sábado, 27 de febrero de 2016

GRANDES MENTIRAS DEL NACIONALISMO CATALÁN

Quince descabellados mitos del nacionalismo catalán


Es cierto que España, Inglaterra, Francia y compañía tienen en su pasado una infinidad de mitos y de personajes casi mitológicos, como puede ser en el caso español El Cid Campeador, pero el peligro está en el uso político que se da a esos mitos y a si están abiertos o no al análisis histórico. Los catalanes no lo están. El nacionalismo catalán es un fenómeno contemporáneo, surgido del descontento de ciertos sectores dirigentes a finales del siglo XIX con el proyecto de estado-nación español, que se vio obligado a crear una larga lista de mitos cimentados en tres hitos –el periplo medieval de los Condados Catalanes, la unión dinástica entre Castilla y Aragón y la Guerra de Sucesión– para apoyar sus reivindicaciones políticas. Hoy, muchas de esas leyendas siguen vigentes y, pese a la fragilidad de sus argumentos, resultan inaccesibles a los historiadores, que, cuando logran desmontarlas, son acusados de servir a los intereses de España. Ese desdén hacia los investigadores –retratado en la broma de Jordi Pujol: «Yo soy historiador»– hace que los mitos catalanes sean muy infantiles y fáciles de desclasificar.

La rendición no se produjo el 11 de septiembre.

El Parlamento de Cataluña declaró la Diada como fiesta autonómica catalana en 1980 para conmemorar la caída de Barcelona en la Guerra de Sucesión. Sin embargo, Jordi Pujol y su partido cometieron un fallo histórico puesto que la rendición de la ciudad no tuvo lugar el 11 de septiembre, sino poco después del mediodía del día 12. Y, según el historiador Salvador Sanpere y Miquel, «la muerte de la libertades», tal y como la interpretan los independentistas, aconteció dos días después de la entrada de las tropas con la rendición de las banderas a la Armada Real.

La mitificación de Rafael Casanova.

Los actos de la Diada comienzan con una ofrenda floral a Rafael Casanova, conseller en cap durante el asedio de 1714. Un personaje mitificado por los nacionalistas al que algunos historiadores responsabilizan de llevar el asedio a una resistencia «suicida» que causó miles de muertes innecesarias. Su actuación en la batalla tampoco fue muy heroica. Cuando comenzó el asalto final, Casanova estaba durmiendo y, tras acudir a las murallas, fue herido de poca gravedad en el muslo. 

A la caída de la ciudad, el político catalán quemó sus archivos, se hizo pasar por un muerto y delegó la rendición en otro consejero. Tras conseguir la amnistía en 1719, Casanova volvió a España a ejercer como abogado hasta su muerte. Sus familiares reivindican hoy su figura como simplemente un español que apoyó al Rey equivocado.


Pérdida de las libertades catalanas.

Felipe V retiró los fueros cuando tomó la ciudad de Barcelona, que había defendido la causa del archiduque Carlos de Austria en la Guerra de Sucesión. La propaganda nacionalista señala esta decisión como «la muerte de las libertades de Cataluña». No en vano, el hispanista Henry Kamen explica que el concepto moderno de libertad nada tiene que ver con los privilegios administrativos, en el sentido medieval, de los que gozaba esta región de España. Además, el historiador Joaquim Coll recuerda que «no hay prueba de que los Austrias garantizaran un modelo pluriestatal».

Países Catalanes, la tierra prometida.

«A pesar de la tendencia de los historiadores nacionalistas catalanes a retorcer la naturaleza “catalana-aragonesa” de la Corona de Aragón, nunca ha existido nada, en la historia medieval, y mucho menos en los tiempos modernos, que pudiera considerarse ni de lejos un embrión del Estado catalán, excepto en las imaginaciones más románticas y soñadoras», explica en uno de sus trabajos el historiador Enric Ucelay-Da Cal. Frente a la incapacidad para encontrar un germen de nación en la historia de este región española, la mitología romántica acuñó a finales del siglo XIX el término Países Catalanes (o Gran Cataluña). No en vano, lo que comenzó como una simple denominación de carácter lingüístico se convirtió en boca de los nacionalistas en una especie de tierra prometida. Un ente que sirve para justificar, con supuestas raíces en la Edad Media, las actuales reivindicaciones políticas.

El catalán nunca fue la única lengua de Cataluña.

La lengua catalana tuvo su origen en el noroeste peninsular a partir del latín vulgar que introdujeron los romanos. Sugieren algunos filólogos que el sermo rusticus catalán, la primera gran ruptura con el latín, se remonta a entre los siglos VII y VIII. No obstante, pese a su largo recorrido histórico, lo cierto es que el catalán nunca ha sido la única lengua en un territorio, quizás a causa de su lugar geográfico, entregado al bilingüismo. La pluralidad ha sido la regla incluso en los siglos medievales. Entre el  XVI y XVIII, el catalán compartió espacio con el castellano, el latín y el italiano. La unión de las coronas de Castilla y Aragón supuso la adopción del castellano por parte de la mayoría de la aristocracia catalana, sobre todo en las zonas urbanas, aunque entre la población siguió siendo mayoritario el uso del catalán.

La quimera de la nación catalana.

En una entrevista con ABC.es, el historiador Jordi Canal, autor de «Historia Mínima de Cataluña» (Turner, 2015), responde directamente a esta cuestión: ¿Fue Cataluña alguna vez una nación? «Nunca, dado que las naciones son algo muy contemporáneo. Esa es una de las grandes confusiones de la historia de Cataluña: hablar de nación con tanta facilidad. Hay un abuso permanente a la hora de usar conceptos contemporáneos aplicados al pasado. Cuando en las épocas medieval y moderna encontramos el término nación, éste no significa lo que hoy entendemos. Por ejemplo, cuando el cronista Ramón Muntaner se refiere en la Edad Media a nación catalana, debe entenderse como un grupo de personas que hablan la misma lengua. En Cataluña realmente solo podemos hablar de una nación en construcción, o en curso, cuando aparecen los grupos nacionalistas en la última década del siglo XIX. A partir de los años ochenta del siglo XX, se han acometido procesos de renacionalización a los que hoy se aferran las reclamaciones secesionistas».

Wilfredo «El Velloso», el fundador mítico de Cataluña.

La historia del noble Wifredo «El Velloso» ha sido desdibujada por los nacionalistas catalanes para otorgarle un papel protagonista en la mitológica fundación de «la nación catalana». Sin embargo, el último conde de Barcelona designado por un Rey franco simplemente se aprovechó de la crisis del imperio para concentrar el máximo número de títulos, pero desde luego no albergaba ningún sentimiento nacionalista y ni siquiera buscó desvincularse del Imperio carolingio. 

De hecho, el título de conde de Barcelona cayó en sus manos precisamente por tomar partido a favor de Carlos «El Calvo» en contra de la nobleza local. Lo cual no significa que se pueda hablar desde ese momento de una entidad propia y unitaria en la región catalana. En 897, a la muerte de «El Velloso», Wifredo II Borrell se hizo cargo, conjuntamente con sus hermanos Sunifredo y Miró de los condados paternos, reservándose para él el gobierno de los condados principales, Barcelona, Gerona y Osona. No en vano, llegado el momento, Wifredo Borrell viajó a Francia para rendir tributo al nuevo rey, Carlos «El Simple», donde fue investido oficialmente como conde en 899.

La fantasía del Reino de Cataluña o la Corona catalano-aragonesa.

Es demasiado frecuente encontrar en la historiografía catalana el uso, abuso más bien, de términos modernos para definir entidades políticas del pasado que hubieran resultado completamente desconocidos para las personas de la época. En la Edad Media no existen referencias a lo que hoy se llama confederación catalano-aragonesa, ni a reyes de Cataluña-Aragón, ni por supuesto al Reino de Cataluña. Simple y llanamente se usaba Corona de Aragón para definir lo que nació como la unión dinástica entre los titulares de los Condados catalanes y los soberanos del Reino de Aragón.

El controvertido y mitológico origen de la señera.

Como Jordi Canal narra en el mencionado  libro «Historia mínima de Cataluña» (Turner, 2015), en el origen de la señera, posiblemente en el siglo XII, «lo histórico y lo legendario se han fundido con harta frecuencia a la hora de explicar cómo y en qué momento preciso hizo su aparición este emblema». Según la versión más extendida, el Emperador Carlos «El Calvo» (en otras versiones sustituido por Luis «El Piadoso») concedió a su vasallo Wifredo «El Velloso» –titular de los Condados catalanes– un escudo con cuatro barras rojas por su servicio en la guerra contra los normandos. El Emperador mojó los dedos en la herida de guerra de Wilfredo y dibujó cuatro palos en el que hasta entonces había sido su blasón raso dorado. No obstante, ya el primer problema de la leyenda es que tiene lugar a finales del siglo IX, cuando en realidad los emblemas heráldicos sobre escudo aparecen en Europa a partir del siglo XII. 


El medievalista Martín de Riquer Morera apunta así a que es posible que el sacerdote valenciano que escribió esta historia en el siglo XVI, Pedro Antón Beuter, se inspirara en el uso de la sangre para crear escudos de armas en las aventuras de Galaad (caballero de la Mesa Redonda del Rey Arturo) y a que, en todo caso, algunas frases las copió literalmente de un fragmento de «Nobiliario vero» (1492), una obra que detalla el origen de las armas heráldicas del linaje de la familia de los Córdoba. Un copia y pega que sigue sin explicar el verdadero origen de la bandera.

10º Reyes Católicos, el origen de los males de Cataluña.

El reinado de los Reyes Católicos, con la consiguiente unión de las coronas de Aragón y Castilla, es señalado por el nacionalismo catalán como el origen de todos los males de Cataluña. Lo cual sumado a la actuación de la Inquisición, cuya versión moderna recuperaron los Reyes Católicos, sirve de hilo argumental para sostener una versión distorsionada del relato histórico. La propaganda nacionalista argumenta que la castellanización de Cataluña destrozó la economía de la región y atacó su cultura. Es, en suma, el origen y causa del declive de Cataluña según el discurso nacionalista. 

Pero la realidad es que antes de la unión dinástica se dio un periodo de claro declive económico en la ciudad de Barcelona –enclave comercial de la Corona de Aragón y sus territorios en el Mediterráneo–. Entre 1462 y 1472, la ciudad de Valencia alcanzó un mayor desarrollo y superó comercialmente a Barcelona, pero eso no fue responsabilidad de los Reyes Católicos, sino motivada por razones demográficas y por epidemias. Al contrario, Cataluña fue recuperando su pujanza a partir de la segunda mitad del siglo XVI.

11º Los comerciantes catalanes tenían prohibido el acceso a América.

Hasta 1520, muchos puertos españoles tenían libertad de comercio con el Caribe, incluidos los aragoneses, pero posteriormente se creó un monopolio estatal controlado desde Sevilla. El monopolio no fue un privilegio de Castilla frente a la Corona de Aragón, sino de un puerto de la península, Sevilla, elegido por sus condiciones geográficas y sustituido más adelante por el de Cádiz por los mismos motivos. Cientos de catalanes se desplazaron hacia estas ciudades, donde pudieron comerciar libremente desde 1524. 

Cabe mencionar que el monopolio nunca fue excesivamente restrictivo ni siquiera para los comerciantes ingleses, holandeses y franceses. Los comerciantes catalanes, no en vano, estaban poco interesados en América a principios del siglo XVI –lo que explica su escasa presencia–, ya que estaban ocupados tratando de recuperar su posición en los mercados tradicionales, es decir en el Mediterráneo y en Europa del norte. Las cesiones en los mercados africanos, cuya conquista y defensa corría a cargo de las arcas castellanas, contribuyeron a que Barcelona recuperase poco a poco el pulso económico tras la crisis sufrida en el siglo XV.

12º Los catalanes no participaron en ninguna de las gestas militares del Imperio.

En lo que respecta a batallas fuera de sus fronteras durante los siglos XVI y XVII, la participación militar de los catalanes fue muy reducida. Esto es así porque los fueros catalanes prohibían oficialmente servir en el ejército fuera del Principado. Algo que no impidió que hubiera soldados catalanes, como del resto de España, presentes en ciertas campañas como en la de Granada de 1492 y en la guerra de Flandes. Por su parte, en la batalla de Lepanto, aunque no hubo una proporción muy alta de soldados catalanes embarcados en las galeras, sí tuvieron gran relevancia en la contienda dos almirantes procedentes de esta región española. Por un lado, Luis de Requesens –amigo de la infancia de Felipe II y nacido en Barcelona– fue el brazo derecho de don Juan de Austria y el responsable de muchos de los movimientos tácticos de la batalla. A su vez, el noble catalán Juan de Cardona dirigió la flota de vanguardia que inició el coche con los turcos.

13º Castilla como enemiga histórica de Cataluña.

En el origen de la historia común entre Castilla y Cataluña, los habitantes de ambas regiones aparcaron las intermitentes disputas que azotaron los reinos hispánicos durante la Edad Media e inauguraron un tiempo de cooperación mutua en el siglo XVI. Como recuerda el hispanista Henry Kamen, en 1479 la ciudad de Barcelona comunicó a Sevilla, poco después de la unión de coronas: «Ahora somos todos hermanos». Y si bien es cierto que Castilla adquirió un papel preeminente en esta asociación, los datos refrendaban su posición: la población castellana suponía el 80% de España y ocupaba tres cuartas partes del territorio peninsular en el momento de la unión dinástica. Las relaciones de cooperación, como los posibles incidentes, han sido siempre las habituales entre unos territorios  centrales y unos periféricos.

14º La sublevación de Cataluña en 1640.

Los acontecimientos de 1640 son retorcidos por el nacionalismo para presentarlos como una lucha entre Castilla y Cataluña. Nada más lejos de la realidad. A causa de la exigencia de mayor compromiso económico hacia la Monarquía Hispánica y, sobre todo, de su enemistad personal con el virrey, parte de la burguesía y la nobleza catalana auspició en 1640 una revuelta popular contra el ejército real que había acudido a esta región española a combatir a Francia. 

«Los nobles y verdaderos catalanes, a quien tocaba por derecho de fidelidad y de sangre la defensa de la justicia, de la patria y de la honra del Rey, estaban cubiertos de miedo en sus casas sin atreverse a salir», escribió un catalán de la época sobre una revuelta que adquirió un carácter antiseñorial. Asustados por la brutalidad de la revuelta, la oligarquía recurrió a una calamitosa alianza con la Francia del Cardenal Richelieu, que causó graves perjuicios económicos a los campesinos. Luis XIII inundó la administración de franceses y los mercados de productos de su país durante doce años. El final de la Guerra de los Treinta años permitió a Felipe IV recuperar Cataluña, cuya población aplaudió el regreso a España. La experiencia secesionista fue terrible.

15º El segadors, la invención de la tradición.

Los Segadores (en catalán «Els Segadors») es el himno oficial de la comunidad autónoma de Cataluña, cuya letra se basa en un romance popular del siglo XVII sobre la sublevación de 1640, pero que en realidad fue rescata del olvido, como la propia señera, a finales de siglo XIX por el filólogo Manuel Milà i Fontanals en su «Romancerillo catalán» (1882). No en vano, la actual letra fue cambiada en 1899 por Emili Guanyavents, y la música, de Francesc Alió, pudo entonces haberse inspirado en un famoso himno hebreo. En la senda de la invención de tradiciones modernas –tema ampliamente estudiado por Eric Hobsbawm–, un caso curioso en Cataluña también es el baile de la sardana. Mientras que a finales del siglo XIX era desconocido para la mayoría de catalanes, a excepción de en Gerona, con el inicio del siglo XX el emergente nacionalismo se encargó de proclamar que se trataba de un baile histórico con profundas raíces en toda la región


El controvertido y mitológico origen de la señera que reivindican los nacionalistas


El origen de lo que hoy es la bandera oficial de la Comunidad Autónoma de Cataluña –también presente en Valencia, Aragón y Mallorca–, la señera, sigue siendo motivo de una decimonónico controversia, donde algunos nacionalistas han elevado una acreditada leyenda a la categoría de real. Según el mito, el Emperador franco Carlos «El Calvo» dibujó con la sangre de Wifredo «El Velloso» –gran protagonista del relato de la Cataluña ficticia–, herido en combate, cuatro barras rojas en el escudo dorado, pronunciando las célebres palabras: «Estas serán vuestras armas, conde». El relato, sin embargo, está copiada literalmente de un pasaje de la toma de Córdoba por Fernando III, donde se dice que el Rey castellano quiso premiar la valentía de uno de los caballeros empapando los dedos en la sangre del herido y dibujando en su escudo tres franjas rojas.

Como Jordi Canal narra en su nuevo libro «Historia mínima de Cataluña» (Turner, 2015), en el origen de la señera, posiblemente en el siglo XII, «lo histórico y lo legendario se han fundido con harta frecuencia a la hora de explicar cómo y en qué momento preciso hizo su aparición este emblema». Según la versión más extendida, el Emperador Carlos «El Calvo» (en otras versiones sustituido por Luis «El Piadoso») concedió a su vasallo Wifredo «El Velloso» –titular de los Condados catalanes– un escudo con cuatro barras rojas por su servicio en la guerra contra los normandos. El Emperador mojó los dedos en la herida de guerra de Wilfredo y dibujó cuatro palos en el que hasta entonces había sido su blasón raso dorado. No obstante, ya el primer problema de la leyenda es que tiene lugar a finales del siglo IX, cuando en realidad los emblemas heráldicos sobre escudo aparecen en Europa a partir del siglo XII.

Wifredo «El Velloso», el epicentro del relato
La falsa idea de que Wifredo «El Velloso» fue el artífice no ya de la independencia de los condados catalanes –los cuales simplemente pasaron a manos de un mismo linaje bajo su administración– sino del nacimiento de Cataluña fue popularizada durante «la Renaixença», en el siglo XIX, por el dramaturgo Serafí Pitarra, a través de su frase «Fills de Guifré el Pilós, això vol dir catalans» («Hijos de Wifredo el Velloso, esto quiere decir catalanes»). Una lectura con más literatura que historia, como suele ocurrir con los relatos nacidos al abrigo del romanticismo, que también desempolvó la vinculación de Wifredo con el origen de la bandera de las cuatro barras rojas sobre fondo amarillo, citada por primera vez en el siglo XVI. Fue así el sacerdote y teólogo valenciano Pedro Antón Beuter el primero que dio probablemente forma a la leyenda en la «Crónica general de España, y especialmente de Aragón, Cataluña y Valencia», escrita en 1551.

El medievalista Martín de Riquer Morera apunta a que es posible que el sacerdote valenciano se inspirara en el uso de la sangre para crear escudos de armas en las aventuras de Galaad (caballero de la Mesa Redonda del Rey Arturo y uno de los tres que alcanzaron el Grial en las leyendas artúricas) y a que, en todo caso, algunas frases están copiadas literalmente de un fragmento de «Nobiliario vero» (1492), una obra que detalla el origen de las armas heráldicas del linaje de la familia de los Córdoba.



Pocos historiadores han dado así por bueno este relato. La mayoría prefiere remitirse a la primera evidencia documental del emblema, fechada en el año 1150 (siglo XII), tras la unión de los condados catalanes con el reino vecino de Aragón. Esta primera representación muestra a Ramón Berenguer IV montado en caballo con un escudo que contiene varias rayas heráldicas, aunque existen pinturas románicas con el símbolo que podrían remontarse a un tiempo anterior.

Pero más allá de cuál fue la primera prueba documental, la disputa se enfoca en saber si las cuatro barras fueron aportadas por los Condados catalanes o por el Reino de Aragón, cuyas barras de gules en campo de oro podrían proceder de la temprana vinculación del Reino de Aragón con la Santa Sede (el Rojo y el Amarillo eran los colores pontificios en la Edad Media). Así, cabe mencionar que cuando Ramón Berenguer IV se casó con Petronila de Aragón, dando forma a la unión entre catalanes y aragoneses, no pudo titularse rey sino príncipe, puesto que esta dignidad quedaba reservada a su suegro. El hijo del matrimonio, Alfonso II, sí se tituló Rey y heredó la dignidad familiar del Reino de Aragón y sus símbolos, lo cual supondría en principio que el escudo de las cuatro barras procedía de la vía materna, la aragonesa. Con todo, muchas de las teorías que defienden que fue una aportación catalana son igual de ricas en argumentos, haciendo imposible encontrar hoy un punto de coincidencia.

Con el paso de los siglos, la señera cayó en cierto olvido, siendo rescatada como emblema catalanista en torno a 1880 y adquiriendo un tono reivindicativo entonces. En este ejercicio de arqueología de los símbolos, las cuatro barras se impusieron a otras enseñas con tanta o incluso más importancia en la historia de Cataluña. Una de estas era la bandera de San Jorge, una cruz griega roja sobre fondo blanco, que fue adoptada como propia en el pasado por las instituciones barcelonesas e incluso por la Diputación del General. En la rendición de Barcelona de 1714, Francesc de Castellví describe, en «Narraciones históricas desde el año 1700 al 1725», la entrega de las banderas al ejército de Felipe V: «Empezando por las de la Coronela y la antiquísima bandera de Santa Eulalia y acabando por la de San Jorge, que es la que representaba el Principado».

La «estelada» catalana, empleada hoy por los simpatizantes del independentismo, data de inicios del siglo XX y nació de la fusión de las cuatro barras tradicionales con un triángulo estrellado a la izquierda. Un elemento considerado inspirado en las banderas de Cuba y Puerto Rico y diseñado por Albert Ballester. Tras su estancia en Cuba y en Puerto Rico, Vicenç Albert Ballester –activista del partido Unión Catalanista y de otros movimientos e iniciativas de carácter independentista– tomó la idea de añadir un estrella a la bandera llamada a ser el icono del nacionalismo. En ese momento, con las recientes independencias de Cuba y Puerto Rico, la estrella de sus banderas era un referente de la lucha contra el Imperio español. De hecho, el documento más antiguo en el que aparece una «estelada» se titula «What says Catalonia» («Que dice Cataluña»), con fecha del 11 de septiembre de 1918, y es una carta elogiosa hacia EE.UU, considerado «el libertador de Cuba y Puerto Rico» por éstos. El texto, firmado por el Comité Pro Cataluña, fundado dos meses antes del comunicado, pide a «la victoriosa Entente, por el Derecho y la Libertad de los Pueblos, la revisión del Tratado de Utrecht. ¡Viva la Entente! ¡Gloria a Wilson! ¡Justicia!».

Dos décadas después de su creación, la «estelada» fue declarada bandera oficial de la «República Catalana Independiente» en la «Constitución de la Habana», que se escribió y firmó en la capital de Cuba entre 15 de agosto y el 2 de octubre de 1928. Francesc Macià, por aquel entonces fundador del partido «Estat Català» y posteriormente proclamado presidente de la Generalitat, fue uno de los impulsores de esta constitución que reconocía la «estelada» de forma oficial y quien instigó para que se colgara en el balcón del Palacio de la Generalitat cuando el 14 de abril de 1931 se proclamó la República Catalana. No en vano, el estatuto de autonomía de 1979 recogió tras el franquismo que la bandera oficial de la Comunidad de Cataluña es la señera, abandonando el uso de la «estelada» a los grupos políticos secesionistas. Su popularidad, de hecho, se ha extendido solo a partir del siglo XXI.


Wifredo «El Velloso», el fundador mítico de Cataluña para los nacionalistas


Carlos «El Calvo» nombró en el año 878 conde de Barcelona a «El Velloso», siendo el último que fue designado por un Emperador franco. Pero los condados catalanes no adquirieron una entidad independiente ni unitaria tras su muerte, puesto que los hijos del conde se repartieron los títulos y siguieron rindiendo tributo a los francos

Escena legendario en que Carlos «El Calvo» crea con la sangre de Wifredo las 4 barras del condado de Barcelona
La historia del noble Wifredo «El Velloso» ha sido retorcida por los nacionalistas catalanes para otorgarle un papel protagonista en la mitológica fundación de la nación catalana. Sin embargo, Wifredo «El Velloso», el último Conde de Barcelona designado por un Rey franco, simplemente se aprovechó de la crisis del imperio para concentrar el máximo número de títulos, pero desde luego no albergaba ningún sentimiento nacionalista ni siquiera buscó desvincularse del Imperio carolingio. De hecho, el título de conde de Barcelona cayó en sus manos precisamente por tomar partido a favor de Carlos «El Calvo» en contra de la nobleza local. Tampoco es cierto el relato de que la bandera de las cuatro barras rojas sobre fondo amarillo –hoy bandera vinculada a las regiones herederas de la Corona de Aragón– fuera creada por «El Velloso».

Tras el colapso de la Hispania Visigoda –que se extendía por prácticamente toda la Península Ibérica– y la invasión musulmana en el año 718, el Imperio carolingio estableció una marca defensiva como frontera meridional con Al-Ándalus. Esto supuso la ocupación por los francos durante el último cuarto del siglo VIII de las actuales comarcas pirenaicas, de Gerona y, en el 801, de Barcelona. Este antiguo territorio visigodo se organizó políticamente en diferentes condados dependientes directamente del rey franco.

Wifredo «El Velloso», un aliado de Carlos «El Calvo»
Conforme el poder central del Imperio se debilitaba en el siglo X, los condados catalanes, que estaban vertebrados por Barcelona, Gerona y Osona, fueron progresivamente desvinculándose del poder de los francos. En el año 987, el conde Borrell II fue el primero en no prestar juramento al monarca de la dinastía de los Capetos, pero se sometió en vasallaje al poderoso Califato de Córdoba. En este punto, las leyendas nacionalistas sitúan erróneamente al noble Wifredo «El Velloso» –el último conde de Barcelona designado por la monarquía franca– como el artífice, no ya de la independencia de los condados catalanes sino también del nacimiento de Cataluña y sus símbolos.

Como hicieron los cronistas castellanos con «El Cid Campeador», los nacionalistas catalanes recurrieron a un personaje real, que debió gozar de gran importancia en su tiempo pero del que se conocen pocos datos históricos, para moldear su biografía y cubrir los grandes huecos con datos legendarios. Wilfredo pertenecía a un linaje hispanogodo de la región de Carcasona (la mitología catalana fija su nacimiento en la inmediaciones de Prades, en el condado de Conflent, actualmente en el Rosellón francés). En el año 873 heredó el Condado de Urgel tradicionalmente en manos de su familia. Aprovechando la fallida rebelión del Conde de Barcelona Bernardo de Gothia contra Carlos «El Calvo», la fidelidad de Wilfredo hacia el monarca le hizo ganarse como premio el resto de condados. El noble fue el primero en aglutinar a la vez todos los títulos de los condados catalanes, siendo el fundador de la dinastía de la Casa de Barcelona.

Sin embargo, Wifredo «El Velloso», que había recibido los títulos por mediación de los francos, no buscó nunca la independencia de los condados y, por supuesto, no configuró ninguna nación catalana ni nada parecido. Fue con la Capitular de Quierz –promulgada el 14 de junio de 877 por Carlos «El Calvo»– cuando se sembró el auténtico germen de la separación de los condados catalanes del Imperio carolingio. Esta orden real estableció la heredabilidad de los honores otorgados por la corona. Es decir, que a la muerte de Wifredo «el Velloso» sus títulos pasaron a sus hijos sin que fuera necesario que el Emperador del declinante Imperio carolingio eligiera al sucesor.

Lo cual no significa que se pueda hablar desde ese momento de una entidad propia y unitaria en la región catalana. En 897, a la muerte de su padre, Wifredo II Borrell se hizo cargo conjuntamente con sus hermanos Sunifredo y Miró, de los condados paternos, reservándose para él el gobierno de los condados principales, Barcelona, Gerona y Osona. No en vano, llegado el momento Wifredo Borrell viajó a Francia para rendir tributo al nuevo rey, Carlos «El Simple», donde fue investido oficialmente como conde en 899. Hubo que esperar más de un siglo más para ver la completa desvinculación de los condes de Barcelona, que terminaron aglutinando todos los títulos nobiliarios catalanes bajo una misma persona, con respecto la Corona franca.

La falsa leyenda del origen de la bandera
La falsa idea de que Wifredo «El Velloso» fue el artífice no ya de la independencia de los condados catalanes sino del nacimiento de Cataluña fue popularizada durante «la Renaixença», en el siglo XIX, por el dramaturgo Serafí Pitarra, a través de su frase «Fills de Guifré el Pilós, això vol dir catalans» («Hijos de Wifredo el Velloso, esto quiere decir catalanes»). Una lectura con más literatura que historia, como suele ocurrir con los relatos nacidos al abrigo del romanticismo.

Otro mito vinculado a Wifredo es el origen de la bandera de las cuatro barras rojas sobre fondo amarillo, que, en realidad, no fue usada por los Condados hasta la unión con Aragón. Según una leyenda recogida por una crónica castellana de 1492, Wifredo «El Velloso» acudió a ayudar al emperador, posiblemente a Carlos «El Calvo», durante una batalla contra los normandos. El Emperador dibujó con la sangre del noble catalán, herido en combate, cuatro barras rojas en el escudo dorado, pronunciando las célebres palabras: «Estas serán vuestras armas, conde». La historia, sin embargo, está copiada de un pasaje de la toma de Córdoba por Fernando III, donde se dice que el Rey castellano quiso premiar la valentía de uno de los caballeros empapando los dedos en la sangre del herido y dibujando en su escudo tres fajas rojas.
En realidad, el escudo de las cuatro barras probablemente lo empezó a utilizar el conde Ramón Berenguer IV, después de la unión dinástica del condado de Barcelona con el reino de Aragón, siendo el símbolo oficial del linaje a partir de su hijo, el Rey Alfonso II de Aragón.


La Generalitat asegura que la Corona de Aragón nació en Cataluña 


La Corona de Aragón tuvo su origen en un linaje catalán. Así lo indica en su página web oficial la Generalitat, lo que ha sido denunciado por diversas entidades aragonesas, que lo consideran una nueva muestra de «manipulación histórica» por parte del nacionalismo catalán.

La Generalitat adjudica al conde Wifredo (o Guifredo) el Velloso (Guifré el Pilós en catalán) haber sido el germen de la Corona de Aragón, gracias al cual -se indica en la web- se resolvió el problema hereditario en el reino de Aragón y éste pasó de ser un Reino a una Corona.

El linaje de Wifredo el Velloso, publicita la Generalitat, «fue el embrión de la Corona de Aragón, al unir su destino al reino aragonés en virtud de los problemas dinásticos que sufría esta monarquía». Se refiere a los episodios sucesorios ocurridos a la muerte del rey de Aragón Alfonso el Batallador, que murió sin descendencia directa y legó su reino a las órdenes militares. Su testamento no se hizo efectivo y le sucedió como rey su hermano Ramiro II el Monje, quien casó a su hija la reina Petronila con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV.

Este hecho le sirve a la Generalitat para concluir que el «embrión de la Corona de Aragón» estuvo en Cataluña, en un linaje catalan, el de la casa condal de Barcelona, pese a que los territorios catalanes no tuvieron la consideración de Reino sino de condados que pasaron a incorporarse por vía del matrimonio a la monarquía aragonesa.

Miguel Servet, «catalán universal»
Por otra parte, el «Institut Nova Historia», una fundación privada de la órbita del independentismo catalán, en su página web presenta al científico Miguel Servet (uno de los intelectuales aragoneses de más renombre) como un «catalán universal». Servet nació en Villanueva de Sijena (Huesca), algo que el propio «Institut Nova Historia» reconoce, pero para avalar su tesis del catalanismo del científico asegura que Villanueva de Sijena «es una población catalana de administración aragonesa».

Diversas organizaciones sociales, culturales y políticas de Aragón ya han criticado también estas aseveraciones y piden que se rectifiquen.


ENTRE EL SECTARISMO Y LA PREDICCIÓN METEOROLÓGICA - LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN EN MANOS DE LA IZQUIERDA

A mí me parece que el principal problema político de Rajoy es aquello en lo que más se parece a Aznar: su «despolítica» de medios.

Ocasiones hay en que uno llega a la conclusión de que el Gobierno de Mariano Rajoy se enfrenta a las dificultades que afronta en estos momentos por méritos propios. ¿La corrupción? Pues sí… pero no. La corrupción es un mal endémico de la sociedad española. La clase política no es más que una manifestación de la realidad de esa sociedad, pero todo lo que hacen a quienes encomendamos la tarea de dirigir el país es mucho más relevante que lo que acaece en el Ilustre Colegio de Abogados de Sabadell. Y para corrupción grave, la que acumula el partido con el que ha pactado Ciudadanos para formar Gobierno y ya lo forma gracias a ellos en Andalucía con una podredumbre que nunca podrá ser igualada en el resto de España.

¿Su incapacidad para pactar? Tampoco parece la causa principal achacable a Mariano Rajoy, porque es más exógena que endógena. Surgen por todas partes los que dicen que Rajoy debería renunciar a ser candidato para que Ciudadanos aceptara pactar con el PP. Pero yo todavía no he oído a Ciudadanos decir nunca que pactarían con el PP si no fuera Rajoy el candidato. Lo que piden es que se suicide y después ya verán si les parece suficiente. Esta patriótica generosidad me deslumbra.

Así que confesaré que a mí me parece que el principal problema político de Mariano Rajoy es aquello en lo que más se parece a José María Aznar: su «despolítica» de medios. Todo lo que el primer gobierno del PP intentó hacer entre 1996 y 2004 en esa materia quedó en nada. Y lo mejor que podría ocurrir con las políticas del Gobierno Rajoy en ese terreno es que también quedasen en nada, pero eso es ya un sueño imposible. Durante el Gobierno Rajoy el PP no ha podido hacerse más daño del que ya se ha causado en materia de comunicación.

Y encima, el Gobierno casi en pleno jalea al grupo mediático que ha engendrado a Podemos desde la televisión más sectaria que imaginar se pueda –con la excusa, siempre, de que tiene otra tele de distinto signo. Y es cierto. Mientras La Sexta emite programas políticos sectarios varias horas al día y siempre contra el PP, Antena 3 ofrece unos informativos con la sección de sucesos más completa de los medios de comunicación occidentales complementada con una destacada información meteorológica. Y qué decir de la emisora de radio hermana, sobre cuya línea editorial ya no hay duda posible una vez que les abandonó el único contrapeso relevante que tenían.

Frente a eso, está el bote salvavidas, empleado como herramienta conseguidora –y no precisamente en materias propias de medios de comunicación. Rajoy y su equipo parecen ajenos a la evidencia de que, frente a cualquier cañonazo disparado desde un acorazado, en un bote salvavidas sólo puede aspirarse a pegar un tiro de fusil. Y en el caso del que nos ocupa, a emplear un tirachinas. Pues nada, ahí van todos, en tropel, agradecidísimos por lo bien que les tratan en la chalupa de fidelidad probadísima.

Y, para que no haya lugar a equívocos –entre los sectarios, porque en el equipo de Rajoy está claro que no quieren enterarse de nada–, en el ejemplar cuya portada ilustra el Gobierno en pleno se elogia al ecuánime Antonio García Ferreras. Y mientras, desde lo que de verdad importa a la propiedad del diario, desde la televisión más sectaria de Europa, sólo les falta miccionar en la chaqueta de todos los miembros de ese mismo Gobierno. Enhorabuena. Así está España.

RAMÓN PÉREZ-MAURA – ABC – 27/02/16

jueves, 25 de febrero de 2016

HERNÁN CORTÉS Y FRANCISCO DE PIZARRO, FAMILIA DE CONQUISTADORES

Aunque tradicionalmente se ha considerado que ambos eran primos, en realidad su parentesco era de tío y sobrino, puesto que la línea de Cortés había corrido una generación más que la de Pizarro.

El coronel no tiene quien le escriba, tituló el americano Gabriel García Márquez una de sus obras más entrañables. Los conquistadores tampoco tienen quien los escriba. Su historia resulta políticamente incorrecta, y los países que contribuyeron a fundar no los reconocen como suyos. Pero incluso así, el caso de Francisco de Pizarro, conquistador del Perú, es más doloroso que otros. A diferencia del admirado Hernán Cortés, Pizarro y sus hermanos gozaron de escaso reconocimiento en el periodo que les tocó vivir. El carácter gris del extremeño y las sucesivas guerras civiles entre ellos no ayudaron, precisamente, a que Pizarro encontrase quien le escriba.

Hernán Cortés, el apuesto capitán

Cuando Pizarro comenzaba a gestar su leyenda hacía veinte años que Hernán Cortés había conquistado Tenochtitlan. Llovía sobre mojado. Cortés fue considerado el mayor héroe en Castilla por sus coetáneos, incluso por encima del militar más prestigioso del periodo, el Gran Capitán. «Fue en tanta estima el nombre solamente Cortés, así en todas las Indias como en España, como fue nombrado el nombre de Alejandro de Macedonia, y entre los romanos Julio César», escribió Bernal Díaz del Castillo, autor de «Historia verdadera de la conquista de la Nueva España». Cortés no era un hombre culto, pero sabía impresionar a la gente a través del verbo. Siendo uno de los encandilados el Emperador Moctezuma, que, en una mezcla de síndrome de Estocolmo y admiración sincera, mantuvo una extraña amistad con el hombre que pretendía derribar su imperio.

Valiéndose de la hostilidad que el Imperio azteca arrastraba entre las tribus vecinas, el extremeño fue capaz de aunar los esfuerzos de distintos jefes locales para abrirse paso por el norte de América, usando aquí la superioridad de las armas europeas para imponerse en el campo militar. No obstante, su gesta estuvo en todo momento acompañado de una cuidada propaganda, buscando así convencer a Carlos V de que la suya era su causa, y no la de su rival y superior, el gobernador de Cuba, que se enfrentó a Cortés durante la conquista de México.

Por lo mucho que le importaba su imagen, Cortés insistió en que su biografía la escribiera su capellán, Francisco López de Gómara. Como recuerda Henry Kamen en su libro «Poder y gloria: Los héroes de la España imperial» (Austral), en esta biografía el descubrimiento y conquista de América se presentaban como elogio triunfal de España y obra bendecida por el mismísimo Señor.

La imagen del héroe extremeño quedó grabada sobre toda una generación. También en el extranjero fue visto durante mucho tiempo como el estereotipo de héroe europeo. «Es el producto final de siglos de preparación para un esfuerzo colectivo de la voluntad humana», describe el historiador norteamericano W. L. Schurz en «This New World».

Francisco Pizarro, el cruel conquistador

Nada que ver con la imagen del gris Pizarro. Nacido en la localidad de Trujillo (Extremadura), Pizarro era un hijo bastardo de un hidalgo emparentado con Hernán Cortés de forma lejana, que combatió en su juventud junto a las tropas españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia. Aunque tradicionalmente se ha considerado que ambos eran primos, en realidad su parentesco era de tío y sobrino, puesto que la línea de Hernán Cortés había corrido una generación más que la de Francisco Pizarro.

En 1502, el extremeño se trasladó a América en busca de fortuna y fama, no siendo hasta 1519 cuando participó de forma directa en un suceso relevante de la Conquista. Francisco Pizarro arrestó y llevó a juicio a su antiguo capitán, Vasco Núñez de Balboa, el primer europeo en divisar el océano Pacífico, por orden de Pedro Arias de Ávila, Gobernador de Castilla de Oro. El descubridor fue finalmente decapitado ese mismo año con la ayuda de la versión más oscura de Pizarro, la que alimenta en parte la antipatía histórica que sigue generando este personaje.

Francisco Pizarro arrestó y llevó a juicio a su antiguo capitán Vasco Núñez de Balboa, el primer europeo en divisar el océano Pacífico

Francisco Pizarro, de 50 años de edad, decidió unir sus fuerzas con las de Diego de Almagro, de orígenes todavía más oscuros que el extremeño, y con las del clérigo Hernando de Luque para internarse en el sur del continente en busca del otro gran imperio americano de su tiempo: los incas. Precedida por la viruela traída por los europeos en 1525, que había diezmado a la mitad de la población inca, la llegada de Francisco Pizarro a Perú fue el empujón final a un imperio que se tambaleaba a causa de las enfermedades, la hambruna y las luchas internas que enfrentaban a dos de sus líderes (Atahualpa y Huáscar) por el poder.

La inferioridad numérica de Pizarro no fue ningún obstáculo. ¿Cómo fue posible que tan pocos pudieran vencer a tantos? es la pregunta que ha causado fascinación en la comunidad de historiadores. «En Cajamarca matamos 8.000 hombres en obra de dos horas y media, y tomamos mucho oro y mucha ropa», escribió un miembro vasco de la expedición en una carta destinada a su padre. La superioridad tecnológica y lo intrépido del plan de Pizarro, cuyas intenciones no habían sido previstas por el emperador Atahualpa, al estimar a los españoles como un grupo minúsculo e inofensivo, obraron el milagro militar.



El secuestro y muerte de Atahualpa, que no llegó a ser liberado pese a que los incas pagaron un monumental rescate en oro y tesoros por él como había exigido Pizarro, marcó el principio del fin de este imperio. Sin embargo, lejos de la imagen de que el extremeño conquistó el Perú en cuestión de días, hay que recordar que la guerra todavía se prolongó durante toda una generación hasta que los últimos focos incas fueron reducidos.

Pizarro y la guerra de los conquistadores

Los conflictos internos entre los conquistadores, que enfrentaron a Pizarro y sus hermanos contra su otrora aliado, Diego de Almagro, enturbiaron todavía más la imagen de los conquistadores del Perú. Tras la derrota y ejecución de Almagro, en un nuevo giro de los acontecimientos, los partidarios del derrotado irrumpieron el 26 de junio de 1541 en el palacio de Pizarro en Lima y le dieron tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar con una de ellas en la garganta, relata un cronista sobre el amargo final del conquistador extremeño. Las guerras civiles entre los conquistadores se prolongaron hasta finales del siglo XVI, convirtiendo a los Pizarro también en villanos a ojos de de la Corona.

Frente al encantador de serpientes de Cortés, que acudió a la Corte de Carlos V a contar sus hazañas, Pizarro no parecía hecho de la materia de que están hechos los héroes. Codicioso por naturaleza, cruel y dado a buscar su interés personal, o al menos así le recordó el mundo. Fue con el paso de los años cuando surgió la leyenda del humilde Pizarro: una persona sin privilegios que abandona la pobreza y engrosa las filas de la nobleza tradicional. Un héroe para el pueblo.

A lo largo de los siguientes siglos, Pizarro ganó en reputación. Los historiadores norteamericanos, que veían en los conquistadores a los precursores de sus grandes pioneros, elevaron a la categoría de esforzado héroe al extremeño. La primera biografía fiel de Pizarro la publicó el norteamericano William H. Prescott en su «History of the Conquest of Peru», quien consideraba que España había descuidado a uno de sus más famosos héroes: «Ningún español ha intentado escribir una historia de la conquista del Perú basada en documentos originales». La prueba de este descuido es que en Trujillo, su lugar de nacimiento, nadie hizo el menor intento de erigir una estatua al conquistador hasta la década de 1890.

Mientras España empezaba a recuperar a sus héroes levemente, Iberoamérica comenzaba a considerar a los conquistadores como genocidas que habían destruido las fértiles culturas previas a la llegada de los españoles. La Guerra de Cuba de 1898 sumó a EE.UU. a esta tendencia histórica contra los personajes españoles. Aquí, tanto Cortés como Pizarro, compartieron el mismo destino. Ni Perú ni México les aceptaron como los padres fundacionales de sus países.

Sobre tumbas, estatuas y biografías perdidas

Tras ser trasladados desde Europa los restos de Cortés a una iglesia de Ciudad de México en el siglo XVII, la independencia del país cambió radicalmente la imagen que tenían sobre él. A diferencia de otros países como Colombia, que sí conservó el culto a Benalcázar o Ecuador con Orellana –en un intento de dar sentido histórico a sus países–, la oposición a Cortés se mantuvo firmemente enraizada hasta el punto de que en la actualidad no hay ninguna estatua de cuerpo entero del conquistador en todo México.

Su tumba llegó a correr peligro. Poco después de la independencia, empezaron a correr pasquines que incitaban al pueblo a destruir el sepulcro. Previniendo la inminente profanación, las autoridades eclesiásticas decidieron desmontar el mausoleo y ocultar los huesos. En la noche del 15 de septiembre de 1823, los huesos fueron trasladados de forma clandestina a la tarima del altar del Hospital de Jesús y el busto y escudo que decoraban el mausoleo fueron enviados a la ciudad siciliana de Palermo.

Trece años después los restos cambiaron su ubicación a un nicho todavía más oculto, donde permanecieron en el olvido durante 110 años. El 9 de julio de 1947, tras un estudio de los huesos, Cortés fue enterrado de nuevo en la iglesia Hospital de Jesús con una placa de bronce y el escudo de armas de su linaje. La única estatua de Cortés erigida en territorio mexicano permanece junto a esta humilde tumba, cuya existencia se guarda de forma discreta en un país que, en su mayor parte, sigue sin asumir como positivo el papel que jugó el conquistador en su fundación.

El caso de Pizarro es casi idéntico. Durante un siglo se creyó que se habían exhumado y expuestos en un féretro de cristal los restos del extremeño. Sin embargo, a finales del siglo XX unos hombres descubrieron una caja de plomo en un nicho sellado de la catedral de Lima con la inscripción «aquí yace la cabeza del Señor Marqués don Francisco Pizarro, que descubrió y ganó los reinos del Perú y los puso en la Real Corona de Castilla». Un grupo de forenses confirmó que esos eran los restos auténticos, y no los que se homenajeaban desde 1892.

A partir de entonces Perú ha mostrado poco interés en homenajear o reivindicar la figura de Pizarro. A petición de las autoridades peruanas, una estatua del conquistador fue trasladada de Nueva York a Lima en 1934, lo cual se convirtió automáticamente en un foco de controversia. En 2003 las presiones de la mayoría indígena dieron como resultado que esta estatua ecuestre de Pizarro fuera llevada al depósito municipal, a la espera de encontrarle una nueva ubicación. Al año siguiente la colocaron, ya sin pedestal, en un parque rehabilitado del barrio de Rimac. La polémica promete seguir vigente.


ABC C. Cervera - 25/02/2016

martes, 23 de febrero de 2016

DESMONTANDO EL PLAN ECONÓMICO DE PODEMOS

Los economistas de Podemos han formulado unos números destinados a hacer atractiva su propuesta que no son realistas. 

No existe un solo caso de semejante subida de impuestos y aumento del gasto en la OCDE que haya generado crecimiento del empleo.

El proyecto económico-fiscal de país de Podemos es fundamental, para entender qué modelo de política económica quieren implantar en España, sobre qué premisas y cuáles pueden ser sus consecuencias para los españoles. Aunque lo primero que debemos tener en cuenta es que Podemos quiere y defiende un referéndum de independencia para Cataluña -y posiblemente para el resto de comunidades que lo pidan, como el País Vasco- de realizarse este referéndum y de salir sí, todo este proyecto de ingeniería económico-fiscal quedaría en agua de borrajas, para empezar porque se perdería el 18% del PIB de España que actualmente supone Cataluña

Pero seamos positivos y pensemos que con o sin consulta, Cataluña seguirá siendo parte de España. El cuadro macroeconómico que contempla la memoria del documento programático es el siguiente: Las cifras presentadas trabajan a propósito con ratios sobre PIB, que permiten dibujar un panorama más difuso y favorable a la propuesta. Traducción: los economistas de la formación morada han formulado unos números que están destinados a beneficiar y hacer atractiva su propuesta, y que no son realistas.

Un PIB disparado. Los cálculos de Podemos suponen una estimación de crecimiento sostenido del PIB en el entorno del 6% hasta 2019, lo que casi nos empareja con países como China. Estamos hablando de más de 280.000 millones de euros respecto a 2015, algo realmente inaudito, teniendo en cuenta la evolución de nuestra economía. Ni España, ni ningún país del primer mundo han crecido en los últimos 30 años a un ritmo del 6% del PIB. España no cuenta con recursos naturales que permitan pensar que de su explotación se podría incrementar el PIB de esa manera -no tenemos ni petróleo, ni minas de diamantes, ni yacimientos de coltán-.

Ni está claro que, aún teniendo esos recursos, España pudiera generar riqueza de esa forma tan espectacular. El Producto Interior Bruto (PIB) es la suma de bienes y servicios que produce un país, y hay ejemplos de países que incluso teniendo fuentes naturales de riqueza se han arruinado simplemente por coyunturas globales y defectuosa gobernanza, como Venezuela, Argentina o Nigeria. Hay países como Japón, con enorme riqueza y mucha mayor inversión pública, que están sumidos en la estancamiento desde hace décadas. La formación morada parte, además, de las propias previsiones del Partido Popular, que ya de por sí incluyen una sobrevaloración del PIB; todo ello sin considerar los riesgos coyunturales que pueden llevar a la baja estos datos, desmontando todo el tinglado ya desde el primer año. El crecimiento anterior se acompaña con una nueva senda de reducción del déficit, que del -2,8%/-1,5%/-0,3%/-0,3% actuales previsto entre 2016 y 2019, pasa a ser del -3,9%/-3,5%/-2,3%/-2,2%. Todo ello, expresado en cantidades absolutas, significa un déficit anual de 45.300, 42.700, 30.400, 30.200 millones de euros respectivamente, déficit que se traducirá en un incremento muy notable de la deuda pública, eso sí, camuflado por nuestro increíble crecimiento, que la dejará en el 90,7% del PIB. Todo muy bonito.

Números al servicio de la ideología.

El primer escollo con el que se encuentran los economistas de Podemos, y que, por supuesto, no aparece en su plan es Bruselas. España forma parte de la Unión Europea y tiene unos compromisos de déficit que debe cumplir. Por supuesto Europa, que ya está siendo flexible en el cumplimiento de déficit para España, no permitirá un cuadro como el que pinta Podemos. Pero, lo que es aún peor, este escenario nos enfrentaría a las instituciones europeas de la misma forma en la que Varoufakis se enfrentó en su día, y ya estamos viendo los resultados de Grecia. Pablo Iglesias se la juega al movimiento "revolucionario político por el cambio" que lidera en Europa el fracasado Varoufakis, un economista que fue expulsado del Gobierno de Tsipras sin contemplaciones. Piensa Iglesias que con Varoufakis, Tsipras y Renzi pueden promover un movimiento de la Europa del Sur contra la Europa del Norte que bien, apoye sus políticas, o bien salga del euro

Resulta importante destacar que las acciones programáticas de Podemos se basan en estos supuestos económicos, que se dan por hechos. Cabe preguntarse cómo, de cumplirse, pretenden convencer a la Unión Europea que, creciendo como motos, pasemos olímpicamente de reducir nuestros números rojos. Puro wishful thinking.

Sobre este endeble armazón, Podemos construye su propuesta de gasto adicional para la legislatura -96.000 millones hasta 2019-, destinado a "revertir los recortes en los servicios públicos fundamentales" a la puesta en marcha de programas sociales (entre ellos, un Plan de Renta Garantizada) y a inversiones públicas (Plan de Transición Energética, gasto en I+D+i,...) potenciada por una banca pública creada a partir de Bankia, Banco Mare Nostrum e ICO, lo que implicaría, para empezar, sacar de Bolsa a Bankia. Como apuntaba un sensato tuitero, "que todo ello no dependa del Gobierno español sino de las autoridades europeas, es un detalle irrelevante". 

¿De dónde proceden los ingresos? No vamos a entrar en el detalle de los gastos, porque se trata de una decisión política sometida a la ideología de los proponentes, pero sí debemos analizar con detalle los ingresos que van a posibilitar dichos gastos. Y ahí entramos en los terrenos del Mago de Oz: De los 96.000 millones señalados, 68.000 (un 70,83%) se encomiendan a fuentes de financiación totalmente inciertas y poco acreditadas:

- 12.000 millones obtenidos de la lucha contra el fraude fiscal. Al menos, ya no son los 45.000 millones que proclamaban antes de las elecciones. Les invitamos a revisar las medidas del programa, donde advertimos muchos más gastos probables (de personal, operativos y costes ocultos) que ingresos esperados. Este dato, siendo el más plausible de todos no se implanta con un mayor número de inspectores fiscales (que se sepa hasta la fecha), sino con el concurso ciudadano, algo así como chivarse de lo que tiene el vecino en nombre del patriotismo mal entendido.

- 29.700 millones de "efecto multiplicador". Merece la pena leer la explicación sobre esta cantidad: "El gasto público del Estado genera actividad económica, lo cual se traduce finalmente en un mayor consumo e inversión y, con ello, en mayor recaudación fiscal. Teniendo en cuenta que este multiplicador del gasto es claramente mayor que el multiplicador de los impuestos, el efecto estimado sobre los ingresos que cabe esperar por esta vía es de 29 .700 millones de euros". Ahí lo dejan. Nos lo tenemos que creer, porque sí. En este punto, hay que explicar que el gasto público se financia de dos maneras: vía impuestos, o vía financiación en los mercados. Una financiación que tiene un coste (denominado el interés de la deuda), y que hay que pagarlo al prestamista. Es decir que es una premisa falsa.

- 26.300 de los "ahorros" (menos esfuerzo de ajuste) derivados de la nueva senda de reducción del déficit. Sí, ésa que las autoridades europeas concederán graciosamente sin contrapartida alguna. Vamos, como en el caso de Grecia o de Portugal.

- El resto de ingresos, 28.000 millones (un 29,17%) corresponden a la recaudación adicional esperada de una nueva reforma fiscal. Dicho en román paladino: más impuestos, salvo en el caso de IVA (merced a unos confusos ajustes), lo que supone superar los 200.000 millones de euros en las principales figuras impositivas, techo que sólo se consiguió en el pico más alto de nuestra monumental burbuja inmobiliaria. Ya nos explicarán cómo se consigue tal objetivo con un 20% de paro y con una economía todavía en lenta senda de recuperación de niveles precrisis, sin construcción ni turismo y con el ajuste productivo aún sin consolidar.

¿Dónde irá la inversión? La pregunta en este punto es obvia: ¿pretende Podemos construir más carreteras, más trenes Ave a ninguna parte, más universidades, más puentes? ¿Quizá pantanos? ¿Exactamente en que piensa invertir Podemos el dinero público? Dicen que contratarán un millón de funcionarios más, España pasaría de tres millones a cuatro millones de funcionarios: ¿Es eso inversión productiva o se puede denominar de otra manera?

En materia de Inversión Inmobiliaria, su política es franquista: se trata básicamente de regresar a las medidas que estaban en las leyes de 1947, 1957 y 1964. Merece la pena recordar en este punto que el impacto de las reformas fiscales emprendidas en el período 2011-2014, tan ferozmente criticadas por Podemos, supuso ya 31.112 millones de euros adicionales a las arcas del Estado. También resulta interesante destacar que el desvío de los ingresos tributarios sobre lo presupuestado, en ese mismo período, fue de -17.107 millones de euros. Hagan cálculos. ¿En cuánto se pueden quedar finalmente esos 28.000 millones? 

Reforma del IVA y del IRPF Interesante también es el punto del IVA del 25% para los "productos de lujo". Una propuesta que es imposible porque la UE no permite tipos impositivos superiores en el IVA al general (que está en el 21%). Pero les da igual, porque ellos en realidad lo que quieren es cambiar Europa. En todo caso, conviene recordar que la industria del lujo da trabajo en España directamente a 200.000 personas (individuos con familias), y que el año pasado supuso ventas superiores a 10.000 millones de euros. El ingreso medio de un artesano de la marroquinería, joyería, industria del calzado de lujo o de moda es superior a la media. Todo ello sin entrar en el turismo de lujo y su impacto en la economía, o en la gastronomía de lujo y su capacidad de movilizar crecimiento económico local. Detalles sin importancia: el lujo es malo.

El documento establece que el esfuerzo en IRPF recaerá sobre las rentas mayores de 60.000 euros de base imponible. De nuevo, recordemos: las rentas de más de 60.000 euros generan apenas un 33% del total de la recaudación. Apretando a estos contribuyentes, retocando deducciones y corrigiendo "la dualidad de la tarifa entre rentas del trabajo y ahorro" se pretende recaudar 10.000 millones adicionales. Ahí es nada. 

Sumen a ello una "reforma en profundidad del Impuesto de Sociedades" (+12.000 millones) y la recuperación de Patrimonio y Sucesiones (+2.000 millones). Pero es que además se sacan de la chistera otros 8.000 millones de euros en "fiscalidad verde" (atentos a las medidas), un "impuesto de solidaridad" a las entidades financieras y el Impuesto sobre Transacciones Financieras (la famosa Tasa Tobin). 

Otras tasas imponibles Esto es: impuestos, impuestos y más impuestos que, de forma directa o indirecta, acabarán pagando sí o sí "la gente" para la que pretenden legislar. Es más, ¿tal incremento fiscal sobre familias y empresas no va a tener repercusión en el estratosférico crecimiento esperado? ¿No afectará al consumo, a la inversión y al emprendimiento, y por ende al multiplicador mágico? ¿Dónde se contempla la reacción de los agentes económicos a estas medidas? ¿Y la supervisión y armonización europeas? Demasiados interrogantes para tanto humo. 

Montoro, con la mayor subida de impuestos de la historia, elevando cinco puntos el marginal por la necesidad de cuadrar las cuentas, aumentó la recaudación de IRPF en 4.000 millones. Ellos creen que van a sacar más del doble. No hablan ya de "impuestos a rentas altas" sino "acomodadas". En Navarra o Cantabria ya han demostrado que suben los impuestos a todos. Especialmente a los pobres, incrementando los indirectos -gasolinas, etc,-.

La media histórica de errores en estimación de ingresos fiscales, según el BCE, es del 1% del PIB. Eso significa que Podemos lanzaría a España a un déficit anual superior al 8%, el mayor del mundo y unos 240.000 millones más de deuda. Eso llevaría a la prima de riesgo a dispararse aunque el BCE nos apoye, como hemos visto en Portugal o Grecia.

Podemos se ha inventado el multiplicador del gasto corriente. Estiman una expansión económica que duplica el crecimiento medio histórico del PIB nominal aumentando en 93.000 millones el gasto corriente. No la inversión. Es una broma pensar que la solución es gastar más cuando llevamos ocho años con una expansión fiscal de más de 60.000 millones anuales. Pero es alucinante que Podemos pida más déficit -más deuda- cuando en sus mítines y sus cientos de horas de televisión han estado pidiendo insistentemente auditoria de la deuda, impago y salida del Euro. ¿Quieren pedir más para luego no pagar? Genial.

El plan es claramente antiempleo y anticrecimiento, subirá impuestos a pymes y autónomos, y no existe un solo caso de semejante subida de impuestos y aumento del gasto en la OCDE que haya generado crecimiento del empleo.

Podemos olvida el impacto del aumento de flujo de deuda aunque el BCE la monetice. Un dato relevante: cada 1% de eventual incremento del coste de la deuda de aquí a 2019, supone unos 10.000 millones de gasto adicional. Además, aumentar el déficit en tal cantidad va a disparar la prima de riesgo, y con ello destruye el acceso a crédito de empresas y familias.

Daniel Lacalle es economista y director de inversiones en Tressis Gestión.

Sebastián Puig es analista, escritor y conferenciante.

Pilar García de la Granja es periodista, especializada en información económica.


domingo, 21 de febrero de 2016

PASTORES O BORREGOS

El nuevo político concentra sus esfuerzos en los temas que fracturan a la sociedad en dos bandos para dejar claro que él es el líder de uno. Cuanto más se hable de lo que nos divide a los españoles, y menos de lo que nos une, mejor

Los políticos son pastores y, a la vez, borregos. Por un lado, tienen que liderarnos, proponiendo soluciones a nuestros retos colectivos. Por otro, deben escucharnos, adaptándose a nuestras demandas. Tradicionalmente, el político carismático lideraba en los retos que unen a toda la sociedad (economía, paro, bienestar) y escuchaba en las cuestiones que nos dividen (energía nuclear, aborto, alianzas exteriores). ¿Recordáis cuando los partidos democristianos dejaban libertad de voto a sus parlamentarios en temas morales, o los Gobiernos socialistas convocaban referendos sobre la permanencia en la OTAN, mientras mantenían unas coordenadas marcadas en políticas sociales y económicas?

Pues bien, hoy es al revés. Los políticos exitosos son pastores en los asuntos menores y borregos en los mayores. No sabemos qué edad de jubilación proponen, pero sí qué monumentos querrían retirar de las plazas públicas o cómo vestirían a Melchor en la cabalgata de Reyes. Para ser más precisos, muchos políticos han renunciado al liderazgo en lo que en ciencia política se llaman “temas de valencia”, aquellas cuestiones cuyos objetivos son compartidos por la ciudadanía, como el crecimiento económico, la reducción de la criminalidad o la cohesión social. Los políticos telegénicos no pierden el tiempo en desplegar argumentos mínimamente elaborados sobre cómo abordarían estas metas complicadas. Prefieren refugiarse en los llamados “temas posicionales”: aquellos donde los ciudadanos discrepan sobre el objetivo final, como las relaciones exteriores, el aborto, la cadena perpetua, la enseñanza de la religión o la ubicación de la foto del Rey en el salón de plenos.

En principio, parece una mala estrategia. Si quieres ganar las elecciones, ¿para qué subrayar lo que divide a los votantes y no lo que los une? El corresponsal del Financial Times en España, Tobias Buck, se preguntaba con un sentido común muy británico por qué Podemos y sus confluencias gastan tanto capital político en asuntos como los toros y las procesiones religiosas, que antagonizan a los votantes moderados, en lugar de centrar sus energías en temas, como la vivienda o la pobreza, donde existe un mayor acuerdo social. La respuesta es que antagonizar es una fórmula de éxito en la política actual.

Los políticos se están convirtiendo en guerreros culturales. Los hemos visto en la política norteamericana desde los años noventa, cuando Pat Buchanan lanzó una guerra cultural contra Bill Clinton a la que se han sumado paulatinamente las generaciones posteriores de políticos republicanos. Para los guerreros culturales, la política no es un proceso de negociación para alcanzar un consenso, sino una lucha entre el Bien (prohibir el aborto y el matrimonio homosexual, permitir las armas y la pena de muerte) y el Mal (lo contrario). El político apela a su tribu cultural. No quiere conquistar al votante centrista, sino movilizar a los extremistas.

El político no quiere conquistar al votante centrista, sino movilizar a los extremistas

El guerrero cultural se ve favorecido por una selección cada vez más democrática de los candidatos electorales. Veamos el curioso caso de Ted Cruz, el heredero de Buchanan dispuesto a librar una batalla cultural con otro miembro de la familia Clinton. Cruz, que podría ser el candidato republicano a la presidencia tras ganar el caucus de Iowa, perdió en 2012 por más de 10 puntos la primera ronda de las primarias republicanas a su escaño en el Senado por el Estado de Texas frente a un republicano prestigioso y moderado. Sin embargo, Cruz logró ganar en la segunda ronda gracias a la movilización de las bases más radicales, incansables al desaliento y siempre dispuestas a acudir a unas nuevas primarias. Ahora, en su cruzada para activar a millones de votantes evangelistas, quiere replicar la misma estrategia a escala nacional: ¿para qué guiar al rebaño entero con mensajes ponderados cuando puedes vencer agitando a las ovejas furiosas?

En España, la guerra cultural es cada día más rentable porque hay más competición política. Por una parte, la proliferación de primarias, si son cerradas a los militantes, favorecen a los candidatos más ortodoxos frente a los más heterodoxos. Por otra parte, la mayor oferta de partidos hace más provechoso el frentismo. Cuando puedes ganar las elecciones con poco más del 25% de los votos, tiene más sentido energizar a los fieles que atraer a los indecisos.

La guerra cultural va más allá de la estética de la nueva política. De las camisetas, las coletas, las rastas y el uso del lenguaje de la calle. La nueva política usa la estética como un arma más de la guerra cultural. Nuestra estética frente a su estética. Nuestro Melchor frente al suyo. Nuestros héroes libertarios frente a sus generales y monjas en las placas de las calles. El nuevo político abandera todo lo que puede unir a los suyos no a pesar de, sino precisamente porque los separa de los demás. El nuevo político concentra sus esfuerzos en los temas que fracturan a la sociedad en dos bandos para dejar claro que él es el líder de uno. Cuanto más se hable de lo que nos divide a los españoles, y menos de lo que nos une, mejor. Y, en las preocupaciones de todos, aquellas que requieren argumentos sutiles como el encaje de las aspiraciones nacionalistas, no hay que mojarse. Que “la última palabra la tengan los ciudadanos” es la expresión favorita de muchos nuevos políticos.

Corremos el riesgo de que el clima de efervescencia transmute en una disputa cultural

Sin embargo, el gran beneficiado de la guerra cultural es el PP. Simplificar la política como una contienda entre dos Españas culturales —la Virgen y la corbata frente al libertinaje y los piojos— le ayuda a erigirse como una referencia clara para los votantes de derechas. Ciudadanos sufre cada vez que debe elegir entre las dos culturas y el PP se aprovecha. Además, y a nivel más general, la guerra cultural permite a los partidos conservadores derrotar a los progresistas de forma indirecta. Uno de los candidatos republicanos menos preparados de la historia, George W. Bush, venció a uno de los demócratas con más credenciales, Al Gore, en las elecciones de 2000 porque centró muchos de sus ataques en un tercero, el mediático activista político y ecologista Ralph Nader, haciendo que la discusión se trasladara a terrenos donde Nader podía robar votos a Gore. Al contrario que en la guerra, aquí triunfas si consigues que el enemigo de tu enemigo sea tu enemigo.

En definitiva, corremos el riesgo de que el clima de efervescencia política que vivimos transmute en una disputa cultural. En una lucha de identidades y no de visiones políticas. De qué somos los españoles y no de qué queremos ser. Un lugar propicio para los guerreros culturales y los borregos políticos.

Víctor Lapuente Giné es profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Gotemburgo y autor de El retorno de los chamanes (Península). 9 FEB 2016. El País.