sábado, 18 de febrero de 2017

LA HEROICA CARGA DEL REGIMIENTO ALCÁNTARA

A las cinco de la madrugada de un abrasador amanecer de julio del año 1921, todos supieron que iban a la muerte. El capitan Iriarte seria el portavoz de tan amargo trago. Cuando se iniciaron las acciones de apoyo al sitiado General Silvestre, todos sabían a lo que iban e intuían perfectamente que no volverían.

La noche anterior todos se acostaron inusualmente temprano en medio de un silencio demoledor, las noticias que llegaban del frente eran escalofriantes. La barbarie más execrable se había cebado con los soldados españoles en el Rif. Las cabilas al mando de Abd el Krim habían masacrado a un entero ejército europeo en una trágica retirada, un ejército con una planificación logística desastrosa, donde el más mínimo atisbo de estrategia brillaba por su ausencia; sin mandos dignos de tal nombre – la cúpula militar en Melilla no reaccionaba ante las atrocidades en curso–, y con contados oficiales dando testimonio de un heroísmo más allá de lo razonable.

Soldados con alpargatas mal dirigidos por lustrosos generales con botas brillantes. Ranchos de miseria frente a viandas delicatessen servidas por camareros de punta en blanco. Ingesta de orines en los blocaos frente a un agua mineral de Vichy impensable en el frente. Y todo así: el abandono de la tropa a su suerte frente a la gomina del generalato. Una vergüenza para la nación el desdén con que se manejaba la situación y mientras, el rey jugando al Monopoly con sus inversiones en el protectorado.

A las cinco de la madrugada de un abrasador amanecer de julio del año 1921, todos supieron que iban a la muerte. El capitan Iriarte seria el portavoz de tan amargo trago. Todos se cuadraron ante la orden.


Eran los más brillantes en medio de tanta mediocridad, eran 700 uniformes llenos de honor y dignidad, eran el Regimiento de caballería de Alcántara.

La mística de la unión entre pares
Si había algo que caracterizaba a esta unidad llena de héroes de otras unidades del ejército, era que entre mando y tropa había un tratamiento de iguales, más allá de una instrucción excelente. Los galones se dejaban para las ocasiones formales; el respeto de los oficiales hacia la tropa y viceversa, rozaba la comunión. No existía ese temor reverencial al superior si no la mística de unión entre pares.

Cuando se iniciaron las acciones de apoyo al sitiado General Silvestre, todos sabían a lo que iban e intuían perfectamente que no volverían. De los setecientos hombres que componían la unidad, solo regresarían setenta hombres vivos de la severa realidad de aquellos terribles días. El monarca de la muerte había desatado el horror mas inmisericorde sobre aquella tropa condenada por sus mandos.



Sobre el Desastre de Annual hay ingente bibliografía llena de detalles exhaustivos sobre aquella trágica carnicería, pero lo que aquí se trata es de poner en valor los últimos momentos de un grupo de hombres que con su elevado comportamiento suplieron las carencias de un mando instalado en la desidia.

Cuando se fraguó la tristemente célebre retirada de Annual, cerca de 20.000 rifeños perfectos conocedores del terreno, se enfrentarían a una atomizada tropa de soldados repartidos en diferentes blocaos y fortificaciones desperdigados por el Rif. Aquel despropósito requería una audacia logística de la que carecía el ejército español del momento y por ello, se pagó un altísimo precio.

Los rifeños, desde las alturas, dominaban a placer la iniciativa mientras masacraban sin contemplaciones a los pobres desgraciados.

Cuando la retirada se había convertido ya en un hecho de proporciones espantosas y por poner algunos datos sobre la mesa, en el río Igan, durante el vadeo del mismo y en solo cuatro horas de tiro al blanco, ya habían caído más de 2.500 hijos de España -a los que, por cierto, no se les conoce ningún monumento y no sera por falta de canteras en este país-. Durante la huida, y sin que nadie cubriera la retaguardia, se produjo una desbandada antológica. Los rifeños, desde las alturas, dominaban a placer la iniciativa mientras masacraban sin contemplaciones a pobres desgraciados que no tenían recursos para pagarse la exención del servicio militar.


El general Navarro, a la sazón segundo jefe de la Comandancia de Melilla, conseguiría dar algo de aliento a aquella tropa de desheredados en Dar Drius, una solida posición bien fortificada y con abundante agua disponible. Esta posición se vería rodeada por miles de turbantes mientras que el regimiento de caballería Alcántara se multiplicaba heroicamente a la par que sus efectivos disminuían vertiginosamente. Eran una nota de honor en medio de tanta desgracia.

Sin compasión
Las sucesivas cargas de este regimiento de caballería obtendrían el resultado de proteger la huida de la desperdigada infantería, pero a un coste humano inenarrable; monturas y jinetes sembraban con sus restos insepultos calcinados aquellos secarrales, trochas y veredas mientras un sol de justicia caía sobre aquellas desoladas llanuras y la esperanza de ayuda desde Melilla se disipaba amargamente y la resignación se instalaba en su cruel realidad. Según el informe Picasso hay constancia de que el casino de oficiales permanecía abierto y sus indiferentes usuarios jugaban a las cartas como quien no quiere la cosa.

A unas decenas de kilómetros, sin agua, acosados de manera inmisericorde, sin un instante para descansar, sin munición; más de diez mil soldados abandonados a su suerte perecieron en aquel ominoso episodio de la historia militar de nuestro país, una de las catástrofes evitables que más marcaron a toda una generación de jóvenes oficiales.

El éxodo o retirada tumultuaria, el desorden y el atropello con que se escapaba de los fuertes, aguadas y blocaos rozaba lo apocalíptico. A todo esto había que añadir que las harkas cabileñas de Abd el Krim eran literalmente indetectables ya no por su adaptación al terreno, sino porque los sayos que usaban eran de color terrero y por lo tanto adaptados al terreno circundante. No había compasión alguna para con aquella tropa abandonada a su suerte.

Pero había un inconveniente, el camino que conducia a Batel estaba plagado de hombres de Abd el Krim sedientos de sangre. Navarro ordenaría al Teniente Coronel Primo de Rivera (nada que ver con el golpista, era un militar honrado), despejar las alturas en las que estaban instalados los tiradores adversarios y ahí, en esa acción, perecería la flor y nata de la caballería española y probablemente del ejército.

Se sabe que todos ellos murieron en formación cerrada con los caballos cuerpo a tierra, y asimismo, que aquellos dignísimos soldados entraron con la horda en un cuerpo a cuerpo tremendo y desigual. Sable en mano y con la munición agotada, es fácil de imaginar como fueron aquellos últimos momentos.

Cinco meses más tarde se localizarían los restos de jinetes y caballos en intima comunión calcinados por el sol y con mutilaciones que es preferible no precisar.

La columna de Navarro y la tropa con los ojos extraviados tras transitar por aquel pasaje de la locura, llegaría a la posición de Batel gracias a aquel desgarrador sacrificio, aunque más tarde en Monte Arruit se rendirían exhaustos.


Cerca de noventa años han hecho falta para que al Regimiento Alcántara se le concediera la más alta distinción del ejército español, la laureada colectiva de San Fernando.

ÁLVARO VAN DEN BRULE

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