domingo, 24 de noviembre de 2013

LA BATALLA DE PAVÍA, GRAN VICTORIA DE LAS TROPAS ESPAÑOLAS

Con el arcabuz en ristre, decenas de balas en el zurrón y la sangre del enemigo sobre sus camisas. Así combatieron los soldados hispanos que, en 1.525 y en las afueras de la ciudad de Pavía, se enfrentaron a la que, por entonces, era la mejor caballería de Europa: la francesa. Aquella jornada, los territorios italianos fueron testigos no sólo de una victoria aplastante del ejército imperial de Carlos I, sino de un cambio de mentalidad, pues se constituyeron las bases de los que, en un futuro, serían los temibles tercios españoles.
El cetro hispano era sujetado entonces por las reales manos de Su Majestad Imperial Carlos I, quien, desde 1519, ostentaba el título deemperador del Sacro Imperio Romano Germánico como Carlos V. Los territorios del soberano se extendían además por media Europa, pues, testamento por aquí, herencia por allá, el rey había logrado aunar bajo su corona a España, parte de Italia, Austria, Alemania y Flandes. Sin duda, un imponente legado para un joven de tan sólo 19 años.
Sin embargo, no todo era jolgorio en el territorio europeo pues, desde tierras galas, se abalanzaban vientos de guerra guiados por el monarca francés Francisco I. Y es que, el coronamiento de Carlos no fue precisamente una alegre noticia para el gabacho, quien, desde hacía años, buscaba para sí el título de emperador. A su vez, tampoco ayudó a mantener la paz entre ambos reinos el que «la France» se viera rodeada casi en su totalidad por los territorios del Sacro Imperio. No había más que hablar. Transpirando envidia, el franco decidió meter su gran nariz en los asuntos militares del país y lanzó a su ejército contra las huestes imperiales.

Huir o morir

Así pues, el calendario marcaba el año 1524 cuando el galo cruzó los Alpes en busca de venganza. Su objetivo: la conquista de Milán y sus territorios limítrofes (una zona conocida también como Milanesado y que, en aquel tiempo, estaba controlada por las tropas de Carlos I). El derramamiento de sangre era seguro entre ambos contingentes. No obstante, y ante tal número de enemigos, las huestes imperiales prefirieron poner pies en polvorosa (una retirada táctica que se dice, o más bien huida) y refugiarse en las fortalezas y ciudades cercanas.
«Las fuerzas imperiales, en inferioridad de condiciones, se replegaron a Lodi, dejando enla ciudad fortificada de Pavía una guarnición de dos mil españoles (la mayoría arcabuceros) y cinco mil alemanes al mando del navarro Antonio de Leyva, un veterano de las campañas del Gran Capitán, que se aprestó para resistir en esa plaza el asalto de los (…) hombres del ejército francés», determinan el periodista Fernando Martínez Laínez y el experto en historia militar José María Sánchez de Toca en su obra «Tercios de España. La infantería legendaria».
A pesar de estar atrincherado en una ciudad fortificada, la situación distaba mucho de ser idónea para Leyva. Y es que, no sólo disponía de un escaso contingente con el que resistir hasta la llegada de refuerzos, sino que la mayoría de sus hombres eran lansquenetes alemanes –mercenarios que no tendrían reparos en abandonar la defensa de Pavía en el caso de no recibir su sueldo periódicamente-.

La bolsa o la vida

Los defensores no tuvieron que esperar mucho para observar los pendones decorados con la flor de lis cortando el horizonte. Concretamente, fue en noviembre cuando Francisco I hizo su aparición frente a la pequeña Pavía con más de 17.000 infantes, una cincuentena de cañones y 6.500 de sus más temibles caballeros acorazados. Pocos días después pusieron sitio a la ciudad y, pólvora en mano, iniciaron un bombardeo constante contra los hombres de Leyva.
Con todo, parece que en aquellas jornadas la suerte estaba del lado de Carlos I, pues ni los soldados ni los proyectiles galos lograron atravesar las murallas hispanas. «Los repetidos ataques a Pavía de las tropas francesas no consiguieron nada salvo acabar con un creciente número de bajas. Además, el mal tiempo y las pésimas condiciones del terreno, cada vez más embarrado, comenzaron a pasar factura entre los sitiadores. Para empeorar las cosas, la artillería comenzó a perder efectividad a causa de la escasez de pólvora, por las dificultades logísticas y la humedad reinante», señalan Juan Vázquez y Lucas Molina en su obra «Grandes batallas de España».
Aquel fue un asedio sangriento en el que los soldados no pidieron cuartel ni clemencia, pues sabían que lo único que obtendrían como respuesta sería una cuchillada. Sin embargo, la valentía y el arrojo de los defensores tenía un límite: el dinero. Y es que, conforme pasaban los días, se acrecentaban las posibilidades de que los lansquenetes, al no recibir sus pagas, se revelaran contra los mandos españoles.  
Ante esta difícil situación, los oficiales hispanos no tuvieron más remedio que recurrir a medidas desesperadas. «En Pavía, los mercenarios (…) comenzaban a sentirse molestos porque no recibían sus pagas. Tras repartir la plata obtenida en las iglesias locales, los comandantes españoles empeñaron sus fortunas personales para pagar a los mercenarios. Viendo la situación, los dos mil arcabuceros españoles decidieron que seguirían defendiendo Pavía aún sin cobrar», señalan Vázquez y Molina.

¿Una ayuda suficiente?

Por otro lado, y mientras Leyva hacía frente a base de arcabuz y pica a un contingente casi cuatro veces superior al suyo, Carlos I organizó a marchas forzadas los refuerzos que acudirían en socorro de Pavía y en escarmiento del francés. Su Majestad Imperial constituyó un ejército de4.000 españoles, 10.000 alemanes, 3.000 italianos, 2.000 jinetes y 16 piezas de artillería. Arma en el brazo y valentía en el zurrón, este ejército partió en enero de ese mismo año hacía Milán bajo el pendón de la Cruz de Borgoña y el águila bicéfala de Carlos I.
Al parecer, el galo no valoró en ningún momento que Leyva o el ejército que venía en su ayuda pudieran hacer frente a su «armée». De hecho, tal era el grado de confianza que tenía en sus soldados, que no abandonó sus posiciones cuando, a principios de febrero, llegó el contingente imperial al mando del marqués de Pescara, Carlos de Lannoy y George von Frundsberg. Fuera por su voluntad inquebrantable, fuera por su orgullo, lo único cierto es que Francisco I se encontró repentinamente entre dos ejércitos: el de la ciudad de Pavía y el enviado por Carlos I –este último en su retaguardia-.
Con todo, la victoria tampoco se planteaba fácil para los imperiales, pues Francisco tenía a sus órdenes un gran número de soldados (aproximadamente 25.000), unos buenos pertrechos y, sobre todo, a miles de los mejores caballeros acorazados de Europa. Unos temibles jinetes que, con la lanza en ristre y con Francia en el corazón, dejaban tras su paso un reguero de muerte y destrucción allí por donde pisaban sus monturas.
Por ello, el galo no lo dudó: se aprestaría a la defensa hasta que el enemigo decidiera atacar. «El monarca francés tenía a su ejército protegido por una doble línea de fortificaciones (una rodeando la ciudad y otra haciendo frente a los imperiales) y decidió esperar el ataque. Sabía que los imperiales andaban escasos de dinero y víveres, y daba por hecho que los sitiados, hambrientos, se rendirían pronto», destacan Laínez y Sánchez de Toca en su obra.

El plan de acción

Así pues, las jornadas fueron pasando entre constantes duelos de artillería hasta el 21 de febrero, día en que los oficiales del ejército de refuerzo decidieron lanzar un ataque contra las líneas francesas. No había otro remedio, pues sabían que, si se limitaban a esperar, sus compañeros en Pavía podían flaquear y rendirse. Únicamente quedaba matar o morir.
Tras profundas deliberaciones, los asaltantes establecieron un curioso plan de ataque. Durante la noche, un contingente imperial abriría una brecha en las defensas francesas con el mayor sigilo posible. A continuación, el grueso del ejército de Pescara pasaría a través de ese hueco y asaltaría la sección norte del campamento galo.
A su vez, se darían órdenes a Leyva para que, desde Pavía, hiciese una salida con sus hombres y se encontrara cerca del campamento francés con las tropas de Pescara para que, de esta forma, los sitiados pudieran recibir munición y alimentos. Finalmente, y como método de distracción, se estableció que varias unidades de arcabuceros iniciarían un intercambio de disparos con tropas galas en otro punto del campo de batalla.

Comienza la batalla

Establecido el plan de acción, ya sólo quedaba llevarlo a la práctica. «La noche del 23 al 24 de febrero, Pescara envió varias compañías de soldados “encamisados” (así llamados por llevar camisas blancas sobre las armaduras que les permitieran reconocerse en los combates nocturnos) para abrir brecha en los muros de las defensas francesas. Por ahí se lanzó el ejército de Pescara», señalan los autores españoles en su obra «Tercios de España. La infantería legendaria».
Una vez tomada la posición y rotas las defensas, una buena parte del ejército imperial se adentró en territorio francés. «Entraron primero 1.400 caballos ligeros y el Marqués del Vasto con 3.000 arcabuceros (2.000 españoles y 1.000 italianos); tras ellos, lo hicieron la caballería imperial apoyada por el resto de los españoles de Pescara y los alemanes que constituían el grueso, finalmente, los italianos con 16 piezas de artillería ligera», destaca Andrés Más Chao en el volumen titulado «La infantería en torno al Siglo de Oro» de la obra conjunta «Historia de la infantería española».
Sin más visión que la oscuridad de la noche, el contingente imperial avanzó a través del terreno francés con el firme objetivo de repartir todas las cuchilladas posibles a los franceses. Sin embargo, y como era de esperar, el plan tuvo un repentino fallo: los galos advirtieron al poco la presencia del ejército de Pescara.
Corrían las 6 de la mañana cuando, alertados por el ruido, los galos tomaron posiciones alrededor de la parte norte de su campamento. De hecho, las sospechas ante un posible ataque imperial inquietaron tanto a los centinelas que enviaron a una unidad de caballería ligera y a un contingente de infantería suiza para reconocer el terreno.
No habían pasado ni unos minutos cuando esta fuerza se encontró con la vanguardia del ejército de Pescara. «Pronto entraron en contacto la caballería ligera francesa con la española, y los piqueros suizos con los (…) alemanes, que les superaban en número. Los suizos consiguieron apoderarse de varios cañones imperiales antes de entrar en contacto con (…) los alemanes, pero pronto comenzaron a ceder terreno. La lucha fue a muerte», añaden Vázquez y Molina.
De esta forma, en plena noche y con una visibilidad nula debido al precario tiempo que castigaba las tierras italianas, se inició la contienda. Espada contra escudo y pica contra armadura, los franceses lograron en un principio acabar con muchos hombres de Pescara pero, finalmente, la tenacidad imperial se terminó imponiendo y, tajo aquí, sablazo allá, los galos acabaron perdiendo ímpetu y cedieron terreno.

La victoria del arcabuz

Mientras la vanguardia sostenía su propio combate, el grueso de la infantería española -seguida además por una unidad de caballería- recibió órdenes de girar y continuar la marcha hacia el campamento francés, pues era de vital importancia tomar esa posición. Sin atisbo de duda, los soldados iniciaron el camino sin saber que, a unos pocos kilómetros, se ubicaba la principal batería de artillería francesa.
No obstante, no tardaron mucho en descubrirlo pues, en cuanto vieron la primera pica, los galos iluminaron el cielo con los fogonazos de sus cañones, cuyas balas cayeron de forma implacable sobre los españoles. «Las mayores bajas imperiales se sucedieron en esta fase, tal vez unas 500, antes de que los veteranos infantes pudiesen ponerse a cubierto entre las desigualdades del terreno», completan los autores de «Grandes batallas de España».
Tal fue el zarpazo de la artillería francesa que Francisco I se decidió a dar el golpe de gracia a los españoles y, tras embutirse en su armadura, dirigió una devastadora carga sobre estos desafortunados enemigos. El ataque fue de tal virulencia que desbarató totalmente a los jinetes pesados de Pescara y desconcertó a la infantería aliada.
La contienda parecía perdida para el bando imperial. Desorganizados y en inferioridad numérica, poco podían hacer los españoles ante aquellos feroces caballeros de armadura completa. Sin embargo, en ese delicado momento una idea cruzó la cabeza de Pescara. A voz en grito, el oficial ordenó a 1.500 de sus arcabuceros retirarse hasta un bosque cercano a toda prisa y, desde allí, descargar todo el plomo y la pólvora posible contra los jinetes. Para sorpresa de los presentes, los disparos no sólo detuvieron la carga enemiga, sino que acabaron con muchos de los caballistas y desmontaron a tantos otros.

El asalto final

A su vez, y durante este momento de incertidumbre, Leyva sorprendió a Francisco I saliendo de Pavía con todos sus hombres y atacando el flanco francés, lo que permitió a los jinetes españoles reagruparse y lanzarse contra los enemigos con una fuerza renovada. En tan solo unos minutos, la batalla había dado un vuelco del lado imperial y, para desgracia de «sa majesté» gabacha, poco podían hacer ya sus tropas por remediar la situación.
Finalmente las tropas imperiales, apoyadas además por los disparos de los arcabuceros, obligaron a los franceses a poner pies en polvorosa. Con los galos huyendo y la línea de batalla enemiga rota, los soldados del bando imperial no tuvieron más que levantar sus brazos en señal de victoria.
«La derrota francesa fue aplastante. Más de 10.000 muertos y 3.000 suizos prisioneros, que fueron puestos en libertad a condición de no volver a combatir contra Carlos V. El rey Francisco I fue capturado después de que un arcabucero le matara el caballo, y sería trasladado cautivo a Madrid. Las pérdidas imperiales no superaron los 500 hombres contando muertos y heridos, entre éstos últimos el propio marqués de Pescara», finalizan Laínez y Sánchez de Toca.

lunes, 18 de noviembre de 2013

CASTELNUOVO, LOS TERCIOS ESPAÑOLES RESISTEN EL AVANCE TURCO DE BARBARROJA

Eran apenas 3.000, pero tuvieron en jaque a todo el ejército turco. Por desgracia, el de Castelnuovo no es un episodio que narre una victoria española, pero, por el contrario, si habla de valentía y heroísmo en el campo de batalla. Y es que, en 1.539 y a miles de kilómetros de España -en la actual Herceg Novi (Montenegro)-, un tercio comandado por Francisco de Sarmiento resistió hasta la muerte el asedio de nada menos que 50.000 turcos durante varios días. Aquella jornada, aunque combatir no sirvió para vencer, si permitió iniciar una leyenda que perdura hasta nuestros días.

Sentaba entonces sus reales posaderas en el trono español Carlos I (V del Sacro Imperio Romano Germánico). No pasaba por una buena época la cristiandad, que veía que las aguas del Mediterráneo escapaban a su control por culpa de un turco, el sultán Solimán, quien –junto al conocido pirata y almirante otomano Barbarroja- se había convertido en un molesto inconveniente para media Europa.

Por ello, y debido a las bofetadas constantes del turco por tierra y mar, no pasó mucho tiempo hasta que la cristiandad decidió formar la Santa Liga, una alianza militar mediante la que Carlos I, Venecia, Austria y el papado pretendían devolver a Barbarroja los espadazos que, durante meses, les había dado con su flota. Era el momento de atacar y derramar sangre en contra del Islam.

La Liga al ataque
Corría el año 1.538 cuando al fin, y con el pendón de la Santa Liga hondeando al viento del Mediterráneo, la alianza cristiana pasó a la acción y dirigió sus picas y arcabuces hacia Montenegro. En este territorio, perdido de la mano de Su Majestad Imperial, se ubicaba en la costa una fortaleza –la de Castelnuovo- protegida por una pequeña división turca que, a priori, nada podría hacer ante el poderío de la flota formada por españoles y venecianos.

«(La Santa Liga) se dirigió a Castelnuovo, en el golfo de Cattaro, con el propósito de hacer un desembarco y constituir allí un núcleo de fuerzas que extendiera en aquellas costas el predominio cristiano. El 24 de octubre arribaron a la boca del golfo (…) a 18 millas de Ragusa», explica el historiador Francisco de Laiglesia en su obra «Estudios históricos (1.515-1.555)».

Sabedores de que contaban con superioridad numérica, los aliados se limitaron a bombardear durante horas -desde tierra y galera- las murallas del castillo de Castelnuovo con su artillería. A su vez, pusieron cerco a la fortaleza y bloquearon la entrada a la plaza fuerte para evitar la entrada de víveres. Finalmente, parece que los turcos decidieron no morir por su país pues, al poco tiempo, rindieron la cimitarra a la Santa Alianza.

Sarmiento gobierna Castelnuovo
Con la fortaleza en poder cristiano, a la Santa Liga ya sólo le quedaba dirimir que nación pondría su insignia en las murallas. Esta tarea, como era de esperar, sembró la controversia entre los aliados. Sin embargo, y a pesar de que los venecianos reclamaron para sí la plaza en primer lugar, fueron finalmente los españoles los que tomaron posesión del castillo.

Así pues, los oficiales de Su Majestad Imperial recibieron el honor de quedarse con el lugar, pero también el deber de defenderlo ante el turco (una peligrosa misión pues, entre otras cosas, se hacía casi imposible recibir refuerzos y víveres rápidamente en aquel olvidado paraje del mundo). «(Al final) tomaron posesión de (Castelnuovo) el maestre de campo Francisco Sarmiento (…) y 2.500 españoles, soldados viejos de Lombardía. (…) Además de las fuerzas regulares españolas quedaron también 80 infantes albaneses y 25 jinetes», completa el experto en su obra.

Una vez establecida la guarnición que defendería la plaza, el resto de los soldados de la Santa Liga embarcaron en sus navíos y dejaron tras de sí, y a su suerte, a más de 2.500 de los mejores soldados de los que España disponía -3.000 según el periodista y experto en historia de España Fernando Martínez Laínez-. No lo sabían, pero sería la última vez que verían con vida a aquellos veteranos de los tercios.

Solo y con la responsabilidad de gobernar, Sarmiento recibió una carta en la que se detallaba pormenorizadamente la labor que debía acometer: «Primeramente el dicho maestre de campo (…) ha de hordenar y procurar, quel amistad y buena hermandad, que agora se tiene con los súbditos de (…) la Señoría de Venecia se conserve y aumente. Otrora se ha de procurar (…) buena amistad con los pueblos y gente principal de los cristianos moriacos (…) dando a entender a todos la potencia y benignidad de S.M y de la Santa Liga. Otrosi (…), y en caso que se tenga aviso cierto, si cerca deste lugar hay alguna banda de turcos, y pareciendo que se les puede dar alguna buena mano o encamiçada, y hazer buena presa de ellos ó de sus haziendas y ganados, podrá permitir el dicho maestre de campo que para tal caso puedan salir hasta myil hombres».

Barbarroja se arma
Sin embargo, y mientras los españoles ultimaban los pormenores del gobierno de Castelnuovo, los turcos preparaban sus sables para cobrarse la venganza por la toma de una plaza que, hasta hacía unos meses, estaba en su poder. Así, el calendario marcaba el año 1.539 cuando el conocido pirata y almirante otomano Barbarroja recibió órdenes de izar velas y partir con sus hombres hacia Montenegro.

«La resolución de Solimán de recuperar Castelnuovo como testimonio de su predominio en el Archipiélago Jónico, tuvo inmediata ejecución al comenzar la primavera de 1.539. Barbarroja reunió 200 velas, 150 galeras reales, bien armadas y provistas, y 70 galeotas, fustas y bergantines. Las fuerzas (que reunió) fueron 10.000 turcos y 4.000 jenízaros en la armada, y 30.000 hombres, con la caballería correspondiente», destaca el experto en su texto. Tan sólo unos meses después, las primeras naves se divisaron desde la fortaleza de Castelnuovo.

La suerte estaba echada para los hombres de Sarmiento quienes, sitiados y sin posibilidad de recibir refuerzos, iniciaron los preparativos para defenderse de aquel gran ejército que llamaba a sus puertas. De esta forma, sin nada más en su zurrón que la firme determinación de resistir lo suficiente como para llevarse al máximo número de enemigos a la tumba, los soldados de los tercios afilaron sus armas y limpiaron sus arcabuces dispuestos a librar su última contienda.

Las huestes de Barbarroja pisaron tierra a mediados de julio, aunque en escasa cantidad. Concretamente, desembarcaron unos pocos cientos de turcos con órdenes de reconocer el terreno. Sin embargo, los enemigos no llegaron a terminar su misión pues, haciendo acopio de toda su veteranía, los españoles les devolvieron al mar a base de pica, daga y arcabuz. La primera ofensiva se tradujo así en victoria para los tercios.

Pero la situación cambió rápidamente a los pocos días cuando Barbarroja ordenó bajar de los buques a sus más de 50.000 hombres. Ante la visión de un ejército de tales dimensiones, los españoles decidieron retirarse de los alrededores y establecerse en la fortaleza de Castelnuovo. Serían derrotados, pero venderían caro el resultado de la batalla. Por su parte, los otomanos dispusieron varias piezas de artillería en las colinas cercanas al castillo e iniciaron un bombardeo constante contra los hombres de Sarmiento los cuales, según Laiglesia, recibieron desde entonces varios centenares de balas de unas 100 libras (aproximadamente 45 Kg.).

A lo largo de varias jornadas, los hombres de Sarmiento demostraron su habilidad empuñando armas, pues resistieron, tajo aquí, sablazo allá, todos los intentos otomanos de hacerse con la fortaleza. Por ello, Barbarroja decidió ofrecer una salida honrosa los soldados de los Tercios al considerar que habían combatido con un valor que quedaría rubricado en las páginas de la Historia.

«El Berlebey de la romería, capitán del ejército, escribió a Sarmiento pidiéndole que se rindiese y dejase la tierra a su señor, quien le daría naves para pasar a Apulia con todo lo suyo y sin ningún daño», determina Laiglesia en su obra. En cambio, parece que la oferta no gustó demasiado en la pequeña e irreductible fortaleza, pues Sarmiento, tras reunirse con sus capitanes, envió a un emisario con el siguiente mensaje para Barbarroja: «Quel no se pensaba rendir por cosa alguna; antes pensaba morir con toda la gente defiendo la tierra».

El contenido de la respuesta de Sarmiento se ha ido diluyendo a lo largo de los años pues, a su vez, existe otra versión de la conversación apoyada por escritores y expertos como la que recogen Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca en el libro «Tercios de España. La infantería legendaria»: «Los turcos ofrecieron a la guarnición una rendición honrosa, pero los sitiados les desafiaron a “venir cuando quisiesen”». Sea como fuere, lo único cierto es que aquellos soldados le dieron al pirata con el portalón en sus narices turcas.

La meteorología, en contra
Poco más tuvo que decir Barbarroja, y es que, ante la negativa de rendición, ya sólo esperaba la muerte al tercio de Sarmiento. En los días siguientes se acrecentaron las escaramuzas entre los turcos y los españoles -condenados pero todavía vivos, coleando, y con capacidad para atizar más de un arcabuzazo a sus asaltantes-.

De hecho, bien demostraron los defensores su habilidad en las pequeñas contiendas posteriores pues provocaron cientos de víctimas en el ejército otomano. Tan graves fueron los reveses, que el líder enemigo prohibió combatir cara a cara contra los cristianos hasta nueva orden. Y es que Barbarroja sabía que, si tenía paciencia, su poderosa artillería acabaría minando la moral y las vidas de los de Sarmiento.

Así pues, los turcos se limitaron, en el comienzo de comienzos de agosto, a ahorrar fuerzas y lanzar toda la munición posible sobre el castillo. A su vez, y como las desgracias siempre vienen acompañadas de sus ídem, la meteorología se puso en contra de los españoles al cargar contra ellos con el peor enemigo de la pólvora: la lluvia. Esta, convirtió los letales arcabuces en herramientas casi inservibles.

A sabiendas de la situación en la que se encontraban ya los de Sarmiento, Barbarroja ordenó, en la mañana del 7 de agosto, atacar la fortaleza y a sus últimos 600 defensores. Aquellos hombres eran lo único que quedaba de esos 2.500 valerosos españoles que, a miles de kilómetros de España, estaban dando sus vidas por un país que los había abandonado.

Hasta la muerte
En aquel asalto final, los restos del tercio resistieron espada y pica en mano hasta la extenuación. Sin embargo, la superioridad numérica terminó abrumando a los defensores y les obligó a retroceder y abandonar las defensas de las almenas. Pero lo peor estaba aún por llegar pues, durante un combate frenético, el líder que había mantenido con vida las esperanzas españolas -Sarmiento- fue herido en una de sus piernas primero y, posteriormente, asesinado por los turcos.

Ya sin expectativas, los capitanes y soldados españoles restantes fueron cayendo uno tras otro, siempre con sus armas en la mano, frente a una ingente cantidad de enemigos. Finalmente, la crónica de aquella matanza anunciada había tocado a su fin. Los que no fueron asesinados fueron condenados a galeras.

Una vez terminada la contienda, con los soldados de Barbarroja recuperando aún el resuello, los turcos tuvieron que llevar a cabo la desagradable tarea de detallar las bajas sufridas. Los números, como no podía ser de otra forma, les dejaron perplejos, pues contaron entre 12.000 y 20.000 muertos.

Habían acabado con un tercio español, pero también habían iniciado una leyenda que ha llegado hasta nuestros días. «La gesta impresionó a toda Europa y el hecho heroico fue cantado por muchos poetas de aquel tiempo, aunque hoy día pocos españoles (amnésicos de su propia historia) lo recuerden», determinan, por su parte, Laínez y Sánchez de Toca.

domingo, 17 de noviembre de 2013

ESPANYA ENS ROBA, PERO PAGA LA POLICÍA AUTÓNOMA, EL EJÉRCITO DE LOS MOSSOS

El España nos roba se ha convertido casi en el lema, en el artículo uno de la Biblia de aquellos que quieren romper con España y apostar por la independencia de Cataluña. Y no son pocos los que, en esta línea, defienden que la actual policía autonómica, los Mossos d'Esquadra, serían el germen de un futuro ejército catalán.

Pero también hay quien recuerda cómo se financian los Mossos, quién es el "jefe económico" de los policías autonómicos. La gestión corresponde al Gobierno de Cataluña y, por extensión, a su consejero de Interior, Ramon Espadaler, pero el sueldo, lo que cobran todos y cada uno de estos policías, corresponde al Ministerio del Interior. Y así año tras año, con la excepción de 2005, en que se saldó con una transferencia del Estado a la comunidad autónoma por valor de 523 millones de euros.

Salvo este salto temporal, año tras año es el Ministerio del Interior quien corre con los gastos de personal de la policía autonómica. Así, según el convenio entre el Gobierno central y el autonómico, el Ministerio del Interior subvenciona el funcionamiento de la policía autonómica con casi 40.000 euros al año por cada uno de los mossos.

Este acuerdo, recogido en el Boletín Oficial del Estado, se basa en la Constitución: "Que el artículo 149.1.29 de la Constitución dispone que el Estado tiene competencia exclusiva en materia de seguridad pública, sin perjuicio de la posibilidad de creación de policías por las Comunidades Autónomas en la forma en que se establezca en los estatutos".

De esta forma, se desglosa el "importe en euros por policía". La cantidad aportada por el Ministerio del Interior supone 40.000 euros por cada agente. ¿Con esto se cubre el sueldo íntegro de un agente de la policía autonómica? Pues en la mayoría de los casos, sí. La Policía autonómica catalana está formada por casi 18.000 agentes. En la categoría más baja, la de "mosso 1", el sueldo anual está por debajo de la cantidad aportada por el Ministerio del Interior. Lo mismo ocurre con los niveles de "mosso 2" y de "mosso 3", todos inferiores a los 40.000 euros anuales. En esos niveles es donde se aglutina el mayor número de agentes de la Policía catalana.

Es decir, con la partida destinada desde el Ministerio del Interior se cubre anualmente el sueldo de la gran mayoría de los mossos. El máximo nivel, el de "Major" y los "comisarios", en sus diferentes escalas, están situados por encima del doble que estos agentes; entre los 80.000 y los 90.000 euros.

Las estimaciones globales suponen un pago de 40.000 euros al año por cada uno de los 18.000 agentes. Esto supone un gasto anual directo que supera los 620 millones de euros. Cierto es, como explican responsables del Ministerio del Interior, que el despliegue de los Mossos supone ciertamente una rebaja considerable de la presencia de Policía Nacional y de Guardia Civil en Cataluña.

De hecho, los Mossos tienen plenamente asumidas las competencias en seguridad ciudadana en toda Cataluña. Se entiende que, como la responsabilidad de la seguridad es estatal, el gasto debe ser directo desde el Ejecutivo. Lo que quizá no se recordaba tanto es que el gasto directo de los Mossos lo asumía el Ministerio del Interior. La cuantía que supere los 40.000 euros por agente es abonada como complemento por el Ejecutivo catalán.

En el caso vasco, la aplicación es diferente, aunque el resultado es similar. Lo que el Estado debe pagar por el mantenimiento de la seguridad pública en la comunidad vasca a través de la Ertzaintza está ya descontado del cupo negociado con el Gobierno. Aunque en este caso el coste también corre a cargo del Estado, el Ministerio del Interior no debe hacer pago directo a nadie.

CATALUÑA FALSIFICA SU HISTORIA. 10 GRANDES MENTIRAS

Javier Barraycoa (Barcelona, 1963) vuelve a desmontar los mitos nacionalistas en su libro «Cataluña Hispana» (LibrosLibres) del que se transcribe un extracto

1- Existe un sustrato étnico catalán

Catalanistas como Prat de la Riba o el historiador Ferran Soldevila, insistían en un sustrato ibérico que compondría el fundamento étnico del pueblo catalán. Pero el historiador Vicens Vives afirma en su «Noticia de Catalunya», publicado en catalán durante el franquismo: «Somos fruto de diversas levaduras y una buena parte del país pertenece a una biología y a una cultura de mestizaje. No remontándonos más allá de la época carolingia sabemos que el núcleo de nuestra población campesina la formaban los «homines undenque vinientes», es decir, «los hombres que venían de cualquier parte».

2-El mal de Cataluña es el centralismo madrileño

Barcelona fue una de las sedes de la Corte de los Reyes Católicos o la ciudad de España donde más cómodo se sintió Carlos I. En ella recibió el título de Emperador. El Arzobispado de Tarragona obtuvo el título de Primado de las Españas y aún lo mantiene compartido con el Primado de Toledo. La construcción de un Estado jacobino en el siglo XIX impidió que el Estado español se forjara al estilo francés. La ausencia de una administración fuerte permitió que Cataluña dedicara sus esfuerzos a enriquecerse e intentar liderar el Gobierno español.

3- Cataluña fue una «nación» gracias a la negativa de Borrell II de rendir pleitesía al rey franco Hugo Capeto

El imperio Carolingio se desmoronaba y le costaba mantener su influencia sobre los Condes de Barcelona. Sin embargo, el Conde Borrell II no proclamó la independencia sino que se sometió en vasallaje al Califato de Córdoba, regido por Alhaquem. Su sucesor, Almanzor, arrasó media Península y de paso Barcelona. Borrell II, atemorizado, pidió ayuda a Hugo Capeto. Debían encontrarse ambos personajes para que Borrell II le rindiera vasallaje, pero ese encuentro nunca se produjo. Los nacionalistas interpretan que aquello fue un acto de independencia. Pero nadie sabe lo que pasó. Los Condes catalanes no tuvieron reparo en casar su descendencia con la aristocracia y la realeza castellana.

4- La Generalitat es originalmente catalana

La Generalitat fue una institución provisional de la Corona de Aragón, instituida en las Cortes de Monzón en 1289. En el Palacio de la Generalitat se puede ver una placa que anuncia que se fundó en Cervera en 1359. Este desfase en el tiempo se refiere a unos acuerdos sobre la composición (provisional) de la Generalitat, concebida como mero órgano recaudador de impuestos. La constitución política de la Generalitat se debe al primer Trastámara que ocupó la Corona de Aragón: Fernando I. Los Trastámara llegaron a ser algo en el Reino de Castilla gracias a los apoyos de Pedro IV de Aragón.

5- Cataluña ha tenido una espiritualidad diferente

El centro espiritual de Cataluña rara vez fue independiente. Gracias a los Reyes Católicos, Montserrat pasó a depender del Monasterio de San Benito el Real de Valladolid, llegando a florecer como nunca. Durante cuatro siglos, hasta las persecuciones del siglo XIX, Montserrat estuvo llevada por mayoritariamente por monjes castellanos. El más famoso fue García Ximénez de Cisneros (hermano del famoso Cardenal) que ahí redactó «El exercitatorio de la vida espiritual».

6- Los catalanes no participaron en la Conquista y el «genocidio» americano

Algunos nacionalistas se empeñan en que sólo gracias a los catalanes se pudo iniciar la conquista de América; otros se quejan de que no se dejó participar a los catalanes. Cataluña participó, a su ritmo, en la conquista de América. Desde el batallón de voluntarios catalanes que participaron en el descubrimiento de California, al Tercio de Miñones catalanes que defendió Buenos Aires del intento de invasión inglesa, hay miles de ejemplos.

7- «Nación» catalana nada tiene que ver con «nación» española

En los dietarios de la ciudad de Barcelona, se recogía en 1492 las celebraciones «más grandes jamás vistas» con motivo de la toma de Granada, en la que participaron numerosos catalanes. En la sublevación de las Alpujarras miles de catalanes participaron en su sofoco. De ellos Don Juan de Austria dijo que eran «los súbditos más leales del Rey de España». La participación catalana fue clave en la Batalla de Lepanto o en el dominio hispano del Mediterráneo. De los 400 primeros legionarios de Millán Astray, 200 provenían de Barcelona; en 1909, Alfonso XIII pidió varias letras para el himno de España al catalán Eduardo Marquina; durante la Guerra de Melilla en 1893, en la que participaron muchos voluntarios catalanes, hubo en Cataluña fervor españolista.

8- Castilla oprimió la lengua catalana y el nacionalismo la salvó

La mayoría de disposiciones legales contra el catalán emanaron de miembros de la masonería. Para ellos el castellano debía ser la lengua modernizadora a imagen del francés que había liquidado buena parte las lenguas que se hablaban en Francia. La lista es inequívoca: el Conde de Aranda, el Conde de Floridablanca, Manuel Godoy, Manuel José Quintana, Mendizábal, Claudio Moyano, OŽDonell, Sagasta o Romanones. No fue Castilla, sino una elite ilustrada, liberal y de izquierdas la que fue generando leyes y decretos para minimizar las otras lenguas españolas. Por el contrario, el falso «renacimiento» del catalán, se logró con la práctica «invención» de una gramática a manos de Pompeyo Fabra.

9- Companys fue un modelo para todos los catalanistas

La memoria histórica de Companys se ha salvado por su trágica muerte que le convirtió en un mártir para los catalanistas. Sin embargo, fue uno de los personajes (en vida) más odiado por los catalanistas más radicales. Un diputado de ERC, durante la II República, Puig y Ferreter, lo define así: «Companys era pequeño, voluble, caprichoso, inseguro y fluctuante, sin ningún pensamiento político, intrigante y sobornador, con pequeños egoísmos de vanidoso y sin escrúpulos para ascender». Otro diputado de ERC, Joan Solé Pla, lo describía así: «Es un enfermo mental, un anormal excitable y con depresiones cíclicas; tiene fobias violentas de envidia y de grandeza violenta». En 1917, al ser elegido concejal por Barcelona, del Partido Radical, Companys obligó al catalanista Carrasco y Formiguera, también elegido concejal a gritar un «Viva España».

10- El fin del catalanismo radical ha sido siempre la independencia

En el primer número de «Alerta», órgano del grupo terrorista Terra Lliure, se dejaba claro que la independencia no era un fin en sí misma, sino un instrumento para construir un Estado socialista. La caída del muro de Berlín borró de un plumazo este hito socialista y la independencia dejó de ser un medio para convertirse en un fin.



LA BATALLA DE LEPANTO, OTROS HÉROES OLVIDADOS

Con arcabuz, espada, y el arrojo típico de un militar venido de la Península Ibérica. Así combatieron los soldados españoles que, un siete de octubre de 1571, derramaron su sangre sobre la cubierta de decenas de buques para detener, en el golfo de Lepanto, las pretensiones expansionistas turcas.

No obstante, lo que no sabían todos aquellos soldados es que no sólo habían aplastado a la gran flota otomana que amenazaba el Mediterráneo, sino que también se habían ganado, a base de cañonazo y mandoble, un hueco en los libros de historia. Así, después de que se disipara el humo de las piezas de artillería, el mar quedó como testigo de una de las mayores victorias navales españolas.

Piratería y esclavitud, la antesala de Lepanto

Para llegar hasta esta gran victoria es necesario viajar unos años atrás, un tiempo en el que la sangre manchaba casi a diario las costas mediterráneas. «Cuesta creer hoy día que las tranquilas aguas del mar Mediterráneo fueran en otro tiempo escenario de asedios, batallas y guerras, y que miles de personas sufrieran el drama del cautiverio y la esclavitud. Y sin embargo, así fue», determina en declaraciones el periodista y experto en historia militar española Miguel Renuncio.

«A mediados del siglo XVI, dos potencias se disputaban el control del Mare Nostrum: España (dueña de Sicilia, Cerdeña y Nápoles) y el Imperio Otomano (cuyos dominios se extendían desde los Balcanes hasta Egipto). Los intereses contrapuestos de Madrid y Estambul habían desembocado en una guerra continua, que se englobaba en el esfuerzo general de los estados cristianos europeos por frenar el imparable avance turco», añade el experto.

A su vez, los españoles encontraron en esta época a unos fuertes enemigos en los piratas, que saqueaban sin piedad decenas de ciudades cristianas. «Mientras las tropas del sultán Solimán I conquistaban Hungría y llegaban incluso a asediar Viena, los estados berberiscos del norte de África (vasallos del Imperio Otomano) vivían de la piratería saqueando los puertos de España e Italia y asaltando sus barcos en alta mar. En definitiva, la situación llegó a ser tan crítica que se esperaba que, tarde o temprano, los turcos intentarían invadir Italia», señala Renuncio.

En este clima de tensión, los turcos pusieron, unos pocos años después, la guinda a este conjunto de afrentas contra los cristianos. «En mayo de 1565, la armada otomana llegó a las costas de Malta e inició el asedio a la isla, defendida por los caballeros de la Orden de San Juan u Orden de Malta. El asedio fue durísimo y se luchó palmo a palmo», determina el periodista. Por suerte, este gran ataque fue detenido por los miles de soldados que envió España para socorrer a los sitiados, pues en la Península Ibérica se conocía la importancia estratégica de este territorio, como bien explica Renuncio: «De haber caído en manos del Imperio Otomano, Malta se hubiera convertido en el trampolín perfecto para asaltar Italia».

La gota que colmó la paciencia cristiana

Sin embargo, lo que finalmente hizo entrar en cólera a los cristianos fueron las exigencias planteadas por el nuevo sultán Solimán I (quien sucedió en el trono de Estambul a su padre). Concretamente, en 1570 el nuevo mandatario pidió la entrega de Chipre –contraria a los turcos- a su imperio.

Los cristianos consideraron esta petición como la gota que colmó el vaso. «En previsión de un
ataque a la isla, el papa Pío V solicitó a España y Venecia la creación de una alianza militar con los Estados Pontificios con el objetivo de frenar la expansión otomana en el Mediterráneo», determina Renuncio.

De esta forma, y aunque fue dificultoso por la diversidad de opiniones entre ambos países, Pío V terminó «convenciendo» a ambos imperios para frenar la expansión del Islam en Europa. «En mayo de 1571, Madrid, Venecia y Roma crearon la Santa Liga (la alianza deseada por Pío V)», explica el experto, que añade además que hubiera sido imposible derrotar a la inmensa flota turca si no hubiera sido aunando fuerzas.

Esto no detuvo a los turcos que, de forma osada y sin temor a las consecuencias, iniciaron el asedio a Chipre. Ante esta afrenta, la flota de la nueva y flamante «Santa Liga» decidió iniciar los preparativos para acabar de una vez por todas con sus enemigos del este. «Aunque el ejército otomano había acabado ya con el último reducto de la resistencia veneciana en Chipre (Famagusta), se decidió buscar y destruir la armada del sultán, dirigida por Alí Pachá o Alí Bajá», completa el periodista.

Preparando la guerra

Para hacer frente al islam, la «Santa Liga» juntó una de las mayores flotas que han surcado los mares a través de la historia. «Contaban con 228 galeras, 6 galeazas, 26 naves y 76 menores. (234 de ellas de combate)», explica el Capitán de navío José María Blanco Núñez, Asesor del Instituto de Historia y Cultura Naval. «Por su parte, los turcos contaban con 210 galeras, 42 galeotas y 21 fustas (252 de combate)», completa el militar.

A su vez, y además del número de buques, la «Santa Liga» tenía a su favor la tecnología, pues sus tropas contaban con multitud de arcabuceros. Estos, partían con ventaja con respecto a los arqueros otomanos, ya que la pólvora tenía más alcance y causaba más daño que las flechas, las cuales solían rebotar contra las gruesas corazas cristianas. «Además, entre las tropas de la Santa Liga destacaban los famosos Tercios españoles. Felipe II había ordenado el embarque de unas 40 compañías procedentes de cuatro Tercios distintos, mandados por Lope de Figueroa, Pedro de Padilla, Diego Enríquez y Miguel de Moncada», determina por su parte Renuncio.

A pesar de todo, el número de combatientes no era muy desigual, según completa el periodista: «En total, la Santa Liga sumaba unos 90.000 hombres, entre soldados, marineros y remeros. En cuanto a la armada del Imperio Otomano, el número de hombres era muy similar, y entre sus soldados sobresalían los temidos jenízaros (cristianos que, tras ser capturados de pequeños, se convertían al islam y eran educados para la guerra)».

Una curiosa forma de batallar

Que la cantidad de soldados fuera similar era muy significativo, pues, en el SXVI, un combate naval no era como el que nos vende ahora la factoría Hollywood. «Los barcos actuaban como plataformas para el combate. Por aquellos años, la galera, el buque más utilizado, era una embarcación larga y estrecha, provista de una o dos enormes velas latinas. Sus dimensiones rondaban los 40 metros de eslora y los cinco de manga, y apenas levantaba un metro del nivel del mar. La artillería estaba formada, casi exclusivamente, por tres o cinco cañones fijos situados en la proa. Por lo tanto, se trataba de un barco cuya función principal consistía en servir de plataforma para la lucha cuerpo a cuerpo», añade el experto.

El uso de las Galeazas fue determinante para los cristianos

De hecho, y según comenta Renuncio, los cañones de las galeras –que se encontraban ubicados en proa y popa- no servían tanto para atacar desde cierta distancia a sus enemigos como para acabar con los soldados enemigos cuando se entablaba el combate cuerpo a cuerpo. Así, lo más usual era que una embarcación embistiera a otra, ambas dispararan entonces su artillería, y la infantería entrara entonces en la lucha.

Sin embargo, para suplir esta escasa cadencia de fuego, Venecia también aportó su granito de arena a la «Santa Liga» con uno de sus más novedosos proyectos. «La galeaza era una auténtica fortaleza flotante. Se trataba de un invento veneciano, consistente en una galera de mayores dimensiones y, sobre todo, dotada de una artillería mucho más potente, con cañones móviles situados en las bandas. No obstante, estas naves eran difíciles de mover, por lo que muchas veces tenían que ser remolcadas», finaliza el periodista español.

Posiciones para el combate

Así, con las tropas preparadas para asestar el golpe definitivo a los turcos, la flota de la «Santa Liga» partió hacia Grecia. El grupo, formado en su mayoría por buques españoles, estaba dirigido de manera general por Don Juan de Austria. No obstante, cada nación aportó además un capitán para su facción. Tan sólo unos pocos días después de partir, el 7 de octubre, ambas armadas se encontraron cerca del Golfo de Lepanto dando lugar a lo que sería una de las batallas más sangrientas de la historia.


Durante la mañana, y con la extraña calma que suele preceder a la amarga batalla, ambas escuadras finalizaron su despliegue. En el bando español el centro estaba regido por «La Real», la nave de Don Juan de Austria. En el flanco izquierdo, se situaba amenazante el veneciano Agostino Barbarigo, a quién se le dieron órdenes de impedir que el enemigo les envolviera. Finalmente, el ala derecha estuvo regida por Juan Andrea Doria, genovés al servicio de España,

«Por último, el español Álvaro de Bazán tenía bajo su responsabilidad las galeras de la reserva, que debían socorrer un frente u otro en función de cómo se fuera desarrollando el combate», finaliza Renuncio. Sin embargo, lo que ninguno de los líderes sabía era que, en una de las galeras cristianas se hallaba, espada en mano, un joven literato que no superaba los 24 años: Miguel de Cervantes.

Frente a la armada de la «Santa Liga» se situaba desafiante la imponente flota turca. En el centro de la misma, a bordo de «La Sultana» se hallaba el terror de los cristianos: Alí Pachá. A su derecha, frente a Barbarigo, estaban ubicadas las fuerzas de Scirocco, bey de Alejandría. Finalmente, y para hacer frente a Andrea Doria, el líder turco seleccionó a Uluch Alí, bey de Argel.

Comienza la batalla

No cabía más espera. Después de que se arbolaran los crucifijos y estandartes y los sacerdotes absolvieran a los soldados por si morían en combate, los remeros comenzaron a sacar las palas. Desde «La Real», un grito, el de don Juan de Austria, ahuyentó el miedo de los marinos: «Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone».

Con celeridad, las naves turcas, como movidas por una única fuerza, comenzaron su avance inexorable hacia los buques de la «Santa Liga». Por suerte, los cristianos habían decidido que las galeazas, las fortalezas flotantes venecianas, se situaran por delante de la flota aliada para hacer blanco sobre los otomanos. El plan funcionó a la perfección pues, con un gran estruendo, estos navíos abrieron fuego con sus innumerables cañones sobre las tropas de Alí Pachá, mandando al fondo del mar a varias de sus galeras.

La fuerte acometida cogió por sorpresa a los otomanos, que se vieron obligados a romper su formación y tratar de acortar lo más velozmente la distancia que les separaba de los buques cristianos. No les quedaba más remedio, pues la potencia de fuego de las galeazas podía ser mortal para sus aspiraciones de conquista.

Una vez superada la primera línea de galeazas cristianas, comenzó la verdadera batalla. «Tras esto, las galeras de ambos bandos se trabaron unas con otras, barriendo al enemigo con el fuego de sus cañones, embistiéndose con sus espolones y lanzando a sus hombres al abordaje», determina Renuncio.

Pronto, y casi dirigidas por una fuerza extraña, «La Sultana» y «La Real» chocaron y se enzarzaron en un fiero combate cuerpo a cuerpo que se cobraría la vida de cientos de soldados. «Los hombres de ambas naves iniciaron una lucha sin cuartel, en la que “La Real” y “La Sultana” fueron socorridas por otras galeras, que hacían pasar a sus soldados a bordo de las dos capitanas» explica el experto. Ambas flotas sabían que no podían permitirse el lujo de perder sus buques de mando, pues sería algo nefasto para la moral de sus respectivas flotas.

Problemas iniciales

Mientras, en el flanco izquierdo cristiano, Barbarigo vivió momento de tensión cuando las tropas de Sirocco se introdujeron en un hueco dejado por las tropas del veneciano. Este, vio en unos instantes como su nave era asediada por media docena de buques enemigos. La lucha fue tan cruenta que, finalmente, el cristiano murió cuando el disparo de un arquero turco le acertó en un ojo. A pesar de todo, y con la ayuda de varias galeras que fueron a socorrer a su líder fallecido, se logró resistir la embestida turca.

La situación no era mejor en el flanco contrario, donde Uluch Alí había conseguido atravesar la línea cristiana haciendo uso de una estratagema que alejó el ala derecha cristiana de la batalla. Por suerte, la escuadra de reserva acudió a socorrer el centro de «La Santa Liga». No obstante, no llegó lo suficientemente rápido como para salvar a varias galeras cristianas cuyos ocupantes fueron pasados a cuchillo sin piedad.

A partir de ese momento rindió la anarquía entre las diferentes naves, que trataban de resistir, junto al buque aliado más cercano, la acometida del enemigo. En este momento de incertidumbre, el joven Cervantes recibió varios disparos, uno de los cuales le alcanzó en la mano izquierda, dejándosela inútil para siempre. Por suerte, el posteriormente conocido como «el manco de Lepanto» pudo seguir escribiendo durante años con su brazo derecho.

Un final glorioso

«En esta situación, cuando la batalla se encontraba en el momento más decisivo, un disparo de arcabuz mató a Alí Pachá, lo que provocó el desmoronamiento de la resistencia a bordo de la Sultana. El estandarte musulmán fue arriado, al tiempo que los gritos de victoria en las filas cristianas iban pasando de una galera a otra», determina Renuncio.

Después de este golpe para los turcos, comenzó su retirada. «Uluch Alí consiguió escapar llevando consigo una pequeña parte de sus fuerzas y el estandarte arrebatado a los caballeros de la Orden de Malta, que también participaban en la armada cristiana», explica el experto.

«La victoria cristiana fue total. Entre 25.000 y 30.000 otomanos murieron en la batalla, frente a los 8.000 españoles, pontificios y venecianos. La batalla de Lepanto fue una matanza terrible, sin precedentes, pero sirvió para demostrar que el esfuerzo conjunto de las naciones cristianas podía frenar el avance del Imperio Otomano. Por fin, la armada del sultán había sido destruida, y con ella el mito de su invencibilidad», añade Renuncio.

Además del importantísimo valor militar, la batalla tuvo unas buenas consecuencias para España y la cristiandad. «Aunque aparentemente la batalla de Lepanto no tuvo consecuencias inmediatas, su importancia fue enorme desde el punto de vista moral y propagandístico, ya que sirvió para acabar en Europa con el mito de la invencibilidad otomana», finaliza el periodista.

Tras la batalla

A pesar de la gran derrota, el Imperio Otomano volvería a planta batalla tan sólo tres años más tarde, cuando consiguió conquistar Túnez a los españoles. A su vez, en 1574, Venecia firmó en secreto la paz con el sultán, rompiendo la Santa Liga y traicionando a España y al Papa. De esta forma, y aunque el pacto le ofrecía ventajas comerciales, también obligaba a esta república a pagar un tributo a Estambul y renunciar a Chipre.

«La paz era humillante para Venecia, pero, al fin y al cabo, era una república de mercaderes y prefería garantizar la seguridad de sus intercambios comerciales con Oriente antes que seguir aventurándose en inciertas campañas militares. Así pues, España volvía a estar sola en su lucha contra el expansionismo otomano, lo que parecía anunciar nuevas e inevitables guerras», explica Renuncio.

Sin embargo, el conflicto entre ambos imperios sólo duró hasta 1577. «Paradójicamente, españoles y turcos empezaron a estar cada vez más interesados en poner fin a su enfrentamiento —al menos, a su enfrentamiento a gran escala—, para poder ocuparse cada uno, con mayor libertad, de sus asuntos en otros escenarios. Además, la inactividad otomana demostró ser su peor enemigo: las galeras del sultán se pudrieron en los puertos y nunca más volvieron a suponer una amenaza para la seguridad de los estados cristianos del Mediterráneo», añade el experto.

Tres preguntas al Capitán de navío José María Blanco Núñez, Asesor del Instituto de Historia y Cultura Naval

1-¿Qué significó la derrota para el imperio Otomano?
Supuso el final de su expansión hacia Occidente, su freno en Europa, donde llegó hasta Viena de donde saldrá derrotado un siglo más tarde, su cambió de teatro al Indico, donde hizo sufrir de los lindo a los portugueses, lo que contribuirá a la unión de los reinos peninsulares.

2-¿Qué marcó la diferencia en Lepanto?
Lo que definitivamente descalabró a los turcos fue el buen empleo de la artillería de las cuatro (de seis) galeazas venecianas (20 cañones y 30 pedreros, cada una, mientras que las galeras mayores llevaban solamente 5 cañones a proa, que se disparaban una sola vez inminentemente antes del abordaje) que iban en vanguardia y entraron en fuego, y al magnífico comportamiento de la reserva mandada por D. Álvaro de Bazán, que abortó la brillantísima maniobra del cuerno izquierdo otomano mandado por Uluch Alí.

3-¿Cómo describiría, en un único párrafo, el impacto de esta batalla para España?
Nos proporcionó seguridad en nuestras derrotas imperiales, Barcelona-Génova que, por mor de la actitud francesa, era vital para el sostenimiento de Flandes; Puerto de Santa María (después Cartagena)-Mesina-Nápoles, sin embargo el corso ejercido por argelinos continuará azotando nuestra costa mediterránea hasta la paz de 1785, aunque hubiese desaparecido el peligro de ver las Columnas de Hércules en manos del Sultán de la Sublime Puerta.

LA TRAICIÓN VENECIANA TRAS LA VICTORIA DE LEPANTO

Entre las miles de líneas que ocupan las hojas de la Historia, hay unas que, para los españoles, están escritas con letras de oro: las que cuentan la victoria que la Santa Liga infligió al Imperio Otomano en Lepanto. Sin embargo, también se han difuminado en el papel aquellos renglones que reflejan el devenir de cristianos y musulmanes tras la que, a la postre, sería considerada como una de las contiendas navales más grandes de todos los tiempos.

Y es que, la guerra no se detuvo después de que la Santa Liga –la alianza formada por España, Venecia y los Estados Pontificios- derrotara con sus galeras a la flota del sultán Selim II, sino que, a pesar del varapalo, los musulmanes siguieron plantando cara durante años a los cristianos por tierra y mar. «La batalla de Lepanto significó un duro golpe para el Imperio, que perdió en ella gran parte de su armada, pero no debemos olvidar que, por ejemplo en 1.574, tan solo tres años después de ser derrotados, los turcos consiguieron arrebatar Túnez a los españoles», afirma Renuncio.

Así pues, y en contra de la creencia popular, Lepanto no significó la caída en desgracia del Imperio Otomano. «La derrota no supuso por sí misma el declive de un Imperio poderosísimo que, con sus estados vasallos, abarcaba desde el Mediterráneo occidental hasta Mesopotamia y desde los Cárpatos hasta las cataratas del Nilo. Lo que sí es cierto es que la batalla de Lepanto coincidió en el tiempo con el inicio del declive político del Imperio Otomano, producido por el debilitamiento de la figura del sultán», comenta el experto.

Renuncio, a su vez, afirma que las causas que provocaron que el Imperio Otomano doblara la rodilla no fueron únicamente militares: «Existen ciertos paralelismos entre el progresivo declive que sufrió el Imperio Otomano tras la muerte de Solimán I (1.566) y el que experimentó la Monarquía Hispánica tras el fallecimiento de Felipe II (1.598), ya que los sucesores de ambos monarcas no quisieron o no supieron afrontar adecuadamente los retos que se les presentaron».

A pesar de todo, lo que sí logró con su victoria la armada cristiana fue detener en seco la expansión del Imperio Otomano a través del Mar Mediterráneo. Este hecho, aunque no significó la victoria definitiva contra Selim II, si insufló moral a unos reinos que, durante décadas, habían visto como los soldados turcos se hacían con una buena parte de los territorios ubicados en el norte de África.

«Aunque la derrota del Imperio Otomano no fue decisiva desde el punto de vista militar, sí tuvo una enorme importancia desde el punto devista moral y propagandístico, ya que sirvió para acabar con el mito de la invencibilidad de la armada otomana. En este sentido, la repercusión de la batalla fue enorme no solo en España, sino también en el resto de Europa. Por eso Miguel de Cervantes, años después de combatir en Lepanto, recordaba aquella jornada con las siguientes palabras: “Y aquel día, que fue para la Cristiandad tan dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar: en aquel día, digo, donde quedó el orgullo y soberbia otomana quebrantada” (Don Quijote de la Mancha, primera parte, capítulo XXXIX)», completa el experto


NUESTROS SOCIALISTAS Y EL NACIONALISMO CATALÁN

SI necesitáramos otro argumento para demostrar que el nacionalismo nubla las mentes, que no lo necesitamos, la propuesta de Oriol Junqueras de paralizar la industria catalana durante una semana sería la prueba definitiva. Se tiene a Junqueras por hombre cultivado y tranquilo. Lo que ha demostrado con su propuesta es una falta de alcances inaudita en alguien que aspira a gobernar un Estado y un temperamento muy parecido al del españolazo que rechaza ampliar el horario de calefacción de su bloque, para que se chinchen sus vecinos, no importándole a él pasar frío, situación más frecuente de lo que se cree. Aunque lo más extravagante es que se atreve a desafiar, no ya al Estado español, algo que hace a diario, sino a Bruselas, como si estuviera convencido de que la buena marcha de la UE depende de la de Cataluña.

Por más absurdo que parezca, sin embargo, no es la primera vez que comportamientos parecidos se dan hoy allí. Sin ir más lejos, el rechazo de la Generalitat de la oferta del Gobierno central a enviar aviones que ayudaran a apagar el incendio declarado en Gerona ilustra hasta qué extremos de cerrazón llega el nacionalismo. Menos mal que la tramontana no sopló fuerte, extendiendo el fuego a toda el área.

No estamos hablando, por tanto, de un hecho aislado ni, menos, de una anécdota. Estamos hablando de la médula del nacionalismo identitario, compuesto de un 95% de pasión y un 5% de razón, aunque los nacionalistas, todos ellos, en su delirio, intentan presentárnoslo como razonable e incluso como posible. En otro caso no se explica que Mas esté gobernando de hecho con Junqueras, e incluso acepte que le marque la hoja de ruta.

Lo más grave de todo, sin embargo, es que este delirio o espejismo, esta sinrazón emocional, se haya contagiado a buena parte de las fuerzas políticas españolas. La primera de ellas, al PSC, que gobernó con ERC en uno de los periodos más desventurados para Cataluña, política y económicamente, dejándola con las arcas vacías, y al PSC con un sonado fracaso electoral. Pero parece que no han aprendido y quieren más, tal vez porque el nacionalismo incluye también cierta dosis de masoquismo.

El PSC ha contagiado la querencia al PSOE de Rubalcaba –hay que empezar a distinguir entre sus distintas facciones–, que busca desesperadamente una fórmula para encajar españolismo y catalanismo, no encontrando otra que el federalismo más anacrónico y menos práctico, al poderse ser español y catalán –de hecho, son lo mismo–, pero no ser españolista y catalanista, formas extremas de ambas actitudes y, por tanto, contradictorias. Lo comprobó ayer Rubalcaba al no coincidir más que en dialogar con Duran Lleida, otro que baila en la cuerda floja. Pero ¿de qué?

Para resumir: esto empieza a parecerse a la Corte de los Milagros que nunca ocurrieron ni ocurrirán, aunque todo el mundo, bueno, casi todo, espera que ocurran. Por algo tenemos fama los españoles –catalanes incluidos– de preferir los milagros a la realidad.