lunes, 13 de abril de 2015

LA VOLUNTAD DE SER NACIÓN

En último término, el nacionalismo justifica el actual proceso soberanista en Cataluña en “la voluntad de ser nación” del pueblo catalán. Ya no se trata tanto de definir las esencias distintivas de un territorio y sus habitantes en términos clásicos de todo nacionalismo (tales como una lengua propia y diferente del Estado del que forman parte, una historia y unas instituciones diferenciadas, etcétera), y que en el pasado podrían haber servido para justificar la formación de un nuevo Estado-nación. 

Primero, porque ese afán diferenciador con respecto al resto de territorios y ciudadanos del Estado suena a rancio, a justificación etnicista, y, por tanto, difícil de vender en el seno de las democracias europeas, en un mundo donde se espera ser recibido. Pero, además, porque es difícil de justificar en un contexto donde la globalización impone la interdependencia y demanda altos niveles de cooperación entre los diferentes territorios y Gobiernos existentes para asegurar su propia supervivencia, porque desestima la propia diversidad y pluralidad dentro de Cataluña y porque no explica la inexistencia de ese mismo afán por parte de otros territorios colindantes con características similares (en particular, Valencia y Baleares). 

De ahí que lo que de verdad importaría es la voluntad, indiscutible según el nacionalismo, del pueblo catalán de ser nación, una voluntad que, además, hunde sus raíces en el pasado y perdura en el tiempo pues, de lo contrario, sería difícilmente explicable su aparición en los últimos años. 

Es decir, los catalanes tendremos un Estado propio ante todo porque así lo queremos, porque esa es y ha sido nuestra voluntad. Es cierto que para ello, cuando menos, habrá que organizar un referéndum que ratifique su existencia, pero ello en el fondo es un trámite ante la obcecación del Estado español en impedir el ejercicio de este derecho y voluntad evidentes.

Es muy difícil rebatir una argumentación de este tipo, dado su carácter autoexplicativo: se es nación no porque objetivamente seamos una nación (según unos parámetros determinados que lo justificarían) sino porque tenemos la voluntad de serlo; así, cualquier colectivo o territorio podría reclamar ser considerado como nación siempre que tuviera la voluntad de serlo. En todo caso, se podría hacer de una manera instrumental en el supuesto de que no hubiera un número suficiente de ciudadanos que votaran a favor de la formación de dicho Estado en una consulta planteada a tal efecto, como así parecen indicarlo los resultados del 9-N.

En nuestro entorno, esta cuestión ha podido estudiarse en un caso concreto. Efectivamente, en el Tratado de los Pirineos (1659), las monarquías francesa y española acordaron cambiar la línea de demarcación existente hasta entonces entre ambos reinos, de tal manera que todos los territorios al norte de los Pirineos, es decir, la hoy llamada Cataluña Norte (el Rosellón, el Conflent y el Vallespir), pasaron a estar bajo la jurisdicción del monarca francés. Extrañamente, no así el Valle de Arán, que aun cuando se sitúa en la vertiente septentrional de los Pirineos, siguió bajo la jurisdicción del Monarca español. El problema se planteó con respecto al valle de la Cerdaña, cuya ubicación geográfica (norte o sur de la línea de los Pirineos) no era clara. Finalmente, se acordó la partición de la Cerdaña por el medio del valle en una especie de decisión salomónica. Este hecho supuso que, de la noche a la mañana, los habitantes de la parte norte del valle pasaron a convertirse en súbditos del rey francés. Poco importó que los habitantes de la Cerdaña compartieran la misma lengua (el catalán), que mantuvieran unos fuertes lazos familiares forjados a través del tiempo, que consideraran Puigcerdà como su “capital”, etcétera. El equivalente en la época actual sería que de un día para otro dejaron de ser conciudadanos para convertirse en extranjeros. El libro Bounderies, The Making of France and Spain in the Pyrenees de Peter Sahlins (1989, University of California Press, Berkeley, Los Ángeles, Oxford) hace un recuento de lo sucedido y analiza los avatares de los habitantes de la Cerdaña ante un cambio de tales características: el análisis de una realidad, convertida en experimento social real, y su evolución en el tiempo.

Si la voluntad de ser nación fuera insoslayable como pretende el nacionalismo catalán, los habitantes de la Cerdaña francesa también deberían participar de esa voluntad tanto en el pasado como actualmente. En cuanto al presente, la respuesta está al alcance de cualquiera. Basta con visitarla, pero me temo que dicha voluntad está lejos de manifestarse claramente. En cuanto al pasado, no hay más que leer el libro, escrito por un doctor de la Universidad de Princeton a quien difícilmente se le podría tachar de nacionalista español, para constatar que raramente existió. Más bien al contrario, el sentido de pertenencia al Estado francés de los habitantes de la Cerdaña francesa (primero bajo la jurisdicción del monarca francés bajo el Antiguo Régimen y, más tarde, bajo el concepto de ciudadanía introducido por la Revolución Francesa) se desarrolló de una manera instrumental por la necesidad de obtener el apoyo de las autoridades francesas para la resolución de sus problemas y disputas con los habitantes del otro lado de la frontera (que pasaron a ser extranjeros) y cuya resolución exigía la intervención de éstas debido a que ya no eran meramente disputas entre vecinos, sino disputas internacionales. Algo muy similar ocurrió en la Cerdaña española. Así, los habitantes de ambas Cerdañas resaltaban su fidelidad al rey y reafirmaban su identidad francesa y española cada vez que reclamaban la intervención de sus autoridades respectivas con el fin de obtener la atención y el favor de las mismas. Si bien esta situación se prolongó durante dos siglos (la utilización instrumental de la identidad nacional), al final los habitantes de la Cerdaña acabaron por interiorizar su afiliación a Francia y a España. En resumen, los habitantes de un mismo valle con lengua e historia comunes y estrechos lazos familiares pasaron a definir sus identidades nacionales, ser franceses o españoles (como denominación propia y de los “otros”), no tanto por su “participación” en la vida y valores de sus respectivos Estados sino como medio para la satisfacción de sus propias necesidades, lo que acabó transformándose en su identidad nacional. Pero, además, Peter Sahlins añade: “In many ways, the sense of difference is strongest where some historical sense of cooperation and relatedness remains, as in the Catalan borderland of France and Spain”. Ni rastro de la voluntad de ser nación catalana insoslayable y perdurable en el tiempo.

Se podría aducir que este “experimento” es un caso particular y no extrapolable a otras situaciones y circunstancias debido a la existencia de una frontera y a la dependencia que se deriva de ello de las autoridades de un Estado “ajeno” a su verdadera identidad nacional catalana. El caso es que los que eran conciudadanos dejaron de serlo y se transformaron en extranjeros.

Me temo que las raíces de “la voluntad de ser nación” habrá que encontrarlas no en una irrefrenable pulsión que anida en el interior de los ciudadanos catalanes, sino en el poso de una ideología concebida por unas élites nacionalistas con el altavoz de unos medios de comunicación oficiales o debidamente subvencionados y orientados hacia la construcción nacional.


Víctor Andrés Maldonado es licenciado y MBA por ESADE. Fue funcionario de las instituciones de la UE durante el periodo 1986-2012.

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