicales. La Justicia actuaría rauda e inflexible.

Es obligado e imprescindible condenar y perseguir toda violencia de extrema derecha. Pero hoy en España el problema capital no radica ahí, sino en el vandalismo callejero de ultraizquierda. ¿Por qué a la izquierda política y mediática le cuesta tanto renegar de los delincuentes del pasado sábado? Pues porque nuestra democracia todavía es inmadura. Nazismo y fascismo, como no podía ser de otra manera, nos parecen hoy ideologías inadmisibles, pero no así el otro gran totalitarismo criminal del siglo XX, el comunismo. Es inaudito que partidos que forman parte del juego democrático defiendan a estas alturas el sustrato ideológico de Stalin, Pol Pot, los hermanos Castro o el prestigioso estadista Nicolás Maduro. Y es desolador que unas violencias se condenen en mayúscula, y otras, en minúscula.


Totalitarios en el campus
Edurne Uriarte en ABC

Las universidades madrileñas me recuerdan cada vez más los viejos malos tiempos de la Universidad del País Vasco, cuando los proetarras campaban a sus anchas, insultando, amenazando y agrediendo. Lo peor, como siempre, ha ocurrido en la Complutense.

Pero los totalitarios también han actuado en mi universidad, en la Rey Juan Carlos. Entre otros incidentes, una veintena de ellos nos han esperado hoy a mi y a mis alumnos de Sistema Político II a la puerta de nuestra clase, con insultos y amenazas (“Terroristas”, “Fascistas” y “Pim, pam, pum”, han sido algunos de los gritos más repetidos por los energúmenos) Pero, además, los extremistas han destruido la cerradura de esa clase y de todas las adyacentes y nos han impedido la entrada. Por lo que hemos tenido que desplazarnos a otro edificio para localizar otra aula.

No sólo nos han seguido sino que han mantenido los insultos y amenazas en la puerta de la nueva clase. Y hemos podido realizar la clase en su totalidad gracias a la ayuda de los vigilantes de la universidad que nos han protegido hasta el final.

¿Hasta cuándo vamos a consentir estas agresiones en la universidad?

Es necesaria una respuesta política contundente, sobre todo de esa izquierda que aún no ha denunciado a la izquierda radical ni parece muy dispuesta a hacerlo. Es necesaria también la firmeza policial que impida las acciones de los totalitarios y garantice la libertad de los estudiantes y profesores. Pero tan imprescindible como todo lo anterior es una actitud de resistencia democrática por parte de la inmensa mayoría de estudiantes que quiere acudir a la universidad en libertad.

Como la mostrada esta mañana por mis alumnos que han resistido el acoso de los radicales y no han cedido a sus amenazas.






CONTRA EL CONSENSO

Siempre he pensado de este modo, pero creo es preferible leer las palabras de un periodista con mejor capacidad y claridad para exponer esta idea.


Se ha aceptado como un dogma que el consenso es la mejor forma de solucionar los problemas, seguramente como consecuencia de la inclinación que existe en las sociedades avanzadas a orillar los conflictos, a esquivar el enfrentamiento. Esa predisposición, fruto del pensamiento relativista posmoderno, robustece a quienes no creen en el pluralismo. A la postre, son los intransigentes, los sectarios, los fanáticos, quienes utilizan la tolerancia general para allanar el camino a sus propósitos particulares. Si ya de entrada estoy dispuesto a aceptar que mi interlocutor tiene parte de razón y que podremos llegar a un entendimiento, la solución siempre se escorará hacia el otro, por estrafalario que sea su punto de partida.

En Ucrania, Putin está explotando ese boquete por el que se desangra la sociedad occidental. No es casualidad que ayer, en Línea Directa, su programa televisivo que se emite desde los Urales al Pacífico, la palabra que más repitió fuera «diálogo», al tiempo que acusaba a las autoridades de Kiev de anteponer el uso de la fuerza a la palabra. Habría estado bien que el presidente hubiera exhibido ese talante hace cuatro días, antes de invadir y anexionarse Crimea. También eché en falta esa bonhomía con Litvinenko, el opositor envenenado con polonio. Putin se negó a entregar a las autoridades británicas al presunto asesino. O con ocasión del crimen de la periodista Anna Politovskaya, saldado sin culpables. Y más recientemente, cuando firmó de su puño y letra nuevas leyes para perseguir a los homosexuales, a los que ya se priva hasta del derecho a organizar actos públicos.

Desde que empezó la crisis de Ucrania, todas las cadenas rusas, sin excepción, controladas por el Kremlin, aventan el temor a una agresión occidental y a que la población rusófona sea machacada, aun cuando ha sido ésta la que, armada hasta los dientes, ha tomado edificios oficiales, aeropuertos y carreteras. La manipulación ha dado resultado: la mayoría de la opinión pública está con su presidente, el pacificador.

Es en ocasiones así cuando se ve el error de haber sacralizado la idea del consenso o la patraña del hablando se entiende la gente. Ni la virtud está en el término medio ni el consenso es un valor en sí mismo. Hay bienes que no están en almoneda, bienes que deben protegerse siempre. En Ucrania como en España.

sábado, 29 de marzo de 2014

LA AUSENCIA DE UN PROYECTO PARA ESPAÑA, UNO DE NUESTROS GRAVES MALES

Han coincidido dos columnas de opinión en la prensa, ABC y El Confidencial, en las que señalan de forma clara uno de los males actuales de este país, la falta de un proyecto nacional, que conlleva como consecuencia la falta de cohesión y el deseo independentista creciente, que el gobierno español es incapaz de combatir.

Dice Zarzalejos en El Confidencial ¿Cuáles son las razones de la situación española? España carece –a diferencia de cuando en la transición Suárez condujo al país a un sistema democrático– de un “proyecto histórico” y presenta un “fallo multiorgánico”, expresiones ambas de Andrés Ortega en su reciente ensayo "Recomponer la democracia". Es verdad, como sostiene Ortega, que hemos entrado en una peligrosa fase que él dibuja así: “La democracia en España no sólo ha dejado de avanzar, sino que ha iniciado un deterioro que es preciso detener y rectificar. El peligro no reside en caer en una dictadura –aunque nada está excluido–, sino en avanzar  hacia una no-democracia, o en el mejor de los casos, hacia una democracia de baja calidad institucional en medio de la indiferencia ciudadana”. A esa situación se denomina (Colin Crouch en 2005) “posdemocracia”. Con clases medias desvencijadas y las obreras depauperadas, nuestro país necesita una ilusión (un proyecto) y una regeneración.

Afirmar nuestras carencias, sin embargo, no vale de nada. Pero explica que la fuerza segregacionista de Cataluña se entienda en clave de debilidad española y que debido a ella –y a la impasibilidad en el ejercicio de la política de las clases dirigentes que, como escribe Andrés Ortega en su ensayo, son sólo “clases dominantes”– ser español y participar de esa identidad haya dejado de ser atractivo. El enrolamiento de gentes con emotividades independentistas sobrevenidas al proceso secesionista en Cataluña, y no a partidos, sino a artefactos populistas y excluyentes como la ANC, tiene que ver también con la incapacidad de contrarrestar el discurso de la ilusión –aunque sea con contenidos ilusorios– con otro sólido y convincente de carácter español, común, plural y unitario.

La renuncia al discurso político –en lo que este Gobierno insiste con una persistencia arriesgadísima– sustituyéndolo por otro economicista y tecnocrático está creando las condiciones idóneas para que en Cataluña –y no de la mano de Mas y los partidos– la Asamblea Nacional Catalana se convierta en el mascarón de proa de un populismo segregacionista, mientras España se debilita en la posdemocracia. En este contexto, recordar la transición, a Adolfo Suárez y apelar a la audacia que requiere solventar situaciones como la actual, parece, además de oportuno, imprescindible.


Por su parte, en ABC, Fernando García de Cortázar afronta este mismo problema.

Para comprender lo que está ocurriendo en España habrá que empezar por asumir que algo grave le está pasando a este país. Que nada tiene de normal ese empeño de una gran nación como la nuestra en despojarse de su sentido histórico, de su voluntad de permanencia y de los valores sobre los que se ha ido constituyendo. No hablamos de simple indiferencia ni de mero error de diagnóstico, sino de una actitud de reprobable despreocupación ante lo fundamental. Un talante que se compensa con alarmadas y alarmantes invocaciones a aquellos problemas contables que son señalados como los únicos que nos conciernen. No porque puedan resolverse sin salir de la política entendida como mera administración, sino porque se cree que esa modestia de oficina, de renuncia a la ambición de un gobierno nacional, es la única forma de abordar los asuntos que definen nuestra existencia social.

Incluso cuando se alude a alguna de las cuestiones diarias de nuestra agenda ciudadana, como la procaz exhibición del secesionismo catalán, nuestros dirigentes se acogen a un temario de urgencia institucional de manifiesta escasez. El desafío separatista es mucho más un síntoma que el origen de nuestros problemas. Los sediciosos actúan al amparo de una realidad que explica tanto la aparición reciente de un masivo separatismo como la capacidad de fascinación y la impunidad de su discurso. No es el exceso de Estado que siempre denuncian los desvaríos secesionistas, sino la ausencia de España, como idea y como proyecto nacional, la que nunca ha dejado de aprovechar el separatismo.

Como ya he tenido y tendré, desgraciadamente, ocasión de referirme a un independentismo que radicaliza su estrategia, sin más respuesta que unas amonestaciones de maestro enfurruñado que se quieren hacer pasar por pedagogía constitucional, solo expongo ahora, a modo de ejemplo, lo que es un indicio elocuente de nuestra pérdida de orientación. Una muestra de la carencia de aquel análisis con el que intelectuales y políticos atinaron a medir la estatura de los problemas de España en otros momentos conflictivos. Y no es que añore ni el pesimismo esteticista con que la Generación del 98 tomó el pulso a los males de la patria ni la ingenuidad con que ciertos regeneracionistas de fines del XIX analizaron las enfermizas carencias de nuestro pueblo.

De lo que se trata es de recobrar la tensión de un proyecto político y el fervor por la recuperación moral de España que, en los momentos mejores de nuestra esperanza colectiva, supieron imprimir a nuestros desafíos el alto vuelo de una resuelta voluntad nacional. Ahí quedaron las palabras de Ortega, al señalar en su discurso de Bilbao de 1910 que «el patriotismo es pura acción sin descanso, duro y penoso afán por realizar la idea de mejora que nos propongan los maestros de la conciencia nacional. La patria es una tarea a cumplir, un problema a resolver, un deber». Y las de Manuel Azaña, cuando advertía que los españoles que se levantaron contra José Bonaparte «sabían de sobra que la libertad de la nación era más valiosa que su bienestar».

Si el filósofo exigía que la patria fuera rigurosa empresa y no pasiva contemplación, el político nos recordaba que no hay mejora económica posible, ni derechos sociales ni servicio público sin la afirmación previa de una conciencia nacional. Esas palabras tenían la serena solemnidad que demandan los tiempos decisivos, la calidez de tono con que se afronta el frío de las encrucijadas. Y se reiteraron medio siglo más tarde, cuando salíamos de un largo desencuentro para afirmar de nuevo la realidad histórica de una España capaz de integrarnos a todos. La Transición fue una prueba que exigió de nosotros un patriotismo tenaz, una lealtad sin dobleces, una generosa disposición a sentirnos miembros de una comunidad segura de sí misma. En 1976, un hombre bueno, enseguida primer presidente del Gobierno de la democracia conquistada, se dirigió a quienes habían de superar las dos Españas con las palabras de otro hombre bueno, el poeta que las había denunciado: «Hombres de España: ni el pasado ha muerto/ni está el mañana –ni el ayer– escrito».

¿Escuchamos ahora voces de este calibre, cuya emoción nunca se perdió en la retórica del populismo o en la gesticulación limosnera de la demagogia? ¿Oímos aquel sobrio redoble de conciencia nacional, capaz de convocarnos en horas de riesgo, de esperanza y de acción? No; nada hay de ese lenguaje en los discursos de la crisis. Hemos rodado por una pendiente de desidia intelectual, de complaciente ignorancia, de feroz relativismo, de altanera deslealtad a nuestros principios. Se ha preferido el entretenimiento a la cultura, el placer al esfuerzo, la intensidad de momentos fugitivos a la tenacidad de una obra duradera. Y hemos acabado borrando el perfil de los valores en los que una nación necesita reconocerse ante el espejo de la civilización.

La derecha española habrá de construir su proyecto político mostrando su mejor solvencia para afrontar la crisis económica. Pero habrá de rescatar su identidad dando forma a una idea de España que recupere el aliento perdido porque los principios que han inspirado nuestra cultura se han dilapidado en tiempos de opulencia y nos han dejado indefensos en los de pobreza. Las ideas que se ha considerado inútil defender, los baluartes morales entregados sin lucha, deben volver a identificar a quienes, frente a sus impugnadores, se plantean no solo la salida de la crisis económica, sino también el principio de la regeneración nacional.

La libertad, el patriotismo, la defensa de la familia, la educación al servicio de la igualdad de oportunidades, la propiedad y el trabajo como responsabilidades sociales destinadas al bien común, el auxilio a los humildes y la lucha contra la marginación, la tolerancia frente a quien discrepa, la exigencia del respeto a la dignidad de cada persona, el valor irrenunciable del cristianismo en la formación de nuestra cultura. He aquí el espíritu de una civilización, los elementos sobre los que se levanta una personalidad colectiva. Antes que ejercicio de una voluntad, la soberanía nacional es una toma de conciencia, la fidelidad a unos principios.

En 1914, al presentar su nueva política contra la desmoralización y el cinismo, Ortega salió al paso de una nación que «no ejerce más función vital que la de soñar que vive». España no resolverá ni siquiera sus problemas financieros sin aceptar que los empellones de la devaluación moral y la desnacionalización han acompañado su entrada en el nuevo siglo. Dado que la izquierda suspendió clamorosamente este examen, y no parece dispuesta a adecentar su preparación, solo a la derecha corresponde devolver a España aquellos valores que permitan impulsar un gran acuerdo entre partidos nacionales, dotados de ideologías distintas pero unidos en una misma convicción patriótica. A esa derecha corresponde la tremenda exigencia de que la palabra España vuelva a pronunciarse con su sentido pleno. Porque hasta hace unos años, hasta el momento en que esta nación empezó a írsenos de las manos, huyó del ánimo y abandonó nuestra esperanza, nos faltó esa palabra. En el principio fue la nada. En el principio fue el silencio.



viernes, 14 de febrero de 2014

CRISTOBAL DE MONDRAGÓN, UN VASCO GUERRERO POR ESPAÑA

Aquel hombre de origen vasco, pero nacido en Medina del Campo en 1514, se gastó media vida, y más que media, una vida entera, setenta años luchando por España, despachando calvinistas y protestantes en los Países Bajos, donde su bravura y su bonhomía (se guardaba la sangre solo para el campo de batalla), su valor y su genio militar le valieran un gentil sobrenombre, El Coronel. 

Y lo fue, y antes soldado, alférez, capitán, maestre de campo, gobernador de villas conquistadas y reconquistadas. Experto en el vadeo de ríos y mares, fue también un militar que siempre supo de la importancia del espionaje y de los servicios secretos como una baza decisiva para obtener la victoria. Se llamaba Cristóbal de Mondragón y fue otro de los grandes héroes de nuestros Tercios.

En 1532, siendo un mozalbete de 18 años se alista en el ejército, bajo el reinado del emperador Carlos V y luego, con los años, demostraría su coraje en los campos de batalla de Italia, Túnez, Provenza, Alemania y Flandes.

Primeras heroicidades
Sus ejemplos de bravura empezaron pronto. Por ejemplo, en la batalla de Mühlberg, hoy en Brandeburgo, contra los luteranos de la Liga de Esmascalda. Allí andaban los germanos dándonos guerra por todas partes, y en estando acampados a orillas del Elba habían cortado todos los puentes lo que suponía un impedimento enorme para las tropas del Emperador.

Pero en estas que el tal Mondragón se echó la espada a la boca y con el agua al cuello y bajo un intenso fuego de moquete, acompañado de otros nueve de los nuestros consiguió recuperar varios pontones y así facilitar un paso para el ejército imperial, dirigido en persona por Carlos V y el Duque de Alba. Echado pie a tierra, y en vista del éxito, el Emperador nombró alférez ipso facto al bueno de Mondragón. Más adelante, nuestro volvería a demostrar que era un experto en operaciones anfibias, realizadas con el agua hasta la barba y los arcabuces sobre la cabeza.

Siempre luchando
Pero Cristóbal de Mondragón no iba a parar. En abril de 1559 fue nombrado gobernador de Damvillers en el Ducado de Luxemburgo y coronel de valones de los Tercios de España. Pronto empezaron los altercados de los protestantes en Flandes, liderados por Guillermo de Orange, y Mondragón tuvo que defender las villas de Lieja y Deventer, atacadas por los mendigos del mar, nombre con el que se conocía a los piratas holandeses. Empezada la Guerra de los Ochenta Años, en 1570, el Duque de Alba le encarga a Cristóbal de Mondragón la defensa de Amberes, Middelburg y Goes, en la provincia de Zelanda, donde una vez más Mondragón iba a tirar de coraje, sobredosis de agallas e imaginación para derrotar al enemigo.

Goes había sido sitiada por los calvinistas que habían cerrado las dos bocas del río Escalda. Mondragón y su jefe, Sancho Dávila, decidieron vadear el río en la bajamar a pesar de las fortísimas corrientes. Cristóbal de Mondragón, acompañado en la empresa por otros tres mil valientes, vadeó los quince kilómetros de mar con el agua remojándoles las barbas. Los siete mil holandeses que mantenían el sitio cayeron en brazos del espanto cuando vieron salir de las aguas a los nuestros con unas pintas salvajes y unas caras de matar que inspiraban terror. Cuentan las crónicas que los siete mil holandeses prefirieron poner pies en polvorosa. Era el 20 de octubre de 1572.

Nuestro coronel, sin embargo, no se da respiro. Nueve meses después recupera la cabeza del canal de la isla de Tholen, en 1575 contiene un levantamiento en Amberes y es nombrado Gobernador de Gante. Ese mismo año, recupera, tras otro espectacular vadeo, la isla de Schouwen. En 1576, tras nueve meses de sitio, rendía la ciudad de Zierikzee.

En 1578 tomaba Limburgo y el castillo de Dalhem. En junio, Maastricht fue tomada por las tropas de Alejandro Farnesio después de cuatro meses de asedio en los que tuvo una importante participación el coronel Mondragón.

En 1582 era nombrado maestre de campo del Tercio Viejo, que con el tiempo llevaría su nombre, Tercio de Mondragón. Los años siguientes, a pesar de su avanzada edad continúa guerreando con tanto coraje como éxito en tierras de Flandes. Casi octogenario, es nombrado capitán general y maestre de campo general del ejército de Flandes y siguen sus victorias como la conseguida ante las tropas de Mauricio de Nassau a orillas del río Lippe.

Por fin, en diciembre de 1595 Cristóbal de Mondragón se retiró al Castillo de Amberes, donde moría el 4 de enero de 1596, después de sesenta y cuatro años de heroico servicio en los Tercios.

Valor sin premio
A pesar del gran aprecio que le tenían sus esforzados camaradas de los Tercios, a pesar de la gran admiración que suscitó entre sus mandos, como Luis de Requesens, Alejandro Farnesio, el Duque de Alba y Juan de Austria, y el denuedo con el que luchó para sus reyes Carlos V y Felipe II, jamás consiguió que se le otorgara título de nobleza, ni consiguió tampoco (la envidia española, siempre presente) el hábito de ninguna orden militar (hasta se le inventaron antepasados judíos).

Pero en buena medida se le recuerda como uno de nuestros más bravos militares, de nuestros más peculiares héroes, en aquel tiempo en el que en España no se ponía el sol. P




ALONSO DE CONTRERAS, MILITAR E HISTORIADOR DE LOS TERCIOS

No solo se dejó el pellejo allende el Océano, sino que su espada luchó también con brío en el Mare Nostrum (entonces en buena parte en manos del Turco y de los berberiscos) y se fajó con coraje y con extremada gallardía en los terruños de Flandes.

Pero además, este peculiarísimo héroe contribuyó con otra peculiar empresa a la causa de la Monarquía, de España y de los Tercios, pues a él se debe una de las pocas autobiografías de soldados que formaron parte de aquella formidable milicia creada por los Austrias.

¿Nuestro hombre? Alonso de Guillén, más conocido en las industrias de las armas y las letras como Alonso de Contreras, a la sazón, militar, marino y corsario, y escritor.

El nombre de su libro es tan largo como largo es su ingenio: «Vida, nacimiento, padres y crianza del capitán Alonso de Contreras, natural de Madrid Caballero del Orden de San Juan, Comendador de una de sus encomiendas en Castilla», escrita por él mismo, y por subtítulo, «Discurso de mi vida desde que salí a servir al rey, de edad de catorce años, que fue el año de 1597, hasta el fin del año de 1630, por primero de octubre, que comencé esta relación».

El manuscrito original se encuentra hoy en día en la Biblioteca Nacional de España, y fue publicado por primera vez en 1900. Se cuenta que lo escribió por consejo de su buen amigo Lope de Vega.

Alonso nació en la villa de Madrid el 6 de enero de 1582 y llegó al ejército siendo un adolescente con apenas catorce huyendo de una fechoría: había escabellado a un compañero de colegio. Se ve que desde crío no le tembló el pulso. Y así sería su vida que a grandes rasgos ahora reseñamos.

Adolescente en los Tercios
Así que con poco más de catorce primaveras, en septiembre de 1597, ya estaba en Flandescon las tropas del Príncipe Cardenal, Alberto de Austria. No duró mucho en su primer destino, pues enemistado con sus superiores, acabó en Palermo, enrolado en la pequeña armada de Pedro de Toledo, que en aquellas aguas se dedicaba a hostigar a cuanto bajel musulmán se le pusiera a tiro.

Alonso fue algo más que un grumete intrépido, ya que en 1601 se le encargaba ya el mando de una fragata con la que merodeó por las islas griegas buscando otomanos a los que mandar a mejor vida. No le eran extraños en aquella época los líos de faldas que alternaba con sus querencias guerreras. En 1603, ya era alférez de infantería.

Tres años después se casaba con una viuda española. Y su genio volvió a llevarle por el mal camino, pues cuentan las crónicas que la mató cuando descubrió que le era infiel.

Vuelto a Madrid intenta hacer una buena carrera en la Corte. Pero no lo consigue y se retira
a una ermita en Moncayo, donde vivía como un ermitaño hasta que fue reclamado por la justicia como supuesto cabecilla de una rebelión morisca.

Fue considerado inocente, pero en Madrid tenía demasiados enemigos y marchó de nuevo para Flandes donde residió poco tiempo antes de volver al mar, de nuevo al Mediterráneo, con una recomendación de altura bajo el brazo para presentarse ante el Maestre de la Orden de Malta. Por el camino, fue confundido con un espía y acabó en la cárcel. Libre por fin, volvió a hacerse cargo de un barco, mientras seguía con sus pendencias y sus duelos.

Contras los piratas ingleses
Ya estaba en Flandes, ya estaba en América donde se las vio nada más y nada menos que contra el corsario Walter Raleigh, en aguas de Puerto Rico. En 1616, estaba de vuelta en el Mediterráneo dándoles lo suyo a los turcos que pusieron precio a su cabeza. Tiempo después, era nombrado gobernador de una ciudad Italia, L’Aquila, situada al noreste de Roma, donde se le encomendó poner orden, lo que hizo con su eficiencia habitual.

Entre unas y otras, y sin dejar nunca de dar la cara por Dios, por el Rey y por España, en 1630 se retiraba del ejercicio de la guerra. Moría en 1641, pero antes nos dejaba escrita esa autobiografía que nos acerca a la vida de los soldados y marinos españoles de aquella época en la que en España nunca se ponía el sol.

LA LIBERTAD SE LLAMA DIGNIDAD

La libertad se llama dignidad

ABC | Fernando García de Cortázar 14.02.2014

En el principio fue el miedo. En el principio fue el temor a que las propias convicciones no dispusieran de la popularidad que señalan los sondeos. En el principio fue el pánico a ir contra la corriente, el horror al deterioro de la propia imagen, el espanto de quien se queda a solas con sus ideas

Porque el liderazgo político de nuestros días no se basa en la ejemplaridad de la conducta, sino en la adaptación a las circunstancias. Lo más desdichado de este tiempo no es solo que nuestra sociedad haya perdido aquellos valores esenciales que explican el sistema nervioso de una cultura y el andamiaje ético de una civilización. Es más lamentable, en fin, haber bajado a un nivel en que el espesor del compromiso con la verdad se considere menos apreciable que la delgadez del relativismo. Es desolador que, tras haber destruido uno a uno los edificios en los que se inspiraba nuestra arquitectura cultural, haya quien quiera convertir lo que no es más que intemperie ética en el refugio ilusorio de una irresponsable libertad.

Los historiadores hemos percibido siempre la crisis de una civilización en la pérdida de una conciencia, en la erosión de una serie de certezas fundacionales en las que cobra significado el sentirse parte de una inmensa tradición y de un gran proyecto de vida en común. La ausencia de esa perspectiva, mucho más que las penalidades materiales, es lo que ha conducido a la destrucción de sociedades que dejaron de creer en ellas mismas porque empezaron por perder su fe en los principios sobre los que se habían constituido. La quiebra de los valores en los que se funda una comunidad afecta a la imprescindible integridad de una cultura, a la validez de una manera de entender el mundo, a la firmeza de un modo de ordenar una existencia colectiva.

Si una nación es la causa que defiende, si una sociedad es el espíritu que la inspira, si una civilización es la conciencia de su continuidad histórica, la gravedad de la crisis de España no se encuentra en los curables desequilibrios de nuestra economía, sino en el atroz vaciado de los principios que nos hicieron parte de un gran espacio al que llamamos Occidente. No podrá consolarnos de esta pérdida que también se sufra en otros países europeos, aunque en el nuestro la cosa empeore por la falta de resistencia ideológica, por el complejo de inferioridad, por la inaudita carencia de coraje cívico con el que se acepta la derrota sin haber dado la batalla. Y mucho más porque España es el único país occidental en el que se admiten reproches políticos y desplantes doctrinales de quienes, en los últimos cien años, han hecho pasar a Europa por las etapas más vergonzosas de las que guarda memoria la modernidad.

La norma que debe regular la interrupción del embarazo vuelve a presentarse como ese territorio de abundantes vicios privados y escasas virtudes públicas donde toma forma nuestra vida social. Los conflictos desatados por el proyecto son el escenario en el que se representa la triste envergadura de nuestras convicciones. En estas últimas jornadas, el llamado «tren de la libertad» ha realizado un corto viaje sentimental, un vociferante transporte de mercancías ideológicas, cuyo evidente estado de caducidad no les impide presentarse como alimento del progreso y tonificante de la democracia. De nuevo, las exhortaciones de este sector guardan los atributos esenciales de un acto de propaganda y descartan cualquier indicio de los recursos de una argumentación. Lo que cuenta es, como siempre en el mundo estético de nuestra izquierda, la puesta en escena: exhibir dos caminos que conducen al mismo corazón de las tinieblas.

El primero, que la defensa de la vida es una patética exageración del lenguaje, una inexactitud grandilocuente de reaccionarios, que confunden una simple acumulación de materia orgánica con un ser humano. El segundo, que sea cual sea la condición de lo que una mujer embarazada lleva en su seno, a ella solamente corresponde tomar la decisión de permitir que la gestación continúe o se interrumpa. Siempre fiel a ese melodramático estupor laicista que paraliza los órganos sensoriales de nuestra izquierda, quienes se manifiestan indican que la Iglesia trata una vez más de inculcar sus dogmas a los no creyentes, como si el aborto fuera un asunto que nace y muere en el cauce moral del catolicismo. Como si la defensa de ese proyecto existencial que es una vida ya concebida no tuviera más motivación que las convicciones religiosas.

No creo que haya espectáculo más doloroso que el de una sociedad que se plantea la cancelación de una vida como un acto de libertad. Dejemos ahora la ya penosa argumentación acerca de la calidad humana de lo que una madre lleva en su vientre. Consideremos que el único motivo que conduce a proponerse el aborto es, precisamente, que lo que nacerá será una persona, cuya existencia generadora de conflictos o incomodidades, cuya existencia inoportuna, cuya existencia sin valor quiere destruirse. Porque, de no estar prevista la llegada al mundo de una persona, ¿en qué consistiría la preocupación de esa madre que define como derecho la propiedad absoluta sobre su cuerpo y una aberrante soberanía sobre una vida que aún ha de existir? Si nacer es algo más que cumplir un trámite hospitalario, si vivir conscientemente es algo más que un hecho biológico, no podemos pensar que la concepción es un simple asunto de eficiencia reproductiva, sino el preámbulo fascinante y abrumador de la capacidad de crear una existencia humana.

La libertad es aquello que nos realiza, es aquello que nos da nuestra condición única entre todas las especies que viven en la Tierra. Proclamar que la interrupción de una vida no es un mero acto de voluntad, sino el acontecimiento en el que la libertad cobra toda su plenitud, solo puede emanar de ese trayecto ferroviario, de ese viaje al fondo de la noche que se ha emprendido en nombre de una falsa emancipación. Porque aquí no se trata ya de que una mujer exprese las condiciones dramáticas en que tantas veces puede darse un embarazo no deseado. Estamos ante la aniquilación moral de una sociedad, que considera que las cuestiones llamadas «de conciencia» y que se refieren a valores fundamentales pueden privatizarse hasta el punto de excluir cualquier atención del poder público, cualquier vigilancia sujeta al bien común, cualquier defensa de los derechos de todos. ¿Quedará la política para cuestiones menores, para asuntos administrativos, para temas de tertulia, mientras los aspectos esenciales que han definido la calidad superior de nuestra cultura son abandonados en el reducto autista de la conciencia individual?

Por creer lo contrario, quienes pensamos que en nuestra conducta deben ser preservados los derechos y no los privilegios, que nuestra legalidad no puede dar por bueno lo que repugna a nuestra moral, hemos sido agasajados con la munición habitual de nuestra izquierda. Por si nos sirve de consuelo en este trance difícil, en el que debemos oponer la envergadura de las convicciones a los índices de popularidad, no estará de más recordar lo que un siempre lúcido y ya viejo Chesterton dijo a quienes le trataban de reaccionario: 

«Aprendí lo que era la libertad cuando pude darle el nombre de dignidad».

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.