sábado, 2 de abril de 2016

LA BUENA RELACIÓN ENTRE LA IZQUIERDA EUROPEA Y TODA CLASE DE TERRORISTAS

AZOTES

David Gistau

¿Se puede empatizar con psicópatas así? La extrema izquierda europea hace todo lo posible por lograrlo

En la bipolaridad de la Guerra Fría, había soluciones fotogénicas para militar en la pulsión antioccidental. Véase el Che de Korda. El comunismo tenía coartadas intelectuales y era un bálsamo para la conciencia gracias a propósitos tales como la redención de los oprimidos. Casi era ir a misa de otra manera. Pese a su propio terrorismo en los años de plomo -Brigate, RAF, etc-, y pese a las guerras periféricas y las «black ops» de los servicios secretos, no traía a Occidente la noción de muerte indiscriminada, aniquiladora de toda una civilización, que tiene a los europeos haciendo lacitos y pegatinas de «Je suis», como en un concurso de creatividad mortuoria y de entreguismo sentimental, desde que el contrapeso de la siguiente bipolaridad lo ocupa el yihadismo.

Para comprender la empatía con los yihadistas de los «alcaldes del cambio», capaces de encontrar justificación para una bomba detonada en una cola de facturación o para un ametrallamiento durante un concierto de rock, hay que recordar que el esquema mental de esta extrema izquierda -¡lo nuevo!- no ha evolucionado un ápice desde la Guerra Fría

Siguen viendo en los Estados Unidos, y por añadidura en Occidente, un ente culpable, antagonista, que engendra violencia imperialista. Lo único que han alterado es el actor al que encomiendan el azote y la venganza de sus resentimientos. Y aquí es donde empieza el problema para ellos. Porque no es fácil tomar partido por la Yihad, que no es fotogénica como el Che ni está adornada por coartadas intelectuales, sino que reparte a domicilio muerte indiscriminada por una interpretación religiosa que nos convierte a todos en víctimas potenciales por el mero hecho de existir. Y cuando digo a todos, me refiero también a los musulmanes que luchan desde la primera hora contra el ISIS y cuyas cabezas fueron clavadas en las verjas de las plazas públicas.


¿Se puede empatizar con psicópatas así? ¿Con decapitadores, con asesinos en masa, con forjadores de un mundo en el que los homosexuales son arrojados desde azoteas? La extrema izquierda europea hace todo lo posible por lograrlo pese a la podredumbre del material humano de que dispone para perpetuar el rencor antioccidental que antaño estuvo encomendado al comunismo. Porque ése es su esquema mental: el que impone la idea de que, por definición, toda violencia ejercida contra Occidente tiene un componente de legitimidad porque es una respuesta al imperialismo y al capitalismo. Este automatismo comenzó con el mismo 11-S, cuando la pregunta podrida fue: «¿Qué habremos hecho a estos buenos salvajes para obligarlos a vengarse de esta manera?».


No deja de ser paradójico que, cuando más aislada y residual debería ser esta extrema izquierda en la Europa sometida a ataque, más cerca está de consagrarse como poder institucional en la España antojadiza, subyugada por la cuchilla purgante.



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