viernes, 27 de enero de 2017

LA REVOLUCIÓN RUSA: MILLONES DE MUERTOS QUE LOS COMUNISTAS ESPAÑOLES IGNORAN

Las matanzas a obreros y el terror comunista: lo que Ahora Madrid parece ignorar sobre la Revolución Rusa

Las luchas de Febrero de 1917 alcanzaron oficialmente los 1.382 fallecidos (869 eran soldados) a causa de tiroteos con la policía, fuego cruzado y accidentes con armas y explosivos. Pero aquello solo fue la antesala del auténtico horror y de la posterior guerra civil, con millones de muertos, entre el «terror rojo» y el «terror blanco»

Todas las revoluciones acostumbran a ser violentas por definición. Porque una revolución significa levantarse contra alguien que no quiere moverse por las buenas. Y porque una revolución es el fracaso de las soluciones pactadas, siendo el momento de que los extremos muevan sus piezas. De ahí que sea tan fantasioso pensar –como dijo en una comisión municipal el concejal de Economía de Manuela Carmena– que la Revolución rusa se resolvió con solo «cinco personas muertas, cinco». Sobre todo en un país tan excesivo como Rusia, a medio camino entre occidente y oriente; y a medio camino entre la modernidad y la brutalidad.

Ya en 1905 se habían producido unos sucesos revolucionarios, con más de 500 personas asesinadas por las tropas del Zar ante el Palacio de Invierno de San Petersburgo.

Las postreras purgas que se sucederían con Joseph Stalin, uno de los dictadores más sangrientos de la historia, convirtieron en un juego de niños la brutalidad de la Revolución rusa y la represión desencadenada con el ascenso bolchevique y la posterior Guerra Civil. Pero no lo fue ni mucho menos, porque en Rusia todo se hace a la tremenda. Las sucesivas derrotas rusas en la Primera Guerra Mundial, el atraso de sus infraestructuras, la sangría de muertos (1.700.000 muertos), la hambruna y la caída en picado de la economía rusa abonaron el terreno para la revolución contra el Zar Nicolás II. De hecho, ya en 1905 se habían producido unos sucesos revolucionarios, con más de 500 personas asesinadas por las tropas del Zar ante el Palacio de Invierno de San Petersburgo, que iba a ser el preámbulo de la Revolución de 1917.

De aquellos polvos estos lodos. El invierno entre 1916 y 1917 fue el más duro de la guerra. Como explica Catherine Merridale en su libro «El tren de Lenin» (Crítica), al amanecer del primer día de 1917, la policía de Petrogrado halló en un río helado el cuerpo mutilado de Rasputín, consejero privado del Zar y de la zarina Alejandra, odiada por el pueblo a causa de su afinidades germánicas. «Se besaban unos a otros en las calles, y muchos fueron encender cirios a Nuestra Señora de Kazán», narró entonces el noble y diplomático Paléologue sobre la reacción a la muerte de Rasputín. El asesinato demostraba que la Familia Real y su entorno estaban más aislados y desprotegidos de lo que a primera vista parecía.

Los obreros se echaron a la calle en esos días. 1916 se saldó con 234 huelgas políticas en las ciudades rusas, mientras que en los dos primeros meses del siguiente año se registraron un millar. El mes de febrero, una manifestación de mujeres trabajadoras a la que le siguió una huelga espontánea de los trabajadores de las fábricas de la capital, Petrogrado, derivó en enfrentamientos con la policía. Se produjeron decenas de muertos, muchos de ellos entre la propia policía. El peor enfrentamiento tuvo lugar en la plaza Znamenskaya, donde al menos 40 personas fueron abatidas y se produjo un número similar de heridos.

La Revolución de Febrero fuerza la abdicación
El 27 de febrero las manifestaciones desembocaron en una insurreción cuando estalló una rebelión en el seno del Ejército, harto de que se les obligara a abrir fuego contra civiles desarmados. Así, el primero en sublevarse fue el regimiento Volhynsky, al que le siguieron la mayoría de las unidades acantonadas en la ciudad. En su huida, muchos soldados debieron enfrentarse a sus superiores e incluso abrir fuego contra ellos. Unos 25.000 se unieron ese día al bando revolucionario, mientras eran asaltados varios arsenales del Estado. Los manifestantes también se estaban armando.

El levantamiento dirigió sus objetivos contra la prisión de Kresty, los tribunales de justicia y los arsenales de artillería. «La multitud ofrecía un aspecto curioso, casi grotesco. Soldados, obreros, estudiantes, vándalos y delincuentes liberales deambulaban sin rumbo fijo formando grupos independientes, todos armados, pero con una insólita variedad de armas», diría Stinton Jones, un observador británico, sobre lo que se convirtió en una ciudad en llamas. No llevar una bandera roja, aunque fuera un trozo de cinta en el sombrero, equivalía a ser policía o espía, y a ser el objeto de las balas sin que cupieran las preguntas

La insurrección desembocó en la disolución del gobierno imperial y en la creación del famoso Sóviet de Petrogrado, cuya sede en el palacio de Potemkin (ocupado en el otro ala por el Comité de la Duma) sirvió de prisión para miles de soldados y funcionarios, muchos de ellos temblorosos ancianos, todavía afines al Zar. Al gobierno provisional le preocupaba en ese momento cómo iban a recibir estos sucesos revolucionarios los soldados que seguían combatiendo en la Primera Guerra Mundial y cómo iban a acontrolar a la masa de soldados sublevados que seguían sembrando el caos por la ciudad. En tanto, los últimos fieles al Zar Nicolás II preparaban un contraataque a cargo del general Ivanov, cuyas órdenes eran las de aplastar la rebelión a cualquier precio.

Frente a los movimientos dubitativos de la Duma (controlado por un Gobierno provisional), el Sóviet de Petrogrado fue adquiriendo mayor poder cuando la abdicación del Zar dio paso a la república. En un intento desesperado por salvar a su familia, Nicolás II abdicó a favor de su hermano menor, el Gran Duque Miguel, quien a su vez rechazó el trono y dio el golpe de gracia a los Romanov.

Si bien la inesperada salida de Nicolás II había evitado un baño de sangre mayor, la cifra de muertos alcanzó oficialmente los 1.382 fallecidos (869 eran soldados) a causa de tiroteos con la policía, fuego cruzado y accidentes con armas y explosivos. La cifra no sería baja en ningún país, salvo en la Rusia revolucionaria.

En abril de 1917, el líder exiliado de los bolcheviques, Vladímir Ilich Uliánov, Lenin, viajó de regreso a Rusia en un tren, siendo parte de un arriesgado plan prusiano para que Rusia, al fin, se retirara de la Primera Guerra Mundial. Solo un elemento tan extremista como Lenin –pensaban los servicios exteriores alemanes– podía hacer cambiar de opinión al gobierno provisional y al Sóviet de Petrogrado, partidarios de continuar la guerra. «Pedir al Gobierno Provisional que concluya una paz democrática es como predicar la virtud a la encargada de regentar un prostíbulo», afirmaría el líder bolchevique.

Hasta su llegada los bolcheviques se habían mostrado incapaces de llevar la revolución a otro nivel y compartían, resignados, el protagonismo obrero con otros grupos socialistas igualmente respaldados a nivel social; si bien años después las crónicas comunistas exagerarían el papel bolchevique en estas primeras jornadas revolucionarias.

La llegada de Lenin no tardó en radicalizar el movimiento bolchevique. El líder exiliado criticó que su propio grupo hubiera permitido que los sucesos de febrero condujeran a una revolución liberal y a un gobierno provisional de carácter burgués. «No quiero una república parlamentaria.., sino una república de sóviets de diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo arriba. Supresión de la policía, del Ejército y de la burocracia», anunciaría. Una segunda revolución todavía más sangrienta estaba en curso.

El fracaso militar de la Ofensiva Kérenski, última campaña rusa en la Primera Guerra Mundial, sembró el terreno para que Lenin y el ala radical de los bolcheviques dieran un paso al frente. El Ejército entró en descomposición, las deserciones se multiplicaron, las protestas en la retaguardia se acrecentaron y en julio de 1917 los soldados situados en Petrogrado, se negaron a regresar al frente. Reunidos con los obreros, se manifestaron para exigir que los dirigentes del Sóviet de Petrogrado tomaran el poder.

La gente se echó a las calles con banderas rojas, banderas negras, fusiles y cuchillos, narra Catherine Merridale en su libro «El tren de Lenin» (Crítica). Durante los tres días de luchas callejeras de los revolucionarios y la policía, apoyada por matones de extrema derecha, perdieron la vida más de 700 manifestantes. Los bolcheviques no pretendían derrocar en ese momento al Gobierno (de hecho, la cúpula seguía desvinculándose de las posturas leninistas), pero sus líderes fueron acusados de alta traición y de moverse siguiendo instrucciones alemanas.

Las Checas, el camino hacia la Guerra Civil
Los planes del general Lavr Kornílov de instaurar una dictadura militar de corte conservador dieron lugar a una nueva revuelta abiertamente bolchevique en Petrogrado, en el verano de 1917. Los obreros cavaron trincheras y los ferroviarios enviaron los trenes a vías muertas, provocando el fracaso de un golpe de Estado contrarrevolucionario. No obstante, la debilidad del Gobierno provisional mostró el camino a Lenin y a sus radicales. Durante el verano de 1917, los agricultores adoptaron medidas, tomando las tierras de los señores, sin esperar a la prometida reforma agraria del Gobierno.

En noviembre, se produjo definitivamente un levantamiento bolchevique contra el Gobierno, con graves y sangriento enfrentamientos en algunas zonas, como Moscú. Así y todo, la lucha en la capital fue breve y se saldó con pocos muertos (probablemente el concejal Carlos Sánchez Mato se refiera a esta jornada cuando dice que solo hubo «5 muertos»), dado que el Gobierno provisional careció de apoyo en el Ejército allí acuartelado. No hay que olvidar que las fuerzas militares se encontraban en proceso de descomposición.

Tras el exitoso golpe de Estado bolchevique, Lenin prometió «la construcción de un orden socialista» para Rusia y dio los primeros pasos para que el país se retirara del conflicto internacional. También los dio para crear uno de los órganos de represión política más famosos de la historia. El nuevo régimen encabezado por Lenin y Trotsky fundó a finales de 1917 la «Comisión extraordinaria de lucha contra el sabotaje y la contrarrevolución», comúnmente conocida como Checa. Inspirados por el ejemplo jacobino de la Revolución francesa, los bolcheviques anunciaron el «terror rojo» para oponerse al «terror blanco». El primer anuncio oficial de esta campaña represiva, publicado con el título de «Llamamiento a la clase obrera», el 3 de septiembre de 1918, pedía a los trabajadores:

(...) Aplastad la hidra de la contrarrevolución con el terror masivo. Cualquiera que se atreva a difundir el rumor más leve contra el régimen soviético será detenido de inmediato y enviado a un campo de concentración.

La represión contra los enemigos del régimen se desplegó en su máxima expresión a partir del verano de 1918, tras la insurrección de los social revolucionarios de izquierda de Moscú y una serie de atentados contra los dirigentes bolcheviques, entre los que se encontraban Moiséi Uritski, asesinado el 30 de agosto, y el propio Lenin, gravemente herido por Fanya Kaplan, ejecutada sumariamente poco después.

En los seis primeros meses de 1918, hubo veintidós ejecuciones realizadas por la Checa. Mientras que en los seis siguientes, la cifra aumentó hasta 6.000

En la medianoche del 17 de julio de 1918 el Zar junto a los integrantes de la familia fueron llevados al sótano de la Casa Ipátiev para ser fusilados, junto a algunos sirvientes cercanos, e incluso un médico leal. Las Checas se atrevían con nobles, reyes y cualquier sospechoso de no apoyar a los bolcheviques, los cuales antes de la Revolución de Febrero solo habían sido uno de los muchos grupos surgidos en la izquierda rusa. Pero aquel detalle ya daba igual: todo era contrarevolucionario a ojos de Lenin.

Millares de presos y de sospechosos fueron masacrados a lo largo de toda Rusia, siendo el primer acto de una Guerra Civil entre los bolcheviques y el resto de fuerzas que se cobró alrededor de nueve millones de vidas, entre muertes directas y las provocadas por la ruina y la hambruna generalizada.


CÉSAR CERVERA - ABC - 27/01/2017

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