miércoles, 16 de marzo de 2011

RAZONES EN CONTRA DE UNA INTERVENCIÓN MILITAR EN LIBIA

Por Félix Arteaga, investigador principal de Seguridad y Defensa, Real Instituto Elcano (REAL INSTITUTO ELCANO, 16/03/11):

Tema: Frente a la creencia emocional de que una intervención militar internacional en Libia podría solucionar la crisis en curso, existen razones para considerarla como el último instrumento al que recurrir entre todos los posibles.

Resumen: La necesidad de resolver la situación creada en Libia ha generado una controversia entre quienes creen que una intervención militar solucionaría la crisis y entre quienes ven contraindicaciones en el remedio elegido. Entre los primeros figuran quienes tienen una aproximación humanitaria, mediática o ideológica a la crisis y creen que la intervención militar es idónea para evitar los sufrimientos de la población, los combates entre las facciones y la continuidad del régimen de Gadafi. Entre los segundos figuran quienes desaconsejan recurrir de forma apresurada a una intervención militar debido a las malas experiencias operativas, jurídicas y de imagen acumuladas en las intervenciones de los últimos años. En medio de las dos posturas anteriores se encuentran los gobiernos que deben decidir sobre la intervención en función de sus propias valoraciones.

Este ARI describe los riesgos asociados a una intervención militar como la que se propone sobre Libia, las lecciones aprendidas de intervenciones semejantes y la probabilidad de que la intervención se decida más por criterios políticos y de opinión pública que por una evaluación detallada de la situación.

Análisis: La mayor parte de las intervenciones militares internacionales para solucionar las crisis de la post-Guerra Fría han coincidido con la difusión de imágenes impactantes en los medios de comunicación social. Incluso antes de que existiera la CNN, la aparición de esas imágenes más centradas en los efectos dramáticos de las crisis que en sus causas generaba angustia entre los receptores y les motivaba a movilizarse para demandar una respuesta internacional. El conocido como “efecto CNN” traduce emociones en demandas de actuación inmediata hacia los gobiernos, que se ven en la necesidad de “hacer algo” para atender esas demandas. Tras décadas de apagón informativo sobre Libia, la contestación social al régimen de Gadafi, los disturbios producidos y la represión de los mismos ha introducido la crisis libia en la agenda mediática internacional, intensificando las peticiones para que la comunidad internacional –cualesquiera que esta sea– haga algo para acabar con la crisis libia. Como resultado, los responsables de la respuesta internacional se debaten entre dos aspectos de la decisión: qué hay que hacer y quién lo hace.

Desde que se desbloqueó el Consejo de Seguridad tras finalizar la Guerra Fría, las operaciones de mantenimiento de la paz parecieron ser la respuesta ideal para resolver los problemas de seguridad internacional. El despliegue de tropas internacionales sobre el terreno parecía adecuado para resolver conflictos armados y las resoluciones del Consejo de Seguridad legitimaban la intervención militar de quienes deseaban y podían hacerlo. La práctica condujo a una expansión del instrumento militar para la resolución de las crisis en detrimento de los preventivos (es más fácil conseguir fondos para estabilizar crisis que para desactivarlas) junto con la creciente delegación de la gestión de esas operaciones a quienes las ponían en marcha (la existencia de contribuyentes es un requisito previo –y no posterior– a las resoluciones del Consejo).

La proliferación de crisis y su creciente complejidad han ido erosionando, por un lado, la fe en el instrumento militar porque las crisis obedecen a causas de naturaleza socioeconómica, étnica, política o cultural que el potencial militar, por sí sólo, no puede resolver. Puede ganar tiempo para que se pongan en marcha otros instrumentos, pero no existe una solución militar para problemas estructurales, culturales y complejos como los de Irak, Afganistán, Somalia o la República Democrática del Congo (RDC). Por otro lado, el peso de la intervención recae siempre sobre los mismos actores y siguen siendo EEUU, los países europeos y sus aliados quienes se ven en la obligación de hacer algo ante la pasividad o renuencia de la mayor parte de la sociedad internacional para asumir su cuota de responsabilidad en la paz y la seguridad internacional. Consecuentemente, quienes están dispuestos a intervenir en nombre de todos –lo que podría coincidir con la denominada comunidad internacional– han desarrollado un sentido patrimonial de la responsabilidad que les ha llevado a considerarse legitimados para intervenir sin estarlo (Irak, Kosovo) o a sobrevalorar en ocasiones su capacidad de solucionar conflictos (Somalia, Bosnia Herzegovina o Afganistán).

La constatación de estas carencias condujo a mediados de esta década al desarrollo del concepto de gestión integral de crisis internacionales (comprehensive approach) por el que la respuesta a las crisis complejas –no a las menores– pasaba por integrar la intervención de todos los actores desde el primer momento para solucionar las dimensiones más importantes de las crisis y no sólo la militar. Frente a esta opción más racional y de futuro, los responsables de recomendar o adoptar las decisiones sobre qué hacer no han asimilado las lecciones aprendidas y siguen primando todavía los reflejos tradicionales de hacer “algo” cuanto antes sin reflexionar sobre qué hay que hacer después, de hacer cada uno por su lado, dejando para la coordinación para otro día, y de no sopesar en detalle las consecuencias de una intervención militar.

Los dilemas del qué hacer: “to do, not to do or to do something”
A pesar de la cantidad de información que circula sobre Libia, se sabe bastante poco de la situación real y mucho menos de las causas profundas que han llevado a la situación actual. A la opinión pública le puede bastar unas imágenes o los titulares de los medios de comunicación social para hacerse una idea de lo que pasa, pero esa información no es suficiente para los gobiernos que deben tomar decisiones que afectan a la vida de las personas, al derecho internacional y a los intereses nacionales. Conocer la realidad libia es complicado porque las fuentes de información de ambos bandos ya han entrado en la guerra de la propaganda, los medios internacionales de comunicación no pueden desplazarse con libertad para contrastar sus informaciones y las informaciones mediáticas se nutren de fuentes anónimas o parciales.

Acciones como las operaciones aéreas de las fuerzas leales al régimen de Gadafi pueden presentarse desde medios oficiales como actuaciones contra objetivos militares mientras que desde fuentes rebeldes esas acciones se presentarán como bombardeos contra la población civil. Se acumulan los píxeles de información y se genera una imagen virtual pero todavía no se sabe cuál será la imagen real. El principio –que no el derecho– de la “responsabilidad de proteger” que ampara las intervenciones por razones humanitarias sólo puede aplicarse cuando se constata la urgencia humanitaria grave y sistemática. Esa es la línea roja que están trazando las declaraciones como las del secretario general de la OTAN, Anders F. Rasmussen, cuando advierte a Gadafi de que no se tolerarán ataques sistemáticos contra la población civil. Conscientes de la existencia de esa línea roja, las fuerzas leales al coronel Gadafi evitan cruzarla y las rebeldes denuncian que las cruzan constantemente. No es fácil saber lo que ocurre cuando las fuentes son escasas y poco fiables. En 1996, cuando los refugiados de la catástrofe humanitaria de Ruanda de 1994 se desplazaron desde los campamentos fronterizos hacia Ruanda y Burundi, los agentes humanitarios sobre el terreno y la propia comisaria europea, Emma Bonino, pidieron una intervención militar urgente ante la catástrofe que se estaba produciendo. Incluso continuaron haciéndolo cuando los responsables militares de la Operación Colmillo del Fénix que se estaba preparando comprobaron por las imágenes de los satélites que no existía tal riesgo.

Por eso, los gobiernos que disponen de medios de inteligencia para saber qué está pasando sobre el terreno, si las acciones armadas son sobre la población o sobre objetivos militares, los están empleando para supervisar la evolución real de los acontecimientos. Esa información procesada y contrastada es la que marca la diferencia entre aplicar el principio de la responsabilidad de proteger o el del Derecho Internacional Humanitario que se aplica a los conflictos armados. Al empleo indiscriminado de la fuerza durante los primeros días por las fuerzas armadas libias, que les valió la condena internacional y la descalificación del gobierno libio como interlocutor de la población civil, le ha seguido un uso más militar y selectivo sobre objetivos militares acorde con el Derecho Internacional Humanitario. Por su parte, entre quienes se movilizaron contra Gadafi no sólo están los civiles que se rebelaron de forma tan pacífica como sus contrapartes tunecinas o egipcias sino también quienes, a diferencia de estos, asaltaron y quemaron centros oficiales, se hicieron con las armas abandonadas y combaten con ellas para derrotar al régimen. No son dos bandos equiparables en cuanto a su capacidad militar pero mientras ambas partes recurran a la fuerza, la situación se parece más a una guerra civil que a una agresión armada. Discriminar entre conflicto armado y represión indiscriminada y probar la existencia continuada y sistemática de ataques a la población civil es fundamental para que el Consejo de Seguridad apruebe una resolución que permita el uso de la fuerza, para que los gobiernos decididos a intervenir lo hagan y, también, para que el fiscal Moreno-Ocampo pueda probar la existencia de crímenes de guerra pasados o presentes, de “cualquiera de los dos bandos” como él mismo ha recordado ante la Corte Penal Internacional. El recuerdo de la controversia entre quienes abogaban por un ataque preventivo sobre Irak y quienes pedían tiempo para verificar las causas de la intervención –entonces las armas de destrucción masivas– sigue vivo entre quienes no quieren tropezar otra vez en la misma piedra y a todos nos gustaría que el Colin Powell de ahora presentara al Consejo de Seguridad pruebas más contundentes que entonces.

Las intervenciones las carga el diablo
Las dificultades para una intervención militar no acaban con la necesaria legitimación sino que también se extienden a su eficacia y efectos. Las operaciones militares comienzan por recoger inteligencia y elaborar planes de contingencia para llevar a cabo las distintas opciones militares cuando así se decida. Quienes asesoran a los responsables de tomar decisiones no pueden proponer acciones fundamentadas principalmente en percepciones, emociones y encuestas de opinión. Deben ofrecer también la mejor inteligencia disponible sobre la realidad, aunque esta no guste o no coincida con los titulares mediáticos, y llevar a cabo análisis de riesgos que determinen qué se puede hacer militarmente. La mejor intervención no es la más rápida sino la que produce los efectos deseados, y el planeamiento militar precisa su tiempo. No hay garantías de que una intervención militar sea rápida, quirúrgica y controlada como las que se proponen a propósito de Libia. Las operaciones cambian rápidamente de naturaleza (mission creeping) y las reglas de enfrentamiento de partida pueden endurecerse si se produce la escalada. España intervino en Bosnia para facilitar la distribución de ayuda humanitaria y ha salido 15 años después tras hacer casi todas las misiones posibles, incluidas las de combate. Las crisis tienen vida propia y no evolucionan de acuerdo a las asunciones ideales de partida.

En segundo lugar, y como ha señalado el secretario de Defensa de EEUU, Robert Gates, establecer una zona de exclusión aérea puede llevar a un enfrentamiento directo, largo y costoso con las fuerzas armadas libias. En el mejor de los casos, aquel en que la intervención internacional disuadiera al líder libio de usar la fuerza, se necesitarían muchos aviones, barcos y bases para imponerla, mientras que en el caso menos favorable de que el coronel Gadafi siga empleando la aviación, sería necesario anular sus defensas aéreas y los ataques directos podrían llevar a respuestas militares de las fuerzas libias sobre personas, aeronaves o intereses de quienes intervienen. Finalmente, y este es un aspecto del que casi nunca se habla, la intervención militar tiene un coste que sufragan individualmente los países que contribuyen a las operaciones. Según datos del RUSI, la operación de exclusión aérea de Irak costó 1,5 billones de libras y 34.000 salidas aéreas de media durante los 12 años de su duración. El escenario libio tendría un menor coste logístico pero los gobiernos que pueden poner en marcha estas operaciones tienen ya sus fuerzas expedicionarias y sus presupuestos al borde del estrés operacional y deberán evaluar si en esas condiciones pueden permitirse una intervención adicional.

La suerte de las intervenciones militares no se decide sólo en los campos de batalla, se decide principalmente entre las percepciones de quienes residen en esos campos y de quienes envían sus tropas a ellos. El resultado final depende de que los resultados, para unos y para otros, justifiquen el esfuerzo realizado. Mientras llegan los resultados, lo que se perciben son los costes y eso altera el apoyo de partida. Por ahora, el régimen de Gadafi va perdiendo la batalla de las percepciones porque ha empleado la fuerza militar para reprimir las manifestaciones y los medios de comunicación siguen presentando sus acciones militares como ataques a la población civil, aunque esta esté armada y trate de derrotar militarmente al dictador. Pero esa percepción puede cambiar porque disparar para proteger también produce daños colaterales. En las guerras modernas se combate entre la gente y llevar a cabo acciones aéreas sobre objetivos militares dispersados entre la población o en zonas de enfrentamiento fluidas aumentaría el riesgo de víctimas civiles. Los depósitos de armas libios bombardeados por las fuerzas de Gadafi estaban en las afueras de las ciudades pero si hubieran estado dentro su impacto en cifras de víctimas habría sido incalculable. Al igual que en intervenciones anteriores contra Sadam Hussein o Slobodan Milosevic, nada apoyaría más la causa del autócrata libio que mostrar víctimas civiles, por lo que no dudará en camuflar sus medios entre su propia población o capturar combatientes extranjeros (el régimen libio ha devuelto a los militares británicos y neerlandeses que detuvo por entrar de forma irregular en su territorio pero podría usarlos como rehenes la próxima vez si se les derriba o captura entre los combatientes). Por otra parte, tras el apoyo o el rechazo al régimen de Gadafi existe un entramado de intereses tribales que puede acentuar el carácter de guerra civil, por el reparto del poder, el territorio o los recursos petrolíferos, y resulta fácil apoyar a una población unida contra un autócrata, pero la empatía resulta más difícil cuando afloran los intereses ocultos y los enfrentamientos internos.

Tercero, la supresión de las actividades aéreas no significa el fin de los enfrentamientos. Ni en Bosnia ni en Irak sirvieron para parar la guerra. Los enfrentamientos continuarán mientras rebeldes y leales confíen en decidir su suerte por las armas y mientras no puedan imponerse unos sobre otros. Las fuerzas leales a Gadafi están consolidando el control de la zona occidental y los rebeldes su control de la oriental, manteniendo enfrentamientos mientras avanzan o retroceden. Según fuentes abiertas, en los combates participan un número restringido de fuerzas, entre 6.000 y 8.000 miembros por cada lado, y ninguna cuenta con la experiencia y la capacidad necesaria para imponerse a la otra. Además, la exclusión aérea difícilmente puede evitar el empleo de helicópteros, carros de combate o artillería pesada, por lo que tarde o temprano quienes la llevan a cabo pueden verse obligados a entrar en una escalada aérea o terrestre. Para decantar la victoria a favor de los rebeldes sería necesario apoyarles con equipo militar, instructores o fuerzas terrestres, y hacerlo cuanto antes y en gran número si se quiere acabar pronto con el régimen de Gadafi. La decisión no es neutral porque apoyar militarmente a un bando frente a otro acaba creando o consolidando una reputación de injerencia en asuntos internos, especialmente si se interviene con doble rasero. 

En un escenario de levantamientos populares en muchos países árabes, la posibilidad de obtener mayor apoyo si las movilizaciones degeneran en un enfrentamiento armado puede incentivar una escalada de provocaciones hasta conseguir que los gobiernos establecidos actúen violentamente contra la población civil. Hay que recordar que el Ejército de Liberación Kosovar, sabiendo que la OTAN intervendría para prevenir una acción humanitaria, no dejó de provocar a las fuerzas serbias hasta que desencadenaron la respuesta paramilitar que justificó finalmente esa intervención.

En cuarto lugar, hay que tener en cuenta que las intervenciones producen efectos indirectos en la reputación de los países que participan. EEUU en particular, pero también los países de la OTAN, de la UE y la propia Naciones Unidas no gozan de buena reputación en el mundo árabe, lo que les obliga a ser especialmente prudentes y les aconseja actuar de forma subsidiaria a los actores árabes. Varios de los grupos que se levantaban contra Gadafi, al menos mientras parecía que iban a derrotar por la vía rápida a Gadafi, manifestaron su oposición a una intervención externa. Luego algunos han pedido que se creara una zona de exclusión aérea y otros han pedido que se ataque desde el aire a las fuerzas que les atacan. A fecha de hoy (14 de marzo de 2010) sólo la Liga Árabe ha solicitado oficialmente la exclusión aérea, pero ninguno de sus miembros tiene capacidad para participar en ella y países como Turquía, que sí podría, se oponen a la intervención militar. Cualquier medida de apoyo militar o humanitario a los rebeldes debería realizarse a través de actores locales y regionales para no restarles protagonismo en la solución de sus problemas. Lo contrario podía interpretarse por los contendientes o por terceros como una intromisión extranjera, imperialista o infiel en lugar de como una intervención altruista motivada por razones humanitarias (especialmente debido a que la intervención se plantea en Libia, donde hay petróleo).

En último lugar, y teniendo en cuenta que ni Gadafi ni quienes le están apoyando tienen adónde ir, es de esperar que resistan por todos los medios a su alcance antes de ser derrotados y, después, que traten de desestabilizar al nuevo gobierno. La experiencia de Irak muestra la necesidad de contar con un plan de actuación para el día siguiente a la intervención militar y así evitar un vacío de poder que fomente la insurgencia, las luchas tribales, la delincuencia armada o la llegada de voluntarios yihadistas. Quienes apoyan la intervención en Libia deben asumir la corresponsabilidad del día siguiente y evitar que se repita lo ocurrido con los talibán en Afganistán o con al-Qaeda en Irak. Precisamente allí se ha aprendido la necesidad de conocer bien las claves culturales de los actores enfrentados (cultural awareness) antes de planificar una operación militar. Quienes sopesan la intervención deberán evaluar si tienen esa comprensión sobre las personalidades agrupadas en el Consejo libio, las tribus favorables y opositoras a los Gadafi y el resto de actores relevantes, no vayan a caer en manos de un nuevo Karzai, de una tribu dominante o de un grupo de notables en el exilio como ocurrió en Afganistán.

Conclusiones para una intervención anunciada: Es probable que Gadafi y sus fuerzas acaben traspasando las líneas rojas y la intervención se haga necesaria, pero todavía es más probable que la intervención se produzca porque hay que hacer algo. Quienes están evaluando los pros y los contras de una intervención y tengan dudas sobre la viabilidad y eficacia de una intervención militar precisarán mucho liderazgo y dotes de comunicación para oponerse al lugar común de actuar cuanto antes. Hasta ahora, sólo quienes han conocido de primera mano las consecuencias de las intervenciones militares de Irak y Afganistán –los responsables de las fuerzas armadas y de inteligencia de EEUU– se han manifestado en contra de la misma, por las razones señaladas anteriormente. Por el contrario, la mayoría de los gobiernos que pueden intervenir se han mostrado dispuestos a hacerlo en cuanto cuenten con un mandato del Consejo de Seguridad o con el apoyo de la comunidad árabe, por lo que la línea que les separa de una intervención es cada vez más fina.

Quienes desean acabar rápidamente con el régimen de Gadafi por razones humanitarias, éticas, políticas o energéticas, tenderán a minusvalorar los riesgos asociados a las intervenciones y las contraindicaciones jurídicas y operativas mencionadas. Presentarán una operación de exclusión aérea limitada en tiempo, duración y con los riesgos controlados. Si la intervención acelera el derrumbamiento del régimen de Gadafi se anotarán el éxito de la decisión, pero si la intervención se alarga en el tiempo, quienes la decidieron no serán normalmente los que luego tengan que rendir cuentas de los resultados de las decisiones adoptadas (para ser sinceros, tampoco tienen que hacerlo quienes apoyamos u objetamos las intervenciones apoyándonos en nuestra capacidad académica, mediática o humanitaria de influir en las decisiones).

En todo caso, y antes de poner en marcha la intervención sería deseable que quienes lo hagan expliquen las razones por las que actúan militarmente y no por otra vía, los objetivos que pretenden conseguir y la forma de evaluar el progreso hacia ellos, los riesgos derivados del uso de la fuerza y si la intervención en Libia es un caso excepcional o están dispuestos a repetir la intervención allí donde se repitan las circunstancias, para no ser criticados de aplicar medidas de doble rasero. Lo contrario evidenciaría que se llega a la decisión sin una evaluación rigurosa de sus consecuencias, movidos por la demanda establecida de hacer algo y confiados en que todo salga bien y en que todo sea en la realidad como lo deseamos en nuestro imaginario.

Las lecciones aprendidas muestran que el empoderamiento de los actores implicados, en este caso la sociedad libia y la comunidad árabe y africana en sentido amplio, es esencial para una solución eficaz y legítima del conflicto. El apoyo a las acciones en la que ellos decidan y ejecuten puede llevar más tiempo que poner en marcha una intervención militar a cargo de una coalición internacional, pero una intervención externa que reste protagonismo a esos actores cuestionará la legitimidad y el orgullo de los rebeldes libios si tiene éxito. Y si no lo tiene, arrojará mayores dudas sobre si las intervenciones militares de la última década sirven para solucionar problemas complejos o, simplemente, para hacer algo.


domingo, 13 de marzo de 2011

Los rebeldes del norte de África prefieren el Corán a la democracia

El 59% de los egipcios considera que la democracia es mejor que la tiranía, pero el 80% de sus musulmanes defiende castigar el adulterio con lapidación y la pena de muerte para quien abandona el islam. Creer en la soberanía popular sin reconocer los derechos individuales, esa es su democracia.

El estudio del Pew Research sólo añade tres países más que se parecen a los que han sufrido las revueltas o han empezado a experimentarlas. Jordania y Paquistán arrojan resultados muy parecidos a los de Egipto, mientras que en Nigeria los musulmanes que apoyan ese tipo de violaciones de los derechos humanos son una mayoría que apenas supera el 50% de la población.

Aunque no existen datos precisos sobre todos los lugares en los que se han producido las revueltas, la principal excepción a esta colisión entre el islam y los derechos individuales podría ser Túnez. Es posible igualmente que la población de Bahréin sea más tolerante, pero debemos recordar que no deja de ser un emirato donde se produce un apartheid religioso: los suníes imponen su ley a los chiíes aunque sean una clara minoría.

Los últimos treinta años han visto crecer exponencialmente la islamización de la sociedad en buena parte de Oriente Medio y el norte de África. Según las propias estadísticas del Gobierno egipcio el número de mezquitas por habitante se multiplicó por ocho entre 1986 y 2005 en todo el país.

Olivier Roy, quizás el experto mundial que mejor conoce el islam político junto con Gilles Kepel, cree que hay que distinguir entre el conservadurismo religioso de la gente por un lado y que quieran que esos valores se conviertan en los pilares del Estado por otro. Según el artículo que publicó en Le Monde, la islamización de la sociedad ha desatado una corriente individualista que asume la confesión y las prácticas de cada uno como algo enteramente privado.

El planteamiento de Roy acierta al dibujar la realidad de que muchos musulmanes rechazan los regímenes teocráticos que tienen línea directa con Dios y las comunicaciones rotas con el pueblo. Sin embargo, exagera al proyectar sobre ellos la privacidad de la religión que existe en occidente: Los musulmanes egipcios (85%), nigerianos (82%), jordanos (76%) y paquistaníes (69%) consideran que la influencia del islam en la política es francamente positiva y dejan abierta la puerta a que el Estado se ponga al servicio de determinadas prácticas incompatibles con los derechos humanos.

Los estallidos revolucionarios de unos rebeldes que se sublevan contra sus tiranos reclamando la soberanía popular ofrecen la impresión de que efectivamente son democráticos. El apoyo o al menos la complicidad silenciosa de la mayoría de la población en muchos casos también confirman esa primera sensación. Cuando los vemos arrodillados con pancartas pacifistas o prenderse fuego ante los cuerpos de seguridad o los tanques del sátrapa, nuestras dudas se evaporan definitivamente.

Sin embargo, el protagonismo que esperan del islam en sus instituciones y su defensa de los castigos tal y como los establece el Corán demuestran que no persiguen la democracia, sino descabezar a sus dictadores y hacer que el poder vuelva a la mayoría. 
 
Los derechos individuales, sin los que el pueblo soberano tiene licencia para linchar y destruir a las minorías, quedan apartados de la ecuación junto con el surgimiento de un verdadero sistema de libertades.

sábado, 12 de marzo de 2011

IRAK Y LIBIA, GUERRA PREVENTIVA, INTERVENCION HUMANITARIA O AGRESIÓN ARMADA

Por Charles Krauthammer, columnista de The Washington Post (EL MUNDO, 10/03/11)

Numerosas voces en todo el mundo, desde Europa a América pasando por Libia, piden la intervención de EEUU para ayudar a deponer a Gadafi. Sin embargo, por derrocar al ex dictador iraquí Sadam Husein, Washington ha sido denunciado reiteradamente por agresión, engaño, arrogancia e imperialismo.

Estamos ante una extraña inversión moral, teniendo en cuenta que el mal provocado por Sadam pertenecía a un orden de magnitud muy por encima del que por ahora ha causado el tirano libio. Gadafi es un asesino caprichoso; Saddam era uno sistemático. Gadafi también es demasiado inestable y perturbado como para rivalizar con el aparato baazista iraquí, que era un sistema nacional integral de terror, torturas y asesinatos a gran escala. Bajo el régimen de Sadam fueron gaseadas aldeas kurdas enteras para dar lugar a lo que Kanan Makiya denomina «una República del Miedo».

Además, esa brutalidad sistematizada hacía imperecedero a Sadam en un sentido en el que Gadafi no lo es. De hecho, rebeldes libios apenas armados han logrado hacerse con la mitad del país por su cuenta. En Irak, en cambio, no existía ninguna posibilidad de poner fin al régimen sin el terrible mandoble (hicieron falta tres semanas enteras de ataques militares) de Estados Unidos.

No importa lo hipócrita del doble rasero. Ahora que las revoluciones asolan Oriente Próximo y todo hijo de vecino es un converso de la agenda de la libertad de George W. Bush, Irak no es lo único que ha caído en el olvido. También queda olvidado el «realismo» político que con tanto orgullo proclamaba Obama en sus dos primeros años de mandato -el «poder inteligente» frente al presunto idealismo empañado de Bush-.

Empezó con motivo de la primera visita a Asia de la secretaria de Estado Hillary Clinton cuando públicamente restó importancia a los problemas de derechos humanos en China. La Casa Blanca también recortó un 50% los fondos en apoyo a la promoción de la democracia en Egipto. Y recortó hasta en un 70% los destinados a la sociedad civil, los fondos para las organizaciones que, precisamente, ahora nos hacen falta para apoyar la democracia egipcia.

Este nuevo realismo alcanzó su apogeo con las reservas y el retraso de Obama a la hora de manifestar cualquier cosa en apoyo a la Revolución Verde de 2009 en Irán. Por el contrario, el presidente dejaba claro que las negociaciones nucleares con el desacreditado y criminal régimen de los ayatolás (conversaciones que hasta un niño podía ver que no iban a ningún lado) tenían preferencia sobre los revolucionarios demócratas de las calles, hasta el extremo de que los manifestantes de Teherán cantaban «Obama, Obama, o estás con nosotros o con ellos».

Ahora que la revolución se ha extendido de Túnez a Omán, sin embargo, la Administración estadounidense se lanza a ponerse a la altura de la nueva dispensa, reiterando el pilar fundamental de la Doctrina Bush de que los árabes no son ninguna excepción a la sed universal de dignidad y libertad.

Irak, por supuesto, exigió una implicación militar de EEUU mantenida en el tiempo para invertir las fuerzas totalitarias que tratan de asfixiar al nuevo Irak. ¿Pero no es esto lo que se nos está pidiendo que hagamos ahora con la creación de una zona de exclusión aérea sobre Libia? En condiciones de guerra civil activa, tomar el control del espacio aéreo libio exige un compromiso militar en el tiempo.

Bien, se puede afirmar que el precio en sangre y recursos que EEUU pagó para establecer la democracia de Irak fue demasiado elevado. Pero con independencia de la opinión de cada cual sobre esta cuestión, lo innegable es que en Oriente Próximo Irak es hoy la única democracia árabe funcional, con elecciones pluripartidistas y la prensa más libre. Su democracia es frágil e imperfecta -hace sólo unos días las fuerzas de seguridad reprimieron a los manifestantes que exigían mejores servicios públicos-, pero si Egipto estuviera igual de desarrollado políticamente dentro de un año como Irak hoy, nos parecería un gran éxito.

Para los libios, el efecto de la Guerra de Irak es más concreto aún. Al margen del baño de sangre al que se enfrentan, se les ha ahorrado la amenaza del genocidio. Gadafi estaba tan aterrorizado por lo que hicimos a Sadam e Hijos que alcanzó un acuerdo de culpabilidad renunciando a sus armas de destrucción masiva. Para el rebelde en Bengasi, no es una cuestión baladí.

Pero se nos dice incesantemente que Irak envenenó la mentalidad árabe contra EEUU. ¿En serio? ¿Dónde está el antiamericanismo campando a sus anchas por cualquiera de estas revoluciones? Son el presidente de Yemen y el delirante Gadafi los que se despachan contra conspiraciones estadounidenses para gobernar y esclavizar. Los manifestantes de las calles de Egipto, Irán o Libia desean que Washington ayude. No corean lemas pacifistas -¿se acuerda del No más sangre por petróleo de la izquierda estadounidense?-. ¿Por qué iban a hacerlo? EEUU se marcha de Irak sin apropiarse del petróleo, sin haber establecido ninguna base permanente, sin dejar atrás un régimen títere sino una democracia funcional. Esto, tras los comicios de los dedos entintados en unas elecciones libres en Irak vistos por televisión en todas partes, sirve de ejemplo a la región entera.

Facebook y Twitter habrán mediado sin duda en este esfuerzo panárabe (e iraní) por alcanzar la dignidad y la libertad. Pero la Doctrina Bush despejó el terreno.


OSCAR ELIAS BISCET, MERECEDOR DE UN NOBEL, LIBRE AL FIN

El régimen cubano libera a Oscar Elías Biscet

La dictadura cubana liberó ayer a Oscar Elías Biscet, uno de los principales disidentes que ha cumplido 11 años en prisión y a quien se le confirió la Medalla Presidencial de la Libertad de Estados Unidos por su categórico apoyo a la oposición pacífica.

"No voy a decir que voy a continuar en la oposición, porque ni en la cárcel dejé de mantener una actitud contestataria contra este gobierno y los abusos que comete'', dijo Biscet en La Habana.

El médico negro, de 49 años, cumplía una sentencia de 25 años de prisión por ‘‘actos contra la soberanía y la independencia del territorio nacional'' bajo la injusta Ley 88 de 1999, conocida como Ley Mordaza. Biscet creó la Fundación Lawton por los Derechos Humanos y la Democracia, y ha estado activo en una campaña basada en el pensamiento cristiano que se opone al uso por parte de Cuba del medicamento Rivanol para abortos en las últimas semanas de embarazos.

Sus críticas firmes contra el gobierno cubano, sus llamados a la desobediencia civil pacífica y sus modales tranquilos lo han convertido en el disidente más conocido de Cuba y le valieron la Medalla de la Libertad que le otorgó el presidente George W. Bush en el 2007.

La salida de Biscet fue anunciada el jueves por la oficina del cardenal Jaime Ortega, arzobispo de La Habana, como parte de la liberación de presos políticos prometida por el gobierno el pasado 7 de julio. Ortega anunció en aquel momento que Raúl Castro estuvo de acuerdo en liberar a los últimos 52 disidentes de un grupo de 75, incluido Biscet, que fueron sentenciados en el 2003 a términos de prisión de hasta 28 años luego de una serie de juicios sumarios de un día o menos. Unos 40 prisioneros fueron liberados para el plazo prometido del 7 de noviembre después que estuvieron de acuerdo en ir directamente de la prisión al exilio en España. Pero Biscet y otros 11 se negaron a dejar el país y se quedaron en prisión más allá del plazo. Sólo tres quedaban en prisión el viernes. Cuba también ha liberado alrededor de otros 50 presos que se incluyeron en la lista de "presos políticos'' debido a que fueron condenados por delitos ‘‘contrarrevolucionarios'', aunque estaban acusados de actos violentos como el secuestro de embarcaciones o aviones.

Biscet fue detenido en 27 ocasiones entre febrero de 1998 y noviembre de 1999, usualmente por períodos cortos, pero algunas veces en celdas de castigo, debido a sus primeras actividades opositoras, de acuerdo con el recuento de Morejón. Se le sentenció a tres años de prisión en 1999 por cargos de desorden público al escenificar una marcha pacífica por La Habana días antes de una Cumbre Iberoamericana, de jefes de estado y gobierno de países de habla española y portuguesa. Biscet cumplió los tres años en su totalidad en una prisión de alta seguridad en la ciudad oriental de Holguín --Morejón enfrentó duras dificultades de transporte para visitarlo-- y se le liberó en noviembre del 2002. Justo 37 días después fue arrestado de nuevo y juzgado en abril del 2003 con los otros 74 disidentes encarcelados durante la llamada Primavera Negra. En su mismo juicio se condenó a Angel Moya, Orlando Fundora y Miguel Valdés a 20, 18 y 15 años, respectivamente. Después del juicio, Morejón les dijo a los reporteros que el "único delito [de Biscet] es honrar la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su propio país''. Las sentencias que se les impusieron a los 75 totalizaron 1,454 años. de cárcel.

viernes, 11 de marzo de 2011

OTRA VEZ BENEFICIANDO A CATALUÑA CONTRA EL RESTO DE ESPAÑA

La Caixa es la entidad más beneficiada por las normas de cómputo del capital que introduce el Real Decreto-Ley de recapitalización. Según fuentes conocedoras de la situación, el capital principal (core capital) de la entidad catalana se elevará del 8,6% publicado al cierre de 2010 hasta el 9,9%, que será lo que anuncie hoy el Banco de España en su informe sobre la capitalización del sector financiero.

El citado Decreto introduce algunas modificaciones notables en la forma de calcular la ratio de capital respecto a las normas internacionales en vigor, las de Basilea II. Las dos principales son que el dinero ya recibido del FROB (el llamado FROB 1.0) formará parte del core capital y que también computarán las plusvalías y minusvalías latentes que tienen las entidades en los activos disponibles para la venta.

El Banco de España permitió en noviembre que no se restaran de los fondos propios las minusvalías latentes, en un momento en que el derrumbe de la deuda periférica habría hecho un siete a las cuentas de la banca. Pero el Real Decreto-Ley exige que vuelvan a deducirse, y, a cambio, bancos y cajas también podrán sumar a su capital las plusvalías que tengan, no sólo en bonos -donde siguen siendo escasas- sino también en bolsa y en cualquier tipo de activos.

Y aquí es donde sale muy beneficiada la caja que preside Isidre Fainé, gracias a las fuertes plusvalías latentes que acumula en sus participaciones en Repsol y Telefónica, las únicas consideradas disponibles para la venta y que pasarán al nuevo banco CaixaBank. En el resto de participaciones que posee en la cartera de la antigua Criteria, La Caixa controla más del 20% del capital y, por tanto, tiene la gestión compartida.

El resultado es que el core capital de la entidad se disparará hasta el 9,9% según las normas del Decreto. De esta forma cumplirá más que sobradamente el requisito del 8% que el Gobierno va a exigir a las entidades que, aunque sigan siendo cajas (La Caixa ha renunciado a convertirse en fundación), canalicen su negocio financiero a través de un vehículo que tenga más de un 20% del capital en manos de terceros.
 
Sin poner en duda la gestión de La Caixa, parece que no hay medida de este gobierno que  no esté dirigida a beneficiar Cataluña, a sus empresas, a sus políticos y a quien haga falta con tal de que lleva la bandera catalana. Al resto, ya sabemos: España, ese concepto discutido y discutible.


LAS LEYES DE LA GUERRA

Siguiendo la serie de artículos interesantes sobre la guerra de los últimos días, con motivo de las revoluciones árabes y del conflicto armado de Libia, les propongo la lectura de esta crítica literaria publicada en Foreign Affairs (March/April 2011) donde se trata este asunto que cambia sus reglas según los intereses políticos del momento; las reglas que valieron en Servia-Kosovo ya no eran útiles en Irak, y parece que vuelven a serlo en Libia a juzgar por las declaraciones de políticos y periodistas.
 
Con la interesada evolución de las reglas sobre la guerra, sobre su carácter justo o injusto, legal o ilegal, lo único que parece que estamos consiguiendo en España es que la población deje de ver la política democrática como una solución a los problemas, un límite a la violencia, una regulación ordenada de la convivencia, y empiece a considerarla sólo como una cobertura a los intereses particulares de los políticos de turno, que ahora están decididos a matar inocentes, porque siempre mueren inocentes en los ataques aéreos y en las intervenciones humanitarias, mientras ayer se negaban.


Fighting the Laws of War:
Protecting Civilians in Asymmetric Conflict
 
Charli Carpenter (Associate Professor of International Affairs at the University of Massachusetts-Amherst).

...... Two recent books explore that dilemma by examining the relationship between the laws of war and civilian protection during battle. In Moral Dilemmas of Modern War, Michael Gross contends that the current safeguards against civilian casualties are too stringent to address the complexities of today's wars, barring states from adequately combating irregular forces. 
 
Meanwhile, Stephen Rockel and Rick Halpern argue in Inventing Collateral Damage that the current international regulations are too weak, permitting and even enabling states to harm civilians during combat.

From two widely different perspectives, the books cast doubt on the value of the existing international regulations presumably designed to mitigate war's impact on civilians. But a closer look suggests that these authors overstate the tensions between the laws of war and the modern battlefield and underestimate just how well the existing statutes are working. Although the laws of war require strengthening, they constitute a firm foundation on which to better protect civilians.

TOO MUCH OR TOO LITTLE?

The current laws of war regarding civilian protection resulted from a process of treaty development that included nineteenth-century agreements to safeguard the sick and wounded, which were gradually extended in the twentieth century to prisoners of war and then to civilians caught in conflict. A cardinal rule of the existing framework insists that civilians may not be deliberately targeted, unless they participate directly in hostilities. The laws stipulate that military forces must direct their operations toward combatants and military objectives only and must conduct themselves in a manner that allows their adversaries to distinguish them from civilians -- by wearing uniforms, for example, or carrying arms openly. The drafters of the Geneva Conventions carefully delineated combatants and civilians to assist militaries in distinguishing between them. In addition, the conventions state that when in doubt, military forces should assume the targets are civilians and that some number of combatants among a civilian population does not render that civilian population a legitimate target.

Gross argues that this legal structure unfairly favors insurgents on the modern battlefield. Many of today's wars are fought in dense urban environments, largely between uniformed state militaries and guerrillas in civilian clothing. The problem, he believes, is ..... that the rules ..... provide too much protection for nonstate armed groups in this new type of war, on the mistaken assumption that civilians are always innocent bystanders. This hobbles Western militaries in their attempts to protect those considered by Gross to be "truly innocent" civilians -- those who reside in democracies and are subject to guerrilla violence and terrorism.

Many civilians in modern wars are agents and not just bystanders, as Gross correctly points out: they aid and abet insurgents by storing their weapons, producing their propaganda, providing them with food and shelter, and even agreeing to act as civilian shields. It is no surprise to him ....  that powerful states  ....  would expand the circle of "legitimate targets" to include civilians who assist insurgents, because it is otherwise difficult to see how they could successfully wage war at all. Gross justifies this expansion by arguing that it is vital for democracies to prevail in asymmetric conflicts. In such conflicts, he argues, democratic states are protecting their own civilians, and in some cases the citizens of other nations, from terrorist attacks.

By contrast, Rockel, Halpern, and other contributors to their volume are far more critical of powerful governments' records in war. Whereas Gross emphasizes moral asymmetry in modern war -- highlighting the distinction between democratic armies defending their citizens and guerrillas who attack civilians using the cover of their own countries' populations -- Rockel and Halpern focus on the asymmetry of force between powerful state militaries and their weaker guerrilla adversaries. They claim that the West's callous indifference to "unintended" civilian casualties in the developing world today is analogous to its historical record of atrocities in imperial wars, which often involved depredations against civilians. Just as colonial states in those wars used dehumanizing euphemisms, such as calling natives "savages," to legitimize their actions, modern Western militaries unacceptably justify and sanitize civilian casualties by invoking the concept of "collateral damage" -- a military term used to describe regrettable but unintended, and therefore lawful, casualties of war. The notion that civilian deaths are permissible if unintended ..... has allowed militaries to whitewash the destructiveness of their operations. In other words, the existing laws of war, which prohibit intentional civilian targeting but permit "accidental" civilian deaths, are part of the problem.

Marc Herold's chapter in Inventing Collateral Damage lends credence to the notion that modern technologies and legal statutes meant to protect civilians may in fact be used in ways that place them in greater danger. His data suggest that the ratio of civilian deaths to tons of ordnance dropped has actually increased in the past 20 years, as precision weapons have been introduced in greater numbers. Herold argues that Western militaries have become overconfident in their ability to safely deploy weapons such as smart bombs and drones in dense urban neighborhoods and at night. This may explain the high number of estimated civilian casualties from drone strikes in Pakistan; the New America Foundation calculates that approximately a third of drone-strike casualties are civilians. It troubles Rockel and Halpern that the laws of war permit such high levels of civilian casualties ..... the rules are designed to legitimize violence rather than restrain it.

Both books are thus skeptical about the ability of the existing laws of war to balance national security and the protection of civilians. As interpreted by the Goldstone report, international law appears to handicap states' ability to target insurgents who purposefully operate in civilian areas -- revealing, according to Gross, the inability of the current system to adapt to new modes of war. Meanwhile, in their book, Rockel, Halpern, and the other contributors argue that the existing body of laws protecting civilians during wartime actually sanctions their deaths at the hands of states operating behind the shield of "collateral damage." Do the laws of war, then, need to be adapted to the current era, and if so, how?

STRIKING A BALANCE


In outlining the limitations presented by the laws of war in addressing modern conflicts, Gross argues that the current legal framework for civilian protection must change to meet state interests. He is sympathetic to the new tendency among Western states to broaden the scope of acceptable military targets to include civilians who assist insurgents ....  a deviation from the existing norm by states seeking to pursue their interests outside the bounds of the law. Were this trend adopted as a new legal standard, it would be nothing less than an abandonment of the current rules, weakening civilian protection rather than strengthening it.

Moreover, underlying Gross' belief that the laws of war must change to meet states' needs is the historically flawed notion that modern combat presents unique challenges. The kinds of asymmetries in the warfare he writes about are hardly unprecedented. The laws of war have in fact already adapted to many of the questions that, according to Gross, have been raised for the first time by recent wars. The current framework distinguishes, for example, between civilians who support warring factions by providing food and shelter, who are not automatically rendered legitimate targets, and civilians who take up arms themselves, who do lose their immunity. Gross points out that these rules place critical restraints on the actions of state militaries. But he overstates the case when he suggests that the laws of war tie their hands completely. To Gross, there seem to be only two options for state forces engaged in asymmetric wars: bend the rules by fighting guerrillas with an expanded notion of legitimate targets, or prepare to lose.

Yet a third option exists: militaries can choose to place their uniformed men and women in harm's way rather than cede the moral high ground by placing civilians in greater danger. When Gross describes the fundamental dilemma of asymmetric war as "who do we bomb when there are no more accessible military targets?" he assumes that states must deploy aerial firepower to defeat their unconventional enemies. But this is not the only tool in the arsenals of Western states. To combat insurgents and protect civilians simultaneously, governments could choose to use ground troops, which are arguably better equipped to discriminate between innocent bystanders and insurgents and their accomplices. Although militaries risk significantly higher casualties by deploying their troops rather than dropping precision bombs, this sacrifice is precisely what the logic of just war requires: that civilians not become more expendable than a country's armed forces.

Gross is not alone in his undue cynicism about the existing principles. Rockel and Halpern argue that the very idea of "collateral damage" .... increases military leaders' apathy toward the consequences of their operations and encourages crimes against civilians. But in making this claim, the authors conflate "collateral damage," which describes regrettable yet lawful casualties of war, and "war crimes," which result when governments deliberately target civilians. For example, many of their book's chapters detail atrocities to which the concept of "unintended casualties" does not apply, such as sexual violence. Moreover, nothing in the case studies shows even a correlation, much less a causal relationship, between the invention of the euphemism "collateral damage" during the Cold War and a purported rise in unintended civilian casualties. In fact, U.S. government documents disclosed by the whistleblower Web site WikiLeaks last October suggest the opposite: in those papers, U.S. troops appeared to invoke the risk of collateral damage to justify their failure to fire at legitimate military targets.

Inventing Collateral Damage does successfully document the brutalities of warfare before the 1949 Geneva Conventions. If anything, however, this suggests that the treaties' norms may have reduced such horrors since World War II. In fact, according to Simon Fraser University's Human Security Report 2005, the overall plight of civilians in recent hostilities appears to have vastly improved relative to earlier times. However extensive the collateral damage in Afghanistan, for example, there is a world of difference between accidentally hitting civilians in Kandahar with not-so-smart bombs and firebombing Dresden to break the population's morale. The distinction between accidental and intentional killing -- and the firm rule that military necessity does not excuse the intentional targeting of civilians -- has saved countless civilian lives in the past half century.

But Rockel and Halpern are right to note that although the international community has worked to reduce intentional civilian targeting, it has been too complacent about reducing unintended civilian casualties. Protection for civilians against the effects of lawful military operations remains scant, and international discussion about increasing those safeguards has been minimal. Many of the contributors to Inventing Collateral Damage suggest that such complacency renders the entire effort to regulate war an exercise in hypocrisy. Yet as in the case of Gross' concerns, a more pragmatic approach would be to explore options for strengthening, expanding, and clarifying the existing rules.

STRENGTHENING CIVILIAN PROTECTION

Although Moral Dilemmas of Modern War and Inventing Collateral Damage suggest otherwise, the laws of war have never been static and have often improved to reflect changing times. Points of confusion in the law regarding civilians can be clarified today through the same process that has been used to ban land mines or protect displaced persons in recent years. Specific rules will need to be worked out by states, but nongovernmental organizations and legal experts are proposing many ideas about what these rules could look like.

First, any international effort to reduce and respond to the civilian costs of war will need a mechanism for measuring and categorizing casualties of war. The Geneva regime currently provides no formal means of tracking who dies and how in military operations worldwide, leaving states' humanitarian policies to be guided by wildly conflicting and ad hoc measures. The Oxford Research Group, a London-based nongovernmental organization dedicated to sustainable security, recently created the Recording Casualties of Armed Conflict project and, with several humanitarian organizations, has issued a memorandum calling on governments to establish rules standardizing this process. Such data, as Gross and Rockel and Halpern argue, are crucial in resolving moral debates over the proportionality of various methods of combat.

Governments should additionally reconsider whether certain weapons, such as high-yield explosives, can really be considered discriminate when deployed in urban areas. A 2010 report by Landmine Action demonstrates that civilian casualties caused by these devices -- artillery shells, bombs, and mortars among them -- are exceedingly high in populated areas, and especially so among children. The damage is even greater when the secondary impacts of urban warfare are considered, including disease, malnutrition, and economic ruin. If the goal is to better protect civilians from the incidental effects of war, limits on the use of such weapons, at least in urban areas, may be required.

Yet even new regulations governing the deployment of explosives in populated areas would still likely leave some civilians in the crossfire. And in such cases, the Campaign for Innocent Victims in Conflict, a Washington-based nongovernmental organization, argues that governments should provide compensation to civilians accidentally harmed during legitimate combat operations, just as they sometimes pay reparations to victims of war crimes. The U.S. government has actually taken the lead on this issue, initiating a system of condolence payments for the families of civilian casualties of the wars in Afghanistan and Iraq. Several other countries, including Georgia, Germany, and Pakistan, are beginning to follow suit, and Israel has paid reparations in several limited cases. If widely adopted, this practice would not only provide some solace to civilians when disaster strikes but also, perhaps, incentivize militaries to take greater care to avoid causing such casualties in the first place.

Even if no new laws are developed in the near future, military planners, government officials, and lawyers could reduce civilian casualties by simply modifying their interpretations of the existing legal doctrines. To begin, clarifying the notion of what constitutes direct civilian participation in hostilities would help states more accurately judge when civilians remain protected and when they have lost their immunity. The International Committee of the Red Cross has already drafted language defining "direct participation" as acts that cause direct harm either to enemy forces or to the enemy's military operations and capacity, but states should develop a consensus around a definition so that they and others can be better held accountable for their actions.

Additional questions in need of resolution include how to determine whether, in the words of international treaties, a government has taken "all feasible precautions" to prevent civilian harm and whether it has inflicted "excessive" civilian casualties in relation to its military gains. The current laws of war leave these issues to states' discretion, but governments could collaborate to limit the gray area between civilian deaths considered unfortunate and those deemed unlawful. New or clarified rules will need to balance humanitarian principles in war with the human security costs of doing too little in cases in which insurgents or terrorists prey intentionally on the innocent. Many militaries are already grappling not just with how to weigh civilian casualties against military necessity but also with how to balance the risk of civilian casualties during a given strike against the benefits that such a strike could provide to those civilians by neutralizing predatory militias.

Some might argue that further innovations in the laws of war are unlikely. But the international rules that are now taken for granted -- say, the right of wounded soldiers to receive aid from neutral humanitarians on the battlefield -- once seemed just as far-fetched. And reconsiderations of humanitarian law have often occurred in times of systemic crisis such as these, when the human costs of the mismatch between existing laws and changing times become clear. One such transformation took place in the 1970s, when the Additional Protocols to the Geneva Conventions were established. States recognized that the most recent Geneva regulations, passed in 1949 and designed to address the conditions of World War II, required updating to respond to the unconventional wars associated with decolonization. The Additional Protocols extended the definition of "lawful combatants" to nonstate parties fighting wars of national liberation and codified the existing rules against targeting civilians, whose protection had previously been instituted only in relation to civilian conditions in occupied territories. Similarly, the 1998 Rome Statute, which created the International Criminal Court, represented an effort to bolster the Geneva regime. The court was created in response to the atrocities in Bosnia and Herzegovina and Rwanda in the 1990s -- horrors that underscored the need for an international judicial body to prosecute and punish war criminals. According to the Human Security Report 2005, the number of war crimes and genocides committed by government forces is dropping. This may well be in part because the original rules were augmented and are now influencing military doctrine worldwide.

Collateral damage in modern warfare, too, can be minimized by more clear-cut regulations. Governments should work to reduce both long-term and short-term civilian harm in war, atone for lawful as well as unlawful deaths, and cooperate to bring nonstate actors that target civilians to justice. But to achieve this, states must work together to strengthen the rules themselves. And assessments of the existing laws of war should be balanced and forward-looking rather than cynically pessimistic. It is well within the power of the international community to strengthen civilian protection in the twenty-first century.

jueves, 3 de marzo de 2011

INTERVENCIONES MILITARES, RESPONSABILIDAD DE PROTEGER

Y un tercero por el australiano Tim Dunne en Open Democracy sobre la misma cuestión, intervención militar sí o no, y por quién.

If not now, when? The responsibility to protect Libyans – who?

Prominent neo-conservatives associated with the G.W.Bush administration have written to President Obama calling for a US-led Nato to develop plans to command Libyan waters and air space. Will this protect the Libyan people?

‘Time after time we have seen one regime after another fail in their most fundamental responsibility to protect their civilian populations’, said Kevin Rudd in his speech to the Human Rights Council. The Australian Minister for Foreign Affairs urged fellow government leaders to listen to the Libyan peoples’ ‘cry for freedom’ and stand firm against Muammar Gaddafi’s regime.

The setting for the Council meeting was Geneva, where the League of Nations crumbled in the 1930s, as member states realized they lacked the capacity and the will to implement the collective security doctrine embodied in the League Covenant. That decade, Japan, Italy and Germany all breached international rules with virtual impunity, until Britain and its allies declared that enough was enough and took up arms against fascism.

Despite the failure of the League of Nations, the victorious powers after 1945 put in place a successor institution whose purpose was to maintain international peace and security. The Charter of the United Nations opens with the bold statement that ‘we the peoples’ resolve to end the scourge of war and affirm the ‘fundamental human rights’ of all.

This revolution in moral sensibility has not been matched by an enhanced capacity to respond effectively when human rights are being grossly violated. The problem, simply stated, was that the ‘international community’ was constituted by governments who were entitled to claim non-interference in their domestic jurisdiction. Yet it was governments who committed the worst crimes against humanity in the post 1945 era, with the genocides in Cambodia (1975), Rwanda (1994), being the most egregious examples.

Such a gap between commitment and capability was recognized by former UN Secretary General Kofi Annan, who demanded at the turn of the millennium that the international community come up with a resolution to the problem. In Annan’s words, ‘If humanitarian intervention is indeed an unacceptable assault on sovereignty, how should we respond to a Rwanda, a Srebrenica… that offend every precept of our common humanity?’

Within a matter of five years, the UN had gone a long way to develop a set of norms that sought to protect human beings and not the governments that abused them.  The doctrine ‘Responsibility to Protect’ (R2P) was agreed by all heads of government in 2005. It commits the community of states to respond to atrocity crimes in a decisive manner, including the use of force where prudent.

In light of this doctrine, that Australia has played a key role in developing and advocating, how should the international community respond in order to make sure Benghazi and Zawiyah do not become today’s Srebrenica and Kigali - places that the world stood and watched as atrocity crimes were being committed?

Initial signs of concerted action are hopeful. The UN Security Council resolution of 26 Feb called for ‘decisive action’ and ‘tough measures’ against the Gaddafi regime. R2P was invoked, for the first time in a Security Council resolution against a specific country. This is already being seen by R2P advocates as a pivotal sign of the norm’s growing acceptance as an appropriate guide to international action.

It is important to stress that the circumstances that triggered the Security Council’s deliberation are unusual. First, the Libyan ambassador to the UN denounced the Gaddafi regime, leaving it without a single ally. Second, the measures adopted – travel bans, freezing assets, criminal court investigations – are robust but will not do anything to prevent further atrocities if the army and security forces remain loyal.

The clamour to step up the international action against the pro-Gaddafi forces reaches beyond the UN building in New York and the think tanks on Massachusetts Avenue in Washington. Leaders of western governments are contemplating tough action, including a no-fly zone and securing a humanitarian corridor to ease the passage of refugees.

Unless Gaddafi goes quickly, it is likely that the international community will take tougher action against his regime. But will this be done at the behest of the Security Council? Veto-wielding powers such as Russia and China have intimated they would oppose a resolution permitting force to be used. If they do not shift ground, an alternative possibility is that action could be taken by NATO. (esa fue la respuesta en el caso de Servia, que fue atacada por la OTAN sin resolución favorable de Naciones Unidas, sin que "casi nadie" protestara por ello).

This would appeal to many advocates of intervention in the United States. A strongly worded letter to the American President, calling for decisive action, has been posted on the Foreign Policy Initiative website. It was signed by 40 policy analysts, and included prominent neo-conservatives associated with the George W. Bush administration, including Robert Kagan, William Kristol, and Paul Wolfowitz, former deputy-defence secretary under Bush.

The letter demands that the United States and NATO allies develop operational plans to command Libyan waters and air space. Consistent with the position that the neo-conservatives adopted in relation to Iraq, there is no mention of the need to establish a wider consensus behind this action.

For neo-cons, as well as some internationalists who support the Obama administration, the United Nations is too weak and divided to take effective action. They would rather see it replaced by some kind of league of democratic states which has both the power and, in their eyes, the moral authority to taken international action.

The problem with actions outside the UN Security Council is that they are in breach of a rules-based international order; and as Rudd put it in his speech, states such as Australia who aspire to be ‘good international citizens’ must ‘build, sustain, and enhance’ global and regional rules.

It is the last part of this quotation that provides an intriguing possibility for coercive action against the Gaddafi regime should the UN Security Council fail to authorize such action. NATO forces took action against the Federal Republic of Yugoslavia in 1999. While air power would not be prudent in the case of Libya, the process whereby western states sought legitimacy for their actions outside the Security Council could become an important precedent in the coming weeks.

Back in 2000, former South African President Nelson Mandela criticized the Kosovo intervention not on the grounds that NATO powers had circumvented the Security Council, but because they had failed to act when Africans had been slaughtered.

Should Gaddafi and his army fight to consolidate their power, it is hoped that the Security Council authorizes all necessary coercive measures that are likely to succeed and that meet the test of proportionality. The Australian government is right to continue to pressure diplomats in New York and world leaders to ensure they live up to their promise to protect civilians from atrocity crimes. Mandela should be given an answer to his question about double standards.

JUSTICIA UNIVERSAL E INTERVENCIONES MILITARES

Y un segundo post sobre intervenciones militares y justicia mundial por el profesor Peter Synger, también en Project Syndicate.

El mundo ha contemplado horrorizado la utilización por el coronel Muamar el Gadafi de su ejército para atacar a quienes protestan y se oponen a su gobierno y ha matado a centenares o posiblemente miles de civiles desarmados. Muchos de sus propios hombres se han negado a disparar contra su propio pueblo y se han pasado al bando de los rebeldes o han volado con sus aviones a la cercana Malta, por lo que Gadafi ha llamado a mercenarios de países vecinos, dispuestos a obedecer sus órdenes. 

Los dirigentes del mundo se han apresurado a condenar las acciones de Gadafi. El 26 de febrero, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas votó unánimemente la imposición de un embargo de armas a Libia y la remisión del caso de la violencia del régimen al Tribunal Penal Internacional para el posible procesamiento de los responsables e instó a los Estados Miembros a que congelaran los activos de Gadafi y de su familia.

Es la primera vez que el Consejo de Seguridad ha remitido por unanimidad una situación que entraña violaciones de los derechos humanos al Tribunal Penal Internacional y es digno de destacar que países que no son miembros del Tribunal –incluidos los Estados Unidos, Rusia y China– apoyarán esa decisión. Así, pues, se puede considerar esa resolución otro paso más hacia la creación de un sistema mundial de justicia con capacidad para castigar a quienes cometen violaciones flagrantes de los derechos humanos, independientemente de su condición política o jurídica en su país.

Sin embargo, en otro sentido la resolución del Consejo de Seguridad ha sido decepcionante. La situación en Libia pasó a ser una prueba de la seriedad con que la comunidad internacional se toma la idea del deber de proteger al pueblo contra sus gobernantes. Se trata de una idea antigua, pero su forma moderna echa sus raíces en la trágica falta de intervención contra el genocidio de Ruanda en 1994. Según las conclusiones de una investigación posterior de las Naciones Unidas, tan sólo 2.500 militares adecuadamente capacitados podrían haber impedido la matanza de 800.000 tutsis.

El ex Presidente Bill Clinton ha dicho que el error cometido durante su presidencia y que más lamenta fue el de no instar a la intervención en Ruanda. Kofi Annan, que entonces era Secretario General Adjunto de Operaciones de Mantenimiento de la Paz, calificó la situación en las NN.UU. en aquel momento de parálisis “terrible y humillante”.

Cuando Annan pasó a ser Secretario General, instó a que se formularan principios que indicasen cuándo está justificado que la comunidad internacional intervenga para impedir violaciones flagrantes de los derechos humanos. A ese respecto, el Gobierno del Canadá creó una Comisión Internacional de Intervención y Soberanía de los Estados, que recomendó que se considerara justificada la intervención militar, como medida extraordinaria, en los casos en que estuviera habiendo –o fuese inminente– una pérdida de vidas en masa causada por acciones deliberadas del Estado o la negativa o la dejación del Estado a la hora de actuar. La Asamblea General de las NN.UU. hizo suyos esos principios en su Cumbre Mundial especial celebrada en 2005 y volvió a examinarlos en 2009 y una mayoría abrumadora de Estados los apoyó.

Ese principio cuadra con la situación actual en Libia. Sin embargo, en la resolución del Consejo de Seguridad no hay referencia alguna a la posibilidad de una intervención militar y ni siquiera a la imposición de una zona de exclusión aérea sobre Libia a fin de impedir que Gadafi utilice aviones para atacar a quienes protestan.

Un organismo particularmente interesado en transformar la idea del deber de proteger en un motivo para la intervención es el Centro Mundial en pro del Deber de Proteger de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, que ha pedido a los miembros de las NN.UU. que cumplan compromisos que contrajeron en 2005 y hagan realidad el deber de proteger en el caso de Libia. Insta a que se examine la posibilidad de adoptar diversas medidas, varias de las cuales iban incluidas en la resolución del Consejo de Seguridad, pero también una zona de exclusión aérea.

Además de sostener que el deber de proteger puede justificar la intervención militar, la Comisión Internacional sobre Intervención y Soberanía de los Estados recomendó un conjunto de principios cautelares. Por ejemplo, la intervención militar debe ser el último recurso y, además, debe haber pocas probabilidades de que sus consecuencias sean peores que las de la inacción.

Corresponde juzgar a los expertos si las características específicas de la situación en Libia se ajustan a los principios cautelares. Nadie quiere otra guerra prolongada como las del Iraq y del Afganistán, pero Libia no es el Iraq ni el Afganistán: su población representa sólo una quinta parte de la de cualquiera de esos dos países y hay un potente movimiento popular en pro de una forma democrática de gobierno. Suponiendo que las fuerzas militares extranjeras neutralizaran rápidamente a las tropas de Gadafi, podrían abandonar Libia rápidamente y dejar que su pueblo decidiera su futuro.

En el momento de escribir este artículo, puede que haya razones para creer que otras sanciones o amenazas, exceptuada la intervención militar, vayan a ser suficientes para disuadir un mayor derramamiento de sangre. Tal vez los rebeldes y las sanciones puedan derrocar Gadafi sin ayuda y sin gran pérdida de vidas. Tampoco está claro si una intervención militar causaría más muertes que las que evitaría.

Pero esas son las preguntas que debe hacerse la comunidad internacional y que el Consejo de Seguridad debería estar debatiendo, para que el principio del deber de proteger y sus posibles consecuencias para la intervención militar lleguen a formar parte de nuestra concepción de los requisitos del derecho internacional y de la ética mundial.

GUERRA Y DEMOCRACIA

En la serie de posts que dedicamos al fenómeno de la guerra, hoy traemos la opinión de los profesores John Ferejohn y Frances Rosenbluth publicada en Project Syndicate.
 
Guerra, deuda y democracia

Cuando los Estados Unidos abordan la decisión de aumentar su autoimpuesto límite máximo para la deuda, conviene que recordemos por qué es tan grande su deuda pública y la importancia que ello tiene. Con el ascenso del Tea Party, los republicanos pueden protestar contra el aumento del límite máximo de deuda, pero es probable que den marcha atrás al final, porque, entre otras cosas, las guerras financiadas con deuda –por ejemplo, en el Afganistán y en el Iraq– son más fáciles de defender que las guerras que se pagan en el momento y que los votantes deben financiar por adelantado con los impuestos.

De hecho, el debate que se va a iniciar en los EE.UU. pone de relieve un asunto más general: desde tiempo inmemorial, la guerra ha sido un arma de doble filo. Las sociedades humanas se han infligido matanzas mutuas y se han oprimido recíprocamente en una escala comparable con los peores azotes de la Madre Naturaleza, pero las guerras también han aportado cambios beneficiosos, porque la movilización de la población para el combate la moviliza también para la política.

La Historia rebosa de ejemplos de la ampliación de la voz y del voto de quienes aportaban los recursos para la guerra. La antigua Atenas pasó a ser una “democracia” –literalmente, gobierno por el pueblo– cuando Clístenes organizó a pescadores y agricultores en masa para poder derrotar a los oligarcas apoyados por Esparta. A su libertad política contribuyó la dependencia de Atenas de la guerra naval, necesitada de muchos brazos, contra los persas y otros enemigos.

En Roma, la huelga de brazos caídos del ejército en el siglo V a.C. dio entrada en la política a las clases bajas. Entre los vikingos y en los cantones alpinos suizos a comienzos de la Edad Media los guerreros del común eran explícita y memorablemente los encargados de adoptar las decisiones.

Posteriormente, las caballerías medievales europeas pusieron el poder político en manos de los ricos, que podían permitirse el lujo de mantener caballos y a sus palafreneros, pero la vuelta a los ejércitos en masa en los siglos XV y XVI hizo que con frecuencia cambiaran las tornas. A partir de 1568, las milicias locales adquirieron preeminencia y poder en los Países Bajos durante su larga lucha contra los Habsburgos españoles, si bien se volvió a prescindir de ellas cuando desapareció dicha amenaza a finales del siglo XVII.

Aun entonces, los monarcas europeos se vieron obligados a convocar a las clases bajas cuando necesitaron dinero para luchar, con lo que no pudieron eludir un diálogo sobre los fines y los costos de la guerra. Y en el siglo XVIII la guerra “revolucionaria” contra Gran Bretaña contribuyó a afianzar los principios democráticos en la Constitución de los EE.UU. y fomentó una ampliación del sufragio. Las guerras de Napoleón, desencadenadas por el despertar político de las masas con la Revolución Francesa, propiciaron paroxismos de movilización contraria que alimentaron las revoluciones europeas de 1830 y 1848.

La democracia moderna, con su mezcla de sufragio universal y derechos de propiedad, parece excepcionalmente una avenencia resultante de siglos de competencia militar entre Estados que evolucionaron constitucionalmente, conforme a la cual el público general aporta las fuerzas para combatir y las clases adineradas aportan el capital para entrenar y equipar a las tropas. Gracias a ello, las democracias tienen más probabilidades de ganar las guerras que los Estados no democráticos, porque movilizan a sus sociedades más completamente y porque los ciudadanos, que cargan con los costos, tienen la capacidad para impedir mediante las elecciones que los políticos se lancen a guerras temerarias e innecesarias.

Sin embargo, los prolongados conflictos de los Estados Unidos en el Afganistán y en el Iraq son diferentes. En conjunto, ya han costado más que la larga guerra de los Estados Unidos en Vietnam, pero no han aumentado la vigilancia pública ni la rendición política de cuentas en dicho país. De hecho, la generación de americanos más jóvenes ha acogido las intervenciones militares en el extranjero con un bostezo.

¿Cómo se puede explicar el llamativo contraste entre las protestas en masa contra la guerra de Vietnam y la muda reacción pública ante las guerras en el Afganistán y en el Iraq?

Hasta cierto punto, el miedo al terrorismo puede haber eximido a los dirigentes de los EE.UU. de la necesidad de rendir cuentas, pero ocho de cada diez americanos opinan que no son probables ataques terroristas y muchos votantes creen que la intervención en el Afganistán y en el Iraq aumentará la vulnerabilidad de los Estados Unidos ante el terrorismo, en lugar de limitarla.

Lo más probable es que los americanos se han quedado de brazos cruzados ante esas guerras porque el ciudadano medio no siente sus costos. Para empezar, la guerra en gran medida tecnológica substituye a los soldados por máquinas, lo que reduce el número de víctimas americanas. Los soldados voluntarios –incluidos muchos que no tienen la ciudadanía americana– y unidades de fuerzas mercenarias reducen aún más las razones para que los votantes se preocupen.

Además, los EE.UU. están pagando esas guerras con deuda. El Gobierno financió la segunda guerra mundial en parte con bonos de guerra, pero también instituyó el primer impuesto general de la renta en la historia americana, con lo que sus  ingresos aumentaron de 8.700 millones de dólares en 1941 a 45.000 millones en 1945. De haberse tratado de una guerra impopular, habría sido imposible. En cambio, para financiar las guerras actuales, el Gobierno de los EE.UU. no sólo ha dejado de aumentar los impuestos, sino que, además, los ha bajado, en realidad, en gran escala, con las reducciones de impuestos de Bush de 2001 y 2003, que ahora se han prorrogado hasta al menos 2012.

En 2009, el déficit presupuestario de los EE.UU. había llegado a ser superior al diez por ciento del PIB por el aumento de los gastos y el desplome de los ingresos tributarios durante la recesión. Según las proyecciones, la deuda pública total, a la que el déficit de todos los años suma una cantidad morrocotuda, superará el ciento por ciento del PIB en 2011, frente al 40 por ciento a finales del decenio de 1970.

El gasto anticíclico y la política tributaria resultan aceptables para la mayoría de los expertos y los contribuyentes, pero sabido es que el gasto en guerras que aumenta el déficit es una pésima forma de estimular la economía. Sin embargo, sirve a los gobiernos de los EE.UU. para ganar tiempo políticamente y continuar con guerras irreflexivas, onerosas y poco sometidas a examen en ese país. Como el acceso de su Gobierno a los mercados mundiales de deuda reduce la necesidad de aumentar los impuestos, ahora los gobiernos extranjeros son propietarios de casi una tercera parte de la deuda gubernamental de los EE.UU., que asciende a 14 billones de dólares.

Durante algún tiempo no sabremos si la deuda pública de los EE.UU. es sostenible. Sin embargo, lo que sí que sabemos es que hasta ahora los gobiernos han tenido que someterse a una mayor supervisión política cuando necesitaban hombres o dinero para reñir guerras. Al no tener los frenos más eficaces de la democracia contra las guerras impopulares, los EE.UU. han disfrutado de una relativa libertad para empantanarse en aventuras extranjeras indeseadas.
 

martes, 1 de marzo de 2011

LAS CUENTAS DE LA CRISIS NO MEJORAN

Según informa El Confidencial, el Gobierno ha rebajado 2010 el déficit público hasta el 9,24% del PIB (98.227 millones de euros), rebajando el del año anterior que se encontraba en el 11,1% del PIB, pero a pesar de ello el Estado ha gastado en un año de crisis económica el 36% más de lo que ha ingresado. Es decir, un desastre ya que en plena crisis el Gobierno socialista sigue manteniendo el déficit fiscal en más de un 9%, con gastos superfluos, derroches, subvenciones sinsentido, mientras además permite que las CCAA sigan endeudándose.

El desequilibrio fue compatible, sin embargo, con un aumento de la presión fiscal equivalente al 31,5% del Producto Interior Bruto, por encima del 30,4% del año anterior. El Estado aún está muy lejos de recaudar cifras similares a los años anteriores a la crisis, cuando la presión fiscal llegó al entorno del 40% del PIB. Es decir, el Gobierno sigue ahogándonos con los impuestos pero es incapaz de reducir sus gastos.

El déficit del Estado (sin contar el resto de administraciones) se situó en 4,77% del PIB. Por su parte, la Seguridad Social volvió a los números rojos, con un déficit equivalente al 0,24% del PIB. La causa de este desequilibrio tiene que ver con el déficit del antiguo INEM (0,29% del PIB) y con el resultado del Fondo de Garantía Salarial. La Seguridad Social en sentido estricto tuvo superávit de 1.181 millones.

Por su parte, las comunidades autónomas alcanzaron un déficit del 2,83% del PIB, por encima del 2,4% previsto. Destaca que sólo la Comunidad de Madrid, la más perseguida y acosada por el Gobierno central y sus satélites mediáticos, mejoró los objetivos de déficit, aunque otras comunidades como Extremadura, País Vasco, Castilla y León, Canarias, Cantabria, Galicia y Asturias cumplieron lo pactado. Ligeramente por debajo se sitúa Andalucía, cuyo nivel de incumplimiento fue reducido. Hay un tercer grupo de Comunidades Autónomas que han presentado una “desviación significativa” y que necesitarán de actuaciones para reconducir sus presupuestos. Son Aragón, Navarra, La Rioja y la Comunidad Valenciana.

Pero las que han incumplido claramente los objetivos de déficit son Cataluña (la más protegida y beneficiada en estos siete años de legislaturas socialistas), Baleares, Murcia y Castilla La Mancha.  En el caso de Cataluña, la desviación ha sido enorme. Tenía previsto un déficit del 2,4% de su PIB regional y al final ha acabado con un desequilibrio equivalente al 3,86% de su PIB.  Y mientras, el gobierno de Zapatero sigue acosando a las comunidades autónomas gobernadas por el PP, y aumentando el riesgo-país y dificultando la recuperación económica sólo para que Cataluña pueda seguir endeudándose.