sábado, 11 de abril de 2015

OBAMA Y SUS ANSIAS DE HISTORIA DAN LA VICTORIA A CUBA EN IBEROAMÉRICA

Obama necesita fotografías históricas para ser recordado por algo más que por ser el primer presidente mulato.

La VII Cumbre de las Américas va a ser en verdad histórica, aunque no sean pocos los que crean que lo será por las razones equivocadas. Porque el principal acto de la cumbre de jefes de Estado de los treinta y cuatro países no será para celebrar la democracia, sino para honrar a una dictadura. Esto no era exactamente lo que tenía «in mente» Washington cuando, bajo el paraguas de la Organización de Estados Americanos (OEA), auspició estas cumbres. Se trataba de encauzar el impulso hacia la democracia y la libertad surgido de la caída de los regímenes comunistas europeos y la URSS. Con un tratado para el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que se soñaba con tener en 2005. Sucedió lo contrario.

En 1994 se creía que la dictadura de Cuba, aislada, caería. Pero en el 2000 el régimen comunista de la isla tenía ya un poderosísimo aliado en Venezuela. Desde entonces la libertad ha retrocedido sin cesar ante el «socialismo del siglo XXI». En 2012, una mayoría de países forman un compacto frente integrados en el Foro de Sao Paulo, donde en 1989 se había lanzado el proyecto revolucionario y antimperailista de nuevo cuño. La falta de condenas oficiales al régimen demente de Maduro en Venezuela revela hasta qué punto las democracias tienen más dificultad hoy que entonces en defender la libertad frente al socialismo.

Hoy se celebrará ese encuentro entre Barack Obama y Raúl Castro. La imagen que dará la vuelta al mundo será la escenificación del fin del aislamiento de Cuba como un hito de la presidencia de Obama. Se deberá básicamente al cúmulo de fracasos de Obama, que, a dos años de dejar la Casa Blanca, necesita con urgencia fechas y fotografías históricas para ser recordado por algo más que por ser el primer presidente mulato. El acuerdo con la dictadura de Cuba es uno de ellos. Otro es el acuerdo con Irán. Ambos los ha deseado Obama tanto que no ha sido exigente con el contrario. Las consecuencias se verán cuando él ya no esté.

HERMANN TERTSCH, ABC – 11/04/15

jueves, 9 de abril de 2015

PODEMOS - POPULISMO CONTRA DEMOCRACIA


No se habla hoy de populismo por una moda desconectada de la realidad, sino porque está ahí, en Europa y en España. Para muchos viejos demócratas españoles, el populismo es hoy una gran tentación: ya que la democracia liberal y pluralista no funciona bien y no se hacen esfuerzos suficientes para regenerarla, demos pasos hacia una democracia populista que será de mejor calidad, más directa y participativa, con el ciudadano como auténtico sujeto.

¿Es ello cierto? Es más, ¿podemos hablar de “democracia populista”? ¿El populismo es una forma de democracia tal como en Europa la entendemos desde la II Guerra Mundial? Pienso que no, creo que el populismo es algo bien distinto, tanto en sus fundamentos como en sus valores y fines. Es más, el populismo es una degeneración progresiva de la democracia misma y, si llega a ganar unas elecciones, siempre intenta hacerse con todo el poder del Estado y cambiar las reglas del juego político para instaurar un sistema distinto que, probablemente, ya no puede ser denominado democrático.

Por todo esto, en España el populismo pone en cuestión la Transición política, considerándola un simple cambio cosmético del franquismo, una mera continuidad del mismo, y se propone iniciar un nuevo proceso constituyente cuyo fin es aprobar una nueva Constitución. El populismo, así, no es una nueva manera de entender la democracia, sino un movimiento que pretende acabar con ella.

Ciertamente, el término populismo ha sido usado con distintos significados en diferentes contextos históricos y geográficos, algo que no es casual. ¿Hay alguna semejanza entre el populismo de los narodniquis rusos del siglo XIX con el fascismo y el nazismo, del anarquismo con el peronismo, del jacobinismo con el nacionalismo, de Pablo Iglesias con Artur Mas? Sin duda la hay, a pesar de tener contenidos tan diferenciados. Lo común a todo populismo no es una ideología substancial —derechas o izquierdas, por ejemplo— sino una estrategia para acceder y conservar el poder, lo cual le permite cobijar ideologías muy distintas, siempre que coincidan en que la causa de todos los males es una y sólo una, sea el zar o el rey, la propiedad, la religión, la oligarquía financiera, las élites políticas o la opresión nacional. Siempre debe ser una causa simple, emocionalmente sencilla de entender y racionalmente difícil de explicar con buenos argumentos.

Si es así, si se trata de algo tan simple, emocional y poco argumentado, ¿cómo es que el populismo prende con tanta facilidad? La razón está en su origen. Se justifica porque el sistema político de un determinado país funciona mal, no soluciona los problemas de amplios sectores sociales ni da respuestas a sus demandas. El éxito inicial de Podemos no se explica sin la crisis económica, el paro, la corrupción política y el desprestigio de los grandes partidos. Por tanto, hay causas para el cambio; la cuestión es si este cambio debe consistir en una reforma del sistema o en una ruptura del mismo.

Ciertamente, el populismo, con sus pretensiones de radicalidad democrática, lo que quiere es cambiar el sistema de raíz aplicando unos criterios muy simples. Se trata de contraponer los malos a los buenos: el mal está en las élites, el bien en el pueblo; el objetivo es que dejen de gobernar las élites y pase a gobernar el pueblo. “Nosotros, los populistas, representamos al pueblo, no porque este nos haya votado, sino porque lo conocemos bien ya que somos parte del mismo y, por tanto, sabremos defender sus —nuestros— auténticos intereses”. Este es el planteamiento inicial, sencillo de comprender por la vía emocional.

Tanto Pablo Iglesias como Artur Mas plantean causas simples y emocionalmente sencillas

¿Quiénes forman parte de las élites? Los grandes poderes económicos, especialmente la banca y las grandes empresas globalizadas, y los políticos que alternativamente van ocupando los sucesivos Gobiernos. A ambos, a empresarios y políticos, a los que forman la casta, los unen intereses entrecruzados que son distintos y contrapuestos a los intereses del pueblo. ¿Y quién forma parte del pueblo? El resto de españoles, aquellos que no son casta, los expoliados por esta, la buena gente perjudicada por la voracidad de las élites económicas y políticas, corruptas por naturaleza. El pueblo, así, está unido porque tiene un enemigo común, la casta, y las contradicciones que pueda tener en su seno son de carácter secundario si las comparamos con la principal: el antagonismo casta/pueblo, élite/gente.

No hay que darle muchas vueltas a la cuestión, resolver el problema es sencillo: basta con que gobierne el pueblo y deje de gobernar la casta, hay que sustituir la una por el otro. Por ello, los populistas empiezan como partido pero enseguida quieren constituir un movimiento, no quieren ser parte de un todo sino el motor de ese todo. El pueblo, aquello que no es casta, no está dividido sino unificado por un interés común: su antagonismo con la élite. Este partido que debe convertirse en movimiento será el único capaz de defender ese interés, de defender al pueblo. Para ello no basta con tener representación en el Parlamento, ser oposición, coaligarse con otros partidos, en definitiva, hacer política: es preciso ocupar el Estado, hacerse con todo el poder, no en vano es el verdadero representante del pueblo.

La siguiente tentación de que el movimiento lo encarne un líder con el argumento de que el pueblo quiere rostros conocidos, confía más en las personas que en las ideas, necesita dirigentes que sólo con mirarles a la cara ya se adivine que se trata de hombres buenos y honrados, igual que quienes forman parte de la casta, sólo también con mirarles, ya se ve que son aviesos y corruptos, simples aprovechados, la pura encarnación del mal. Todo debe ser sencillo, transparente, al alcance de todos, como son la vida y la política en los malos canales de televisión.

El modelo democrático es liberal, mientras que el populista tiende a ser totalitario

La democracia, tal como la conocemos, es lo contrario. Se trata de un sistema político muy defectuoso, necesitado de correcciones, consciente de que nunca alcanzará la perfección. En la democracia, nada es sencillo sino que todo es complejo, es lenta en sus actuaciones pero segura en sus decisiones, tomadas tras un proceso público racional y argumentativo. Para la democracia, el pueblo no es un todo unificado sino un conjunto plural de personas y grupos con intereses diversos, conflictos internos continuos que, precisamente, intentan resolverse por las vías democráticas previstas, mediante componendas a veces nada fáciles. El Estado, por su parte, es un conjunto de órganos sometidos a normas jurídicas, no representa al pueblo —sólo uno de estos órganos, el Parlamento, es su representante—, y cada órgano emite mandatos vinculantes y, además, se controlan mutuamente desde el punto de vista político —el Parlamento al Gobierno— y jurídico —los jueces y magistrados a todos los demás—.

Por tanto, la democracia no es sólo el poder del pueblo sino, además, un sistema orgánico de controles mutuos. Las decisiones políticas no son producto de una sola voluntad sino de un proceso en el que actúan voluntades diversas con funciones —legislativas, ejecutivas y jurisdiccionales— muy distintas. Para la democracia el Estado es un engranaje complejo, un instrumento cuyo único objetivo es que las personas sean libres e iguales. Para el populismo, el Estado es un instrumento que conoce previamente cuáles son los intereses del pueblo y, por tanto, no necesita debates ni controles para garantizarlos.

El Estado democrático, además, es liberal, es decir, su objetivo sólo es asegurar la igual autonomía de los individuos; el Estado populista tiende a ser totalitario, es decir, sabe de antemano aquello que conviene a estos individuos y utiliza su poder para tomar las decisiones oportunas sin necesidad de utilizar procedimientos para consultarlos. 


No se trata, pues, de dos formas de gobierno distintas, sino de dos formas de Estado diferentes: la una, democrática, y la otra, no.



Francesc de Carreras es profesor de Derecho Constitucional.

lunes, 16 de marzo de 2015

¿TODOS SOMOS DE DERECHAS?

«Todos somos de derechas»

En España se proclama que se es de izquierdas, pero se confiesa que se es de derechas

«Todos somos de derechas», le hacía decir Mingote a uno de sus figurones en La Codorniz a finales del franquismo. Era medio en serio, medio en broma. Muchos eran de derechas, otros tenían que serlo y otros se cuidaban de aparentarlo. Hoy parece cierto todo lo contrario. Nadie quiere o reconoce ser de derechas. Ni siquiera la derecha.

España es el único país que no tiene lo que viene a ser una sana, razonable, lógica, amable, sensata y democrática derecha política. Orgullosa de serlo y de defender su ideario y su proyecto. Aquí no hay ya una opción política que se distinga por su defensa de la propiedad y la libertad, de la ley y el Estado de Derecho, la unidad y sus símbolos y las instituciones, el respeto a la tradición y el culto a la historia común, de la libertad religiosa, del derecho a la vida, los fundamentos judeocristianos, culturales y de civilización, libertad económica y guerra a la fiscalidad abusiva, fin del despilfarro y racionalización de la administración y territorialidad, defensa de la libertad de educación y de los derechos inalienables del individuo y un compromiso inequívoco en la defensa occidental. Que proclame, sin salvedades y sin pedir perdón, sin explicaciones alambicadas, que la libertad, la dignidad y la propiedad son pilares de su proyecto político que defiende con toda firmeza y entusiasmo.

En España, de momento, se proclama que se es de izquierdas, pero se confiesa que se es de derechas. Al menos de momento esa derecha no existe. El complejo del franquismo tiene paralizados a los políticos que se saben de derechas en la intimidad. Que creen en la libertad como fuente de felicidad, pero también de riqueza. Que creen en algo muy distinto a la redistribución para el igualitarismo. O que creen creer en otra cosa. Porque a los complejos tradicionales se une la debilidad de los conceptos y del criterio de una derecha que no crea necesario disculparse con cada ley o cada defensa de sus principios. Porque lo que hemos visto en estos pasados años ha sido la renuncia a las señas de identidad en aras de la comodidad y la adaptación a un paisaje general que consideran poco amable, de la permanente huida del conflicto con las fuerzas en principio adversarias.

Electoralismo
Cuando no es pensamiento débil, la falta de convicciones y de estructuras conceptuales y andamiaje argumental, es puro miedo. Pero es cierto que ni para pedir el voto se atreve ya el PP a presentarse como la derecha española, a postularse como la derecha. Y por tanto como legítimo representante de esos millones de españoles que siempre respondieron a las promesas de hacer política de derechas.

Con dos mayorías absolutas en poco más de una década. Los votantes están en la mayoría en el centro pero fueron programas de la derecha los que recibieron las dos mayorías absolutas en España. Con el resultado de que solo la izquierda, sin haberla tenido, ha impuesto todos sus postulados ideológicos en los últimos diez años. Y ahora se prepara para asaltar el sistema.

El PP ha jugado a ser el único representante de la derecha en la tierra española. Pero de una forma sobrentendida. Y creyendo poder mantener secuestrado ese voto mientras practica una política de asimilación a la izquierda. Los que se decían siempre de centro-derecha, son ya desde hace mucho tiempo solo «centristas». Su corrección política es tan exquisita que todos parecen haber haber interiorizado esa superioridad moral y cultural de la izquierda y repiten todos los tópicos y las frases hechas, el mantra y las cantinelas de la misma.

Nadie está dispuesto a librar la batalla de las ideas con la izquierda española, la más primitiva y falsaria probablemente de toda Europa, si exceptuamos a Grecia. No son capaces de rebatir ni denunciar ni desenmascarar como algunas de las causas más evidentes de los problemas de las sociedades occidentales en la actualidad.

El PP está hoy tan lleno de gente «centrista» que parecen estar allí solo porque en otros partidos les sería más difícil medrar. La vicepresidenta del Congreso, Celia Villalobos advierte en el PP que no hay sitio para quien no es partidario del aborto. Nadie de la dirección la desmiente. Sin duda, es un caso extremo, Villalobos. Como lo es su marido Arriola, quizás el principal adalid del relativismo total en el seno del PP y causa probablemente de su deriva hacia la nada ideológica.

Pero bajo una dirección políticamente neutra, de quienes pretenden ser más que nada gestores del poder durante el mayor tiempo posible. Cualquier definición ideológica es sospechosa. Y los propios miembros del PP utilizan esa arma arrojadiza de la izquierda de llamar facha a quien consideran a su derecha. No hay contenido ideológico, convicciones ni ideas que se puedan adivinar.

En cuanto han surgido unos rivales políticos como Ciudadanos y Vox se han visto los nervios por la ausencia de un discurso cuajado y homogéneo. Lanzar ahora un mensaje coherente desde el centro derecha que no pueda ser rebatido de inmediato con las experiencias de años pasados no será fácil. Ha sido demasiado el desprecio a los contenidos programáticos de su partido durante estos años como para ahora pedir una renovación de la confianza sobre las mismas bases.

¿Ha tenido España alguna vez la oportunidad de librarse de ese complejo del franquismo y de esa mentira antifranquista de la izquierda que la mantiene paralizada? Por esa mentira obscena, según la cual el heroico pueblo resistente español pasó 40 años en lucha permanente y aplastado brutalmente por cuatro generales y diez curas derechistas que además, eran los padres del actual PP.

Quizás pudo haberse iniciado esa liberación bajo José María Aznar. Quizás podía haberse comenzado la construcción de esa fuerza con vocación y temple liberal, con el acervo de la sabiduría conservadora, moderada pero firme, reformista y rigurosa, sensata y rotunda en su convicción de defender los mejores valores y principios de la mejor sociedad posible. Aunque visto el carácter del entonces nombrado por el dedo providencial de Aznar, haya motivos para dudarlo.

La posibilidad, en todo caso, estalló en mil pedazos con las bombas en la mañana del 11 de marzo de 2004. Entonces descarriló la posibilidad de una reforma hacia la modernización no traumática de España y de su derecha. Una derecha abierta y democrática y tan tolerante como firme en sus convicciones. Si la legislatura de Rajoy puede apuntarse como luz su éxito de parar el naufragio de la nave causado por Rodríguez Zapatero, su sombra han estado en ese fracaso político. Que no es solo no haber lanzado el proyecto de regeneración que se esperaba de él. Sino también el previsible fin del PP como partido integrante de todas las corrientes que pudieran hallarse entre la socialdemócrata y la derecha.

Mientras las mentiras continúen y no se pierda el miedo a la intimidación permanente con el franquismo, la derecha española se mantendrá en esa existencia clandestina hasta cuando gobierna.

HERMANN TERTSCH
ABC  16/03/2015

domingo, 15 de marzo de 2015

ENTRE LA IZQUIERDA LA DERECHA NO HAY NADA

El elector no se equivoca: vota derecha o izquierda aun cuando él mismo no se considere, abiertamente, de derecha o izquierda.

Sabemos o hemos olvidado que los términos derecha e izquierda tienen su origen en la Revolución Francesa y en el azar. Los diputados del pueblo, en 1791, se organizaron de manera espontánea según su afinidad política: a la derecha los partidarios de la monarquía absoluta, y a la izquierda, los de la monarquía constitucional. ¿No es sorprendente que un acontecimiento local y remoto haya pasado a formar parte del vocabulario universal? No hay una sola democracia que no se haya adherido a esta distinción, y los votantes, en todos los países, se clasifican de manera espontánea según estas dos categorías. Por supuesto, las etiquetas partidistas tienen su origen en la historia local, al igual que las estrategias electorales: los términos «popular», «democrático», «unión nacional» e incluso «socialista» van y vienen de izquierda a derecha.

Pero los electores no se equivocan: votan derecha o izquierda, aun cuando ellos mismos, en ocasiones, no se consideren abiertamente de derechas o de izquierdas. Hay países –España, Francia– en los que se ha demonizado intelectualmente a la derecha hasta el punto de que se evita esa denominación. Por el contrario, en Estados Unidos ningún candidato que desee ser elegido se atrevería a declararse de izquierdas.

¿No es asombroso que, en todo el mundo, las fuerzas de derechas y de izquierdas se equilibren hasta el punto de que, en cualquier democracia, las elecciones se decidan siempre por un ínfimo margen de diferencia? No hay ningún lugar donde los llamados partidos de centro consigan acabar con la alternancia entre la derecha y la izquierda; en la política, el centro no existe y, sin duda, no responde a ningún sentimiento popular significativo.

¿A qué se deberá este equilibrio repartido entre derecha e izquierda? ¿Será un fenómeno sociológico, biológico? ¿Estas dos concepciones del mundo vienen dictadas por la condición humana, como opinan los marxistas y sus clones, o por la naturaleza humana, como observan los antropólogos? Sinceramente, nadie sería capaz de afirmar que la derecha sea el partido de los ricos, y la izquierda, la expresión de los oprimidos; este determinismo no existe. Se nace de derechas o de izquierdas, o se llega a ser de derechas o de izquierdas: la naturaleza y la cultura están sin duda muy entremezcladas. Pero cada una debería, en el terreno que sea, dar muestras de una enorme modestia, porque cada una de ellas solo está en posesión de la mitad de la verdad. La derecha, en este sentido, me parece más tolerante que la izquierda, que a menudo pretende acaparar toda la verdad.

Puesto que cada una posee solo media verdad, o media realidad, es vital que cada una en su terreno defienda con entusiasmo su parte de verdad. Pero ¿cómo? La izquierda, en este combate, se encuentra más cómoda porque esgrime grandes eslóganes unificadores, como la justicia social, la igualdad, el progreso, etc. Esta izquierda está también más capacitada para definir los objetivos que para precisar y aplicar las medidas necesarias para hacer realidad sus nobles aspiraciones. La derecha suele ser más hábil enunciando las medidas que logrando que se sueñe con sus ideales. ¿Una izquierda idealista y una derecha pragmática? Esta distinción refleja en parte la oposición entre derecha e izquierda, pero muy superficialmente. Conviene profundizar más: la derecha se basa en una determinada concepción del hombre en la sociedad y del hombre en la historia.

La responsabilidad personal

El principio fundamental de la derecha es la responsabilidad personal: para que haya justicia, y una buena sociedad, cada persona debe tener tanta libertad de elección como sea posible. La derecha cree en la virtud de la responsabilidad personal. La izquierda cree menos en ella, o nada en absoluto. Lo que la derecha califica como virtud y responsabilidad la izquierda lo condena, al considerarlo egoísmo y miopía histórica. La izquierda sustituye a la persona por la colectividad y, como esta no existe en realidad, son el partido o el Estado los que actúan en nombre del bien común.

Los cargos electos de la izquierda empujan al pueblo hacia el progreso, o lo que ella define como tal, mientras que la derecha acompaña al pueblo. Retomando la famosa distinción que hacía el filósofo británico Friedrich Hayek, la izquierda es el partido del orden decretado, y la derecha, el del orden espontáneo: esta noción de espontaneidad es esencial para la derecha. Y como también subrayaba Hayek, apenas hay espacio en el centro, ni un punto medio entre el error y la verdad. Los partidos del centro solo pueden falsear la alternancia, embarullar las opciones; al no proponer ni análisis ni solución, el centro perjudica el buen funcionamiento de la democracia.

La belleza de la democracia (nacida en Atenas según unos y en los monasterios románicos según otros) radica en que permite la alternancia sin violencia; sustituye la guerra civil por las elecciones; reconoce los derechos de las minorías; admite que la mayoría ejerce en efecto el poder, pero no está en posesión de la verdad.

Tal vez, en la derecha se debería explicar y expresar todo esto de una forma más clara. Pero no confundamos la función del filósofo con la del político, cuyo deber consiste primero en ser elegido. Recordemos que el concepto del filósofo-rey es una invención de Platón, quien también sería, según Karl Popper (en «La sociedad abierta y sus enemigos»), el fundador del despotismo. Hoy, Platón ocuparía un escaño a la izquierda de Aristóteles, el observador de lo real, que se sentaría a la derecha.

GUY SORMAN, ABC – 15/03/15

jueves, 26 de febrero de 2015

LAS MENTIRAS DEL NACIONALISMO, LOS PAÍSES CATALANES SON UN INVENTO MODERNO

El término data del siglo XIX y hace referencia a los territorios de la Corona de Aragón, que, en realidad, fue un conjunto de reinos sometidos al Rey de Aragón entre los siglos XII y XV

Origen falso y mitolológico del escudo del condado de Barcelona por Wilfredo «el Velloso»
«A pesar de la tendencia de los historiadores nacionalistas catalanes de retorcer la naturaleza "catalana-aragonesa" de la Corona de Aragón, nunca ha existido nada, en la historia medieval, y mucho menos en los tiempos modernos, que pudiera considerarse ni de lejos un embrión del Estado catalán, excepto en las imaginaciones más románticas y soñadoras», explica en uno de sus trabajos el historiador Enric Ucelay-Da Cal.

Frente a la incapacidad para encontrar un germen de nación en la historia de este región española, la mitología romántica acuñó a finales del siglo XIX el término Países Catalanes (o Gran Cataluña). El primero en usarlo fue el valenciano Bienvenido Oliver, sin intenciones políticas, para englobar los territorios de habla catalana y sus variantes. Así, el mapa de los Países Catalanes se extiende por Cataluña –excepto el Valle de Arán–, las Islas Baleares, Andorra, la Comunidad Valenciana, la región histórica francesa del Rosellón, la zona de Aragón limítrofe con Cataluña denominada actualmente Franja de Aragón y una pequeña comarca murciana, entre otras regiones.

No en vano, lo que era una simple denominación de carácter lingüístico se convirtió en boca de los nacionalistas en una especie de tierra prometida. Un ente que sirve para justificar, con supuestas raíces en la Edad Media, las actuales reivindicaciones políticas. Sin ir más lejos, la Generalitat de Cataluña da la información meteorológica de la Comunidad Valenciana en la TV3 a través de lo que designa como «Países Catalanes». El servicio de Meteorología del Gobierno catalán, dependiente de la Conselleria de Territorio y Sostenibilidad, suele incluir a la Comunidad Valenciana junto a Cataluña y Baleares en sus mapas, con claras intenciones políticas.

La Corona de Aragón y el Reino de Aragón

Para alcanzar este mito de los Países Catalanes, los grupos independentistas tuvieron que retorcer y distorsionar la naturaleza «catalana-aragonesa» de la Corona de Aragón. La zona que hoy corresponde a la comunidad autonómica de Cataluña estuvo desde el siglo XII unida al Reino de Aragón y solo durante un breve periodo fue un ente propio, incluso entonces dependiente de otros reinos. Así, tras el colapso de la Hispania Visigoda –que se extendía por prácticamente toda la Península Ibérica– y la invasión musulmana en el 718 d.C, el Imperio carolingio estableció una marca defensiva como frontera meridional con Al-Ándalus. Esto supuso la ocupación por los francos durante el último cuarto del siglo VIII de las actuales comarcas pirenaicas, de Gerona y, en el 801, de Barcelona. Este antiguo territorio visigodo se organizó políticamente en diferentes condados dependientes del rey franco.

Conforme el poder central del Imperio se debilitaba en el siglo X, los condados catalanes, que estaban vertebrados por Barcelona, Gerona y Osona, fueron progresivamente desvinculándose de los francos. En el año 987, el conde Borrell II fue el primero en no prestar juramento al monarca de la dinastía de los Capetos, pero se sometió en vasallaje al poderoso Califato de Córdoba. En este punto, las leyendas nacionalistas sitúan erróneamente al noble Wifredo «el Velloso» –el último conde de Barcelona designado por la monarquía franca– como el artífice, no ya de la independencia de los condados catalanes, sino del nacimiento de Cataluña y sus símbolos. Así ocurre con la bandera de las cuatro barras rojas sobre fondo amarillo, que, en realidad, no fue usada por los Condados hasta la unión con Aragón. Por el contrario, el emblema tradicional de los condes de Barcelona fue la cruz de San Jorge (una cruz de gules sobre campo de plata).

La Corona de Aragón fue el resultado de una unión dinástica

En el siglo XII, el conde Ramón Berenguer IV se casó con Petronila de Aragón conforme al derecho aragonés, es decir, en un tipo de matrimonio donde el marido se integraba a la casa principal como un miembro de pleno derecho. El acuerdo supuso la unión del condado de Barcelona y del Reino de Aragón en la forma de lo que luego fue conocido como Corona de Aragón. En un contexto de alianzas medievales, la asociación de ambos territorios no fue, pues, el fruto de una fusión ni de una conquista, sino el resultado de una unión dinástica pactada entre la Casa de Aragón y la poseedora del Condado de Barcelona. De hecho, originalmente los territorios que formaron la Corona mantuvieron por separado sus leyes, costumbres e instituciones. A lo largo del segundo cuarto del siglo XIII, se incorporaron a esta Corona las Islas Baleares y Valencia. Este último territorio, el Reino de Valencia, pasó a convertirse en un reino con sus propias Cortes y fueros.

Es por ello que los Países Catalanes –una delimitación solo basada en la similitud lingüística– nunca existió como sujeto político ni hay menciones a ella en las fuentes del periodo. A grandes rasgos, los independentistas suelen confundirla con la Corona de Aragón, pero ésta fue otra cosa: el conjunto de reinos que estuvieron sometidos al Rey de Aragón, entre los siglos XII y XV, donde se encontraban no solo el territorios de lengua catalana, sino también otras reinos como por ejemplo la propia Aragón, Valencia parcialmente, Sicilia, Córcega, Cerdeña, Nápoles y los ducados de Atenas y Neopatria. Es decir, no fue la lengua el eje vertebrador de la Corona de Aragón sino la sumisión a la jurisdicción de un Rey y de una dinastía, la Casa de Aragón.

La nacionalidad no es solo una lengua

La muerte sin descendencia del Rey de la Corona de Aragón Martín I «el Humano» en 1410 abrió una grave crisis sucesoria. Los intereses comerciales terminaron favoreciendo al candidato de la dinastía castellana de los Trastámara, Fernando de Antequera –hermano del Rey de Castilla Enrique III–, quien, tras el llamado Compromiso de Caspe de 1412, fue nombrado Monarca de la Corona de Aragón. Posteriormente, el matrimonio de Fernando II de Trastámara con Isabel de Trastámara, Reina de Castilla, celebrado en Valladolid en 1469, condujo a la Corona de Aragón a una unión dinástica con Castilla, efectiva a la muerte del primero, en 1516, pero ambos reinos conservaron sus instituciones políticas y sus privilegios administrativos (lo que el independentismo catalán designa como «libertades»).

Con el surgimiento de las corrientes nacionalistas de finales de siglo XIX, las teorías lingüísticas hicieron las veces de elemento aglutinante –a falta de una base histórica– identificando a la nación con la lengua. Bajo esta falsa premisa, los nacionalistas consideran que todos los que hablan catalán o sus variantes son igualmente catalanes y conformaron la ficción histórica de los «Països Catalans». El error de base está en estimar que la lengua es el único elemento definidor de una nacionalidad (con desprecio de la religión, la idiosincrasia, la geografía, la historia, etc).

César Cervera, ABC, 26.02.2015

domingo, 11 de enero de 2015

EL CRECIENTE RECHAZO A LA EMIGRACIÓN MUSULMANA

MIEDO AL ISLAM

Una gran pancarta rezaba «Respeto y tolerancia, también para nuestro pueblo», otra algo menor pedía «Mut zur Wahrheit» (Valor para la verdad) y otra «Por la libertad de expresión». Esos eran tres de los mensajes de la gran masa de manifestantes del pasado lunes en la ciudad alemana de Dresde. Cada lunes son más los alemanes que se dan cita en estos encuentros. A pesar de los intentos del poder por disuadir de acudir y su insistencia en condenar los encuentros. Y sin embargo, estos, que comenzaron con apenas unos cientos, reúnen ya a decenas de miles. Como sucedió en 1989 ante los ojos incrédulos y mentes espantadas de los dirigentes de la Alemania comunista (RDA). Lo consiguieron todo y el régimen que reprimió y difamó a aquellos manifestantes dejó de existir. Las pancartas de 1989 en demanda de Verdad, Libertad de Expresión y Tolerancia se han elevado con razón al relicario laico democrático de la historia de Alemania. Lo que puede sorprender es que pancartas que piden lo mismo que entonces ahora sean consideradas por la mayor parte de la prensa y los políticos alemanes como consignas de la islamofobia, la xenofobia, el ultraderechismo. Resulta inaudita la virulencia con la que algunos medios de izquierda y derecha atacan a los organizadores. El ministro federal de Justicia, Heiko Maas, se atreve a llamarlos «una vergüenza para Alemania», términos de una contundencia que no se acostumbran a utilizar. El objeto de la indignación, de la ira y las descalificaciones no es otro que Pegida, asociación cuyo nombre es el acrónimo en alemán de Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente. Un nombre que hace poco meses nadie conocía y que hoy está en boca de todos.

No parece muy xenófobo el lema que pide «respeto y tolerancia» y añade «también para nuestro pueblo», en referencia al alemán. Ni los que exigen que Alemania no sea campo de batalla del fanatismo. Es una demanda que sienten como justa millones de alemanes que creen que su dinero y su hospitalidad son objeto permanente de abuso dentro y fuera de sus fronteras. Parte lo han manifestado ya con su creciente apoyo a Alternative für Deutschland (AfD), un partido contrario al euro. 

No es un fenómeno distinto al que se ha generado en otros países europeos como Holanda, Suecia o Francia. En estos países, sin el pasado traumático de Alemania, cristalizó pronto en partidos de corte populista, algunos ultraderechistas. Es cierto en Sajonia, cuya capital es Dresde, no existen las comunidades islámicas que hay en Berlín o Bruselas, en los extrarradios de ciudades francesas u holandesas. Pero sí existe el miedo a que las haya. La sociedad alemana oriental teme los efectos de la actual oleada de inmigración por asilo político que se abate sobre Alemania. Los centros de acogida no se construyen en las zonas residenciales opulentas de Múnich, Fráncfort o Hamburgo en las que viven los directivos de los medios celosos vigilantes de la corrección política. Pegida responde así a unos miedos reales y legítimos de sectores de la sociedad alemana que no son mejores ni peores que el resto. Pero que sí muestran el coraje de expresar una opinión que muchísimos conciudadanos comparten y no proclaman por miedo a ser difamados como ultraderechistas. Es evidente que la ultraderecha alemana quiere pescar y pesca en ese río revuelto. Y lo es que la descalificación de los manifestantes y desprecio a sus temores solo favorece a esa ultraderecha.


El mundo siempre se asusta, y con razón, cuando cree ver surgir un movimiento de ultraderecha en Alemania. Demasiado terrible es el pasado. Pero precisamente por la presencia permanente de este pasado de horror, en Alemania no ha existido desde 1949 ni existe hoy un fascismo, ni de derechas ni de izquierdas, que ponga en riesgo las instituciones. Los intentos de combatir como si fuera ultraderechista todo aquel que cuestione los tabúes de la corrección política pueden ser contraproducentes. Porque el miedo al islam existe, por mucho que lo nieguen los diarios de la corrección política. Porque tres generaciones después de la llegada de las primeras grandes oleadas de musulmanes a Europa se percibe el agotamiento de los intentos de integración. Que coincide con la irrupción de un islamismo político que se proclama enemigo a muerte de nuestra sociedad. E intenta imponer también en Europa leyes y costumbres de sociedades fracasadas y subdesarrolladas. Sectores de la sociedad europea demandan respeto para sus propias comunidades. 

Según una encuesta de Die Zeit, solo un 13% de los alemanes consideran a Pegida absolutamente injustificada. Y un 77% apoyan total o parcialmente a los manifestantes. Estos datos revelan que la sociedad en gran parte acata la corrección política, pero no la comparte ni considera veraz. Este abismo entre la opinión pública real y la opinión política publicada estallará algún día. Porque los gobiernos han ignorado las legítimas demandas y los temores de su población. Y nunca han exigido a la inmigración ese lógico, necesario y asumible esfuerzo de integración en un país al que han acudido en busca de ayuda. La tolerancia abusiva hacia una intolerancia importada dinamita las reglas mínimas para que la tolerancia exista.

Hermann Tertsch en ABC


LA ECLOSIÓN DE LOS PEGIDA

Todo terrorismo perpetra sus atentados con dos objetivos. El inmediato, consiste en cobrarse la víctima, y el mediato, en socializar el miedo. El yihadismo maneja con criminal maestría esa combinación de objetivos y golpea con una espectacularidad –lo hemos visto con las degollaciones de rehenes por militantes de ISIS- que hace viral el temor en las sociedades propias y en las occidentales.

Como, además, sus activistas son, en muchos casos, nacionales de países europeos, inmigrantes de segunda y hasta tercera generación, existe una muy generalizada sensación de que los enemigos de la civilización occidentalse han infiltrado en nuestro mundo de un modo intrusivo y quintacolumnista. Los culpables de la matanza en Charlie Hebdo, franceses de nacionalidad, ofrecerían razonabilidad y altísima verosimilitud a los muchos miedos que expresan en distintas formas las sociedades de nuestro entorno.

En Francia –con cinco de los veinticinco millones de musulmanes europeos- el Frente Nacional de Marine Le Pen ha adquirido una dimensión que hasta hace tres días no tenía. Si el 25% de los franceses votó en las europeas al FN, seguramente, hoy por hoy, volvería a ser el primer partido del país vecino. El hecho de que los asesinos del atentado a Charlie Hebdo sean franceses de derecho confirmaría el fracaso de las llamadas políticas de integración a las que las comunidades islámicas -en Francia y en otros países- se muestran resistentes. No son mejores los modelos pluriculturales, al estilo británico que cuentan, allí donde se aplican, con un historial macabro de terrorismo yihadista.

Sin embargo, el gran movimiento europeo anti islamista, sin poder catalogarse como de extrema derecha, o xenófobo, o racista o neonazi, ha nacido hace relativamente poco tiempo en Alemania. Se trata de los conocidos como los Pegidaacrónimo en alemán de Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente. Este pasado mes de diciembre han protagonizado nutridas concentraciones y manifestaciones, primero en la ciudad de Dresde y luego en otras. Y aunque la canciller Merkel les ha recriminado en su mensaje de fin de año, los social cristianos bávaros de la CSU se muestran comprensivos con este movimiento que, seguramente penetrado por elementos de Alternativa para Alemania (AfD), euroescépticos y xenófobos, está engrosado por gente de la clase media, jubilados, jóvenes sin trabajo y que se sienten traicionados por la gestión de la inmigración por la clase política.

Los Pegida no son otra cosa que gente corriente que quiere modelos de admisión de la inmigración más exigentes -como los de Suiza, Canadá o Australia, por cupos-, propugna la tolerancia cero hacia los inmigrantes islámicos delincuentes y reclama medidas para mantener el modo de vida occidental. Según encuestas solventes (YouGov y Zenit On Line) más de un 35% de los alemanes contempla con buenos ojos este movimiento popular que, al menos exteriormente, rechaza los símbolos de ISIS, del comunismo y del nazismo. La última encuesta –publicada hace cuarenta y ocho horas- elaborada por la Fundación Bertelsmann ofrece datos aún más contundentes: el 57% de los consultados ve en la religión musulmana una amenaza y un 24% vetaría cualquier tipo de inmigración islamista.

Viajar hoy por Francia y Alemania es comprobar cómo las comunidades musulmanas viven replegadas sobre sí mismas; tienden a crear sus ámbitos cerrados y a hacerlos impenetrables; son reactivas a asumir cualquier tipo de concesión hacía la igualdad de la mujer que, ostensiblemente además, es tratada de manera subordinada; no comprenden el alcance de la libertad de expresión y prensa en nuestras sociedades -en las que se ha instalado un lamentable pero no delictivo derecho a la blasfemia-, absolutizan la religión y sus rituales y, lo que es peor, han pasado a la ofensiva con dos comportamientos inéditos: por una parte, envían efectivos (Siria, Iraq) a los grupos terroristas como ISIS y hacen proselitismo en las calles de las ciudades europeas con las llamadas “patrullas de la Sharía” que en alguna urbes se han llegado a intitular “policía de la Sharía” ejerciendo sus facultades intimidatorias ante establecimientos nocturnos.

Resultaría demasiado elemental, esteticista y cómodo despachar este movimiento ciudadano -no exento desde luego de adhesiones indeseables- con las descalificaciones habituales. Pero ese es ya un camino cegado. Los procesos electorales están encumbrando a estos grupos sociales que se articulan en partidos políticos a los que se adhieren personalidades de la política convencional e intelectuales de distintas procedencias.

Los Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente (PEGIDA) no incorporan a la denominación el toponímico alemán porque surgen de la malversación del concepto de la ciudadanía en general. Pararlo primero y reducirlo después requiere cambiar políticas educativas, fortalecer el sistema de valores cívicos de las sociedades occidentales, poner en valor los principios democráticos, no permitir que determinadas prácticas de raíz religiosa malbaraten los logros occidentales (el ejemplo más terminante es el de la situación postrada de la mujer) e imponer factores de auténtica integración cuyo rechazo conlleve la exclusión de la comunidad social y política del país receptor.

Los políticos -y, desde luego, los medios de comunicación- no pueden seguir empleando la langue de bois, esa lengua de madera, llena de eufemismos, circunloquios, buenismo y medias verdades. Los que padecen la inmigración que se resiste a unos mínimos niveles de integración son los estratos sociales más desfavorecidos por la recesión económica, el desempleo, la infravivienda y el recorte de los servicios públicos básicos.

Son, en definitiva, los potenciales militantes del movimiento Pegida que tiende a internacionalizarse desde una Alemania con una comunidad turca de tres millones y medio -la mitad con nacionalidad alemana- a la que en febrero pasado, en el mismísimo Berlín, el presidente Recep Tayyip Erdogan alentó a que se resistiera a ser demasiado alemana. Los Pegida, definitivamente, puede eclosionar en la segunda década del siglo XXI.

José Antonio Zarzalejos en El Confidencial 

CONTRA EL CONSENSO II

Desde que tengo uso de razón, he escuchado a políticos de uno y otro signo apelar al 'consenso' como medio para alcanzar la concordia y la paz social; pero lo cierto es que la búsqueda y aplicación del consenso no ha hecho sino alimentar la demogresca. ¿Cómo se puede explicar este fenómeno tan paradójico?
Se puede explicar si aceptamos que la propia razón de ser del consenso político no es otra sino destruir el consenso social, impedir que la comunidad humana comparta convicciones y certezas sobre las cosas, en especial sobre aquellas que son más necesarias para su supervivencia; pues es, precisamente, de esta desintegración social de donde extrae su vigor. Para alcanzar su fin último de destrucción de la sociedad, el consenso político (utilizaremos siempre el término 'consenso' en un sentido sarcástico) borra de las conciencias la noción de 'bien común', sustituyéndola en teoría por la más utilitarista de 'interés general' (que, en realidad, no es sino lo que interesa al consenso) y en la práctica por una olimpiada de libertades y derechos (en su mayoría puramente retóricos y solo efectivos cuando, además de resultar baratos, facilitan la desintegración social, como ocurre con los derechos de bragueta) que, a la postre, se resumen en una búsqueda del egoísmo personal, sin interferencias externas. Esta 'libertad negativa' (empleamos la expresión en su significado político más elemental, sin intención peyorativa) produce una sociedad desvinculada, obsesionada por la satisfacción de intereses personales, una mera agregación amorfa de individuos que rompen todos los lazos morales e históricos que antaño los ligaban.
Una vez lograda esa agregación amorfa de individuos egoístas, el consenso político introduce en las conciencias una visión movilista del mundo. Se trata de una aplicación de la filosofía hegeliana, según la cual todo lo que existe deviene, se halla en constante fase de mutación; de tal modo que resulta imposible mantener convicciones firmes y estables sobre las cosas. Por supuesto, este devenir siempre se considera benigno, provechoso y fecundo, aunque sea un devenir sin sustancia, sin rumbo y sin término (o precisamente por ello mismo, pues al sistema le interesa que la gente pierda el sentido de la orientación, a la vez que se ensimisma en sus libertades y derechos); y recibe el nombre eufórico de 'progresismo'. Tal devenir exigirá, para realizarse plenamente, que ninguna realidad permanezca inalterada, empezando por la olimpiada de libertades y derechos, que siempre se ampliará a nuevas modalidades, pues los llamados 'derechos humanos' no son un sistema cerrado de principios absolutos (por mucho que algunos ilusos se empeñen irrisoriamente en afirmar que son una plasmación de la ley natural), sino una expresión de esa visión dinámica propia del movilismo.
Pero la sociedad, aunque convertida en agregación amorfa de individuos egoístas que se deja arrastrar por las corrientes del movilismo, suele presentar reductos de resistencia, núcleos minoritarios (¡pero molestísimos!) de gentes antediluvianas que se empeñan en creer que las convicciones pueden ser definitivas. El consenso político, que no tiene otro fin sino el control oligárquico del poder y su reparto por turnos o parcelas entre los diversos negociados de derechas e izquierdas, necesita anular la resistencia de tales indeseables. Para lograrlo, admite en el club (¡y abraza amorosamente, como hijos nutridos en sus pechos que son!) a nuevas facciones políticas dispuestas a echarse al monte, que rinden al 'consenso' dos impagables servicios: por un lado, amedrentan a la gente más impresionable (¡que viene el coco!), que con tal de impedir el acceso al poder de esa facción montaraz cede en sus convicciones (ya nunca más definitivas), votando a quien sabe que no las defiende; por otro, la facción montaraz, al incorporarse al consenso político (como termina haciendo, para disfrutar de sus pitanzas), permite acelerar el devenir.

El consenso se presenta siempre como un recurso salvífico, aunque solo sea una síntesis caprichosa que, a la vez que finge corregir excesos (pero, como bien enseña el movilismo, lo que hoy parece excesivo mañana será normal), consigue que los elementos más refractarios (¡inmovilistas que acceden el meneo!) abandonen sus convicciones y hasta acaben avergonzándose de ellas. Por supuesto, una vez que ha logrado destruir la comunidad de los hombres, el consenso brindará a la masa amorfa, a través de sus negociados de izquierda y derecha, discrepancias menores, para que la demogresca, que es el caldo de cultivo del consenso, no decaiga.

Juan Manuel de Prada en ABC - XL Semanal

viernes, 18 de abril de 2014

LA AMENAZA DE LA EXTREMA IZQUIERDA Y LA COMPLICIDAD DE LOS SOCIALISTAS

La estrategia del caos
IGNACIO CAMACHO en ABC

ESPAÑA no tiene un problema de extrema derecha. La xenofobia no acaba de cuajar por fortuna en una sociedad acostumbrada al fenómeno migratorio y los neonazis, muy escasos, carecen de capacidad operativa. El conservadurismo radical se agrupa en plataformas democráticas o se conforma con foros de internet y algunos predicadores exaltados de medios minoritarios que no alcanzan a organizar nada parecido a un Tea Party con capacidad significativa de influencia. Los fantasmas del ultraderechismo sólo los agita un sedicente sector progresista para tratar de etiquetar con ellos al PP. Fanáticos hay, claro, en un país tan dado a la bipolaridad ideológica, pero su peligrosidad real no va más allá de cierto ruido sectario.

En cambió sí ha surgido en los últimos tiempos un extremismo violento de izquierdas. Al pairo de la crisis y el descontento ciudadano han florecido grupos radicales que defienden, e incluso teorizan, un agresivo activismo callejero de carácter antisistema. Algunos apóstoles del anticapitalismo preconizan la estrategia de la tensión y justifican la violencia revolucionaria. Los grupos de acción directa, brotados como belicosos spins off del movimiento del 15-M, toman la iniciativa en huelgas y manifestaciones buscando el enfrentamiento campal con la Policía para sembrar el caos con tácticas de guerrilla urbana, que en euskera se dice «kale borroka». Se trata de crear un clima de desorden público, acaparar telediarios con inquietantes imágenes de disturbios y provocar el chispazo que encienda un conflicto susceptible de desestabilizar al Estado.

Esta deriva incendiaria, que ha cobrado fuerza a partir de éxitos como el del barrio burgalés de Gamonal, cuenta con el soporte intelectual de ciertos gurús y profetas del «estallido social» que no aceptan la responsabilidad con que la mayoría de la sociedad española está encajando, pese a su decepción con la política, el durísimo tránsito de la crisis. Pero también se beneficia de la pasividad moral de una izquierda institucional temerosa de condenar el vandalismo de choque por razones de tacticismo electoral inmediato y tal vez porque sabe que en el fondo desgasta e intimida a su adversario político. La complicidad puede entenderse en fuerzas radicales que defienden modelos bolivarianos o castristas y muestran clara simpatía por la contestación contra el sistema. Sin embargo en la socialdemocracia y el sindicalismo convencional constituye un error estratégico porque la crecida extremista tiende a ocupar su espacio y aspira a sustituirlo. No es sólo una protesta contra el Gobierno sino una vanguardia de asalto a las bases de la representación democrática.

La primavera va a ser caliente en las calles y algunos líderes de luces cortas creen que pueden obtener beneficio de la alta temperatura ambiental. No recuerdan que ya sufrieron la experiencia en el País Vasco y que la lógica de la violencia es una espiral autoritaria que no reconoce otro límite que el de su propia capacidad de impacto.


Grupos antisistema aglutinan a jóvenes vinculados en el pasado a bandas terroristas
JAVIER PAGOLA / PABLO MUÑOZ en ABC Día 30/03/2014

No se ha detectado por ahora una estructura estable que organice las distintas redes radicales, pero sí contactos para coordinar sus acciones. Grupos antisistema aglutinan a jóvenes vinculados en el pasado a bandas terroristas

Decenas de jóvenes que nutrían las juventudes de organizaciones terroristas como ETA, Grapo o Resistencia Galega se han desplazado ahora hacia los grupos de extrema izquierda que mueven los hilos de graves disturbos como los registrados en Madrid y en otras ciudades de España, con el pretexto de la «indignación» ciudadana. Carecen de un liderazgo claro, pero les unen su «odio visceral» a todo lo que simbolice España y su obsesión por derrocar el sistema democrático, según los informes que maneja la Policía. La prioridad de los investigadores se centra ahora en recabar datos para confirmar que actúan de forma coordinada –la clave para poder acusarles de pertenencia a grupo criminal– y comprobar si eventualmente tienen algún tipo de estructura, no jerárquica, pero sí estable.

Las fuentes consultadas por ABC están convencidas de que los grupos que protagonizan las
algaradas actúan conforme a una estrategia previamente diseñada y concertada entre ellos; es decir, estaríamos ante una red de organizaciones antisistema formalmente autónomas pero que llegan a acuerdos para lograr sus objetivos. Cada una de ellas cuenta con uno o varios líderes, los más radicales y con mayor capacidad de manipulación sobre el resto.

Los expertos en terrorismo callejero han elaborado un perfil de estos profesionales de la agitación: son jóvenes de entre 18 y 30 años, en su mayoría varones. Los hay, en número nada despreciable, menores de edad. No tienen muy bien definida su ideología, pero se vinculan a la extrema izquierda, al independentismo o al anarquismo. El nexo común entre todos ellos es su elevado grado de radicalización, que les lleva a arremeter contra las instituciones democráticas y los símbolos del capitalismo. Como ejemplo de ello, Ernai –organización juvenil de Sortu– declinó participar físicamente en la «marcha de la dignidad» que partió del norte, al considerar que algunos de los grupos que estaban detrás habían dejado en un segundo plano la demanda independentista, en favor del frente obrerista. Sin embargo, mostró su apoyo porque coincidía en el objetivo: derrocar el poder democráticamente constituido por medio de la subversión y asumir que el uso de la violencia está justificado.

En cambio, sí hubo presencia activa del núcleo más duro de la «izquierda abertzale», alineado con posiciones marxistas-leninistas. Este núcleo duro, que se ha quedado «huérfano» de liderazgo tras la decisión de ETA de dejar definitivamente la actividad terrorista, es el impulsor de los brotes de «kale borroka» que han continuado en los últimos meses en el País Vasco. Encuentra en disturbios como los registrados el 22 de marzo en Madrid un campo de batalla idóneo para su estrategia de «trinchera».

En definitiva, según estos informes, los integrantes de las organizaciones juveniles que gravitaban en torno a ETA, Grapo e incluso Resistencia Galega carecen ahora de un liderazgo claro, tras la derrota de sus «comandos» por la Policía. Los Grapo están desmantelados, aunque se mantiene la vigilancia; ETA sigue en fase terminal, y Resistencia Galega, que nunca ha tenido excesiva capacidad operativa, ha recibido importantes golpes policiales en los últimos tiempos.

Además, el brazo armado del PCE (r) y los terroristas gallegos han compartido tradicionalmente cantera en determinados lugares de Galicia, como Vigo. Por ello la «marcha juvenil» procedente de allí ha sido la «más combativa». Preocupa especialmente que con motivo del 22-M fuera desplegada en la plaza de Cibeles una gran pancarta en la que se llamaba a los Grapo a reanudar la «lucha armada».

Así pues, la presión policial sobre estas organizaciones criminales ha hecho que muchos de sus integrantes se hayan desplazado hacia los grupúsculos de extrema izquierda, antisistema y anarcoterroristas, que aislados son prácticamente marginales, pero que coordinados en una estrategia común de desestabilización constituyen una amenaza. Y se han desplazado con los manuales de «guerrilla urbana» en sus mochilas. Son nostálgicos de la «borroka» y mantienen su objetivo prioritario: atacar a las Fuerzas de Seguridad y demás instituciones.

A ellos se suman jóvenes cuyo proceso de radicalización se caracteriza porque carecen de un grupo de socialización de referencia, y encuentran en la «ideología» antisistema una vía para terminar con el ordenamiento democrático, al que culpan de la situación actual –paro, recortes en políticas sociales...–. Según estos informes policiales, una vez señalados los «culpables», los jóvenes no dudan en utilizar la violencia. Encuentran apoyo en personas de cierta proyección social, política o cultural que justifican la violencia como único instrumento que les queda a los «indignados».

Cuando la convocatoria es pacífica, no tienen reparos en infiltrarse en la manifestación, desobedecer las instrucciones de los organizadores y, camuflados entre la multitud, causar incidentes. Para ello, celebran previamente asambleas a las que acuden los elementos «más comprometidos». Es ahí donde calan profundamente en los más exaltados mensajes tales como «a la caza del policía», reforzando así la ideología radical que ya tienen interiorizada estos profesionales del «cóctel molotov».

Se sienten muy cómodos cuando la concentración es numerosa, porque utilizan a la multitud como «escudo humano» para evitar su localización, identificación y arresto. Saben que en esos casos la Policía no interviene y, si no tiene más remedio, lo hará con muchas limitaciones. Los disturbios suelen registrarse cuando ya ha concluido la manifestación, aunque una de las novedades del 22-M fue que comenzaron a atacar cuando aún no había acabado esta. Se sitúan en la cola de la misma para utilizar como parapeto el gentío que tienen por delante. Así, disponen de tiempo suficiente para cometer sus desmanes y replegarse. Los profesionales de la agitación se colocan junto a personas que conocen para evitar la posible vigilancia de agentes de Policía camuflados y es en el seno de este pequeño grupo donde organizan sus desmanes.

Acuden a las marchas con pasamontañas o pañuelos y con material susceptible de ser utilizado como artillería o para provocar incendios. Sin embargo, últimamente lo dejan en algún local de confianza cercano al lugar de los incidentes o se aprovisionan de adoquines que arrancan de las aceras.

El creciente uso de las redes sociales por parte de los agitadores hace muy difícil la prevención de los disturbios. Entre otros motivos, porque los perfiles cambian continuamente.


Algunas violencias se condenan en minúscula
Luis Ventoso en ABC

Partidos y grupúsculos de extrema derecha de toda España han convocado una gran marcha sobre Madrid en contra de los recortes, el paro, la UE y la entrada de inmigrantes. Autobuses de los cuatro puntos cardinales, atestados de manifestantes, acuden a la capital. A bordo viajan radicales de todos los pelajes: neonazis, neofascistas, falangistas nostálgicos, hooligans de los fondos de los estadios… La manifestación resulta multitudinaria. Aunque ha sido convocada por formaciones extremistas, se han sumado miles ciudadanos de a pie, poco politizados, pero descontentos tras la interminable crisis y pasto fácil de la demagogia populista. Los manifestantes desbordan Colón. Un actor famosete, de conocida militancia ultra, arenga a las masas. Entre los marchantes se vislumbra a más artistas. Concluye la protesta y cae la noche. Tras desperdigarse la multitud, varios centenares de neonazis inician una batalla campal. Los encapuchados destrozan con saña nihilista los escaparates y arrancan enormes adoquines de las aceras, que arrojan a los policías tratando de herirlos. En el fragor de la refriega, los ultras acorralan a un grupo de antidisturbios. Los agentes, indefensos en el suelo, son machacados con una violencia más propia de «La naranja mecánica» que del Madrid democrático del siglo XXI. El balance es tercermundista: policías heridos, cincuenta detenidos, fotógrafos apedreados, negocios destrozados.

¿Qué habría pasado si todo lo anterior hubiese ocurrido realmente: huestes de derechas arrasando Madrid? Rubalcaba condenaría solemne «la violencia salvaje de la extrema derecha». Entre grandes aspavientos, Soraya Rodríguez, Centella, Cayo Lara y Tardá instarían a promover con urgencia leyes «contra el auge de la ultraderecha». Valenciano desplegaría su mímica más apasionada. Madina suspiraría melancólico: «La derecha está volviendo este país irrespirable». Las televisiones cuatro, cinco y seis organizarían tertulias de sol a sol sobre el auge del fascismo. Willy Toledo se encadenaría a Cibeles, con Ana y Víctor tocando la bandurria en señal de apoyo. Bosé y Almodóvar escribirían un manifiesto antifascista, que rubricaría toda la inteligencia, de Almudena Grandes a Wyoming, pasando por todos los Bardem, matriarca y nuera incluidas. Las redes sociales arderían. Los ministros, del primero al último, condenarían a los radicales. La Justicia actuaría rauda e inflexible.

Es obligado e imprescindible condenar y perseguir toda violencia de extrema derecha. Pero hoy en España el problema capital no radica ahí, sino en el vandalismo callejero de ultraizquierda. ¿Por qué a la izquierda política y mediática le cuesta tanto renegar de los delincuentes del pasado sábado? Pues porque nuestra democracia todavía es inmadura. Nazismo y fascismo, como no podía ser de otra manera, nos parecen hoy ideologías inadmisibles, pero no así el otro gran totalitarismo criminal del siglo XX, el comunismo. Es inaudito que partidos que forman parte del juego democrático defiendan a estas alturas el sustrato ideológico de Stalin, Pol Pot, los hermanos Castro o el prestigioso estadista Nicolás Maduro. Y es desolador que unas violencias se condenen en mayúscula, y otras, en minúscula.


Totalitarios en el campus
Edurne Uriarte en ABC

Las universidades madrileñas me recuerdan cada vez más los viejos malos tiempos de la Universidad del País Vasco, cuando los proetarras campaban a sus anchas, insultando, amenazando y agrediendo. Lo peor, como siempre, ha ocurrido en la Complutense.

Pero los totalitarios también han actuado en mi universidad, en la Rey Juan Carlos. Entre otros incidentes, una veintena de ellos nos han esperado hoy a mi y a mis alumnos de Sistema Político II a la puerta de nuestra clase, con insultos y amenazas (“Terroristas”, “Fascistas” y “Pim, pam, pum”, han sido algunos de los gritos más repetidos por los energúmenos) Pero, además, los extremistas han destruido la cerradura de esa clase y de todas las adyacentes y nos han impedido la entrada. Por lo que hemos tenido que desplazarnos a otro edificio para localizar otra aula.

No sólo nos han seguido sino que han mantenido los insultos y amenazas en la puerta de la nueva clase. Y hemos podido realizar la clase en su totalidad gracias a la ayuda de los vigilantes de la universidad que nos han protegido hasta el final.

¿Hasta cuándo vamos a consentir estas agresiones en la universidad?

Es necesaria una respuesta política contundente, sobre todo de esa izquierda que aún no ha denunciado a la izquierda radical ni parece muy dispuesta a hacerlo. Es necesaria también la firmeza policial que impida las acciones de los totalitarios y garantice la libertad de los estudiantes y profesores. Pero tan imprescindible como todo lo anterior es una actitud de resistencia democrática por parte de la inmensa mayoría de estudiantes que quiere acudir a la universidad en libertad.

Como la mostrada esta mañana por mis alumnos que han resistido el acoso de los radicales y no han cedido a sus amenazas.






CONTRA EL CONSENSO

Siempre he pensado de este modo, pero creo es preferible leer las palabras de un periodista con mejor capacidad y claridad para exponer esta idea.


Se ha aceptado como un dogma que el consenso es la mejor forma de solucionar los problemas, seguramente como consecuencia de la inclinación que existe en las sociedades avanzadas a orillar los conflictos, a esquivar el enfrentamiento. Esa predisposición, fruto del pensamiento relativista posmoderno, robustece a quienes no creen en el pluralismo. A la postre, son los intransigentes, los sectarios, los fanáticos, quienes utilizan la tolerancia general para allanar el camino a sus propósitos particulares. Si ya de entrada estoy dispuesto a aceptar que mi interlocutor tiene parte de razón y que podremos llegar a un entendimiento, la solución siempre se escorará hacia el otro, por estrafalario que sea su punto de partida.

En Ucrania, Putin está explotando ese boquete por el que se desangra la sociedad occidental. No es casualidad que ayer, en Línea Directa, su programa televisivo que se emite desde los Urales al Pacífico, la palabra que más repitió fuera «diálogo», al tiempo que acusaba a las autoridades de Kiev de anteponer el uso de la fuerza a la palabra. Habría estado bien que el presidente hubiera exhibido ese talante hace cuatro días, antes de invadir y anexionarse Crimea. También eché en falta esa bonhomía con Litvinenko, el opositor envenenado con polonio. Putin se negó a entregar a las autoridades británicas al presunto asesino. O con ocasión del crimen de la periodista Anna Politovskaya, saldado sin culpables. Y más recientemente, cuando firmó de su puño y letra nuevas leyes para perseguir a los homosexuales, a los que ya se priva hasta del derecho a organizar actos públicos.

Desde que empezó la crisis de Ucrania, todas las cadenas rusas, sin excepción, controladas por el Kremlin, aventan el temor a una agresión occidental y a que la población rusófona sea machacada, aun cuando ha sido ésta la que, armada hasta los dientes, ha tomado edificios oficiales, aeropuertos y carreteras. La manipulación ha dado resultado: la mayoría de la opinión pública está con su presidente, el pacificador.

Es en ocasiones así cuando se ve el error de haber sacralizado la idea del consenso o la patraña del hablando se entiende la gente. Ni la virtud está en el término medio ni el consenso es un valor en sí mismo. Hay bienes que no están en almoneda, bienes que deben protegerse siempre. En Ucrania como en España.